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Español
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Published:
2026-08-05
Words:
2,226
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1/1
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8
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54
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462

one of the boys

Summary:

No había corazones, no había promesas y definitivamente no estaban enamorados. O eso era lo que Enzo se repetía cada vez que terminaba en la cama de Leandro Paredes.
Siete años de diferencia, personalidades que chocan a la primera de cambio y un secreto sucio que arrancó en la Copa América. Volver a convivir era una pésima idea, pero mantenerse alejados era imposible. Enzo dice que es solo para pasar el rato, pero Leandro no tiene ningún problema en recordarle —a chirlos y al oído— a quién le pertenece realmente.

Work Text:

Enzo sabía perfectamente con qué clase de tipo se metía. Leandro no tenía compromisos, no le importaban los sentimentalismos y solo lo quería de noche, cuando podía tenerlo desnudo, abierto y completamente entregado a él.

Pero a Enzo no le jodia. No pretendía dibujar corazones donde claramente no los había. Se gustaban, sí, pero no estaban enamorados, y tampoco hacía falta estarlo para montarse a Paredes cada vez que se le diera la gana.

El tema era volver a convivir. Ahí se volvía imposible despegarse. En teoría nadie sabía nada —salvo Julián, a quien Enzo le había confesado en un momento de soltura que se estaban cogiendo y chau—. Pero el peligro estaba siempre ahí. Entre la separación a medio terminar de Leandro con Camila y la propia de Enzo con Valentina, lo de ellos se había vuelto ese secreto sucio, caliente y adictivo que venían arrastrando desde la Copa América. Siete años de diferencia, personalidades que chocaban a la primera de cambio, pero una atracción de mierda que parecía un imán.

★

Las manos de Leandro bajaban y subían lentas, recorriéndole la piel como si fuera la primera vez que lo tenía así de servido, tan cálido y entregado. Le gustaba morderlo, someterlo, dejarle marcas, y el sonido de Enzo gritando su nombre a oscuras se había vuelto su música favorita.

Enzo soltó un gemido ahogado cuando sintió la cabeza de Leandro apoyada contra su entrada, moviéndose con roces cortos, pausados, disfrutando de cómo arrugaba la cara y se mordía el labio inferior para no rogarle.

Leandro se alejó apenas un segundo y bajó la cabeza, quedando cara a cara con la firmeza del culo de Enzo.

— No, mirá lo que es esto... —murmuró, pasándose la lengua por el labio superior.

Enzo jadeó al sentir el peso de esas manos enormes apretándole las nalgas antes de dejar caer un chirlo suave pero firme.

— No me mires así, dale, me da vergüenza —se quejó Enzo, intentando acomodarse mientras sentía cómo Leandro le abría las nalgas.

— Pará un poco, papito... Te vi todo el ojete, te llené de waska mil veces y ¿ahora te me venís a hacer el tímido? —se burló Leandro, pegándole otro chirlo, esta vez más seco, haciéndolo saltar.

— Igual, pelotudo, me da vergüenza —refunfuñó Enzo, enterrando la cara en la almohada pero sin moverse un milímetro.

Leandro se rio pero siguió en lo suyo, bajando la boca para empezar a lamerle directo entre las nalgas, saboreándolo como si fuera algo adictivo, una locura de la que no se podía recuperar.

Enzo sentía el cuerpo temblarle entero. Cada vez que Leandro le pasaba la lengua y presionaba un poco más profundo, el menor se retorcía con un gemido ahogado contra las sábanas, arqueando la espalda y tirando la cadera hacia atrás, pidiéndole físicamente más sin necesidad de usar palabras.

Cuando Leandro finalmente se dio el gusto, se incorporó un poco y le acercó tres dedos a la cara.

— Dale, pibe, abrí la boca —ordenó con la voz ya tomada por el calor.

Enzo obedeció al instante. Leandro le metió los dedos y remató:
— Chupá.

El morocho empezó a chupar, ensalivándoselos enteros, chocho y enloquecido por la tensión, sabiendo perfectamente que esa noche le iban a dar sin asco.

Cuando Enzo terminó lo que Leandro le había pedido, los dedos salieron de su boca con un sonido obsceno y baboso.

El mayor se hizo espacio con una mano, abriendo las nalgas firmes, suaves y lisas de Enzo, para hundirle de golpe dos de esos dedos húmedos en la entrada.

Enzo cedió muchísimo más rápido de lo que le gustaría admitir. Soltó un suspiro caliente contra la almohada y empezó a acompañar el ritmo, disfrutando de ese movimiento pausado, de cómo Leandro entraba y salía despacio pero profundo, tanteándolo por dentro y preparándolo para lo que venía.

Leandro le encajó un tercer dedo, sintiendo cómo Enzo se volvía a arquear entero debajo de él, soltando un chillo ahogado de puro placer aunque intentaba reprimir cada sonido que amenazaba con salirle de la boca.

