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En la secundaria de San Martin nadie sospechaba de la clase de relación que Julian Alvarez y Enzo fernandez tenían, tampoco es que fuera un secreto super oculto ni que en los pasillos se ignoraran a propósito, simplemente pertenecían a mundo distintos dentro de la secundaria. Enzo era el capitán del equipo de futbol y se pasaba todo el tiempo de arriba a abajo con sus amigos del equipo, cagandose de risa en los pasillos, armando previas en su casa los findes y caminando de la mano con Valentina, su novia desde el verano. Julián, por su parte, prefería la tranquilidad de sentarse adelante en el aula junto a Licha y Paulo, entre mates lavados y bizcochitos dulces. Asi que simplemente en el dia a dia escolar casi no coincidían.
Pero apenas cruzaban el porton de salida y caminaban a la parada del cole que los llevaba hasta sus casas, la historia era completamente otra.
Eran vecinos de pared por medio desde los siete años. Por una casualidad hermosa de la distribución de las piezas, los balcones de sus habitaciones quedaban enfrentados, separados apenas por tres metros de distancia. Para ellos, esa brecha no era absolutamente nada. Podían pasarse horas y horas tirados en sus camas hablando de la vida hasta que sus mamás los cagaban a pedos y los mandaban a dormir.
Para Julián, Enzo no era el chico popular que todos se dedicaban a idolatrar. Era simplemente su Enzo, el chico de sonrisa canchera, el del flequillito turro que le quedaba ridículamente bien y el único capaz de desarmar su timidez con una palabra.
Y justamente por eso dolia tanto.
Julián llevaba años intentando convencerse de que lo suyo era solo un cariño incondicional, pero la ilusión se le derrumbo en el verano, cuando Enzo cayó emocionado a su pieza a contarle que se había puesto de novio con Valentina. A Julián se le partio el corazon en mil pedacitos. Le costaba horrores no compararse con ella a partir de ese momento, valentina era bajita y flaquita, con ese tono bronceado y parecía siempre peinada de peluqueria y demasiado segura de si misma. Julián, en cambio, se sentía el chico mas insignificante con sus lentes negros de marco grueso, su ropa holgada y una montaña de rulitos castaños que jamás lograba acomodar. La inseguridad le comía la cabeza todos los días.
Lo peor era que la relación de Enzo era un desastre. Valentina era re celosa, dramática y toxica, y a los dos meses de haber empezado a salir, ya peleaban por cualquier boludez.
Esa noche de martes, la rutina volvió a repetirse.
Juli estaba echado en su cama con una remera blanca toda escrita con fibrones de pijama y pantalón a cuadritos tipo elephant, con los anteojos apoyados en el puente de la nariz mientras leía una novela romántica de las que tanto le gustaban. La luz cálida de su velador iluminaba su cuarto hasta que el ruido de la ventana del frente lo hizo levantar la vista.
Enzo estaba tirado en su propia cama, sosteniendo el celular con una mano mientras con la otra se pasaba los dedos por la cara, desbordado. Puteaba por lo bajo y trataba de explicarse ante los gritos que salían del altavoz.
Con un suspiro preocupado, Julián dejó el libro de lado y estiró la mano para agarrar un cuaderno con espiral lleno de stickers en la portada que tenía en la mesa de luz. La idea de las libretas había sido 100% de él, influenciado por todas las historias de amor que leía. Un día le había caído a Enzo con dos cuadernos idénticos para comunicarse desde las ventanas sin tener que hablar en voz alta cuando caía la noche. Enzo en su momento se le había cagado de risa:
—Che, Juli, ¿no es más fácil mandarme un WhatsApp, pedazo de fantasma? —le había dicho riéndose.
—Dale, Enzito, no seas amargado —le había rogado él con un pucherito—. Es más divertido, tiene otro gusto.
Y Enzo, que no podía decirle que no a esa carita, había cedido sin dar más vueltas.
Julián agarró el marcador negro y escribió en letras grandes:
¿Todo bien?
Levantó la libreta desde la cama, orientándola hacia la luz de la ventana de enfrente.
Al otro lado, Enzo interrumpió su discusión, miró hacia el balcón y la tensión del rostro se le aflojó al instante. Dejó el celular a un lado, agarró su propio cuaderno de la mesa de luz y garabateó rápido antes de sostenerlo en el aire:
"Valentina me tiene podrido."
Julián apretó los labios, sintiendo una mezcla de lástima e impotencia. Rápidamente volvió a escribir:
"Oh, que quilombo :("
Enzo alzó los hombros con una sonrisa cansada que decía "y bueno, qué se le va a hacer".
En ese segundo, la inseguridad y el dolor de verlo sufrir se le mezclaron a Julián en el pecho con un impulso de adrenalina pura. Le tembló la mano, pero agarró el marcador y comenzó a escribir a toda velocidad, sintiendo el corazón en la garganta:
"Yo sí te amo."
