Chapter Text
La habitación del príncipe Aleksandar era un santuario de madera oscura y tapices descoloridos que olían a cera, junto a un montón de libros antiguos. Sobre el escritorio de roble, iluminado por el círculo dorado de la lámpara de aceite, se encontraban sus soldados de juguete, siendo pequeñas figuras de plomo con uniformes escarlata, enfrentándose a un pelotón imaginario. Junto a ellos, los caminantes bípedos, maravillas mecánicas de latón y engranajes minúsculos, avanzaban con rigidez sobre sus delgadas piernas articuladas. Detrás, como un guardián silencioso, el Hércules de ocho patas, con cuerpo de araña mecánica y cañones diminutos, observaba la escena con sus lentes de cristal empañados.
El joven príncipe sabía que era tarde. El reloj de péndulo en el pasillo había dado las once hacía rato, pero se había quedado estudiando mapas de estrategia militar más tiempo del habitual. Y como recompensa, se permitió este momento de ocio, dejando que sus dedos aún manchados de tinta, movieran las piezas sobre el mapa de batalla dibujado en un viejo pergamino amarillo.
Fuera, la tormenta anunciada desde el atardecer rugía con furia; rayos azules desgarraban el cielo, iluminando por instantes los vitrales de la ventana, seguidos por truenos que hacían temblar los estantes de libros. Cada explosión de luz revelaba las sombras danzantes de los juguetes sobre el escritorio.
Padre y madre estaban en Sarajevo para el desfile del solsticio de verano. Él había suplicado ir, imaginando la procesión de caminantes de guerra reales, esas máquinas altas como edificios que avanzaban con pasos que hacían retumbar la tierra. Pero su madre, con su voz suave pero inquebrantable, le había negado el permiso.
—Tu lugar está aquí, estudiando. Un príncipe debe prepararse, no distraerse con espectáculos —le había dicho, ajustándose el velo de encaje antes de subir al carruaje.
“Solo quería ver a los caminantes bípedos de cerca”, pensó Alek ahora, haciendo un puchero que arrugaba su rostro adolescente.
La guerra estaba en boca de todos últimamente: rumores de tensiones en las fronteras, de alianzas rotas, y le era inevitable preguntarse cómo sería estar en una, lejos de las paredes acogedoras de su hogar.
Estaba completamente solo en la habitación. Los sirvientes se habían retirado horas atrás; ni siquiera el mayordomo viejo y gruñón rondaba por los pasillos. Con los rayos de la tormenta acariciando los vidrios y el viento aullando como un lobo herido, nadie estaba allí para verlo, para recordarle que se comportara como un príncipe, miembro de un imperio que respiraba protocolo. Por un momento, podía ser solo un niño de quince años, que mordisqueaba un pastel de almendras robado de la cocina, despeinaba su cabello castaño y dejaba caer la postura rígida que le enseñaban.
Entonces, escuchó pasos afuera en el pasillo, no los arrastrados de un sirviente, sino unos firmes, deliberados. Miró el reloj de bolsillo sobre el escritorio, la manecilla marcaba casi la medianoche. Demasiado tarde para visitas. Con un movimiento rápido, apagó la lámpara de un soplo que esparció el olor a aceite caliente, y corrió a su cama de dosel, sumergiéndose bajo las mantas de lana. Contuvo la respiración, fingiendo el ritmo pausado del sueño.
—Joven príncipe, sé que lleva un buen tiempo despierto —dijo una voz grave detrás de él, tan familiar como las lecciones de geometría. Era el conde Volger, su tutor y profesor de esgrima, cuya silueta delgada se recortaba contra la puerta entreabierta— ¿Me permite un pequeño consejo, su alteza? Cuando desee fingir que está dormido, es aconsejable no contener el aliento. Lo delata.
Alek se giró bajo las sábanas, poniendo los ojos en blanco hacia la oscuridad. Ese hombre siempre encontraba la forma de regañarlo por todo, desde la postura al escribir hasta la manera de sostener el tenedor. Esperaba una reprimenda por estar despierto a esta hora, pero la voz del conde no tenía su tono habitual de fastidio didáctico. Era plana, tensa. Se sentó, y sus ojos se ajustaron a la penumbra; no encontró al hombre erguido y severo, sino arrodillado junto a su cama, como un súbdito ante un altar.
—¿Qué ocurre, conde? —preguntó despacio sentándose en el amplio colchón, y notó que sus propias palabras temblaban ligeramente.
La cara del hombre, iluminada por un relámpago distante, era una máscara de solemnidad. Sus ojos azules, normalmente llenos de ironía, ahora estaban opacos, con arrugas profundas alrededor de ellos. Llevaba la chaqueta de montar empapada por la lluvia, y gotas de agua brillaban en su bigote canoso. Alek sintió un escalofrío que le recorrió la espalda, un frío que no provenía de la tormenta que se aproximaba.
—Aleksandar, escúchame —dijo este, y su voz era un hilo de seda apretado— Pero debes mantenerte sereno ¿De acuerdo?
Esa no era una buena señal. Las palabras “mantente sereno” nunca precedían a noticias triviales. Contuvo el aliento de nuevo, pero esta vez no por fingir, sino por puro instinto, y asintió despacio, sintiendo el latido de su corazón en sus oídos.
—El día de hoy, durante el desfile en Sarajevo… —hizo una pausa, como si midiera cada sílaba— Vuestros padres sufrieron un intento de asesinato.
El aire se le cortó a Alek. Literalmente, como si alguien hubiera apretado su garganta. Bajó la mirada lentamente, viendo sus propias manos aferradas a la manta, los nudillos blancos. El mundo se redujo al sonido de la lluvia que ya golpeaba los cristales.
—Y horas más tarde —continuó Volger, sin apartar los ojos de él— sufrieron un segundo intento. Con veneno en el vino de la cena de gala.
Un dolor agudo estalló en sus sienes, seguido por una oleada de náuseas que le hizo llevar una mano a la boca. El sabor amargo del pastel de almendras se volvió repulsivo.
—Entonces… ellos…— logró decir, pero las palabras se atascaron en su garganta. Alzó la vista, nublada por el pánico, y vio la mano de Volger posándose sobre su hombro, firme y pesada como una losa.
—No —dijo el conde, y por primera vez, algo parecido a una chispa de humanidad cruzó su rostro— Dije “intento de asesinato”. Por lo tanto, ambos han sobrevivido. Los guardias neutralizaron a los atacantes. El veneno fue detectado a tiempo.
El joven príncipe soltó un largo jadeo de alivio, un sonido tembloroso que se mezcló con el trueno exterior. Cerró los ojos por un segundo, dejando que la noticia lo inundara. Estaban vivos.
