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Es 2007, sos adolescente, estás en casa de tu mejor amigo

Summary:

Pablo y Lionel viviendo la histórica nevada de Buenos Aires.

Notes:

Primero que nada, quería agradecerles a quienes comentaron y dejaron kudos en mi primer OS.

Segundo, quise hacerle a este OS una playlist y compartirla. No es necesario escucharla, es un complemento opcional de la historia.
Link: https://open.spotify.com/playlist/3Pl5MXKrD0nCU7kv6wyhaD?si=WxjhpmyRTciYu2w0etPcBQ&utm_source=copy-link&sci=spotify%3Acard-config%3A4UtlFAQ6iBuY2EEtTOKhGG

Y por último, me inspiré en el tema You Are In Love de Taylor.

Work Text:

Era un día invernal como cualquier otro para los porteños y bonaerenses. El país estaba atravesando una ola polar y hacía días el cielo estaba teñido de gris. El noticiero había anunciado que en algunas partes de la provincia estaba nevando, pero para lo que era la Ciudad de Buenos Aires y el conurbano sonaba a una utopía. Lo más cercano que podrían experimentar era una triste e insulsa aguanieve.

Debido al feriado por el Día de la Independencia, la gente no tuvo que levantarse temprano para ir a trabajar ni los estudiantes tuvieron que ir al colegio, así que había poco movimiento de gente y autos en las calles.

Lionel y Pablo disfrutaban del finde largo en la casa del segundo, en un barrio de chalets de la Zona Norte del conurbano bonaerense. Era normal que uno pasara el tiempo en la casa del otro, y cuando no lo hacían, jugaban a la pelota con otros compañeros de colegio en la Panamericana hasta que se hacía de noche, sobre todo en verano cuando ya estaban de vacaciones y los días eran más largos, y si no, pasaban horas viciando con el Counter en el cíber del barrio. Y cuando no estaban físicamente juntos, se estaban mandando mensajes de texto o chateando por MSN.

Eran, lo que se decía, culo y calzón. Y había sido así desde que se conocieron en salita de tres y Lionel le había preguntado si quería ser su amigo y lo invitó ese mismo día a su casa a tomar chocolatada y ver Pokémon: Mewtwo vs. Mew.

Lionel se había instalado temprano ese día en la casa de los Aimar, que quedaba a pocas cuadras de la suya; llevó una docena y media de churros que compró en el camino y desayunaron chocolate caliente en celebración por la fecha patria mientras estaba puesto el noticiero en la tele.

Después hicieron tiempo arriba, en la pieza de Pablo, hasta la hora de almorzar, chateando con amigos de ambos por MSN con dos tazas de Coca arriba del escritorio. A Lionel le gustaba jorobar mucho a sus amigos con los zumbidos.

Pablo, como buen ricotero, puso como estado la famosa letra de Los Redondos «ya sufriste cosas mejores que estas» más un «(8)» como ícono de la nota musical.

Lionel en un momento se aburrió, se tiró en la cama y simuló que sabía tocar los primeros acordes de Sweet Child O' Mine con la guitarra de Pablo. Entre punteo y punteo, la mirada del más alto se desviaba del instrumento hacia el menor, que estaba concentrado frente al monitor. Se quedó mirándolo un rato largo, fascinado con cómo la luz fría de la pantalla le iluminaba el perfil y los rulos de forma angelical. También pensaba en ese llamativo lunar en la mejilla que adornaba su rostro. Debió habérsele quedado la vista fija más de la cuenta, porque cuando Pablo se dio vuelta en la silla giratoria con una ceja levantada, Lionel tuvo que disimular y hacer de cuenta que el póster gigante de Francescoli pegado detrás de la puerta era lo más interesante de la pieza. Tenía las mejillas en llamas.

El grito de la madre de Pablo llamándolos a comer lo salvó y se levantó como un rayo de la cama para bajar las escaleras. El menor sin entender nada, decidió fingir demencia.

El menú fue locro y empanadas fritas, en honor a la patria.

Después de comer, la familia de Pablo se fue a dar un paseo por Unicenter dejándoles la casa sola. La madre de Pablo se despidió con un cariñoso «pórtense bien», sabiendo que los adolescentes no eran de meterse en problemas.

