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El arreglo era simple, Santiago y Joaquín se juntaban cuando necesitaban de alguna forma escapar del mundo en el que se encontraban. Ser homosexual y jugar profesionalmente al fútbol no era muy compatible que digamos. No había forma de poder estar con alguien sin que saliera en los medios.
Por eso mismo habían llegado a ese acuerdo, uno en el que solamente cogían, sin ataduras de por medio. En la teoría sonaba perfecto, pero en la práctica, Joaquín llevaba las riendas. El delantero decidía cuándo se veían, cómo y dónde. Y Santiago, acostumbrado a tener el control absoluto bajo los tres palos, se dejaba gobernar a ojos cerrados puertas adentro, aceptando un juego peligroso que sabía que, tarde o temprano, iba a terminar pasándole factura.
Tampoco eran exclusivos, y eso era lo que a Santiago le destrozaba la cabeza. Joaquín lo había dejado claro desde el primer día: «somos amigos, la pasamos bien y punto», se sacaban las ganas cada vez que podían. Y si bien Santiago había estado de acuerdo, tragándose el orgullo, lo había aceptado porque prefería tenerlo a medias, compartiendo sus labios con quien sabe quién, antes que no tenerlo nunca.
Pero esa noche en Victoria, la paciencia se le terminó de quebrar.
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El silbatazo final había marcado el 1 a 0 a favor de Tigre. Santiago fue el último en enfilar hacia el túnel, pasándose el dorso del guante por los ojos para disimular las lágrimas de impotencia que le quemaban los ojos. Después de 6 años jugando para River, uno pensaría que las derrotas dejarían de doler, pero no, seguían quemando como cuando jugaba en inferiores.
Adelante suyo caminaba Joaquín, siendo una bomba de tiempo, iba puteando al aire, pateando el césped, con esa actitud mandona que no se apagaba ni siquiera con una derrota. Santiago aceleró el paso para alcanzarlo, buscando ese código silencioso que compartían; un toque, una mirada que dijera todo lo que tenian que saber solamente ellos dos.
Pero alguien se le adelantó. Ortega apareció por la izquierda, caminando a medio ritmo hacia el túnel. Llevaba esa sonrisa sobradora intacta, la misma que a Santiago le revolvía el estómago en cada entrenamiento cuando se acercaba demasiado a Joaquín.
El lateral se acercó al delantero y, sin pedir permiso, le pasó un brazo por los hombros todavía transpirados por el partido. Acortó la distancia muchísimo más de lo necesario, rompiendo esa burbuja de espacio personal que Joaquín solía defender a muerte frente al resto del plantel.
Santiago frenó en seco, con los botines clavados en el cemento del túnel. Esperó que Joaquín lo empujara de un manotazo, que le clavara una de sus típicas contestaciones cortantes o que directamente lo mandara a la mierda, porque así era él: mandón y reacio a que lo tocaran cuando el resultado era en contra. Pero Joaquín no lo hizo. En cambio, bajó la guardia.
—Che, Joaco—murmuró Ortega, inclinándose hasta rozarle el oído con los labios—. ¿Vas a seguir con esa cara de asesino toda la noche o te puedo convencer de hacer otra cosa?
Santiago se quedó paralizado. Joaquín ladeó la cabeza, soltando una risa corta y sin ganas, pero permitiendo que los dedos del defensor se hundieran en su pelo transpirado, acariciándole la nuca en un gesto íntimo y cómplice.
—Estoy de mal humor, Francisco. —le respondió Joaquín, aunque sin apartarse ni un milímetro de su toque. — No me rompas las bolas.
—Mejor —le retrucó Ortega, y su sonrisa sobradora se ensanchó, dándole a Santiago unas ganas irreprimibles de arrancarle los dientes de una piña—. Me gusta cuando te pones así de enojón. Avísame y paso por tu departamento.
La sangre de Santiago hirvió, espesa y cargada de veneno, borrando de un plumazo cualquier rastro de tristeza o ganas de llorar. De repente, el 1 a 0 con Tigre le importaba muy poco. Lo único que sentía era la punzada caliente y rabiosa que le atravesaba el pecho al darse cuenta de la enorme mentira en la que vivía. Ese arreglo "sin ataduras" se le había ido de las manos hacía rato, y ver cómo otro le calentaba el oído a su pibe fue la chispa que logró explotar la bomba.
Apretó los guantes que tenía en las manos, reprimiendo el instinto animal de cruzar el pasillo y estampar a Ortega contra los azulejos. El problema era que, si lastimaba al lateral, no iba a tener forma de justificarlo frente al plantel. ¿Cómo explicaba que le había pegado a un compañero solamente porque se acercó a hablarle a su "amigo"?