Tragó saliva. Pensó que tal vez, solo tal vez, si se lo mostraba en ese momento en que Enzo estaba tan vulnerable, su amigo finalmente se daría cuenta de que no tenía por qué aguantar maltratos, que del otro lado del balcón había alguien que lo amaba con el alma y arriesgaría todo por el.
Julián juntó el valor que le quedaba y levantó la libreta... pero la habitación de enfrente se apagó de golpe. Abrumado por la llamada, Enzo había corrido la cortina pesada para dormirse.
Julián se quedó petrificado en la cama, sosteniendo el cuaderno en la penumbra con la frase flotando en el aire. Bajó los brazos despacio, abrazó la libreta contra el pecho y escondió la cara en la almohada. Se sentía un tonto, y cayó en cuenta de lo que estaba por hacer, ¿acaso se creía que Enzo de repente al leer lo que había escritose iba a alegrar y corresponderle?
A partir de ese momento, el tiempo pareció congelarse.
Pasó todo el miércoles y la mitad del jueves sin que la cortina de la ventana de enfrente se moviera un solo centímetro. Era un muro de tela gris,tupido y pesado, que bloqueaba cualquier rastro de luz o de movimiento desde la habitación de Enzo.
Para Julián, esas cuarenta y ocho horas fueron un tormento silencioso. Se la pasó con el corazón encogido, un peso frío asentado en el medio del pecho que no lo dejaba ni comer tranquilo. Tampoco se lo había cruzado en el colegio, Enzo no había ido a entrenar, en los recreos ni apareció por el patio y Valentina andaba con cara de culo tratando mal a todos. Ese vacío total volvía loco a Julián. Cada vez que entraba a su habitación, la mirada se le iba sola hacia la ventana cerrada. La mente, experta en autoboicotearse, le jugaba las peores pasadas.
"¿Y si vio el cartel justo antes de apagar la luz?", se preguntaba una y otra vez mientras se mordía las uñas en el escritorio. "¿Y si se dio cuenta de lo que escribí? ¿Y si ahora le doy asco? Debe estar pensando que soy un raro, un desubicado de mierda... Por eso cerró todo. Por eso no me habla".
El nudo en la garganta se le hacía insoportable. Le aterraba la idea de haber arruinado la única cosa hermosa y segura que tenía en la vida: la amistad con Enzo. Imaginarse a su mejor amigo mirándolo con rechazo o directamente borrándolo de su vida le partía el alma. Era la historia de siempre, se ilusionaba como un estúpido con un chico que jamás le iba a corresponder, creándose películas en la cabeza que solo existían en sus libros de amor cliché.
Sin embargo, en el fondo de su ser, Julián se aferraba con uñas y dientes a sus novelas de amor. Esos libros de tapas coloridas que llenaban su mesa de luz eran su único refugio. Leía sobre amores imposibles que vencían cualquier distancia, sobre miradas que lo decían todo y finales felices donde la persona correcta finalmente abría los ojos. Necesitaba creer desesperadamente que la vida real podía tener un poquito de esa magia, que él también merecía ser querido así, sin confusiones tontas , sin peleas ni gritos. Que no estaba loco por soñar que la persona indicada para Enzo estaba a tres metros de distancia y era el, no Valentina.
Para el jueves a la noche, Julián sentía que la cabeza le iba a explotar de tanto pensar. La cortina de Enzo seguía cerrada, pero él ya no aguantaba más el silencio opresivo de su pieza. Como era introvertido en el colegio pero un terremoto entre sus cuatro paredes cuando necesitaba canalizar sus emociones, asi que decidió descargarse de la única forma que le salía.
Agarró el celular, buscó su playlist y puso "Lo mejor del amor" de Rodrigo a un volumen medio, lo suficiente para llenar el vacío de la habitación sin despertar a sus viejos que mañana tenian que laburar. Se sacó los anteojos, dejándolos a un lado en la mesa de luz para no tener que ver sus propias imperfecciones reflejadas, y se puso de pie frente al espejo del ropero.
En esa remera toda rayada con fibrones y esos pantalones a cuadros , empezó a moverse. Agarró un cepillo de pelo como si fuera un micrófono y empezó a cantar en voz baja, tirando pasos de cuarteto exagerados, dando vueltas torpes y haciendo muecas ridículas. Trataba de sacudirse la angustia de encima, de bailar para no ponerse a llorar. Entre paso y paso, abría el ropero y sacaba buzos y remeras anchas , combinando ropa frente al espejo para intentar armar algún outfit pasable para el colegio al día siguiente, buscando levantarse la autoestima aunque fuera un poquito y tal vez.. pensar que Enzo lo viera y le diga algo bonito.
