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No te cortes el cabello

Summary:

Hay cosas que aún quiero hacer con tu cabello, no te lo cortes o entro en depresión ¿okay?
Dijo Gabriel cuando su novio hizo la broma de que lo cortaría, pero ¿Porque?

Notes:

Gabriel y Alejandro relación de pareja

Work Text:

El departamento olía a una mezcla casi hogareña de café recién hecho, suavizante de ropa de lavanda y el aroma característico del perfume de Gabriel: madera dulce y cítricos secos. Era un espacio reducido, pensado para dos personas, pero que en la práctica funcionaba con la mitad de su capacidad. De las dos habitaciones que la empresa les había asignado hacía apenas tres meses, la segunda se había convertido paulatinamente en un almacén improvisado.

Atrás habían quedado los días del departamento compartido entre los cuatro que realmente dormían ahí, mientras Kenneth seguía viviendo con sus papás. Ahora, en esta nueva etapa de dos en dos, la privacidad era una novedad que Alejandro y Gabriel habían aprendido a aprovechar muy bien. De hecho, desde hacía dos meses, la etiqueta oficial de "mejores amigos" se había entrelazado con la de "novios", aunque la transición había sido tan fluida que a veces parecía que siempre habían vivido de esa manera. Nadie dormía en el segundo cuarto. Nadie había dormido ahí desde que llegaron.

Alejandro estaba sentado en el suelo de la sala, apoyando la espalda contra la base del sillón. Entre sus piernas abiertas tenía un platito con uvas y la pantalla del teléfono encendida, desplazándose sin prestar verdadera atención a las redes sociales. Gabriel, por su parte, estaba echado a lo largo del sofá justo encima de él.
Gabriel no era un hombre de discursos. Era juguetón y gracioso pero de pocas palabras, la gente fuera del grupo solía pensar que no le gustaba mostrar emociones, pero la realidad era que su lenguaje no pasaba por las cuerdas vocales, sino por las yemas de los dedos. Mientras Alejandro leía un artículo en voz baja, la mano de Gabriel bajó desde el respaldo del sillón de manera casi distraída.

Primero le jaló suavemente la manga del abrigo para llamar su atención. Como Alejandro solo emitió un murmullo sin despegar la vista de la pantalla, Gabriel bajó la mano un poco más, colando los dedos por debajo de la polera de Alejandro para darle un pellizco rápido y certero en el pecho, justo sobre la tetilla izquierda.

—¡Ay! ¡Gabi! —se quejó Alejandro, pegando un brinco y girando la cabeza rápidamente, aunque la sonrisa en su cara lo delataba por completo.
Gabriel no dijo nada. Solo esbozó una media sonrisa de lado, esa que guardaba exclusivamente para su novio, y se inclinó hacia adelante sobre el borde del sillón para dejarle un beso firme y pausado en la curva donde el cuello de Alejandro se unía con el hombro. El roce de sus labios fue cálido, dejando una pequeña marca de presión que duró unos segundos.

—Eres un salvaje, de verdad —dijo Alejandro, dejando el teléfono sobre la alfombra y volteándose por completo para quedar de frente a las piernas de su novio—. Uno intentando leer y tú solo piensas en la violencia.

—Te distraes mucho y no me haces caso—respondió Gabriel, con esa voz grave y pausada que parecía usar solo cuando estaban a solas. Extendió la mano y le despeinó el flequillo con torpeza cariñosa.

Alejandro aprovechó el gesto para atrapar la mano de Gabriel entre las suyas, llevándosela a la mejilla para frotarse contra sus nudillos. A diferencia de Gabriel, Alejandro vivía del lenguaje hablado. Necesitaba nombrar las cosas, ponerles adjetivos, adornarlas y lanzarlas al aire para sentir que eran reales.

—Pero te amo igual —soltó Alejandro sin dudarlo, mirando a Gabriel a los ojos con esa intensidad transparente que siempre hacía que al otro se le ablandara la postura—. Te amo muchísimo. Eres bien lindo, ¿sabías? El novio más lindo de todo el mundo, mi rubio lindo.

