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No estaba frustrado, como en otras ocasiones, pero tampoco era su mejor día. Sabía que el equipo estaría entre los últimos, al fin y al cabo, eran novatos en el ámbito de la F1, pero eso no restaba sus ganas de conseguir mejores resultados.
Aunque debía esperar, la paciencia no era precisamente su fuerte cuando tenía la victoria a la vista. Tenía que actuar, y rápido, si quería obtener lo que quería.
Después de un día ajetreado junto a su equipo, finalmente pudo marcharse. Caminó por todo el paddock, tomándose fotos y despidiéndose de todos, hasta llegar al estacionamiento y entrar a la camioneta que lo estaba esperando desde hacía rato.
—¡Pecas! —Vio cómo Max se abalanzaba hacia él para abrazarlo, aprisionándolo entre la puerta y su cuerpo.
—Me aplastas, Emilian —se quejó, empujando al holandés para acomodarse en su asiento.
—Lo siento, solo quería un abrazo tuyo —mencionó mientras pasaba sus manos por la cintura de Checo—. Todo está fatal esta temporada, pero tenerte aquí lo mejora por mil.
—¿Tanto me extrañabas? —preguntó Checo, pasando una de sus manos por el cabello del contrario.
—Fue un sufrimiento no tenerte cerca; era como si no respirara aire limpio —la nariz del menor se hundió en el cuello de Checo, quien cerró los ojos para disfrutar de una pequeña siesta—. Ahora todo huele a hogar.
Tras esto, Max cerró los ojos al igual que su acompañante, permitiendo que solo se escucharan sus respiraciones calmadas.
—Te dije que nos fuéramos por nuestra parte —susurró Carlos desde el asiento trasero.
—No seas exagerado. Agradece que esta vez solo fue un abrazo —comentó Charles, absorto en su celular.
Después de un merecido descanso, llegaron al hotel donde se hospedaban tanto Checo como Charles, quienes estaban despidiéndose de sus parejas antes de bajar.
—No te vayas, o si lo haces, llévame contigo. No me dejes de nuevo —reclamó Max, tomando las manos de su pareja entre las suyas.
—Max, nos veremos mañana y después iremos a Japón de nuevo. Tranquilizate —respondió Checo, sonriendo con calma para intentar que el más joven lo soltara.
—Mejor me bajo contigo -sugirió, tratando de abrir la puerta, pero fue detenido por el pecoso.
—Más dramático no se puede —comentó Carlos, riendo junto a Charles, quien grababa toda la situación para enviarla a su grupo de amigos.
—Lo dices solo porque tú sí te quedarás con Char esta noche.
—Ya lo hiciste tú y lo arruinaste —exclamó Charles, cruzándose de brazos mientras reía—. Eso de pasarte por la entrevista de Bottas te condenó.
Con eso, tanto el español como el mexicano asintieron.
—Así que te veo mañana. Descansa, leoncito —dijo Checo, dando un pequeño beso en los labios antes de bajarse de la camioneta.
Al verlo alejarse, los fans que estaban allí se concentraron en él.
Max decidió dirigir su mirada hacia la otra pareja, que lo observaba con atención, conscientes de lo que estaba por suceder.
—Ni lo pienses, Emi —declaró el monegasco, esperando el momento adecuado para bajar del auto.
—Por favor, Char, no te meteré en problemas. Yo asumiré la responsabilidad de lo que pase.
—Sabes que Checo se enojará si lo haces, ¿verdad? Te dijo explícitamente que no pasaría por tu descuido esta vez —declaró el moreno, mirando al ansioso rubio.
—Me queda claro, pero sé que estará contento de verme una vez que esté allí.
La pareja se miró por un segundo y luego levantaron los hombros, aceptando la idea.
—Nos vemos luego, entonces. Adiós, mon amour —el castaño bajó, no sin antes dejar un beso a su pareja.
—Sí, adiós, ya dejen de estar de melosos.
—Mira que la próxima vez que ustedes estén como hace rato, les diremos lo mismo.