Pero la voz de la inseguridad siempre volvía a pegarle donde más le dolía:
"Mirate, Julián... sos un desastre", pensaba deteniéndose un segundo frente al espejo, mirándose borroso sin los lentes. "No tenés levante ni de onda, te vestís como un fisura y sos invisible. Valentina es hermosa, le sobra onda... ¿Por qué mierda Enzo se fijaría en vos? Sos solo su amigo de al lado que se come la cabeza por algo que jamás va a pasar".
Lo que Julián no tenía forma de saber era que, justo en ese instante, del otro lado de la calle, la cortina pesada de la ventana de enfrente se había corrido apenas tres centímetros.
Enzo estaba sentado en el borde de su cama, a oscuras. Había pasado dos días enteros metido en su propio infierno, encerrado en la pieza procesando las peleas interminables con Valentina y el cansancio mental que le producía su relación. No había abierto la cortina simplemente porque no quería que Julián lo viera así, derrumbado y con la cara hecha un desastre por el insomnio.
Pero el murmullo de la música lo había sacado de sus pensamientos.
Al asomarse por la rendija del cristal, Enzo vio a Julián. Lo vio bailar despeinado, sin lentes, dando vueltas torpes con un cepillo en la mano y probándose ropa gigante frente al espejo.
La tensión que Enzo llevaba acumulada en el cuello durante las últimas cuarenta y ocho horas pareció disiparse en un segundo. Una sonrisa genuina, tibia y llena de ternura se le dibujó en el rostro en medio de la penumbra de su cuarto. Negó con la cabeza suavemente.
—Qué boludo que sos, Juli... —murmuró Enzo para sí mismo, apoyando la frente contra el vidrio frío.
Se cruzó de brazos y se quedó ahí, mirándolo en silencio durante largos minutos. En medio de todo el caos, de las exigencias, del fútbol y de las discusiones de pareja, ver a Julián ser tan auténtico y transparente le devolvía el aire. Estaba profundamente agradecido de tenerlo en su vida, era el único pibe capaz de sacarle una sonrisa y devolverle la paz sin siquiera saber que lo estaba haciendo.
Pero para el viernes a la tarde, el dolor de panza de Julián ya no era solo por las inseguridades sobre el cartel o por la cortina cerrada; era por la preocupación real. Enzo llevaba dos días enteros hundido en su propia sombra, sin aparecer por el colegio ni mandar un solo mensaje. Y si algo conocía Julián después de diez años de amistad, era que cuando Enzo se desaparecia asi de la nada, era porque la cabeza le estaba jugando muy en contra.
Harto de dar vueltas en su pieza, Julián bajó a la cocina. Decidió accionar de la única forma que le salía cuando no sabía qué decir: cuidándolo.
Buscó los ingredientes en la alacena y se puso a preparar un budín casero, el favorito indiscutido de Enzo desde que eran chicos: repleto de chispas de chocolate, con pedacitos de galletitas Oreo partidas en la preparación y un relleno empalagoso de dulce de leche repostero en el medio. Mientras el olor dulce invadía la casa, Julián armó una mochila. Metió el budín recién salido del horno envuelto en papel aluminio, una botella de cocacola helada, la novela romántica que estaba leyendo para hacerse compañía si Enzo quería dormir, y una cajita de pañuelos de papel por las dudas.
No cruzó por la puerta de abajo ni le tocó el timbre de su casa . Hizo lo que hacían siempre desde los siete años: abrió la puerta ventana de su balcón, miró hacia abajo calculando la altura y cruzó la cornisa con cuidado. Ese riesgo tonto de pasar de balcón a balcón le daba una pequeña dosis de adrenalina que lo hacía sonreír de a ratos.
Apoyó las zapatillas en el piso del balcón de Enzo y tocó dos golpecitos suavecitos en el vidrio de la puerta.
—Enzo... soy yo, Ju. Abrime —murmuró con voz tibia.
Unos segundos después, el picaporte cedió. Enzo abrió apenas la puerta, y a Julián se le apretó el corazón al verlo. Tenía los ojos hinchados por el cansancio, el flequillo desordenado cayéndole sobre los ojos y la cara hecha un desastre por el insomnio. La habitación a sus espaldas estaba a oscuras, sofocante, con la ropa del entrenamiento tirada en una esquina y vasos de agua en la mesa de luz.
Julián no dijo una sola palabra. No le reclamó la cortina cerrada, no le preguntó por Valentina ni le exigió nada. Simplemente entró a la pieza en silencio, cerró la puerta ventana a sus espaldas y dejó la mochila sobre el escritorio. Caminó directo hacia la cama, agarró la frazada que estaba tirada en el piso y acomodó las sábanas.
—Acostate —le dijo en un murmullo suave, tomándolo despacio del brazo.
