Chapter Text
La decisión de Enzo de mudarse de lo de su vieja no fue fácil. Siempre se habían llevado de diez; podían discutir por cualquier boludez, pero Enzo sabía que, si alguna vez necesitaba algo, su mamá iba a ser la primera persona a la que llamaría. El tema era que ya tenía 23 años y un trabajo bastante estable como tatuador. Ver cómo todos sus amigos se iban a vivir solos le terminó de abrir los ojos: o lo hacía ahora, o se veía teniendo treinta años y su vieja todavía gritándole desde el pasillo que cuelgue la ropa.
Así que, después de prometerle mil veces que la iba a visitar en San Martín, que la iba a llamar todos los días y que, por supuesto, no iba a dejar que el departamento se convirtiera en un criadero de hongos, armó las valijas. Con un poco de ayuda económica de su madre y bastante suerte, encontró un departamento que no estaba nada mal.
Tenía ventanales enormes en prácticamente todos los ambientes, así que el sol de la mañana entraba con tanta fuerza que casi no necesitaba despertador. La cocina era moderna, el living bastante amplio y, después de unos días acomodando sus cosas, Enzo consiguió que el lugar empezara a sentirse suyo. Los primeros días fueron raros. No malos, simplemente raros. Estaba acostumbrado a escuchar gente caminando por la casa, la televisión prendida en algún ambiente o algún comentario que llegaba desde la cocina. Ahora, cuando volvía del trabajo, lo recibía el silencio.
Una mañana se despertó temprano, caminó hasta la cocina todavía medio dormido y puso la pava. Preparó el mate y se quedó apoyado contra la mesada, mirando cómo Buenos Aires empezaba a despertarse detrás del vidrio.
—Fa. Si hubiera sabido lo que es vivir solo...— La frase quedó flotando en el aire. Porque había algo que no le terminaba de cerrar, aunque no sabía bien qué era. Lo había notado desde el primer día: las miradas extrañas de los vecinos cuando se los cruzaba en el pasillo, la forma en que algunos parecían querer decirle algo y después se arrepentían y, sobre todo, la sonrisa nerviosa que había puesto el de la inmobiliaria cuando su mamá le preguntó por el inquilino anterior.
Detalles así.
Pero Enzo prefirió no hacerse la cabeza. Por el momento tenía cosas mejores en las que pensar. Iba al local de tatuajes, salía con sus amigos, volvía a cualquier hora y, por primera vez en su vida, sentía que era un adulto de verdad. Enzo siempre había sido un pibe sociable, carismático y comprador; de esos que le caen bien a cualquiera después de cinco minutos de conocerlo. No le costaba hacer amigos, hablar con desconocidos ni meterse en una conversación ajena como si conociera a todos de toda la vida.
Pero después empezó a notar otras cosas que eran bastante más difíciles de ignorar. No eran cosas graves, de hecho, seguro ni se habría dado cuenta si no hubiera tenido tan fresca en la cabeza la mirada sospechosa de los vecinos.
La primera vez fue por una toalla. Se la quedó mirando fijamente, colgada de forma impecable en el toallero del baño, y se acordó de la noche anterior. Había vuelto del laburo tardísimo y hecho mierda. Había pasado horas trabajando en el diseño de un tatuaje enorme que no le salía como quería y terminó yéndose casi tres horas después de su horario.
Se acordaba perfectamente de haber tirado la toalla al piso después de ducharse, porque lo único que quería era tirarse a dormir y le daba paja colgarla. Sabía que se había frenado en el marco de la puerta, la había mirado un segundo, y había pensado “mañana” antes de irse derecho a la cama.
Y ahora estaba colgada.
—¿Qué onda?— dijo Enzo, frunciendo el ceño.
Pero no había nadie para responderle.
Al principio pensó que simplemente se había olvidado. Después empezaron a acumularse otras cosas. El paquete de papas fritas que había dejado abierto arriba de la mesada aparecía guardado en la alacena al día siguiente. Los cajones que se olvidaba abiertos aparecían cerrados cuando volvía del trabajo. Los vasos que dejaba por cualquier lado desaparecían de las mesas y, una vez, hasta encontró una remera que había dejado tirada en medio del living perfectamente doblada arriba de su cama.
