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Una semana después de que se diera a conocer la noticia, Mateo le pide a Armando que sea su padrino de boda.
Quiere seguir sintiéndose mal consigo mismo más tiempo pero no puede seguir sin darle una respuesta a Mateo. A pesar de todo lo que han pasado-crecer juntos, la larga amistad, las declaraciones de ser almas gemelas- Mateo aún parece nervioso de preguntarle, como si pensara que Armando le diría alguna vez que no.
Armando toma las manos de Mateo y sonríe: "Claro que será tu padrino, Teo. Tardaste mucho en preguntar, creí que no lo harías".
Hablan sobre la boda, sobre lo que Mateo quiere y sobre lo que los dos saben que Brian quiere. Armando intenta disimular que preferiría ser comido por cocodrilos antes que tener que hablar sobre la boda. No es justo, piensa. Estar enamorado de su mejor amigo. Que este no le corresponde. Que sus dos mejores amigos se enamoran y se casen. Ser padrino de dicha boda. No es justo.
Pero como siempre, desde que Brian y Mateo están juntos, Armando fingirá que está bien.
Es imposible que Armando no se vea involucrado en todo lo que tenga que ver con la boda. Así que no le sorprende estar acompañando a Mateo y Brian a sus citas de degustación de pasteles, a la florería y a los posibles restaurantes que servirán la comida.
Hoy visitan la cocina de Diego. Su restaurante ha sido la primera opción desde siempre, pero han estado aprovechando el visitar otros lugares para probar la comida. Aunque al final, todos saben que elegirán a Diego.
“Ten” una cajita blanca se le es extendida “Para ti”.
Armando mira la caja, luego a Diego, quien sonríe, y finalmente vuelve a mirar la caja. Es del tamaño de su mano y el aroma a pan recién horneado se escapa de ella.
“Tú no horneas” es lo único que Armando contesta. Por que en efecto, no hornea. A pesar de ello, Armando acerca la caja como si temiera que Diego se la quitaría si duda demasiado.
Quiere aceptar el regalo, y lo hace, pero también es Diego Campillo quien se lo da. El amigo acosado del grupo al que le gusta vengarse de todos en situaciones que nadie se lo imaginaría.
“Se los encargué a un amigo que hornea”, dice Diego. Está apoyado en el mostrador, con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza ladeada como un cachorro curioso. Cuando sus ojos se desvían de Armando, por encima de su hombro, ya sabe lo que dirá. “Pensé que lo necesitarías”
“Estoy bien” contesta Armando, cortante.
Los ojos de Diego reflejan algo que Armando decide ignorar. No necesitas su compasión, ni lástima. Y sabe que es esto, porque así es como todo su grupo de amigos lo ha mirado desde que anunciaron el compromiso. Como si Armando pudiera romperse en cualquier momento.
Sorpresivamente, no lo ha hecho. Llorar. Se ha sentado a pensarlo hasta la madrugada cuando se da cuenta que eso es todo. Ya no hay vuelta atrás para Brian y Mateo. Matrimonio. No es que pensara que alguna vez tuvo oportunidad con Mateo. No cuando Brian estaba ahí, siendo él mismo, tan genial y tan perfecto. Pero siempre había tenido esa pizca de esperanza qué le decía que tal vez no lo lograrían. Durarían un tiempo, romperían por azares del destino y no habría resentimiento y todo volvería a la normalidad.
Quiere llorar un poco. Si lo hace ahora, no lo hará en la boda.
“No tienes que estar bien con esto. Lo sabes” responde Diego, sacando a Armando de su ensimismamiento. "Y tampoco tienes que estar haciendo esto. Ni estar aquí, sino quieres".
Armando ríe, con una risa seca y breve. Sacude la cabeza. “Antes que nada, era mi mejor amigo. Estaré donde me necesite”.
Para su sorpresa, es Brian quien se acobarda. Una parte de Armando se siente destrozada al ver que Mateo está tan seguro de su decisión de casarse con Brian —tan seguro de su decisión de no casarse con Armando— que no le asusta la inminente gala. Otra parte de Armando, la más bondadosa y generosa que ama a sus amigos más que a sí mismo, se quiebra al pensar que Brian esté tan preocupado por el compromiso.
“¿Y si decide que no quiere ver mi cara todos los días?” Brian está sentado en el suelo frente al sofá de Armando, con las rodillas encogidas contra el pecho y los ojos muy abiertos mientras lo mira. “¿O si piensa que se equivocó al casarse conmigo?”
