Chapter Text
Cuando Pékerman leyó como iban a estar divididas las habitaciones el primer día en el lobby del hotel, Pablo se enteró que le tocaba compartir con Riquelme.
No le molestaba, pero si era honesto, lo ponía un poco nervioso.
Ya conocía a Román, o sea todo el mundo del futbol lo conocía obviamente por ser una joven promesa de Boca, pero él personalmente lo conocía del Sudamericano y de otras concentraciones, habían entrenado juntos y un par de veces habían hablado, pocas palabras, nada más y solo de futbol, pero bueno, habían hablado. Sin embargo, no, no eran amigos, a decir verdad, no estaba seguro siquiera si Román lo registraba.
De todas formas, para ser justos, Román era una persona difícil de acercarse y eso que Pablo no era tímido. El mayor hablaba muy poco en los entrenamientos y casi siempre estaba serio. Pablo nunca sabía si había algo que le estaba molestando o si su cara era así. A veces hasta parecía de mal humor. Encima de eso, Román era el capitán, entonces, aunque solo tuviera un año más que el, imponía respeto al resto.
Así que si, Pablo iba a compartir la habitación con Riquelme y estaba nervioso.
Cuando Pékerman anunció que les tocaba juntos, Román miró a Pablo durante un segundo y asintió. Bueno al menos sabe quién soy, pensó.
Pablo pensó que quizás le iba molestar que lo pongan con el más nuevo, pero Román no pareció molesto, de hecho, no pareció nada.
Cuando entraron en la pieza encontraron dos camas individuales, cada una con su mesa de luz, dos sillas, un escritorio, una ventana en el medio y un placard chico de cada lado. En la pared de enfrente había un televisor de tubo empotrado, ubicado justo frente a una de las camas.
Román dejó su bolso en el piso y miró las camas.
"Elegí", le dijo a Pablo.
El más joven miró las camas, ya estaba más nervioso que antes.
"Eh, me da lo mismo", contestó rápido.
"A mí también", replicó Román. "Elegí", insistió.
Se quedaron unos momentos parados en el medio de la pieza sin decir nada.
"Eh, Bueno, esta", decidió Pablo para terminar con el momento incomodo, dejando el bolso sobre la cama desde la que peor se veía el televisor. Le pareció lo más lógico. Román era el capitán y él no se sentía con derecho a quedarse con la mejor cama.
Román levantó las cejas.
"Esa era la que quería yo", le dijo sin un ápice de gracia en su voz.
Pablo se giró asustado.
"¡Perdón!", exclamó. "Agarro la otra, no pasa nada", le aseguró, alarmado.
Román no dijo nada por un par de horribles segundos, hasta que sonrió un poco.
"Te estaba cargando", le dijo mientras ponía el bolso sobre la cama que no había elegido Pablo.
"Ahh", suspiró aliviado Pablo. "No había entendido. Perdón", se disculpó sin saber muy bien porque se estaba disculpando.
Román solo se dio vuelta desde donde ya estaba acomodando su ropa en el placard y le hizo una mueca rara que Pablo no entendió si era una sonrisa o si lo estaba sobrando.
"¿Sos de river vos no?", le preguntó de repente.
"Eh si, si", contestó Pablo rápido. Estaba sorprendido de que lo ubicase. "¿Vos de Boca no?"
Apenas terminó la pregunta se quiso matar. Claro que era de Boca. Todo el mundo sabía que era de Boca. Es que todavía seguía nervioso.
Román lo miró divertido antes de contestarle.
"No, de Argentinos".
"¡¿En serio?!"
Román solo lo miro y sonrió.
"No".
Pablo volvió a quedarse callado y Román siguió guardando su ropa.
-
Mas allá de ese primer intercambio bastante incomodo, del que Pablo había quedado medio traumado, con el correr de los días se dio cuenta que Román no era tan terrible. Era buen compañero de habitación: silencioso y ordenado.
También se dio cuenta que hablaba más cuando estaban solos que cuando estaban con todo el grupo. Tampoco es que era muy elocuente, pero sí que se soltaba más.
Casi siempre eran cosas de futbol de las que hablaban, pero se notaba que era un tema que le apasionaba y a veces Pablo le hacía preguntas solo para que siga conversando y así poder seguir escuchándolo, porque el tipo realmente era un genio y tenía opiniones muy interesantes.
A Pablo no le molestaba para nada solo hablar de ese tema, muy por el contrario, le gustaba bastante, porque él también era un poco un enfermo del deporte y a veces le costaba encontrar personas con las que pudiera compartir esas cosas con tanta intensidad.
