Chapter Text
Sábado, 11:26 a. m.
Lo primero que Gabi registró al abrir los ojos fueron unas cortinas blancas ondeando con el aire.
Lo segundo fue que le dolía hasta parpadear. Cerró los ojos de nuevo y hundió la cara en la almohada preguntándose a qué hora había llegado a su casa. Sentía la boca ligeramente entumida aún por el alcohol, le sabía a cenicero y ligeramente picante; tenía el cuerpo pesado y el lejano ruido de las olas se mezclaba con las palpitaciones dentro de su cabeza.
Espera. ¿Olas? Abrió los ojos y se dio cuenta de que esas —esas no eran sus cortinas—.
El olor a mar entraba por una ventana abierta. Las sábanas eran demasiado suaves y el sol inundaba una habitación que definitivamente no era la suya.
Le tomó unos segundos procesarlo. Como un golpe, se dio cuenta de que estaba en un hotel.
¿Por qué chingados estaba en un hotel?
Buscó su celular entre las sábanas, metiendo las manos debajo de las almohadas y tanteando a ciegas hasta que se giró hacia el otro lado de la cama.
Se quedó inmóvil ante lo que vio. Un hombre estaba acostado junto a ella. Bueno, era más bien un chico. Probablemente de su edad; estaba acostado boca arriba, sin camisa y con el antebrazo descansando sobre la cara. Apenas alcanzaba a distinguir una nariz grande, labios finos y el cabello castaño aplastado contra la almohada.
No tenía ni puta idea de quién era.
Gabi se tapó la boca antes de que se le pudiera escapar un grito.
Mierda. Mierda. Mierda.
Con la delicadeza de alguien que sentía que su vida dependía de ello, apartó las sábanas de sus piernas. El alivio de ver que llevaba puesta su minifalda casi le hizo soltar un suspiro; también fue consciente de que sus calzones seguían en el lugar correspondiente.
Entonces se dio cuenta de que, en lugar de su top de brillitos, llevaba puesto un jersey rojo que le quedaba enorme.
—No mames —se le escapó; se volvió a tapar la boca.
¿Por qué chingados llevaba un jersey de fútbol?
Se deslizó fuera de la cama y terminó sentada en el piso. Desde ahí, casi completamente oculta, decidió que su mejor opción era sencilla: encontrar sus cosas, largarse y fingir durante el resto de su vida que aquello jamás había sucedido.
Su celular estaba conectado al cargador sobre la mesita de noche. Alargó el brazo y lo tomó.
Cuando por fin encendió, el sonido de notificaciones rompió con el silencio de la habitación. El corazón se le subió hasta la garganta.
Con la mano temblando, bajó todo el volumen y se quedó quieta. Hubo un movimiento en la cama y Gabi contuvo la respiración.
El desconocido soltó un sonido incomprensible, se acomodó y siguió durmiendo.
Esperó otros cinco segundos antes de mirar el celular.
30 llamadas perdidas de Daniela.
2 llamadas perdidas de Mamá.
99+ mensajes.
No abrió ninguno. En cambio, le devolvió la llamada a Daniela.
Mientras esperaba respuesta, avanzó por el piso hasta el sillón. Su top estaba tirado junto a una de las patas y, un poco más lejos, encontró su bolsa.
—Pinche perra, ¿dónde estás? —contestó Daniela.
Gabi hizo una mueca y alejó el celular de su oído.
—No sé —susurró.
—¿Cómo que no sabes? ¿Por qué susurras, güey? —Daniela también había empezado a susurrar.
Gabi frunció el ceño.
—¿Y tú por qué susurras?
—¡Porque tú estás susurrando!
—Pues porque hay un güey dormido aquí —al otro lado de la línea, Daniela se quedó en silencio por unos segundos en los que Gabi se dedicó a seguir arrastrándose por el piso en busca de sus botas.
—¿Qué hay un qué?