Son las tres de la mañana y las luces del salón están apagadas. Solo la luna ilumina la habitación, proyectando su luz sobre el rostro de Brian y revelando sus miedos. Ahora se ve tan joven, tan abierto, tan enamorado. Mucho más como un chico de 16 años que como uno de 26.
Brian siempre ha sido de los más inseguros del grupo, pero nunca lo ha aparentado ni se ha comportado como tal. Esto les dio a todos una falsa sensación de seguridad respecto a su desarrollo; como si supieran que estaría bien simplemente porque él quería estarlo.
Armando ya le ha dado un tazón de helado y tres vasos de agua. Le traerá las papas fritas cuando Brian haya agotado sus palabras por unos minutos y necesite reponer energías. Luego seguirá sentado junto a su amigo —su amigo, porque eso es lo que siempre ha sido, pase lo que pase— y lo escuchará mientras se preocupa por lo único en la vida de lo que debería estar seguro.
"¿Y si el matrimonio nos cambia? ¿Y si termino odiándolo cuando deja las camisas en el suelo? Joder, Mando, ¿y si ronca tan fuerte que no puedo volver a dormir nunca más? ¿Y si yo ronco? ¿Acaso ronco?"
No es frecuente que Brian baje la guardia lo suficiente como para que Armando pueda consolarlo adecuadamente. Así que cuando Brian se mueve en su sitio y apoya la cabeza en el regazo de Armando, con la bolsa de patatas fritas tirada a sus pies y los brazos cruzados sobre el pecho, Armando aprovecha la oportunidad.
Pasa los dedos por el cabello de Brian rascándole suavemente la nuca antes de repetir el gesto. Permanecen en silencio un rato, hasta que Armando está seguro de que Brian ha cansado su lengua y ambos cuerpos se han relajado lo suficiente como para poder ser tiernos.
“Bri, han vivido juntos casi 3 años”, dice Armando. “Si las camisas de Mateo en el suelo fueran un detonante tan grande, ya lo habrías echado”.
“Pero…”
"No, nada de eso. Lo amas, Brian. Amas tanto a ese idiota que nada de lo que él pudiera hacer impediría que ese amor creciera". Armando reprime las ganas de llorar. Siempre ha sido de los que lloran con facilidad, sobre todo cuando se trata de sus amigos. “¿Sabes cuánto habló de ti la primera vez que se conocieron?”
Armando recuerda sus años universitarios como si fuera ayer. A veces los siente, como un miembro fantasma, esas noches en las que se quedó despierto durante horas simplemente existiendo con Mateo a su lado. Cuando estaban borrachos y corrían por las calles mientras Diego y Jordan los perseguían. Cuando era época de solicitudes y se apiñaban alrededor de una mesa en la biblioteca y se ignoraban durante horas. Cuando no tenía 27 años, un trabajo estable, una casa propia y una boda a la que asistir.
Lentamente, como un niño tímido, Brian se mueve en el regazo de Armando hasta quedar boca arriba, con la mirada fija en los ojos de Armando.
“¿Habló de mí?
Y Armando no puede evitar reírse. "Eras de lo único que hablaba. Oh, ¿viste lo que Brian se hizo hoy en el pelo? Armando, ¿este video no te recuerda a Brian? A Brian le gustan esas galletas. ¿No es adorable cómo se le ponen rojas las orejas a Brian cuando tiene frío? Todo lo que hacías, lo catalogaba. Le gustaba cómo arrugabas la nariz cuando olfateabas con fuerza. Le gustaba que te apoyaras en él cuando te reías. El día que te vio morderte la lengua cuando buscabas cosas fue el día que la cabeza Dios, no paró de hablar de eso durante semanas, Bri Fue una tortura.”
Espera que Brian se ría, aunque sea un poco, pero él permanece callado. Sus ojos están más claros ahora, pero no menos abiertos.
A pesar de sus ganas de esconderse, Armando continúa hablando con la mayor suavidad posible. Dice: «No pasa un solo día sin que quiera verte. Jamás ha pensado que amarte fuera un error. Creo que es lo único de lo que nunca se ha arrepentido en su vida. Mateo te ama, Bri. Te ama muchísimo».
“Mando…” Brian abre la boca para decir algo más, pero la cierra en silencio. Se sienta allí y reflexiona antes de volver a hablar. “¿Y si no funciona?”