—Por cierto, George dice que te ves encantador como perro faldero —declara Charles, cerrando la puerta para marcharse.
Max sacó su celular, revisando los mensajes que se burlaban de su comportamiento con su pecas.
Podría haber respondido, pero prefirió seguir disfrutando de lo que quedaba de ese día.
Más tarde.
Charles camina por los pasillos del hotel, iluminando con la lámpara de su celular las áreas más oscuras, mientras conversa con los empleados que intentan convencerlo de que regrese a su habitación.
Con un par de movimientos coquetos y una sonrisa tierna, los empleados le devuelven la sonrisa y le permiten continuar su camino.
Al llegar a la puerta de emergencias, la abre, dejando entrar a Carlos y Max, quienes vienen abrigados con sudaderas y cubrebocas.
—¡Miren a mis pequeños intrusos! —comenta Charles con burla, mientras su pareja lo levanta.
—Vengo a robarte —declara el español, ajustando sus manos para sujetar mejor al monegasco, mientras este le rodea las caderas con sus piernas.
Mientras toman camino hacia sus respectivas habitaciones, Charles pregunta:
—¿Sí? —y le regala una sonrisa acompañada de un beso—. ¿Cómo buen español?
Eso provoca risas entre ambos, mientras Max los observa desde atrás con cara de desaprobación.
—Mejor aún, no solo vengo por oro —dijo el español, dejando suaves besos por el cuello ajeno.
—Sé que tienen sus pendientes; solo pido que no lo hagan delante de mí —interrumpe el rubio, recibiendo una expresión de desaprobación de ambos—. Solo dime la habitación de Checo, Charlie.
Con la información obtenida, Max se dirige rápidamente a la habitación.
Al llegar, toca la puerta y es recibido por Sergio, que está en pijama y listo para dormir.
Imagina que, tras un posible regaño, lo dejará pasar; luego lo besará y se acostarán juntos.
Lo que nunca espera es terminar arrodillado en el piso, siendo reprendido como un niño pequeño.
—¿En qué habíamos quedado, Max Emilian Verstappen? —pregunta el mexicano, con las manos en las caderas, su mirada seria deja entrever el enojo.
—Charles me dijo que podía —responde él, rompiendo el pacto de no culpar a su amigo, pero supone que vale la pena.
—No intentes echarle la culpa a Charles. Y aunque así fuera, tú sabes que no debías venir.
—Pecas, por favor, esta vez me voy a portar bien; no saldré más que por la puerta de emergencia, nadie me verá —dice, mientras se levanta y se acerca al mayor para tomar su cintura—. Simplemente te necesitaba.
—Sé que estar separados, a pesar de estar tan cerca, es difícil; incluso yo quisiera tenerte todo el día conmigo y besarte frente a todos—-aclara Sergio, acariciando el rostro de Max, quien cierra los ojos, apoyándose en las suaves manos que lo sostienen—. Pero antes de nuestro retiro, debes aprender a comportarte. Pronto iremos con nuestros niños a sus carreras y demás.
—Nuestros queridos niños -susurra Max al imaginarlos de pequeños. Extrañaba cuando sus hijos aún eran chiquillos, como decía Checo, y los esperaba con emoción en casa—. También tendremos tiempo para nosotros, ¿cierto?
—Claro, pero también para nuestros hijos. Ahora, a la cama.
Max bostezaba mientras se encontraba con los demás pilotos, escuchando a Checo hablar con Lance y esperando a que comenzara el desfile.
—Creí que ayer dormiste más que nosotros -dijo Esteban, mirando al holandés.
—Cierto, el tío Max se fue antes que la mayoría —aportó Bortoleto, observando a los mayores alrededor.
—Es que Checo se mueve mucho en la cama —respondió Max, estirándose sin darle importancia a sus palabras.
—Pero, ¿no dejaste a Checo en su hotel y tú te fuiste al tuyo? —preguntó Alonso, riendo por lo dicho.