Vivos
Qué maravillosa noticia
—Qué bueno… —murmuró, recuperando el aliento—. ¿Y no pudo comenzar por allí primero?
—No —respondió Volger secamente, retirando la mano y apoyando el codo en su rodilla, en una pose extrañamente informal para él—. Debías entender la importancia de la situación. Usted, joven señor, quería ir a ese desfile. Vuestra madre se lo impidió. Si ella hubiera cedido, y los tiradores no hubieran fallado sus disparos… el resultado sería distinto. ¿Sabe lo que quiero decir, cierto?
El frío regresó, pero ahora era uno diferente, más profundo, que se instaló en sus huesos. Alek lo entendió de inmediato; si hubiera estado allí, en el auto descapotado junto a sus padres, habría sido un blanco más. O tal vez el blanco principal. Quiso ir al desfile… lo que significaba que él… pudo haber muerto también. La habitación pareció inclinarse ligeramente.
—Pero no ocurrió, conde —dijo, tratando de aferrarse a la lógica—. No ocurrió nada malo… ¿Por qué me está contando esto?
—Le repito, para que entienda la complejidad del problema —este se levantó, con su sombra alargándose sobre la pared como un espectro—. Ahora puede estar relajado. Vuestros padres están en camino de regreso; llevan horas viajando bajo escolta reforzada. Lo más probable es que estén aquí pronto, antes del amanecer.
—…Gracias, conde —fue todo lo que pudo decir. Su voz sonaba pequeña, como la de un niño mucho más joven.
Se levantó de la cama, las piernas algo inestables, y se dirigió al armario de caoba. El alivio, ese gran alivio que lo había abandonado, por fin regresaba, cálido y tangible. Si iban a regresar pronto, quería verlos, mirarlos a la cara y comprobar con sus propios ojos que estaban bien. Y no lo haría en pijama, como un infante asustado. Abrió las puertas del armario y tomó rápidamente unas prendas; una camisa blanca de lino, un chaleco oscuro y pantalones de montar. Se escondió tras el biombo de seda pintada con grullas en vuelo, y comenzó a vestirse con manos que aún temblaban levemente.
Mientras tanto, el conde Volger observaba desde la penumbra. Sus pensamientos, sin embargo, estaban lejos de la habitación. Recordaba la letra desesperada, casi ilegible, del archiduque Ferdinand, traída por el halcón mensajero horas antes.
“Atrapamos a los tiradores entre la multitud, pero uno de ellos, antes de que la policía se lo llevara, susurró algo que me dio escalofríos… Faltaba el chico de todas formas”.
Nadie sabía el secreto que ocultaban tanto el archiduque como él respecto al príncipe; que Aleksandar, a pesar de las apariencias, los rumores de fragilidad y genes plebeyos, sí era el heredero legítimo al trono, el único que podía unificar las facciones en disputa. Sin embargo, parece que alguien había filtrado esa información. Alguien que ahora consideraba al chico de quince años una pieza clave para desestabilizar el imperio.
“No ejecutes el plan de escape, Ernst. Estoy bien. Pero no bajes la guardia. Podría volver a pasar”. Fueron las últimas palabras de la carta, y estaba de acuerdo en todo sentido.
El joven príncipe emergió de detrás del biombo, vestido y con el cabello aún desordenado, pero con los ojos fijos en la puerta, por la cual salió corriendo, esperando oír el sonido de los carruajes desde los pasillos.
La tormenta que azotaba el castillo de Konopiště no era una simple tormenta; era una furia desatada contra los muros centenarios de piedra caliza. La lluvia, fría y punzante como agujas de hielo, azotaba las vidrieras góticas, dibujando ríos serpenteantes que distorsionaban el mundo exterior en un caleidoscopio de grises y verdes oscuros. Cada trueno no era un sonido, sino una vibración que ascendía desde los cimientos, sacudiendo los suelos de madera noble bajo las botas de Alek y haciendo tintinear los candelabros de cristal en sus soportes. Él permanecía inmóvil junto a las monumentales puertas de roble, talladas con el águila bicéfala de los Habsburgo, con las manos fuertemente entrelazadas a la espalda, los nudillos blancos de fuerza. Intentaba dominar el temblor que quería apoderarse de sus miembros, clavando la mirada en el herraje negro de las puertas. Tenía quince años, era príncipe del Imperio austrohúngaro, pero en la penumbra del vestíbulo, con el eco del vendaval como único compañero, se sentía como un niño pequeño, frágil y aterrado, esperando el regreso de sus padres de un viaje del que casi no vuelven.
Cuando las grandes puertas finalmente cedieron con un crujido profundo y rechinante, como el suspiro de un gigante de madera, el viento irrumpió aullando en el vestíbulo. Trajo consigo el aroma salvaje de la tierra removida, de hierba pisoteada y ozono, ese olor metálico y limpio que deja un rayo. En el marco, empapados y aureolados por la luz tenue de las lámparas de gas, aparecieron sus padres. El archiduque Franz Ferdinand avanzó con paso firme pero pesado, su pelo castaño rojizo, usualmente bien peinado, estaba pegado a la frente y las sienes. Sus característicos anteojos rectangulares estaban empañados, ocultando la mirada, y el impecable uniforme imperial violeta oscuro, adornado con galones dorados, estaba manchado de agua y barro, pegado a sus hombros. A su lado, Sophie Chotek, archiduquesa de Hohenberg, parecía una figura sacada de un cuadro desvaído. Su vestido de viaje, de un verde esmeralda ribeteado con blanco, estaba empapado y perdía su elegancia, acentuando su palidez. Sus ojos, del mismo verde intenso que su vestido, estaban muy abiertos, reflejando una mezcla conmovedora de agotamiento físico profundo y un alivio tan agudo que rayaba en el dolor. Estaban vivos. Esa verdad simple y monumental golpeó a Alek con la fuerza de un rayo.
Antes de que los sirvientes, moviéndose con eficiencia silenciosa, lograran cerrar las pesadas puertas contra la tormenta, la escena se llenó de actividad. Unos criados entraron cargando las maletas de cuero, ahora oscuras y goteantes. Afuera, a la luz parpadeante de los faroles, se veían las siluetas de otros hombres agachados junto al carruaje mecánico, sus impermeables brillando bajo la lluvia. Revisaban el vehículo con urgencia, sus manos expertas palpando la carrocería y las ruedas, buscando cualquier falla, cualquier señal de sabotaje que pudiera haber convertido el viaje de vuelta en otra tragedia. Era un recordatorio mudo y escalofriante de que el peligro no había terminado con el regreso.
—Padre… madre.