“Entonces no funciona” Armando está seguro de que es un poco duro, pero no puede evitarlo. No cuando su corazón amenaza con atravesarle los pulmones con todos sus pedazos rotos. "Tuviste la experiencia de ser amado con todo lo que Mateo tiene, y tú lo has amado con la misma intensidad. Hay tanta belleza en eso, Bri. Tanta belleza. Estar enamorado nunca es algo de lo que debas arrepentirte, sin importar cómo termine. Tú lo viviste. Lo estás viviendo. No hay respuestas para lo que sucederá mañana, ni dentro de un año, ni cuando tengas 50. Lo que tienes ahora es todo lo prometido, y Mateo prometió amarte por el resto de su vida. Y si no por el resto de su vida, entonces por el resto de este momento, y el siguiente, y el siguiente. Por favor, créelo.”
Alguien le regaló un reloj por su cumpleaños el año pasado. Suena fuerte en la habitación, que por lo demás está en silencio, y les produce a ambos una falsa sensación de bienestar.
Brian aparta las manos del pecho y apoya las palmas en las mejillas de Armando. Sus pulgares le acarician suavemente bajo los ojos. No hay lágrimas que recoger, ni pestañas que apartar. Solo la comodidad del contacto.
“Armando” dice Brian de nuevo, esta vez con una expresión que indica que se morirá sino lo dice. “Lo siento mucho”
“¿Por qué, Bri?” espera que el apodo calme cualquier preocupación que pueda sentir.
Ambos saben por qué. Debería ser algo tácito, pero Brian siempre ha tenido la costumbre de decir lo que quiere, cuando quiere.
“No es justo. Lo siento”.
Armando toma las muñecas de Brian entre sus manos y las aparte de su rostro. Le da un beso en la palma de las manos e intenta sonreír. Llorará cuando esto termine. Brian se quedará dormido en su cama o regresará a Mateo, y pase lo que pase, Armando llorará.
No es justo, repite su mente. No es justo.
Pero es menos justo culpar a Brian por ello.
“No tienes nada de qué disculparte” dice Armando, poniendo toda la emoción y sinceridad posible en sus palabras. Necesita que Brian lo entienda más que nadie. “Todo está bien”.
La noche anterior a la boda, Armando vomita. Diego le frota la espalda con dulzura, con un movimiento circular que no alivia nada pero da la ilusión de consuelo.
Diego se ha quedado en casa de Armando durante la última semana, observando con cautela, abiertamente y con paciencia, mientras Armando pierde la cabeza. Hay tantas cosas que hacer antes de la boda, y como padrino, es su debe asegurarse de que todo sea perfecto. Revisa minuciosamente que los arreglos florales sean del agrado del novio y que la entrega llegue a tiempo. Le ha estado presionando a Diego con respecto a la comida, no porque no confie en él, sino simplemente porque Armando lo necesita. Se asegura de supervisar mucho al amigo diseñador de Jordan, queriendo ver el progreso de los trajes de boda a pesar de que también quiere que todo sea una sorpresa.
Está bien.
“Vamos a la cama” dice Diego en voz baja una vez que Armando termina de vomitar. Sabe que la noche no terminará ahí, pues llevan jugando a esto desde que Diego apareció en su puerta con una caja de brownies recién horneados y una extraña sonrisa. “Necesitas descansar”.
Porque la boda no se menciona.
Armando se deja dominar por Diego. Deja que su peso choque contra el costado de Diego. Deja que le den un poco de agua y un par de galletas antes de mandarlo a la cama.
“Diego”. Los dedos de Armando se aferran con fuerza a la manga de la camiseta de Diego.
Diego se sienta al borde de la cama, girándose para poder observar a Armando. La habitación está oscura, las luces no se encienden como él pidió, y una parte de él quiere retractarse. Pero siente que podría derrumbarse si Diego lo ve a la luz. Como si algo fuera a cambiar y ya no pudiera volver a ser él mismo.
“¿Soy un mal amigo?”
Con un ligero bufido, Diego se mete en la cama. Se cubre con las sábanas y atrae a Armando hacia su pecho. Permanecen así un momento; Armando lo abraza por la cintura, disfrutando del calor de su cuerpo, mientras Diego piensa en cómo expresar lo que quiere decirle.
“Un mal amigo no aguantaría ni la mitad de lo que tú haces”, dice Diego.
Armando perro su rostro en el pecho de Diego. “Estoy celoso” dice, esperando que su voz sea demasiado baja para que el hombre frente a él lo oiga. “Estoy muy celoso”.
“Duerme, Mando”. Vuelve a frotarle la espalda a Armando con esos movimientos circulares. Y aunque Armando quiere protestar, eso lo calma y lo deja dormido.
“Mando, necesito ayuda” dice Mateo, sujetando los extremos sueltos de su corbata. Ya la lleva puesta alrededor del cuello.
