Chapter Text
J3
Unos golpes en la puerta lo despertaron.
Sobre el sofá de la sala del Equipo de Seguridad, yacía Jay con la cabeza recostada sobre su brazo. Las manecillas del reloj sobre él no se movían; hace tiempo que se habían detenido y, cada vez que las observaba, tras apartar la mirada, se olvidaba que allí había habido un reloj. Su celular estaba abandonado en su cubículo, sin batería. No era como si el tiempo fuera importante, de todas formas. Hace años que el único horario que necesitaba saber era el que anunciaban los altavoces: cuando comenzaba a trabajar, cuando dejaba de trabajar.
De nuevo, los golpes. Ahora que volvía a escucharlos reconocía el patrón y la intensidad. Y, aunque no los reconociera, no sería difícil saber de quién se trataba; pocas personas visitaban aquella sala.
—Jay, Jay, Jay, sé que estás ahí —se escuchó una voz al otro lado.
Cerró los ojos. Eventualmente, se acostumbraría al ruido y volvería a quedarse dormido.
Inhaló profundamente. Más allá de la molesta interrupción, aquel dulce aroma le agradaba.
—¡Jay! —los golpes se detuvieron. Un suspiro detrás de la puerta—. Ni siquiera sé por qué dejas la puerta cerrada si no es algo que te corresponda decidir. Abre ahora. Tú sabes que , si así lo deseo, puedo obligarte a hacerlo.
—Eso requiere burocracia —fue todo lo que dijo. A Kwak Jekang le disgustaba la burocracia, y cualquier cosa que resultara tediosa a él también, a menos de que se interpusiera entre los caprichos del científico. Molestarlo era uno de los pocos entretenimientos en ese subsuelo.
—Hay algo de lo que quería hablar contigo. ¿No sientes curiosidad de por qué me he tomado las molestias de bajar hasta aquí, de apartarme de mis importantes deberes por tí?
—No.
—Si abres la puerta te traeré donas por una semana. ¿Qué opinas? Es una acción tan simple.
Por una semana…
—Ese silencio… Lo estás considerando, ¿verdad?
Se movió con cierta languidez. Los empleados de la compañía temían hablar con Kwak Jekang debido a sus peculiares y a veces peligrosas peticiones, además del riesgo de caer en su lado malo, pero este jamás le pedía algo. Al contrario, solía ordenar su inacción a menos de que sea una obligación del trabajo. «No hagas esto, recuerda que ya no eres el líder del Equipo B», «No puedes acompañarlo, ¿de qué serviría alguien como tú si no tienes experiencia en los niveles más bajos?», «Deja de investigar esa oscuridad, ya no tiene caso».
Abrir la puerta era una simple petición que traía consigo una enorme recompensa. No requería obedecer al investigador, ni siquiera escucharlo. Estaba seguro de que Kwak Jekang debía querer algo, pero el simple hecho de pensar que debería deslindarse en la participación de extrañas ideas le daba pereza, además, hacía tiempo que no comía algo más que la comida insulsa que le entregaba la compañía.
Abrió la puerta, y el investigador lo saludó con su usual sonrisa.
—A veces tratar contigo es como tirar una moneda al aire. Hoy me has obedecido con una extraña facilidad…
—Ya he cumplido. Ya sabes cuáles me gustan. Si hay alguna de edición especial, quiero probarla.
Hizo el ademán de cerrar la puerta, y Kwak Jekang la detuvo.
—Espera —dijo Kwak Jekang—. Al menos escúchame. He estado pensando estos días —dijo, he hizo una pausa. No iba a gustarle lo que diría—. ¿Recuerdas ese experimento que intentamos hace años, aquel de visitar lugares en los que hayas estado en tu pasado? Quiero volver a intentarlo.
Sí; a pesar de los años, lo recordaba, pero sólo ahora que le era mencionado. Mañana volvería a olvidarlo. Kwak Jekang había intentado ese experimento los primeros años, y la falta de resultados no había hecho más que frustrarlo.
—No —contestó con aire perentorio.
—Ya suponía que dirías eso —Kwak Jekang suspiró—. Tienes dos opciones: accedes por voluntad propia y te doy donas por un mes completo, o te fuerzo y no obtienes premio. Vamos, Jay, acepta las donas… Este es ese tipo de experimentos que requieren cierto nivel de voluntad del sujeto.
Kwak Jekang aguardó su respuesta mientras lo observaba con una sonrisa que presagiaba la aceptación de su propuesta. Tal vez, era mejor rechazarla sólo para obtener la satisfacción de ver al investigador indignarse por no haber acertado, pero, si en ambos casos de todas formas iba a ser molestado, tal vez la mejor opción era una satisfacción a largo plazo.
Asintió.
Los días siguientes, Kwak Jekang cumplió con lo primero que le había prometido: apareció ante la puerta de la sala del Equipo de Seguridad cada mañana con un paquete de donas. Su cerebro había realizado una asociación involuntaria: Kwak Jekang le recordaba a lo dulce, y lo dulce le recordaba a Kwak Jekang.
Todas las mañanas, antes de recibir su recompensa por el simple hecho de haberle abierto la puerta, el investigador le repetía la misma propuesta. El primer día le había dicho: «Si quieres, puedes venir a verme por la noche a la sala del Equipo de investigación. A esa hora no hay nadie más que yo». El segundo día: «Ayer no has venido, pero, si quieres, puedes venir a hacerme un poco de compañía…». El tercer día: «Sólo estás tomando las donas para luego ignorarme, ¡pero no olvides que puedes venir a tomar un café conmigo! Allá arriba el café es más rico». Y así, cada vez.
Por supuesto, desde la primera vez que le había ofrecido visitarlo, nunca lo había hecho, pero la insistencia le resultaba inusual. ¿Acaso era parte de su experimento? Al deambular por la noche cuando la mayoría de los empleados habían abandonado el edificio, había ocasiones en la que sus pies lo llevaban a las cercanías de aquella sala y sólo se percataba cuando por fin veía esa única puerta abierta que dejaba la luz de su interior derramarse en la penumbra del pasillo. Kwak Jekang siempre estaba allí, a veces escribiendo en la computadora, a veces dormido frente al escritorio. Quería decirle que era el momento de ir a casa, pero lo que hiciera el investigador no le concernía.
Observó la puerta cerrada, y una tenue ansia de levantarse del sofá nació moribunda desde algún lugar profundo de su ser para luego por fin perecer.
No.
En verdad, no había motivos para levantarse.
Sólo se percató de que había pasado una semana cuando aguardó por el dulce aroma de la pastelería recién horneada, y esta no apareció desde que sonó el altavoz para despertarlo hasta que sonó el altavoz para indicarle que su jornada laboral había terminado. Ni ese día, ni el siguiente, ni los subsiguientes.
El tiempo había vuelto a adquirir sentido y lo había vuelto a perder.
Unos golpes en la puerta lo despertaron.
