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Nueva vida

Summary:

Después de innumerables fracasos y caídas, la vida de Phainon comienza a mejorar, consigue un nuevo empleo y departamento. Parece que por fin el sol saldrá por su ventana.

Al inicio de este nuevo capítulo, una llamada de su amiga Hyacine cambiará todo. Tendrá que aprender a cuidar de alguien más y al mismo tiempo, aceptar que también merece ser cuidado.

Notes:

Bienvenidos a mi primer fanfic. Claramente tenía que ser phainaxa y no sólo eso, también de meownaxa.

Este trabajo fue realizado en colaboración con @pink_hyu en twitter, en su perfil encontraran varios dibujos referentes a este au, ¡vayan a visitarle!

Sin más que decir, espero que disfruten de la lectura, añú.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Chapter 1

Chapter Text


 

 

El mes del conflicto comenzó con las primeras hojas caídas. El aire se volvió más denso y frío, lo suficiente para que los habitantes de Oqueima comenzarán a abrigarse. Phainon estaba especialmente entusiasmado por la temporada: no solo había conseguido un departamento más grande, sino que también comenzaría su nuevo trabajo el lunes. Era bastante conveniente ya que será un oficio desde casa, lo que le permitiría adaptarse con calma a su nueva rutina. Después de una racha de fracasos, rechazos y trabajos temporales que apenas alcanzaban para sobrevivir, por fin tenía algo que parecía estable. Después de mucho tiempo, el futuro no lucía tan incierto.

 

No siempre había sido así.

 

Phainon siempre estuvo rodeado de personas. Amigos, compañeros, conocidos; nunca le faltó alguien dispuesto a tenderle una mano cuando más lo necesitaba. Pero desde la pérdida de su hermana, era como si una parte de él hubiese sido enterrada junto con ella. Las conversaciones dejaron de sentirse completas y los logros perdieron todo sabor al no tener con quién compartirlos.

 

Aquel tarro de vidrio donde ambos guardaban sus deseos se quedó acumulando polvo en la repisa, congelado en el tiempo con la esperanza de pronto sus dueños aparecieran. A veces tomaba el teléfono por pura costumbre y su pulgar buscaba su nombre, todavía fijado en la parte superior de la lista de contactos porqué jamás reunió el valor de eliminarlo.

 

Vendió la casa, los muebles y casi todas sus pertenecías. Conservó únicamente aquello que cabía en unas cuantas cajas antes de marcharse a otra ciudad, decidido a empezar de nuevo. Cambió de trabajo una y otra vez; algunos empleos apenas le duraban semanas y otros terminaban antes de siquiera de ofrecerle la estabilidad que buscaba. Hubo momentos en los que creyó que nunca lograría salir adelante. Pero aquella oferta parecía distinta; el sueldo era mejor, el horario más flexible. Por fin la vida comenzaba a devolverle un poco de lo que le había quitado.

 

Esa noche se durmió con una sonrisa, imaginado el inicio de aquel nuevo capítulo. Mientras su respiración se volvía profunda y el cansancio finalmente lo vencía, su teléfono comenzó a vibrar sobre el buró.

 

A la mañana siguiente, se despertó con una llamada. Al revisar su celular, encontró cientos de mensajes y llamadas perdidas de Hyacine, su amiga de la universidad. Respondió de inmediato, aún con la voz adormilada y la vista borrosa.

 

— Hola, ¿qué sucede? Apenas desperté y . . .

 

— ¡Por fin respondes, Phai! Creí que te había pasado algo. Tuve una noche complicada ¿Recuerdas el laboratorio de experimentación con gatos callejeros? El que te conté el otro día.

 

— Sí, lo recuerdo, pero ¿qué tiene que ver?

 

— Bueno, ayer la policía detuvo al propietario y llamaron a nuestro refugio para que nos encargáramos de los gatos.

 

Frunció ligeramente el ceño, incorporándose en la cama mientras pasaba una mano por su rostro, tratando de espantar el sueño. Todas sus sábanas estaban por suelos, debió moverse mucho al dormir.

 

— Eso suena bien, dentro de lo malo. ¿No? Al menos ya no están ahí.