Se entretuvieron un rato bajando música del Ares para los celulares de cada uno y se rieron de la marcada diferencia en gustos musicales.
Mientras que Pablo se inclinaba más por el rock nacional e internacional, Lionel era de escuchar más variado, no tenía problema con los géneros musicales mientras le gustara la canción, y es por eso que entre su lista estaba:

Limón y sal de Julieta Venegas

Perdóname de La Factoría

Gasolina de Daddy Yankee

Say OK de Vanessa Hudgens

Y hasta un enganchado de La Banda de la Lechuga vs. Agrupación Marilyn en Pasión de Sábado.

Cuando se cansaron, apagaron todo y la pieza quedó a oscuras, salvo por la débil luz natural que entraba por la ventana. Se acostaron en la cama de Pablo, encima de la pesada frazada, quedando mirando fijamente el techo de madera mientras compartían un auricular cada uno del MP3 de Pablo, quien distraídamente jugaba con la tela del buzo de Lionel. Sonaba Juguetes perdidos.
—Che, Leo.

—¿Mmh?

—¿Vos no sentís que está pasando muy rápido el tiempo?

El mayor giró la cabeza para mirarlo.

—¿A qué te referís?

—Es que siento que fue ayer que estábamos en la casa de Walter celebrando el Año Nuevo con los chicos y ya estamos a mitad de año. Es muy loco, ¿no?

—¿Te me pusiste filosófico, Pablito? —preguntó con sonrisa canchera.

—Dale, tarado, te estoy hablando en serio.

Lionel notó que había algo que lo estaba molestando a su amigo y se puso de costado apoyando su cabeza en su mano para mirarlo mejor, borrando la sonrisa canchera que tenía anteriormente para reemplazarla por un porte serio.

—¿Lo decís porque es nuestro último año de colegio juntos?

—Por eso y por todo, creo. Todo está por cambiar. No me gusta.

Pensar en Lionel teniendo un nuevo grupo de amigos y olvidándose de él lo aterraba. Y no quería admitir en voz alta cómo le afectaría otra cosa aún peor: que conociera a alguna chica y verlo de la mano con ella y riéndose con ella. Verlo con cualquier persona que no fuera él.

Hacían todo juntos desde siempre. Que ya no fuera a haber tardes enteras de ellos perdiendo la mitad del tiempo en la computadora y la otra haciendo la tarea se sentía mal, un error.

¿Y si en la facultad no podía hacer amigos? Pablo siempre se caracterizó por ser algo tímido, a diferencia de su mejor amigo, que pareciera que ni se esforzara en caerle bien a los demás. Tenía ese aire jodón, chamuyero y carismático que se llevaba el mundo por delante. Eso sí, podía ser medio denso, pero no había manera de que a alguien no le cayera bien. Hacía chistes malos que solo en él eran graciosos y los sabía usar muy bien para escapar de situaciones, como cuando la preceptora lo regañaba por entrar tarde al aula después del recreo y él solo necesitaba tirar un comentario para hacerla reír.

Un poco le envidiaba (en un buen sentido) esa facilidad para moverse por el mundo de manera desinhibida y despreocupada.

En cambio, él sentía que tenía que esforzarse para hacer las cosas. Que nada le salía natural. Todo tenía que ser pensado, analizado y planeado primero para tomar una iniciativa.

Y era muy lindo. Era alto y tenía rasgos rectos y definidos, como su nariz y sus pómulos. Y una hilera de pestañas largas que adornaban sus ojos oscuros. Siempre se rapaba, pero en el último tiempo se estaba dejando crecer un poco el pelo, haciendo que se le formaran pequeñas ondas.

No era que Pablo no fuese lindo; al contrario, las amigas de su mamá lo adoraban y decían lo tierno que era, más de una vez había recibido cartitas de admiradoras secretas en el colegio y se daba cuenta por las risitas y las miradas nada disimuladas cuándo un grupito de chicas en el patio estaba hablando sobre él. Pero no le gustaba esa atención, lo ponía en una situación muy incómoda. O cuando algún compañero del grupo le preguntaba si le atraía alguna chica. Por más que la respuesta siempre fuera «no», siempre lo cargaban con eso e insistían.