Como siempre, yacía en el sofá de la sala del Equipo de Seguridad. Sobre él, las manecillas del reloj no se movían, no había ventanas que le indicaran si era de día, si era de tarde, si era de noche.
—Jay, soy yo. —Era la voz de Kwak Jekang—. Abre la puerta.
Hoy debía ser el día. Hoy, al igual que cada vez que había intentado, no recordaría su pasado. Se levantó, con un cuerpo que no ansiaba abandonar su estado anterior, y caminó hacia la puerta. Su único consuelo era que, por un largo periodo de tiempo, Kwak Jekang vendría a visitarlo con una caja de donas.
Al abrir la puerta, percibió en sí mismo una emoción que debía ser lo más cercana a la sorpresa que había sentido últimamente. Kwak Jekang estaba sin su bata de laboratorio, con el abrigo colgando de su brazo, como si el día hubiera terminado y estuviera por marcharse a casa. La bata de laboratorio le otorgaba más tamaño a su cuerpo y, sin ella, se veía delgado, con la camisa dentro de los pantalones acentuando su figura. Llevaba un perfume delicioso y sutil que hace tiempo no olfateaba, pero no estaba seguro de en qué ocasión podría el investigador haberlo llevado. Bajó la visera de su gorra en un silencioso saludo, y se obligó a apartar la mirada; por más que lo encontrara atractivo, no iba a permitir que lo notara.
—¿Qué hora es? —preguntó.
—Deben ser casi las veinte.
—¿Acaso estás contaminado?
—¿Qué es esa pregunta? —rió Kwak Jekang—. Hoy voy a sacarte a pasear —continuó, y levantó unas bolsas que estaban a sus pies—. No te preocupes, no te traje una correa.
Kwak Jekang entró a la sala, y comenzó a sacar conjuntos de ropa de las bolsas. Los colocó en filas, doblados de forma que se percibiera el cuello de cada prenda.
—Elige un conjunto para vestir —dijo Kwak Jekang cuando las bolsas se encontraron vacías.
—Te estás excediendo —fue todo lo que respondió.
—Pero sólo te pedí una cosa.
—Prefiero salir así.
El uniforme de seguridad estaba bien; era todo lo que necesitaba.
—Siempre te viste de guardia o conserje, ¿no crees que podrías encontrar cierta familiaridad en otros atuendos? El corte, el color, los patrones, la tela, el tamaño… Cada persona tiene sus preferencias aunque no se detenga a pensar en ello.
Nada de lo que escuchó le producía el más ínfimo interés; no tenía motivos para usar algo más que un uniforme. En su lugar, le ocasionaba desconcierto escuchar al investigador hablar sobre conjuntos de ropa.
Suspiró, y se arrodilló frente a la mesa.
Toda la ropa poseía el mismo aroma que portaba la vestimenta de Kwak Jekang: el perfume que adquiría tras el lavado entremezclado con el perfume inequívoco de su hogar. Era un aroma agradable y reconfortante, de aquellos que hacían que uno deseara hundir su rostro en la fuente que lo emanaba. Tomó una camisa al azar y la desplegó ante él. El tamaño era más propio de su talle que de Kwak Jekang, por lo que, a pesar de poseer su aroma, no debía tratarse de su ropa. ¿Qué sentido tenía que la ropa estuviera impregnada por ese perfume si no le pertenecían al investigador?
A menos de que hubiera algo que el investigador buscaba esconder.
—Aquí hay ropa que me perteneció.
Kwak Jekang se agachó junto a él.
—¿Qué te hace decir eso?
—El aroma. Ninguna prenda es de tu tamaño, pero todas tienen tu perfume. Ocultaste el aroma para que no identificara cuál me perteneció sólo por el olfato.
—Este no es el momento de utilizar ese tipo de lógica. Es más una cuestión de qué sientes que alguna vez te perteneció o si alguna evoca algún recuerdo.
No pudo evitar ignorar sus palabras e intentar dilucidar si había acertado. Kwak Jekang lo había corregido, pero en lugar de burla o molestia, le había sonreído con cierta complacencia. Era una expresión contradictoria.
Volvió su atención a los distintos conjuntos. Por la reacción de Kwak Jekang, él se inclinaba por que debía estar en lo correcto; allí había algo que le perteneció y el investigador esperaba que lo encontrara. No le importaban los cortes, los colores, y todo aquello que había escuchado. Nada de allí era para alguien como él y nada de allí le evocaba el hombre que alguna vez había sido.
Un sentimiento de vacío lo invadió. O, en términos más correctos, aquel sentimiento de vacío que habitaba en su interior desde que tenía consciencia de sí mismo como J3 se hizo presente. Por ello no había querido aceptar este experimento; aquel sentimiento de vacío era lo único que sentiría toda la noche.
Entre la ropa, había un traje negro. Era el conjunto que más probabilidad tenía de haberle pertenecido, pero existía también la posibilidad de que estuviera allí como distracción; no sería extraño. Lo tomó entre sus manos, y lo desplegó. Por el corte, se podía apreciar que resaltaba la figura de quien lo portara. Kwak Jekang le había dicho que no utilizara la lógica, pero no pudo evitarlo. Entre sus dedos, la tela no se sentía desgastada, y el color negro era intenso como el de un traje nuevo. Habían pasado demasiados años para que se encontrara en ese estado a menos de que hubiera sido puesto en un lugar especial para salvarlo del tiempo.
No podía ser su prenda; Kwak Jekang no tenía forma de haber conseguido algo como aquello.
—Usaré esta —dijo de todas formas.
Volteó a ver al investigador, pero ese se levantó y se dirigió hacia la puerta.
—Vístete entonces —dijo antes de salir de la sala.
Se quitó el uniforme y comenzó a vestirse.
Todas las mañanas, cada uno de los movimientos que realizaba en ese momento debían haber pertenecido a una misma secuencia. Quizá primero colocaba el brazo derecho en la camisa; luego, el izquierdo; y acomodaba la prenda en su espalda sosteniéndola del cruce de botones; tras lo cual comenzaba a abrochar botón por botón. Era como un ritual.
¿Abrocharía todos, incluido el del cuello? ¿Tendría una forma específica de acomodar la camisa dentro del pantalón? ¿Era aquella la secuencia correcta?
¿Acaso aquel acto evocaba en verdad algo en él?
Anudó la corbata. Cuando lo hacía cada mañana, no le prestaba atención a cómo había quedado. Si estaba floja era mejor, pero, quizá por el vestigio de un recuerdo, quizá por una impresión de quién creía haber sido, la ajustó a su cuello.
Al terminar, abrió la puerta para presentarse ante Kwak Jekang, y éste palideció. Por unos momentos, fue observado en silencio.
Kwak Jekang apartó el rostro y se cubrió la boca con el dorso de la mano.
—Te ves decente después de tanto tiempo.
—Me lo voy a quitar —contestó, y llevó sus manos a los botones del saco.