 

Del otro lado de la línea hubo un breve silencio. Extraño, genuinamente esperaba que su amiga estuviera rebosando de felicidad, no había parado de hablar sobre el caso durante meses.

 

— Sí. — respondió Hyacine —. Dentro de todo, lo es. Les hicimos un chequeo a todos en cuanto llegaron. Están heridos, desnutridos, algunos en peor estado que otros, pero la mayoría podría recuperarse con buenos cuidados.

 

El joven asintió para sí mismo, dejando escapar un ligero suspiro que había estado conteniendo.

 

— Genial, me alegra mucho escuchar eso. Parece que todo salió mejor de lo pensado.

 

— Eso creí también — continuó ella, y su tono volvió a tensarse—. Pero hay uno…

 

El cambio en su voz bastó para que el eliseo terminara de despertarse.

 

— ¿Qué pasa con ese?

 

— Es el más lastimado. Tiene heridas más profundas, incluso le falta un ojo, no tenemos idea de cuando lo extrajeron, pero la herida cicatrizó bien. Aun así no es eso lo que me preocupa. — Hizo una pausa breve. — Es cómo mira.

 

Se levantó de la cama, caminando descalzo por el departamento aún en penumbra, buscando su par de lentes.

 

— ¿A qué te refieres con eso?

 

— Nos estuvo observando durante todo el examen. No se resistió, no intentó huir: nada. Solo seguía cada movimiento. Como si entendiera exactamente lo que estábamos haciendo.

 

— Hyacine, estás proyectando. Son animales, reaccionan distinto al estrés, — emitió una risa nerviosa, queriendo aligerar la preocupación de su mayor.

 

— Lo sé, lo sé — lo interrumpió con rapidez—. Y te juro que pensé lo mismo. Pero esto es diferente. Cuando terminé de limpiarle una de las heridas, me sostuvo la mirada. No fue algo instintivo, Phainon. Fue consciente.

 

El silencio que siguió fue más pesado que los anteriores. El hombre apoyó la mano en el tocador de su habitación, mirando fijamente un punto vacío. Ya había encontrado sus gafas, pero parecían sin importancia 

 

— ¿Por eso me llamaste?

 

— Sí y no. — Hyacine dudó un instante antes de continuar—. Estamos saturados. Son demasiados gatos y no tenemos suficiente espacio. Yo ya tengo suficientes en casa, Castorice no me dejara llevar ninguno más. Necesito ayuda, aunque sea temporal. Pensé en ti porque dijiste que ibas a comenzar a trabajar desde casa y bueno, siempre se te han dado bien los animales.

 

Cerró los ojos un momento. Su nuevo trabajo, su nueva rutina. Todo apenas comenzaba a acomodarse.

 

— ¿Cuántos?

 

— Uno — respondió ella en seguida—. Justo ese.

 

— ¿El más lastimado?

 

— Sí… —su voz bajó un poco, avergozada de solicitarlo. — Pero ya está estabilizado y también es el más tranquilo.

 

Phainon exhaló despacio. — Está bien. Iré por él en la tarde, pero en cuánto se recupere, tú te encargas de buscarle un hogar, ¿Entendido? 

 

Un pequeño chillido de emoción se escuchó desde el otro lado del teléfono antes de responder. — ¡Por supuesto! No tienes que preocuparte por eso, lo único que necesito ahora es que lo cuides. Nosotros te daremos la medicina. 

 

Después de unos minutos más de llamada donde compartían la logística del cuidado y a qué hora es recomendable que vaya, por fin colgó. Aún no eran las 9 de mañana, pero el albino ya tenía un gato que cuidar, uno aparentemente muy herido y con consciencia. Cubrió su rostro con ambas manos, intentando sosegarse y aterrizar la idea de que ahora sería un cuidador. 

 

 


 

 

Llegó al refugio a la hora del descenso, cuando el aire comenzaba a enfriarse lentamente y la luz del día se apagaba con suavidad. Emitió un largo suspiro para envalentonarse y arregló su bufanda violeta antes de abrir la puerta. Fue recibido por decenas de asistentes moviéndose por todo el lugar, llevando mascotas de aquí para allá. Ladridos, maullidos y voces se mezclaban en un ruido constante. En verdad tienen las manos llenas, pensó mientras se acercaba a la recepción, donde una chica de cabello rizado escribía en una vieja computadora de escritorio, murmurando posibles lugares donde los gatos podrían ingresar como hogar temporal.

