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Morning Dew

Summary:

En la selección argentina, nadie sabía que Enzo era omega. ¿Qué sucedería si, en medio de un partido, arranca el celo de Enzo, y su fragancia atrae a un alfa Julián?

Notes:

es la primera vez que subo algo acá y encima omegaverse, pero quería comulgar mi evangelio de enzo omega porque lo amo.
el titulo no tiene nada q ver pero me gusta beyoncé, recomiendo escuchar esa canción mientras leen (o lo que quieran)

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Enzo era un omega.

Bueno, eso no era una novedad exactamente. Tampoco es que fuese raro: La población mundial se dividía en un 49,7% de personas que eran omega y un 50,3% de personas que eran alfas; los alfas superando demográficamente a los omegas por unos céntimos. No obstante, hoy en día podías dar con omegas en todo tipo de oficios, y más allá de los precauciones normales, los alfas y omegas se encontraban en igualdad de condiciones. O eso creía. Hasta que decidió que se dedicaría a su pasión más grande: El fútbol.

Nadie le había contado de la absurda regla implícita —que, suponía él, por eso nadie le había contado: era obvio para todos— de que en el deporte solo podían participar alfas. Que si los alfas tenían más fuerza, que si los alfas corrían más rápido, bla, bla, bla; ponele. Enzo no se comía los mocos y mucho menos la mitad de esas mentiras, en parte porque eran estúpidas, y en otra parte porque era lo suficientemente testarudo como para pasárselas por el culo.
Al principio, su mamá se opuso terminantemente: Pecando de excesiva mesura, no quería exponer a su hijo a los peligros de... Bueno, ser un omega rodeado de alfas. Además, no era fácil dejar ir a tu bebé y que duerma en la pensión de un club y no en casa. Ante dichas circunstancias, Enzo se tuvo que poner creativo para convencerla: Le mostraba videos de él jugando con sus amigos, denotando un potencial excepcional para ser simplemente un fútbol 5 en una cancha barata. También se encargó de muy sutilmente hablarle de los benditos supresores de feromonas y su efecto anticonceptivo y de como esto era una oportunidad para aplacar la eterna desigualdad entre omegas y alfas.

Qué chamuyero que era este pibe, por favor.

Con la oreja quemada, la madre se cansó y finalmente cedió. ¿Quién lo diría, eh? A veces le conmovía ver las fotos de cuando jugaba en Villa Libertad o cuando apenas había llegado a River Plate y verlo ahora, jugando para la selección. Era como ver a un pajarito abrir las alas y finalmente volar por su cuenta.

Ah, pero el pajarito tenía una pequeña condición: Mamá dice que nadie puede saber que es omega.

Al principio él había aceptado, sobre confiado de que sería una pavada, de que no era para tanto. Pronto aprendió que sí era para tanto—Tuvo que aprender a sus cortos quince años a disimular los parches musculares de los supresores, a no bañarse con otros chicos e incluso, una vez en el Chelsea, aprendió sobre los supresores en píldoras que lograban alterar las feromonas, haciendo que el usuario de las mismas desprendiese feromonas iguales a las de un alfa. El mundo era una caja de sorpresas para el querido Enzurri. Y aún si nadie sabía de su condición, Enzo sabía que no podía haber logrado ni la mitad de las cosas de no ser por su amigo y confidente: Julián Álvarez.

Julián sabía que era un alfa, pero no es como que le dedicase mucha importancia. Para él, todo giraba en torno a la pelota, a tal punto de abandonar su preciada Calchín en busca de un sueño. No era fácil dejar la provincia en un país dónde te podías mover seis horas en ruta e ibas a seguir en La Pampa, pero cuando tenés un sueño, el único límite es el cielo.

El desinterés de Juli con respecto a esos temas fue una caricia al alma para Enzo, que ya estaba perseguido. Escondía muy bien sus supresores en parche en su bolso, entre los botines y las medias transpiradas que ni el ser más coherente se animaría a tocar si no quería intoxicarse con el olor. A pesar de llevar a cabo todos los recaudos, a veces rondar alrededor de Juli era terrible: A una pronta edad, el cordobés desprendía un aroma a arena y agua de mar, que espantaba a Enzo—no porque fuese asqueroso, sino por el miedo a ser descubierto. Por supuesto que no era asqueroso.

Con el tiempo, las cosas afloraron: El dúo era inseparable, y aún si jugaban en distintos puntos de Europa no podían parar de hablarse, a tal punto en que ser convocados por Lionel Scaloni para la selección fue como si lo hubiesen manifestado por todo este tiempo. En el mundial de Qatar, finalmente el amor hizo de las suyas.

El problema es que ninguno de los dos se animaba a dar el primer paso. Julián porque en su vida había tenido poco más que una novia de secundaria, y Enzo porque jamás le había revelado lo que era. Lo que realmente era. ¿Cómo iba a hacerlo?

¿Cómo le iba a contar a Julián que le faltaba ropa, no porque fuese despistado, sino porque él se la llevaba para su nido? ¿Cómo le iba a contar que a veces se tenía que ir para que sus feromonas no le alteren? ¿Cómo le explicaba que se enchufaba la mayor cantidad de supresores con tal de no desprender ese olor a avellana y caramelo para no espantarlo? Para Juli, Enzo era alfa, y así tenía que seguir el curso de la vida. Julián alfa, Enzo alfa; todos contentos.

Pero el peso de las acciones decanta, y la verdad en algún momento sale a la luz, tarde o temprano. Más temprano que tarde, porque esa era la suerte de Enzo.

 

 

 

 

 

Un día más en la vida de Enzo. Recientemente —y por reciente digo hace cuatro años, pero así era el argentino promedio— la selección argentina habían ganado la Copa del Mundo en Qatar 2022. Las alegrías que habían llevado al país y respectivamente a cada una de sus ciudades natales fue interminable, y pretendían conservar la racha en el actual mundial 2026.

Kansas era una ciudad calurosa y seca. El asfalto de las calles se derretía y vos podías poner una sartén con huevo frito con un 99% de probabilidades de que se cocinara. Pero, siendo latinoamericanos y ambos experimentando el infernal calor húmedo de Argentina, tragaron saliva y se aguantaron los rayos de sol en la espalda mientras entrenaban. Sobre todo Julián, porque Enzo quedaba dorado, pero Juli se transformaba en un tomate—Las desventajas de ser medio pálido.