Viéndolo inevitable, Gabi se puso de pie para ser más rápida. El chico seguía durmiendo como si no hubiera una mujer haciendo una operación militar alrededor de su cama.
—Un cabrón. Estoy en un hotel sepa la verga dónde —se asomó rápidamente por la ventana tratando de reconocer el paisaje—, creo que estoy cerca del casino.
Entró al baño y cerró la puerta con sumo cuidado. Parada frente al espejo, se encontró con la peor versión de sí misma.
Sus ondas estaban estiradas, enredadas y aplastadas de un lado. El rímel se había escurrido debajo de sus ojos y una línea negra de delineador llegaba casi hasta su sien, como si durante la noche hubiera intentado rascarse el ojo.
—No mames, me veo horrible.
—¡Gabi! ¿Estás bien? ¿Hay alguien contigo? —preguntó casi gritando.
—Te acabo de decir que sí.
—¡No, pendeja! Me refiero a si estás bien. ¿El cabrón te hizo algo?
Gabi se escaneó a través del espejo.
—No. Bueno, no lo creo —alzó un brazo para olerse y deseó con todas sus ganas poder tomar un baño.
—¿Cómo que no crees?
—Estoy vestida —hizo una pausa; sentía que su mente iba más lento de lo que su boca le exigía—, más o menos.
—Gabriel, no mames. ¿Estás vestida sí o no? —exigió Daniela; desde el otro lado podía oír cómo estaba moviendo cosas.
—Traigo un jersey puesto.
Del lado de Daniela todo se detuvo.
—¿Un jersey? ¿De las de fútbol?
—Sí, güey. ¿Qué otro tipo de jersey?
Gabi abrió el grifo, mojó un pedazo de papel y comenzó a limpiar los restos de maquillaje de su cara.
—Entonces estás con uno de los chicos de anoche.
—¿Qué chicos? —tiró el pedazo de papel para tomar otro y mojarlo.
—¿No te acuerdas? —Daniela sonaba casi incrédula.
—No, güey —dijo pasándose el papel mojado por las axilas en un intento débil de disminuir su olor a borracho.
Abrió la puerta del baño. Intentó avanzar de puntitas hacia la entrada mientras sostenía el celular entre el hombro y la oreja. En algún momento, su bolso se atoró con el picaporte del armario.
Todo ocurrió demasiado rápido y a su vez lo vio en cámara lenta.
La bolsa cayó. El rímel golpeó el piso seguido de su labial, luego dos anillos, un arete y varias monedas.
El estruendo pareció multiplicarse por diez en el silencio de la habitación. Una moneda siguió girando sobre sí misma y Gabi se quedó congelada frente a la cama.
El desconocido se levantó de un salto justo cuando la moneda cayó.
El silencio volvió a reinar en la habitación.
—¿Gabi? —la voz de Daniela se proyectó por la habitación como si estuviera en altavoz.
—Mierda —dijo Gabi ya sin preocuparse por susurrar—. Te llamo luego.
Durante unos segundos se miraron. Él parecía tan confundido como ella. Tenía el cabello completamente revuelto y los ojos entrecerrados por la luz. Gabi alcanzó a pensar que quizás él tampoco tenía idea de qué estaba pasando. Pero no iba a quedarse para comprobarlo. Recogió su bolsa del suelo.
—Espera...
Gabi salió disparada hacia la puerta. Encontró sus botas tiradas junto a la entrada, pero ni siquiera se molestó en ponérselas. Las agarró con la mano y salió al pasillo.
—¡Hey! —gritó el desconocido que iba detrás de ella.
¿Por qué chingados me está siguiendo?
Sus pies descalzos golpeaban el piso con un escandaloso "Plaf". Las puertas se abrieron y una pareja de gringos salió tranquilamente, ajena a la persecución que estaba ocurriendo frente a ellos.
Gabi miró hacia atrás y solo pudo ver al chico correr a gran velocidad; notó por fin que iba en pantalones y tenía los calcetines aún puestos. Okay, definitivamente no había ocurrido nada entre ellos.