Arrugó con más fuerza en su puño el buzo del más alto como si eso de alguna manera hiciera que se quedaran así para siempre.

—Siento que... que todo el mundo ya tiene bien claro qué va a hacer en el futuro, qué carrera va a seguir, y yo... yo siento que estoy en la orilla todavía mirando para todos lados, solo, sin saber adónde ir.

—¿Te digo algo, Pablín? Yo tampoco tengo idea de qué carajo voy a hacer con mi vida —sonrió amargamente—. Y estoy muy cagado en las patas por eso.

Esto descolocó al más joven.

—Pero... dijiste que ibas a estudiar Agronomía. Te la pasás hablando de eso.

—Sí, bueno, es más bien lo que quieren mis viejos porque ellos son del campo y creen que lo mejor para mí es dedicarme a eso también, pero la verdad me chupa un huevo. Se supone que nos volveríamos cuando estuviera en primer grado, pero como vieron que me adapté bien, nos quedamos. Y ahora sería la hora de volver, pero no quiero saber nada y no sé cómo decirles. Ellos ya hacen mucho por mí viviendo acá con todo el ruido.

Pablo no supo qué responderle; se sentía aliviado en parte de no ser el único sintiéndose así de perdido.

—No sé qué va a pasar con el futuro, Pablo. Pero sí sé que quiero que sigas siendo parte de mi vida y yo de la tuya. Mirá si te vas a librar tan fácil de mí, a quién más le vas a apoyar tus patas heladas en la espalda —dijo mientras su dedo índice tocaba de manera juguetona un costado por debajo de las costillas de Pablo, sabiendo perfectamente que el menor tenía cosquillas allí.

Luego de eso siguieron, más relajados, hablando sobre temas triviales.

Estaban quedándose dormidos a eso de las cuatro de la tarde hasta que Pablo escuchó gente hablando en voz muy alta. Sin moverse de donde estaba y con el ceño fruncido por el sueño, miró por la ventana a la que Lionel le daba la espalda y pudo ver que caía algo blanco del cielo en forma de lluvia.

No, no podía ser lo que pensaba, era imposible.

Sin despertar al mayor, se bajó de la cama y se acercó a la ventana. Afuera, los techos de las casas y autos estaban cubiertos por una delgada capa blanca.

Efectivamente estaba nevando, y en Buenos Aires.

Pablo no dejaba de sonreír, se tiró encima de Lionel y comenzó a zamarrearlo.

—¡Leo, Leo!

—No jodas, Pablo —respondió con voz de dormido.

—¡Despertate, pelotudo! ¡Mirá, está nevando!

—¿Eh? ¿Qué decís? ¿Estás drogado?

—Dale, tarado, te voy a tirar una bola de nieve en la cara si no te levantás ya mismo.

Lionel le hizo caso para así volverse rápido a dormir.

Su expresión cambió de malhumorado a una de sorpresa.

—¡Pablo, está nevando!

—¡¿Viste?! Y vos no me quisiste creer —se cruzó de brazos fingiendo enojo.

—Perdoname, Pablito. ¡Vamos! ¡Hay que ir afuera! —No le dio tiempo a responder y fue a buscar su abrigo.

Cuando Pablo llegó a la planta baja, Lionel estaba terminando de ponerse la campera con la que había llegado temprano.

—Vení, vení, yo te pongo la campera.

De la emoción, voló un botón de la campera de Pablo, que terminó perdiéndose en el piso mientras el mayor se la colocaba de manera apresurada y algo torpe. Al menor no le importó.

Terminaron de ponerse los gorros, los cuellitos de polar y guantes. Tuvieron que volver a subir porque del apuro habían bajado descalzos. Una vez afuera, Pablo cerró la puerta con llave.

Era un paisaje irreal y mágico. La gente estaba fuera de sus casas entre sorprendida y feliz con el inesperado fenómeno meteorológico.

El menor cerró los ojos y estiró el cuello hacia arriba dejando que los pequeños copos cayeran sobre su rostro.

Lionel estaba ocupado formando una bola de nieve para encajársela en la nuca. Pero cuando se dio vuelta con una sonrisa maliciosa, la expresión se le ablandó al verlo así. Desistió de la idea y, aprovechando que Pablo no lo miraba, sacó rápido el celular con tapita, le tomó una foto y guardó el teléfono en el bolsillo.