Lo importante es que estaban preparándose para el partido contra Egipto. Ya habían visto el desempeño del grupo, y era importante no subestimarlos: Los equipos africanos resultaron ser una positiva revelación en esta Copa del Mundo, lo que obligaba al grupo argentino a ponerse las pilas. No es que no lo hicieran ya, pero el peso de buscar la cuarta era insistente.

Sin embargo, la Scaloneta había tenido una grata celebración después de la victoria con Cabo Verde. Un partido sufrido pero cuyo desenlace fue positivo, y eso no ameritaba más que una buena joda.
Las copas van y vienen, y a la mañana siguiente el resultado del exceso impacta a Enzo con una fuerte resaca, pero era tan testarudo que de todos modos se presentó al entreno, aún con un malestar visible. Al menos, visible para Juli. ¿Quién más lo iba a cuidar sino?

“Che, Enzo. ¿Todo bien, amigo?”

Ay, qué palabra dolorosa. Si no fuese un cagón... Bueno, si no fuese un cagón no le ocultaría a nadie que es omega.

“Sí, sí. Qué noche, eh." entonó Enzo, juguetón como siempre, mostrando sus dientes blancos en una linda sonrisa.

Aunque para Juli no era lo suficientemente convincente, decidió no insistir. El cordobés intuía que algo andaba mal; su pancita se lo decía y nunca fallaba.

Por otro lado, Enzo se esforzó en sonar lo más confiado posible, pero también se sentía... Extraño. No sabía ponerlo en palabras, pero tampoco quería quemarse demasiado la cabeza, así que decidió echarle la culpa a la noche.
Más allá de ese incidente, no hubieron otras cosas destacables. Aún con resaca, Enzo se movía ligero como una pluma, y Julián se quedó más tranquilo cuando transcurrieron las horas y lo notó más enérgico que en la mañana. Ambos estaban convencidos de que la noche anterior había sido la culpable del malestar del bonaerense, por lo que no le dieron más vueltas al asunto.

A la mañana siguiente, Enzo se había levantado a las ocho después de unas merecidas nueve horas de descanso, dispuesto a higienizarse y comer como se debe, preparándose para el partido. Como Julián no se había despertado aún, una vez vestido, se le quedó mirando unos minutos, apreciando la forma de su nariz o como su pecho subía y bajaba tranquilo. Por su parte, no emitió ruido alguno, quieto como una momia. ¿Mirá si se despertaba? No quería correr ese riesgo.

Rozando el límite de lo normal y sin querer quedar como un stalker, el bonaerense se acercó a Julián y lo despertó, agitándolo suavemente. Le rompía el corazón ver como su ceño se fruncía, denotando el fin de su plácido sueño, pero si no lo hacía llegarían tarde a la charla con el entrenador. Julián lucia un cabello desordenado que le resultaba entrañable, y tuvo que contener su sonrisa mordiéndose la mejilla.

En ese preciso instante, una sensación en su vientre bajo lo alteró. No era dolorosa, sino... Como un cosquilleo, u hormigueo. Sin embargo, al haber sido tan leve no le prestó demasiada atención y, mientras su amigo se preparaba, se recostó en la cama a jugar con su teléfono.

A media hora del partido, todos se hallaban en la entrada a los vestidores. Messi se encargaba de dar una charla motivacional y todos prestaban atención, menos Enzo que se sentía incómodo. La sensación era similar a la del entreno el día anterior, haciéndole arrugar la cara. Para Juli, esto no pasó desapercibido tampoco.

“Che, Enzo. De en serio, ¿Estás bien?" susurró, sin sacarle los ojos de encima a Messi para aparentar que lo estaba escuchando. “Desde ayer que estás todo… Raro.”

Enzo resopla incómodo, antes de mirarlo, disimulando pobremente su padecimiento.

“S—Sí, sí, gato. Tranca, estoy de diez.” Responde, transmitiendo poco y nada de seguridad. No obstante, Julián nuevamente decide confiar en su amigo.

Sin más dilación, a pocos minutos del juego, anuncian los nombres de los equipos y se disponen a salir en fila. Enzo estaba con la mirada fija al frente, ligeramente sudado. ¿Qué le pasaba? Sentía como las palpitaciones le reventaban el tímpano.
Se entonan los himnos en los parlantes enormes del predio, y poco después de que las banderas que decoraban la cancha son retiradas, empieza el juego.

El desempeño de ambos es excepcional. Corrieron como si de su vida dependiera de ello, teniendo en contra a la ferviente selección de Egipto, que había marcado dos goles a su favor.

No obstante, no todo es color de rosas. A mitad del partido, el malestar de Enzo es indiscutible y poco disimulado: Se agita el doble, los músculos le pesan, y de pronto se vuelve excesivamente susceptible a los olores del entorno. Todo el ambiente estaba embadurnado de esos olores que se le impregnaban en las fosas nasales, pero entre todos ellos, destacaba el que más que un alivio era una pesadilla: Arena y agua de mar.

Enzo recordó que, la primera vez que se topó con Julián, no pudo evitar entrar en confianza por lo nostálgico y sobrecogedor de su aroma. Le recordaba a las playas de Mar del Tuyu, en las que tantas veces había vacacionado con su familia, por lo que cuando abandonó la Argentina en 2022, era como estar en casa de todos modos.

...Enzo... ¡Enzo!”

Entre la niebla de la nostalgia y el mareo, Enzo choca estrepitosamente con un jugador egipcio. Su caída trágica causa una pequeña confrontación entre su equipo y el contrario, cometiendo el error de pensar que había sido intencional. Su cuerpo hervía y sus mejillas estaban absurdamente coloradas.

El juego se detiene, obligando a Scaloni y al árbitro a acercarse. A falta de precisión sobre si es una falta o no, el último se retira de la escena y corre a revisar el VAR, dejando a un Lionel preocupado. El santafesino le pega suaves toques en la cara a Enzo, que no puede batallar contra el mar de sensaciones que es su cuerpo.

“¡Enzo! ¡Enzo! ¡Dale, respondeme!”

Lo escucha discutir con el segundo interviniente en la colisión, y en el momento en que cruzan miradas, ambos notan el aroma en el aire: Avellanas y caramelo.