Empezaron a charlar más seguido una noche cuando engancharon un partido en la televisión que estaba enfrente de la cama de Román.
"El problema me parece es que está tardando mucho en largarla", comentó Pablo un poco tímido desde su cama cuando uno de los jugadores perdió la pelota por tercera vez.
Román lo miró.
"Si, pero no tiene a quien dársela", le contestó. "El 9 estaba adelantado".
Tenía razón Román, pero Pablo igual pensaba que la tenía que pasar, así que le contestó.
"El 5 estaba libre", dijo, seguro de su opinión.
Román chasqueó la lengua.
"No, estaba muy atrás", le discutió.
"Y, pero se la daba y arrancaban de nuevo", se explicó Pablo.
Román negó con la cabeza.
"No. Si volvés para atrás ahí les das tiempo de que se acomoden. Tiene que aguantar un poco más y recién ahí pasarla".
Un par de minutos después, el mismo jugador volvió a recibir la pelota y la llevó hasta casi el área.
"PASALA", gritaron los dos al mismo tiempo.
El jugador se demoró y terminó dando el pase cuando su compañero ya estaba adelantado.
"Ufff, que morfón, me parece que tenés razón Enano", comentó Román. "No sabe largarla".
Pablo se rio del apodo que le había dicho Román. No le molestaba la verdad.
Siguieron hablando durante el partido. A Pablo le gustaba que Román lo trataba como un igual porque le preguntaba qué pensaba él y lo escuchaba y si no estaba de acuerdo, se lo decía.
Afuera de la habitación, Román volvía a ser mucho más callado y nunca buscaba ser el centro de atención, pero como era el capitán terminaba siéndolo igual, así que lo manejaba como podía. Pablo notó que incluso cuando lo halagaban parecía incómodo.
Mas allá de todo, el mayor era un líder natural que todos respetaban sin que se tuviera que esforzar mucho.
También era muy considerado con Pablo, porque al ser el más nuevo, un poco le costaba integrarse, pero se aseguraba de que se una al resto del grupo lo más posible.
Por ejemplo, un día que llegó al comedor los lugares de la mesa ya estaban casi todos ocupados. Ya se estaba yendo a la otra punta hasta que Román lo llamó:
"Enano, acá", le dijo.
Pablo se dio vuelta para mirar el lugar que le estaba haciendo Román.
"¿Seguro? No entro", dudo Pablo.
"Sí, entrás. Gringo correte", le ordenó Riquelme a Scaloni.
"Uh, bueno. A ver, Cuchu, ¿te hacés para allá? Que tenemos que hacer lugar para el favorito de Romi", dijo Scaloni mientras arrastraba la silla. Pablo terminó sentado entre él y Román.
"Callate y comé", le contestó Román a Scaloni.
Los demás se rieron y Pablo también, aunque nervioso porque un poco le incomodó que dijeran que era el favorito de Román. Más que nada porque tampoco quería que empezaran a cargarlo a él por su culpa.
Igual cuando giró para su lado, Román lo estaba mirando. Le sonrió y siguió comiendo en silencio. Se ve que mucho no le había molestado el comentario.
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El día del debut fue el 18 de junio de 1997. Hacía tanto calor que antes de salir a la cancha ya estaban todos transpirados.
En la fila para entrar, Pablo miró adelante. Román estaba primero, con la cinta de capitán en el bicep.
Pablo por su parte estaba muy nervioso por el partido que estaba por jugar, era el más importante que cualquier otro que hubiera jugado antes.
Justo antes de salir, Román se dio vuelta y lo miró fijo, pero enseguida volvió la vista hacia adelante. Pablo le sonrió, aunque Román eso ya no lo vio.
Cuando empezó el partido, Hungría intentó presionarlos, pero Argentina encontró rápido la forma de salir.
A los 9 minutos llegó el primer gol. Román agarró una pelota después de un córner y se la pasó a Romeo, que cabeceó y la mandó adentro del arco.
Pablo corrió enseguida a abrazarlos. Romeo quedó en el medio y Román terminó abrazándolos a los dos.
El gol los tranquilizó bastante. Pablo empezó a encontrar más espacios y Román siempre sabía dónde estaba, como si tuviera un scanner de todos los jugadores que estaban en el campo. Era impresionante.
Antes del entretiempo, Scaloni marcó el segundo de cabeza y se fueron al vestuario ganando dos a cero.
"No aflojemos", dijo Román mientras tomaban agua. "Falta un montón todavía".
A los cinco minutos del segundo tiempo, Argentina tuvo un tiro libre cerca del área: Román acomodó la pelota, esperó la orden del árbitro e hizo el tercer gol de una.