Enzo, dejándose llevar sin resistencia, se tiró de costado en la cama. Julián se aseguró de taparlo bien hasta los hombros para que no pasara frío. Después sacó el budín de la mochila, le cortó una porción generosa con las manos y se la ofreció junto a la gaseosa.
—Sé que no comiste nada en todo el día, dale.
Enzo agarró el pedazo de budín y le dio un mordisco despacio. Al sentir el gusto al dulce de leche caliente y las Oreos, soltó un suspiro largo, casi tembloroso, y cerró los ojos un segundo.
—Sos mi salvacion Juli, posta... no sabés la falta que me hacía esto —dijo Enzo con la voz rasposa, mirándolo desde la almohada.
Julián se sentó en el borde de la cama, cruzando las piernas.
—Tranquilo. Solo vine a hacerte compañía un rato.
En medio de todo el caos que rodeaba a Enzo —las exigencias del DT de fútbol que le exigía rendir como capitán, las miradas del colegio esperando siempre lo mejor de él y las discusiones interminables con su novia—, la presencia de Julián era el único lugar seguro donde no tenía que pretender ser alguien fuerte. Con Julián podía ser simplemente él. Sin presiones, sin caretas, sin la necesidad de dar explicaciones.
Enzo se corrió un poco hacia la pared y palmeó el colchón al lado suyo.
—Ponete cómodo, dale. No te quedes ahí sentado como un boludo.
Julián sintió que el pulso se le aceleraba un poco, pero no dudó. Se acomodó de espaldas contra los almohadones de la cabecera, estirando las piernas. Acto seguido, Enzo buscó refugio de manera automática, apoyó la cabeza sobre los muslos de Julián y se acurrucó de costado, soltando todo el aire acumulado en el pecho.
A Julián le tembló la mano un segundo, pero venció el miedo y empezó a pasarle los dedos suavemente por el pelo, acomodándole el cabello lacio y el flequillo con una delicadeza infinita.
—Me está pasando por arriba todo, Ju... —empezó a desahogarse Enzo en voz muy baja, mientras terminaba de comer su porción de budín—. En el club me piden que sea el capitán perfecto y no me da el cuerpo. En la escuela siento que todo el mundo espera algo de mí. Y con Valentina... posta que ya no doy más, me tienen todos re contra podrido.
A Julián se le clavó una espinita en el pecho al escuchar el nombre de ella, pero no detuvo el caricia constante en su pelo.
—¿Qué pasó con Valentina? —preguntó Julián con suavidad, aunque una parte de él sabía la respuesta.
—Es insostenible. Me controla todo, me grita por boludeces, me hace sentir que nada de lo que hago alcanza —soltó Enzo con bronca contenida, mirando hacia la pared a oscuras—. Me desgasta, Juli. Me di cuenta de que no puedo sostener más esta relación. Ya no quiero esto para mi vida. Le voy a cortar, no da para más, yo no puedo darle mas, no se que mas quiere de mi, te juro que no sé...
Julián tragó saliva duro. Las palabras de Enzo retumbaron en su cabeza como una melodía peligrosa. Sabía que no debía hacerse ilusiones, que Enzo solo estaba cerrando un ciclo tóxico y que no significaba automáticamente que fuera a mirar en su dirección. Pero fue inevitable, un destello de esperanza, una luz chiquita y brillante le volvió a encender el corazón.
—Vos no te merecés que te traten así, Enzito —le dijo Julián, bajando la vista para mirarlo a los ojos en la penumbra—. Sos posta un re buen chico. El que no se da cuenta de lo mucho que valés es porque es un boludo barbaro y no deberias tratar de gastar tu tiempo con gente asi.
Enzo se quedó en silencio un segundo, escuchando la sinceridad absoluta en la voz de su mejor amigo. Levantó la vista desde sus piernas y lo miró fijo, sintiendo una calidez inmensa que le recorrió el cuerpo.
—Gracias, Juli. En serio. Sos el único que no me pide nada a cambio de estar. No sé qué haría sin vos.
Julián le sonrió con ternura, manteniendo la mano en su pelo. Se quedó ahí tirado a su lado durante toda la tarde, hablando en voz baja de cosas varias , riéndose de recuerdos de cuando tenían diez años, hasta que Enzo finalmente logró dormirse con la cabeza apoyada en sus piernas, en paz por primera vez en toda la semana. Y Julián, mirándolo descansar, supo que se quedaría a su lado las veces que hicieran falta, asi que saco su libro despacito y se quedo ahi haciendole compañia a su Enzito.
La noche terminó cayendo sobre la habitación de Enzo mientras el murmullo de la ciudad se iba apagando. Enzo se había despertado al cabo de un par de horas, con la cabeza mucho más despejada y esa sensación pesada en el pecho bastante más ligera. Comieron lo que quedaba del budín a oscuras, tentándose de la risa por pelotudeces del colegio como si volvieran a ser chicos de nuevo.