Enzo abre los ojos en grande, reconociendo ese olor, y haciendo memoria. Había olvidado de tomar los supresores. Ahora mismo, Enzo Fernández estaba en medio de un partido transitando su celo.

Ahora mismo, Enzo Fernández le había revelado a Lionel Scaloni que él era un omega.

 

 

 

 

Julián está al borde de una crisis. No supo cómo, pero se puso a discutir en un inglés muy pobre con un egipcio, enfadado como si hubiesen matado a un familiar. Se desconocía a si mismo, pero estaba siendo abrumado por una sensación de protección abismal, como si tuviese la obligación de cuidar de Enzo.

Tiene que ser tomado de los hombros por el Cuti, que lo aleja con todas sus fuerzas a falta de alguien más alto, que no fuese Emiliano, que se hallara en la escena del crimen. Es ahí cuando lo ve: Enzo llevado en una camilla en dirección al interior. El mero pispeo es suficiente: Se remueve violentamente en los brazos de su compañero, liberándose del agarre. Estaba tan preocupado que se recorrió la cancha en un segundo, entrando rápidamente al interior del predio en busca de su amigo.
Pero, para ese momento, había perdido el rastro de Enzo. A falta de indicaciones a seguir, siguió su instinto, yendo primero a la enfermería.

 

 

 

 

El silencio entre Scaloni y Enzo es tenso. El pie del santafesino repiquetea en el frio piso de los vestidores, cuya temperatura parecía ser lo único que calmaba al pobre Enzo. La imagen era mortal: el bonaerense estaba sin la camiseta, aferrado a la campera de su compañero de cuarto, agitado y con la mirada entre triste y preocupada. Nadie nunca antes había visto a Enzo así.

“¿Qué pretendías vos al ocultar eso?”

“No es eso, pero—”.

“¿Vos te das cuenta de lo peligroso que pudo haber sido?” Lionel no lo deja hablar, haciéndolo sentir como un perro regañado. “Vos... Pensaste que era así de fácil. Claro, te enchufabas unos supresores y asunto arreglado, ¿no?” recitó con exagerados ademanes que revelaban su enojo.

A Enzo no le daba la cabeza para pensar. Apretaba los ojos con fuerza, rezando que algún milagro pasara.

“Para vos es fácil. Vos no tenés que ocultarte; hiciste tu vida, cumpliste tu sueño...” clama Enzo, mordiendo la campera de Julián, por la rabia y porque esa campera la usó para armar su nido. “¿Sabés lo difícil que fue tener que perderme entrenos o salidas porque sino todos se iban a dar cuenta? ¿Porque sino me iban a mandar al frente y ni se iban a girar a mirarme? Me rompí el culo para llegar hasta acá... Y...”

Con la garganta cerrándose, al borde del llanto; Enzo esconde la cara en la prenda de Juli, enojado, febril, caliente.

Viéndolo así de alterado, Scaloni decide dejar los retos para otro momento; se apiada del muchacho, y se agacha a su altura. En un apoyo silencioso, pone su mano en el hombro de Enzo, mirándolo con sentimiento. No sabe exactamente qué pensar: ¿Cómo es que, con sus años de experiencia, no se había dado cuenta? Se siente un idiota, distraído pensando en la cantidad de cosas que podrían haberle pasado a Enzo.

Lionel suspira. “...Quedate tranquilo, yo el resto lo arreglo. Veo que puedo hacer. Pero no salgas de acá y—”

Los golpes en la puerta sobresaltan a ambos. Enzo mira aterrorizado a Scaloni, estrujándole el corazón. El santafesino lo manda a guardar silencio de forma sutil antes de salir a ver de quién se trataba, hallándose con nada más que con Julián.
Ambos comparten miradas que cargan distintos sentimientos. Julián, con la inquietud de no saber qué pasa con su amigo. Lionel, con el debate interno de si revelarle la verdad o dejar que lo descubra por su cuenta.

“Está bien, ¿verdad?” pregunta con sus ojos café suplicando por respuestas.

Scaloni no sabe qué responder que no delate a Enzo

“Sí, sí. No está lesionado. Aparentemente.”

Julián suspira aliviado, pero eso no apacigua la inquietud de Scaloni.

“¿Lo puedo ver?”

Y antes de que el santafesino responda, el bonaerense se le adelanta.

“Dejalo pasar...” Exclama.

Julián y Lionel nuevamente cruzan miradas, y el cordobés encuentra en los ojos de Scaloni algo que vacilaba entre la duda y el miedo, instaurando la misma emoción dentro de él.

“Los dejo solos,” responde Scaloni. “Tené cuidado. No le abras a nadie que no sea nuestro.”

Entonces, abandona la escena, con el corazón en la mano.

Julián contempla como el mayor se retira de la escena y, con más dudas que respuestas, abre con cautela el vestidor de varones. A simple vista, no halla a Enzo, por lo que antes de adentrarse se encarga de trabar la puerta para evitar intromisiones indeseadas. Avanza entre casilleros y bancos, siendo bienvenido primero con el olor dulce del caramelo y la avellana que le hace fruncir el ceño. 
‘¿Cómo es que entró un omega acá?’ se pregunta por dentro Julián, caminando precavido, hasta que baja la vista.

Enzo se encontraba aferrado a la campera de la selección de Julián, sin camiseta, sin zapatos y sin su short del uniforme. Ahora solo vestía las medias y un par de bóxers deportivos negros. El calor que sentía en su cuerpo lo estaba volviendo loco, por lo que se despojó de sus pocas prendas, rogando que el frío de la cerámica del suelo y la pared le calmase.

Julián estaba más que atónito. Su corazón latía tan rápido que temía que le reventara en el pecho. El aroma que Enzo desprendía invadía los sentidos de Julián, que hacía lo posible por contener sus instintos más primitivos en vías de cuidar de su amigo.

“...Con razón siempre perdía la ropa.” soltó imprudentemente, preso del pánico, aún si su voz no lo implicaba del todo.

Enzo no recibió muy gustoso ese comentario, revoleándole la campera, ofendido. Era, ante todo, humillante—Era como si todo su trabajo hubiese sido un desperdicio, echado a la basura así sin más.