—¡No! —exclamó Kwak Jekang, y le tomó las manos para detenerlo. Arrepentido, lo soltó y volvió a retroceder. Su rostro estaba sonrojado—. Eres un fastidio —dijo de repente—. Deberías agradecer que te permita vestir esa ropa. No la rompas ni ensucies.
—Así que sí le pertenecía a él.
—Pero él nunca la usaría de forma tan salvaje —contestó Kwak Jekang. Debió percatarse que había hablado demasiado, y cedió.
Kwak Jekang le acomodó la corbata, el cuello y el saco sin siquiera mirarlo al rostro. Aquella cercanía se le tornaba… un tanto incierta. Kwak Jekang no parecía exhibir la demencia o la pasión que mostraba en sus experimentos, tampoco le otorgaba un trato impersonal más digno de un preparativo. El investigador estaba en silencio, acomodándole la ropa con gentileza, familiaridad, y una mirada ausente.
Cuando Kwak Jekang pareció satisfecho, lo observó de forma incomprensible. La única respuesta que pudo otorgarle a su comportamiento fue ladear un poco la cabeza en forma de un silencioso interrogatorio.
—Déjame peinarte —dijo Kwak Jekang—. Es molesto que estés despeinado si vistes ese traje.
Prefirió no discutir o, probablemente, el traje acabaría roto y manchado de líquido viscoso.
Se sentó en una silla, y percibió la presencia del investigador a sus espaldas. Con una inesperada gentileza, el investigador le quitó la liga. Sus cabellos descoloridos cayeron desordenados sobre sus hombros.
—No hagas nada extraño —advirtió. Por más que quisiera recordar, no quería que le cortaran el cabello para imitar el corte que alguna vez tuvo—. Notaré si cortas algo.
—No necesito tu ADN, ya lo tengo. Tengo tu sangre, tu carne, algún que otro órgano que te has dejado por ahí —rió Kwak Jekang—. Y, por supuesto, ya tengo tu cabello —dijo. Sintió como aquel velo plateado se deslizaba por los dedos de Kwak Jekang para caer sobre su mejilla—. Sólo voy a peinarte un poco, pero podría cortarte el cabello algún otro día si lo deseas.
Debería protestar, pero, en su lugar, cerró los ojos. Que lo tocara de aquella manera lo estremecía un poco, más no le disgustaba. Por el contrario; era placentero y relajante. ¿Alguna vez alguien le habría acariciado el cabello así? Ah, le habría gustado… le habría gustado tanto.
Se echó hacia atrás para apretarse más contra aquellas manos, y su cabeza se apoyó contra algo suave.
—¿Qué haces? —preguntó Kwak Jekang.
Su voz se escuchaba más fuerte de lo usual, pero el tono que había estado usando con él no había variado. Era extraño, pero no importaba; no importaba nada más que aquella relajante sensación. Se echó más hacia atrás, pues por algún motivo Kwak Jekang se había detenido, y se apretó más contra aquella suavidad, recostando su cabeza allí.
—Fascinante —lo escuchó murmurar detrás de él.
Los dedos de Kwak Jekang encontraron su punto sensible y suspiró mientras se apretaba más contra su mano.
—Te han salido orejas y cola de lobo —dijo Kwak Jekang—. Es la única anomalía física que presentas. Con respecto a tu comportamiento, te has tornado dócil y tu guardia parece haber bajado, quizá tendría que peinarte más seguido —rió a sus espaldas—. ¿Quieres que pruebe acariciarte el mentón?
Aquello sonaba bien.
Abrió los ojos. No; aquellos dedos lo habían distraído. Sólo ahora que el investigador lo mencionaba, había advertido que su cola se estaba agitando detrás de él y que aquel punto sensible en el que tanto había buscado ser tocado se trataba de la base de sus orejas de lobo. Giró un poco el rostro. La suavidad donde descansaba su cabeza era el pecho de Kwak Jekang.
Se apartó de él.
—Han desaparecido —escuchó una voz decepcionada detrás de él.
—No sé de qué hablas.
Kwak Jekang se rió por lo bajo, y aquellos complacientes dedos regresaron a sus cabellos. Volvió a estremecerse, pero se contuvo.
—Voy a continuar. Intenta no distraerte esta vez.
Unos momentos después, Kwak Jekang anunció que había terminado.
Y ya no sentía aquellas manos entre sus cabellos.
—Deberíamos ir al baño para que puedas mirarte al espejo.
En el espejo, no logró reconocerse. No era quien era en el presente, pero tampoco se reflejaba quien había sido en el pasado. Sin embargo, ¿cuántas mañanas debió haber visto un traje como ese frente al espejo? ¿Qué emoción habría sentido en el pasado al ver su propio reflejo? ¿Qué pensaría cada mañana al saber que aquella podría ser la última? ¿Qué lo habría impulsado a vestir aquel traje a pesar de ello?
No tenía respuesta para ninguna de aquellas preguntas.
Kwak Jekang lo estudiaba desde la penumbra, apoyado contra la pared. Aquella sonrisa había desaparecido; ahora, la obsesión con la que observaba a todas las oscuridades había regresado. Por eso Kwak Jekang debía ayudarlo, pues él no era más que un ser que hace tiempo había dejado de ser humano. Cuando vistió el traje, ambos debieron haberlo olvidado.
—¿Qué sientes? —preguntó el investigador de repente.
—No siento nada —respondió.
Los largos ventanales de la recepción le otorgaron una imagen cotidiana: dos empleados que se habían quedado haciendo horas extras en una empresa por fin abandonaban el edificio para dirigirse a sus hogares. Pero aquello no tenía nada de cotidiano para él. Aquel reflejo más que mostrar la realidad se asemejaba más a un vago sueño; sin inicio, sin fin, sin sentido. Incluso la presencia de Kwak Jekang a su lado era desconcertante. Comprendía que, en verdad, el investigador no había roto su rutina sino que se encontraba realizando un experimento en lugar de marcharse a su hogar, pero el reflejo, que nada sabía, no dejaba de mostrarle aquella extraña imagen.
¿La había visto antes?
Kwak Jekang miró la pantalla de su celular y volvió a guardarlo.
—Bien. Ahora, Jay —dijo Kwak Jekang para llamar su atención—. ¿Puedes intentar encontrar el camino a casa?
—¿Quieres que regrese al subsuelo? —preguntó extrañado.
—¿Qué? No; todavía no te escapas —contestó el investigador—. Quiero que encuentres aquel camino que habías recorrido todos los días tras salir del edificio. Quiero que encuentres —repitió— el camino al hogar en el que, alguna vez, habías vivido.
Bajó la mirada; no quería pensar en ello.