Curiosamente, no tenía miedo. Si realmente había algo en el departamento, parecía tener una obsesión bastante específica con mantenerlo ordenado. No movía cosas para asustarlo, no hacía ruidos raros ni rompía nada. Le ordenaba el quilombo. Era casi como tener una madre invisible. También estaba la posibilidad de que estuviera quedándose medio chapita. Pero miedo, miedo, no tenía.
Varias veces se le cruzó por la cabeza hablarle a la presencia. El problema era que hacerlo implicaba aceptar que realmente había algo ahí, y eso ya era cruzar una línea, incluso para él.
O por lo menos para el Enzo sobrio. El Enzo en pedo y de mal humor era otra historia.
Había salido a un boliche con los pibes y la noche había empezado bastante bien, hasta que un chabón empezó a desubicarse con Lisandro. Enzo nunca fue de buscar roña, pero tampoco era de quedarse mirando. Había visto cómo Licha se iba poniendo cada vez más incómodo mientras el tipo se le pegaba y le decía cosas fuera de lugar, y después de un par de puteadas y empujones decidieron que lo mejor era irse.
Enzo acompañó a Licha hasta afuera y esperó con él hasta que llegó el Uber. El Cuti, su novio, lo estaba esperando en casa y le había mandado mensajes durante toda la noche, preocupado.
—Estoy bien, boludo —le repitió Lisandro por quinta vez.
—Sí, ya sé.
—Entonces dejá de mirarme así.
—¿Así cómo?
—Como si no estuviera bien. Cortala.
Enzo soltó una risa. —Bue, perdón.
Pero no se fue hasta verlo subir al auto. Cuando finalmente lo vio alejarse, se quedó unos segundos mirando las luces rojas perderse en la calle antes de volver al departamento.
Ahora estaba tirado en medio del living, con un humor de mierda, una lata de birra en la mano y la cabeza bastante más pesada de lo que debería. Sentía esa misma presencia de siempre, solo que amplificada por el pedo que llevaba. Miró alrededor.
—Te podés mostrar, eh —balbuceó, arrastrando las palabras—. Lo que seas, mostrate.
Le respondió el silencio.
—Dale. O no te da.
Nada.
Enzo se dejó caer contra el respaldo del sillón y se rió solo. Capaz estaba perdiendo la cabeza. Capaz mañana se despertaba y se daba cuenta de que había estado imaginándose todo. Enzo ya estaba a punto de dudar seriamente de su salud mental y pedir turno con un psicólogo cuando, de la nada, apareció un pibe parado enfrente suyo.
No apareció despacio, ni empezó como una sombra borrosa que se iba aclarando. Un segundo no había nada y al otro, estaba ahí. Enzo parpadeó varias veces, con el corazón latiéndole en la garganta. El pibe no era grande, parecía tener su misma edad. Por un momento, se quedaron mirándose en silencio.
El chico era de tez blanca, tenía un montón de rulitos castaños sobre la cabeza y era apenas más bajo que él. Sin embargo, no parecía un fantasma. No parecía nada sobrenatural. Parecía, de hecho, un pibe completamente normal que por alguna razón imposible acababa de aparecer en medio de su living.
Durante unos segundos se quedaron mirándose.
—¿Me llamaste? —preguntó el chico.
Escucharlo hablar terminó de convencer a Enzo de que la situación no era normal. Retrocedió un paso y, al hacerlo, se tropezó de lleno con una botella de agua que había dejado tirada en el piso.
"¿Y esta mierda no la podías haber juntado también?", pensó Enzo mientras caía de boca.
El pibe abrió los ojos y se lanzó hacia adelante para agarrarlo. Lo último que Enzo sintió fue una mano cerrándose alrededor de su muñeca.
Cuando se despertó, entró en pánico durante un par de segundos. Miró para todos lados como loco hasta darse cuenta de que estaba acostado en su propia cama y no con la cabeza abierta tirado en el piso del living. Se pasó una mano por la cara y soltó una risa nerviosa.
—Qué malviaje me pegué, amigo...
