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Exposición a la Luz Solar

Summary:

Sanji nunca logra escapar de los Vinsmoke durante su infancia, y Zoro se encuentra en el camino de Germa 66 después del desastre de Sabaody.

Notes:

N.A.: Esto... ¡podría haber sido realmente oscuro y jodido! pero escribí una (1) escena donde los hermanos de Sanji lo acosan, y confirmé que el Trauma Crudo no es mi género; esto aun así no es alegre sobre los Vinsmokes en general, pero podría haber sido mucho peor.

Nota de traductora: ¡¡Volvemos con otro fic largo!! Probablemente cada semana publique dos capitulos, ya que este me resulta más facil de traducir que al anterior. ¡¡Espero que disfruten la lectura!!

Chapter 1: Una Nueva Línea de Trabajo

Chapter Text

 

No tiene ni idea de dónde está, pero es una isla de pacotilla. Tiene que ser algún tipo de broma, que el cabrón del Shichibukai lo haya enviado a un lugar donde el pueblo se mueve constantemente. Y nadie podría culpar al pésimo sentido de orientación de Zoro, si es que hubiera alguien a quien quejarse, porque el pueblo sí se mueve.

Tras días de intentar seguir el rastro del humo de chimenea sobre llanuras cubiertas de hierba de color malva, púrpura y verde chartreuse, Zoro por fin puede confirmarlo con sus propios ojos. Sale tambaleándose de la vegetación, que le llega hasta el pecho donde es clemente y le cubre bastante la cabeza donde es saludable, y tropieza con los surcos aplanados por las ruedas de carretas. Aquí hay un círculo pisoteado, del tamaño de una plaza de pueblo decente, con algunas hogueras que aún dejan escapar volutas de humo al aire de la tarde.

Así que quizá aún no haya visto a la gente, pero sin duda hay una civilización por aquí, y al menos puede respirar sin inhalar briznas de hierba por un rato. Los restos de los incendios apestan, claramente alimentados con estiércol animal en lugar de leña, pero resulta casi reconfortante desplomarse sobre la hierba aplastada y contemplar el cielo durante un rato. Zoro no ha podido escapar del susurro de la hierba durante días, así que incluso esta pequeña distancia es un alivio.

Maldita isla de mierda. Si pudiera encontrar la orilla, podría encontrar un bote y salir de este lugar, pero la maldita hierba se extiende sin fin en todas direcciones. Zoro ni siquiera puede percibir el olor a sal sobre el césped seco y empapado por el sol. Al menos hay un montón de pájaros tontos que no vuelan y que corren por túneles estrechos cerca del suelo, y los extraños y largos depredadores que se los comen. No ha pasado hambre, pese a que es difícil mantener un fuego lo suficientemente fuerte como para cocinar cuando no hay nada que quemar excepto hierba, hierba y más hierba.

Como sea. Si sigue las huellas de las ruedas, encontrará a la gente, y ellos deben saber donde está la costa. Se bajará de este miserable montón de heno y volverá a Sabaody, y no perderá más tiempo.

Impulsándose hacia arriba, Zoro rodea el borde del espacio pisoteado y elige una dirección. Las huellas se bifurcan en solo dos puntos, y él elige aquel donde la hierba parece más plana. Espera que la caravana, o como sea que viaje esta gente, no se mueva tan rápido.

En el camino, encuentra algunos objetos perdidos. Son menos de lo que cabría esperar, una vez que Zoro empieza a fijarse en ellos, y de alguna manera los objetos antrópicos desentonan con la monotonía vacía del paisaje. Un trozo de cerámica roto, un trozo de tela con bordes bordados no mucho más grande que su bandana, un abanico de mano tejido con la propia hierba, con la imagen de un caballo tejida en el diseño.

Y un periódico. Zoro no tiene forma de saber si es reciente, pero reconoce el rostro en la portada y tiene que sentarse al borde de las huellas para leer el artículo. Los marines han capturado a Puño de Fuego Ace, y no están perdiendo el tiempo en fijar la fecha de ejecución.

Zoro arruga el papel entre sus puños, rasgándolo y haciendo un agujero en el centro. En serio que tiene que alcanzar a quienquiera que haya hecho estas huellas. Su capitán lo necesita.

Resulta mucho más fácil encontrar gente una vez que toda la pradera se incendia. Al principio, Zoro no se da cuenta de que la cálida brisa canalizándose por las huellas aplanadas es antinatural, pero pronto puede oír gritos por encima del ruido incesante de la hierba, y después de eso la situación se hace evidente muy rápidamente.