—¡Dale, Pablo! ¡Se me congela el culo! ¿Te vas a quedar ahí toda la tarde?

—¿Y qué hacemos?

—Una carrera hasta la plaza.

Corrieron varias cuadras entre gritos y risas hasta la plaza más cercana y Lionel ganó la competencia por ventaja. Pablo, en vez de frenar, siguió corriendo para treparse a la espalda del más alto. Lo cargó un par de metros hasta que dejó de sostenerle las piernas para que el menor se bajara.

En minutos se generó una guerra de bolas de nieve entre chicos que eran amigos del colegio y otros conocidos del barrio. Algunos ni siquiera eran conocidos.

Cuando se cansaron, se quedaron sentados muy cerca uno del otro, pero sin llegar a tocarse, en uno de los bancos de la plaza. Solo se escuchaba el ruido de las teclitas de los teléfonos escribiendo mensajes de texto a sus respectivas familias y preguntando si estaban viendo la nieve.

—La puta madre, me cago de frío.

—Y sí, si te trajiste la campera que no abriga una mierda, salame.

—Pero es que es re fachera, ¿me vas a decir que no tiro facha?

—Entonces no te quejes. Y no, te ves como un salame y un rotoso. Mirá tus zapatillas, te va a dar una neumonía. A ver, vení acá.

Pablo tenía puesto un par de guantes que tomó prestados de su hermano, que usaba para andar en moto, así que retenían mejor el calor que los de lana que llevaba Lionel, que estaban empapados. El menor se sacó los propios, después los ajenos, agarró ambas manos entre las suyas y empezó a hacer movimientos para darles calor y las acercaba a su boca para darles aliento caliente.
Después abrió su propia campera y se acercó a su amigo para abrazarlo.

—¿Sentís menos frío ahora?

—Sí, se me fue un poco. Gracias, Pablito.

Más tarde intentaron hacer muñecos como en las películas, pero eran más parecidos a una cosa amorfa de barro que a un muñeco de nieve en sí. Eso no impidió que ambos largaran carcajadas de lo feos y deformes que quedaron y se sacaran fotos posando con ellos.

La sesión de fotos incluyó una foto de Pablo, en puntitas de pie, dándole un suave beso en la mejilla a su amigo.

La tarde se pasó volando hasta que se hizo de noche. Sin embargo, eso no detenía a la gente de seguir disfrutando de la nevada de aquella tarde que todavía seguía cayendo en la ciudad. Las familias todavía se sacaban fotos con celulares y cámaras digitales y jugaban en la nieve. Había bocinazos y cantos. Fue un Día de la Independencia de fiesta y diversión que nadie quiso perderse.

Pablo y Lionel decidieron que era hora de volver a casa. Recién en ese momento se percataron de todo el recorrido por la ciudad que habían hecho.

Emprendieron la vuelta caminando despacio, admirando el paisaje blanco. Ninguno quería volver.

Charlaron un poco y se alegraron con la idea de que muy probablemente, por las bajas temperaturas, no iban a tener clase al día siguiente tampoco.

A veces se detenían para sacarse más fotos y escribir sobre los coches.

En un momento detuvieron el paso y se quedaron parados ahí, en el medio de la nieve, quedando frente a frente sin poder borrar las sonrisas de sus caras.

—Nunca me voy a olvidar de este día.

—Yo tampoco.

Lionel no tenía mucha idea sobre qué era el amor. Él tenía la leve sospecha de que se trataba de no aburrirse nunca de la otra persona. Y cuánta verdad. Nunca se podría aburrir de Pablo.

Hubo una pausa por parte del más alto y una mirada extraña que Pablo no pudo descifrar. Y luego dijo:

—Sos mi mejor amigo, Pablo.

Ahí fue cuando les hizo click.

Se dieron cuenta de que estaban hasta las manos.

El más bajito acortó los pocos centímetros que los separaban y juntó sus frentes, y ambos cerraron los ojos, sintiendo cómo sus corazones explotaban en miles de corazones chiquitos como fuegos artificiales.

Nada era certero sobre el futuro, pero ambos estaban dentro de su propia bola de nieve que los protegía del mundo.