Entró al ascensor y presionó repetidas veces el botón de la planta baja.
—¡Hey! ¡Espera! —agitó su mano en el aire.
Las puertas comenzaron a cerrarse y el chico aceleró. Gabi siguió apretando el botón tantas veces como pudo, como si eso fuera a hacer que las puertas se cerraran más rápido.
Pero no debió de sorprenderse cuando, aun así, el chico logró entrar al ascensor antes de que las puertas se cerraran.
Veinticuatro horas antes, Gabi ni siquiera sabía que el Real Jalisco estaba en Veracruz.
Viernes, 10:45 p. m.
—¿Por qué chingados hay tanto tráfico hoy?
Gabi llevaba quince minutos viendo el mismo semáforo.
—Hubo partido en el Pirata. Acaba de terminar —respondió Viridiana desde el asiento del copiloto.
Viri tenía la cara prácticamente pegada al celular, deslizando el dedo por Facebook. Gabi se dejó caer contra el asiento trasero.
—¿Y contra quién jugaron? —sacó su celular de la bolsa, abrió la cámara frontal y se tomó una selfie.
—Creo que contra los Reales —Viri siguió deslizando—. Sí, contra los Reales. Pero perdimos.
Un grupo de hombres cruzó frente al auto sin la menor preocupación por los coches. Llevaban jerseys rojas, las caras pintadas y una enorme bandera ondeando sobre sus hombros como una capa.
—¿No hemos perdido los últimos tres partidos? —preguntó Daniela desde el volante mientras intentaba avanzar sin atropellar a ningún aficionado.
—Seh. Mi papá es "Pirata" desde los ochenta y dice que "Pachi" es la promesa del equipo.
Gabi dejó de escuchar; en su lugar, abrió Instagram. Contestó dos mensajes, reaccionó a una historia y volvió a revisar la selfie que acababa de tomar. Se veía bonita, así que la subió a sus CF.
Mientras más se acercaban al bulevar, más camisetas rojas y negras aparecían entre la gente. Algunos aficionados caminaban hacia la playa; otros parecían dirigirse al mismo lugar que ellas.
A lo lejos distinguió una fila enorme frente a Corvina.
—Uff. Hoy va a estar a reventar.
Bajaron del coche y caminaron hacia la entrada. Las botas comenzaron a apretarle el dedo chiquito casi de inmediato y Gabi no pudo evitar hacer una mueca, pero se recordó a sí misma que valía la pena. No se había puesto semejante outfit (una minifalda de mezclilla y un top de brillitos) solo para arruinarlo con unos tenis.
—¿Fabi nos consiguió mesa? —preguntó.
Daniela estaba tan ocupada escribiendo en el celular que tardó en responder.
—Obvi. Ya viene por nosotras.
La música podía escucharse incluso desde la calle. El bajo hacía vibrar ligeramente el suelo debajo de sus botas. No pasaron ni dos minutos antes de que Fabiola asomara la cabeza por la puerta.
Le hizo una seña al cadenero.
—¡Lobaaas! —Fabi las recibió con un beso en la mejilla a cada una.
Fabiola las guio entre la gente. El lugar estaba a reventar. Humo artificial, luces parpadeantes y demasiados cuerpos moviéndose en un espacio demasiado pequeño. La música le golpeaba directamente en el pecho.
Llegaron hasta una mesa al fondo, donde Ximena ya sostenía un cóctel a medio terminar.
—Tardaron una eternidad, nenas.
—Quedamos atrapadas en el tráfico pospartido —respondió Viri.
—¿Vieron el video de los jugadores peleándose después del partido? —preguntó con demasiado entusiasmo.
Gabi miró la mesa: había una cubeta de cervezas, una botella de Bacardí y varias latas de refresco.
Tomó cinco caballitos y los alineó frente a ella.
