Chapter Text
Era primavera, pero en la provincia de Buenos Aires los chicos empezaban a ser azotados con altas temperaturas, de esas donde uno se siente insoportable en su propio cuerpo o donde la capa más fina de ropa bastaba para estar sudando a borbotones. Imagínense con la chomba del colegio. No obstante, a los chicos de sexto poco y nada les importaba: en el aula, los parlantes reventaban con reggaetón, trap y RKT, mientras las chicas discutían qué día iban a ir a Avellaneda a comprar ropa para el viaje de egresados y los chicos planeaban cómo pasar alcohol sin que los descubrieran. Porque sí: Bariloche estaba a la vuelta de la esquina y no podían con la emoción que les recorría el cuerpo —ya habían llenado la cuenta de la promo con videos en los que, de distintas maneras, anunciaban cada vez que faltaba un día menos para viajar.
Por eso, ahora Enzo, junto con sus amigos, estaba ultimando los detalles de su plan. Como eran todos menores, era prácticamente imposible que les dejaran tomar tragos; debían ser ingeniosos y vivos para colar alcohol en los boliches.
—Dale, Juli. No seas cagón —exclamaba Cuti entre risas.
—Amigo, ¿vos querés que me rompan la cabeza? ¡No tengo dónde guardarlo! Si mi mamá limpia siempre mi pieza, ¿qué querés que haga? —protestó Julián con un lindo puchero que le sacó una carcajada enternecida a Enzo.
—Dale, basta. Que después no lo dejan poner casa y el que tiene la Play es él —dice Enzo, pasando un brazo por su hombro.
—Ah, mirá. No sabía que tenías novia, Juli —se burla Licha, recibiendo un ligero golpe acompañado de un no jodas, gato, por parte de Enzo.
—Gracias, Enzo. Me deja tranquilo saber que apreciás mi amistad —responde Julián, irónico, recibiendo un apretado abrazo cariñoso.
Entre risas y música que hacía temblar el piso, pasaban la mañana, siendo que por obra y gracia de Dios habían conseguido dos horas libres seguidas. Todo parecía ir bien… Hasta que empezó a ir mal.
La dueña del parlante —y la noviecita de Enzo—, Valentina Cervantes, pausó la música y se irguió en su silla para avisar con tono dulce:
—Chicos, hoy hay reunión con los de Travel a la salida del colegio. Urgente —añadió, preocupada, y le echó una mirada a Enzo, compartiendo su confusión.
Los murmullos no se hicieron esperar: aunque nadie se animaba a vocear la gran pregunta, los grupitos cuchicheaban entre sí, mayormente dudas e inquietudes. Podías escuchar a una chica protestar que tenía que irse volando a hacerse las uñas porque, si no, no llegaba para el viaje; a otra decir que tenía turno en la peluquería; y a los pibes quejarse porque no querían perder tiempo que podían gastar durmiendo la siesta… Lo típico.
Enzo hizo montoncitos con sus manos, frunciendo el ceño. Fue el único valiente dispuesto a cuestionar esta repentina decisión por parte de los coordinadores del viaje:
—¿Eh? ¿Y ahora por qué?
—Y no sé, Enzo. Pero le avisaron hasta a nuestros papis —dijo la muchacha con cara de consternada y la voz tan dulce como ella.
Es ahí donde Enzo captó la indirecta y se acercó a Valu, abrazándola por detrás y dejando besos en sus mejillas regordetas y mandíbula, haciéndola sonreír.
—Tranqui, amor, seguro nos quieren dar una charla antes del viaje, viste cómo rompen las pelotas…
Julián, Lisandro, Nahuel y Cristian se miran entre sí ante tanta cursilería y ponen los ojos en blanco, antes de volver a su plan malévolo para colar alcohol al boliche; Licha y Cuti intentan convencer al cordobés de que los deje guardar las botellas en su casa, por lo inmensa que era, y Nahuel simplemente apoya la moción. Por su parte, Enzo sigue consolando a Valentina, que comienza a pucherear, preocupada: todavía no había comprado ropa y temía llegar demasiado tarde al barrio de Flores y no encontrar nada.
Hasta entonces, nada parecía fuera de lo normal. Los chicos de último año optaron por fingir demencia y esperar a que dieran la una de la tarde para reunirse con los coordinadores de Travel Rock. Supusieron que era cosa de las madres, que habían insistido tanto que seguro habían pedido una reunión, y no le dieron muchas más vueltas.
Llegó la hora de la salida, y los chicos se reunieron a un costado de la entrada del colegio para ver entrar al turno tarde. Leandro, estacionado a una cuadra en la camioneta, alcanzaba a distinguir a algunas joyitas de madres y padres que tenían toda la pinta de ser insoportables —y lo eran. Ya se veía venir el quilombo, y la idea de dar él la noticia lo desalentaba por completo. A su lado, en el asiento del copiloto, estaba su compañero y amigo Paulo, que se prendía un pucho como podía.
El chispero resonó una y otra vez, gastado, hasta agotar la poca paciencia del mayor, que giró el cuello de golpe para mirarlo.
—¿La podés cortar con la poronga esa? —soltó brusco, fulminándolo con la mirada.