La voz del joven surgió como un suspiro ronco, el sonido de alguien que recupera el aliento tras estar sumergido. Exhaló completamente, vaciando unos pulmones que no se había dado cuenta de que había mantenido en vilo desde hace horas. Entonces, la rígida formalidad que le habían inculcado desde la cuna se quebró. Se abalanzó hacia adelante no como un príncipe, sino con la energía desesperada y pura de un hijo. Se estrelló contra su madre sin importarle que se mojara, enterrando el rostro en el hombro frío y húmedo de su vestido, ahogando un sollozo en la tela. Sophie lo estrechó contra sí con una fuerza feroz, clavando los dedos, aún enfundados en guantes de cabritilla empapados, en la espalda de su hijo. Ambos cayendo de rodillas al suelo de mármol.
Por un instante infinito y frágil, todo lo demás se desvaneció; la intrincada política, el peso de los títulos, las frías y calculadoras miradas de la corte que siempre la menospreciaban, nada de eso existía más. Solo existía el calor que empezaba a brotar entre ellos, el latido constante y rápido del corazón de su madre contra su oído, y el olor a humedad que persistía bajo la humedad y el miedo.
—Estamos aquí, cariño— susurró la dama en su oído, su voz temblorosa pero dulce, acariciando su cabello castaño— Estamos a salvo.
Franz Ferdinand los observaba desde unos pasos de distancia, quitándose con movimientos pausados los guantes de cuero, también empapados. A la luz más clara del vestíbulo, parecía haber envejecido una década en un día. Las arrugas alrededor de sus ojos, usualmente marcadas por la concentración, se habían acentuado y profundizado, grabadas por el estrés y la adrenalina del atentado. Su mirada, ahora visible tras limpiar los lentes con un pañuelo, no se posó en su esposa e hijo por mucho tiempo. Se desvió, penetrante y cargada de significado, hacia las altas escaleras. Allí, inmóvil como una estatua, estaba el conde Volger.
Él era la antítesis del desorden húmedo y emocional del vestíbulo. Un hombre de pocas palabras y semblante tallado en granito, su cabello gris acero estaba peinado hacia atrás con una precisión militar. Su gran bigote, un emblema en sí mismo, permanecía perfectamente inmóvil. Vestía un traje oscuro y impecable que no parecía haber sido tocado por la tormenta. Era el mejor amigo del archiduque, el tutor de su hijo, y, como todos en la casa sabían pero nunca mencionaban, el guardián de sus secretos más profundos.
Los dos hombres intercambiaron una mirada. Fue brevísima, un simple cruce de ojos, pero en ese instante se transmitió un volumen de información que habría llenado un informe confidencial. No hubo necesidad de palabras. El ataque en Sarajevo, con sus dos intentos de asesinato coordinados, las bombas lanzadas con precisión, el tirador que falló por centímetros… no había sido violencia aleatoria de nacionalistas serbios enfurecidos. Había sido un operativo. Limpio, coordinado, metódico. Un mensaje escrito en pólvora y sangre. Y tanto el archiduque como el conde sabían, con la certeza fría de los hombres que juegan al ajedrez con vidas, que mensajes como ese nunca eran el final. Eran el primer movimiento. Y lo que solía seguir era la guerra.
—Serían tan amables de preparar los baños calientes para sus majestades.
Ordenó el conde bajando los escalones, dirigiéndose a la jefa de las mucamas. Su voz era clara, cortante, un contrapunto eficaz al susurro emocional del momento. La mujer, una figura menuda y seria, asintió en silencio y se deslizó por los pasillos, seguida por un séquito de doncellas que desaparecieron en la penumbra del castillo, reactivando la maquinaria doméstica.
Alek se separó de su madre, avergonzado, y se frotó los ojos con el dorso de la mano para secar las lágrimas rebeldes. Se sentía tonto, infantil, pero el miedo que lo había poseído durante horas había sido tan real como la piedra bajo sus pies.
—El conde me informó la noticia—dijo, su voz aún quebrada por la emoción reprimida— Dijeron que fue un intento de asesinato, dos de hecho... Pensé... pensé por un momento… que nunca volvería a verlos.
Sophie le acarició la mejilla con suavidad, su expresión era más suave ahora, aunque la sombra del peligro no abandonaba sus ojos verdes.
—Estuvimos a punto de morir, mi amor. Por muy poco. Pero estamos aquí. Y tú estás aquí, a salvo entre estos muros, estudiando tus lecciones como debes —Hizo una pausa, y su voz bajó aún más— Me alegra, con todo mi corazón, que no estuvieras con nosotros. Fue... caótico. Inhumano.
Franz se agachó y le puso su mano grande y pesada en el hombro de su hijo. El agarre era firme, reconfortante en su solidez, pero también transmitía una tensión contenida.
—Tu madre tiene razón, Alek —dijo el archiduque, su voz grave resonando en el alto techo— Debes ser precavido. La lección de hoy es esa. El mundo está cambiando, y no para mejor. Las reglas se rompen. Los disidentes ya no solo escriben panfletos. Debemos estar preparados para cualquier cosa.
Cualquier cosa.
Alek asintió, tragando saliva. Sus palabras eran solemnes, pero su mente, aguda y observadora, ya estaba en otra parte. Miró a su padre, al hombre fuerte y obstinado que siempre parecía un bastión inquebrantable, y luego desvió la mirada hacia Volger, que seguía metros detrás. Vio la tensión que endurecía las mandíbulas de ambos, la forma casi imperceptible en que las manos del conde, cruzadas tras la espalda, estaban apretadas, los dedos blanqueando por la presión. Estaban ocultando algo mucho mayor que los detalles del atentado. Él lo sabía. Sabía que su padre tejía planes en la clandestinidad, planes que involucraban a Volger y a una red de hombres leales cuyos nombres nunca se pronunciaban en voz alta. Redes de información, contingencias, tal vez incluso movilizaciones secretas.
Pero Alek, el hijo del matrimonio morganático, un príncipe cuyo nombre nunca figuraría en la línea principal de sucesión, no era partícipe de esas conversaciones. Era un espectador en su propia familia, un elemento extra, tolerado más que integrado, observado con leve cariño sin la confianza que se otorga a un heredero. El secreto que ahora palpaba en el aire entre su padre y el conde era uno más del que lo excluían, un recordatorio doloroso de que, aunque los amaba y ellos a él, en el juego de tronos y guerras que se avecinaba, su lugar estaba detrás de las líneas, a salvo, y siempre, siempre, fuera del círculo de la verdad completa.