Julián atajó el proyectil de tela, cubriéndose primero. “¡Ey! No me tires mi ropa...” responde apenado, mirando la prenda. Desprendía el olor a caramelo y avellanas que lograba hipnotizarlo de a poco.
Ya que habían empezado con el pie izquierdo, Juli decide tomar otro curso de acción. Se arrodilla frente a Enzo en silencio, tratando de no invadir demasiado su espacio personal. Era sabido que un omega en celo no podía controlarse frente a un alfa, así que se mantuvo precavido.

Las feromonas de ambos bailaban en el aire, mezclándose entre sí, haciendo de la atracción algo más que solo romántica.

“Eu, Enzo. Enzo...” llamaba Julián. Su tono era dulce, casi suplicante, pero Enzo se mostraba reacio. “Eu... Sabés que somos amigos, y no te voy a dejar solo en esto.”

A Enzo le volvía loco la palabra amigo. Le hacía querer romper todo, partirse la cabeza contra la pared.

“Yo no quiero ser tu amigo, Julián.”

Auch, pensó Juli. El nombre completo y la frase en si misma lograron instalar una punzada en su pecho. Aún si no era literal, aún si compartían sentimiento.

“Okay. Pero yo no me voy a ir de acá. Así que... No sé.”

Silencio pulcro entre ambos. Evitaban mutuamente la mirada del otro, como si les entrara pánico. Enzo sentía esta situación muy similar a un ritual de humillación, y Julián ataba los cabos en silencio—Lentamente, todos los comportamientos extraños, desde que ambos eran pequeños hasta ahora, cobraban sentido. La cantidad de veces que había perdido su ropa; el hecho de que Enzo jamás se duchaba en los vestidores; la cantidad de parches que usaba, a veces sin presuntos dolores musculares; o las ocasiones en la que Enzo se desaparecía por una semana entera.

“¿Siempre lo supiste?”

La vergüenza arremete contra el cuerpo de Enzo, pero se resigna. Asiente, con el cuerpo tan caliente que no podía ni articular oración coherente.

“¿Y por qué no me dijiste?” protesta Julián, dolido.

“¡Porque no es tan fácil!” exclamó Enzo. “Yo— Yo soñé con esto. Con una Sudamericana, con la del Mundo, con estar en la cancha, con todo. Y no podía— No podía, Juli. No es tan fácil. Cuando todo el tiempo te dicen que por ser como sos no podés soñar... Es horrible. Yo no pedí nacer así. Y tenía miedo de que te enojes, de que te alejes, de que me dejes. No podía. No puedo. No me sale.”
Julián sentía como su corazón se quebraba cada vez un poquito más. Podía oír en las palabras de su amigo el dolor que estas cargaban, la vergüenza, la decepción de si mismo. No sabía como transmitirle la seguridad que se merecía, de que jamás abandonaría su lado sea lo que sea, más allá de todo.

Que su corazón latía fuertemente por él, y no había parches o pastillas que oculten eso.

Solo atinó a acercarse lentamente y presionarlo contra él en un cálido abrazo. Enzo no protestó, ni se quejó. Como si hubiese esperado ese abrazo desde que tuvo memoria, o desde que pisó el predio de River, cuando sus ojos se encontraron con los de él.

 

“Yo jamás me voy a alejar de vos, Enzo.” murmuró contra su cabeza, tratando de demostrarle todo el cariño que podía, para que Enzo jamás dude de cuánto lo quiere. De cuánto lo ama y adora.  “Vos me podés matar al perro y no me vas a mover de tu lado. No me lo mates igual, porfa. Es un decir.”

El silencio tenso se ve abruptamente interrumpido por las risas de ambos, que reverberan en las paredes de cerámica. Cuando los ecos de sus risas callan, son acompañados por la quietud, cargada de sentimientos encontrados. Compartían miradas que duraban un suspiro, como si quemara mirar al otro ahora que las cartas estaban puestas en la mesa. Ya no más mentiras. 
Enzo no podía aguantar más. El olor de Julián era cada vez más fuerte, emborrachándose con él. Podía sentir sus músculos contra su pecho, su cuerpo sudado tras la ropa por el tiempo que habían estado en cancha, y fue cuestión de segundos antes de que actúe por sus impulsos biológicos. Se abalanza contra Julián, acomodándose sobre él y dejándolo confundido.

“¿Qué hacés, Enzo—”

No lo deja terminar que rapta sus labios en un beso. La sorpresa no es impedimento para que el cordobés corresponda, que alcanza a poner sus temblorosas manos en las caderas de Enzo. La carne debajo de sus dedos era suave, fibrosa, y tierna al tacto. ¿Cómo es que se había privado tanto tiempo de tocarlo? ¿Cómo es que soportó noches incontables compartiendo pieza conteniéndose de averiguar como se sentía?

El olor de ambos se impregnaba en las fosas nasales del otro, volviéndolos locos. Enzo no podía contenerse ante las feromonas de Juli, y Juli parecía usar todas sus fuerzas para no estamparlo contra la pared.

Cuando se separan, sus miradas dicen todo lo que no pueden expresar en palabras: El amor con el que se miran, el deseo y calor que predomina en sus cuerpos. Es entonces que Enzo pronuncia:

“Juli... Te necesito mucho... No puedo más, me duele— por favor, ayudame, sacame este calor del cuerpo...” murmura Enzo.

Julián se sentía en un sueño. Enzo lucía como un sueño: nunca lo había visto tan colorado, transpirado, tan pequeño incluso. Su cuerpo le gritaba que lo hiciera, que simplemente se lanzara a él, que con un simple acto declarase lo que ambos querían, lo que siempre quisieron desde hace años. Las manos de Enzo acunan el rostro del cordobés con todo el cariño del mundo, mientras se apreta contra él y gime en su boca porque, por favor: los roces son simplemente demasiado para él, los labios de Julián son demasiado para él y todo Julián es demasiado para él.

Comparten saliva nuevamente; sus alientos y sus lenguas se entrelazan desvergonzadamente, ignorando que fuera de los vestidores se estaba disputando su lugar en el bendito Mundial.
Julián se atreve a meter las manos dentro del bóxer, agarrando su culo y apretando el músculo entre sus dedos, sonriendo cuando escucha que Enzo suspira.
Se separa un segundo y junta su frente con la de su amigo, sonriendo. Le mira la boca como un depredador pone los ojos en su presa, antes de hablar.

“¿Qué pasó con mi amigo?” dice Julián, en un tono nostálgico y juguetón.