De su parte, Paulo lo miró con una ceja arqueada, para poner esa sonrisa despreocupada que Leandro no sabía si terminaba de amar o detestar.
—¿Ya pensando en porongas tan temprano? Están los pibes afuera, desubicado —soltó el cordobés con el acento más afilado que nunca. Cuando distinguió la cara seria de Leandro —en cuyo arte se encargó de especializarse, porque Leandro casi siempre tenía cara de orto, lo que hacía difícil saber qué le pasaba por la cabecita—, fue que decidió dejar de lado su humor hilarante. —¿Qué pasa, chabón? Estás del orto desde que llegamos.
—Y sí, si Ota es un forro: Nos mandó a nosotros a avisarles a los pendejitos estos de mierda que se quedan sin viaje —respondió Leandro, apretando el volante como si temiese que se le resbalara de las manos. —Siempre tenemos que arreglarle las cagadas al boludo este.
Paulo aprovechó el descargo de Leandro para encender el cigarrillo con los últimos esfuerzos del encendedor. Cuando por fin lo consiguió, dio una calada y apoyó el brazo en la ventana para evitar que su amigo inhalara el humo.
—Bueno, bueno, tenés razón… Cuando tenés razón, tenés razón —dijo, sin llegar a nuevas conclusiones mientras le daba otra calada. Expulsó el humo por la ventana mientras gesticulaba al aire con su mano libre. —¿Pero qué vamos a hacer? Somos los nuevos, obvio que nos van a mandar a pagar los platos rotos y a hacer todo lo que ellos no quieren, básicamente.
Porque sí: hacía poco que Paulo y Leandro habían entrado a la empresa de viajes. Eran dos pibes de 20 años recién cumplidos, desesperados por ganarse un par de pesos —aunque Paulo era un cheto, según Leandro—, y no se les ocurrió mejor idea que probar como coordinadores de viajes de egresados.
Como eran relativamente nuevos en la industria del turismo —ya que habían empezado a los 18 y apenas tenían dos años en esto— su jefe, Nicolás, alías “Ota”, los usaba de chivo expiatorio para hacerse el boludo con la mayoría de cagadas que se mandaba. Y esta no era la excepción: se había olvidado de arreglar el hospedaje de este curso con el que Leandro y Paulo venían reuniéndose hacía tres años, y, por supuesto, nadie iba a aceptar a treinta adolescentes hormonales de un día para el otro. Por eso, debían posponer el viaje para enero del año siguiente, lo cual perdía todo sentido: el chiste era festejar este año, no cuando ya te tenías que anotar en la facultad.
Ota lo sabía y, por supuesto, iba a mandar a su dúo favorito —especializado en arreglarle las cagadas— a arreglarle la cagada.
—Tendríamos que haber probado con MaxDream.
—¿Estás loco, culiado? Todas te cagan. Así que dale, dejá de hinchar el pingo y bajate del auto, que tenemos que hablar con los pibitos y, mientras más rápido, mejor.
Paulo tiró el cigarrillo por la ventana, antes de ponerse sus lentes de sol, cuyo uso era limitado porque, aunque hacía calor, no había una gota de sol, una perfecta metáfora para la noticia que iban a dar. Leandro imitó su gesto y se bajó del auto, no sin antes sacar del bolsillo de su rompevientos un paquete de chicles mentolados y llevarse uno a la boca.
Una vez que le dieron la vuelta al auto y se encontraron en la vereda, Leandro le echó una mirada de soslayo de confusión y vergüenza ajena.
—¿Qué haces con una chaqueta de cuero con cuarenta grados a la sombra, ridículo?
—Callate, gato. No entendés nada vos, croto de mierda —respondió Paulo, a la defensiva. —Es para estar… ¿Cómo dicen los pibes? Más… Asteric.
—Veinte años y pelo en los huevos tenés —se burla Leandro, aprovechando que no solo es más fuerte, sino más alto que Paulo, y lo caza de la nuca para hacerlo avanzar. Ambos logran soltar unas breves risas, poniéndole una nota de humor a ese día que se les venía oscuro.
Enzo estaba tratando de prestarle atención a Valu a la vez que escuchaba la conversación —o extorsión— que Cuti tenía con Juli, tratando nuevamente de convencerlo de, aunque sea; llevarse una botella. Que ellos harían lo mismo.
Mentira. Pero Julián era un alma bondadosa, y de vez en cuando se aprovechaban de esa bondad.
No obstante, cualquier discurso capaz de convencer a Julián de sacrificarse por el grupo pasa a segundo plano cuando los aplausos captan la atención del curso. El primero que ven es a Paulo con su chaqueta de cuero, y Cuti no puede evitar comentar, tan “gentilmente” como siempre: “¿Qué hacés con chaqueta, pedazo de puto?”, con el acento más cordobés posible.
Y después finge demencia.
Todos se ríen por el comentario, menos el ahora humillado coordinador Paulo, que se sonroja ligeramente.
—No, bueno... Se re vuelan ustedes.