—No sé ustedes —dijo mientras llenaba el primero—, pero yo vine a emborracharme.
—¡Shot! ¡Shot! ¡Shot! —coreó Fabiola.
Gabi levantó el caballito y se lo tomó de un trago. Lo volteó sobre su cabeza.
—¡Otro! —gritó Gabi.
—¡No mames! Acabamos de llegar —se quejó Viri.
—¿Y? —volvió a llenar su vaso.
Habían salido con un objetivo muy claro: emborracharse, bailar y, si la noche se prestaba, coquetear con uno que otro güey bonito. Gabi no pensaba arruinar sus planes para esa noche.
Para cuando el DJ puso una canción que conocía, ya iba por su tercer shot.
—¡Esa es mi canción! —gritó por encima de la música.
Daniela soltó una carcajada.
—Dices eso de todas —dijo dándole un trago a su cerveza.
—Porque todas son mis canciones —le regaló una sonrisa de suficiencia. La tomó de la mano y prácticamente la arrastró hasta la pista.
Durante un rato dejó de pensar en cualquier cosa que no fuera la música. Bailó con Daniela, grabó un par de videos para sus historias y aceptó bailar con un tipo cuyo nombre olvidó casi inmediatamente después de que se lo dijera.
Muchos parecían haber ido directamente después del partido. Había jerseys rojas por todas partes y, de vez en cuando, alguien empezaba un cántico que era seguido por medio antro.
Gabi no entendía ni una palabra.
Cuando el DJ puso Superestrella, decidió que necesitaba descansar antes de que sus pies se desprendieran de su cuerpo. Llevaba tanto tiempo bailando que el sudor le pegaba algunos mechones a la nuca y las botas habían dejado de ser una elección cuestionable para convertirse en un instrumento de tortura.
Regresó a la mesa abriéndose paso entre cuerpos sudorosos. Tuvo que esquivar a un tipo con un jersey rojo que saltaba con los brazos alrededor de dos amigos y casi recibió el contenido de un vaso en la cara antes de conseguir llegar.
Se detuvo un momento al ver que había cinco o seis muchachos rodeando su mesa.
—¡Gabiii! —Fabiola alargó su nombre apenas la vio—. Ven.
Gabi se acercó con menos entusiasmo y mucha desconfianza; una cosa era bailar un rato con ellos y otra muy distinta era tenerlos en su mesa, con sus amigas.
—Ellos vinieron de Jalisco por el partido.
Fabi tenía una mano apoyada sobre el hombro del único que llevaba barba. Por la sonrisa de pendeja que traía, Gabi dudaba mucho que de pronto se hubiera vuelto aficionada al fútbol.
—Qué padre —murmuró.
No tenía suficiente energía para fingir entusiasmo.
Se dejó caer en el extremo libre del sillón y estiró las piernas. Entonces reparó en las nuevas botellas sobre la mesa. Junto al Bacardí que ellas habían pedido ahora descansaban un Beluga y una botella de 400 Conejos.
Bueno, no había por qué ser tan seria con los nuevos amigos.
Gabi tomó el mezcal y revisó lo que quedaba sobre la mesa buscando un refresco de toronja para prepararse la mezcalita más asquerosa que se pudiera preparar.
—¿Quién pidió el mezcal? —preguntó mientras le echaba uno o dos chorritos de licor, tal vez fueron tres.
Uno de los muchachos levantó la mano. Era de cabello oscuro, piel morena y una sonrisa que parecía demasiado grande para su cara.
—Yo —dijo, y Gabi podía asegurar que era chilango.
—Gracias por tu servicio a la comunidad —dijo alzando la botella.
Él soltó una carcajada y levantó su vaso en dirección a ella.
—Sip, esa es Gabi —Daniela apareció detrás de ella abrazándola por la espalda y casi haciendo que tirara su bebida.
—Eh, ellos son... —Fabi hizo una pausa intentando recordar sus nombres—. ¿Cómo dicen que se llaman?