“Me volvés a decir amigo y te rompo la boca, pelotudo. No me gusta que me jodan a mi.” Murmura frustrado Enzo, que no podía dejar de mover sus caderas contra las de él, persiguiendo ese contacto anhelado. “¿Me vas a hacer esperar?”

“Qué impaciente.” responde Julián con los labios fruncidos en un puchero.

Julián intercambia lugares con Enzo, quedando sobre él. Se embarca en un viaje de besos que inician desde la mandíbula del más alto hasta su cuello, llenándolo de ligeras mordidas que no llegaban a ser algo tan serio como la marca. La bendita marca.

Dios, Julián se moría por marcarlo por completo, se moría por estar unido a él como la uña y la carne misma, pero se contuvo porque no quería aprovecharse de la situación. Siempre tan caballero.

Con todas las fuerzas que tiene, Julián levanta a Enzo, cargándolo. Sus manos se acomodan en el culo de Enzo mientras busca donde ponerlo, divisando el lavamanos a unos metros y sonriendo como si se hubiese ganado la lotería. Lo acomoda ahí, para besarlo con la misma pasión. Torpe, descuidada, pero no deja de ser pasión.

El cordobés simulaba pequeñas estocadas que ponían al bonaerense un metro más cerca del cielo, mientras seguía dejando besos en su cuerpo. Bajó por su clavícula, su pecho, y al toparse con el pezón de Enzo, lo encerró entre sus dientes sin mucha fuerza, haciendo que Enzo se estremeciera y llevase una mano a su boca. Pero Julián no puede permitirle eso.

“No, no.” Julián lo mira y toma su mano, alejándola de la boca. Muerde su labio inferior y le acaricia el rostro. “No me hagas eso, por favor. Quiero escucharte.”

“Julián...” Enzo gime su nombre. Ahora sus piernas encierran las caderas del cordobés, permitiendo que el más alto pudiese frotarse contra su cuerpo.

Ambos se dedican a devorar los labios del otro por unos segundos, hasta que Enzo no lo tolera más. Se retuerce en su lugar y se aferra a los brazos de Julián, que lo recoge y lo cuida, acariciando la espalda del más alto.

"Por favor, Juli, por favor…” suspira en un tono adolorido.

Las manos del más bajo tiemblan con anticipación porque sabían lo que eso significaba. Ya no había forma de arrepentirse, de echarse para atrás, por lo que tras un suspiro agitado se embarcó a ello. Retiró suavemente los bóxers que vestían al bonaerense, la única prenda que evitaba que se hallara completamente desnudo.

“Tranquilo… Yo te voy a cuidar.” Prometió Julián, no muy confiado de si mismo. “Quiero que me digas si te sentís bien, si te está gustando… ¿Podés hacerlo, amor?”
Enzo asiente, sonriendo entre la neblina de excitación y calor entre la que se hallaba. Su sonrisa era una total invitación al pecado, a tal punto en que los gritos de sus compañeros que aún se hallaban en la cancha pasaron a un segundo plano. Julián no podía pensar en nada más que esa sonrisa.

Con su consentimiento, Julián se baja los propios pantalones hasta la ingle. La silueta de su bóxer hace destacar su descarada erección, pronto liberada cuando se despoja de la prenda final. Toma a Enzo de las caderas, acercándolo al borde del lavamanos para poder acceder a su entrada. Son primero sus dedos los que se acercan a tocar, sintiendo la marea láctea que su cuerpo desprende, preparándolo para este preciso momento. En un pensamiento egoísta —y posesivo— Julián se convence de que Enzo está así por él y solo por él; por lo mucho que lo necesita.

Se acerca a la mejilla de Enzo para dejar suaves besos en sus cachetes, dejando que su cuerpo se relaje, antes de introducir el primer dedo dentro de Enzo, que responde con un jadeo sonoro y adolorido por ser la primera intromisión. Cualquier palabra que se le hubiera ocurrido queda completamente olvidada, descartada a alguna esquina recóndita de su cabeza, para concentrarse en Julián. Sus manos se meten dentro de su camiseta —siendo Julián el único que conservaba su ropa—, rasgando la piel del cordobés con sus uñas.

“¿Te duele?”

“N-No, no,” Enzo traga saliva y se esconde en el cuello de Julián, inspirando su olor. “Seguí.”

Julián saca el dedo por completo y lo vuelve a adentrar, provocando que la espalda de Enzo se arquee como la de un gato, pero se contiene de hacer mucho ruido más que unos pocos lloriqueos que, para Julián, son como música para sus oídos.
Repite el mismo movimiento durante unos minutos más. Vagas y lentas estocadas que sacan de Enzo los sonidos más bellos de su boca, pronto volviendo a los vestidores a un eco de sinfonías dulces y ronroneos. Julián no se restringe a solo cogerse a Enzo con los dedos, sino que susurra cantidades absurdas de halagos a su oído y reparte besos babosos que derriten al susodicho. De pronto, cuando menos se lo espera, Julián introduce un segundo dedo en la entrada de Enzo, haciendo que clave sus uñas con fuerza en la espalda del más bajo, haciéndolo sangrar.

Cosa que, por algún motivo, hace que Julián se caliente el doble.

Ahora, era Enzo el que se movía gustoso: Sus caderas iban de atrás para adelante como si no fuese suficiente, persiguiendo más del delicioso contacto de los dedos de Julián dentro suyo, en su punto dulce. El cordobés podía sentir como el cuerpo de Enzo ejercía menos presión contra sus falanges; ya no los rechazaban sino que estas se deslizaban con facilidad, empapadas de sus fluidos, hacia adentro y afuera. Aprovecha la situación para introducir un tercer dedo, tomando por sorpresa al más alto que dejó caer su cabeza en su hombro.

“Juli… Dios, Juli…” gemía Enzo. Su respiración era errática y su aliento chocaba contra el cuello de Julián, excitándolo aún más.

“Aguantá un poco más…” susurró Julián contra su oreja, capturando entre sus perlas el lóbulo de su oreja. Sus caninos rozan la piel, y hacen que Enzo clave con más fuerza sus uñas.

De soslayo, Julián logra captar la expresión de Enzo: el color rojo de sus mejillas salpica su cuello, sus labios estaban humedecidos de tanto relamérselos luciendo brillantes, y sus ojos rogaban para que él finalmente se lo coja.
Enzo era una obra de arte, y Julián no podía más: necesitaba probar como se sentía estar dentro de él.