Claro. Eso tenía que haber sido. Había tomado demasiado, llevaba semanas sugestionándose con las cosas raras del departamento y probablemente había terminado imaginándose un fantasma. Igual, un fantasma bastante lindo... ¿Eh?
Decidió no pensar más en eso y se levantó para ir a la cocina a hacerse el desayuno. Tenía la garganta seca y la cabeza todavía medio pesada, así que puso el agua para el mate mientras caminaba hasta la mesa.
Y se frenó.
Había un plato de tostadas con manteca sobre la mesa. El mate estaba listo al lado. Y sentado enfrente estaba el pibe de la noche anterior.
Enzo se quedó mirándolo durante unos segundos. Probablemente debería haber salido corriendo, llamado a alguien o hecho cualquier cosa que tuviera un poco más de sentido que desayunar con el flaco que había aparecido en su living, pero las tostadas olían bien y, además, el pibe parecía bastante más nervioso que él.
—Te hice esto —dijo el chico, señalando el plato.
Enzo miró las tostadas, después a él y finalmente volvió a mirar las tostadas. Se sentó lentamente.
—Gracias.
Agarró una y le dio un mordisco.
—Che, está buena.
—¿Sí?
La forma en la que el chico pareció relajarse al escuchar la respuesta hizo que a Enzo se le escapara una sonrisa.
—Sí. Está medio quemada, igual.
—Perdón.
—No, boludo, te estoy jodiendo. Está rica.
El chico sonrió otra vez y Enzo se quedó mirándolo un segundo más de lo necesario. Pero no sabía muy bien qué estaba buscando; quizás alguna señal de que aquello no era una persona normal, porque resultaba más fácil procesar la idea de estar hablando con un fantasma si el fantasma tenía, justamente, cara de fantasma. Pero no había nada raro en él. No se veía pálido, no flotaba, llevaba ropa común y corriente y definitivamente no era transparente.
Tenía, eso sí, una expresión bastante tímida. Notó que su piel contrastaba muchísimo con la suya, que estaba cubierta de tinta. También un montón de rulitos que parecían todavía más desordenados que la noche anterior.
Enzo apartó la mirada y la puso en el mate.
—¿El mate también lo hiciste vos?
—Sí. —le respondió, todavía un poco tímido. El chico agarró el mate, lo cebó despacito y se lo pasó.
Enzo tomó un sorbo y se quedó callado unos segundos. Era una situación extraña, pero no necesariamente incómoda. El chico tampoco parecía saber muy bien qué decir, así que terminaron mirándose otra vez. Era casi un déjà vu de la noche anterior, solo que esta vez Enzo estaba completamente sobrio y podía pensar con claridad.
—¿Quién...?
—Yo soy...
Hablaron al mismo tiempo.
Enzo soltó una risa y el chico también sonrió, aflojando un poco la tensión del ambiente.
—Vos primero.
—Me llamo Julián. Perdón por el susto de ayer. Viéndolo bien, no tendría que haber aparecido así de una. Seguro tenés mil preguntas, así que decime las que quieras. —dijo con tonada. No solo que había un fantasma en su casa, sino que encima era cordobés. Parecía una joda.
—Y… la verdad que sí. Soy Enzo —respondió, pegándole otro mordisco a la tostada—... ¿Qué sos?
Julián se quedó en silencio durante unos segundos. —Ni yo sé bien. Supongo que se podría decir que soy un fantasma.
—¿Suponés? —dijo, mientras fruncía el ceño.
—Es que no tengo muy claro por qué sigo acá.
La forma en que lo dijo hizo que Enzo dejara de sonreír. Quiso preguntar más, pero la expresión del chico le dio a entender que era un tema delicado. Por un segundo pensó en preguntarle cómo había muerto, pero le pareció desubicado. ¿Qué carajo se le pregunta a un fantasma?
—¿Hace mucho que estás... muerto?
—Un año, más o menos.
Enzo terminó la tostada.
—¿Cuántos años tenías cuando pasó?
—Veintitrés.
Enzo bajó la mirada. Era muchísimo más chico de lo que se había imaginado, no esperaba que tuviera su misma edad. Veintitrés años era demasiado joven para que alguien pudiera decir “hace un año que estoy muerto” con tanta naturalidad. Pensó que ya era suficiente de preguntas por ese lado.