Una llamarada surge sobre la hierba, lanzando chispas que se elevan por la pradera. Un grito particularmente fuerte se intensifica y se interrumpe abruptamente. Echando a correr, Zoro se lanza en medio de la conmoción.

Carretas destrozadas yacen esparcidas por la zona, algunas ya reducidas a cáscaras chamuscadas, otras crepitando mientras las llamas consumen sus coloridas superficies esmaltadas. Algunos de los gritos son de bueyes, otro de humanos; Zoro puede ver un crujido en la hierba alta, sin duda gente que intenta huir. Al principio no puede ver quién—o qué—está causando la distracción, solo el caos consumiendo la zona.

Entonces una franja azul atraviesa el cielo, seguida de una verde, y para cuando una tercera franja rosa cruza su visión, Zoro puede distinguir las figuras que vuelan sobre él. Un nuevo estallido de llamas surge cerca, y una franja roja emerge de él, uniéndose a los demás en una vuelta alrededor de la carnicería.

Puede determinar el momento exacto en que lo descubren, con una intención asesina tan fuerte como ninguna otra que haya sentido jamás, casi haciendo que Zoro caiga de rodillas. Pero Zoro no se enfrentó a Shichibukai y a Almirantes solo para dejar que un enemigo sin nombre lo intimide de esa manera, así que empuña su katana y se mantiene firme.

Estos caen al suelo como cometas, y sus poses de aterrizaje están demasiado coreografiadas como para que Zoro se las tome en serio. No es que no se haya enfrentado antes a rivales que llevan lo exagerado a otro nivel, pero estos tipos parecen sacados de un cómic infantil.

—Explícate —exige la figura en rojo. Él debe estar al mando; los demás se dispersan un paso detrás de este en una demostración de agresividad igualmente ensayada.

—¿Por qué debería? —replica Zoro. Cuatro de ellos, sin armas visibles; Zoro sospecharía de una fruta del diablo, pero parecen tener demasiado en común, y los trajes a juego se ven extraños—

—Estamos aquí para pacificar esta isla —declara el de rojo—, así que si te rehúsas, también te eliminaremos.

—¿Pacificar? —Claro, él también ha escuchado ese tipo de retórica antes, pero siempre resulta irónico cuando quien la profiere se encuentra de espaldas a un panorama de vidas arruinadas.

El de verde arrastra sus pies, rozando con la punta del pie un trozo de madera chamuscada, y el de azul se remueve con impaciencia. La única mujer, ligeramente apartada de los tres con un estúpido traje rosa que parece una mariposa, si las mariposas tuvieran pechos enormes y apenas cubiertos, suspira.

—El líder de los demás residentes de este lugar nos contrató para resolver una disputa sobre derechos de pastoreo —dice el de azul con una sonrisa de suficiencia—. Así que si planeas vengarte de estos gusanos, acabemos con esto de una vez.

—Whoa, yo no soy de aquí —murmura Zoro, levantando la mano que no está sobre sus espadas—. No me importan los derechos de pastoreo.

Son cuatro, y Zoro puede ver que son fuertes. Las probabilidades no son buenas, con él herido por Sabaody, y si estos tipos son mercenarios, no hay ninguna buena razón para luchar contra ellos. Mala suerte para la gente de la caravana, pero Zoro no tiene nada que ver con esto. Quién sabe, tal vez ellos habrían ido tras quien contrató a estos bichos raros con la misma crueldad.

—Lo veo poco probable —dice el de rojo, sin inflexión. Zoro desearía poder ver los ojos del tipo, pero tanto él como el de azul llevan unas gafas de sol que haría que Franky sintiera envidia. Si se guía por el de verde, que lo observa con una sonrisa sanguinaria y ojos de tiburón, Zoro necesita hablar rápido. ¿Dónde está la bruja cuando la necesita?

—Nah, yo soy un– —Zoro titubea un momento, tratando de idear un plan—, –un cazarrecompensas. Me desvié del rumbo, mi bote se estrelló, he estado vagando por este mierdero durante días —agrega él.

—¿Se te da bien? —pregunta el de verde.

Zoro se eriza—. Voy a ser el mejor espadachín del mundo–

Verde se ríe entre dientes, y Zoro necesita hacer un gran esfuerzo para no apuntarlo con su espada. La de rosa pone los ojos en blanco.

