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Recuerden

Summary:

Historia situada antes de los eventos de la serie, cuando Wirt y Sara tenían once años. Los dos se hacen amigos de una niña llamada Elaine Emmons, pero, sin saberlo, viven una experiencia que siempre recordarán.

Chapter Text

Recuerden

Capítulo 1

En Aberdale, un tranquilo suburbio de Boston, las hojas comenzaban a cubrir las aceras y el aire fresco anunciaba que el verano había quedado atrás. Wirt Wood y Sara Brundige, que en ese momento eran unos niños de once años iniciando el sexto grado en la primaria Walt Whitman, ya eran amigos cercanos sin que todavía hubiera un indicio de atracción romántica entre ellos, y con el inicio de aquel año comenzaron a coincidir a menudo en el recreo con una niña nueva, proveniente de otra escuela en el suburbio de Brighton, llamada Elaine Emmons. Elaine tenía un bonito cabello lacio de color rubio con un moño rosa, usaba una playera de color azul celeste con un estampado de arcoiris, una falda de color morado con unas medias del mismo color debajo, y unas zapatillas blancas con franjas azules y rosadas.

Elaine tenía una sonrisa contagiosa y la costumbre de hacer sentir incluidos a quienes estaban solos. Si veía a alguien sentado sin compañía, se acercaba con naturalidad.

–¿Puedo sentarme aquí? –preguntó una tarde, acercándose a Wirt, que leía un libro bajo un árbol. El niño de cabello castaño levantó la vista, sorprendido.

–Claro... – le contestó, a lo que Elaine le sonrió.

–¿Qué lees, Wirt?

–Robin Hood. Es uno de mis libros favoritos, me encantan sus aventuras. ¿Qué te gusta leer a ti, Elaine?

–Mis libros favoritos son Matilda y Los encantadores de gusanos. También me gustan mucho las historietas, mi favorita es Peanuts.

–A mi también me gusta mucho Peanuts, sobre todo Snoopy. ¿Verdad que son muy graciosos? – preguntó Wirt asombrado por los gustos de su nueva amiga. Ambos siguieron charlando durante varios minutos, y poco después apareció Sara con una pelota en las manos.

–¿Quieren jugar cuando terminen? – preguntó la niña morena.

–¡Sí! –respondió Elaine antes de que Wirt pudiera decir nada. Así, los tres jugaron con la pelota hasta que fue momento de volver a clase.

Con el paso de las semanas, los tres comenzaron a pasar más tiempo juntos. Dibujaban durante la clase de arte, compartían el almuerzo y jugaban en el patio. Elaine tenía una imaginación enorme y siempre proponía juegos nuevos.

–Cuando seamos grandes –decía riendo –quiero ayudar a la gente. Todavía no sé cómo... quizá siendo doctora o maestra.

–Serías buena en cualquiera de las dos – le respondió Sara sonriendo.

Una mañana de octubre, Wirt y Sara llegaron a la entrada de la escuela al iniciar la clase. Allí, Elaine los esperaba. Wirt y Sara la abrazaron, y después les comentó que, la noche anterior, se había golpeado accidentalmente en el brazo y le había salido un moretón, lo cual le parecía extraño. Sara le dijo que durante el día, fuera con la enfermera para que lo revisara y quizá le pusiera una pomada para que se quitara. Los tres caminaron hacia su salón juntos en cuanto sonó el timbre de inicio de clases. Un rato más tarde, mientras la maestra Brooks explicaba matemáticas, Elaine levantó lentamente la mano.

–¿Sí, Elaine? –preguntó la profesora.

–Me siento... muy cansada.

El rostro de la niña estaba inusualmente pálido, además de que se notaba un hilo de sangre que caía de su fosa nasal derecha. La profesora se acercó de inmediato.

–Ven, Elaine, vamos a la enfermería.

Antes de ponerse de pie, Elaine perdió el equilibrio. La profesora Brooks y el profesor Mateo, de español, quien pasaba por el pasillo, lograron sostenerla antes de que cayera. La clase quedó en silencio, ya que jamás habían presenciado algo así. Sara miró preocupada hacia la puerta mientras se llevaban a su amiga.

–Espero que esté bien... – susurró. Wirt asintió, sin saber qué decir.

En la enfermería, la doctora Ackerman revisó a Elaine y le tomó la temperatura. Tenía fiebre. Rápidamente llamó a los padres de la niña, quienes llegaron y la llevaron al hospital a toda prisa.

