Work Text:
“Dime cuánto va a dolerme la verdad.
Tampoco sé muy bien si la quiero oír…
Sé que en eso hemos basado la amistad.
Un día te protejo a ti, y tú, otro a mí.
Siempre logras que vuelva otra vez la fiesta.
Y que el mundo frene su velocidad.
Con una copa de más como respuesta.
A cada mal de amores, a cada pena.
Pa’ que ya no llore'… “
¿Qué pasa cuando la nostalgia llega a su fin?, ese sentimiento de dopamina disiparse en un abrir y cerrar de ojos, así como la vida misma. Tantas horas, tantas mañanas, tardes, madrugadas y noches. No siempre la vida nos da lo que eseamos, pero siempre es buen momento reconocer lo que el corazón anhela.
Aunque ya haya sido demasiado tarde.
Dos jóvenes, una historia, un sueño en común que terminó por caminos distintos. Dos corazones buscándose en un océano infinito de emociones y sensaciones a flor de piel. Lo que no se dijo en aquel entonces, tarde o temprano iba a salir a la luz. Pero para muchos y muchas, aquello era evidente. No con cualquiera podías compartir un sueño y aún así mirarle con ese brillo cada vez que sonríe cerca de ti…
Más de veinte años tuvieron que pasar.
Lionel Scaloni siempre fue de callar lo que sentía, por el simple hecho de que su accionar, su actuar eran su lenguaje del amor. Único, centrado en prestar atención incluso a los más insignificantes detalles. De joven, no lo pensaba todo así, todo era impulso, risas, emoción, pisar el filo del barranco más de una vez. Y ahí estaba en aquella sub-20, con su compañero de vida, Pablo Aimar.
Aunque al principio su vínculo no se daba debido a las claras diferencias entre dos personalidades meramente competitivas, aprendieron a leerse en silencio, a complementar y utilizar esa compatibilidad exquisita a la hora de jugar cosa que a todos y todas les llevaba una gran sorpresa.
“Dos personas tan diferentes eran uno solo cuando estar detrás de la pelota frente a tantas personas se trataba.”
Lio quería confesarle tantas veces a Pablo cuánto sentía por él, pero sus palabras quedaban a la mitad, sea por una interrupción del grupo, o porque algún suceso inesperado pareciera precio pagado del universo mismo como prueba mayor, los apartaba. Nunca llegó, ese sentimiento quedó en absoluto cuando la distania entre ambos sucedió, no por diferencias, sino porque la vida tenía planes diferentes para estos dos corazones.
“ Destinados como el mar y la arena.
Algo me falta si tú no estás aquí.
Eres como la sangre que hay en mis venas.
Indispensable pa’ vivir.
Si supieras que esa respuesta.
Es todo lo que quieres oír.
Yo ya te dejé la puerta abierta.
Contigo me atrevo a sentir… “
( . . . )
En el último mundial, Argentina había quedado en segundo lugar y Scaloni cargaba con una culpa mayormente innecesaria de no haber llegado a la gloria su tierra natal una vez más. Muchos no entendían el por qué el dolor le afligía tanto a él. Nadie, o eso quizá pensó todo este tiempo de regreso a casa. Como agradecimiento a cada uno los abrazó, su selección era su familia, pero sintió que los había decepcionado al no cumplir su promesa. Quería irse. Desaparecer. Lo más recomendado para todos luego de escuchar sobre su decisión, era que también volviese a tocar pasto, sentir sus raíces, su pueblo, Pujato, una vez más. Así fue como Scaloni viajó de regreso con su familia.
Sin embargo, jamás pensó que apenas pisaron Argentina, la gente misma los recibió como reyes durante días. Eso quebró más su corazón al pueblerino. Que aún a pesar de haberles fallado, lo amaban con corazón y alma. No querían que se fuera. Más de uno se lo recordó.
Ese tema lo habló con Pablo varias veces pero terminaba en discusiones innecesarias y malentendidos exagerados. Eran dos caracteres explosivos; así como el mar y el viento daban bellos paisajes en las costas, también podían causar el peor de los tsunamis.
Ese regocijo, esa alegría poco a poco lograba calmar su auto flagelo, porque hasta en su pueblo natal todos lo recibieron con un abrazo. Sus hijos, su ex esposa, sus padres, toda su familia. Su pueblo también era su familia. Le recordaban de que todo iba a estar bien, que las derrotas son necesarias para renacer y conseguir nuevas victorias.
Las noches de lágrimas continuaban cuando el silencio abrazaba esa casa. Quería estar solo. Nadie lo dejaba en paz, no en el mal sentido, sino el recuerdo de aquella calidez hogareña de su gran hogar era rebalsada entre risas, cánticos y celebraciones afuera de su casa por la gente del pueblo. Pero en una noche, ante la sinsistentes invitaciones de sus padres, y sus hijos, salió de casa.
“ Puedo ver la vida en color.
Todo el barrio nos mira.
Bebernos las horas como si fuera licor.
Te doy la mano y corremos, dentro de un rato volvemos.
Que nadie llame que no respondemos. “
Todos le recibieron entre aplausos.
Fuera de casa estaban los pueblerinos y su familia. Varias parrillas de asado, músicos, banderas argentinas, niños corriendo por doquier, algunos jugando al truco en unas mesas plegables no muy lejos de ahí. Él, limpiándose los ojos con el dorso de su mano, les sonrió. Lo conocían lo suficiente, que esa sensación de hogar lo era todo para él, y siempre lo recuerda cuando no está en casa. Su casa. Pero su verdadero hogar, todavía no tenía señales de vida. Habían pasado varios días desde que no había hablado con Pablo. Su última charla en persona fue una fuerte discusión donde implicó muchas cosas de por medio. Una lástima que tuviese que perderse todo esto, porque lo conoce lo suficiente como para decir que estaría más que encantado elebrando con el resto de la gente.