Riquelme tenía una sonrisa de oreja a oreja y Pablo fue el primero en alcanzarlo para festejar. Le saltó encima y Román lo sostuvo contra su cuerpo tomándolo de la cintura para que ninguno de los dos se cayera y se abrazaron mientras llegaba el resto a sumarse al abrazo.
El partido terminó tres a cero. Argentina había debutado con una victoria clarísima.
Cuando volvieron al vestuario, Román se sentó en el banco y empezó a desatarse los botines.
Pablo, que estaba sentado al lado, le dio un golpecito con la rodilla.
"Qué golazo, che".
Román levantó la cabeza y le sonrió un poco tímido.
"Gracias, Enano".
Como Australia y Canadá jugaban después, varios se quedaron en el estadio para mirar el partido. Pablo terminó sentado al lado de Román y Cambiasso.
Román y Pablo no tardaron ni 5 minutos en empezar a hablar del partido que estaban viendo.
"Dejan terrible espacio atrás del 5", comentó Román, frustrado con lo que estaba observando del equipo canadiense.
"Está mal, los centrales no salen tampoco", le contestó Pablo de acuerdo.
Román lo miró y asintió, contento de que hubiera entendido exactamente lo que quería decir.
Siguieron así varios minutos, analizando todo quirúrgicamente, hasta que el Cuchu giró la cabeza hacia los dos.
"Che, son re pesados ustedes. No se callan un minuto loco". Se levantó con su botella de agua y se cambió de asiento.
Pablo y Román se miraron.
"No entiende nada", dijo Román.
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Al regresar al hotel, Pablo fue al comedor con los demás. Román dijo que iba en un rato, pero igual no apareció.
Cuando volvió a la habitación, lo encontró hablando por teléfono. Hablaba bajo y sostenía el tubo con las dos manos.
"Sí, ma", lo escucho que decía.
Pablo cerró la puerta con cuidado. Román levantó la vista y le hizo un gesto para que pasara.
"No, no hace tanto calor… Sí, pero tenemos aire… Sí, estamos bien".
Ponía una voz más suave cuando hablaba con su mama. A Pablo lo enterneció.
Pablo empezó a ordenar su bolso haciendo mucho ruido con su ropa para no parecer que quería escuchar lo que hablaba Román con su familia.
"Pasame con los chicos", le pidió.
Del otro lado debieron haber pasado varios de sus hermanos, porque durante los minutos siguientes lo escuchó repetir que no tocaran sus cosas, que se portaran bien y que si les iba a llevar regalos.
"Bueno, dámela a la mami otra vez… Sí, ma. Después llamo. Dales un beso a todos".
Cuando cortó, se quedó con la mano apoyada sobre el teléfono.
"Tengo muchos hermanos", le dijo a Pablo de repente.
"¿Ah sí?", contestó Pablo. Estaba un poco sorprendido de que le quiera hablar de su familia, casi nunca habían hablado de otra cosa que no sea futbol.
"Si. Somos nueve hermanos, cinco varones y cuatro mujeres".
"Faa posta son un montón ¿Los extrañás?", le preguntó ya arrepintiéndose. Él y sus preguntas pelotudas, ¿qué le hacía creer que Riquelme iba a querer hablar algo personal con el?
Pero Román no pareció molestarle la pregunta, solo que se tomó unos segundos para contestar.
"Si, los extraño bastante a todos. Y creo que ellos a mí, como soy el más grande medio que también soy un poco como el padre de todos, siempre me buscan".
Pablo le sonrió. Era muy tierno cuando hablaba de su familia.
"Quieren que me vaya bien", agregó Román. Quizás fue idea de Pablo, pero sonaba un poco triste.
"Y te va a ir bien", le dijo Pablo convencido. "Nos va a ir bien a todos. Estoy seguro".
Román no contestó. Solo lo miro y le hizo una de sus muecas medio sonrisa.
"Bueno, voy a bajar a comer algo", le dijo y salió de la habitación dejando a Pablo solo.
Había escuchado algunas cosas sobre la familia de Román. Sabía que eran muchos, que venían de un barrio humilde y que para él jugar en Boca significaba muchísimo. Hasta ese momento nunca pensó en el peso que debía sentir su compañero y que había un montón de gente que dependía de que le vaya bien.
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La cercanía entre los chicos no paraba de crecer. A la hora de comer cualquiera de las comidas ya siempre se sentaban uno al lado del otro, incluso ya sus compañeros dejaban libre el asiento al lado de Román porque sabían que ahí se sentaba Pablo.