Armando tararea y se para frente a Mateo. Recorre con los dedos la suave tela de la corbata, ajustándola con facilidad. Años de exposiciones en la preparatoria lo han preparado para este momento.
En un breve momento de debilidad, deja que sus dedos se detengan en el cuello de la camisa de Mateo. Tira de los bordes, ajusta el nudo de su corbata, estira las solapas de su chaqueta.
Mateo le agarra las muñecas. “Hoy estás muy callado” le dice.
"Si hablo, lo arruinaré todo", piensa Armando.
Con una leve sonrisa, Armando asiente una vez y se zafa del agarre de Mateo.
“Simplemente estoy nervioso”, admite.
"Es mi boda. Soy yo quien debería estar nervioso".
“¿Lo estás?”
Mateo niega con la cabeza. "No, en realidad. Es que sería raro ser tan sentimental delante de todos, pero..." sus labios forman una sonrisa, por costumbre cuando se trata de Brian. “Simplemente siento que ya es hora”.
Es el momento oportuno. Armando coincide. Todod se han asentado en sus vidas adultas, separados pero lo suficientemente unidos como para no olvidar jamás su vínculo, y su amor ha evolucionado a lo largo de los años. Ahora, sin embargo, reina la calma. Como si su amor finalmente hubiera encontrado su lugar de descanso.
“Ay, Mando, ¿ya estás llorando?” Mateo se ríe, mientras limpia las lágrimas de las mejillas de Armando.
No se había dado cuenta de que estaba llorando. Aparta débilmente las manos de Mateo, queriendo contener sus propias lágrimas, y solloza una respuesta.
“Déjenme en paz” se queja. "Mi mejor amigo se casa. Todo está cambiando".
“Nada va a cambiar”, dice Mateo con tanta convicción que a Arman se le encoge el pecho. “Lo prometo, nada va a cambiar”.
Armando desea que lo hicieran. Desea que sus sentimientos cambien, qué comprenda la realidad. Desea poder alejarse de todo, aunque cree que eso solo lo haría sentir peor. Desea no necesitar a Mateo en su vida.
Más que nada, deseo que Mateo sea feliz a medida que envejece. Y sabe que ese deseo se hará realidad.
Brian está guapísimo.
Las puertas se abren y allí está, vestido con un traje blanco, con el cabello peinado hacia atrás, y sonriendo. Una sonrisa radiante mientras mira fijamente a Mateo, quien lo espera como un príncipe.
Armando no puede apartar la mirada de él. Con cada paso, su corazón se acelera. Su imaginación no se desboca como pensaba. No se imagina en el lugar de Brian, ni en el de Mateo. No se imagina vestido de blanco. Por ahora, está contento, porque nada puede superar su necesidad de que sus amigos sean felices. Y Brian nunca se ha visto tan feliz en su vida.
Cuando Brian lo mira fijamente, Armando sonríe. Espera que su rostro refleje cada hermosa emoción que siente. Y cuando a Brian se le humedecen los ojos y su sonrisa se suaviza, Armando sabe que, por fin, Brian lo entiende.
Todo está bien.
Armando sale ileso de su discurso como padrino de boda. Esto es algo que sabe hacer: entretener al público. Tiene un sinfín de anécdotas sobre el joven Mateo enamorándose perdidamente de Brian, la mayoría embarazosas, otras de lo más entrañables.
De vez en cuando, cruza la mirada con Diego entre la multitud y se trabaja al hablar. Entonces recuerda que la gente se siente lástima por él. Se nota que está a punto de llorar, a punto de derrumbarse.
En cierto momento, Armando también cruza la mirada con Mateo, y todo cambia. Mateo lo mira como si fuera un rompecabezas que finalmente ha resuelto tras meses de intentos. Está inconsciente, sosteniendo la mano de Brian sobre la mesa, acariciándole los nudillos con el pulgar.
Armando se pregunta si Mateo lo habrá descubierto. Si finalmente se habrá dado cuenta de la forma cariñosa en que Armando pronuncia su nombre. Si se habrá percatado de que su mejor amigo siempre lo mira fijamente durante más tiempo. Si ahora comprende que cada recuerdo feliz de Armando está construido a partir de Mateo.
“Me estoy burlando mucho de él”, dice Armando al micrófono. "Y es muy gracioso, pero sinceramente, Mateo, te quiero muchísimo. Esta felicidad que has encontrado en Brian es lo más hermoso del mundo. Estoy muy orgulloso del hombre en que te has convertido gracias a él".
No es lo apropiado en una boda; se supone que los discursos duran mucho tiempo y rozan lo aburrido antes de que alguien se mueva, pero Mateo nunca ha sido de los que siguen las reglas. Se levanta de su asiento y se lanza hacia Armando.