Cuando dio la medianoche y Julián avisó que ya se tenía que volver a su casa antes de que sus viejos se dieran cuenta, se paró al lado de la puerta ventana del balcón.
—Che, Juli... —lo frenó Enzo, agarrándolo despacio del buzo.
Julián se dio vuelta mientras se refregaba los ojos del sueño por encima de los lentes.
—¿Qué pasó?
—Gracias por venir, posta. Me acomodaste la cabeza —dijo Enzo con una sonrisa franca, la primera en días—. Te prometo que esta semana se termina todo con Valentina. Ya tomé la decisión, no voy a seguir estirando algo que me hace mal.
A Julián se le derritió el corazón. Le sostuvo la mirada un segundo antes de responderle en un murmullo dulce:
—Me alegro mucho, Enzito. Te merecés estar tranquilo.
Enzo se le acercó y le dio un abrazo apretado, de esos que te desarman las costillas, enterrando la cara en el cuello de Julián un segundo antes de soltarlo. Julián cruzó el balcón casi flotando. Se acostó esa noche con el pecho lleno de una ilusión chiquita pero poderosa, pensando que el lunes las cosas por fin iban a ser distintas.
Para Julián, esa semana posterior a la tarde del budín había sido, sin exagerar, una de las más felices de su vida.
Es verdad que Enzo no había vuelto a nombrar a Valentina, pero Julián no sospechó nada raro. En su cabeza enamorada, la lógica era bastante simple: si Enzo no la mencionaba, era porque el tema ya estaba recontra cerrado y no quería quemarse la cabeza hablando de su ex. Además, durante esos días se habían juntado muchísimo más seguido. Se pasaban las tardes entre charlas en el balcón, mates en la vereda y risas compartidas. Para Julián era inevitable, estaba más enamorado que nunca. Y, por primera vez, un poco de esperanza le decía que tal vez —solo tal vez— Enzo estaba empezando a mirarlo con otros ojos.
Animado por ese aire fresco y con la ayuda incondicional de Licha y Paulo en los recreos del colegio, Julián se había propuesto levantarse un poco la autoestima. Sus amigos lo habían ayudado a elegir ropa con un toque más de onda sin perder su estilo —camisas holgadas abiertas sobre remeras lisas, jeans con un corte mas favorecedor — y le habían enseñado a usar una crema para peinar bien sus rulos, dejándolos definidos y prolijos. Se sentía lindo, querido y con ganas de apostar a esa ilusión con todo.
Para el jueves de esa semana, la mañana arrancó fresca pero luminosa.
Julián llegó primero a la garita de la esquina de sus casas, a eso de las siete y veinte. Llevaba puesto un buzo azul que le resaltaba los ojos, sus jeans impecables y los rulos perfectamente acomodados. Sostenía la novela de romance apretada contra el pecho, pero la sonrisa no se la sacaba nadie.
A los pocos minutos, la puerta de los Fernández se abrió y Enzo salió a la calle. Tenía la mochila colgada de un solo hombro, el buzo del colegio y ese flequillito turro medio desordenado en su frente pero que le quedaba hermoso, y Juli lo vio caminar hacia la garita.
—¡Buenas, Juli! —saludó Enzo con una sonrisa radiante de par en par, acercándose a la garita.
—Hola, Enzito —respondió Julián, sintiendo ese calorcito dulce en el pecho.
Se sentaron juntos en el banco de cemento a esperar el colectivo.
—Che, qué fachero que viniste hoy, eh —le dijo Enzo tirándole un codazo juguetón en las costillas—. Mirá lo que son esos rulos, te los peinaste para alguien en particular o me parece a mí?
Julián sintió que las mejillas se le encendían al instante y se acomodó los lentes con timidez.
—Nah, qué decís... Me dio ganas de cambiar un poco, nomás.
—Te queda re bien, posta —aseguró Enzo, mirándolo con una soltura y una calidez que a Julián le hacían dar vueltas la cabeza.
Se quedaron hablando de boludeces cotidianas, riéndose de las materias, pasándose el par de auriculares para escuchar música y compartiendo un paquete de galletitas dulces. El clima entre los dos era perfecto, cercano, íntimo. Julián sentía que los latidos se le desbocaban cada vez que Enzo se le acercaba un poco más para mostrarle algo en la pantalla del celular. En su mente, las historias de amor que leía cobraban sentido: este era el camino, Enzo por fin estaba abriendo los ojos y se estaba enamorando de él.
En eso, una ráfaga de viento repentina cruzó la calle y despeinó a Julián de golpe, desarmándole el copete de rulos y tirándoselo sobre los cristales de los anteojos.