 

— Hola, buenas tardes. Estoy buscando a Hyacine — intentó decir por encima del tecleo, pero la joven estaba demasiado ensimismada en su tarea para prestarle atención.

 

Phainon lo intentó de nuevo, fingiendo una tos, hasta que por fin los ojos ajenos se alzaron hacia él.

 

— Oh, tú debes ser el amigo de Hyacine, ¿verdad?— el rostro cansado de la mujer se iluminó de pronto, recuperando algo del color perdido. Sin esperar respuesta, comenzó a guiarlo a través de las instalaciones.

 

Hypatia, así decía su gafete, le explicaba con un entusiasmo casi obstinado, cómo no habían dejado de trabajar desde la madrugada. Hablaba con orgullo de no haber dormido en más de veinticuatro horas. De pronto se detuvo frente a una puerta blanca y giró la perilla.

 

— Señorita Hyacine, ya llegó Phainon. Lo haré pasar —anunció con rapidez, indicándole la entrada sin perder la sonrisa.

 

Phainon apenas alcanzó a despedirse cuando la mujer ya se había marchado. Supone que debe regresar a su puesto. Dentro de la habitación, el bullicio desapareció por completo. El aire era frío, impregnado de un fuerte olor a desinfectante. Todo era blanco, pulcro, casi irreal. Sobre una plancha de metal, bajo la luz intensa, yacía el gato herido, completamente inconsciente.

 

Y frente a él, estaba su amiga Hyacine, quién a pesar del ruido, jamás alzó la mirada hacia él. Sostenía una jeringa con pulso firme, inclinada con precisión sobre el pequeño cuerpo del gato. Sus movimientos eran delicados, medidos para no añadir ni un ápice más de dolor a pesar de que estaba inconsciente. Al presionar el émbolo, el líquido desapareció lentamente bajo la piel del animal. Esperó un segundo antes de retirar la aguja, asegurándose de que todo estuviera en orden. Luego desechó la jeringa en un bote, y con una suavidad llena de cariño, apoyó su mano sobre la cabeza del gato.

 

— Eso es, ya pasó — murmuró despacio. Sus dedos comenzaron a acariciar entre las orejas, con un ritmo lento y constante. Pronto agregó una manta de felpa sobre el felino, envolviendoló con ternura. — Gracias por cooperar, — añadió en voz baja, con una calidez propia de ella—. Lo estás haciendo muy bien, Naxy. Mañana te sentirás mejor, te lo prometo.

 

El gato no respondió, pero su respiración parecía haberse estabilizado bajo su mano.

 

— Mundo a Hyacine. Hola, — por fin habló Phainon, haciéndose presente en el mundo de la doctora con una risa amistosa.



La pelirrosa esbozó una pequeña sonrisa, expresando alegría al ver a su compañero.


— Llegaste, Phai, — suspiró aliviada, como si sus preocupaciones desaparecieran con su presencia. Nuevamente se dirigió hacia el gato, susurrando para él. — ¿Qué tal, Naxy? Ya llegó tu nuevo hogar.



Después de recomponerse, decidió que ya era tiempo de dirigirse hacia su amigo.



— Llegas en un buen momento, le estaba administrando su última inyección. Está completamente listo para que lo puedas llevar a tu casa. Únicamente deberás esperar a que despierte.

 

El elíseo no respondió de inmediato. Su mirada se quedó fija en el pequeño cuerpo sobre la plancha de metal, y algo en su pecho se tensó sin que pudiera evitarlo. La preocupación comenzó a crecer de forma silenciosa, apretando su corazón. No era sólo compasión pasajera; también simpatía, comprensión de lo que estaba sucediendo y lo indefenso que se encontraba. Había ido al refugio con la idea de ayudar, pero ahora frente a Naxy, esa intención se volvía concreta, completamente urgente. Sus ojos recorrieron al gato con detenimiento. El felino parecía frágil, más de lo que había imaginado. Incluso en reposo, había algo en él que no terminaba de encajar, parecía demasiado pequeño para ser un gato adulto.