El muchacho del mezcal se rio sin sentirse ofendido de que la morrita borracha no supiera su nombre.
—Ellos son Alan, Emiliano, Ramiro, Richy, Bruno y su servilleta: Cristian.
—¿Te llamas Cristian? —preguntó el más bajito del grupo.
El del mezcal, Cristian, lo volteó a ver extrañado.
—Sí, güey, ¿pues cómo pensabas que me llamaba?
—No sé —se encogió de hombros—, como todos te dicen Tilín, nunca pensé en eso.
Las chicas intentaron ahogar sus risas, pero los amigos de Tilín estallaron en carcajadas.
—No mames, pendejo —dijo uno entre risas.
Terminó de preparar su bebida y le dio un trago. Hizo una mueca, le había puesto demasiado mezcal, pero volvió a beber de todas formas.
—¡Vamos a bailar! —gritó Ximena.
No necesitó insistir demasiado. Daniela y Viri se levantaron casi de inmediato, seguidas por la mayoría de los recién llegados.
Gabi negó cuando Fabiola intentó tomarla de la mano.
—Ni madres. Ya no siento el dedo chiquito del pie —dejó caer todo el peso de su cuerpo para evitar ser jalada.
—Quítate las botas —replicó Fabi con tono insistente.
—¿Y agarrar hongos? Prefiero perder el dedo.
Fabiola puso los ojos en blanco antes de desaparecer entre la gente.
En cuestión de segundos, la mesa quedó casi vacía.
Gabi apoyó la espalda contra el sillón y cerró los ojos. Sentía la piel caliente, la cabeza ligera y ese agradable punto del alcohol en el que todo parecía un poco más divertido de lo que realmente era.
Cuando volvió a abrirlos, uno de los muchachos seguía ahí.
Estaba parado junto a la mesa, con un vaso en la mano y la mirada puesta en el lugar por donde sus amigos habían desaparecido. A diferencia de los hombres que Gabi solía ver en Corvina, no llevaba camisa abierta, cadenas o unos zapatos demasiado brillantes. Solo una camiseta oscura y unos pantalones de mezclilla.
De hecho, ahora que lo pensaba, todos habían llegado vestidos bastante simples. Quizá en Jalisco salían así vestidos a los antros; una vez había estado en un antro de Puebla y se había sentido muy fuera de lugar, así que suponía que era lo mismo con ellos.
El muchacho miró el espacio vacío junto a ella, después miró a sus amigos bailar en la pista. Gabi le dio otro trago a su bebida y él seguía parado.
Pasaron unos segundos completamente incómodos en los que Gabi esperaba que el muchacho solo se sentara. Cuando se dio cuenta de que pretendía quedarse parado, la ansiedad poseyó su cuerpo.
—Puedes sentarte —dijo finalmente.
El chico giró hacia ella con una expresión de confusión, extrañado de que le hubieran hablado. Gabi señaló el sillón con el vaso en la mano.
—Me estás haciendo sentir incómoda. ¿O es que no te quieres sentar conmigo? —Gabi en un día normal, completamente sobria, era honesta y sin pelos en la lengua, pero tenía un pequeño filtro moral y social. Ese filtro desaparecía cuando la primera gota de alcohol entraba en su cuerpo.
—No, no, para nada. Solo... —cerró la boca de golpe y pareció dudar un momento antes de sentarse. Dejó suficiente espacio entre ambos como para que cupiera otra persona y fijó la vista al frente.
Gabi intentó ignorarlo, pero los silencios con desconocidos le producían una incomodidad física, como una comezón en un lugar que no podía rascarse. Y aquel tipo, por lo visto, no tenía ninguna intención de tener una plática de borrachos.
Se inclinó hacia él hasta quedar cerca de su oído.
—¿Cómo te llamas?
El muchacho giró la cabeza. Por la forma en que frunció ligeramente el ceño, Gabi sospechó que no había entendido.