Quizás lo ideal hubiera sido prestar atención. Capaz estaría bueno, no sé; anotarlo para avisarle a su mamá cuando volviera a casa, pero Enzo desde el minuto cero que tuvo sus ojos fijos en el muchacho más alto tras su coordinador.
Enzo nunca dijo ser gay o bisexual, y en su mente jamás, pero de los jamases, un hombre le había atraído —pero desde hace tres años se estaba replanteando absolutamente todo. Tres años.
Cuando Paulo y Leandro se aparecieron en la entrada del colegio para hablarles del viaje de egresados hace tres años, fue como amor a primera vista.
La sonrisa blanca, sus labios apenas rosados, los hombros anchos y esos ojos que parecían de un ángel. Cada vez que se veían en las reuniones con la agencia, Enzo pasaba de ser el atrevido atorrante de siempre a un manojo de nervios y ansiedad, escondiéndose en el pecho de Valu —quien, incapaz de admitir la verdad, tuvo que convencer a su novia de que su cambio repentino se debía a que en las reuniones le daba sueño, y ella, tan dulce como siempre, no podía decirle que no—. Si prestaba atención, era pura y exclusivamente porque Leandro tenía esa voz grave y suave que le erizaba la nuca. Y ni hablar cuando, en pleno ataque de nervios, Enzo alcanzaba a acotar algo que lo hacía reír: era absurdo lo realizado que se sentía.
Hoy no era la excepción: Leandro estaba más lindo que nunca. Los lentes de sol no lograban ocultar su mirada azul claro tan dulce; y la campera rompevientos dejaba entrever los millones de tatuajes que tenía en ambos brazos. También estaba esa barba incipiente, que le enmarcaba el rostro con una delicadeza casi deliberada. Y su risa… Dios: ni la risa de Valu se comparaba con la de ese chabón. Era melódica y tímida, como si no quisiera molestar. Leandro era fachero, educado, responsable, y Enzo no podía evitar pensar que, si fuera puto, su mamá estaría encantada de que llevara un Leandro a casa.
El corazón del morocho latía rápido, a los chapazos. Sintió cómo le ardían las orejas ante lo intimidante e hipnotizante de su belleza, cómo se le tensaban los músculos y lo dejaban inmóvil, temeroso de que, si se movía aunque fuera un poco, se perdería un nuevo ángulo de su rostro que todavía no hubiera visto. Su lugar era ese: con el brazo de su novia de la secundaria enganchado al suyo, contemplando la belleza de su coordinador. Su coordinador.
—Buenas, chicos —saluda Leandro, con la voz grave pero sofisticada. Una claridad que incitaba a respetar hasta al más rebelde.
—Hola, buen día, Leandro. Soy Caro, la mamá de Valu —se presenta con templanza y cortesía, con un brazo cruzado que servía de soporte para su otro brazo con el que hacía ademanes. —¿Se puede saber a qué se debe esta reunión?
—Un gusto, Caro. Dígame Lean, por favor, que ya nos conocemos nosotros —contesta Leandro, tan carismático y educado que Enzo logra notar el momento exacto en el que su suegra suspira rendida a sus pies por su sofisticación. O capaz se estaba reflejando un poco, porque el menor estaba completamente fascinado con él. —Mire, vamos a responder a todas sus dudas. Entiendo completamente su confusión, pero necesitamos que presten toda la atención, y luego abriremos el espacio para ellas.
Y como obra del mismísimo flautista de Hamelín, todos quedan callados. Incluso ese Paulo queda sorprendido de igual modo que Enzo al efecto que tenía Leandro.
Leandro se aclara la garganta, se arremanga y, como si se estuviese preparando para una pelea, suspira profundamente para relajarse. Tenía que ser cuidadoso con lo que estaba por decir.
—Miren, chicos. Nos lamenta mucho anunciarles que el viaje va a tener que posponerse —la ronda de abucheos no se hace esperar, pero nuevamente Leandro logra domar a las bestias. En este caso, a los chicos de sexto. —Ya sé, ya sé… Tuvimos problemas con el tema del hospedaje. No tenían lugar, y como queremos ofrecerles el mejor viaje de sus vidas, justo como lo pidieron, nos ofrecieron un cupo recién en enero del año que viene.
Ahora sí: Enzo podía ser trolo, pero no puto, y mostró su indignación igual que el resto de sus compañeros. Miró a su alrededor y vio que Cuti parecía a punto de armar una bomba para revoleársela a los coordinadores de tanto que puteaba; Licha y Nahuel se vieron obligados a calmarlo, temiendo que el cordobés inaugurara ese mismo día su lista de antecedentes penales con su primer delito. Por otro lado, Julián estaba chocho: se la pasaba jugando a quién-sabe-qué en el teléfono, consumiéndose los datos como si fueran aire. La única de su grupito allí presente —porque Valentín y Nico ni siquiera habían venido ese día— que parecía reaccionar con normalidad era su novia. Verla tan entristecida le contagió la emoción y un deje de culpa.
¿Por qué será, no?
Nuevamente animándose a hacer las preguntas incómodas, Enzo acota:
—Bueno, pero… ¿Qué semana de enero?