Julián soltó una risita avergonzada e intentó acomodárselos con la mano, pero Enzo se le adelantó.
—Pará, dejame a mí que sos un bruto —murmuró Enzo con una voz ridículamente suave.
Se inclinó hacia él. Sin pedir permiso, estiró los dedos y empezó a acomodarle rulo por rulo con una delicadeza infinita, rozándole apenas la piel de la frente y la sien.
A Julián se le paró el corazón por completo. La respiración se le congeló en la garganta. Tenía el rostro de Enzo a escasos centímetros, podía sentir el calor de su cuerpo y el perfume que tanto le gustaba. Las mariposas en la panza eran un remolino salvaje. Julián cerró los ojos un milisegundo, entregado a la certeza absoluta de que el universo por fin estaba acomodando las cosas a su favor, y completamente sonrojado hasta las orejas.
Pero la ilusión duró exactamente un segundo más.
Un bocinazo agudo, estridente y molesto cortó la magia del momento.
Julián abrió los ojos, sobresaltado, y levantó la vista hacia la calle. Estacionado justo en la parada había un auto descapotable rojo brillante, un Audi A3 impecable. Al volante estaba Valentina.
El aire se le escapó a Julián de los pulmones. Un sudor frío le recorrió la nuca. Sin embargo, en un intento desesperado por no derrumbarse, su mente buscó una excusa absurda en cuestión de milésimas de segundo: "Capaz vino a devolverle las cosas... Capaz vino a hablar de la separación...".
Pero todo se desmoronó cuando vio la reacción de Enzo.
Enzo soltó los rulos de Julián, se acomodó la mochila y se levantó del banco con una sonrisa enorme y relajada.
—Bueno, Juli, al final hoy me voy con Valen que me vino a buscar. Después hablamos en el colegio, querés? —dijo Enzo de lo más tranquilo, dándole una palmadita afectuosa en el hombro como si nada antes de caminar hacia el auto.
El corazón de Julián se desgarró en mil pedazos ahí mismo. El sonido sordo del desgarro pareció retumbarle en los oídos. Se quedó helado, petrificado en el cemento frío. Enzo no le había contado nada porque en realidad nunca habían terminado. Lo había engatusado con promesas vacías en un momento de debilidad, usándolo como un paño de lágrimas, pero a la primera que Valentina mostro que iba a "cambiar", el volvio a correr a sus brazos perdonándola como si nada.
Desde el asiento del acompañante, Enzo cerró la puerta del descapotable. Pero antes de arrancar, Valentina buscó la mirada de Julián de forma directa. Con una frialdad calculada, agarró a Enzo del cuello del buzo y se lo recontra chapó en la boca, dándole un beso largo, posesivo y grotesco frente a sus ojos.
Julián se mordió el labio inferior con tanta fuerza que sintió el gusto metálico de la sangre, luchando desesperadamente por no quebrarse ahí en medio de la vereda.
Cuando se separaron, Valentina volvio a mirar fijamente a Julián a la distancia. Levantó una ceja y le dedicó una sonrisita sobradora y maliciosa. Sabía perfectamente lo que Julián sentía por Enzo, y ese beso era su forma de pisarle la cabeza y la poca dignidad que le quedaba.
El auto descapotable aceleró a toda velocidad, dejando el eco del motor perdiéndose en la esquina.
Julián se quedó completamente solo en la garita.
Bajó la cabeza despacio, incapaz de sostener la mirada hacia la calle. El labio le temblaba de forma descontrolada. Las lágrimas, calientes y amargas, le brotaron de los ojos en un torrente que no pudo contener más. Las gotas cayeron directo sobre los cristales de sus anteojos, ensuciándolos y empañándoles la vista, mientras Julián abrazaba el libro de romance contra el estómago, encorvándose sobre sí mismo.
Lloró en silencio, temblando de pies a cabeza. Se sentía basura. Se sentía profundamente usado por el chico al que le había entregado el corazón desde los siete años. Le dolía el alma saber que para Enzo él solo era un refugio cómodo cuando las cosas se ponían feas, pero que a la hora de la verdad, Valentina siempre iba a ser la única que importaba.
El colectivo pasó de largo unos minutos después, tirando una ráfaga de aire helado que le congeló las lágrimas en las mejillas, pero Julián ni se inmuta. No levantó la mano. Ni siquiera fue capaz de despegar los ojos de las baldosas flojas de la vereda.
Por primera vez en sus diecisiete años, el pibe del promedio perfecto, el que jamás había faltado a una sola clase y que le tenía pánico a las amonestaciones, pegó media vuelta y caminó de regreso a su casa. Cada paso de vuelta hacia su casa era un suplicio. Sentía las piernas de plomo y el pecho totalmente hueco, como si la trampa en la garita le hubiera sacado todo el aire de los pulmones.