—¿Qué? —gritó acercando la cara a Gabi.
Lo tomó del hombro atrayéndolo aún más cerca de ella, esperando que todo aquello no fuera una táctica de ligue ligeramente rebuscada.
—¡Que cómo te llamas!
—Ricardo.
La música volvió a tragarse el espacio entre ellos. Gabi esperó que dijera algo más, pero Ricardo solo bebió de su vaso y miró hacia la pista.
Qué conversador. Se sirvió otro poco de mezcal.
—Gabriel —dijo.
Ricardo volvió a mirarla.
—¿Qué?
—Mi nombre. Para que no tengas que preguntar.
Se quedó un momento procesando la información; ligeramente confundido, la miró acercándose un poco más a ella.
—¿Gabriela?
Gabi negó con la cabeza. Aquella conversación la había tenido tantas veces que podía mantenerla incluso completamente borracha.
—Gabriel. Sin a.
Con el ceño fruncido, Ricardo asintió y regresó la mirada a la pista, donde sus amigas y los amigos de él ya no estaban a la vista.
Inesperado. Gabi, que había tenido esta conversación incontables veces desde el kínder, estaba extrañada con esa respuesta, o la falta de una. Esperaba algún chiste, tal vez un cuestionamiento sobre lo que pensaban o querían sus papás, pero el silencio era raro y a la vez consolador.
O solo estaba borracha.
—Está bonito —soltó Ricardo de la nada.
Gabi se quedó mirándolo un segundo más de lo necesario. De nuevo, inesperado.
—Gracias.
Bebió para disimular su sorpresa y entonces reparó en el vaso de Ricardo. El líquido oscuro apenas había disminuido desde que se había sentado.
—¿Qué tomas? —preguntó, queriendo recuperar (o, en realidad, empezar) una conversación.
—Coca —parecía que el muchacho era muy simplista.
Gabi acercó la cara al vaso como si pudiera confirmar la respuesta con solo verlo.
—¿Cuba?
Ricardo negó con las comisuras de sus labios intentando alzarse.
—Coca —le dio un trago mirándola como si quisiera probar un punto.
—¿Sin alcohol?
Ricardo asintió.
Gabi lo miró. Después miró el Bacardí sobre la mesa. Antes de que él pudiera anticipar sus intenciones, tomó la botella y dejó caer un chorro dentro de su vaso.
—¿Qué haces? —Ricardo apartó la bebida demasiado tarde.
—Un favor —dijo encogiéndose de hombros y tomando de su propia bebida; ya no podía saborear el alcohol en su cóctel.
—Yo no te pedí ningún favor —frunció el ceño alejándose un poco de ella.
—No hacía falta, lo necesitabas —Gabi dejó la botella en su sitio y se acomodó contra el sillón, satisfecha consigo misma.
Ricardo observó el vaso como si ella acabara de echarle veneno; suspiró, pero le dio un trago a la bebida.
—Tengo que cuidarme —parecía entrar en confianza y ahora era él quien rellenaba los silencios.
—¿De qué? —Gabi lo miró, todavía recostada sobre el respaldo del sillón.
El tapiz sintético se le pegaba en la espalda y sentía varias gotas de sudor bajar.
—Por mi trabajo.
Gabi soltó una risa corta. A esas alturas, cualquier respuesta excesivamente seria le parecía graciosa.
—Busca una excusa mejor, mañana es sábado —por fin se acabó el contenido del vaso, pero no tenía muchas ganas de prepararse otro.
—No todos somos godínez.
Había algo en el tono con que lo dijo que hizo que Gabi volviera a mirarlo. No parecía molesto. Solo genuinamente confundido por su lógica.
—¿Pues qué haces? —preguntó, curiosa.
Ricardo giró el vaso entre las manos antes de responder.
—Juego fútbol —la miró, directo a los ojos, como esperando algo.
—Ah —soltó.