Gabriel se limitó a mirarlo, con los ojos entrecerrados por la comodidad, mientras sus dedos libres jugueteaban con el lóbulo de la oreja de Alejandro.

—Dímelo —pidió Alejandro, poniendo una carita de berrinche deliberadamente exagerada, arrugando la nariz y apretando los labios en un puchero—. Vamos, Gabriel. Yo te digo que te amo, te digo que eres lindo, te echo flores todo el día. Tú solo me pellizcas o me besas. Yo también quiero palabras bonitas. Exijo que me lo digas también.

—Sabes que te quiero, Ale —murmuró Gabriel, desviando la mirada un segundo con una sonrisa tímida, como si pronunciar esas palabras todavía le costara un pequeño esfuerzo de pudor.

—"Te quiero" no es suficiente. Quiero detalles. Quiero poesía —insistió Alejandro, trepándose un poco sobre el sillón para quedar a la altura del rostro de Gabriel, apoyando los codos sobre sus muslos—. A ver, dime: ¿qué es lo que más te gusta de mí? Y no me salgas con "todo", porque eso es muy fácil.

Gabriel dejó escapar un suspiro suave, aunque sus ojos brillaban con diversión. Extendió una mano y le tocó la barbilla con el pulgar, delineando el borde de su mandíbula antes de responder.

—Todo —dijo Gabriel, desobedeciendo la regla de inmediato.

—¡Gabi! —se quejó Alejandro, amagando con alejarse, pero Gabriel lo sostuvo con firmeza por la cintura para evitar que se moviera.

—En serio —agregó Gabriel, suavizando el tono—. Tu sonrisa. Me gusta cuando te ríes de tus propios chistes antes de terminar de contarlos. Tus ojos, porque siempre sé exactamente qué estás pensando aunque intentes disimularlo. Y tu cara en general. Me gusta mirarte.

Alejandro sintió cómo el calor le subía por el cuello hasta las orejas. A pesar de ser él quien siempre buscaba las palabras, cuando Gabriel decidía ser directo, el impacto era el triple de fuerte. Sonrió de esa forma amplia y un poco tonta que solo le salía cuando estaba verdaderamente conmovido.

—Vale, aceptado. Fue una buena respuesta —admitió Alejandro, acomodándose mejor entre las piernas de Gabriel y apoyando el mentón en su pecho—. ¿Y qué cosa no te gustaría que cambiara nunca? ¿Hay algo de mí que quieras que se quede tal cual está para siempre?

Gabriel no tuvo ni que pensarlo. Sus dedos subieron de inmediato hasta la nuca de Alejandro, colándose entre los mechones oscuros y densos que ya le llegaban casi a los hombros. Empezó a acariciarle el cuero cabelludo con un movimiento lento y rítmico, disfrutando del grosor y la textura de su cabello.

—Tu pelo —dijo Gabriel sin dudar—. Me gusta largo. No quiero que te lo cortes.

Alejandro parpadeó, sorprendido por la respuesta tan específica. Llevaba varios meses dejándoselo crecer, más por pereza de ir a la peluquería durante las agendas apretadas del debut que por una decisión estética consciente. Agarró su propio teléfono del suelo, fingiendo buscar el número de la barbería.

—¿Tu pelo? —repitió Alejandro, alzando una ceja con dramatismo juguetón—. ¿Es una broma? O sea, que si me hago un corte militar me dejas de amar. Okay, voy a cortarme el pelo ahora mismo. Voy a sacar la cita ya, quiero ver si solo amas mi pelo

Antes de que pudiera marcar cualquier número imaginario, Gabriel lo atrapó del antebrazo y tiró de él hacia atrás con fuerza suficiente para hacer que Alejandro volviera a caer contra su pecho. La mirada de Gabriel era seria, pero el destello juguetón en sus ojos lo delataba.

—Te cortas el pelo y me mato —soltó Gabriel sin titubear.
Alejandro soltó una carcajada dramática.

—¿Te matas? ¡Qué exagerado!

—Me mato, okay —insistió Gabriel en tono monocorde y tajante—. Entro en depresión, caigo en las drogas. Arruino el grupo. Todo por tu culpa.