“Amor, no puedo, perdoname…” retira sus dedos de los adentros de Enzo, dejándolo con una sensación de vacío total.

Enzo suelta un sollozo seco, pero se mantiene paciente, jadeante, y bueno para Julián. Era totalmente diferente: Enzo siempre fue rebelde, mal portado y bromista; pero verlo así de dispuesto para él, despierta un fuego en su pecho que nunca había sentido.

Julián agarra sus muslos carnosos, pegándolo hacia él. Enzo no lo detiene en ningún momento, ni siquiera cuando Julián toma su pija y, alineándolo con su entrada, se abre paso dentro suyo.

En un instante, la punta de su miembro se adentró, probando el cuerpo de Enzo que le robó un suspiro. Enzo era caliente, apretado, y Julián se podía deslizar como manteca. Eran como dos piezas de rompecabezas que encajaban lentamente.
El más alto tembló y llevó una mano a su boca para no soltar un alarido. Julián era enorme, grueso, y dudaba que pudiese metérselo entero, aún si su cuerpo lo exigía. Esa lucha interna se reflejó en el rostro de Enzo.

“Pará, pará, pará.” le ruega el más alto, haciendo que Julián se frene en seco. Se empezaba a hiperventilar y la garganta se le cerraba de la calentura. Le pegó suavemente en el hombro, dedicándole una mirada tras sus pestañas. Lucía furioso como nunca. “Sos un hijo de puta… Un hijo de re mil puta…” suelta entre dientes, apretando la mandíbula.

Julián le sonríe descarado y tierno, antes de tomar el miembro de Enzo entre sus dedos, acariciándolo suavemente, haciéndolo temblar y gemir. “No me digas eso. Yo sé que no pensás así de mi…”

“S-Si lo pienso,” protesta Enzo. “Dios, Julián—”

“No, no me mientas. No te sale.” Dice Julián en un tono suave, antes de tomarlo de la cara. Su mano se seguía moviendo entre ambos cuerpos, tranquila y vaga, solo queriendo apaciguar el dolor de Enzo. “¿Es muy grande? ¿Nunca cogiste con alguien?” pregunta sin juzgar.

Enzo asiente con la cabeza. “No podía. Me daba miedo que se filtrara a la prensa, y nunca lo intenté.”

El hecho de que Enzo se estuviera abriendo a él —de forma literal y figurativa— le provocó una punzada en el estómago. Podía retorcerse del orgullo y sentimiento posesivo que tenía, y tuvo que inhalar y exhalar para calmarse y no cogerse a Enzo sin piedad. La mera idea de que nadie que no sea él había conocido el cuerpo de Enzo como lo estaba haciendo ahora lo llenaba de una euforia inexplicable.

“Mmm… Está bien,” asintió Julián, con orgullo mal disimulado. “No me respondiste la otra pregunta, igual.”

“Cerrá el orto. Si ya sabés la respuesta.” respondió Enzo, para soltar un gemido suave.

Para él, eso fue suficiente.

Juli continuó masturbando a Enzo, antes de ir más profundo: Puso los ojos en blanco mientras saboreaba cómo se sentía estar dentro suyo. Por su lado, Enzo se derretía. Se apoyó contra la pared, soltando los gemidos y lloriqueos más hermosos.
“Sos hermoso, sos tan hermoso…” susurra Julián. Su mano restante fue a parar al cuello de Enzo, simplemente envolviendo su garganta con sus dedos, sin ejercer fuerza. “Sos mío, todo mío…” suelta, casi que en un delirio, envuelto en el placer.

Enzo se puso un tono más rojo al oír esas palabras—si es que eso era posible—y se tapó los ojos, murmurando maldiciones que hacían a Julián reír.

Finalmente, su erección se halló enteramente dentro de Enzo, el cual no podía parar de la sobre estimulación: Julián había tenido una sola novia en su vida por allá en la secundaria, pero su comportamiento indicaba lo contrario; era un experto, acariciando el glande de Enzo con su dedo pulgar en círculos, haciéndolo estremecerse. Se quedó quieto, sin moverse para atrás ni para adelante, antes de soltarle el cuello y descubrirle el rostro, para tomarlo de la nuca y acercarlo a él. A una menor distancia, le susurró:

“¿Te sentís bien?” Enzo responde asintiendo con la cabeza, atontado por el celo. “Mejor. Sos hermoso, de verdad. ¿Sabías eso?”

Enzo traga saliva para poder responder: “Y-Ya sé. Me lo dijiste hace un minuto.”

“Pero es que sos hermoso…” Susurra contra su cachete, besándolo de forma ruidosa.

Enzo quería escuchar más de esos dulces susurros de Julián, quería que se lo garchara en ese preciso instante, que finalmente acabara con su augurio. Dios, Enzo ahora entendía por qué su mamá no quería que nadie se enterara de que es omega: Apenas podía oponer resistencia a Julián. No es como que quisiera tampoco.

Luego de unos cuantos segundos, ya menos adolorido, Enzo mueve sus caderas como puede en esa posición algo incómoda. Julián capta su mensaje, y suelta la pija de Enzo para acunar sus caderas y comenzar un vaivén lento y suave. No necesitaron de mediar palabra alguna para saber lo que el otro necesitaba.

Enzo suelta la espalda de Julián y solo atina a dejar la mirada perdida en el pecho aún vestido de Julián. Podía ver como el sudor hacía que la ropa se pegara a su cuerpo, marcando la silueta de sus músculos y haciéndole tragar saliva. Baja su mirada a su propio cuerpo, notando como él estaba completamente desnudo, y la diferencia le parecía injusta.

“No se vale,” protesta entre suspiros, haciéndole ojitos. “¿Por qué vos estás vestido y yo soy el único con el culo al aire?”

Julián se detiene, soltando una risa suave y negando con la cabeza.

“Ese fuiste vos,” retruca el cordobés, pero desiste de protestar. “¿Querés que me saque la ropa?”

Y antes de que Enzo pudiese dar su veredicto, Julián se desprende de, al menos, su camiseta, dejando ver su cuerpo transpirado y atlético. 
Ahora, en igualdad de condiciones, Julián se pone perpendicular con Enzo y flexiona ligeramente las piernas para lograr alcanzar lo más profundo de su entrada. Tras sus pestañas, sus ojos café le dedican una mirada dulce al mismo tiempo que sus pulgares acarician respectivamente las caderas de Enzo.

