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Tres formas de huir (y una de quedarse)

Summary:

• Soulmate AU: Donde todos nacen con tres oportunidades para cambiar de cuerpo con su alma gemela. Y aunque solo dure unos minutos, es la única manera de obtener información para saber quién es tu persona predestinada.

Julián usa las tres para escapar de sus problemas, sin importarle perderlas.
Enzo las usa para evitar que su alma gemela siga huyendo y, por fin, encontrarlo.

Chapter 1: Uno

Chapter Text

 

El primer intercambio ocurrió a sus trece años. Enzo nunca se había animado a usarlo, mucho menos sabiendo que solo tenía tres intentos. La idea lo asustaba bastante. ¿Cambiar de cuerpo? ¿Literalmente? Había escuchado historias de todo tipo, tanto buenas como malas, y ni loco iba a gastar una oportunidad hasta considerarse preparado. Su alma gemela, claramente, no pensaba lo mismo.

Pasó una tarde, mientras estaba en el comedor con la carpeta de una de las tantas materias que odiaba. Si no trataba de sacarse por lo menos un seis, iba a estar en el horno. De repente, lo sintió. Fue difícil de explicar. Como un parpadeo acompañado de un vuelco en el pecho, de esos que te dan cuando caes de la parte más alta de una montaña rusa.

Cuando abrió los ojos, estaba corriendo a toda velocidad. Por lo visto, su alma gemela era la persona más rápida del mundo. Iba por el medio de la calle, en un barrio que no conocía para nada. Se giró sin frenar al escuchar gritos a sus espaldas.

“¿Qué te pasa, putito?” 

“¿Así que te gusta mirar a los pibes en el vestuario?”

“Vení, no te vamos a hacer nada.”

“¿Sos maricón? Mirá que no queremos putos en nuestro equipo.”

Enzo apuró el paso al darse cuenta de que lo perseguían cinco pibes de más o menos su edad. Escuchándolos cada vez más distantes, dobló rápido en la siguiente esquina. Vio una placita a lo lejos y sonrió inconscientemente. Se escondió detrás de uno de los juegos mientras el grupo frenaba para buscarlo. Miró al suelo y juntó las piedras más grandes que encontró. Suspiró al notar los brazos flacos y pálidos de su alma gemela.

Salió del escondite y empezó a tirárselas. Su alma gemela tenía cero fuerza y puntería, pero alcanzó para que el grupo se fuera entre puteadas y promesas de buscarlo en el colegio.

Ni llegó a tirar las piedras que le quedaban en las manos ni a limpiarse la suciedad en el pantalón cuando un parpadeo lo devolvió al comedor de su casa.

Le tomó unos minutos reubicarse. Su alma gemela acababa de gastar uno de sus intercambios. No estaba seguro de si lo que había hecho iba a servirle de algo, probablemente no, pero intentó sacarlo de esa situación como pudo con el poco tiempo que tenía.

Lo único que sabía era que su alma gemela era un pibe, gay, y que encima sufría bullying.

La puta madre, pensó. Llevó su mirada a la carpeta. Las preguntas de su trabajo práctico estaban casi todas contestadas. Una gota mojaba la esquina de la hoja. Se llevó la mano a la cara y sintió la mejilla húmeda.

Suspiró. ¿Y ahora qué?





───────────────────

 




Enzo no volvió a saber nada de su alma gemela durante los siguientes cuatro años. No le contó a sus amigos lo que le había pasado a los trece, y mucho menos la poca información que tenía. Había esperado que fuera una mujer, pero la realidad lo llevó por un camino completamente distinto. Con el tiempo se hizo muchas preguntas, entre ellas, sobre su propia sexualidad. A los trece había dado por hecho que le gustaban las pibas y que eso era todo. En su época preadolescente se juntaba con sus amigos a mirarlas en el patio; comentaban, se reían, era lo normal. A Enzo le gustaba Valentina, una piba hermosa de pelo negro y ojos claros. Le gustaba de verdad. Le transpiraban las manos cuando la veía y sus amigos decían que se ponía medio boludo y no le salían las palabras cuando estaba al lado de ella, aunque él siempre lo negaba.

A veces, mientras estaba sentado con ella o la invitaba a previar con su grupo, a Enzo le volvían las imágenes de aquel intercambio. Las voces de los pibes gritándole si era maricón. No a él, precisamente, pero el momento se había sentido tan propio cuando cambiaron de cuerpo que no podía dejar de pensar en que se lo habían dicho a él también.

“¿Enzo?”

Parpadeó varias veces y la miró a los ojos. Valentina era la piba más linda de todo el colegio, estaba seguro, y estaba ahí con él, esperando a que hiciera algo.

“¿Sí? Perdón, colgué.”