Abrazar a Mateo es algo natural para él. Sus brazos se cierran alrededor de la espalda de Mateo, apretándolo una, dos, tres veces. Los brazos que lo rodean por el cuello se aprietan en respuesta. No dicen nada, pero no hace falta.
Un abrazo es suficiente.
Mateo le pide bailar.
Armando no puede decir que no.
La canción es lenta y el corazón de Armando te demasiado rápido para ella. Cuando Mateo apoya su frente contra la suya y cierra los ojos para evitar esa sensación, Armando lo entiende todo un poco mejor. Este es el final.
“¿Cuánto tiempo?” pregunta Mateo en un susurro. No abre los ojos.
Armando no puede apartar la mirada de él. Es hermoso, siempre lo ha sido, y no ha habido un solo día en que Armando no se sienta hipnotizado por él.
Él responde: “Desde el día en que te conocí”.
“Armando.”
“¿Quieres un momento específico?” Armando no sabe si tiene uno. Amar a Mateo le resultó fácil. Un día se despertó simplemente sabiendo. Pero tal vez… "Nuestro primer día de universidad, estaba histérico. Mis padres no pudieron venir a despedirme y nada estaba organizado. Sentía que me enterraban vivo bajo todo el estrés. ¿Te acuerdas de eso?"
Mateo asiente. Le rosa la piel. “Siempre ha sido un llorón”.
"Intenté disimular, pero te diste cuenta. Me echaste de la habitación y me arrastraste a comprar comida para llevar. No hablamos. Nos sentamos en un banco fuera del campus y creo que fue entonces cuando conectamos. Eras la única persona que se preocupaba lo suficiente por mí como para darme cuenta de mis verdaderos estados de ánimo. ¿Cómo no iba a enamorarme de eso?"
Mateo abre los ojos y frunce el ceño. Separa su frente de la de Armando, para luego inclinar la cabeza contra el costado de su rostro. Respiran hondo un instante.
“Te amo” dice Mateo.
Armando sonríe. "Perder."
“Te amo, Armando ”.
"Está bien, Teo. Está bien".
Mateo dice, con convicción y dulzura: “Eres mi mejor amigo”.
Armando sabe que esto nunca cambiará. "Y tú eres el mío. Siempre lo serás".
Cuando termina la canción, Armando se aparta primero. Sonríe y le alisa los mechones de pelo sueltos a Mateo, se ajusta la chaqueta y se arregla la corbata. Una burla a la intimidada.
“Por favor” dice Armando “Disfruten de tu boda. Ve a bailar con tu esposo”.
“Lo haré”.
Armando lo ve marcharse, los ve sonreír y unirse como si fueran imanes, y le duele. Claro que sí. Las lágrimas brotarán de verdad más tarde, cuando se haya dado el espacio para gritar y desahogarse, pero por ahora, mantiene la compostura.
Su felicidad significa más para él que cualquier otra cosa.
Diego lo lleva a casa. Casi siempre están en silencio. Él piensa que Diego podría estar nervioso, tamborileando con los dedos en el volante y mirando fijamente la carretera.
“¿Tan mal estoy de humor?”, pregunta Armando.
Ahora están cerca de su casa.
Una leve sonrisa asoma en el rostro de Diego. “Creo que sería raro que estuvieras de buen humor”.
“¿Desde cuándo lo sabía?” Se toca la corbata suelta. “¿Crees que lo sabía?”
“Creo que…” Diego toma aire. Chasquea la lengua. Aprieta el volante un instante antes de relajarse. “Creo que es difícil darme cuenta del amor cuando no lo buscas.”
Cuando Diego llega a la entrada de la casa de Armando, estaciona el auto y apaga la radio. Se quedan allí un momento, donde Armando dedica tiempo a reconstruir cuidadosamente sus pedazos rotos.
Él mira a Diego y le dice: “No he sido justo contigo”.
Diego no sonríe, pero extiende la mano con la palma hacia arriba. Armando duda un instante antes de deslizar sus dedos entre las palmas. Se aprietan.
“Ante todo, soy tu amigo” dice Diego con afecto. "Como tú lo eras de Mateo. Eso no cambia".
No cambia, todavía no. Quizás algún día Armando pueda imaginarse construyendo una vida con alguien que no sea Mateo. Por ahora, sin embargo, se refugia en el consuelo de su amigo y se permite llorar algo que nunca tuvo.
La vida continúa. Las cosas cambian. Armando seguirá amando con todo su corazón.