— Dale, mi amor... —le murmuró el mayor al oído, con la voz gruesa—. Hablá, si sabés que me encanta todo lo que sale de esa boquita de petera.

— Tómatela, Leandro... —gruñó el más chico, pero terminó soltando un gemido agudo y cerrando los ojos con fuerza en cuanto Leandro le presionó justo el punto indicado.

— Te encanta esto, trolita —se burló, apretando más profundo—. Gritá, si acá todos saben que sos mi putita.

A Enzo le pegó una punzada de calor directo en la pija al escucharlo. Le fascinaba cuando Leandro le hablaba sucio, cuando lo ponía en ese lugar de sumisión absoluta. Era una locura, sí, pero lo calentaba a un punto en el que se le hacía imposible contenerse: aflojó el cuerpo del todo, dejó de reprimir los sonidos y empezó a gemirle más alto, entregado por completo al juego.

Cuando Leandro le sacó los dedos de golpe, Enzo soltó un lloriqueo involuntario y elevó la cadera buscando el contacto otra vez, pero lo único que recibió fue un nalgazo seco que retumbó en la habitación.

— ¡Ay, pelotudo...! —se quejó con voz llorosa, haciendo un puchero contra la almohada.

— Esperá un toque, trolita —le soltó Leandro mientras se estiraba hacia la mesita de luz para agarrar el lubricante.

Se volcó una cantidad abundante en la mano y empezó a embadurnarse la pija de manera lenta, recreándose en el espectáculo, disfrutando de cómo Enzo se revolvía e iba aumentando la escala de sus quejas.

— Apurate, la hacés re larga, viejo —protestó el menor, dándose vuelta apenas para mirarlo de reojo, con el ceño fruncido y cara de perro.

Leandro lo miró desde arriba con una sonrisa ladina. Pensó en lo hermoso que se iba a ver Enzo gimiendo mientras se lo cogía de lleno, pero con ese culo blanco dejado bien rojo a chirlos.

— ¿Cómo me dijiste? —preguntó Leandro con la voz peligrosamente ronca.

— Viejo. Si tardás más que un jubilado, pelotudo —respondió Enzo, tratando de mantener la firmeza en la voz, aunque el cuerpo le temblaba entero como una hoja.

Leandro no le contestó de una. Se le fue encima, le pasó las manos enormes por las nalgas y se las apretó con una fuerza bruta que hizo a Enzo soltar un chillido ahogado de dolor.

— Despacio, infeliz, ¿no ves que me duele? —se quejó el menor, amagando un enojo que no le creía nadie.

— A las putitas maleducadas no se las agarra despacio —le murmuró Leandro pegado a la nuca, marcando cada palabra—. A las putitas maleducadas como vos se las agarra así: les dejan todo el culo rojo a tortazos y lleno de waska de lo fuerte y profundo que se las culean.

A Enzo le brotó el líquido preseminal de la pija al instante. Escuchar el tono firme y autoritario de Leandro, sintiendo esa presión brutal en las nalgas, terminó de arruinarle cualquier intento de resistencia.

Leandro no le dio tiempo a asimilar la amenaza. Antes de que Enzo pudiera soltar otra puteada, levantó la mano y dejó caer el primer palmazo, seco, fuerte y con toda la palma abierta sobre el centro de la nalga izquierda.

El chasquido retumbó en la habitación.

— ¡Ah, la concha de tu madre! —chilló Enzo, clavando las uñas en las sábanas y arqueando la espalda por el impacto, con la piel ardiéndole al instante.

— A ver si así aprendés a cerrar el orto cuando habla un mayor —soltó Leandro sin compasión.

Alzó la mano otra vez y le acomodó un segundo chirlo, esta vez en la nalga derecha, marcándole los dedos sobre la piel. Enzo soltó un gemido que empezó siendo de dolor pero terminó convirtiéndose en un jadeo ahogado, con las piernas temblándole sobre el colchón.

Leandro no frenó ahí. Alternó la mano con un ritmo lento pero pesado, uno, dos, tres palmazos seguidos que iban dejando la carne blanca totalmente roja, caliente al tacto. Cada impacto hacía saltar la cadera de Enzo, que lloriqueaba, puteaba entre dientes y se retorcía, pero sin intentar alejarse un solo centímetro; al contrario, con cada tortazo, la entrada se le apretaba de puro placer involuntario y la pija le goteaba contra la cama.

— Pedí perdón, dale —ordenó Leandro, apoyando la palma ardiente sobre el culo castigado, apretando la carne caliente mientras sentía cómo el menor temblaba debajo de él.

— Perdón... perdón, la puta madre —sollozó Enzo con la cara enterrada en la almohada, respirando entrecortado, completamente entregado y enloquecido por el dolor ardiente que le recorría las nalgas.

Leandro sonrió desde arriba, satisfecho con la marca roja que le había dejado, y le rozó la punta de la pija bien lubricada contra la entrada ardiente.