—¿Y por qué me ayudás ordenando el departamento?
Julián se encogió de hombros. —Y... estoy atrapado acá sin poder salir. Algo tengo que hacer.
Enzo lo miró. La verdad es que tenía razón. Qué otra cosa se puede hacer solo y aburrido en un departamento. Hasta que se dio cuenta. —Pará. ¿Estás atrapado acá?
—Sí.
—¿Todo el día, todos los días? —preguntó para estar seguro.
—Todo el día, todos los días —asintió Julián.
—Qué paja, boludo —dijo Enzo con una mueca, sin saber qué más agregar. No se imaginaba lo que debía ser no poder poner un pie en la calle. Él se volvería loco a los dos días.
Eso le sacó una risa a su nuevo amigo fantasma. —Ni me digas.
Y, sin saber muy bien cómo, Enzo terminó riéndose con él.
Enzo se acostumbró a la presencia de Julián casi sin darse cuenta. Capaz demasiado rápido, pensó tres días después, cuando entró al departamento gritando un “¡Llegué!” y Julián le respondió desde la cocina que ya había preparado la cena.
—¿Qué hay para comer?
—Milanesas.
—Creo que te amo.
—No exageres.
No podía evitarlo. A Enzo le gustaba estar acompañado, y con Julián era fácil llevarse bien. A veces el fantasma podía ser un poco cerrado, incluso distante, pero Enzo siempre había sido bueno para eso. Le encantaban los desafíos. Acercarse a la gente, conocerla, ir sacándole las capas de a poquito hasta descubrir qué había debajo. Era, probablemente, lo que mejor le salía.
Enzo empezó a descubrir pequeñas cosas sobre él casi sin darse cuenta: que le gustaba cocinar, que odiaba elegir cosas porque nunca se decidía, que se tocaba los rulos cada vez que estaba nervioso y que tenía una facilidad bastante grande para hacerse el serio cuando, en realidad, se tentaba con cualquier boludez.
También descubrió que le gustaba molestarlo.
—¿Y a vos qué te importa cuánta gente de mi familia es de River? —se quejó Julián una noche, cansado de que Enzo lo bombardeara a preguntas sobre su familia en Calchín.
—Es re importante.
—¿Importante por qué, a ver?
—Porque somos el más grande. Qué más querés.
Julián lo miró y agarró un almohadón. Enzo apenas tuvo tiempo de darse cuenta de lo que estaba haciendo antes de que se lo revoleara en la jeta.
Enzo agarró el almohadón y se lo devolvió. Atravesó a Julián directamente. Los dos se quedaron quietos un segundo. Después Julián se empezó a reír y se fue del living con una sonrisa. Enzo lo siguió con la mirada.
—No vale, eu.
Por más bien que le cayera Julián, tenerlo ahí las veinticuatro horas a veces podía ser un poco agobiante, sobre todo durante las primeras semanas. Cada vez que Enzo volvía de laburar, Julián estaba ahí: tirado en el sillón mirando la tele, usando su notebook o dando vueltas por el departamento. Sin embargo, parecía darse cuenta de cuándo Enzo necesitaba espacio y no se lo tomaba personal.
La primera vez que pasó, Enzo entró en pánico.
Había sido un día de mierda. Un cliente se le había plantado en el local a gritarle porque el diseño del tatuaje no era exactamente como él quería. Después su jefe lo había cagado a pedos porque el tipo llamó a quejarse y Enzo había vuelto a casa con la cabeza a punto de explotar. No tenía ganas de hablar con nadie. Ni siquiera con Julián.
Cuando salió de su pieza una hora después, vio que no había comida hecha y, lo peor, Julián no estaba por ningún lado. Buscó por todo el departamento, dos veces. A la segunda, el corazón le latía a mil en la garganta al no encontrar al fantasma.
—¡Julián! —gritó, después de llegar al extremo de buscar por atrás del mueble de la tele, el único rincón que le faltaba. Solamente un enano entraría ahí, pero estaba desesperado—. ¡Dale, Julián! ¿Dónde estás?