Leandro suspira, más contento de que el morocho de ojos lindos parecía ser el único interesado en viajar y no en tratarlo como empleado de Call Center, contesta:
—En la semana del 17.
Para Enzo, fue como música para sus oídos. Echó una mirada cómplice con Valu, antes de asentir y agradecer, con los cachetes cosquilleándole con las ganas de sonreír de oreja a oreja que tenía pero aguantándose las ganas.
Sí, obviamente que era una garcha que se le pospusiera un viaje de egresados, ¿pero cuántas veces en la vida pasan un viaje de egresados para la fecha de tu cumpleaños? ¿Cuántas veces uno cumplía 18 en Bariloche? Capaz sí habían muchos casos, pero a Enzo no le importaban el resto de los ejemplares. A él le importaba su ejemplar; su oportunidad de pasar alcohol, fumar porro en las habitaciones del hotel o, quién sabe, comerse a cierto alguien.
Para el momento en que todos vociferan sus reclamos a Leandro, es que Paulo interviene, dándole la oportunidad de descansar al pobre bonaerense. En su vida le habían gritado tanto y se lamentaba por los profesores: Mirá lo que tienen que aguantar por un sueldo paupérrimo.
Pero, aunque lamentarse por causas justas no tiene nada de malo, sus ojos no consiguen enfocarse en las madres y los padres dementes: hace contacto visual con el morocho de ojos oscuros. No había un motivo real para mirarse; Leandro no estaba anunciando ninguna novedad y Enzo tampoco había hecho una pregunta. Más bien, como presos de una hipnosis, mantienen la vista fija el uno en el otro. El mayor nota a la chica enganchada de su brazo, pero no parece interesarle lo suficiente como para apartar la mirada, al punto de resistirse a esa fuerza mayor que los obligaba a cruzar miradas.
Se quedan compartiendo un momento en silencio, donde sienten ser los únicos en ese lugar.
El menor, preso de una picardía que el de ojos claros nunca había presenciado, le dedica una sonrisa mientras apoya el mentón en la cabeza de su novia, dejando al coordinador
pasmado.
“Pendejo atrevido”, piensa para si.
La reunión termina, y Enzo regresa a su casa en colectivo. El teléfono no para de vibrar, pero ni se inmuta. Imagina que deben ser los chicos explicándole a Valen y Nico lo que había pasado, o mismo el grupo del curso, y los ignora. En su cabeza no había lugar para otra cosa que no sea Leandro, en su mandíbula de ángulo recto, en sus ojos de ángel o mismo en la perfecta forma de sus labios, gorditos y rosados.
Si se lo ponía a pensar con mayor detalle, Leandro tenía el mismo tono dulce que tenía Valentina para hablar, el mismo color de pelo de ella; e incluso un color de ojos muy parecido. Era normal que le pareciera un hombre tan bello si se parecía tanto a su novia. La única real diferencia era de altura y que Valu no tenía tatuajes, a diferencia de Leandro, que tenía los brazos llenos de ellos.
Eso era. Enzo está convencido de que el parecido con su pareja era el motivo de que Leandro le pareciera tan bello y no había nada más.
Entonces, ¿por qué no podía sacarse de la cabeza a su coordinador? ¿Por qué le había sonreído de esa manera cuando se quedaron mirando al otro? Si jamás se había atrevido a hacer algo más que tirar algún remate gracioso cuando estaba con él porque tenía el culo en la mano.
Ya no había vuelta atrás. Iba a tener que hablarlo con su mejor amigo, Julián, cuando llegara a casa.
La llave hace su magia al girar en la cerradura y Enzo se adentra en su hogar. Un silencio pulcro, encargado de recibirlo, lo anima a mirar la hora en su teléfono; se da cuenta de que son las cuatro de la tarde y de que su familia, posiblemente, estaba durmiendo la siesta. Seguro su mamá le había dejado la comida sobre la mesada de la cocina.
Enzo deja la mochila al lado de la puerta y se asegura de cerrar con llave antes de adentrarse en la casa. Se saca las zapatillas con tanta fiaca que solo usa los pies, para nada dispuesto a agacharse a desatarse los cordones. Entretanto, le manda mensaje a Juli para preguntarle si estaba disponible y hacer llamada al mismo tiempo que almorzaban juntos, a falta de la compañía de sus familias. Cuando recibe su afirmación por mensaje, sonríe y deja el teléfono en la mesa para ir a calentarse la comida. Con la comida lista, Enzo se mete a WhatsApp y toca el ícono de la videollamada. Acomoda el teléfono contra el servilletero y se dispone a degustar, con la tele de fondo, milanesas con fideos.
Julián no tarda en contestar: Él se halla en su cama, pues le permitían comer en su habitación. Su plato constaba de papas al horno con milanesa y un poco de verdura.
—¿Qué onda, pa? —saluda Enzo, amistoso como siempre.
—Nos vimos recién, boludo —suelta Julián con una sonrisa divertida.
—Bue. Perdoname por querer ser buen amigo, eh —responde Enzo con un puchero, cosa que le roba una risa a Julián.