Tras los baños y los cambios de ropa, ocurrió una improvisada cena, la cual fue incomoda bajo la tenue luz de las lámparas de cristal, cuyos destellos danzaban sobre la vajilla de porcelana fina y los cubiertos de plata pulida. El aroma a cordero asado con romero y vino tinto impregnaba el comedor, mezclándose con el leve perfume a cera de las velas. Sin embargo, la elegancia de la escena contrastaba brutalmente con la tensión que pesaba en el aire, espesa como la salsa que acompañaba la carne.
Franz Ferdinand cortaba su filete con movimientos precisos y mecánicos, el filo del cuchillo raspando suavemente el plato. Cada corte parecía medido, deliberado, como si a través de ese acto mundano pudiera ordenar el caos del día. Su rostro, iluminado por la luz dorada, mostraba surcos de fatiga alrededor de los ojos, pero su mirada permanecía aguda, alerta.
—En teoría fueron los serbios… —dijo el archiduque, dejando el cuchillo y el tenedor a los lados del plato con un clic metálico. Su voz, normalmente resonante, sonaba apagada, como si las palabras tuvieran que abrirse paso a través de una niebla interna.
Sophie, sentada a su derecha, tensó los dedos alrededor de su copa de cristal tallado. Los rubíes de su anillo de compromiso capturaron la luz de las velas, parpadeando como pequeños ojos alarmados.
—Franz, no creo que debamos seguir hablando de esto ahora —susurró, su voz un hilo de seda tratando de contener una tormenta. Su mirada se desvió hacia Alek, cuyo rostro pálido parecía esculpido en mármol bajo los mechones de cabello castaño.
—Lo siento, cariño —respondió su esposo, y por un instante, su voz se suavizó al dirigirse a ella— Pero merece saberlo. Hoy no estuvo allí, pero pudo haberlo estado… Necesita saber de quiénes debe mantenerse alerta.
Sophie bajó la mirada hacia su plato, donde los guisantes verdes y brillantes yacían intactos. No podía refutarlo. La verdad de sus palabras era un peso frío en su pecho. Un alivio profundo, casi vertiginoso, la inundó al recordar la escena de esa tarde; a su pobre hijo con sus libros bajo el brazo, suplicando con esos ojos brillantes por unirse al paseo por Sarajevo. Ella, se puso firme y le negó el permiso, priorizando sus estudios de historia. La decepción en su rostro fue un puñal momentáneo para su corazón. Ahora, ese mismo rechazo se sentía como un escudo divino. Si las balas hubieran encontrado su destino, su decisión obstinada habría salvado la vida de su hijo. Para una madre, ese conocimiento era un bálsamo ardiente y doloroso a la vez, el sentimiento más poderoso y desgarrador que podía albergar.
—…Serbia… —murmuró Alek, su voz quebrada por la incredulidad. Jugueteaba con un guisante con el tenedor, rodándolo por el borde del plato de porcelana blanca con el escudo imperial— Pero ellos… son aliados de los rusos, ¿cierto?
—Precisamente, hijo —confirmó Franz, tomando una servilleta de lino blanco para limpiarse meticulosamente las comisuras de los labios— La antigua alianza de los pueblos eslavos, un sueño de paneslavismo que el Zar Nicolás abraza con fervor.
Alejó su plato, el ruido contra el mantel de damasco siendo el único sonido en la habitación por un momento. Se cruzó de brazos, la tela gruesa de su chaqueta tensándose.
—Y, ¿quién ha establecido una estrecha alianza con Rusia?
—¿Gran Bretaña? —preguntó el joven alzando la vista. Buscaba en los ojos de su padre una confirmación, una pista de que su suposición era errónea.
—No lo creo —negó Franz con la cabeza, haciendo que los reflejos de luz bailaran en sus lentes— Supongo que Francia. Ellos tienen un tratado, la Entente Cordiale, que se ha fortalecido estos últimos años. Dos naciones unidas por su desconfianza hacia Berlín. Si los disparos no hubieran fallado el día de hoy, el Imperio, herido en su orgullo, querría vengarse de Serbia… y los rusos harían todo lo posible por proteger a sus hermanos eslavos… ¿y luego?
El archiduque clavó su mirada en Alek, quien había dejado de jugar con la comida. El joven príncipe parecía más joven de repente, frágil bajo el peso de la geopolítica.
—Alemania… —respondió él, con una voz que intentaba ser firme pero que temblaba ligeramente—protegería el honor de los Clankers… declarando la guerra a Rusia. Su alianza con nosotros es de hierro.
Una sonrisa orgullosa, amarga y llena de tristeza, se dibujó en los labios de Franz. Su hijo entendía. Estaba al tanto de los hilos políticos y sociales que tejían el tapiz de Europa. Había hecho un excelente trabajo educándolo, y ahora ese conocimiento sabía a cenizas.
—¿Y luego? —presionó el archiduque, su voz un susurro urgente.
—Francia… —continuó Alek, cerrando los ojos por un segundo como si visualizara un mapa sangriento— haría valer su tratado con los rusos… declarando la guerra a Alemania también. Un frente occidental y uno frente oriental.
—¿Y finalmente…?
Él abrió los ojos, un destello de horror en ellos.
—No lo sé… tal vez… Gran Bretaña intente entrar de alguna manera. Por Bélgica, quizás. Para mantener el equilibrio.
—Exactamente —asintió Franz, la palabra saliendo como un suspiro cargado de fatalidad.
—Padre… —su voz se quebró—. Esto es serio.
Alejó su plato con un leve empujón, el tenedor cayó al mantel con un sonido metálico. El cordero, apenas tocado, le provocaba náuseas. Un sudor frío le perlaba la nuca. Sabía que era de pésima educación, que su instructor de protocolo se horrorizaría, pero no pudo evitarlo; apoyó los codos en la mesa, hundiendo su frente en las palmas de sus manos. Sentía que el mundo giraba, que el suelo de mármol del comedor se inclinaba bajo sus pies, y sus manos temblorosas eran la única ancla.
—Si perecíais hoy… hubiera sido el desencadenante… de la deseada guerra… entre Clankers y Darwinistas. Todo… por dos disparos en una calle de Sarajevo.
—Lo sé, hijo… lo sé.
Le murmuró Franz, y por primera vez esa noche, su voz sonó cansada hasta la médula, despojada de toda su autoridad habitual. Para un amante de la paz como él, un hombre que coleccionaba orquídeas y soñaba con reformar el Imperio desde dentro, ese panorama era una pesadilla hecha realidad.
—Sin embargo… eso no es lo que más me preocupa.
Alek alzó la vista, apartando las manos de su rostro. Sus ojos verdes, amplios y claros, reflejaban una mezcla de sorpresa y confusión absoluta. ¿Qué demonios podía ser peor que el apocalipsis que acababan de esbozar?
—¿Qué… qué podría ser peor que eso? —logró articular, su voz apenas un hilo de aire.