Hace varios años, había intentado encontrar aquel camino. Era un camino que no debía pensarse, debía abrirse a sí mismo ante sus pasos hasta que—tras un tiempo quizá imperceptible, quizá eterno—le mostrara lo que tanto había buscado. Había seguido las calles que creía haber caminado, a veces sin rumbo, otras buscando algún recuerdo que lo guiara. Y muchas veces no había logrado más que perderse. Ninguna calle se le hacía familiar. Por más que caminara a escasas cuadras de la oficina, era como una ciudad que jamás había formado parte de sus recuerdos más lejanos.
Kwak Jekang siempre iba a buscarlo, aunque nevara, aunque lloviera, aunque se hubiera alejado demasiado.
El investigador debía saber cuán inútil era su petición.
Frente a la puerta de la compañía, Kwak Jekang aguardaba en silencio. Parecía imponerse entre él y el regreso al sosiego del aislamiento. Aquella no sería la primera vez que intentara detenerlo en aquel inútil experimento.
Parado sobre la acera, observó primero hacia la derecha y luego hacia la izquierda. La oficina no se encontraba en una calle transitada y, a esa hora, sus alrededores estaban desolados. La calle que se extendía a ambos lados parecía repetirse en cada tramo, y ningún edificio se le hacía familiar más allá de haberlo visto las noches en las que solía salir. ¿Qué tanto había cambiado el lugar desde que lo había olvidado? Incluso los primeros años desde que se había convertido en J3 estaban difusos, y no podía distinguir qué había cambiado. Las calles se superponían entre ellas en un único recuerdo borroso. Todo se veía igual; igual que ayer, igual que anteayer, igual que hace años.
Caminó hacia la izquierda hasta la esquina. En la encrucijada de caminos, podía cruzar la calle y continuar hacia adelante, podía doblar hacia la derecha, podía doblar hacia la izquierda, y podía retroceder hasta la otra punta. Ningún camino le incitaba algo.
De todas formas, no sabía siquiera si quería regresar a aquello que alguna vez había llamado “hogar”. Aquel lugar no era su hogar hace años. Podía ya no existir, estar habitado por desconocidos, o estar habitado por alguien que se cansó de esperarlo hace tiempo. En cualquiera de esos casos, el resultado no se convertiría en más que un amargo recuerdo para una memoria vacía.
—No sé si es por aquí. No sé qué camino tomar. Y no sé siquiera si quiero saberlo —dijo por fin.
—¿Estás seguro? —preguntó Kwak Jekang—. ¿Por qué no lo intentas otra vez?
—No, está bien así; mi casa ahora es otra y recordarla no lo va a cambiar.
No escuchó ninguna protesta.
Al darse la vuelta, encontró aquel rostro siempre sonriente con una mirada compleja que pronto apartó mientras se acomodaba las gafas. El investigador era conocido por sacrificar personas con tal de obtener resultados. ¿Aquella falta de insistencia significaba el conocimiento de que iba a fallar? ¿Para qué le había pedido que hiciera aquello entonces? ¿Un deseo de atormentarlo por ser el vestigio de lo que había sido?
Era extraño; a diferencia de tantas otras veces, el investigador no parecía tener algún tipo de disfrute en atormentarlo.
Kwak Jekang volvió a observar la pantalla de su celular.
—Vamos —dijo, y comenzó a caminar como si el tiempo le sobrara.
Sobre él, unos candelabros de hierro, pesados y antiguos, que imponían su presencia desde la penumbra del techo más que iluminar la estancia. La luz era tenue, escasa y, como si alguien hubiera deseado confinar su atención a un pequeño radio de distancia, lo que más ofrecía visibilidad a sus alrededores era una cálida vela que ardía en el centro de la mesa. Nada más allá de aquella vela parecía importar.
A pesar de que todo estuviera orquestado para que no viera más allá de la vela, observó sus alrededores. Había personas en la mayoría de las mesas, pero el sonido no era más que un murmullo de voces y cubiertos. Todos estaban enfrentados a una única persona, y él estaba enfrentado a Kwak Jekang.
Ya había estado solo con él, en una verdadera soledad a diferencia de aquella que la vela intentaba replicar, pero había algo distinto.
Una artificial intimidad.
—No debería estar aquí —dijo. Sentía que era la primera vez en mucho tiempo que se encontraba rodeado de tantas personas que no pertenecían a la compañía. Los murmullos, el choque de metal, el roce de ropa, el crujir de las sillas, el aroma de la carne, la mezcla de perfumes, las presencias a sus espaldas… Era sofocante. Los hombres usaban trajes y las mujeres vestidos, y todos se sonreían entre ellos. Había un desagradable aire de intimidad en todo aquello. Era un mundo al que no pertenecía, un mundo que ya no habitaba. —No deberías traer a alguien contaminado a un lugar como este.
—Bueno, si te comes a alguien de aquí, dudo que el mundo pierda algo importante —rió Kwak Jekang—. Mira la carta en lugar de perder el tiempo —dijo Kwak Jekang—. Quizá haya algún sabor que pueda resultar familiar. Ah, mira… tiene caracoles… Ah, Jay, ¿cuidarías de mí si me convirtiera en un caracol?
—Hablo en serio.
¿No le había hecho esa pregunta ya? ¿Y qué tenía que ver?
—Ya estamos aquí. ¿No te resulta familiar este lugar?
Volvió a centrar su atención a sus alrededores. Todos estaban concentrados en quien tenían delante como si no existiera nada más allá de esa persona. Y aquella era la intención: no ver a nadie más allá de la vela. ¿Por qué habría venido a este lugar? ¿Habría llevado a alguien allí? ¿A quién? Intentó dilucidarlo, pero, frente a él, no veía a nadie más que a Kwak Jekang.
Pero ¿qué sentido tenía recordar a esa persona, de todas formas?
No recordaba su rostro ni su voz.
Y él ya lo habría olvidado.
—Me voy —anunció, y se levantó.
Kwak Jekang lo tomó del brazo.
—Espera.
Los rostros de los desconocidos de pronto se giraron en su dirección; había sido identificado como un intruso en ese mundo.
—Siéntate —ordenó Kwak Jekang. Le había sujetado el brazo con ambas manos y parecía rogar más que imponer su autoridad.
—¿Por qué aquí? —miró hacia los rostros que lo observaban—. ¿A quién debo ver aquí?
—¿Mmmh? —dijo Kwak Jekang—. ¿Por qué dices eso? Dime a qué te refieres.
—Yo… ¿vine aquí con alguien? Esto… Esto no es lo que quiero recordar. Me voy.
—Siéntate, Jay —repitió Kwak Jekang.
Negó con la cabeza. No, no podía quedarse allí.
Había alguien.
Había alguien a quien no podía recordar.
Hace tiempo lo sentía.
Un rostro borroso que le sonreía.
En sus propios labios un nombre ininteligible.
¿A quién había olvidado?
¿A quién?
¿A quién?
¿A quién?
¿A quién? ¿A quién? ¿A quién? ¿A quién? ¿A quién? ¿A quién?
—Jay.