Se le pasaron mil ideas por la cabeza. ¿Y si Julián se había cansado de él y se había ido sin despedirse? ¿Y si intentó cruzar la puerta y se desintegró? ¿Y si mientras Enzo no estaba vino un cura a bendecir el lugar y se lo limpió?
La última posibilidad le dio un escalofrío.
—¿Juli? —probó de nuevo, con la voz quebrada.
De inmediato sintió esa presencia familiar detrás de él. Se dio vuelta de golpe.
—¿Qué pasa? —preguntó Julián, frunciendo el ceño al ver lo alterado que estaba Enzo.
—Seguís acá… —respiró Enzo, sintiendo cómo le volvía el alma al cuerpo. Se le tiró encima, le pasó los brazos por la cintura y lo abrazó fuerte. Julián se quedó tenso al principio, pero cuando escuchó a Enzo soltar el aire y esconder la cara en su cuello, la poca resistencia que le quedaba se le vino abajo: le rodeó los hombros con los brazos y le devolvió el abrazo.
Enzo cerró los ojos un segundo. El contacto era extraño. Julián era un fantasma, pero se sentía real. Demasiado real. Enzo podía sentir el peso de sus brazos alrededor de sus hombros y el calor de su cuerpo contra el suyo.
—¿Dónde estabas? Te busqué por todos lados —logró decir Enzo cuando el corazón le dejó de martillar en el pecho. Se tiró un poco para atrás para mirarlo a los ojos. Pero Julián no le sostuvo la mirada; se quedó mirándose las zapatillas. Enzo lo sacudió despacito. —Dale, Juli. Hablame.
Ahí Julián levantó la vista, mordiéndose el labio.
—Pude sentir que estabas mal y que querías estar solo. Así que…
Enzo se hizo una nota mental para preguntarle después cómo carajo era eso de que "sentía" lo que le pasaba.
—¿Pero dónde fuiste? Pensé que no podías salir del depto.
—Y no puedo. Es… medio difícil de explicar —suspiró Julián. Enzo le puso una cara que no dejaba margen para esquivar el tema, así que intentó explicarlo—: Es como si pudiera meterme en mi propia cabeza. A donde voy cuando me desconecto es tranquilo. Estoy en paz. Solo.
—Pero desaparecés en serio cuando estás ahí. No te sentía. —Ni bien lo dijo, se dio cuenta de lo raro que había sonado. Julián levantó las cejas. Enzo tiró una risita nerviosa y lo soltó. Las manos del fantasma se cayeron de sus hombros. Casi que extrañó el contacto—. Tipo… antes de verte, yo ya sentía tu presencia. Y recién… no había nada.
—¿Me sentís normalmente?
Enzo se quedó callado un segundo.
—Bueno... sí.
—¿En serio?
—No te agrandes.
Julián sonrió.
—Tiene sentido, la verdad —asintió Julián despacio—. Creo que ese lugar al que voy cuando me cuelgo no está en la Tierra ni… en ningún lado. Está en mi cabeza.
—Bueno. Mientras vuelvas...
Julián soltó una risita y Enzo terminó riéndose también. Después de eso, se volvió algo habitual. A veces Enzo estaba bajoneado, cansado o simplemente necesitaba estar solo, y Julián se “volaba” a su propio mundo durante un rato. Enzo aprendió a respetarlo, aunque la idea de que pudiera desaparecer sin que él se diera cuenta le había dejado una inquietud que no sabía explicar.
Con el tiempo empezó a notar otras cosas que tampoco sabía explicar. Se acostumbró a buscar a Julián con la mirada apenas entraba al departamento. Si lo encontraba en la cocina, se acercaba a ver qué estaba haciendo; si estaba en el sillón, se dejaba caer al lado suyo aunque no tuviera nada que decirle. Cuando Julián se quedaba demasiado callado, Enzo terminaba preguntándole qué le pasaba. Y si escuchaba su risa desde otra habitación, a veces se encontraba sonriendo antes de siquiera saber de qué se estaba riendo.
No pensaba demasiado en eso. Julián era su amigo. Era lógico acostumbrarse a su presencia después de pasar tanto tiempo juntos. Eso era todo. O, al menos, eso se decía.