Su padre suspiró profundamente, un sonido que parecía surgir de las profundidades de su ser. Cerró los ojos, como si buscara fuerza en la oscuridad detrás de sus párpados, y alzó la cabeza hacia el techo ornamentado, donde querubines de yeso observaban la escena en silencio eterno.
—¿Recuerdas que dije que “en teoría” fueron los serbios? … pues me pareció… muy extraño. Demasiado quizás —Finalmente, bajó la cabeza y miró a su hijo directamente. Su expresión era grave, la de un hombre que camina sobre una delgada capa de hielo sobre un abismo— Los testigos y la policía que detuvo a ese joven… dijeron que gritaba en alemán. Un alemán fluido, de Viena, no el de un estudiante bosnio.
Esas palabras cayeron en la habitación como bloques de hielo. Alek se quedó inmóvil, paralizado. El aire que respiraba pareció volverse gélido, helándole los pulmones. Se supone que los alemanes son sus aliados. La frase resonó en su mente, una verdad fundamental que de repente se agrietaba.
—Padre… —logró decir, su voz ronca— ¿Eres consciente de lo que estás diciendo?
—Sí —afirmó este, con una simpleza aterradora.
Con movimientos lentos, casi ceremoniales, se quitó las gafas. Sin ellas, sus ojos parecían más desnudos, más vulnerables, pero también más intensos. Los depositó suavemente sobre el mantel, al lado de su copa de vino tinto, que brillaba como sangre oscura a la luz de las velas.
Insinuar que sus propios aliados, los alemanes, los hubieran apuñalado por la espalda era una cosa monstruosa. Pero sugerir que pudieran haber usado ese ataque, o planeado usarlo, como el detonante perfecto, o como la excusa final que necesitaban… eso era otra dimensión de la traición. Y, sin embargo, ante el horror, una lógica perversa comenzaba a encajar. Alek lo veía. El ansia de conflicto de Alemania, latente desde la Guerra Franco-Prusiana, su rivalidad económica feroz con Inglaterra, su deseo de redefinir el mapa de Europa bajo su hegemonía… Tendría sentido. Un sentido diabólico.
—…De acuerdo… —murmuró Alek, desgranando las palabras con dificultad— Eso… lo puedo llegar a entender. Creo...
Entrelazó sus manos ante sí, apretándolas con fuerza para detener el temblor que recorría sus dedos. La fina piel de sus nudillos se puso blanca.
—Pero hay algo que no —Alzó la vista, desafiante, buscando en el rostro de su padre una respuesta que tal vez ni él mismo tenía— ¿Por qué tú, padre?… Si ya no eres el heredero.
Sintió entonces una mano cálida y firme posarse en su hombro. Era la mano de su madre, con callos de tanto sostener las riendas de un caballo, pero ahora su contacto era suave, reconfortante. Era el único cabo que Alek no podía atar. Cuando su padre se casó con su madre, una dama de la corte sin sangre real de las dinastías reinantes, el anciano emperador Francisco José lo había apartado de la línea directa de sucesión. Franz era su sobrino favorito, sí, pero las reglas eran las reglas. El joven buscaba desesperadamente otra explicación que no fuera la obvia; “porque era un hombre de paz”, un obstáculo para los belicistas. O peor, que fuera un mero peón, una excusa desechable en un juego mucho más grande.
—No lo sé, hijo… —fue todo lo que pudo decir.
Las palabras salieron entrecortadas, y Alek vio cómo su padre se mordía el interior de la mejilla, un gesto que hacía cuando contenía una emoción violenta. Había algo más. Algo que Franz no se atrevía a soltar, una verdad que pesaba más que todas las demás en esa habitación. No podía decirle a su hijo en quién realmente querían apuntar los tiradores, porque ese objetivo, en la mente retorcida de los conspiradores, era aún más importante, más simbólico, más valioso como víctima que el propio Archiduque del Imperio Austrohúngaro, y ese era él mismo. El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier discurso, llenando el espacio entre ellos con un secreto terrible y un amor paternal que intentaba, en vano, protegerlo de la oscuridad que se cernía sobre su mundo.
Más tarde esa noche, después de que los sirvientes hubieran recogido la mesa con movimientos silenciosos y la tormenta se hubiera transformado en una lluvia constante que golpeaba rítmicamente los cristales, Alek se retiró a su habitación con la cabeza dando vueltas. El silencio era denso, casi tangible, roto únicamente por el susurro de la lluvia y el crujido ocasional de las maderas antiguas del palacio. Se sentó en su escritorio de caoba, tallado con los blasones de la familia, y tras unos minutos de quietud absoluta, comenzó a ordenar sus soldaditos de juguete en filas perfectamente alineadas. Eran pequeñas figuras de plomo, pintadas con los colores del imperio, impecables en su uniformidad. Disciplinados y obedientes. Todo lo que él deseaba ser y no era.
Miró por la ventana, donde los cortinajes de terciopelo pesado se apartaban apenas para mostrar el mundo exterior. Las nubes, antes furiosas, se habían abierto ligeramente, desgarrando un trozo de cielo oscuro como tinta. Entonces lo vio, un destello plateado que rasgó la oscuridad. Una estrella fugaz, breve y brillante, trazando un camino efímero hacia la nada. La observó desvanecerse, sintiendo una extraña punzada en el pecho, una mezcla de anhelo y pérdida. Sabía que era una tontería, un gesto infantil, pedir deseos a las estrellas. Él era sensato, un pensador, formado para analizar y no para soñar. Pero esa noche, con el peso de la soledad y la expectativa aplastándole los hombros, el deseo era irresistible. Las palabras le salieron en un suspiro apenas audible para sus propios oídos.
“Desearía no tener esta vida… y saber qué se siente ser un soldado”
De esa forma no tendría que preocuparse por tratados escritos o alianzas cambiantes, por las leyes de sucesión que pesaban como losas sobre su futuro, ni por la desaprobación fría y constante del Emperador. No tendría que vivir eternamente a la sombra de un trono majestuoso y gélido que jamás ocuparía. Quizás, siendo soldado, lo peor que podría pasarle sería morir en un campo de batalla, pero al menos esa muerte sería suya. Tomaría sus propias decisiones, caminaría por su propio camino. Nadie lo juzgaría por cada palabra, nadie escrutaría cada gesto con desdén o decepción. Sería libre. Podría viajar más allá de los muros dorados de la corte, ver el mundo real, sentir el viento en el rostro. Tal vez incluso volar. Su mente voló hacia los caminantes mecánicos, esas imponentes máquinas de guerra, y hacia las extrañas y fascinantes criaturas que usaban los darwinistas, tan diferentes a la rigidez de su mundo. Pensó en el cielo, abierto, inmenso y lleno de posibilidades.