Observó a Kwak Jekang. La luz de la estancia brillaba sobre él como si por fin aquella penumbra de intimidad hubiera perecido. Lo veía borroso, descolorido como en una vieja foto, y su figura y todo lo que había a su alrededor, parecía repetirse y danzar ante él.
—Tu contaminación —murmuró Kwak Jekang.
El investigador se apresuró a levantarse de la mesa, y colocó en su mejilla un pañuelo.
—Sostén esto.
Unos ojos le habían desgarrado la mejilla, y ahora sangraba un líquido negro. Con el pañuelo, parte de aquella visión desenfocada, descolorida y ofuscante se desvaneció.
Kwak Jekang lo llevó fuera de la estancia. Se encontró por fin a sí mismo en un callejón apenas iluminado donde la vida no era más que un murmullo.
—¿Y bien? ¿Qué has recordado? —preguntó Kwak Jekang.
—Nada —contestó—. Sólo… haber estado allí con alguien.
—¿Recuerdas quién era?
Negó con la cabeza y el investigador se apoyó contra la pared y suspiró agotado.
En aquel callejón, por fin encontró sosiego. Se limpió el líquido negro que había recorrido su rostro. Hace unos momentos, se había sentido tan desesperado como si no quisiera dejar de perseguir aquel recuerdo. Pero no había nada. No había un rostro, no había una voz, sólo el recuerdo que se había forzado a sepultar de que, alguna vez, había tenido a alguien.
Sólo había creído ver una silueta frente a él, iluminada ante la luz de la vela, pero su figura se confundía con la de Kwak Jekang.
Había algo extraño en el investigador. ¿Por qué cedió a marcharse de allí? Había detenido el experimento en un momento que podría haberle otorgado un resultado. Kwak Jekang no escuchaba a nadie, no le importaban los ruegos, los sobornos, las amenazas; se reía de todo. A veces, parecía incluso disfrutar si estabas desesperado aún si él terminaba lastimado.
Pero hoy accedió a su ruego y lo sacó de allí.
Apretó el pañuelo un poco más contra su mejilla, allí, donde el investigador se lo había colocado. No había visto un rostro excitado, sino uno preocupado. Quizá no fue más que la presencia de civiles lo que obligó a detener al investigador a sí mismo. Si bien a Kwak Jekang no parecía importarle nadie, le debía importar no pasarse de los límites lo suficiente como para poner en riesgo su posición.
Aquel rostro de tristeza que el investigador ocultaba no debía ser más que la decepción con el experimento.
—Quiero regresar —dijo. Dobló el pañuelo y se lo extendió—. No sé si lo quieres todavía.
Kwak Jekang se puso guantes descartables, y colocó el pañuelo en una bolsa pequeña de plástico para luego cerrarla con el cierre hermético.
Parpadeó. A veces sentía que era su obligación despreciarlo, pero algo se lo impedía. Podría no ser más que el letargo de sus emociones o el acostumbramiento.
—¿Qué? No me mires así.
Kwak Jekang llevó un dedo enguantado a sus labios y lo lamió.
—Mmmh… a pesar de su color negro, sabe a sangre —dijo el investigador—. Pero tiene un sabor distinto a la sangre normal, sabe más fuerte y delicioso. Me gustaría tener un poco más…
—Eres un raro…
Kwak Jekang le sonrió como si lo considerara un halago. A decir verdad, aquella expresión siempre le había gustado y, a la vez, la detestaba. En sus memorias, alguien le había sonreído de esa misma manera.
—Con respecto a regresar, todavía queda un lugar al que debemos ir.
Caminaron en silencio por las calles menos transitadas. Siempre se encontraba a un paso detrás de él, aunque él insistiera una y otra vez en caminar a su lado.
Primero había sido el traje, luego el restaurante, ¿qué era lo que faltaba?
Kwak Jekang se adentró en el sendero de un parque. Su figura estaba distante, con el saco abierto ondeando detrás de él. Lo vio darse la vuelta.
—Este es el último lugar.
No se había percatado que había dejado de seguirlo.
Se sintió un poco mareado. El mundo estaba en silencio, y no se escuchaba más que un pitido constante que provenía desde el interior de su cráneo. No era nada más que un parque. Un parque cerca del restaurante. Un parque cerca de la compañía. Un parque para aquellos que se rehusaban a perder el tiempo en ir más lejos.
La figura frente a él se le hizo familiar, bajo las farolas, en aquel sendero, con los árboles a su espalda, pero, al observarla más detenidamente, no veía a nadie más que a Kwak Jekang.
Nunca veía a alguien más.
—Voy a regresar —dijo, y retrocedió.
—Espera —contestó Kwak Jekang. Como antes, se apresuró a detenerlo. Abandonó las luces y sombras intercaladas del parque, y se paró frente a él—. ¿Por qué te niegas tanto hoy? Creí que querías recordar.
—No tengo un buen sentimiento de este lugar —confesó.
—¡Eso es bueno! —contestó entusiasmado Kwak Jekang—. Dime por qué.
—No lo sé. ¿Por qué aquí?
«¿Por qué me has traído a un lugar tan aburrido?».
La frase vino a su mente con cierto dolor. No; no era aburrido. ¿Por qué alguien lo diría? ¿Alguna vez alguien las había dicho? Creyó escuchar una risa, pero la única persona frente a él estaba en silencio. No podía decirlas, pues no las sentía.
—Por qué aquí, por qué allá, por qué, por qué, por qué —dijo Kwak Jekang, fastidiado—. No quiero influenciar tu memoria, así que deja de preguntar. Después vas a quejarte de que metí ideas en tu cabeza. Caminemos un poco —dijo, y se paró a su lado. por un momento, creyó que lo tomaría del brazo, pero no hizo más que apoyarle la mano en la espalda un instante para indicarle que avanzara—. Simplemente dirígete a donde te gustaría ir dentro de los límites del parque.
Bajo las copas de los árboles que se mecían ante la ligera brisa nocturna, comenzó a caminar por el sendero ante él. A ambos lados, los bancos desperdigados en el sendero estaban vacíos, no había más que hojas de árboles sobre ellos.
Junto a él, Kwak Jekang caminaba sin pronunciar palabra alguna.
El camino se bifurcó, y se detuvo. Hacia un lado, el sendero bordeaba un lago hasta una glorieta que se adentraba en él; hacia el otro, el sendero continuaba bajo los árboles hasta lo que parecía un camino de flores y trepadoras que se enredaban en incontables arcos.
La única forma en la que percibía la belleza era como algo que no tenía sentido contemplar, algo superficial que pertenecía a un mundo distinto al que conocía. Y allí, lo que más lo repelía era aquella glorieta que se elevaba sobre el lago bajo la luz de la luna. Era un lugar hermoso; un lugar al que él no podía darle utilidad alguna.
Y, desde aquel ángulo, en aquella bifurcación, de todas maneras sentía que lo había observado incontables veces, como si aquel recuadro hubiera sido analizado con obsesión.