Gabi esperó un momento, tratando de pensar en algo que decir. El alcohol le nublaba el cerebro y el fútbol no le parecía que fuera un trabajo serio. ¿No era un hobby?
Pensó en esos hombres que hacían partidos entre amigos tarde en la noche.
—Qué chido —se sentó para poder servirse otro trago.
Ricardo soltó aire por la nariz. No llegó a ser una risa, pero estuvo cerca.
—No sabes nada de fútbol, ¿verdad? —la diversión se le filtraba en la voz y no parecía para nada ofendido.
—Absolutamente nada —llenó un vaso de Sprite y lo rellenó con vodka.
—Ya.
—¿Qué significa «ya»?
—Nada.
Gabi entrecerró los ojos, pero decidió dejarlo pasar. Ya tendría tiempo de pelear con el desconocido serio cuando terminara su bebida.
—¿Es tu primera vez en Veracruz? —preguntó cambiando por completo de tema.
Esta vez Ricardo pareció un poco más dispuesto a conversar. Se acomodó contra el respaldo, reduciendo sin darse cuenta parte del enorme espacio que había dejado entre ellos.
—Vine de niño con mis papás. Pero no me acuerdo de casi nada.
—Entonces sí es tu primera vez.
—Supongo —se encogió de hombros, como si no le importara.
—¿Cuánto tiempo se quedan?
—Nos vamos mañana.
Gabi hizo una mueca. ¿De qué servía no ser godín si no podía aprovechar su fin de semana?
—Qué desperdicio —giró la cara para verlo; él ya la miraba muy atentamente.
—¿Por qué? —preguntó él, dándole un trago a su bebida.
—Porque no conociste nada —le hizo un puchero; Ricardo se encogió de hombros.
—Llegamos temprano. El hotel está frente al mar y salimos a caminar.
Gabi levantó la ceja.
—No te metiste a nadar, ¿verdad?
La expresión de Ricardo fue suficiente respuesta. Intentó contenerse, de verdad lo intentó.
—¿Por qué? —preguntó él.
Gabi se tapó la boca, pero la primera carcajada ya se le había escapado.
—No, por nada —trató de controlar su risa, pero la mirada que Ricardo le estaba lanzando lo hacía aún más gracioso. Eso solo consiguió que se riera más.
—Es que... —tomó aire—, Dios, ustedes los foráneos nunca se informan. Digamos que la zona de hoteles no es la más recomendable para nadar —terminó dándole una mirada significativa.
La perturbación apareció lentamente en el rostro de Ricardo.
—Me metí en la mañana —comentó verdaderamente angustiado.
Gabi perdió cualquier intento de control.
Se dobló sobre sí misma, riéndose, mientras él se pasaba una mano por la cara.
—No mames.
—¡Perdón! —dijo sin sentirlo en absoluto.
—Te estás riendo —se pasó la mano por el cabello.
—¡Porque tu cara es graciosa!
Daniela apareció antes de que Ricardo pudiera responder. Agarró a Gabi por ambas manos y tiró de ella.
—Vamos, perra. Baila —jaló con más fuerza.
—¡No! Quiero ver si al jalisciense le sale un tercer ojo —dejó caer todo su peso y pataleó un poco.
—Vete a la chingada —murmuró Ricardo.
Gabi volvió a reírse.
Uno de sus amigos apareció detrás de Daniela. El de ojos claros tomó a Ricardo por el hombro.
—Vamos, cabronete.
Gabi ladeó la cabeza.
—¿Por qué hablas así? —Gabi, ya borracha, no tuvo pena en preguntar.
—¿Así cómo? —preguntó confundido.
—Como pendejo —podía dar por perdido lo que le quedaba de filtro.
A su lado, Ricardo estalló en carcajadas. Gabi lo miró sin comprender muy bien el motivo de la risa.
El señor "cabronete" la miró completamente ofendido.
—Es... —se volvió a reír— mamador —terminó Ricardo entre convulsiones.
—Chinga tu madre, Richy.