—Está bien —declara el líder—. Creo que no tienes nada que ver con nuestra misión. Nos vamos.

—Esperen —dice Zoro, mientras estos se dan vuelta para marcharse con la misma sincronización exagerada con la que entraron—. Eh, ¿hay alguna posibilidad de que me lleven de esta isla?

—¿Por qué deberíamos ayudarte? —pregunta el de azul, con escepticismo en cada línea de su cuerpo. Las cuatro capas ondean con la misma elegancia cuando estos se detienen.

—Ustedes son mercenarios, ¿cierto? —dice Zoro. Le está saliendo la lengua más rápido que el cerebro, pero tiene que irse de aquí—. Lucharé con ustedes. No viene mal tener una o tres espadas más.

—El Reino de Germa no es una simple organización mercenaria —proclama el de rojo con altivez. Zoro piensa que ya está, que no hay nada que hacer, pero la de rosa da un paso al frente, poniendo una mano en el brazo del líder.

—Qué interesante propuesta —dice ella, colocando un dedo en su barbilla mientras apoya su peso sobre el de rojo, con la cadera hacia afuera. Este se gira para mirarla, con una expresión indescifrable tras las gafas, mientras el de verde pone cara de sorpresa.

—Tenemos muchos soldados rasos comunes —replica el de azul, igualmente indescifrable, mientras se vuelve hacia la mujer.

—No soy un soldado común —interviene Zoro—. Sáquenme de este montón de hierba y se los demostraré.

El de rojo se encoge de hombros, y la de rosa se acerca más—. ¿Cuál es tu nombre, espadachín? —pregunta ella.

—Roronoa Zoro, Cazador de Piratas —anuncia este, con la mayor seguridad posible—. Me llaman el Demonio del Este–

—Encantada —dice la mujer, restándole importancia a su presentación—. Dicen que la fortuna favorece a los audaces. ¿Estás seguro de que quieres unirte bajo nuestra bandera?

Por un día, o una semana, o el tiempo que sea necesario para ponerse en marcha, Zoro puede blandir sus espadas a voluntad. No es que haya hecho trabajos de mercenario antes, pero ¿qué tan difícil puede ser? Con la mandíbula apretada, este asiente.

La de rosa se le acerca sigilosamente, moviendo las caderas de una manera que preocupa a Zoro por su columna vertebral. La exagerada protuberancia de su pecho tampoco puede ser saludable.

—Un soldado especialmente talentoso puede que también obtenga otras recompensas —ronronea ella, lamiéndose los labios pintados y bajando la mirada para observarlo a través de sus pestañas.

Zoro se la queda mirando.

—Huh —dice ella, y de repente hay una mujer de aspecto mucho más normal parada allí. El mismo atuendo ridículo y las mismas curvas voluptuosas o lo que sea, pero esta se endereza y lo ve con una mirada penetrante que recuerda mucho más a Robin de lo que a Zoro le resulta cómodo—. Pues bien, creo que podemos llegar a un acuerdo. Permíteme presentarte a los comandantes de Germa 66.

—Sparking Red, Vinsmoke Ichiji —declara el líder, adoptando una pose. Y aquí Zoro casi los estaba tomando en serio.

—Shocking Blue, Vinsmoke Niji —proclama el de azul, con un pretencioso movimiento de su capa.

—¡Winch Green, Vinsmoke Yonji! —grita el de verde, levantando un puño en el aire.

—Y Poison Pink, Vinsmoke Reiju —termina la de rosa, con un guiño exagerado. Zoro hace todo lo posible para no sentir arcadas ante tanta pompa, pero no puede adivinar que aspecto tiene su propio rostro.

—A su servicio, supongo —dice Zoro. Ichiji levanta una ceja—una ceja extraña y enroscada, como Zoro ahora nota; los cuatro la tienen—pero solo le hace un gesto altivo y le indica a Zoro que los siga de regreso a la costa.

Esta apenas se encuentra sobre la siguiente loma de pradera, oculta únicamente por la enorme altura de la estúpida hierba. Zoro está un poco enfadado por eso, pero solo hay un barco a la vista, así que de todas formas habría tenido que pedirles a esos tipos que lo llevaran.

Es un barco extraño, independientemente de las otras proezas de ingeniería insólitas con las que se ha topado Zoro. Aquello es más un fragmento de castillo que otra cosa, un trozo de muro y parte de una almena sobre el lomo de un caracol gigante. Una bandera con un doble seis en negrita ondea en lo alto de una torre descentrada.

