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El sol de la mañana se filtraba con pereza por los vitrales del gran salón del castillo de Auradon, pintando el suelo de baldosas blancas con un mosaico de colores que cambiaban conforme las nubes se movían. Fuera, los jardines reales estaban en su máximo esplendor: rosales perfectamente podados, fuentes que cantaban melodías suaves y pájaros que parecían entrenados para posarse exactamente en los lugares más fotogénicos.
Dentro del castillo, sin embargo, la atmósfera era mucho menos perfecta.
Brian, el príncipe heredero de Auradon, estaba sentado en la mesa principal del comedor real con una postura que delataba su aburrimiento. Tenía una mano apoyada en la mejilla y la otra giraba distraídamente una cuchara de plata sobre su plato de frutas, dibujando círculos hipnóticos mientras su mirada se perdía en algún punto de la pared decorada con tapices que contaban la historia de cómo sus padres habían derrotado a la villana que mantuvo cautiva a su madre durante años.
Su instinto Alfa, siempre alerta, se había vuelto más inquieto en los últimos días. Como si algo en el aire estuviera cambiando. Pero no lograba identificar qué era.
—¿Vas a comerte eso o vas a hacerle una coreografía? —preguntó una voz conocida desde el otro lado de la mesa.
Brian levantó la vista y se encontró con la sonrisa burlona de su padre, el rey Eugene. A pesar de los años y la corona, seguía teniendo ese brillo pícaro en los ojos que lo había convertido en el ladrón más famoso de todo el reino antes de que el amor lo cambiara para siempre. Su olor, un Alfa firme y seguro, siempre le había dado a Brian una sensación de protección. Eugene era el tipo de Alfa que inspiraba respeto sin necesidad de gruñir, y Brian había aprendido de él que la verdadera fuerza no estaba en imponer, sino en ganarse a la gente.
—No tengo hambre, papá —respondió Brian, devolviéndole una sonrisa igual de pícara— Además, ¿desde cuándo te preocupa mi alimentación? La última vez que te vi en la cocina estabas robando un pastel a escondidas de mamá.
Eugene soltó una carcajada y se llevó una mano al pecho, fingiendo ofensa.
—¡Robar! Yo no robo, hijo. Yo... reubico los recursos mal distribuidos.
—Llamémosle como quieras —intervino una voz dulce pero firme desde el extremo de la mesa— pero yo vi cuando te llevaste el pastel de chocolate y te lo comiste detrás de la biblioteca, Eugene.
La reina Rapunzel dejó su taza de té y miró a su esposo con una ceja levantada, aunque sus ojos brillaban con diversión. Su cabello largo, ahora con algunas hebras plateadas que se mezclaban con el oro, caía sobre sus hombros como un río de luz. A pesar de los años y de ser una Omega, su presencia era tranquila pero llena de autoridad. Su olor, suave y floral, siempre había sido un refugio para Brian, especialmente cuando su propio instinto Alfa se volvía demasiado intenso. Rapunzel le había enseñado que ser Alfa no significaba dominar, sino proteger.
Brian se rió de la escena y negó con la cabeza.
—¿Ven? Esto es lo que me encanta de ustedes. Siempre están bromeando, incluso cuando están discutiendo.
—Es el secreto de un matrimonio feliz —dijo Eugene, guiñándole un ojo a su esposa— Eso y aprender a decir "sí, amor" rápido cuando es necesario.
Rapunzel rodó los ojos con cariño y volvió a mirar a su hijo. Sus ojos, verdes como los árboles afuera del castillo, lo examinaron con esa perspicacia que solo las madres tienen.
—Ahora en serio, Brian. ¿Qué te pasa? No has tocado tu desayuno, has mirado al menos cinco veces la puerta del salón y, si no me equivoco, llevas veinte minutos girando esa cuchara como si intentaras invocar un hechizo.
Brian abrió la boca para negarlo, pero su padre lo interrumpió con una sonrisa cómplice.
—Tu madre siempre tiene razón, hijo. Es una de las reglas no escritas de la familia. Ahorra tiempo y energía aceptarlo.
Brian suspiró y finalmente dejó la cuchara sobre la mesa. Apoyó ambos codos en la madera y juntó las manos frente a su barbilla, con una expresión que pasó de la diversión a la seriedad en un instante.
—Está bien, lo admito. Es que... no puedo dejar de pensar en lo que ustedes anunciaron ayer en el consejo.
Eugene y Rapunzel intercambiaron una mirada. Sabían exactamente a qué se refería.