Enzo nota su reacción de reojo: en su rostro se surcaba la sonrisa tierna que tanto lo caracterizaba, causándole un pequeño aleteo de su corazón, pero escoge ignorar la reacción de su cuerpo, del mismo modo que con los pensamientos en su cabeza sobre Leandro.
—Te estoy jodiendo, wachín —aclara Julián mientras le da un bocado al pedacito de milanesa que previamente cortó con suma precisión.
Para Enzo ver comer a Julián era como presenciar un genuino espectáculo: él era tranquilo, llevándose pequeños pedazos a la boca para luego dejar los cubiertos reposar en su plato para masticar tranquilo. El morocho siempre se le quedaba viendo, sin poder evitarlo, estudiando la manera en la que apoyaba el dedo índice en el cuchillo o el agarre de su mano, completamente hipnotizado.
—¿Para qué me llamaste igual? Onda, ¿pasó algo?
Al morocho le cuesta salir del trance —o de momento de apreciación al arte de… Julián comiendo—, y parpadea un par de veces en ráfaga antes de contestar.
—¿Cómo te das cuenta si te gustan los hombres?
La serenidad con la que Julián se lleva una papa a la boca es rota cuando se ahoga con la misma por lo improvista que fue esa pregunta. Enzo se carcajea, al mismo tiempo que Julián trata de recuperar el aire.
—¿…eh? —emite Julián, confundido, al lograr respirar con normalidad, sin la obstrucción en su garganta. Traga con dificultad, con esa sensación molesta en la garganta. —¿Por qué preguntás?
Ah… buena pregunta esa.
Enzo, tan transparente como el agua, se queda mirándolo en silencio. No se imaginó que Julián preguntaría eso, así que no ideó una excusa lo suficientemente creíble como para no develar la verdad. El calor crepita en sus mejillas y alcanza la punta de sus orejas en un ritmo pausado, pero logra ser captado por Julián que no va a desperdiciar el momento. El morocho logra ver el momento exacto en que la idea aparece en la cabeza de su amigo y aprecia esa sonrisa malvada que se dibuja en su boca.
—Iiiiii, Enzo es putitooooo.
—¡Cortala, gato! ¡Si no dije nada! —se ataja Enzo, haciendo ademanes exagerados. Eso solo empeora la carcajada de Julián.
—¿Y por qué te poné’ colorado entonce’? —insiste Juli en un tono pícaro.
—Y porque… Eh…
Enzo trata de responder a su pregunta, pero no se la puede caretear a su mejor amigo.
Julián, tan amable como es él, le completa la oración.
—¡Sos puto! ¡Te la comés doblada!
—Daaa, sos un gil. No vuelvo a preguntarte nada.
Cuando Enzo amaga con cortar la llamada, Julián exclama frenético para detenerlo. El bonaerense da a lugar a las plegarias de su amigo y se queda callado, indignado. Por su parte, Julián trata de callar su risa que le impedía pensar con claridad.
Enzo echa la cabeza para atrás, algo más tímido que de costumbre. Si le preguntaba a Julián, era porque de todo el grupo era el único que podía darle algún tipo de sosiego a sus dudas. Todos en el grupo sabían de las preferencias de Juli y nunca había sido problema, por lo que él era el destino ideal para consultas de este tipo.
Una vez Julián se halla en condiciones como para hablar, procede a profundizar en el tema a discutir.
—Nah, pero en serio, ¿por qué preguntás?
Enzo no sabe si decirle la verdad. No porque Juli fuese a juzgarlo sino porque le parecía absurdo el motivo—su coordinador era tan lindo que le instaló la duda, nada más. Ahora que lo pensaba, era una huevada replantearse años de heterosexualidad por un chabón que apareció en un pim-pum-pam. En su vida sintió algo por un hombre.
Bueno, a Juli siempre lo quiso mucho… Pero nada más. A Licha de vez en cuando le relojeaba el orto, pero eso porque el gualeyo tenía una buena defensa; y no hablemos de las veces que lo vio vestirse a Cuti, fichándole todo el bulto. Pero eso no era gay—después que siempre estaba encima del gallego de Nicolás, pero todos sabían que era el más hegemónico del grupo. Aparte, le daba ternura sus esfuerzos por adaptarse a la cultura argentina. Era como su mascotita.
Bueno, capaz eso si era un poco gay.
Luego de un rato divagando, escoge ser lo más sincero posible.
—Es que… ¿Viste que hoy nos vinieron a hablar los coordinadores?
Julián, que ya se dio cuenta por dónde venía la mano, atinó a completar:
—¿Te gustó Leandro?
Silencio en la sala. Enzo lo mira con ojos grandes, parpadeando como quién recibe una luz de lleno en la cara. Estaba completamente expuesto, desnudo frente a Julián que parecía conocerlo como a la palma de su mano.
—¿Cómo supiste?
—Era obvio. Si se parece a Valu. Siempre te gustaron las mismas minas.
Se podría decir que Enzo tenía un tipo.
El morocho volvió a pucherear por lo predecible que fue todo. Se imaginó una salida del clóset dramática, con lágrimas y mensajes motivacionales de por medio, no que su mejor amigo le sacara la ficha tan rápido.
—Sí, bueno… es verdad.