—Germa 66 es una nación móvil —le informa Reiju mientras abordan. Un pelotón de soldados, todos inquietantemente parecidos, vitorean el regreso de los hermanos—. Hemos dedicado toda nuestra historia de invención científica a mejorar nuestra destreza militar bajo el reinado de Vinsmoke Judge y su sueño de recuperar la soberanía sobre todo el North Blue.

—Somos el proyecto más exitoso de Padre —añade Niji con aire de suficiencia.

—¿Padre? —pregunta Zoro, mirando a Reiju. Ella parece la más propensa a responder.

—El Rey —explica ella, dedicándole una pequeña sonrisa condescendiente—. Nosotros cuatro, los máximos comandantes de Germa, somos todos sus hijos y el mayor éxito de sus esfuerzos científicos.

Zoro reprime un suspiro. Por supuesto que lo son—. ¿Entonces no es obra de una Fruta del Diablo?

—No —dice Reiju con simpleza.

—Germa 66 es la vanguardia de la tecnología, el surgimiento de una nueva y superior raza humana —declara Ichiji. Las palabras son vanagloriosas, pero la voz de hombre es simplemente engreída, casi indiferente.

—No sé qué utilidad tendremos para un espadachín normal —dice Yonji con tono pausado, mirando a Reiju.

—Te lo demostraré aquí– —empieza a decir Zoro. Este tipo está buscando pelea, y no está en la naturaleza de Zoro llevarse bien con hombres que dudan de él.

—Después —interrumpe Ichiji.

—Aww —se queja Yonji.

—Pongámonos en marcha—exige Niji—, y luego veremos si mereces la pena, Cazador de Piratas.

Zoro resopla, mira con furia, mueve los hombros de una manera que sabe que la mayoría de los hombres les resulta intimidante, pero no protesta. Puede esperar todo ese tiempo para hacer que esos cabrones se traguen sus palabras, y si tiene suerte, él mismo comerá algo antes.

Resulta que hay comida esperando en la sala de mando del barco caracol, y Zoro no es invitado a comer, sino que más bien es arrastrado a la estela de los Vinsmoke, mientras Reiju le sonríe con picardía por encima del hombro de vez en cuando. Los hermanos desprecian la comida, se quejan de la masacre anterior, hablan mal de quienes lo contrataron y, en general, ignoran a Zoro. No es el tipo de ritual de descompresión al que Zoro está acostumbrado—estos tipos no parecen tener una subida de adrenalina de la que liberarse, y su energía no cambia realmente. Pero después de la comida, cada uno va por su lado, y Reiju lo lleva a una pequeña habitación funcional después de que Ichiji pospusiera la cuestión de la demostración hasta la mañana siguiente.

—Estamos regresando a la flota principal para informarle a Padre —le informa ella—. Si logras impresionar a Ichiji antes, tendrás mucha más posibilidades de llegar a donde quieres.

De llegar allí con vida, no dice ella, pero Zoro lo percibe resonando en el resto de sus palabras. Da igual. Está preparado para el desafío.

—Solo esperen —promete él, y ella se marcha con una última risa melodiosa. Qué mujer más extraña. Reiju le está brindando más apoyo del que necesita, y Zoro no tiene la menor idea de por qué.

Él no se preocupa por eso. Una buena noche de sueño lo acercará mucho más a reencontrarse con Luffy que intentar desentrañar las motivaciones de Reiju. Hasta donde Zoro sabe, ella simplemente está aburrida y busca entretenimiento.

La mañana llega con la familiar sensación de las olas bajo sus pies, aunque más atenuadas por el lento avance del caracol que por el del Thousand Sunny. Zoro deambula por monótonos pasillos de piedra hasta que la risa estridente de Yonji lo conduce a la sala de mando de la noche anterior.

Los Vinsmoke, fuera de sus trajes de combate, parecen a la vez más y menos humanos. Esta mañana visten ropa normal, pero es prácticamente un uniforme, con escasos detalles personales. Esto hace que sus colores de cabello, tan singulares, resalten aún más.

—¡Ahí está! —grazna Yonji.

—Ayer reclamaste muchos títulos importantes, Roronoa Zoro —dice Niji, sonriendo con sorna tras sus gafas oscuras—. Hora de defenderlos.

—Hemos reunido a algunos de nuestros mejores soldados en el patio —explica Ichiji, apenas levantando la vista de un periódico—. Si los vences a todos, considérate contratado.