Por suerte, la casa estaba completamente en silencio. Su mamá había salido temprano a trabajar, dejándole la tranquilidad amarga de estar solo. Apenas cruzó el umbral y cerró la puerta con llave, Julián se derrumbó. Los sollozos, que venía aguantando con rabia en la garganta, le brotaron sin control, desgarradores en medio del pasillo a oscuras.
Subió las escaleras a ciegas, tropezándose con los escalones. Al entrar a su pieza, lo primero que vieron sus ojos fue el libro que sostenía entre las manos temblorosas. Una novela juvenil de tapa colorida que llevaba leyendo hace días: la historia cliché de un pibe introvertido y aplicado que terminaba enamorando al capitán del equipo de fútbol. Se había sentido tan patéticamente identificado, tan ilusionado creyendo que la vida real podía imitar a la ficción, que ahora le daba un asco repulsivo.
—Sos un pelotudo, Julián... Sos un reverendo pelotudo —se puteó en voz alta, con la voz quebrada.
Agarró el libro y lo tiró con todas sus fuerzas contra el tacho de basura del escritorio. El impacto hizo volar un par de hojas y el libro cayó al fondo entre papeles arrugados. Pura mierda. Cuentos de hadas para estúpidos. Nadie venía a abrir los ojos mágicamente, nadie elegía al estupido de anteojos por sobre la chica linda del colegio. Los finales felices no existían para personas como él y jamas iban a existir.
Se sacó los lentes, que estaban completamente manchados por las lágrimas y la grasa de los dedos, y los revoleó sobre la mesa de luz. No quería verse. No quería mirar su reflejo en el espejo del ropero ni de casualidad.
Nada de lo que había hecho esa semana de ilusión absurda había valido la pena. Se sentía un ridículo absoluto por haberse dejado convencer por Licha y Paulo para ponerse esa camisa linda, por haber pasado media hora a la mañana definiéndose los rulos con crema frente al espejo para agradarle a Enzo, y mucho menos por haber estado dos horas en la cocina preparando un budín casero para consolar a un tipo que, mientras comía de su mano, pensaba en la otra.
Se tiró en la cama de espaldas y se abrazó las rodillas, haciéndose un bollito apretado contra la pared helada. El llanto le sacudía los hombros de forma violenta, ahogando los gemidos contra la almohada para que ningún vecino escuchara. Se sentía profundamente usado, como un refugio de segunda mano al que Enzo recurría solo cuando se quedaba a oscuras, pero que desechaba apenas salía el sol.
Rumiaba su dolor en la penumbra, mientras la voz despiadada de sus peores inseguridades le repetía en bucle que él era la cosa más insulsa, fea y reemplazable del planeta. No tenía el cuerpo de Valentina, no tenía su belleza, ni su cancha, ni su seguridad. Y esa era la única y despiadada verdad por la cual Enzo Fernández jamás pero jamás , en toda su vida, iba a mirar a Julián como algo más que el amigo buenito de al lado.
Esa misma tarde, cuando el sol empezó a caer y la habitación quedó en penumbras, Julián se levantó de la cama a duras penas. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar, la piel ardida y la cabeza a punto de estallar, pero un instinto amargo de supervivencia le dio las pocas fuerzas que le quedaban. Caminó hacia la puerta ventana del balcón, agarró la cortina pesada y la cerró de un tirón seco. Por primera vez en diez años, fue él quien bloqueó la vista por completo. Quería resguardar el último pedazo de dignidad que le quedaba, no quería ver a Enzo, no quería ver si llegaba con Valentina, no quería ser el espectáculo de nadie.
Agarró la libreta con stickers en la tapa que usaban desde chicos y la escondió en el cajón más profundo de su escritorio, bajo un montón de fotocopias viejas. Después miró los libros de romance que le quedaban en la repisa y sintió un rechazo visceral, casi físico. Los aborreció a todos. Juró no volver a tocar una sola novela en su vida: eran una mentira tóxica, una fábrica de ilusiones para ilusos como el que solo servían para romperte el corazón.
Del otro lado de la calle, la realidad de Enzo era un infierno paralelo, aunque Julián no tuviera forma de saberlo.
Habían pasado apenas unas horas desde que lo habían ido a buscar en el descapotable cuando Valentina volvió a estallar en un ataque de celos demencial. Se habían vuelto a pelear salvajemente en el auto, a los gritos, porque ella lo celaba hasta con la nada misma, controlándole cada movimiento, cada mensaje y amenazándolo con arruinarle la previa del partido si no hacía lo que ella quería. Enzo llegó a su casa pasadas las nueve de la noche, completamente drenado, mareado por los gritos y sintiendo que la cabeza le iba a explotar.