Ser soldado sería emocionante. Peligroso, sí, pero honesto. Una vida de acciones claras, donde un sí era sí y un no era no. Se acabaron los secretos entre susurros en pasillos oscuros. Se acabó mirar siempre por encima del hombro, preguntándose quién era amigo o enemigo. Solo quedarían el deber sencillo y la camaradería genuina, forjada en el compartir penurias y victorias.
Suspiró profundamente, apartando la vista de la ventana y su promesa de fuga. La guerra estaba en boca de todos, un fantasma que merodeaba cada rincón. Los periódicos con sus titulares gritones, clamaban por tensión y traición, pintando un futuro sombrío. Alek lo temía, lo detestaba, pero también, en lo más profundo de su ser, sentía una extraña y culpable curiosidad. Si estallaba la guerra, ¿lo cambiaría absolutamente todo? ¿Rompería las cadenas doradas que lo ataban a un destino prefabricado? No deseaba el inicio de un conflicto que arrebataría tantas vidas, y menos aún si la chispa provenía de los actos de su propia familia. Pero era una realidad dura, fría, imposible de ignorar.
Cansado, con un peso de plomo en los párpados y el alma, se levantó. Sus movimientos eran lentos, automáticos, mientras se cambiaba la ropa impecable por un pijama de seda suave. Aunque la verdad, lo sabía mientras apagaba la lámpara y se acomodaba entre las sábanas frías, sería difícil, casi imposible, que lograra conciliar el sueño esa noche. Las filas perfectas de sus soldados de juguete seguían desfilando en la oscuridad de su mente, marchando hacia un horizonte que él nunca podría alcanzar.
変
El aire en el despacho del capitán estaba impregnado del olor a madera pulida y tabaco viejo, una mezcla densa y enrarecida que parecía haberse sedimentado en cada grieta del mobiliario de roble y en los pesados cortinajes de terciopelo verde. Deryn permanecía firme, con la espalda rígida como una tabla, intentando ignorar el roce áspero y constrictivo del cuello alto de su uniforme de cadete, que le mordisqueaba la piel con cada latido acelerado de su corazón.
Acababa de recitar el juramento de lealtad al rey Jorge, con una voz que sonó sorprendentemente firme y clara en la estancia silenciosa, un contraste deliberado con el torbellino de nervios que le revolvía el estómago. Los oficiales reunidos alrededor, con sus galones dorados brillando bajo la luz de las lámparas de gas, asentían con distintos grados de entusiasmo. Algunos, cuyas miradas aún guardaban el reflejo del peligroso rescate en el vientre de la bestia, parecían genuinamente impresionados. Otros, como el hombre de semblante severo y cejas pobladas que ajustaba un monóculo de carey, la observaban con la paciencia gélida de quien espera, casi desea, que el novato tropiece y revele su supuesta inferioridad.
—Ha superado la prueba de cadete, señor Sharp —declaró el capitán Hobbes, reclinándose en su amplia silla de cuero que crujió suavemente. Golpeó con los nudillos una carpeta de cuero desgastada sobre la superficie pulida de su escritorio— Pero que quede claro. Esta es una admisión provisional. Estás aquí por circunstancias extraordinarias, por un acto de valor que no borra el hecho de que llegaste a bordo como un polizón. Una vez que la Leviathán atraque en Londres, serás transferida a las autoridades de la Academia Aeronáutica para una evaluación más exhaustiva. No confundas esto con un nombramiento permanente.
Las palabras, pronunciadas con una calma administrativa, cayeron sobre ella como una losa de hielo. Tragó saliva con dificultad, notando la sequedad repentina de su garganta. Sabía lo que eso significaba… el fin de la farsa. En cuanto la enorme bestia aérea sobrevolara sobre el suelo de Inglaterra, Dylan Sharp, el supuesto muchacho escocés, dejaría de existir para la Fuerza Aérea. Tal vez la enviarían con su hermano, como estaba planeado originalmente, o quizás a otra aeronave. Pero por ahora, en este preciso instante, mientras el zumbido profundo de los motores del dirigible viviente vibraba en sus huesos, ella estaba allí. Estaba a bordo del ingenio biológico más importante de su nación, respirando el mismo aire que los héroes de sus libros infantiles. Eso, por fugaz que fuera, tenía que significar algo.
—Lo entiendo totalmente, señor —dijo, y su saludo militar fue una línea perfecta y cortante desde la sien, impecable en su ejecución.
Dio media vuelta con una precisión militar que había practicado frente al espejo de su habitación en Glasgow y salió de la oficina con un paso firme y pesado, imitando el andar desgarbado y confiado de los chicos a los que había observado durante años en los muelles y en la escuela.
El pasillo, un tubo metálico recubierto de madera clara y recorrido por tuberías pulsantes, bullía de actividad. Tripulantes con overoles manchados de aceite se deslizaban entre oficiales de uniforme impecable, mientras otros cadetes, con sus rostros aún redondeados por la juventud, se agrupaban en corrillos. El zumbido constante de los motores de la Leviathan, un sonido que ya se había convertido en el latido de fondo de su existencia, vibraba a través del suelo de metal, un recordatorio tangible y poderoso de la enorme bestia viva bajo sus pies.
Mientras se dirigía a sus aposentos, intentando memorizar el camino entre la maraña de pasadizos idénticos. En eso, un pequeño grupo de tres cadetes se desplegó frente a ella, bloqueando el paso bajo la luz tenue de una lámpara verdosa de luciérnagas. En el centro, como un planeta rodeado de satélites obsequiosos, estaba Fitzroy. Su sonrisa era amplia, desagradable, y no llegaba a sus ojos de un azul gélido. Lo flanqueaban otros dos muchachos, con manos demasiado limpias y posturas afectadas que delataban vidas sin callos ni esfuerzo real.
—Miren quién ha salido de la madriguera —dijo el rubio, con una voz cantarina y burlona que resonó en el estrecho pasillo—. El polizón de las tierras lejanas de Escocia. Dime, Sharp, ¿alguien se ha tomado la molestia de explicarte que, para el capitán, no eres más que un perro callejero al que recogió por lástima? Un experimento curioso, nada más.
Ella se detuvo en seco. Los músculos de su mandíbula se tensaron hasta doler, pero mantuvo el rostro impasible, una máscara de granito que había perfeccionado. Sin embargo, detrás de la tela gruesa de su uniforme, apretó los puños a los costados hasta que los nudillos blanquearon. Había lidiado con chicos como este en los callejones de Glasgow y en los patios de la escuela; todos eran el mismo molde, ruidosos por fuera, frágiles e inseguros por dentro. Pero aquí, cada palabra, cada gesto, podía ser el clavo que sellara su ataúd. No podía arriesgarse a una expulsión tan pronto… aunque cada fibra de su cuerpo le gritara que debía plantar un puño cerrado en el centro de su maldita y engreída cara.
