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—Linda vista.
Enzo se volteó. Julián se acercó a la baranda del yate sonriendo. Le sacó la lengua antes de apoyarse a apreciar el precioso atardecer que adornaba el oeste.
—Si. El paisaje hermoso también —le respondió su amigo, clavándole los ojos encima.
—¿Con esos chamullos baratos levantabas en San Martín?
—Nah. Alcanzaba con esto —le contestó el morocho guiñándole un ojo y levantándose apenas la camisa de un rosado chillón que llevaba puesta, presumiendo sus abdominales.
Julián se llevó la mano a los ojos y la desplazó lento por todo su rostro, exasperado.
—¿Me explicás qué carajo veo en vos, flaco? Sos un banana.
—¿Te digo la verdad? —respondió Enzo, serio —No tengo ni la menor idea —concluyó, acercándose de repente para dejarle un beso rápido al cordobés detrás de la oreja, destino usual de sus afectos. Julián se apartó rápido, y miró a su alrededor, asegurándose que nadie lo había visto.
—Pará, pelotudo. Nos van a ver.
Enzo no le retiró la mirada. Tenía cara de haberse bajado tres o cuatro vinos payeses, aún sin haber tocado una gota en todo el día.
—Eso es un tema tuyo —sentenció, despreocupado, devolviendo la mirada al sol, que se ocultaba tras Formentera.
Julián hizo silencio. Desde aquella primavera en la que Enzo había sacrificado todo por lo que fuera que tenían y Julián se había acobardado, de vez en cuando algún comentario así le tocaba. Decidió dejarlo pasar. Era una tarde hermosa. No ameritaba un recuerdo tan triste.
—Gracias por la invitación —atinó a decir, con la esperanza de que la conversación no se terminara aún.
—Sabés que a donde vaya sos bienvenido —le contestó Enzo, con la mirada fija en el orbe dorado que por momentos parecía congelado y de a ratos se movía como un fórmula uno— aunque si se pierde en el camino Moli la próxima no me enojo.
Julián exhaló una risa breve.
—Me escuchó cuando le contaba a Emi, no podía fingir demencia —se defendió el cordobés— vos sabés que si no no lo traía.
—Tranqui, te estoy cargando —le respondió su amigo, dándole un golpe en el hombro— tampoco es que haya mucha privacidad en este bote. Con tenerte cerca me alcanza y me sobra.
Sin importar cuántos años llevaran viviendo esa relación clandestina, los comentarios de Enzo nunca dejaban de desarmarlo.
—¿Son todos cursis los turritos del conurbano, o sos vos nomás?
Enzo lo volvió a recorrer de arriba abajo.
—¿No tenés alguna novela turca que ver con Emi en Netflix vos?
Los dos se rieron. Enzo nunca iba a dejar de cargarlo por eso. Se quedaron un rato en silencio.
—Gracias —insistió Julián, mirando al atardecer.
—¿Cuántas veces te dije que teníamos que pasar un verano juntos? —le respondió Enzo sin mirarlo. El cordobés soltó una risita.
—Muchas veces.
—Muchas veces.
—Gracias por insistir —Enzo lo miró de reojo, mientras Julian seguía viendo al frente—. Aunque no estemos solos es lindo estar con vos sin tener un partido encima a la vuelta de la esquina. Pasear, jugar, reírnos… —se detuvo, pensando en el resto de las cosas que le gustaría listar, tan cerca y tan lejos como aquel atardecer del horizonte— No sé, a veces pienso que ese post de insta del apego ansioso es cierto y cada vez necesito más tenerte cerca —concluyó, finalmente encontrando la mirada del morocho, que ahora lo veía con una expresión imposiblemente calma y contenta, como la que tenía al ver a Oli o Benja dormir plácidamente.
A Enzo se le hizo un nudo en la garganta. Julián no era de expresarse mucho, y él era un maricón incurable, por lo que sentía que si abría la boca lo único que saldría sería un sollozo, y si se movía un centímetro terminaría comiéndole la boca en el yate lleno de gente.
—Te amo —susurró, y a pesar de haberlo dicho mil veces, esperó que el cordobés entendiera las notas peculiares de este en particular. A juzgar por la sonrisa radiante que le dedicó de vuelta, así fue.
—Entre la camisuli, el atardecer, el pantaloncito y tus cursilerías me haces acordar a Brendan Fraser en la peli esa… ¿cómo era? La que llora en la playa.
—¿Al diablo con el diablo? —preguntó Enzo, empezando a recordar la escena.
—¡Esa! Re das hombre sensible —bromeó. Y el morocho no pudo contener la bruta carcajada que soltó, a la que Julián pronto se acopló. Se rió hasta que le dolieron los costados, soltando algún insulto y empujón en el medio.
—Andá, pelotudo. No te digo más cosas lindas —le dijo, cuando logró componerse—. Y te recuerdo que este pantalón lo elegiste vos —se acercó a la oreja del contrario, para susurrar el resto:— porque te gustaba como se me transparentaba la pija.
Julián se volteó rápido a ver si alguien andaba cerca que pudiera haber escuchado, y luego volvió a mirarlo con los ojos como platos y las mejillas tomando color, no sin desviar un vistazo rápido hacia abajo, eso sí.
—Callate culiado, que me vas a hacer empalmar y ando con este short de mierda que no disimula nada —le espetó. Enzo se rió y le guiñó un ojo, gestualizando un «esta noche» con los labios, sin emitir sonido. Luego volteó a seguir mirando el atardecer.
Julián lo miró unos segundos más, apreciando la postal: la luz ámbar marcándole las facciones, dejándole la piel como de bronce; la sonrisa calmada, como si no existiera el torbellino de quilombos profesionales, de secretos y de engaños que los rodeaba; los ojos oscuros que atrapaban el astro y su reflejo en el mar, brillantes como solo los veía cuando estaban juntos.
—¿Qué pasa? —le preguntó Enzo, dirigiéndole apenas una mirada de costado, y luego escupiendo con fuerza y sin ningún decoro por la borda— ¿te gusto? —bromeó.
—Más que nada en el mundo —le contestó con una sonrisa Julián antes de poder detenerse, pero sin dudarlo ni un poco—. Voy a buscar algo de picar. ¿Te traigo?
—Si encanutás unas birras ahora que las chicas y Javi están distraídos la próxima vez te llevo a las Maldivas.
—Andá sacando los pasajes —le respondió el cordobés emprendiendo el camino hacia la cabina del yate.
Se detuvo, sin embargo, a unos metros. Sacó su celular y le tomó una foto a Enzo, sin que lo notara, con el atardecer detrás, y se la mandó, firmándola simplemente “te amo mucho, aunque seas un hombre sensible”, y se fué rápido cuando vió al otro sacar el celular del bolsillo.
Unos minutos después, la vio entre sus historias.