Hogar.
Su hogar siempre fue él.
Dicen que pensar en la primera persona con quien compartirías maravillosos momentos, es la que marcó tu corazón. Así era. Con el pasar de los años afrontar sus emociones eran una guerra que no podía ganar, hasta que años atrás, lo aceptó. Su peso verdadero era aquel silencio, aquel arrepentimiento de no haber sido claro con lo que sintió desde la primera vez, incluso sí eso llevaba al rechazo mismo. Pero el miedo a ello, pudo más. Prefirió ser su amigo, que vivir una eternidad sin saber de él.
“ Puedo ver la vida en color.
Todo el barrio nos mira.
Bebernos las horas como si fuera licor.
Te doy la mano y corremos, dentro de un rato volvemos.
Que nadie llame que no respondemos. “
Entre el bullicio de las personas, los regalos y abrazos compartidos, un auto se estacionó no muy lejos. Incluso a altas horas de la noche lograría reconocerlo. Quedó estático.
El tiempo se había detenido cuando aquel hombre bajó del vehículo. Era Pablo.
La música adornaba el momento majestuosamente, la gente acompañaba los cánticos, y él, él tenía ojos para una sola persona. Uno de sus hijos se dio cuenta, a lo que le golpeó en la pierna, suave, cuando Lio lo vio rompiendo su trance, éste ladeó el rostro para que vaya hacia allá. Un abrazo padre e hijo compartieron, y comenzó a alejarse entre la gente que cantaba su nombre.
Y ahí estaba, de un momento a otro se sentía como aquel último mundial juntos, celebrando una hermosa victoria, Lio joven empujando a las personas porque al primero que quería abrazar era él. Nostalgia.
Con el corazón a mil por hora aceleró, y no pasaron más de diez segundos para que Aimar se diera cuenta, cosa que hizo lo mismo, fue hacia él. Pidiendo permiso a su paso, la gente le reconoció, el cántico del pueblo en celebración por un miembro más de la Scaloneta en su fiesta.
Aquellos jóvenes se abrazaron entre tanta gente. El universo no existía, ambos estaban juntos otra vez. Silenciosa necesidad de querer al otro, se cumplió, una manifestación silenciosa. Misma imagen de aquellos jóvenes atrapándose en un abrazo, se repitió. Eran sus almas encontrando el regreso a casa, solo que hoy eran dos personas realizadas, con caminos dintintos volviendo a cruzarse. Esta vez, para no dejarse ir.
El rostro del cordobés acunado en la curvatura derecha del más alto, éste envolviéndole con sus brazos asegurándose de que esto fuese lo suficientemente real para no caer en ninguna pesadilla.
“ Tú me curas esta soledad, soledad.
Soledad, sole, sole, soledad…
Tú me curas esta soledad, soledad.
Soledad, sole, sole, soledad…
Esto no era solo amistad. Y ambos lo sabían. Porque Scaloni nunca se puso a pensar de que también la otra persona lo amaba. No solo como un amigo.
Tú me curas esta soledad, soledad.
Soledad, sole, sole, soledad…
Entonces Lio toma su mano, cortando momentáneamente aquel abrazo, le regala una sonrisa, cálida a su amado para llevárselo al festejo. Ya había varias parejas bailando cerca de los grupos musicales. Se lo llevó a bailar. Toda vergüenza se había ido, toda tristeza, toda angustia. Su presencia era una curita para su alma. Y aunque disfrutaba aquella mirada de hombre perdido, sonrojado de la pena de estar entre tanta gente, no fue impedimento para detenerse.
Tú me curas esta soledad, soledad.
Soledad, sole, sole, soledad…
Tú me curas, tú me curas... “
Aquellas noches de boliche bailando cuarteto en rebeldes escapadas fuera de los horarios de entrenamiento, las celebraciones con el resto de su familia, la Scaloneta, y ahora, en con su hogar. Estando en su hogar. Dos almas jóvenes que se perdieron, y al reencontrarse la vida le dio como lección de que ya estaban listos para permanecer al lado del otro. Palabras no hicieron falta, ni discursos motivacionales. Solo la risa del pueblo, y sus risas. En conjunto.
Que ante el brillo de las luces nocturnas, para Lionel, Pablo no dejaba de ser hermoso.
Ya para cuando toda la celebración pueblerina había terminado, y las últimas personas habían terminado de limpiar, eran las cuatro de la mañana. Como no iba a permitirle dejarle ir sin descansar, Lio lo invita a dormir a su casa. Horas atrás, luego de los bailes, la comida, la música, partidas de truco, se habían ido al parque del pueblo a caminar a solas tomados de la mano.
Regresaron a su casa, y cuando Lio abre la puerta sin soltar su otra mano la de su hombre amado, lo invita a pasar. Cuando esta cierra, es ahí donde la magia ferviente de dos amantes sucede. El beso que Pablo le dio acorralándolo contra la puerta le toma desprevenido pero lo acepta, al principio tímido hasta que este fue correspondido fielmente.
Aquella mañana no necesitó palabras de confesión, porque unas miradas, unas risas, unos tiempos compartidos solo fueron suficientes para que aquellos dos jóvenes jugadores en proceso suelten todo aquello que cargaban en cada uno de sus silencios.
Encontraron en sus corazones, la cura de su soledad.
Una cura que siempre tuvieron del otro.