En lugar de eso, se quedó quieto, clavando sus ojos oscuros en Joaquín hasta que el delantero levantó la vista y le sostuvo la mirada. Santiago le hizo un movimiento de cabeza seco, imperceptible para el resto, pero que Joaquín, que lo conocía de memoria, entendió a la perfección: al auto, ahora.
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El viaje hasta el departamento de Santiago fue un infierno de silencios tensos y miradas cargadas. Ninguno de los dos abrió la boca, pero el aire dentro de la camioneta pesaba una tonelada. El silencio entre los dos era ensordecedor. Nadie había emitido un solo sonido desde que cerraron las puertas, y el aire pesaba tanto que costaba respirar. Solo se escuchaba la melodía de alguna canción de Babasónicos, banda que ambos compartían y que solían cantar a los gritos en viajes mucho más felices.
Pero esa noche, los acordes se perdían en la tensión de la cabina, Santiago apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos, manteniendo la vista fija en la avenida, mientras la presencia de Joaquín a su lado le quemaba la piel. El viaje hasta el departamento se sintió eterno
Apenas Santiago giró la llave en la cerradura y empujó la puerta de entrada, el bolso deportivo de Joaquín cayó al parqué con un golpe sordo. Antes de que Santiago pudiera dar un paso más, sintió un tirón fuerte en la campera que lo obligó a retroceder hasta que su espalda chocó contra la madera de la puerta recién cerrada.
Joaquín lo acorraló de inmediato, invadiendo su espacio personal. A pesar de ser dos años menor, el delantero sabía exactamente cómo manejarlo, esa actitud mandona y sobradora que tenía en la cancha la trasladaba a la perfección entre estas cuatro paredes.
—¿Me vas a decir de una vez por qué venís con esa cara de orto desde que salimos del vestuario? —exigió Joaquín, clavándole la mirada. En la penumbra, sus ojos brillaban con una mezcla de enojo y anticipación—. Y no me digas que es por el partido, Santi. Te conozco.
Santiago apretó la mandíbula, intentó empujarlo por los hombros, pero Joaquín ni se inmutó; al contrario, acortó más la distancia, pegando su pecho contra el de él. El perfume de Joaquín, mezclado con el olor a encierro, le estaba nublando el juicio.
—Salí, Joaco —gruñó el arquero — No estoy de humor— apartó la vista porque sabía que si lo miraba a la boca, iba a perder la pelea.
La voz de Joaquín bajó una octava, ronca, autoritaria. —Yo no te pregunté si estabas de humor. Te pregunté qué te pasa. — Mientras una de sus manos subía por el pecho de Santiago hasta agarrarlo por la mandíbula, obligándolo a girar la cara y mirarlo de frente. Los dedos del delantero se hundieron con firmeza en su piel.
—¿Qué me pasa? —estalló Santiago, incapaz de guardarlo un segundo más. La vulnerabilidad del post-partido se había transformado en veneno puro—. Me pasa que sos un cínico de mierda. ¿Qué te susurraba Ortega en el oído, eh? Te faltaba babearte nomás mientras te pasaba la manito por el cuello.
Joaquín parpadeó, sorprendido por un microsegundo, antes de que una sonrisa ladeada, casi cruel, le cruzara la cara. Lejos de disculparse o explicarse, su agarre en la mandíbula de Santiago se volvió un poco más posesivo.
—¿Estás celoso, Beltrán? —susurró Joaquín, rozando sus labios contra los del arquero, rozándolos apenas para torturarlo—. Nuestro arreglo dice clarito que no somos exclusivos. Si Pancho me quiere calentar el oído, ¿a vos qué te importa?
—Me importa porque me da por las bolas, pendejo —le escupió Santiago, agarrándolo por la cintura y apretando los dedos contra la cadera de Joaquín con toda la frustración contenida—. Me hierve la sangre de verte sonriéndole así a ese forro.
Joaquín soltó una risa seca, oscura, que a Santiago le vibró directo en la entrepierna. El delantero bajó la mano desde la mandíbula hasta el cuello de Santiago, acariciando la zona antes de apretar con la fuerza justa para dejarlo sin aliento.
—Sos tan llorón a veces—murmuró Joaquín, pegándose por completo a él, dejando que el arquero sintiera lo excitado que estaba—. Te hacés el superado con las reglas, pero mirate. Estás a punto de reventar porque otro me tocó.
Joaquín ladeó la cabeza y le mordió el lóbulo de la oreja, arrancándole un gemido ronco a Santiago, que dejó caer la cabeza hacia atrás contra la puerta.