— Así me gusta. Ahora bancatela.

Leandro no empezó suave como solía hacerlo. Sin darle tregua para recuperarse, apoyó el grueso de la pija en la entrada ardiente y se le hundió de lleno, de un solo empujón firme que hizo a Enzo ahogar un grito contra el colchón.

Empezó a embestirlo con un ritmo lento pero pesado, profundo, dándole estocadas brutales que hacían temblar a Enzo de pies a cabeza mientras se aferraba con rabia a las sábanas blancas, clavando los dedos hasta quedarse sin nudillos.

Ahí estaba Enzo, en cuatro —la posición favorita de Leandro, la que mejor lo dejaba expuesto—, no solo recibiendo pija hasta el fondo, sino teniendo que bancarse un chirlo tras otro, cada uno más seco y fuerte que el anterior retumbando en las nalgas ya enrojecidas.

Entre el ardor del culo castigado, la penetración sin anestesia y el ritmo implacable del mayor, el menor ya no podía ni articular una puteada. Lo único que le salía de la garganta era el nombre de Leandro suplicado entre sollozos y gemidos descosidos de puro placer, porque esa locura de dolor y sometimiento le encantaba mil veces más de lo que jamás se animaría a admitir.

— Decímelo, dale... ¿De quién sos? —le exigió Leandro al oído, embistiéndolo bien profundo, marcándole cada palabra con la voz gruesa, rasposa por el calor.

— Tuyo... la concha de tu madre, tuyo —sollozó Enzo contra la almohada, con la voz rota por el ritmo implacable que le imponía el mayor.

Leandro le acomodó otro palmazo seco sobre la carne ardiente, haciéndolo saltar en la cama.

— Sos mi putita, Enzo. Mi putita hermosa. Nadie más te agarra así, nadie más te deja el culo como yo.

Escucharlo le metió un chispazo eléctrico directo abajo del ombligo. Era denigrante, sí, era sucio y brutal, pero lo que a Enzo le terminaba de arruinar la cabeza no era la palabra "putita", sino el "mi". Ese sentido de posesión absoluta, saber que para Leandro no era un pibe cualquiera ni un polvo al pasar, sino que ahí, a oscuras y entre las sábanas, le pertenecía por completo.

Sintió la pija apretada contra el colchón goteándole sin parar, completamente fuera de control. Cada insulto que salía de la boca de Leandro no lo humillaba para abajo; lo elevaba, lo prendía fuego, haciéndole apretar las paredes internas alrededor de la chota del mayor como un reflejo desesperado por sentirlo todavía más adentro.

— Eso... apretame así, trola —se burló Leandro, sintiendo el agarre caliente e involuntario de Enzo—. Ves que te encanta que te trate como a una basura.

Enzo enterró la cara en las sábanas, ahogando un gemido agudo que se le escapó del pecho. No podía ni negar nada. Le fascinaba saberse suyo, entregado del todo a la voluntad de Leandro, dejando que el mayor hiciera y deshiciera con su cuerpo exactamente lo que se le diera la gana.

El ritmo de Leandro se volvió áspero, pesado, cada embestida dando de lleno en el fondo hasta hacer temblar los muslos de Enzo. La respiración del mayor era un rugido caliente contra la nuca del menor, avisando que ya no aguantaba más.

— Te voy a llenar tanto el culo, Enzo... Que vas a chorrear waska mía toda la noche —le juró con la voz rota, agarrándolo firme de la cadera para no dejarlo escapar.

A Enzo se le terminó de volar la cabeza. Escuchar la promesa de la marca final fue el empujón que le faltaba: soltó un gemido largo, desgarrado, y se vino contra la cama sin siquiera tocarse, ahogando los sollozos en la almohada mientras el cuerpo se le sacudía en espasmos violentos.

Leandro sintió las paredes de Enzo apretarlo como un torniquete en medio del orgasmo, y eso terminó de hacerlo estallar. Se hundió hasta el tope, pegando su vientre contra el culo ardiente de Enzo, y se descargó adentro con embestidas cortas y brutales, llenándolo despacio, pesado, sintiendo cómo el calor espeso inundaba al menor por dentro.

Enzo solo podía jadear, sintiendo el peso y la calidez de Leandro aplastándolo contra el colchón, totalmente vaciado, latiendo por dentro en sintonía con las pulsaciones del mayor.

Cuando Leandro finalmente comenzó a salir muy despacio, un hilo espeso y caliente amenazó con escurrirse entre las nalgas rojas. Se inclinó, le dio un beso seco en el hombro marcado y le dio una última palmada suave.

— Ves que te portás bien al final... —murmuró Leandro con una sonrisa satisfecha, dejándose caer al lado de él sobre la cama.

Enzo ni le contestó; se acomodó de costado con una sonrisa boba y agotada, escondiendo la cara en el cuello de Leandro, sintiéndose completamente lleno, suyo y en paz.