Caminó por el sendero que bordeaba el lago, hacia la glorieta.
Sobre él, cayó una lluvia intensa. El suelo se oscureció a sus piel y el saco del líder del equipo B se volvió pesado sobre sus hombros. No se había percatado del aroma de la lluvia y las gotas que anunciaban su descenso. Kwak Jekang pasó junto a él, con sus pisadas golpeando los charcos que se habían formado en un instante.
Lo vio darse la vuelta.
La glorieta apenas era visible, la luna había desaparecido y el plácido reflejo del lago estaba distorsionado. Lo que veía ahora no era más que un cadáver de lo que había sido. La belleza había perecido, la perfección había sido arruinada, pero nada de eso era importante.
Kwak Jekang lo tomó del brazo, y tiró de él en dirección a la glorieta.
—Ah, no estoy acostumbrado a correr —dijo Kwak Jekang entre jadeos, mientras se apoyaba en una balaustrada salpicada por la lluvia.
Más allá de los límites de la glorieta, había un velo de lluvia. El paisaje estaba difuso, oscuro, con un tono azul verdoso que apenas era penetrado por la cálida luz de las farolas. La luna ya no podía distinguirse. Ahora, él y Kwak Jekang estaban en la penumbra. El mundo se había reducido a nada más que a aquel pequeño espacio desolado.
Tenía un inexplicable sentimiento.
Aquello no estaba mal.
El mundo había dejado de existir.
Dio unos pasos sobre el suelo de piedra. Desde que había visto aquel lugar, había tenido la sensación de que esta no sería la primera vez que se encontraba allí. Pero no era nada más que eso. No había un motivo, no había palabras, no había un recuerdo más que aquella inquietante sensación.
—Este no es un lugar para estar solo —dijo.
—¿Has recordado algo?
Negó con la cabeza.
—Siento que he estado aquí con alguien, eso es todo. Pero no sé por qué vendría aquí estando solo. Tú me has traído aquí porque sabes que lo he visitado, y, para ello, alguien ha tenido que decírtelo.
Kwak Jekang se mantuvo en silencio.
—No me digas quién lo ha hecho; estoy bien sin saberlo.
—¿Qué? No digas eso.
—Esos recuerdos no importan. Fui registrado muerto, no tiene sentido recordar a alguien que ya no me espera. Prefiero recobrar otras partes de mi pasado.
—Tú no sabes si no te espera.
—¿Y tú sí?
—No puedo responder a eso.
—Si alguien me sigue esperando entonces es un idiota.
—¿Sabes qué? Eres un fastidio —dijo Kwak Jekang—. ¿Cómo puedes recordar si te niegas tanto a hacerlo? Esto requiere cierta voluntad del sujeto. Si quieres volver a ser como antes, no puedes evitar los recuerdos que vayan a causarte dolor; aquellos recuerdos también son parte del líder del equipo B. Él no diría estas estupideces. Él no sería un cobarde.
Lo observó unos momentos en silencio.
—Suena a algo más allá de lo profesional —dijo, y Kwak Jekang se sobresaltó—. Acaso… ¿Éramos cercanos? Eres el único que me habla de esos tiempos.
Por unos segundos, Kwak Jekang no respondió.
—Hay algo que prometimos —dijo por fin Kwak Jekang, sin mirarlo.
Aquella expresión lo inquietó. Su usual sonrisa había desaparecido, y, a pesar de su intento de ocultarlo, había una desesperación contenida.
Así que una promesa…
—¿Qué era? —insistió.
—¿Qué? ¿Quieres que todo sea fácil o qué? —preguntó Kwak Jekang tratando de recomponerse. Se quitó los anteojos, y comenzó a limpiarlos con su abrigo—. No sé para qué me preguntas estas cosas si nunca confías en nada de lo que te digo.
No creía que le estuviera mintiendo.
Se esforzó en recordar. Caminó por la superficie de la glorieta, observando tanto el paisaje más allá de ella como su propio interior desde distintos ángulos. Este no era un lugar para estar solo, aquello era lo que su instinto le decía.
Se detuvo en un punto, y observó la imagen de Kwak Jekang.
Detrás de él, se encontraba la lluvia y la niebla, la ausencia de luna, la ciudad que se dejaba entrever entre los árboles y el lago perturbado. Su figura quedaba en la penumbra, perfilada por el paisaje.
Allí, donde se encontraba Kwak Jekang, alguna vez, había visto a alguien.
Se dirigió al investigador, quien lo observó con una expresión perpleja, pero no dijo nada. Por supuesto no iba a intervenir; al menos, no de forma explícita.
—Jekang… —murmuró su nombre.
Apartó cierto pensamiento de su cabeza.
Se quitó el saco y le cubrió los hombros. El investigador se estremeció ante el repentino contacto.
—Estás temblando.
Kwak Jekang no hizo más que sujetar el saco para evitar que este cayera al suelo.
—He estado aquí con alguien —afirmó—. Es todo lo que puedo recordar.
Kwak Jekang suspiró.
—Es un avance. Quizá si regresamos de nuevo…
—No —lo interrumpió—. Quiero regresar solo.
—¡Ah! —exclamó Kwak Jekang—. Sí, eso suena bien.
Debía regresar solo porque allí y en todos los lugares a los que habían ido, no veía a nadie más que a Kwak Jekang.
—Mmmh… ¿Jay?
—¿Qué sucede?
—Acompáñame a casa.
—¿Por qué haría eso?
—No es como si tuvieras algo mejor que hacer hasta el amanecer —dijo Kwak Jekang, y lo obligó a sostener su maleta mientras buscaba algo. De allí, sacó un paraguas de mano—. Además, es parte de tu deber asegurarte que el investigador que acompañas regrese a salvo.
Kwak Jekang caminó hacia la entrada de la glorieta, y abrió el paraguas negro.
—Vamos, no te quedes allí —dijo, aguardando por él bajo debajo del paraguas. Al llegar a su lado, continuó:— Llévalo tú —dijo, y se lo entregó.
Abandonaron el parque, y aquel recuerdo inconcluso quedó atrás.
Kwak Jekang—alguien que nunca se callaba—caminó en silencio a su lado como había hecho el resto de la noche. Su silencio podía ser un indicio de que pedirle que lo acompañara era parte de su experimento: una larga caminata en la que, perdido en sus pensamientos, renaciera algún recuerdo.
Kwak Jekang le había dicho que intentara recordar y sentir, pero no podía evitar utilizar la lógica. Había llegado a la conclusión de que, alguna vez, había visitado aquellos lugares con alguien; lugares que el mismo Kwak Jekang había escogido. Podía haber una intención más allá de recordar memorias dispersas sin ninguna relación. Primero fue un restaurante cerca de la oficina, luego una visita al parque, luego el regreso a casa. Era como recrear la secuencia de una historia.
Una historia que no lograba recordar.