—Decime —le exigió Joaquín al oído, bajando una de sus manos hasta el bulto de los pantalones de Santiago, masajeando con lentitud y presión—. Si tanto te jode que me toque Ortega, demostrame por qué no debería darle bola.
Santiago cerró los ojos, derrotado por su propio cuerpo y por los sentimientos que ya no podía disfrazar de simple calentura. Lo agarró de la nuca, enredando los dedos con fuerza en el pelo del más chico, y tiró de él hacia atrás para mirarlo a los ojos con una ferocidad nueva.
—Demostrame vos que te da igual —le devolvió Santiago, con la voz rota, desafiándolo al borde del abismo.
Joaquín no parpadeó. Una chispa de triunfo oscuro cruzó por sus pupilas antes de estrellar sus labios contra los de él. Fue un beso voraz, sin contemplaciones, donde los dientes chocaron y las respiraciones se mezclaron en un solo jadeo húmedo.
Las manos de Santiago se deslizaron con desesperación por la espalda del delantero, apretando la tela de la remera hasta casi romperla contra los omóplatos. En un arrebato de puro éxtasis contenido, Santiago le cambió el juego de un solo movimiento, con un giro brusco, invirtió los papeles y estrelló la espalda de Joaquín contra la puerta.
El delantero soltó una exclamación de sorpresa que fue ahogado con los besos del arquero, lejos de molestarse por perder el control, una chispa de aprobación hambrienta brilló en su mirada. Con un salto ágil, le enredó las piernas alrededor de la cintura, aferrándose con fuerza a su cuello mientras lo obligaba a sostener todo su peso en un choque de cuerpos desesperado.
Sostenerlo así, sintiendo el latido desbocado de Joaquín contra su propio pecho, le dejó algo muy en claro a Santiago. No era solo el ego herido ni la frustración del partido, le enfermaba ver cómo los demás lo orbitaban, cómo cualquiera creía tener el derecho de tocarlo, de susurrarle y de buscar su atención como si fuera un trofeo disponible. El arreglo decía que eso estaba permitido, que Joaquín tenía el derecho de estar con quien quisiera. Pero mientras le clavaba los dedos en los muslos para sostenerlo en el aire, Santiago entendió que estaba dispuesto a romper la regla que hiciera falta con tal de que nadie más pudiera mirarlo así, con tal de no compartir esos labios con nadie más
—¿Te pensas que es fácil? —le susurró Santiago, con la voz rota, casi suplicante—. ¿Tener que tragarme la bronca en el vestuario mientras otro te toca como si fueras de él?
Los dedos de Joaquín se tensaron en la nuca del arquero, y el silencio de la habitación de repente pareció pesar el doble.
—Ya no puedo jugar más a este juego Joaco—confesó Santiago, apretando el agarre en sus caderas como si tuviera miedo de que se escapara—. Me rompe la cabeza saber que de acá podés salir y meterte en la cama de otro. No quiero que nadie más te mire así. No quiero compartirte más.
Joaquín se quedó inmóvil por un segundo, asimilando el peso crudo de esas palabras. Lentamente, la tensión de su cuerpo cambió. Sin apartar los ojos de Santiago, desenredó las piernas de su cintura y comenzó a deslizarse hacia abajo. Santiago no opuso resistencia; dejó que sus manos resbalaran desde los muslos del delantero hasta aferrarse a sus caderas.
Quedaron frente a frente, de pie bajo la tenue luz de la casa del arquero, con los pechos rozándose al compás de sus respiraciones agitadas. La soberbia que Joaquín siempre llevaba como escudo se hizo pedazos, dejando a la vista algo mucho más real y desesperado.
Deslizó las manos desde la nuca hasta sus mejillas, acunando la cara de Santiago con una suavidad que chocaba con la agresividad de hace un momento.
—Tardaste demasiado en admitirlo—susurró Joaquín. Su voz había perdido por completo el tono de burla; ahora sonaba ronca, cargada de la misma necesidad que desbordaba al mayor—. ¿Te pensas que me importa Ortega? — continuo el delantero— Hace meses que no me importa nadie más. Solo quería que te dieras cuenta de una vez y dejaras de fingir que lo nuestro era solo sexo.
Santiago abrió la boca, tomando aire para responder, para reclamarle la tortura psicológica de esos meses y el jueguito de los celos, pero Joaquín no se lo permitió.
—Ya está. Cállate un poco —murmuró, y sin darle ni medio segundo de ventaja, acortó la distancia y lo silenció con un beso. Ya no fue un choque con sabor a bronca y desafío, fue un beso profundo, devorador y desesperado; la rendición absoluta de los dos.