Max abrió los ojos y buscó la mirada de su esposo, pidiendo ayuda. Este negó con una sonrisa al darse cuenta de la metida de pata.
—Parece que decidió no hacer caso a lo que dije —aclaró el pecoso, captando la atención de todos entre risas.
—Ya decíamos que ese berrinche en el auto no era lo único —comentó el francés, provocando que todos rieran a carcajadas.
—Yo no hice un berrinche —replicó Max, cruzándose de brazos.
—Sí, claro. El video que mandó Charles dice lo contrario —respondió Lance, sacando su celular para mostrarlo.
—Tengo un asunto pendiente con Charles luego de esto.
Charles, que estaba detrás del círculo hablando con su hijo y amigo, solo rió y puso los ojos en blanco.
—Yo que tú lo hubiera sacado de mi habitación —mencionó Lance al mexicano.
—Lo habría hecho, pero ya era de noche y no me iba a arriesgar a que el hotel llamara a la policía por un posible intruso —dijo encogiéndose de hombros en señal de resignación. —Aunque creo que hubiera sido un buen escarmiento.
Los demás asintieron ante su comentario.
—Qué buenos amigos tengo, ¿eh?
La expresión de pocos amigos del rubio hizo reír aún más a todos.
Después de eso, y tras continuar con sus conversaciones, los encargados anunciaron que podían acercarse para abordar el auto del desfile.
Mientras caminaban, Max conversaba con el brasileño y Checo seguía absorto con Lance.
—Entonces, ¿cómo te va con los amores de tus hijos? —preguntó Checo, recibiendo una sonrisa de Lance.
—Oh, vamos, sé por quién quieres preguntar, solo dilo.
—Noel está tan ilusionado con Nikola que estoy seguro de que nos convertiremos en consuegros en algún momento —dijo Checo emocionado.
—Nikola también, parece que, si por él fuera, su casa ya no sería la nuestra, sino la tuya —comentó Lance, recordando la vez que no encontró a su hijo, solo para luego ver sus historias, donde aparecía con Noel en la playa. —Por lo menos es el más tranquilo; a Fernando le estaría dando un coma cada vez que escucha sobre Hülkenberg.
—Conociéndolo, primero mataría a Nico antes de morir. Gabi se ve feliz a su lado, al menos debemos agradecer eso —respondió haciendo que Lance asintiera.
Al llegar a las escaleras, Max estuvo al lado de su pareja, quedándose detrás de él para darle paso, lo cual el pecoso agradeció con una sonrisa y un guiño.
Este gesto hizo que Max sonriera y su corazón se acelerara.
Ese tipo de cosas le dificultaban no lanzarse a llenarlo de besos.
Al subirse, cada uno continuó con su conversación, con intercambios de palabras que se complementaban.
Risas y anécdotas resonaban en ese sector.
Max no podía sentirse más feliz por tener nuevamente a la persona que amaba tan cerca; ya no estaba lejos, brindándole su mayor apoyo a través de una pantalla ni por mensaje, sino ahí, al lado, cada uno con sus respectivos problemas en el equipo.
Pero lo tenía justo a su lado, cerca, capaz de sentirlo y olerlo.
De repente, sintió un pulgar entrelazarse con el suyo mientras hablaban con Kimi. Este rió y observó directamente el gesto entre sus tíos.
Max vio cómo el más joven le hablaba a Franco, quien también se había percatado de lo que sucedía y comenzó a reír junto con él.
Entonces, Max tomó el valor de entrelazar sus manos, acariciándola mientras continuaban con su conversación.
Sergio sonrió; ese pequeño atrevimiento lo hacía sentir amado. Incluso pensó que, si alguien ajeno a ellos lo captaba, no le importaría.
Era su amor y era hermoso. Pero sabía que era solo por un momento lo que podían hacer; aún debían cuidar su imagen como figuras públicas.
Sin embargo, por lo menos por un instante, podían estar como una pareja sin que el mundo lo notara.