 

— ¿Listo? —repitió al final, dando un paso más cerca, incrédulo de sus palabras.

 

El metal reflejó tenuemente su silueta cuando se inclinó apenas, lo suficiente para observar mejor al gato. Su respiración era estable, pero irregular en ciertos cambios, luchando para mantener un ritmo. Extendió su mano para tocar su pelaje, aliviado de sentir su calidez.

 

— No lo parece la verdad.

 

La doctora no se ofendió. Al contrario, su expresión se suavizó, había esperado esa misma reacción.

 

—Lo está, — respondió con calma—. Dentro de lo que cabe.

 

Comprendía la inseguridad del hombre, una mascota era una gran responsabilidad, especial una tan delicada como lo es Naxy, pero Phainon siempre ha tenido una mano noble, una debilidad con las criaturas que necesitan cuidado.

 

— Está en recuperación. Las heridas más graves ya fueron tratadas y su cuerpo ha respondido bien — explicó, con ese tono profesional que apenas lograba ocultar el cansancio—. Con buenos cuidados, reposo y seguimiento, va a mejorar. Estoy segura que le darás un buen trato. Una casa cálida es mejor que una habitación quirúrgica, ¿no te parece?



Asintió ligeramente, posiblemente el pequeño gato jamás ha visto una cama mullida. Por lo que le ha contando la pelirrosa, en aquellos laboratorios siempre los tiene en jaulas diminutas, tanto tiempo que impiden su crecimiento. Tal vez esa era la razón de su pequeño tamaño.

 

— Pero necesita atención constante, — agregó, levantando su anular. — No solo física. Debe conocer un hogar cálido, comidas constantes, y sobre todo, el cariño de un humano.

 

La forma en que lo miró cambió ligeramente. Ya no era solo la doctora hablando, sino alguien depositando algo más personal.

 

— Quiero encargártelo — reveló finalmente. — Que seas tú quien lo cuide. Es un paciente especial, su nombre completo es Anaxagoras, decía en la etiqueta de su jaula.

 

Hyacine no estaba preparada para explicar todo lo que vio, tampoco lo que escucho de la policía. Tenía el temblé de cualquier sanadora, pero el pecho se le oprimía al recordar; un alma enteramente sensible para preocuparse por cualquier criatura. Por un instante, pareció debatirse entre decir algo más o guardárselo.

 

Al final, solo añadió: — Así que, por favor. Cuídalo, Phainon.

 


 



Despertó lentamente de su letargo, con la boca reseca y la mente envuelta en una espesa bruma. Le costaba abrir el ojo; cada músculo de su cuerpo parecía hundido bajo un peso insoportable, similar a después de las interminables sesiones en las que aquel hombre experimentaba con él. Por un par de segundos temió volver a estar en el mismo lugar, pero el olor era diferente: los antisépticos y alcohol desaparecieron, siendo remplazados por aroma cálido e inequívocamente humano. Percibió el olor de Hyacine bajo su manta y ese simple detalle bastó para aliviar parte de la angustia que le oprimía el pecho. Acudieron a su mente los recuerdos de la delicadeza con la que lo había sostenido, de la voz serena que lo acompaño en todo momento y una suavidad que jamás habría imaginado escuchar de los labios de los humanos

 

Osciló entre entregarse otra vez a aquel sueño sin imágenes o reunir fuerzas para averiguar dónde se encontraba. La decisión le fue arrebatada cuando una voz, que infiere masculina, rompió el silencio. Abrió lentamente el ojo, embargado por la curiosidad y frente a él un hombre albino se alzaba. Su rostro parecía amable, con grandes esferas azules. Inmediatamente pensó en cuando fue la última vez que admiro el cielo. Pero ningún humano lo volvería a engañar.

 

Con un brusco impulsó intentó incorporarse sobre sus cuatro patas. Sus extremidades, sin embargo, cedieron cual goma y terminó desplomándose de bruces. Incapaz de huir, optó por arquear el lomo cuanto pudo y lanzar un siseo amenazante, enseñando los colmillos mientras retrocedía un par de centímetros.