—Pasé la prueba, señor Fitzroy —dijo, y su propia calma la sorprendió, porque sus palabras salieron tan planas y neutras— La misma que tú. ¿O se ha olvidado en qué consistía el examen de ingreso? ¿En qué nos diferencia? Más allá de unos centímetros de altura, claro está.
Dejó que una sombra de sonrisa asomara en sus labios, un gesto que disfrutaba hacer. Le encantaba ver el destello de irritación en los ojos de los demás cuando se jactaba, indirectamente, de su alta estatura. Era un arma pequeña, pero útil.
“Sería aún mejor si supieran la verdad, pero esa revelación sería mi sentencia, no mi salvación”
El rubio gruñó, siendo un sonido gutural y feo. Se acercó, invadiendo su espacio personal hasta que Deryn pudo oler el jabón caro de su rostro y ver las minúsculas venas en sus ojos. Su aliento era cálido y desagradable.
—No perteneces aquí —escupió, ahora sin rastro de la falsa diversión— No eres un cadete de verdad. No fuiste escogido a dedo por tu linaje o tus méritos. Fuiste un accidente. Un caso perdido que se coló. Todo el mundo a bordo lo sabe. No eres digno de llevar ese uniforme.
La palabra quedó suspendida en el aire entre ellos, pesada y afilada como un cuchillo. Digno. Ella sintió que el mundo se reducía a ese término. De pronto, no estaba en los pasillos de la aeronave, sino en los acantilados escoceses, viendo la silueta de su padre desvaneciéndose entre las nubes en su globo. Recordó el miedo, agudo y paralizante, que sintió cuando las llamas se lo llevaron, y luego, la determinación feroz, de acero frío, que la había impulsado a cortarse el largo cabello rubio frente al espejo empañado del baño. No estaba allí por lástima, no por caridad, sino porque había desafiado a la gravedad y al destino para volar. Porque lo había ganado.
—Quizás no sea digna según tus estándares, señor Fitzroy.
Le dijo Deryn, y su voz ya no era baja, sino clara y firme, tallada en el silencio que los rodeaba. Luego, encaró su mirada directamente hacía abajo, sin parpadear.
—Pero el hecho que el condenado Huxley me trajo hasta aquí, y que esta bestia viviente todavía no me ha escupido por la borda. Quizá signifique que tengo más derecho a estar a bordo de lo que tu prejuicio te permite ver. Tal vez incluso —y aquí, su voz bajó a un susurro cargado de desafío— tal vez la bestia sabe que soy mejor que tú.
La sonrisa de Fitzroy se congeló en su rostro, luego vaciló y se quebró por un instante, despojada de su arrogancia por la audacia pura de sus palabras. Sus compinches intercambiaron miradas de sorpresa. Antes de que el muchacho pudiera articular una respuesta, antes de que su ira encontrara palabras, ella se movió. No retrocedió. Avanzó, rodeándolo con un paso decidido, y al pasar, permitió que su hombro, firme y sólido bajo el uniforme, golpeara contra el de Fitzroy con una fuerza deliberada y segura. No fue un empujón, fue una afirmación.
No miró atrás. Un ramalazo de satisfacción, salvaje y dulce, le recorrió la espina dorsal. Podía sentir el peso de sus miradas, cargadas de rabia y de una nueva y molesta duda, clavadas en su espalda mientras se alejaba. Sus pasos resonaron sobre el metal del suelo, cada uno más firme que el anterior, hasta que llegó a la seguridad relativa de la puerta de su pequeño camarote.
Dentro, la habitación era estrecha pero inmaculada, cada superficie pulida hasta brillar bajo la tenue luz de las lámparas de cobre. Las paredes de metal, pintadas de un gris apagado, estaban libres de óxido y polvo, un testimonio del orgullo de la tripulación. Un pequeño ojo de buey, su cristal grueso y con ligeras imperfecciones de fabricación, ofrecía una vista hipnótica de las oscuras y turbulentas nubes que se arremolinaban como tinta en el exterior. Sopló el silbato que colgaba de su cuello para llamar a las gusanos, y tras la tonada del instrumento, las parades se iluminaron por la bioluminiscencia verdosa característica de la nave.
Sentada en el borde de su litera, que crujió suavemente bajo su peso, exhaló un largo suspiro que pareció arrastrar consigo el aire de la habitación. Sus hombros, usualmente cuadrados y firmes bajo el uniforme, se encogieron en un gesto de derrota momentánea mientras la máscara de Dylan, la postura rígida, la mirada desafiante, la voz deliberadamente áspera; se desvanecía solo por un instante robado a la vigilancia. El cansancio que la embargaba no era solo físico, el residuo de horas de entrenamiento y tareas extenuantes; era un agotamiento emocional profundo, una losa que llevaba en el pecho. Mantener la farsa, recordar cada instante, cada gesto, cada palabra que no debía decir, era un trabajo de desgaste constante que le roía los bordes del alma.
Con movimientos lentos, casi rituales, sacó una pequeña libreta de cuero desgastado y un lápiz corto del bolsillo interior de su chaqueta. El tacto del papel rugoso bajo sus yemas era un ancla. Se había prometido escribirle a su hermano, Jasper. Él era su único puerto seguro, el único que conocía la verdad bajo las capas de mentiras, y el simple acto de dirigirse a él, aunque solo fuera sobre papel, la hacía sentir un poco menos a la deriva en aquel lugar.
Se dejó caer sobre la cama, boca abajo, sintiendo la lana áspera de la manta contra sus brazos. Colocó la libreta sobre esta, apoyando los codos en el delgado colchón, y comenzó a escribir mientras balanceaba las piernas hacia arriba en un arco suave, cruzando los tobillos en el aire. Era un gesto intrínsecamente femenino, un eco de la Deryn que había dejado en tierra, pero allí, en la soledad de su camarote, no había riesgo. Los soldados y cadetes de la Leviathan eran hombres de una disciplina férrea y una educación sorprendente; jamás abrirían una puerta de golpe. Siempre tocaban, ese golpeteo metódico que precedía cualquier intrusión. Aquel espacio angosto era, en todos los sentidos, su único lugar de verdadero descanso.
“Para Jasper Sharp, mi estimado e idiota hermano mayor,” comenzó, trazando las letras con una caligrafía más redondeada de la que usaba en los informes oficiales.