—¡Pero qué violento! —se rió Alejandro, dándole un golpe suave en el costado—. A ver, ¿por qué tanto drama por el pelo? Si me lo corto de nuevo, sigo siendo yo.

Gabriel se acomodó en el sillón, tirando sutilmente del cabello de Alejandro hacia atrás para obligarlo a inclinar la cabeza hacia arriba. Su mirada se volvió un poco más oscura, perdiendo la inocencia del juego anterior para dar paso a algo mucho más denso.

—Porque hay cosas que quiero hacer con tu cabello —dijo Gabriel en un susurro que rozó la oreja de Alejandro—. Y solo puedo hacerlo si está largo. De hecho, todavía necesita crecer un poco más para lo que tengo pensado.

Alejandro sintió cómo el aire se le atascaba un segundo en la garganta. La voz de Gabriel no había sido juguetona, sino grave, pesada, de esas que usaba cuando la temperatura del departamento empezaba a subir sin aviso.
—Ah... cochino —articuló Alejandro, —. O sea... tu solo piensas en... cosas.

—Cosas —repitió Gabriel, manteniendo la vista fija en sus labios.

Alejandro no se echó hacia atrás esta vez. En lugar de eso, soltó el teléfono, dejando que cayera sobre la alfombra, y cambió de posición sobre el regazo de Gabriel. Apoyó las rodillas a cada lado de sus muslos, quedando completamente sobre él. Sus manos subieron despacio hasta posarse en los hombros de Gabriel, sintiendo cómo se tensaban bajo su peso.

—¿Y se puede saber qué clase de cosas, Gabriel? —provocó Alejandro en un murmullo, acercando su cara a penas a un par de centímetros de la suya, disfrutando del destello de sorpresa y deseo que cruzó los ojos de su novio—. Porque si vas a amenazar con arruinar tu vida por mi pelo, creo que me debes una demostración de porque para ti es tan importante

El departamento se había vuelto más pequeño de repente. El aroma a café y lavanda se mezclaba ahora con el calor que subía entre ellos, espeso y dulce. Alejandro seguía a horcajadas sobre Gabriel, las rodillas hundidas en el sillón a cada lado de sus caderas, las manos firmes en sus hombros. La distancia entre sus bocas era mínima; bastaba un suspiro para que se tocaran.

Gabriel no respondió con palabras. En su lugar, subió ambas manos hasta la nuca de Alejandro y enredó los dedos en esos mechones oscuros y densos que tanto le gustaban. Tiró con suavidad, lo justo para inclinar la cabeza de Alejandro hacia atrás y exponerle el cuello. Le besó la garganta, lento, dejando que los labios se demoraran en la piel caliente.

—Baja —murmuró contra su piel, la voz grave y ronca—. Quiero jugar con tu cabello.

Alejandro se estremeció. Obedeció sin prisa, deslizándose hacia abajo entre las piernas de Gabriel. Se arrodilló en el suelo, entre sus muslos abiertos, y levantó la vista. Gabriel seguía con una mano enredada en su cabello, acariciando, tirando apenas, como si midiera la fuerza que necesitaba.

—Así… —susurró Gabriel, y tiró un poco más, guiándolo hacia adelante.

Alejandro abrió el cierre del pantalón de Gabriel con dedos torpes de anticipación. Lo liberó, ya duro y caliente, y pasó la lengua por la punta con una caricia lenta, saboreándolo. Gabriel exhaló un sonido bajo, casi un gemido, y la mano en el cabello de Alejandro se cerró con más firmeza. Tiró hacia atrás primero, obligándolo a mirarlo a los ojos, y luego lo empujó con suavidad hacia adelante, metiéndole la cabeza hasta que los labios de Alejandro rodearon su miembro por completo.

—Justo así… —respiró Gabriel, la voz entrecortada—. Tu boca… mira que lindos se ven mis dedos enredandos en tu cabello… joder, amor.