—Bueno, pero… ¿Te parece lindo Leandro o le querés entrar? Te puede parecer lindo un hombre sin ser gay. O bisexual.
El bonaerense se permite un tiempo para reflexionar no solo en la pregunta, sino en el segundo término que cita su cordobés de confianza. Bisexual.
Lo poco que sabía de la comunidad LGBTQIA+ era que estaban las tortas, minas que gustaban de otras minas; los trolos, pibes que gustaban de otros pibes; y los bisexuales, gente a la que le gustaban ambas cosas. Esa etiqueta en específico resonaba con él, porque estaba seguro de que las mujeres no le dejaron de gustar; puede probarlo, pues, antes de volver a casa, besó a Valu, y siguió con la sensación de que su corazón había pisado el acelerador por lo rápido que estaba latiendo. Pero esa misma sensación le sucedió cuando vio por primera vez a Leandro. O al revés, porque conoció a Valen primero.
Ustedes entienden.
—No sé… —responde honesto, mirando a su plato de comida con índices de confusión, jugando con los cubiertos. Los músculos pierden todo indicio de querer hacer el esfuerzo de tomar el tenedor y llevarse un montoncito de fideos a la boca. Qué difícil ser puto, piensa Enzo. —Corte: Yo a Valu la quiero. Me sigue gustando. Pero no sé… Nunca vi a un pibe tan fachero-
—Lindo —lo corrige Julián.
—…Lindo, sí. Fue como que de pronto no me podía mover, estaba paralizado. Y onda- Valu me estaba agarrando del brazo pero no es que no me dejaba mover. Estaba quietito. Y me latía el corazón re fuerte, ¿viste cuando corrés tan rápido que sentís cómo te retumba todo?
Los ojos de Julián se entrecierran mientras degusta la ensalada de lechuga que su mamá le preparó. Deja reposar su tenedor en un movimiento casi que memorizado y escoge como puede las palabras adecuadas para calmar la inquietud.
—Bueno. Tenés tiempo hasta el viaje —responde Julián. —Yo no te puedo decir qué es lo que te gusta o lo que no, pero si tenés la duda, podés experimentar.
—¿Eh? Pero yo no quiero que me metan la pija.
Ambos se ríen por el soez comentario de Enzo. Aquello le regresa el apetito a Enzo que enrosca los fideos en el tenedor y le emboca un mordiscón. Estaban fríos ya, pero él no era quisquilloso con la comida así que no emitió queja.
—No te tienen que meter la pija de una, pelotudo. Podés probar… No sé —dice Julián, no muy convencido de la respuesta que dio, hasta que se le prende el foquito con una idea. —Pero si tenés la duda, deberías hablarlo con Valu y tomarte un tiempo. No le podés mentir a la mina.
Los ojos color obsidiana de Enzo se abren en grande por la propuesta.
Sabía que era algo habitual en las parejas cuando se venía Bariloche. Para disfrutar más de la experiencia, por así decirlo, acordaban de mutuo acuerdo darse un tiempo —o directamente cortar— para la fecha del viaje y regresar cuando el viaje había terminado. Sin embargo, todavía no se sentía del todo convencido: no quería dejar a Valentina por una pavada que no sabía si era tan seria como se lo planteaba. Capaz era como decía Juli y Leandro le parecía un tipo fachero. Había leído algo de eso, cuando su novia lo obligaba a estudiar para no llevarse más materias y que sus papás le dejen ir a Bariloche, de eso de que uno tiende a ver a los mayores como figuras de admiración.
Aunque se sentía más gay decir que admiraba a Leandro que admitir que le quería comer la pija.
—Sí… Tenés razón. —Enzo se lleva un bocado de milanesa a la boca demasiado grande y lo tuvo que bajar con un traguito de la botella de agua que había dejado ahí esa misma mañana.
—Obvio, pa. Es lo mejor —responde Julián—. Aparte, así no tenés quilombo con Valu. Le decís que estás confundido y necesitás acomodarte las ideas. En Bariloche lo podés pensar mejor. Si después te diste cuenta que estabas en una y que no te caben los pibes, lo hablás con ella y vuelven.
—Bueno, pero… ¿Y si sí me gustan los pibes?
—Lo hablás con ella y listo, boludo. Además, dijiste que las mujeres te siguen gustando, así que tampoco estarías mintiendo sobre lo que sentís por ella. Pero no podés irte así, porque te la vas a mandar.
Enzo lo reflexionó al mismo tiempo que cortaba la milanesa y se llevaba un pedacito en la boca, disfrutando de como el pan rallado crujía entre sus dientes y de la suavidad de la carne de vaca en su punto justo.
—Tenés razón… Puede ser.
Leandro y Paulo estaban volviendo en la camioneta. Ahora era Paulo el conductor, permitiéndole a Leandro descansar e incluso dormirse de a ratos.
La reunión había ido bien. Digamos.
Se comieron un par de puteadas, pero los padres comprendieron la situación y, como los términos habían cambiado, agendaron nuevas reuniones para pulir detalles. Sin embargo, Leandro estaba agotado: oriundo de San Justo, La Matanza, se había levantado a las cinco de la mañana para cumplir con el horario de trabajo. El peso del día largo y nublado —cuyas nubes se habían despejado al caer la tarde— le cargaba los hombros, volviéndole imposible no caer en los brazos de Morfeo en el cómodo asiento de la Jeep Compass de su amigo.