Sin mayores dilaciones o protestas, Julián da una lenta y latosa estocada, iniciando con el ritmo que ambos anhelaban desde el primer beso. Enzo lo abraza y abre sus piernas para él, liberando su cuerpo de la prisión corpórea que le había impuesto con tal de otorgarle mayor movilidad, soltando un gemido por lo bajo. Pronto, la velocidad aumenta, lo suficiente como para que los golpes húmedos suban el volumen y los gemidos sean más altos. Julián no se atreve a romper el contacto visual con él, por lo que contempla el rostro de Enzo, sumido en el placer más puro, conservando el vaivén de sus caderas. 
El bonaerense no puede evitar largar lagrimas de satisfacción, absurdamente sobre estimulado, ondeando sus caderas para que Julián logre impactar en su punto, soltando un dulce lloriqueo cuando lo logra.

“Julián, dios…”

Las manos de Enzo se aferran a la nuca de Julián y se apoya contra la pared, recibiendo cada una de sus estocadas gustoso. Por su lado, Julián sostenía con más fuerza las caderas del más alto para lograr impactar con mayor fuerza dentro suyo, haciendo que el choque de las pieles sea inconfundible. Cualquiera que pasase cerca de la puerta podría oírlos y, sin margen de error, darse cuenta de lo que estaban haciendo.

El tiempo corre, y son suficientes unos pocos minutos para que esa presión en el bajo vientre que anticipa el orgasmo aparezca en ambos. Es por eso que Julián ya no se contiene, es asertivo, raudo, tirando a matar; o en este caso, a destrozar a Enzo. El mismo se dispone a recibir todos los años de frustración acumulada gustoso y con la esperanza de que las demandas de su cuerpo callen finalmente.

El primero en culminar es Enzo, soltando un chorro caliente de semen en su abdomen y parte del de Julián. El cordobés atina a tomar su débil erección, estrujándola para obtener hasta la última gota de su semilla fuera del sistema de Enzo.
Enzo se desploma en la pared. Sus omóplatos tocan la cerámica mientras él conserva la espalda completamente arqueada. Respira audiblemente, recuperando el aliento perdido, con su pecho subiendo y bajando repetidas veces. Estaba completamente extasiado, aún reponiéndose de la avalancha de emociones y sensaciones que había experimentado, y Julián se quedó contemplándolo maravillado.

El problema era que Julián rendía para más, pero no quiso forzar a un Enzo recién acabado a darle una energía que no podía poner, por lo que amagó a salir de sus adentros, con la pija aún erecta, hasta que Enzo lo detuvo con una mano en su muñeca. Lucía enajenado y confundido, tomándolo por sorpresa.

“¿Qué haces’” preguntó, casi que ofendido.

“Estaba… sacándola.”

“No, no. Quiero—” Enzo suelta un suspiro tembloroso antes de continuar. “…Quiero que sigas.”

Julián lo mira con ojos en grande; su mirada se disipa a todas las direcciones y su ceño se frunce en confusión.

“Pero Enzo, estás cansado y yo no quiero—”

Julián decide tragarse sus palabras porque Enzo le dedica esa mirada: sus ojos color chocolate, implorándole, con el ceño fruncido, como si realmente se fuese a enfadar si Julián salía de dentro suyo—lo cual, Julián estaba seguro que Enzo lo mataría si lo hacía—, antes de pasarle los brazos por los hombros y abrazarlo con sus piernas, impidiéndole que se alejara tan siquiera un centímetro de él.

“De verdad… ¿Qué tengo que decirte para que sigas?” suelta Enzo en un ronroneo, pegando su pecho transpirado al de Julián, a centímetros de su boca. El corazón de Julián se acelera como en una carrera, y sus mejillas se tiñen de rojo por primera vez.

Lo cual es un poco irónico teniendo en cuenta que se lo estaba cogiendo.

“No, nada, nada, pero—”

“Por favor, no me dejes así. Necesito que me acabes dentro, estar lleno de vos…”

No le da tiempo al cordobés de retrucar que termina arrebatándole las palabras al enredar su lengua con la de él en un beso húmedo. Aquello fue lo suficientemente convincente para Julián, que en unos pocos segundos después vuelve a repetir el vaivén de sus caderas. Ya no había ni un deje de duda en el ritmo que marcaba, golpeando el punto dulce de Enzo en lo profundo de su interior con su glande, desconcentrando a Enzo del beso y obligándolo a separarse para ponerse a gemir. 
Por primera vez en este encuentro espontaneo, Enzo logra escuchar la voz de Julián desenvolverse en gruñidos y gemidos dulces y tenues, casi tan tímidos como él —aún si ahora mismo no lo aparentaba—, pero audibles a la cercanía en la que ambos se encontraban, haciéndole imposible al bonaerense sonreír de oreja a oreja.

Julián nuevamente vuelve a sentir esa presión por la zona baja de su abdomen, impulsándolo a acelerar sus movimientos pero perdiendo toda firmeza, actuando de pura desesperación. Sus dedos se encarnan en la cintura de Enzo, que la apreta para no fallar ninguna estocada.

Son pocos los minutos que Julián dura antes de correrse. Quizás lo ideal hubiese sido acabar afuera, pero él no logró predecir el momento exacto que termina rellenando a Enzo de su simiente. El más alto capta cada chorro que se descarga en sus adentros; aquello siendo suficiente para empujarlo al orgasmo propio y salpicar a Juli con su propia secreción en el pecho, algo avergonzado por haber acabado dos veces en tan corto tiempo.
Cuando el apogeo del clímax pasa, ambos se entrelazan: Enzo deja caer su cabeza hacia adelante, apoyándola contra el pecho de Julián, mientras que él apoya el mentón sobre la cabeza de Enzo. La primer oleada del celo pasa, sin que Enzo sepa que se vienen varias durante las próximas horas, pero Julián decide advertirle luego. Ahora, se quiere concentrar en Enzo, en lo bien que su cuerpo encaja con el suyo y lo chiquito que luce, aún siendo más alto que él. Una mano tímida gravita en su espalda baja, acariciando su huesito dulce con su dedo índice, dejando que repose sobre él.