Se detuvo frente al edificio de Kwak Jekang; apenas se había percatado de que sus pasos lo habían llevado allí.
Kwak Jekang le devolvió el saco, y abandonó el resguardo del paraguas, para luego dirigirse hacia la puerta del edificio.
—Ya eres libre de mí —lo escuchó decir—. Pero mañana a primera hora me tendrás que ver. Llévate el paraguas
No respondió.
—Hasta mañana, Jay —dijo con aquella sonrisa. Su corazón, al que ya nada lo perturbaba, se estremeció.
Lo vio desaparecer en el edificio.
¿En qué momento Kwak Jekang le había dicho dónde vivía?
Regresó con lentitud. Al salir del parque, no había seguido los pasos de Kwak Jekang, había sido el mismo Kwak Jekang quien lo había seguido a él para permanecer debajo del paraguas. No pudo evitar pensar en la pregunta que Kwak Jekang no había respondido—si había sido cercano al líder del equipo B—, en las prendas del líder del equipo B a las que tenía acceso, en su conocimiento de los lugares en los que había estado, en aquella misteriosa promesa…
A veces, las acciones de Kwak Jekang carecían de sentido. O, ahora que lo pensaba, jamás se había tomado las molestias de buscarles uno; simplemente las aceptaba. Un día el investigador lo fastidiaba, otro día intentaba ayudarlo.
Pero, ahora que ponía en cuestionamiento sus acciones, ¿en verdad Kwak Jekang lo fastidiaba?
Recordó dos ocasiones donde había creído que el investigador no había tenido más que el capricho de fastidiarlo: cuando se acercó al anexo para investigar para Kim Soleum y lo dejó inconsciente y atado, y cuando le dijo que no podía acompañar a Kim Soleum al anexo porque no sería de ayuda.
¿No existía la posibilidad de que se hubiera equivocado con su interpretación de las acciones del investigador? ¿Podría haber sido aquella una forma discreta de protegerlo?
Además, siempre que Kwak Jekang hablaba del líder del equipo B…
Se detuvo al percatarse.
Siempre hablaba de él como si lo apreciara demasiado.
De nuevo, un vacío se apoderó de él.
Kwak Jekang
Jekang…
██ era el hombre perfecto. Alto, de hombros anchos, inteligente, atlético, carismático, de un corte impecable, de una voz de terciopelo que nunca teblambla, y—ya sea de traje o cubierto de sangre—un aire solemne lo rodeaba. La antes mencionada lista, resumida de forma tan burda, podía continuar y continuar por horas y aún así jamás terminar por definirlo. Y allí estaba aquel hombre perfecto frente a él, con el traje desarreglado, el flequillo mojado apartado hacia atrás sin ningún tipo de miramiento, con las mejillas sonrosadas mientras sostenía con delicadeza su mano como si, entre ambos, fuera él quien merecía devoción.
En aquella desolada glorieta del parque, bajo el manto de la lluvia, nadie podía juzgarlos.
██ llevó la mano a sus labios, y los posó sobre el anillo que había colocado hace unos momentos, sin apartarle la mirada. Aquellos labios, suaves y gentiles, se mantuvieron allí durante incontables latidos, y luego acarició su rostro contra la mano en un gesto tierno que en el fondo parecía desesperado.
Los labios de ██ se apartaron, rozándole la piel con lentitud como si no deseara apartarse.
—Te…
Jekang…
Una voz lo llamó. El golpeteo de la lluvia contra el lago y el techo de la glorieta se había convertido en un zumbido. Ya nadie sostenía su mano. Se apartó el antifaz, y la vio allí, junto a su rostro, bajo una fría luz que apenas lograba iluminarla. El anillo que aquel hombre había besado ya no estaba allí; lo había guardado hace años. Y el par de ese anillo se había perdido hace tiempo en una oscuridad relacionada a un cuento de hagas.
Algo lo había despertado.
Aquella voz…
Aquella forma de dirigirse a él…
Sólo había existido una única persona que lo visitaba a esas horas de la noche en la desolada oficina de su equipo.
Se volteó al lugar donde creyó haber escuchado aquella voz, y, en el escritorio junto al suyo, encontró a Jay sentado. Por supuesto que era Jay.
Una melancólica sonrisa se formó en su rostro.
—¿Qué te trae por aquí? —preguntó.
Tomó sus anteojos del escritorio, y los sostuvo un momento. Sin ellos, Jay era como un borroso recuerdo.
—Me has dicho que podía venir aquí si quería —contestó Jay.
Tras hablar, Jay se mantuvo en silencio. Deseaba indagar en los motivos de su visita. Era verdad que él mismo lo había invitado, pero lo había hecho durante años y Jay jamás se había presentado. Había veces donde creía escucharlo en los corredores, pero no se molestaba a salir de la sala a mirar; Jay desaparecería en el instante que lo escuchara levantarse de la silla.
Si le preguntaba por qué lo hacía, lo más probable era que dejara de hacerlo durante un tiempo, y, de todas formas, ya intuía la respuesta. Era una conducta que quizá Jay no notaba, y es que repetía la rutina de ir a verlo por la noche del hombre que había sido sin saber por qué. A veces, tenía otras conductas que eran la viva imagen de ██, como aquella noche, en la glorieta, que le otorgó su saco para cubrirlo del frío o como cuando descubría con facilidad sus trampas.
—Te llevaste el reloj —dijo Jay, señalando con nada más que la mirada el reloj de pared que se encontraba en un rincón de su escritorio—. Está funcionando —reconoció.
—Ya que estaba yendo tanto a la sala de seguridad aproveché para llevármelo y repararlo. Está roto hace años —Quizá, roto desde que Jay trabajaba allí—. Hay miembros del equipo de seguridad que no utilizan celular, así que podría ser útil tener una percepción del tiempo más amplia que sólo los anuncios. Aunque este reloj estaba roto porque alguien no pudo tolerarlo —sonrió—. Mañana lo devolveré, ¿o prefieres llevártelo ahora?
—No. Mañana.
Jay volvió al silencio. Era improbable creer que sólo había venido a preguntarle por el reloj. Tras conocer su paradero, Jay no realizó ningún ademán de marcharse.
—Deberías irte a casa, es tarde —dijo Jay.
—Ah, Jay, ¿te preocupas por mi bienestar? —sonrió cubriéndose la boca. El gesto era fingido, pero había algo de cierto en él. Incontables veces, ██ había venido hasta allí sólo para decirle esas mismas palabras.
Se levantó de la silla, y tomó su saco del respaldo y la maleta junto al escritorio. El reloj podía permanecer allí hasta mañana; nadie lo tocaría si sabía lo que le convenía. Jay no se movió. En lugar de marcharse, aguardó unos momentos a Jay.
—¿Puedo acompañarte a casa? —dijo Jay por fin—. Hay algo que me gustaría decirte.