A veces se compartían comida, por ejemplo, a Pablo no le gustaba el huevo, pero igual siempre pedía para dárselo a Román, que al principio se lo ofrecía, pero ya después le dejo de preguntar y lo ponía directamente en el plato. Con otras cosas hacían lo mismo. Si a uno no le gustaba algo se lo daba al otro.
Después de entrenar también solían volver juntos. Si Pablo se quedaba atrás Román lo esperaba y después seguían caminando con los demás.
Con él también Pablo también empezó a descubrir cosas de sí mismo. Siempre le había pasado de tener la necesidad de hablar cuando todos se quedaban callados y decir cualquier cosa para que no se volviera incómodo. Pero con Román no le pasaba, a veces pasaban horas sin decirse nada y Pablo no sentía que tenía que hablar.
En eso se complementaban bastante bien. Pablo era mucho más parlanchín y Román no parecía tener problema en escucharlo. A veces hablaban los dos y otras el mayor lo dejaba seguir, haciéndole una pregunta cada tanto para que Pablo supiera que le estaba prestando atención.
También jugaban al truco juntos. Román era mucho mejor para mentir y Pablo para distraer. Cuando perdían se echaban la culpa entre ellos en chiste y cuando ganaban eran bastante insoportables para los demás.
Ellos eran así, siempre estaban con el grupo pero se buscaban el uno al otro entre sus compañeros.
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La noche anterior al partido contra Canadá, Pablo ya estaba por dormirse cuando escuchó que Román lo llamaba desde la otra cama.
"Enano".
Pablo abrió un ojo.
"¿Qué?", le preguntó medio dormido.
"¿Estás despierto?", la voz de Román sonaba muy activa aún.
"Mmm ponele, ¿Qué pasó?"
"Para vos, ¿vamos a ganar mañana?", le preguntó con miedo.
Pablo giró la cabeza, aunque en la oscuridad no podía ver a Román. Seguro estaba nervioso, había estado todo el día moviendo la pierna de los nervios y con razón. El segundo partido de las fases de grupos siempre es importante. Si perdés, llegás al tercero obligado a ganar y cualquier error te puede mandar a tu casa.
"No la voy a mufar", contestó Pablo con cautela. "Pero sí. Para mí vamos a ganar".
Román no dijo nada durante unos segundos.
"Bueno, ojalá. Buenas noches, Enano", parecía conforme con la respuesta de Pablo.
Pablo sonrió contra la almohada.
"Buenas noches, Romi", le contestó.
Escuchó que Román soltaba una risita.
"¿Vos también me decís Romi ahora?", le preguntó riéndose.
"Dormite, Romi", siguió Pablo.
Ambos se rieron y al cabo de unos minutos se quedaron dormidos.
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Canadá fue bastante incómodo: les cerraban todos los caminos y casi no salían de su propia área. Cada vez que recibían la pelota ya tenían jugadores encima, además de que Román tenía una marca personal.
A los 32 minutos, Scaloni salió por el costado y Romeo hizo el primer gol, pero al toque Canadá empató con un penal.
En el segundo tiempo empezaron a encontrarse mejor. A los 65 minutos, el árbitro cobró un penal para Argentina.
Román tomó la pelota enseguida, esperó el silbato y convirtió el dos a uno.
Esta vez, cuando corrieron a abrazarlo, Román solo buscó a Pablo y le rodeó el cuello con un brazo, apretándolo contra su cuerpo mientras los demás caían sobre ellos.
Los últimos minutos fueron más difíciles: uno de los jugadores canadienses agarró la pelota en la mitad de la cancha para contraatacar. Pablo, para frenarlo, puso la pierna y le hizo falta.
El árbitro le cobró tarjeta amarilla al instante y Pablo no protestó. Automáticamente apareció Román a su lado.
"Tenía que pararlo, se iba solo", le explicó antes de que el capitán pudiera decirle algo.
Román miró hacia el jugador canadiense y después a él.
"Estuviste bien", le dijo simplemente.
Pablo lo miró sorprendido y Román le puso la mano suavemente en la espalda.
"Mirá vos, el nene de River, quien iba a decir que tan chiquito te ponía la pata así", se rio.
"Callate", le dijo Pablo riéndose también. Román le sonrió.
"Un peligro che", acotó y antes de volver a su posición Pablo sintió los dedos de Román como se enredaban en su pelo y le acariciaban rápidamente la piel expuesta de la nuca.
Pablo se quedó mirándolo alejarse, él sonreía más que Román.
La verdad era que estaba bastante contento de que les hubiera tocado la pieza juntos.