Por su parte, Paulo estaba de diez. Aunque era de Córdoba y tenía la misma necesidad que Leandro de trabajar, venía de una familia más pudiente y, como buen chetito mantenido, tenía su departamento en Recoleta. Así que, en ese momento, al cordobés le tocaba manejar.
La siesta de Leandro tampoco duró mucho. El bonaerense tenía el sueño ligero, así que, cuando pasaron por una loma de burro antes de entrar a la ruta, el sacudón lo despertó. Inspiró ruidosamente, anunciando el fin de su descanso, y sintió cómo la somnolencia abandonaba su cuerpo para dar paso a la vigilia. De soslayo, Paulo nota como su amigo abre los ojos y se endereza; atina a posar la mano en su muslo —a falta de una parte de su cuerpo más cercana— a modo de una disculpa silenciosa, para luego ponerla en la palanca de cambio.
—Disculpá, gato. No la vi —se disculpa el cordobés, bajando la velocidad para evitar perturbar el descanso de su amigo y removerlo bruscamente del sueño.
—No pasa nada… Si duermo mucho después en la noche no pego un ojo —admite Leandro, frotándose el rostro para remover los residuos de la fatiga y el cansancio. Los párpados pesados amenazaban con cerrarse para caer nuevamente dormido, pero se resistió con todas sus fuerzas y se limpió los restos de saliva de sus comisuras. —¿Falta mucho, no? Perdón, después te pago la nafta.
—Despreocupate gato, estamos yendo a mi casa.
Leandro suspira frustrado, frunciendo el ceño,
—¿Otra vez…? No necesito que hagas esto, de verdad.
—Amigo, no pasa nada —dice Paulo, restándole importancia. No se atreve a cruzar miradas con Leandro porque su debilidad son sus ojos, que saben como reprimir sin la necesidad de mediar palabras. —Mañana las madres quieren reunirse sí o sí y el lugar queda cerca de casa, nada más.
El bonaerense se remueve en su lugar, avergonzado de aprovecharse de las riquezas de su amigo.
—Gracias. Si querés cocino yo.
—Esa te la tomo —dice Paulo con una sonrisa tan canchera como él mismo.
Un silencio tranquilo se instaló entre ellos, mientras Leandro ponía sus ojos en el cielo; al ser las siete de la tarde, el ocaso comenzaba a caer, oscureciendo la ciudad. De vez en cuando, Paulo contemplaba el semblante tranquilo de su amigo y cómo los débiles rayos de sol chorreaban en su rostro, proyectando sombras que lucían tan delicadas que parecía un cuadro. La mera templanza que transmitía llenaba al cordobés de una calma tal como si se situaran en un espacio liminal.
En un santiamén ambos muchachos arribaron a la casa del cordobés, entrando por el estacionamiento de luces tenues. Bajaron del auto compartiendo pocas palabras, en dirección al palier.
El edificio era muy ostentoso, de pilares como los de un teatro griego y el piso marmolado. Las luces eran blancas de subtono frío y el estilo en general era moderno. Leandro no podía evitar sentirse algo fuera de lugar: Todo el edificio contrastaba con las casas de barrio con las que él se topaba caminando de regreso a casa.
Paulo silbaba mientras jugueteaba con las llaves del auto con una mano y con la otra recogía las llaves del departamento, entrando y cediéndole el paso al bonaerense. Se dirigieron al ascensor y tocaron el piso sexto, dejando que el armatoste hiciera su trabajo. En el segundo silencio cómodo de la ocasión, Paulo decide ser el culpable de romperlo.
—Te vi.
Lean frunce el ceño confundido.
—¿Me viste?
—Sí, te vi; mirando al pibito. El que preguntó la fecha.
Al principio, Leandro no logra entender a qué se refería Paulo, pero cuando capta la sonrisa in fragranti de Paulo ensancharse con malicia las piezas encajan en su lugar y detecta sus intenciones. Puso los ojos en blanco y avanzó hacia afuera del ascensor una vez las puertas se abrieron.
—No sé de qué me estás hablando.
—Nah, nah, nah, nah. —Lo sigue Paulo, haciendo un gesto de negación con el dedo índice. —Conmigo no te hagá’ el boludo que te sale mal encima.
Paulo se le adelanta para abrir la puerta del departamento, nuevamente dejando entrar primero a su amigo para cerrar la puerta tras de ellos.
—¿Y qué tiene si lo vi? Lo vi porque lo vi.
—Bueno, pero él no te vio porque te vio nomás. Se le caía la baba —refuta Paulo, lanzando las llaves a la mesa, moviéndose en dirección a la cocina. —Siempre lo mismo con vos, sacaleche te voy a decir —suelta, acompañando su expresión de un gesto vulgar con la mano.
A Leandro se le hace costumbre poner los ojos en blanco cada que Paulo abre la boca, porque será muy lindo pero la sarta de pelotudeces que dice no tiene nombre.