—¿Los hijos de los villanos? —preguntó Eugene, apoyando su espalda en el respaldo de su silla y cruzando los brazos.
—Sí, papá. Van a traerlos a estudiar a Auradon. A nuestro castillo. A mi escuela. —Brian pasó una mano por su cabello rubio castaño, un gesto nervioso que había heredado de su madre— Y no sé cómo sentirme al respecto.
Rapunzel inclinó ligeramente la cabeza, observándolo con atención.
—¿Y qué es lo que sientes exactamente?
Brian tardó unos segundos en responder. Cuando lo hizo, su voz era más baja, más sincera.
—Toda mi vida he escuchado que los villanos son malvados, que sus hijos son igual de peligrosos, que la oscuridad corre por sus venas igual que la sangre. Y yo siempre lo creí, porque me lo enseñaron así. Pero ayer, cuando ustedes anunciaron que vendrían, vi las caras de los consejeros. El miedo en sus ojos. Las palabras que susurraban entre dientes: "Van a destruir todo lo que hemos construido." —Hizo una pausa y se mordió el labio inferior— Y entonces me pregunté: ¿y si ellos tienen miedo de nosotros también? ¿Y si solo son niños como yo que nacieron en el lado equivocado de un muro que nadie eligió?
Eugene lo miró por un largo momento. Sus ojos, cafés y astutos, reflejaban una mezcla de orgullo y preocupación. Finalmente, soltó una risa baja y negó con la cabeza.
—Dios mío, eres idéntico a tu madre cuando tenía tu edad. Siempre viendo lo bueno en todo el mundo, incluso en los lugares más oscuros.
Rapunzel sonrió con suavidad y tomó la mano de su hijo sobre la mesa.
—Eso no es un defecto, Brian. Es lo que te convierte en un gran futuro rey. No todos los gobernantes tienen el valor de preguntarse si están equivocados. La mayoría solo sigue lo que les enseñaron sin cuestionarlo. Pero tú eres diferente. Tienes el corazón de tu madre y la labia de tu padre —dijo, con una sonrisa pícara— Y también su habilidad para hacer que las personas se sientan especiales.
Brian sonrió, pero aún había dudas en sus ojos.
—¿Y si no funciona? ¿Y si ellos no quieren cambiar? ¿Y si todo termina en un desastre y yo soy el que tiene que limpiarlo?
Eugene se inclinó hacia adelante y apoyó los codos en la mesa, adoptando esa postura de "consejo de padre" que usaba cuando quería ser escuchado.
—Mira, hijo, en mi vida he conocido a mucha gente. Algunas buenas, otras malas, y unas cuantas que eran una mezcla rara de ambas. Pero lo que he aprendido es que la gente cambia cuando alguien cree en ellos. Tu madre creyó en mí cuando yo mismo no creía en nada. Y si alguien puede hacer eso por esos chicos, ese eres tú.
Brian guardó silencio, procesando las palabras de su padre. Luego, una sonrisa lenta se formó en sus labios, esa sonrisa que había heredado de Eugene: la que podía desarmar a cualquiera con solo mostrarla.
—¿Sabes, papá? A veces dices cosas inteligentes.
—A veces —repitió Eugene, ofendido en broma— ¿Solo a veces? Soy un rey, hijo. Tengo momentos de genialidad.
Rapunzel soltó una risa musical y sacudió la cabeza.
—Lo que tu padre quiere decir es que confiamos en ti, Brian. Esta decisión no fue fácil, pero la tomamos porque creemos que es lo correcto. Y creemos que tú estás a la altura de lo que viene.
Brian apretó la mano de su madre y asintió lentamente. El cosquilleo en su estómago seguía ahí, pero ahora estaba mezclado con algo nuevo: determinación.
—Entonces los recibiré. Como se debe. Con la cabeza en alto y una sonrisa en la cara. Y si alguno de ellos necesita una oportunidad... yo se la daré.
Eugene sonrió con orgullo y se levantó de su silla para rodear la mesa y colocar una mano en el hombro de su hijo.
—Eso es mi sangre. Y ahora, como rey, te ordeno que te comas esa maldita fruta antes de que tu madre me regañe por no alimentarte bien.
—¡Eugene! —exclamó Rapunzel, dándole un golpe en el brazo.
Brian se rió mientras tomaba un trozo de manzana y lo mordía. Fuera, los pájaros seguían cantando y el sol seguía iluminando los vitrales. Pero dentro de él, algo había cambiado.
En unos días, los hijos de la Isla de los Perdidos llegarían a Auradon. Y Brian, el príncipe heredero, estaría listo para recibirlos.