Alejandro se dejó guiar. Cada tirón suave de Gabriel marcaba el ritmo: hacia atrás, dejando que saliera casi del todo, y luego hacia adelante, profundizando, dejando que la punta rozara el fondo de su garganta. El cabello largo se deslizaba entre los dedos de Gabriel, y cada vez que tiraba, Alejandro gemía alrededor de él, el sonido vibrando contra la piel sensible. Gabriel no era brusco; era insistente, tierno en la intensidad, como si cada movimiento de su mano fuera una forma de decir “te quiero” sin palabras.

—Eres tan lindo así… —murmuró Gabriel, acariciándole la mejilla con el pulgar libre mientras la otra mano seguía controlando el vaivén—. Con la boca llena… y el cabello entre mis dedos. No te cortes nunca, ¿oíste? Mas largo va a ser mas fácil de jalar.

Alejandro levantó la vista, ojos húmedos y brillantes, y asintió lo mejor que pudo. Gabriel soltó un suspiro tembloroso y tiró de él hacia arriba, sacándolo con cuidado. Alejandro se subió de nuevo a su regazo, labios hinchados y brillantes, y Gabriel lo besó con hambre contenida, saboreándose a sí mismo en su boca.

—Quiero estar dentro de ti —dijo contra sus labios, la voz baja y urgente—. ¿Me dejas?

Alejandro asintió, ya sin palabras bonitas, solo con esa sonrisa amplia y un poco tonta que le salía cuando estaba demasiado conmovido. Se ayudaron mutuamente a quitarse la ropa restante, con risas suaves cuando algún cierre se atascaba o cuando Alejandro casi se caía del sillón. Cuando estuvieron desnudos, Gabriel lo acomodó de nuevo a horcajadas, pero esta vez de frente, pecho contra pecho.

Preparó a Alejandro con dedos lentos y cuidadosos, besándole la boca, el cuello, el hombro, mientras le susurraba cosas suaves al oído: lo mucho que le gustaba su cuerpo, lo bien que se sentía, lo hermoso que era cuando se abría para él. Cuando Alejandro empezó a mover las caderas pidiendo más, Gabriel se alineó y entró despacio, centímetro a centímetro, dejando que Alejandro se acostumbrara, que se hundiera en él a su propio ritmo.

—Gabi… —suspiró Alejandro, la frente apoyada en la de él, los ojos cerrados—. Te sientes… tan bien.

Gabriel envolvió el cabello de Alejandro otra vez, tirando con suavidad para obligarlo a mirarlo mientras empezaba a moverse. Empujes profundos y pausados, cadera contra cadera, el sillón crujiendo apenas bajo ellos. Cada vez que Alejandro gemía más alto, Gabriel tiraba un poco más del pelo, no para lastimarlo, sino para mantenerlo presente, para verle la expresión de placer abierto y vulnerable.

—Te amo —dijo Gabriel de pronto, sin rodeos, la voz rota de emoción—. Te amo, Ale. Tu sonrisa… tus ojos... tu cabello… cómo me miras… todo.

Alejandro se derritió. Se aferró a los hombros de Gabriel y empezó a moverse con él, encontrando un ritmo compartido, tierno y profundo. Se besaron entre gemidos, se tocaron con manos torpes y cariñosas, se dijeron tonterías al oído. Cuando el placer se acumuló demasiado, Gabriel tiró del cabello de Alejandro una última vez, firmemente, y lo besó con fuerza mientras ambos se corrían casi al mismo tiempo, temblando, abrazados con fuerza, el nombre del otro escapándose de sus labios como una confesión.

Después se quedaron así, pegados, respirando agitados. Gabriel no soltó el cabello de Alejandro; solo pasó de tirar a acariciar, peinándolo con los dedos mientras le dejaba besos perezosos en la sien.

—¿Ves? —murmuró Alejandro, todavía con la voz ronca, una sonrisa perezosa en la cara—. Por eso no me lo corto.

Gabriel soltó una risa baja, suave, y lo apretó más contra su pecho.

—Exacto. Ahora cállate y déjame seguir tocándolo un rato.

Alejandro se rió también, escondiendo la cara en el cuello de Gabriel, y el departamento volvió a oler solo a café, lavanda y a ellos dos.