Enzo se intenta reacomodar, alejándose por accidente de Julián hasta que siente un tirón en su cuerpo, como si el cordobés estuviese trabado dentro suyo; como en “La espada en la piedra”: esa película berreta que recordaba haberla visto entre canales. Julián siente el mismo tirón, y al ver la cara de preocupación de Enzo, se siente un poquitito culpable de no haberle explicado.

“Ah, sí…” dice Juli, rascándose la nuca. “Es el nudo. Es para que… No se escape nada. Ya se me va a bajar.”

Enzo no dice nada, con la cara de piedra —como la de la espada, ¿entienden?—, parpadeando incontables veces, confundido.

“¿Pero qué sos, boludo? ¿Un gato?”

Julián suelta una carcajada, tan hermosa que contagia a Enzo con la misma gracia. Por un momento, se dan el lujo de relajarse, faltando tiempo para que a Enzo le azote otra oleada. Las risas acaban, y Julián refleja su dilema interno en su rostro.

“Che, no, hablando en serio… No nos podemos quedar acá.”

“¿Y a donde querés que vaya si tengo una pija metida en el orto?”

“Bueno, bueno, eh. No te estabas quejando hace cinco segundos.”

“Tené’ razón, pero no lo digas así, gato. Me da vergüenza.”

Se vuelven a reír como por un minuto más, antes de que toquen la puerta fuertemente. Sus miradas se disparan en esa dirección, dándose cuenta que podía ser cualquiera queriendo entrar y que todavía a Julián no le había bajado el nudo.

“No me den detalles de nada…” suelta la voz del otro lado, grave y ligeramente ronca, y pronto adivinaron que se trataba de Scaloni. Ambos sonríen, con toda la cara de culpables del mundo. “Solo quería venir a avisar que llamé a una ambulancia que los va a llevar al hotel. No sean boludos. Careteenla un poco, aunque sea. Y apúrense, que viene en un ratito.”

“Si, señor.” responde cómico Enzo, sintiendo que el alma le había vuelto al cuerpo. Julián se tapa la cara, conteniendo la risa.

Cuando el silencio los recibe del otro lado, ambos suponen que Scaloni se había ido. Hallándose en la completa soledad, solo acompañados con la presencia del otro, hacen contacto visual. Enzo se queda paseando con la mirada en los rasgos de Julián, notando la barba incipiente de su mandíbula, o la melosidad que sus ojos desprendían. Su sonrisa era cálida como tímida, y no recordaba ni un solo momento en el que no le iluminara incluso los días más grises. Se animó a curiosear más, ir más allá de su rostro, bajando por su cuello. En dicha zona se hallaban dispersos uno lunares, cuya posición lucía de todo menos aleatoria. Más bien, era como si estratégicamente alguien lo hubiera ubicado ahí, de forma arbitraria. En cambio, sus antebrazos contaban una historia distinta: aún siendo que Julián era absurdamente pálido y rara vez lograba broncearse, los besos del sol se conservaron como dulces pecas que probaban el impacto de los rayos ultravioleta.

Y Julián podría haberse dado cuenta de que Enzo le estaba relojeando el abdomen de lavadero y contándole las pecas con intenciones poco heterosexuales, de no ser porque él estaba haciendo lo mismo: se distrajo estudiando los tatuajes de gorriones, el del león y los múltiples de subtexto católico —aunque lo que acababa de hacer no fuese para nada católico—; la forma en la que su boca lucía un sub tono rosa o como parecía estar haciendo un puchero constantemente. Su pecho era mullido, se notaba a leguas, y su mirada bajó hasta el tatuaje de beso que se hallaba levemente por encima de su ingle. Enzo estaba dotado de unas piernas fibrosas donde Julián quería dejar su marca. Se preguntaba si quedaría mejor marcarlo en la cara interna de sus muslos, de forma sutil, o en el cuello, para que todos lo vieran. Se sintió un poquito tóxico al pensar así de Enzo.

Una vez la protuberancia a la altura del glande de Julián se deshinchó, y su erección se bajó, Julián se deslizó fuera de Enzo sin muchos problemas, sólo dejando un rastro de su semilla que desbordó de la entrada de Enzo de forma demasiado explícita, pornográfica incluso.

Juli tuvo que ponerse rápidamente los pantalones porque juraría que se le estaba poniendo dura. Otra vez.

Enzo se quedó sentado, viéndolo como buscaba su ropa y lo ayudaba a ponérsela—la ropa—, vistiéndolo como a un muñeco. Cuando se arrodilló a ponerle las medias, lo miró con esos ojos de perrito.

“¿Estás bien? ¿Te podés move’?”

Enzo no le pudo sostener la mirada, sonrojándose al instante.

“S-sí, sí.” respondió, poniendo los ojos en otra cosa que no fuese Julián porque no iban a irse más. “Dale, vamos…”

Se bajó del lavamanos, colgándose de los hombros de Juli. Ahora vestía sus shorts y la campera de Julián, ya que no habían ubicado donde se hallaba la propia. Julián manoteó del suelo su casaca para limpiarse con ella los restos del semen de Enzo, y se dispusieron a salir del baño.

“¿¡Qué mierda están haciendo!?”

Ambos se asustaron y pegaron un grito, para mirar a su costado y hallándose con un gualeyo con cara de atorrante impresionante.

“Lisandro y la concha bien puta de tu vieja, la muy cornuda esa.” responde amablemente Enzo.

“Eh, no bardees, nene…” dijo, sonando poco ofendido sino más bien divertido. “¿Con esa boca le das besitos a Juli?”

“Dale, boludo…” dice Julián, tratando de defender a Enzo, pero su sonrisa lo delataba. “No lo hagas calentar.”

“Bueno, solo porque soy bueno, y porque me mandaron a avisar que llegó el coche ambulanciero,” dice, y así como apareció, rápidamente comenzó a trotar de regreso a la cancha. “¡Cuidado con lo que hacen en el hotel que se paga en dólares!”

Enzo comparte una mirada con Julián, antes de refunfuñar ofendido.

“Scaloni buchón.” murmuró Enzo, provocando una carcajada en Julián, que lo sostenía de la cintura y lo llevaba a la salida para seguir cuidando de él.

Notes:

al final me pasé de chistosa pero sino me pongo timida u.u gracias por leer