 


— Woah, qué dientes tienes. — El comentario escapó del albino con un tono sorprendido y admirado. Levantó ambas manos en señal de rendición, aunque naturalmente, aquel gesto carecía de significado para un gato. — Quiero decir, ejem. No voy a hacerte daño, te lo prometo. Sólo quería comprobar cómo estabas. Has estado dormido durante mucho tiempo, pequeño.

 

Aquel último comentario le provocó otro siseo más áspero, ¿Cómo se atreve a llamarlo así? tal vez fue el más pequeño de la manada, pero no fue su culpa. Además, el tamaño nunca había determinado la fuerza de nadie. No pensaba dejarse intimidar. Alzó una pata con intención de arañarlo, pero la distancia era demasiado grande y apenas logró cortar el aire. Aun así, el mensaje pareció quedar claro, el humano dio un paso atrás.



— Lo siento, no quería asustarte. — Había un matiz de pesar en su voz, similar a la culpa, pero Anaxa no se dejaría conmover; está demasiado acostumbrado a las mentiras.

 

El hombre le acercó lo que presumiblemente era comida húmeda para gato; res y verduras, infiere.

 

— Dejaré esto aquí, ¿está bien? Come y bebe un poco. — Le regalo una última mirada llena de tristeza. — Después me presentaré.



No añadió nada más, simplemente salió de la habitación. Anaxa siguió su figura con la mirada hasta que desapareció tras la puerta.

 

Sólo cuando el sonido de los pasos se extinguió al otro lado de la habitación, el cuerpo del gato comenzó a destensarse de poco a poco. Sus orejas permanecieron erguidas, atentas al menor ruido, mientras el pelaje erizado volvía lentamente a su lugar. Aun así, no aparto su vista de la entrada durante instantes más, esperando que el humano regresara de improvisto. Al comprobar que el silencio persistía, exhaló un suspiro de alivió y se permitió recorrer la habitación con la mirada. Era un espacio amplio, cálido y sorprende mente limpio. La cama donde descansaba era blanca, cubierta por mantas que conservaban el aroma de su doctora. Había un escritorio, una estantería repleta de libros y algunos muebles cuya utilidad desconocía. Su ojo terminó deteniéndose en las ventanas. Todas cerradas, y no solo eso: los pestillos estaban asegurados y las cortinas apenas dejaban filtrar la luz del exterior. Frunció el ceño, aunque hubiera reunido fuerzas suficientes para correr, escapar por allí sería imposible. Por un par de segundos lamento no tener ni la posibilidad de asomarse.

 

Golpeó el colchón con su extremidad felina, con completa frustración y molestia. Por lo menos el cuarto no parecía una jaula. Nadie lo encadeno ni vigilaban cada uno de sus movimientos, incluso la puerta quedó sin seguro, como si no tuviera la habilidad para abrirla. Todo le resultaba tan desconcertante. Por primera vez desde que tiene conciencia, la desconfianza cedió apenas un atisbo al agotamiento. Sin bajar la guardia del todo, apoyó su cabeza sobre las mantas, respirando el tenue perfume de Hyacine hasta que su acelerado corazón comenzó a acompasarse.

 

  

Los siguientes días transcurrieron con una rutina casi inmutable. El humano entraba únicamente para rellenar sus platos de comida y agua, además de limpiar el arenero instalado en una esquina de la habitación. A veces intentaba entablar interacción. Le preguntaba cómo se sentía o lo llamaba con apodos cariñosos que Anaxa encontraba profundamente irritantes.

 

Todas y cada una de aquellas aproximaciones recibían la misma respuesta: un siseo prolongado y el intento de propinarle un zarpazo.

 

Con el paso de los días recuperó la fuerza suficiente para sostenerse sobre sus cuatro patas. El dolor seguía presente, pero no era el mismo que al despertar. Cada jornada resultaba un poco más sencillo caminar, respirar e incluso mantenerse erguido durante varios minutos. No tardó en llegar a la conclusión de que había algo en la comida. El olor variaba ligeramente de un día para otro, dejando un regusto ligeramente amargo que no pertenecía a la carne ni a las verduras. Aquel humano debe de mezclar algún tipo de medicamento con su alimento. No le agradaba la idea de ingerir cualquier cosa preparada por él, pero negar la evidencia habría sido absurdo: fuera lo que fuera, estaba ayudándolo.