El experimento había presentado resultados favorables. Si bien las memorias relacionadas a ciertos temas continuaban reprimidas, había una variación en sus actitudes que le indicaban que algunas se habían filtrado a la superficie, no como memorias reconocibles, sino como algo que impregnaba la identidad con un matiz diferente, pero similar a su estado anterior. Cuando Jay se detuvo frente a él en la glorieta, había logrado recrear aquel momento que había ocurrido exactamente hace treinta años. O, al menos, recrear las condiciones iniciales, pues las acciones posteriores diferían. Ah, se había sentido tan desesperado al creer que Jay recordaría en ese mismo momento.
Y, ahora, volvía a sentirse desesperado.
Desde que Jay le preguntó si podía acompañarlo, su corazón no dejaba de atormentarlo. No sólo latía de forma acelerada, sino que, además, era como si tuviera una estaca clavada en el pecho y aquel maldito órgano se desgarrara con cada contracción. Presentaba sudoración en las manos, una aguda presión en la cabeza, y sus piernas estaban débiles, cargando un cuerpo al borde del colapso. Todo por unas simples palabras: «¿Puedo acompañarte a casa?». Esas palabras habían sido una rutina, y, ahora, lo alteraban como si presenciara una anomalía. Jay, por el contrario, no hacía más que caminar a su lado, en absoluto silencio, con la misma desgana e inexpresividad con la cual llevaba a cabo cualquier otra tarea, contemplando el suelo como si se hubiera olvidado de su presencia.
¿Qué era? ¿Qué podría ser lo que requiriera tanto silencio, tanta contemplación? No quería intervenir con su proceso—en la glorieta, había dicho demasiado—, pero la espera lo estaba matando. Había esperado años, incluso décadas, para ese momento.
Ah, ¡en verdad se sentía tan desesperado!
Jay se desvió hacia un callejón y, sin dudarlo, lo siguió. Su corazón, el cual creía que ya no podía dolerle más, le dio una punzada agonizante. Estaba en una edad donde los infartos y la presión alta eran peligros a considerar. Jay iba a matarlo con sus silencios, con sus palabras, con aquella indescifrable mirada…
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó. ¿En un callejón? ¿Con Jay? Escondió las manos en la bata para que no viera cómo temblaba.
Lo vio abrir el bolso que llevaba. Quizá no sería más que un intento de homicidio, sonaba más relajante que cualquier otra cosa que pudiera imaginar. De allí, Jay sacó una bolsa con el dibujo de una dona sonriente y se la entregó. Por inercia, la aceptó sin cuestionamientos.
—Un regalo para tí —dijo Jay, y se bajó la gorra para ocultar el rostro.
Un regalo… ¿para él? En aquel clima gélido, las mejillas de repente le ardieron. Sus manos temblorosas abrieron la bolsa. Dentro, había un colmillo blanco, largo, con una base gruesa que conservaba parte de la raíz, reluciente, de una superficie suave y sin imperfecciones. Reconocía aquella fascinante forma: era un colmillo perteneciente a las fauces de la bestia en la que se convertía Jay. Apretó el dedo en la punta lo suficiente para que esta lo hiriera.
Gimió.
Qué hermoso era.
Ah… ¡Qué hermoso era!
Lo ocultó de nuevo en la bolsa y la abrazó contra su pecho con una demencia contenida. Ah, no se iba a romper si lo amaba, pero era mejor no arriesgar una pieza así.
—Lo he perdido el otro día mientras devoraba una oscuridad más dura de lo que parecía —dijo Jay con aquel mismo tono neutro de siempre, y lamió uno de sus colmillos superiores. Él mismo quería lamerle los colmillos… en todas sus formas… en verdad… en todas sus formas…—. Ya ha vuelto a crecer.
—¿Puedo explorar el interior de tu boca? —preguntó—. No me importa si es como humano o una bestia.
—No.
—Ah, Jay —jadeó—. ¿Por qué? ¿Por qué me regalas algo tan fascinante? Además, es mío, me lo has dado fuera de la oficina, me lo puedo llevar a casa… ¿A qué se debe este repentino gesto?
Su sonrisa pereció; aquel magnífico colmillo lo había distraído. ¿Un regalo? ¿En estas fechas?
—¿Jay? —jadeó su nombre.
Jay no lo miró.
—Sentí que debía darte algo —dijo Jay por fin, y, después de otro largo silencio, continuó— A tí sólo te interesan las oscuridades, así que es lo mejor que pude conseguir en pocos días.
La nostalgia lo invadió, y una débil sonrisa se formó en sus labios. Había escuchado esas mismas palabras décadas atrás. ██ siempre le había regalado ropa y perfumes, pero no eran más que regalos insignificantes y egoístas que el mismo ██ quería que usara cuando estaba con él. Cuando ██ quería darle un regalo especial, le entregaba algún ítem que hubiera encontrado en alguna oscuridad o mediante negociaciones de las que nunca hablaba.
—Pero… ¿Por qué? ¿Por qué de repente?
—He regresado al parque estos días.
—¿Has recordado algo? —preguntó casi con desesperación.
—Casi nada —respondió Jay. Aunque su expresión apenas variara, había aprendido a distinguir en ella las sutilezas, y allí había cierto dejo de tristeza—. Pero he recordado lo suficiente.
—¿A qué te refieres?
Jay suspiró.
—Que he recordado lo suficiente para intuir qué tipo de relación tenías con el líder del equipo B.
Cedió ante la desesperación. Con piernas temblorosas, avanzó hasta Jay y se aferró a su uniforme.
Por favor.
Por favor…
Recuerdame de una vez.
Recuerda lo que prometiste.
—No puedo cumplir esa promesa —dijo Jay. A pesar de la cercanía, había dejado de mirarlo—. Es… como si la hubiera hecho alguien más.
Rió.
Por supuesto.
Por supuesto que aquella sería la respuesta.
Cayó de rodillas frente a él, y abrazó lo que creyó ser un regalo de aniversario.
██ no estaba muerto, estaba allí, frente a él, acercándose en cuatro patas, con un pelaje negro cubierto de ojos amarillos y dos mandíbulas que derramaban saliva y alquitrán. Estaba bien. Él lo ayudaría a recuperarse. Sólo tenía que esperarlo un año. Sólo tenía que esperarlo dos años. Sólo que esperarlo tres.
██ no estaba muerto, estaba allí, frente a él, detrás de un cristal, con la boca manchada de su propia sangre. Estaba bien. Al menos, ahora se veía más humano. Sólo tenía que esperarlo cuatro años. Sólo tenía que esperarlo cinco años. Sólo tenía que esperarlo seis.
██ no estaba muerto, estaba allí, indiferente. Ya no lo recordaba.
Estaba bien.
Sólo tenía que esperarlo.
Él cumpliría por ambos la promesa de estar siempre juntos.
…
██ esta muerto hace años. Frente a él, había alguien más.
Quizá, aquella promesa ya no tenía más sentido.
Quizá.