Ese mismo día, la directora Verselis reunió brevemente al grupo.

–Niños, quiero informarles a todos que Elaine se siente muy mal y fue llevada al hospital para hacerle algunos estudios. Sus padres están con ella. En cuanto sepamos más, les informaremos.

Los niños pasaron el resto de la jornada inquietos.

Durante varios días, el asiento de Elaine permaneció vacío. Wirt y Sara sentían tristeza y preocupación, pues sabían que estar en el hospital no era exactamente una experiencia placentera. Cuando Wirt tenía cuatro años, accidentalmente se cayó mientras jugaba en la banqueta afuera de su casa y se hizo una herida en la frente la cual sangraba. Sus padres se apresuraron a llevarlo al hospital donde le desinfectaron, cosieron, y vendaron la herida, aunque claramente el pequeño Wirt lloraba por el dolor que sentía, y ni hablar de cuando, días después, le tuvieron que quitar los puntos de sutura. En tanto, a Sara le ocurrió algo parecido cuando tenía siete años, jugaba en el pasamanos cuando se distrajo y se soltó, cayendo y rompiéndose un ligamento de la rodilla. En su caso, tuvo que ser sometida a una cirugía y a una rehabilitación física, pero por fortuna no tuvo secuelas y siguió siendo una niña muy activa físicamente.

Una semana después, la maestra Brooks regresó con expresión serena, aunque visiblemente triste.

–Quiero contarles algo sobre Elaine. Los médicos descubrieron que tiene una enfermedad llamada leucemia.

Algunos alumnos intercambiaron miradas de confusión. Sara levantó la mano.

–¿Qué es eso?

La maestra respondió con palabras sencillas.

–La leucemia es un tipo de cáncer que afecta la sangre y la médula ósea, donde se producen las células sanguíneas. Por eso Elaine se sentía muy cansada y necesitó quedarse en el hospital. Ahora recibirá un tratamiento especial para ayudarla.

El salón quedó completamente en silencio. Wirt bajó la mirada hacia su pupitre, había escuchado hablar de la palabra "cáncer", pero no sabía que se trataba de una enfermedad tan grave.

–¿Va a volver? – preguntó Sara con timidez.

La maestra hizo una pausa.

–Todos esperamos que sí. Los médicos harán todo lo posible para ayudarla.

En el salón, mientras esperaban su siguiente clase, Wirt y Sara conversaron sobre lo que le ocurría a su nueva amiga.

–Debe ser algo que la hace sentir muy mal para estar en el hospital –dijo Wirt.

–Un amigo de mi mamá tuvo cáncer, pero logró recuperarse – recordó Sara.

Después de unos segundos, Wirt añadió:

–¿Crees que podamos ir a visitarla?

–Tal vez... si sus padres dicen que sí – respondió Sara, sonriendo un poco.

–Deberíamos llevarle unos dibujos. A Elaine siempre le han gustado, sobre todo los de gatitos.

–Sí... creo que eso le gustaría mucho – respondió Wirt.

Cuando los padres de Wirt llegaron a la escuela para recoger a ambos niños, pues vivían muy cerca uno del otro y los padres de Sara llegaban más tarde a casa de su trabajo, Wirt le preguntó a Jonathan si un día podía llevarlos al hospital para ver a Elaine. Su padrastro asintió, y un par de días después, el viernes al salir de la escuela, fueron llevados y acompañados al hospital por los padres de Wirt, quienes se acercaron a la recepción y preguntaron si la paciente Elaine Emmons podía recibir visitas. Una vez que la recepcionista dijo que sí, se dirigieron al cuarto piso del hospital donde se encontraba el área infantil, y caminaron hasta la habitación 406.

La habitación del hospital donde se encontraba Elaine estaba iluminada por la luz de la tarde que entraba por la ventana. Sobre la mesita de noche había un florero con flores, varios libros infantiles y una pila de dibujos enviados por sus compañeros de clase. Elaine estaba sentada en la cama con un pijama azul claro, y levantó la vista cuando alguien llamó suavemente a la puerta.

–¿Podemos pasar? –preguntó Sara.

–¡Claro! –respondió Elaine con una sonrisa.

Wirt y Sara entraron con cierta timidez. Sara llevaba una bolsa de papel decorada con estrellas de colores.