 

Aprovechó aquella mejoría para explorar la habitación a su propio ritmo, olfateando cada rincón en busca de algo sospechoso, pero solo encontró el aroma persistente del albino y el tenue rastro de Hyacine impregnado en algunos objetos. Pronto descubrió que, desde el escritorio, podía alcanzar de un salto el alfeizar de la ventana. Aquello se convirtió en su lugar favorito. Apoyaba las patas delanteras sobre el marco y contemplaba el mundo al otro lado del vidrio. Su único ojo se abría de par en par, fascinando por la inmensidad del cielo, el cálido resplandor del sol y el vaivén de la vegetación mecida por el viento. Hacía tanto tiempo que no veía un paisaje semejante que le costaba apartar la mirada. Aun así, su cautela nunca desaparecía del todo. Siempre que un humano cruzaba por el jardín o aparecía en el borde de su campo de visión, se agazapaba de inmediato bajo la ventana, ocultándose hasta que el peligro se alejaba.

 

Así transcurrían sus días: observando el exterior desde la seguridad de lo que ya consideraba su habitación, alimentándose cuando el hambre lo vencía y esperando que sus fuerzas regresaran lentamente.

 

 


 

 

Phainon estaba, por decirlo de la mejor manera, desesperado.

 

Había transcurrido casi un mes desde que Anaxa despertó y seguía sin poder acercarse a él. Cada visita terminaba igual: el gato desaparecia en algún ricón de la habitación o intentaba arañarlo antes de poner toda la distancia posible entre ambos. Incluso cambiar su comida o limpiar el arenero se había convertido en una delicada negociación para evitar asustarlo más de la cuenta. No podía culparlo, Anaxa es un gato profundamente herido tanto en cuerpo como emocional. Aprendió a asociar las manos humanas con dolor, encierro y miedo. Creer que confiara en él de la noche a la mañana habría sido egoísta y cruel.

 

Espero con calma, aunque jamás obtuviera respuesta. Habló lo que quiso, creyendo que se acostumbraría a su voz. Lo alimento sin reservas, tal vez ganaría más peso. Le trajo más mantas, así podría mantenerse cálido y agradable. Esperaba porque, después de todo lo que Anaxa había vivido, eso era lo mínimo que podía ofrecerle.

 

Una mañana entró en la habitación con el plato de comida entre manos. Asegurando en su mente que lo volvería a encontrar debajo de un mueble. En cambio, lo descubrió recostado sobre el alfeizar de la ventana. El gato giró apenas la cabeza para dedicarle una fugaz mirada. No hubo siseo, tampoco le enseñó los colmillos. Simplemente volvió a fijar su vista en el exterior, como si Phainon no fuera más que otra parte del mobiliario. Aquello bastó para que una sonrisa iluminara su rostro. Era un progreso diminuto, ridículo incluso para aquellos que no han compartido las semanas con él. Anaxa ya no permanecía oculto todo el tiempo, se movía con soltura por la habitación, había recuperado fuerza y por primera vez toleraba su presencia. Phainon dejó el plato en el suelo con movimientos lentos, procurando no hacer más ruido de los necesario.



— Pronto estarás completamente recuperado; — dijo con una sonrisa que no logro contener. — Antes de que te des cuenta, estarás caminando por toda la casa como si siempre hubiera sido tuya.

 

El único efecto que obtuvo fue ver cómo el gato se enroscaba un poco más sobre si mismo, decidido a continuar pasando de su existencia. Phainon escapar una breve risa detrás de su mano. Al menos ahora no intentó arrancarle un dedo. Considerando de quién se trataba, podía contarlo como una pequeña victoria.

Notes:

Meownaxa está un poco arisco, pero es un buen gatito, ya verán.

Quiero aclarar esto: Anaxa es un gato con conciencia humana, sus acciones e ideas surgen de ahí. En algún punto se volverá completamente humano, ya que realmente ese el punto del fanfic.

Si hay algún error o falta ortográfica, háganmelo saber, también si creen que las etiquetas están mal.

¡Nos vemos hasta la siguiente actualización! Bye-bye