Work Text:
Desde fuera del ventanal del bar, con los ojos desviados, enfocados en vos, en el detalle de tus movimientos, en la incomodidad de tu rostro, tu plenitud, en la discusión fugaz con la clientela ruda, la fingida sonrisa a la vejez que demandaba tu atención y complacencia como niños empecinados, esa sonrisa de tus labios apretujados contra los dientes. La humedad que se respiraba en el café fuerte, la azúcar empastada, y la sal. Tus movimientos involuntarios, una mueca, una sacudida extra del agua en tus manos en la bacha atrás del mostrador. Lo que transcurre como pasos agitados en tu trabajo, en la agitación mañanera, las radios, y el diario que pasa de mesa en mesa, con una atención distintiva todo te observaba, todo lo respiraba, y como si estuviese en tu nuca, tu estela de perfume llegaba a su nariz en un picor. Pierrot reservo el estornudo y sus ojos no perdieron de vista por ese fragmento de espacio negruzco, tu imagen atosigada por el trabajo. Los folletos no se iban de sus garras, y deslizaban hasta tocar el suelo como una cascada, lenta y aburrida.
Pierrot sonreía, bajo su propio control, entre la multitud para tus ojos concentrados en las mesas y el café, y se alimentaba de lo que su vista en el detalle, le daba de comer. Trazo líneas con sus pasos que no se alejaban de los ventanales, se regocijo en no perderte, en la audacia de los vidrios de mostrarte y su suerte matutina repartiendo los folletos que no llegaban a nadie. Pierrot divagaba con su propio andar en las ideas que solo ocupaban tu imagen perseguida por sus ojos, en el cosquilleo de sus entrañas por tal azaña fructífera de la que nunca ibas a saber, ese secreto audaz que era parte de besar tu sombra y respirar el aire rehusado de tus pulmones. La vereda tentó a Pierrot a mirarte mejor, caminando los metros con disimulo y rapidez, terminando el tramo para volver a desfilar frente a los ventanales aprovechándose de la naturaleza distraída del trabajo, que alejaba tus ojos de verlo, y rellenaba con cada falta de notoriedad, la sonrisa deleitada de Pierrot, figurando tu imagen a través de las paredes que partían los ventanales que cruzaba rápido, escapando de tu descubrimiento, jugando con vos al juego secreto de descubrirte y aprender en cada expresión que tratos eran de tu complacencia.
Entre la mirada inescapable, se colaban rostros ajenos, de sonrisas, de furia, notas se acumulaban en la cabeza de Pierrot anexadas a esos rostros que molestaban su humor, tanto como él entendía afectaban la paz impoluta de tu rostro, y herían la calma de su pecho admirándote en tu tranquilidad, recurriendo sus deseos de complacerte a espectáculos horrendos para saciar lo que su mente entendía era la ira que tensaba tu mandíbula y arrancaba de vos una sonrisa complaciente, asqueada. El dibujo de tu sonrisa se expandió por la mente de Pierrot, e imaginando la calidez de tu agradecimiento, se hundió en la realización de su fantasía retorcida y tu felicidad al compás del vals lovecraftiano en él.
La caída de la tarde comió la nubosidad del mediodía, explotando colores anaranjados en un cielo que se cernía sobre Pierrot en fantástico oro, copando sus ojos, y el satén de su atuendo desfilando en un brillo sutil al beso de las nubes que desde sus brazos rescataban al sol unos segundos más, imponiéndose tras ellas, la noche plena y nubosa. La luna como detrás de una seda grisácea teñía con flaqueza la sombra que escapaba del cuerpo de Pierrot. Los folletos en sus garras, y la atención en la progresiva desocupación del bar, la soledad que iba ocupando cada rincón dónde ahora él podría llenar con la intensidad de su deseo, explotando en tus ojos y oídos que había anhelado reclamar detrás de los ventanales en la apetencia íntima del día que desfilo con total detalle, viéndote actuar para los clientes en una danza irritante de servidumbre que arruinaba su esmero por comprender el trabajo humano. Ahora podría consumir tu aire usado y saborear los temblores hastiados de tu cuerpo.
La luz cálida que expulsada del local chocaba con el pavimento, te recortaba del espacio al alcance de Pierrot. Los cascabeles tintineaban en el vacío nocturno. El aliento de Pierrot se llenó de tu existencia corpórea cuándo tus ojos cansados reposaron en la campanilla de la puerta, y la sonrisa se dibujó lenta en tus mejillas viéndolo entrar.