–Te trajimos algo – dijo Sara, entregándosela.

Elaine abrió la bolsa con entusiasmo.

–¡Galletas de miel! Son mis favoritas ¿Y también me hicieron dibujos?

Sacó uno donde los tres aparecían jugando bajo un gran árbol del patio de la escuela.

–Este lo hizo Wirt... y este otro lo coloreé yo —explicó Sara.

Los ojos de Elaine brillaron.

–Los voy a pegar en la pared para verlos todos los días.

Un momento después apareció la madre de Elaine, una mujer de cabello rubio llamada Janice.

–Los dejaré platicar un rato –dijo amablemente antes de salir de la habitación, para saludar y conversar con los padres de Wirt.

Durante unos segundos nadie habló. Finalmente, Wirt rompió el silencio.

–¿Cómo... cómo te sientes?

Elaine respiró hondo.

–Hay días buenos y días difíciles.

–La maestra nos dijo que tienes leucemia... pero no entendimos muy bien qué significa eso – dijo Sara.

Elaine asintió.

–Los doctores me lo explicaron de una forma que pudiera entender. Dentro de los huesos hay una parte llamada médula ósea, que fabrica las células de la sangre. La mía empezó a producir células que no deberían estar ahí, y por eso me enfermaba tanto, y por eso también tenía tantos moretones y me sangraba la nariz.

Wirt escuchaba con mucha atención.

–¿Y eso cómo se cura?

Elaine señaló el pequeño soporte junto a su cama, donde colgaba una bolsa de medicamento conectada a una vía intravenosa.

–Con medicinas muy fuertes. Se llama quimioterapia. Su trabajo es destruir las células enfermas para que mi cuerpo pueda fabricar sangre sana otra vez.

Sara miró el tubo con preocupación.

–¿Duele?

–A veces no. Otras veces me siento muy cansada o con náuseas. También hace que se me caiga el cabello, es un efecto normal del tratamiento. Cuando me hicieron pruebas, me hicieron una extracción de médula ósea con una jeringa que se inyecta en tu cadera hasta que llega al hueso. Eso si me dolió mucho.

Instintivamente, Sara bajó la mirada mientras Wirt sentía cierta repulsión de imaginar por lo que había pasado Elaine. El niño no era exactamente muy tolerante al dolor.

Debe ser muy difícil... – dijo Sara.

Elaine permaneció en silencio unos segundos, pero enseguida volvió a sonreír.

—Sí... da miedo algunas veces. Pero también sé que los doctores, las enfermeras y mis papás están haciendo todo lo posible para ayudarme – respondió Elaine mientras miraba contenta el dibujo que le habían regalado. Miró a sus amigos con determinación.

–Y yo también voy a hacer mi parte.

–¿Cuál? –preguntó Wirt.

–No rendirme.

Los dos niños la observaron en silencio.

–Voy a tomar mis medicinas, voy a seguir todas las indicaciones y voy a ser fuerte. Quiero recuperarme para volver a la escuela y seguir jugando con ustedes y los demás niños de la escuela.

Sara sonrió.

–Te extrañamos mucho.

–Yo también los extraño.

Elaine señaló el dibujo donde aparecían los tres.

–Quiero jugar otra vez con ustedes en el recreo. Y terminar el mural que empezamos en la clase de arte.

–Todavía guardo los colores que ibas a usar – respondió Wirt con una pequeña sonrisa.

–Entonces no los gastes –respondió Elaine entre risas –Los voy a necesitar cuando vuelva.

Los tres rieron juntos por primera vez desde que comenzó la visita. Antes de irse, Sara tomó la mano de su amiga.

–Vamos a venir siempre que podamos.

–Y si no podemos venir –añadió Wirt -, te escribiremos cartas y te traeremos los apuntes de la escuela.

–Gracias – respondió Elaine, con un nudo de emoción en la garganta.

Cuando Wirt y Sara salieron de la habitación, volvieron la vista una última vez. Elaine seguía sonriendo mientras colocaba el dibujo en la pared, junto a los demás.

Aunque el tratamiento sería largo y exigente, verla hablar con tanta esperanza les hizo comprender que su amiga no estaba definida por su enfermedad, sino por el enorme valor con el que estaba decidida a enfrentarla para regresar algún día junto a quienes tanto la querían. Al salir de la habitación, los padres de Wirt se despidieron de los de Elaine para volver a casa junto con los niños.