“Sí, ya me di cuenta” dijo ella soltando una risita. “Voy a buscar algo para tomar, ¿querés que te traiga algo?”

“No, no” respondió moviendo el vaso medio lleno. “Estoy bien.”

La morocha se levantó y caminó entre sus compañeros; la vio pararse al lado de Leandro a hablar de vaya a saber qué.

 

“¿Qué te pasa, putito?”

“¿Sos maricón?”

 

Enzo sacudió la cabeza para alejar el recuerdo. ¿Y si gastaba uno de sus intercambios? ¿Qué estaría haciendo su alma gemela? ¿Estaría bien? Si tenían la misma edad, probablemente ya contaba con diecisiete años. ¿Estaría de joda igual que él?

Cerró los ojos con fuerza por unos segundos, esperó, pero no sintió nada. Ningún cambio de sonido, nada. ¿Cómo se supone que se hacía el intercambio? Abrió los ojos y lo primero que vio fue a su amigo Emiliano correr hasta él y tirársele al lado en el sillón, pasando un brazo por arriba de sus hombros para abrazarlo.

“Enzo, Enzito, Enzurri… ¿Qué hacés sentado acá solo con los ojos cerrados? Estás raro, eh”, dijo señalando con el dedo índice en dirección a Valentina. “Y Vale está allá, activá, capo.”

 

“¿Qué te pasa, putito?”

 

Enzo volvió a cerrar los ojos con fuerza.

“Tengo que ir al baño, Emi, perdón”, susurró, levantándose rápido para buscar el baño. Cuando al fin lo encontró, abrió la puerta sin golpear, agradeciendo que estuviera vacío, y se apoyó contra ella al cerrarla.

Habían pasado cuatro años. Cuatro años y el recuerdo de haber vivido dentro del cuerpo de su alma gemela esos pocos minutos no lo dejaba tranquilo. No eran suyos. Él no era…

Fue ahí cuando volvió esa sensación. Un parpadeo, ese vértigo inexplicable en su pecho.

Otro parpadeo y estaba en una pieza que claramente no era la suya. Todo estaba a oscuras y se dio cuenta de que estaba sentado en el suelo, con las piernas contra el pecho. Escuchaba gritos desde alguna otra parte de la casa, pero no supo reconocer de qué hablaban.

Se levantó rápido. Necesitaba un espejo, un celular, algo. A tientas prendió la luz de la habitación y por fin pudo ver el lugar con detalle. Una cama de una plaza. Posters de Marvel junto con algunas fotos de lugares pegados en la pared. Un escritorio con libros cuidadosamente apilados. Una mochila colgando del respaldo de la silla. Tonos fríos en las paredes y cortinas. Caminó lento, mirando con atención, hasta que un espejo de pie le dio la imagen que tanto se había preguntado cómo sería.

Se quedó inmóvil, ‘mirándose’ en el espejo. Pelo castaño y rulos un poquito largos, pero ligeramente rapado a los costados. Una remera negra desgastada con una estampa de Spiderman y unos bóxers negros. Sus ojos se fijaron en las piernas, marcadas, principalmente en los muslos. Soltó un suspiro inconsciente sintiendo su cara arder; al mismo tiempo que escuchó un golpe con fuerza sobre la puerta.

“Julián, ¿nos vas a explicar qué pasó?” La voz de una mujer se escuchó del otro lado. “Julián, abrí la puerta. Si no nos explicás qué pasó, no te podemos ayudar.”

“Tiene que ser una de esas fotos que hacen los pendejos ahora por computadora”, se escuchó después la voz de un hombre. “Mirá si mi hijo va a ser puto, es una barbaridad.”

“¿Julián? ¿Te besaste con ese compañero tuyo?”, preguntó la mujer, que ahora Enzo deducía era la madre “Podemos hacer una reunión con los directivos, que todos borren la foto. Lo que vos quieras, hijo.”

“Pero si no es él, ya te dije. Cortala acá”, otro golpe en la puerta. Esta vez más fuerte “Salí de una vez, Julián, que no estamos para tus pelotudeces.”

Enzo sintió el vértigo en su pecho. Estaba por volver. Corrió hasta el escritorio, arrancó uno de los post-it y agarró una birome. Escribió lo más rápido que pudo. Un parpadeo y sintió cómo se le caía la birome de la mano.

 

Soy Enzo Fernández, buscame e-

 

Cuando volvió, ya no estaba en el baño. Había vuelto al sillón. No sabía bien si por Emiliano que lo había llevado hasta ahí y lo seguía acompañando, pero ahora lo miraba con cara de preocupación.

“Te llamé porque estabas re pálido. ¿Posta estás bien?”, preguntó. “Si querés nos vamos…”

Enzo sonrió de costado, sin saber realmente qué decirle.