—Espero que no los necesiten a todos vivos —se jacta Zoro.

Está decepcionado por no tener la oportunidad de luchar contra uno de los hermanos, pero Zoro se resiste al impulso de subir la apuesta. En el gran esquema de las cosas, probablemente debería alegrarse de que se lo estén poniendo fácil.

Y vaya que es fácil. Las tropas de Germa son un ejemplo perfecto de soldados, con una musculatura casi demasiado perfecta y un entusiasmo leal inigualable. Manejan sus armas con profesionalismo y destreza, pero carecen de la pasión que caracteriza a un adversario verdaderamente talentoso. A pesar de estar tan maltrecho y agotado, Zoro apenas duda suda al despejar el patio.

Yonji grita de alegría, y Niji aplaude lentamente mientras Zoro envaina sus espadas. Hasta Ichiji sonríe, y a ninguno parece preocuparle demasiado que Zoro acabara de demoler con tanta facilidad a un grupo de sus soldados más fuertes.

—No se compara con el espadachín promedio —musita Ichiji. Probablemente, está mirando alternativamente a Zoro y a los soldados gruñendo en el patio, pero es imposible saberlo con esas gafas de sol tan pretenciosas.

—Se los dije —refunfuña Zoro.

—Tendremos que mejorar el programa de entrenamiento —dice Niji—. Eso podría darte un buen uso.

Zoro se encoge de hombros—. Ustedes son los jefes. Ahora que hemos terminado, ¿tienen algún periódico que me puedan prestar? —Está ansioso por saber si hay alguna novedad sobre Ace, o algo sobre Sabaody.

Yonji se ríe entre dientes, y se va a patear a los soldados derrotados. Ichiji le lanza su periódico a Zoro y se marcha con Niji, sin que ninguno de los dos le dedique siquiera una mirada. Perfecto, porque, efectivamente, ahí está una melena negra y esponjosa muy familiar en la portada.

La noticia es impactante, y Zoro apenas puede respirar debido a la rabia que siente por no haber estado allí para Luffy. Al menos esto confirma que su capitán sobrevivió, pese a que su hermano no. Eso significa que el resto de la tripulación probablemente esté bien.

Se queda mirando la foto de Luffy con tanta intensidad que no se da cuenta de que Reiju se acerca por detrás hasta que ella se inclina sobre su hombro, casi rozando sus labios contra su oreja. Zoro da un respingo, arrugando el papel entre sus manos sobresaltadas.

—Qué interesante tatuaje —dice Reiju distraídamente, mientras pasa una uña afilada como una cuchilla por la imagen del brazo de Luffy. Ella le dedica una sonrisa burlona, como si pudiera sentir su incomodidad ante la mera sugerencia de que sus garras se acerquen a su capitán—. ¿Es un amigo tuyo?

Zoro gruñe y la mira con el ceño fruncido, y ella se va riendo. Ahora que ella se lo ha señalado, él se centra en la escritura que hay en la piel de Luffy. ¿3D2Y? Bueno, eso es tan sencillo que hasta Zoro puede descifrarlo, pese a que le deja una sensación de malestar en el estómago.

Lee el resto del artículo y, aunque no puede considerar que nada de esto sea una buena noticia, Zoro al menos confía en que Luffy estará bien. Su capitán obviamente tiene un plan, así que Zoro lo seguirá. En dos años, podrá volverse lo suficientemente fuerte como para evitar que algo así vuelva a lastimar a Luffy.

Este podría ser incluso un buen lugar para hacerlo. Los hermanos Vinsmoke no son espadachines expertos, pero son fuertes, y Zoro podrá enfrentarse a todo tipo de oponentes si se queda con ellos. Decidido, entra en la torre, buscando a Ichiji.

Encuentra a los hermanos juntos, descansando alrededor de una mesa. Sin sus disfraces, se comportan de forma sorprendentemente informal, y Yonji le hace una seña a Zoro para que se acerque con una sonrisa casi amistosa.

—Mañana nos reincorporaremos a la flota principal —dice Ichiji—. Una vez que recibamos nuestra próxima misión, podremos hablar sobre cómo podrás irte.

—Sobre eso —comienza a decir Zoro, dejándose caer en la silla que Yonji le ofreció—. Ahora que ya saben que se me da tan bien como digo, ¿qué posibilidades hay de extender mi contrato aquí?