Había otra cosa que Enzo tampoco podía sacarse de la cabeza: cómo había muerto Julián. Podía buscarlo en Google. Después de todo, solo tenía que encontrar alguna noticia sobre el antiguo inquilino del departamento. Pero sentía que hacerlo a sus espaldas sería traicionar la confianza que habían construido, y si había algo que Enzo no quería hacer, era fallarle.
Así que esperó hasta estar seguro de que ya eran amigos.
—¿Juli? —le preguntó una noche mientras miraban Gran Hermano. Estaban sin Wi-Fi, entonces no tuvieron de otra que poner Telefe. Julián levantó la cabeza. Estaba tirado en el otro extremo del sillón haciéndole mimos en los gemelos a Enzo, que tenía las piernas estiradas sobre las suyas. Julián no había dudado: cuando Enzo le puso las piernas encima, empezó a masajearlo despacito.
—¿Cómo te moriste? —preguntó Enzo bajito.
En la televisión empezaron a escucharse gritos. Enzo agarró el control remoto y bajó el volumen casi por reflejo.
—Me mataron —dijo Julián, con el mismo tono bajo.
Enzo se sentó de golpe. —¿Qué?
Julián mantuvo la mirada fija en la pantalla. —Se metió un pibe acá a robar. Me desperté y… fue un accidente. El tipo entró en pánico, agarró un cuchillo de la cocina… yo quise hacerme el héroe y… —la voz de Julián se apagó. Enzo no necesitó preguntar nada más. Se sintió chiquito, ahí sentado, escuchando cómo a Julián lo habían asesinado en esa misma habitación. Tan joven. Tan solo. Sintió un nudo en el pecho y le pasó un brazo por los hombros.
—Lo siguiente que me acuerdo es despertarme de nuevo —continuó Julián con la voz áspera—. Al principio pensé que, de pedo, me había salvado. Después vi mi propio cuerpo tirado en el piso y entendí que no.
Julián apoyó la cabeza en el hombro de Enzo. Al principio había sido bastante reservado con el contacto físico, pero parecía que los gestos cariñosos de Enzo se le habían ido pegando con el tiempo. O quizás simplemente necesitaba un hombro donde apoyarse. Probablemente lo había necesitado durante un año entero.
Enzo le acarició distraídamente los rulos. Estaban más desordenados que de costumbre y algunos se le habían aplastado contra la frente. Se quedó jugando con uno entre los dedos durante un momento antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo. Por instinto, sacó la mano. No quería que Julián se incomode.
—¿Y por qué pensás que seguís acá? —preguntó, intentando que la voz le saliera lo más normal posible.
Julián se encogió de hombros. —Eso es lo que estuve tratando de averiguar estas semanas.
Enzo levantó la cabeza. —Pará. ¿Eso hacías con mi notebook?
Julián lo miró.
Enzo puso cara de indignación.
—Me hubieras dicho, boludo.
Esperaba una respuesta sarcástica, pero Julián seguía demasiado sensibilizado como para eso.
—Y sí... capaz que sí.
—Obvio que sí. Mañana nos ponemos a buscar información por todos lados.
Julián lo miró con una expresión entre agradecida y divertida.
—¿Vos también?
—Sí.
—¿Por qué?
Enzo se encogió de hombros, como si la respuesta fuera obvia. —Porque sos mi amigo y me importás.
Julián se quedó mirándolo durante unos segundos. Después bajó la vista, sonriendo. —Bueno.
Enzo volvió a acomodarse en el sillón.
—Y porque seguís siendo un fantasma que está de okupa en mi casa.
—Ah, mirá vos. Era eso.
Julián soltó una risa, y volvió a apoyar la cabeza contra el hombro de Enzo. Esta vez lo hizo con un poco más de confianza, como si ya no necesitara preguntarse si podía.
Enzo le devolvió el volumen a la televisión y dejó que la luz de la pantalla iluminara apenas el living. Miró de reojo a Julián, que ya parecía más relajado, y volvió la vista hacia la televisión. No sabía exactamente en qué momento había empezado a sentirse así de cómodo con él. Tampoco sabía por qué le había molestado tanto imaginar que podía desaparecer. Pero no tenía apuro por entenderlo. Por ahora, Julián estaba ahí y eso era suficiente.