“Sí, ¿por?”

“Porque arrancaste a llorar de la nada. Y empezaste como a pedirte perdón a vos mismo, no sé. Mirá que tengo varios vasos encima, pero vos estás peor. ¿Cuánto tomaste, hijo de puta? Me cagué todo. Parecías otra persona.”

Julián le pedía perdón. Enzo sintió que se le revolvía el estómago.

“Creo que voy a vomitar”, dijo levantándose rápido del sillón.

“Y sí, era obvio”, respondió Emiliano, corriendo detrás de él.

 

 

 

 

───────────────────



 

 

Pasó una semana desde el segundo intercambio de Julián. A su alma gemela le quedaba solo uno, y no era muy difícil entender que lo hacía para escapar de su vida y no tanto para encontrarlo. Enzo, en cambio, todavía tenía sus tres oportunidades intactas; solo necesitaba descubrir cómo activarlas. No podía ser tan difícil.

Su primera opción fue preguntarle a Lisandro, que creía firmemente en que los intercambios se lograban mediante una especie de meditación. Enzo lo descartó al instante en cuanto su amigo le sugirió prender un sahumerio, encerrarse en la pieza y concentrarse en el deseo de conocer a su alma gemela. No porque le pareciera una locura, sino porque no le encontraba sentido. No cuando Julián no parecía necesitar nada de eso para cambiar de cuerpo con él. 

Su segunda opción fue Rodrigo, quien, según se comentaba en el colegio, ya había hecho un intercambio. De Paul le aconsejó probar de noche, estando acostado, para asegurarse de que su alma gemela se encontrara en un lugar seguro durante el proceso. Tampoco le sirvió de mucho. No tenía ningún consejo concreto. Daba la sensación de que nadie a su edad sabía cómo hacerlo realmente; a todos les pasaba por error o por pura suerte. 

De todas formas, la decisión estaba tomada. Esa noche Enzo iba a lograr su primer intercambio como fuera.

Cenó con su familia como de costumbre, se bañó, dejó lista la ropa para el día siguiente y tiró en un bollo la que se había sacado sobre la silla. Se acostó en bóxer, como siempre, y se quedó mirando el techo un par de minutos. Se levantó ansioso, buscó uno de sus cuadernos en la mochila, arrancó una hoja y revolvió hasta encontrar la única birome que tenía. Empezó a escribir:



Julián. No llegue a escribirte bien en el último intercambio. Si queres nos podemos ver. No tengo ni idea si sos de mi ciudad yo-



Un parpadeo, vértigo. No, no. Justo ahora no.

Cuando abrió los ojos, se sintió mareado y con una pesadez extraña. Era raro, nunca le había pasado. Le llevó unos segundos reubicarse y entender que estaba otra vez en la pieza de Julián. En su cama.

Tenía la respiración agitada y el cuerpo envuelto en un calor denso. La aceleración del corazón de Julián le retumbaba en los oídos. Se quedó paralizado. La mano de su alma gemela estaba dentro de los bóxers, apenas bajados, sosteniendo su erección firme, con los dedos húmedos por el líquido preseminal. Se le erizó la piel por la intimidad tan cruda de la escena. La pulsación en la entrepierna ajena era constante, una electricidad que le recorrió la espalda y le hizo dudar por un segundo. 

No. pensó antes de deslizar la mano.

La sacó al instante como si le quemara. Lo había interrumpido en el momento más privado posible. Intentó no mirar, pero la tensión en el ambiente hacía que la situación fuera tan sensual como profundamente incómoda. Se limpió los dedos en la sábana y se sentó en el borde de la cama, sintiendo la molestia punzante del roce de la tela contra esa erección intacta que se negaba a tocar. ¿Cuánto tiempo le quedaba? Prefería que se lo tragara la tierra de una vez.

Se levantó con torpeza y caminó hasta el escritorio, solo para descubrir que el papel con su mensaje anterior estaba hecho un bollo dentro del tacho de basura. Eso era más que suficiente para entenderlo. A Julián no le importaba ni su nombre ni tenía la menor intención de buscarlo.

Se quedó de pie en el medio de la pieza. Sintiéndose un pelotudo. Dejando correr los minutos en silencio para que su alma gemela pudiera volver a lo suyo sin que la presencia de un desconocido lo incomodara.

Cuando sintió el vértigo, suspiro aliviado. Parpadeó y volvió a estar en su propia cama. La hoja que había estado escribiendo ahora descansaba sobre sus piernas. La agarró y leyó lo que Julián había anotado justo debajo de su frase inconclusa:

 

¿Gastaste tu intercambio en esto? No quiero que nos encontremos.

 

Enzo no volvió a gastar sus intercambios por varios años después de eso.