“Hola, te escribo desde la condenada nave más poderosa del país, la cual te aseguro que es más maravillosa desde adentro, no tienes ni la menor jodida idea. Los pasillos son como venas de una bestia viva, llenos de calor y ese olor a aceite, hierba y… a vida. Es algo que no se puede describir. Sé que te debes estar retorciéndote de envidia, pero también entiendo que debes estar enojado conmigo. Sé que el plan era estar contigo en el Minotauro, pero ¿qué querías que hiciera? ¿Ondear ese pañuelo rojo y dejar que todos piensen desde allí abajo que era una cobarde? No, señor. No podía”
“Sí, fue imprudente lo que hice, aguantar hasta que la tormenta estuvo tan cerca que podía sentir la electricidad erizando los pelos de mis brazos, y después soltarme y volar a la deriva también lo fue, lo reconozco. Fue una estupidez temeraria. Sé que tuve suerte al ser rescatada de milagro por esta maldita nave, o mis huesos estarían en el fondo del mar, alimentando a los peces-linterna. Y que parezca sacado de un sueño de locos que justo vinieran a mí como un regalo divino… a veces aún me pellizco para asegurarme que esto es real”
“¿Pero sabes algo? No me arrepiento en lo más mínimo. Además, sabes que no es lo más imprudente que he hecho. Me disculpo por causarte molestias, sé que debes estar jodidamente preocupado por mí, pero te prometo que estaré bien. Sé mentir lo suficiente para convencer a todos. Ya lo hice con el capitán y el contramaestre. Sus miradas son agudas como cuchillos, pero les mostré mi papel como Dylan; este los convenció. Solo faltan los demás cadetes, pero con ellos toca hacerles entender que no soy un maldito polizón… y si me conocen bien, ya debes imaginarte que ese es un camino peligroso. Descuida, trataré de comportarme, tampoco es que quiera ser expulsada tan pronto, y menos teniendo en cuenta todo lo que hice… y que tú hiciste por mí”
“Trataré de escribirte seguido, y espero que te llegue esta carta rápido. Sé que depende de los malditos halcones mensajeros y de los vientos, pero te prometo que estarás al tanto de mí todo este tiempo”
“Te quiere, tu querida y cabezota hermana. Deryn”
“Posdata: Recientemente, tu apreciado primo Dylan, nombrado como oficial de la fuerza aérea”
Arrancó la hoja con cuidado, el sonido del papel rasgándose fue nítido en el silencio. Cerró la libreta, su cubierta de cuero emitiendo un suave crujido, y la dejó sobre el pequeño escritorio atornillado a la pared, junto a un compás y un manual de nudos. En eso, su mente que se negaba a inquietarse, divagó hacia los rumores que habían infestado la nave.
Ese mismo día, en el puente mientras realizaba una tarea de limpieza, había capturado fragmentos de la conversación entre los oficiales. Fueron voces graves, cargadas con tensión. Hubo un atentado contra la vida del archiduque Franz Ferdinand y su esposa en Sarajevo. Sí, le dijeron lo mismo apenas subió, quitándose el Huxley de encima, pero ahora tenía más detalles de lo ocurrido.
La noticia, seca y explosiva, se había extendido por la nave como la pólvora, de boca en boca en los comedores y pasillos. De haber acertado el tiro, quizás la respuesta sería lógica e inevitable. Guerra. Esa palabra, tan corta y pesada, estaba en boca de todos, susurrada con una mezcla de temor y morbosa excitación. Los Clankers con sus máquinas de acero humeante y los Darwinistas con sus bestias fabuladas estaban tensos como cuerdas de arco, listos para que cualquier chispa incendiara el continente.
Deryn se levantó y se acercó al ojo de buey. Afuera, la tormenta comenzaba a amainar; las nubes, antes una masa furiosa, se abrían en jirones como heridas que cicatrizaran, revelando parches de un cielo nocturno salpicado de estrellas pálidas. Si la guerra comenzaba, le venía bien de algún modo egoísta y vergonzoso. Necesitarían todo el personal disponible, cadetes incluidos. Podría quedarse, echar raíces en este mundo aéreo, no habría necesidad de mandarla a otro lado, de desenmascararla en un traslado… Pero inmediatamente ahuyentó el pensamiento. Negó con la cabeza y llevó las manos tras la espalda.
No sería justo. No era bueno desear tal cosa al precio de incontables vidas, sobre la sangre que teñiría la tierra y el mar. Sin embargo, una pregunta insidiosa se abría paso… ¿Qué tanto hacían los nobles, en sus palacios de mármol y sus salones dorados? Los hombres y mujeres cuyo nacimiento les había dado las riendas del país; existían, en teoría, para dirigir y evitar precisamente esto. ¿En qué gastaban sus días, sino en evitar que el mundo se despedazara?
En lo alto, muy por encima de los últimos jirones de la tormenta, un rayo de luz plateada cruzó el cielo nocturno. Era una estrella fugaz, una cicatriz brillante en la negrura. Deryn sonrió levemente, siendo una expresión triste y tierna que nadie vio. Era una tontería, lo sabía. Pedir deseos a las estrellas era cosa de niñas de pueblo soñadoras, de la Deryn de antes, la que trepaba a los tejados de Glasgow. Pero no pudo evitarlo, no esta noche, no con el peso del futuro suspendido sobre ellos. Observó, conteniendo la respiración sin darse cuenta, cómo aquel hilo de luz se desvanecía en la oscuridad, absorbido por la inmensidad.
“Desearía saber qué piensa un noble de todo esto” susurró a la habitación vacía, a las paredes de metal que no respondían. “Los príncipes, duques y condes. ¿Les preocupará la guerra tanto como a nosotros, que seremos carne de cañón? ¿O simplemente la ven como un juego de estrategia, un tablero de ajedrez, o… algo de negocio?”
Su mente volvió al archiduque, un hombre al que nunca había visto, cuyo rostro solo podía imaginar como un retrato borroso de los periódicos. Pensó en el peso de su nombre, en el poder que ostentaba como una capa invisible. ¿Era consciente, en ese momento de peligro, de lo que hubiera significado su muerte para toda Europa? ¿Pensaría en las consecuencias, en las madres, en los hijos, en chicas como ella disfrazadas de chicos, desde la seguridad de su dichoso castillo? ¿El cual usaba como eterna casa de verano, como si la vida fuera una vacación interminable entre bailes y cacerías?
Esperaba que sí. Con toda su alma, esperaba que aquellos que estaban arriba de ella, en lo más alto de la escalera social, miraran hacia abajo de vez en cuando, pero no con repudio. Era lo mínimo que podían hacer. Era lo único que le quedaba por creer, mientras la Leviathan navegaba silenciosamente a través de la noche, llevándola hacia un futuro que parecía, cada vez más, un abismo a punto de abrirse.