—Tenés la idea fija en la cabeza vos —contesta Leandro, negando con la cabeza.
El bonaerense deja su campera rompeviento sobre la silla de la mesa del living, antes de poner sus manos en sus bolsillos en un intento de ocultar la ansiedad que en ellas habitaba. Lo que Paulo decía era cierto: había compartido miradas con el muchacho de orbes oscuros. Todavía no dejaba de darle vueltas a la sonrisa que el muchacho había puesto después de eternos segundos viéndose a los ojos.
Tal vez había sido un mero gesto de cordialidad, pero ese presunto gesto amable contrastaba con el brillo de sus orbes. Había cierta picardía en ese muchacho: era el típico pibe canchero y buena onda pero que suele hacerse cierta mala fama por sus tantas travesuras. Lean recordaba los acotes que este daba en las reuniones hace unos meses; el sinfín de chistes que hacían carcajear al grupo en momentos específicos. Recuerda haber hablado de él con Paulo en otra ocasión y su amigo lo describió tal que así:
“No es un chico malo, pero debe ser de esos que si no lo escuchás... Tené cuidado, porque entonces hace las cosas de callado.”
La reunión del mediodía lo había confirmado.
Por un segundo el tema parece morir ahí. Paulo sale de la cocina con un termo lleno de agua caliente y un mate. Era demasiado temprano para cenar, sobre todo ya que la reunión era a las 12 del mediodía y, al estar cerca del punto de encuentro, no tardarían más de veinte minutos en auto; así que se permitieron distraerse un rato. Paulo lo invitó a sentarse al sofá-cama, a lo que Leandro, con el cuerpo a los gritos rogándole por una hora de cama, aceptó. El cordobés prendió la tele y se cruzó de piernas, dejando entre ellas el termo para poder darle un sorbo al mate amargo.
—¿Qué vas a hacer entonces?
—¿Que voy a hacer con qué? ¿Enzo?
—Ah, encima te sabés el nombre —se burla Paulo, cebando un mate y pasándoselo. --Sos terrible rápido vos.
—Obvio que lo sé. Los tenemos que cuidar por diez días, ¿sabías? —dice, recibiendo el mate y llevándose la bombilla a la boca. —Estaría bueno que te vayas aprendiendo los nombres; después te quejás y me rompés las pelotas cuando Ota te caga a pedo.
—Dale, ma, ahí voy —nuevamente Paulo se burla, mirándolo con esa sonrisa que le ponía los pelos de punta. El bonaerense le propicia un golpe en el brazo al cordobés, haciéndolo soltar un quejido. —¡Ay! ¿…Por qué sos tan malo conmigo?-- protesta en un tono poco varonil.
Leandro suelta una carcajada tan hermosa que Paulo, a pesar de la vergüenza, no puede evitar sentirse ligeramente febril.
—Ay él, es mariconcito —se burla el bonaerense, antes de atraer al más joven hacia él en un abrazo. Paulo acepta a regañadientes y sin corresponder.
Ambos quedan así, pegados en un abrazo cuya pose es demasiado incómoda para Paulo, pero disfruta tanto del cariño de su amigo —aunque no lo admita en voz alta— que se deja mimar, fingiendo estar enojado. Se quedan viendo la tele por un rato largo, cosa que obliga a Paulo a ponerse en una pose más cómoda que resulta ser él con la cabeza recostada sobre el regazo de Leandro, despatarrado en el sofá-cama; tan espigado que las piernas quedan colgando del reposabrazos. El termo y mate pasaron a hallarse en el suelo, a falta de motivación suficiente para llevarlos a la cocina.
Los dedos del bonaerense se entrelazan con las hebras del cabello frondoso del cordobés. Su pelo era naturalmente sedoso y a Leandro siempre le gustó jugar con el, ya sea revolviéndoselo para molestarlo o peinarlo con sus falanges como en esta ocasión. La sensación embriagaba a Paulo, que sonreía como un bobo sin prestarle atención a lo que había en la tele.
—Pará, Lean… Que me duermo… —protesta el cordobés sin muchas fuerzas.
—Después te quejás de que soy malo con vos —dice Leandro, sin detener los movimientos—. Callate un poco, dale.
—Pero si so’ malo conmigo… —responde con la boca floja, mirándolo con un brillo especial. —¿A vo’ te parece que me lo merezco?
Los ojos color azul gélido de Leandro bajan a los del cordobés, topándose con una vista del cordobés que le roba el aire: sus cachetes ligeramente enrojecidos, sus zafiros brillando de forma especial, la penumbra de la habitación y el brillo de la televisión convergiendo en su rostro de tal forma que le roba el aire. No sabe en qué momento su perfume es el único aroma que percibe en el ambiente, o cuándo es que el cordobés se acomoda encima de él, obligándolo a agarrar sus caderas para mayor soporte, o en qué instante probó el sabor del pucho que fumó en la mañana y el mate directamente de su boca en un beso, pero sucedió.
Aparentemente no sos el único dispuesto a probar cosas nuevas, Enzo. Y quizás escogiste al mejor profesor para enseñarte cómo hacerlo.