Agotado, Enzo miró por la ventana y vio la cortina de Julián tapada a oscuras. Le mandó un par de mensajes:
Che, Juli. No fuiste al colegio hoy, te dije que nos veíamos allá. ¿Qué onda? Me preocupas.
El visto figuró a los dos minutos, pero la respuesta jamás llegó. Enzo suspiró, abrumado, apretando los dientes frente al teléfono. Estaba tan consumido por las peleas con Valentina, por los gritos de su casa y por la presión aplastante del DT que le exigía rendir como el capitán estrella en la final del viernes, que no le dio el cuerpo para más. Supuso, con una torpeza imperdonable, que Julián solo estaba encerrado estudiando para los exámenes finales y que ya se le pasaría.
Pero para Julián, el silencio posterior fue la respuesta final.
Julián sabía que si los papeles hubieran sido al revés —si Enzo hubiera faltado al colegio y cerrado la cortina—, él habría hecho hasta lo imposible por saber cómo estaba. Habría saltado el balcón sin dudarlo, le habría tocado el timbre a la madre, le habría llevado comida, habría esperado horas en la vereda con tal de ver si su amigo necesitaba una mano. Pero Enzo se había limitado a mandar dos mensajes chotos por compromiso y desaparecer. Ni siquiera había sido capaz de cruzar la calle o preguntarle a su mamá si él estaba bien.
A Julián se le terminó de romper el alma en mil pedazos. La verdad era transparente, cruel y definitiva: Enzo nunca había sido su amigo de verdad. Todo ese verso del refugio en la pieza, los mimos en el pelo y el "no sé qué haría sin vos" solo habían sido una mentira barata para cuando Enzo necesitaba un paño de lágrimas.
Durante los días siguientes, Julián volvió al colegio transformado en una sombra. Tiró las camisas facheras al fondo del placard y volvió a esconderse en sus buzos gigantes. Si se cruzaba a Enzo en los pasillos, no lo miraba a los ojos, apenas le hacía un asentimiento de cabeza frío como el hielo y seguía de largo, atrincherado entre Licha y Paulo.
Así llegaron al viernes de la gran final. Mientras el vestuario del colegio retumbaba con gritos, música a todo volumen y la presión de salir a ganar el campeonato, Enzo estaba sentado en un banco bancándose un nudo amargo en el pecho. No podía concentrarse. Miraba la puerta de madera una y otra vez, buscando desesperadamente la cara de Julián para que le diera la paz que tanto le hacía falta antes de salir a la cancha. Pero la puerta jamás se abrió.
Ese viernes a la noche, el predio deportivo del colegio de San Martín no parecía una cancha escolar, era un hervidero de pura adrenalina. Las cuatro torres de iluminación encendidas a tope cortaban la oscuridad de la noche fría, echando luz sobre una tribuna de cemento que reventaba de pibes gritando, tirando pirotecnia, cantando y colgando banderas gigantes en el alambrado perimetral. En el aire flotaba ese olor con mezcla de pasto recién cortado, humo de bengalas y ese vapor denso que sale de la boca con cada exhalación cuando el ambiente está helado pero la sangre quema.
El colegio tenía esa fantasmeada medio yanqui que a todos les encantaba mostrar: un grupo oficial de animadoras con polleras tableadas azules, pompones brillantes y coreografías ensayadas hasta el cansancio, y por el otro lado, la murga de la escuela metiendo quilombo desde los escalones más altos para transformar la final en un quilombo hermoso.
Valentina era, como era de esperarse, la figura central del show. Moviéndose en el centro del campo de juego antes del silbatazo inicial, lideraba a las chicas con una confianza absoluta. Hermosa, peinada con una colita alta impecable, maquillada para la ocasión y luciendo la pollera corta como nadie, acaparaba las miradas y los silbidos de media tribuna. Sabía perfectamente el lugar que ocupaba y disfrutaba cada segundo de atención.
Julián, en el extremo opuesto de la cancha, estaba parado pegado al alambrado frío, sosteniendo el peso del bombo con platillo cruzado sobre el pecho con una correa de cuero. No quería estar ahí. No quería ver a nadie, no quería escuchar los cantitos ni mucho menos tener que presenciar el espectáculo de Enzo siendo el rey de la noche. Pero la materia extracurricular era obligatoria para no perder la beca del promedio perfecto, y sus profesores lo habían chantado ahí casi por la fuerza.
Llevaba puesto un suéter gigante gris arremangado apenas en los puños bajo la pechera azul del colegio. Tenía los cristales de los lentes empañados por el frío de la noche y el aliento caliente que se le escapaba a tropezones. Las manos, rígidas y rosadas por la baja temperatura, apretaban el mazo de madera con tanta fuerza que le daban calambres en los nudillos. Le dolía el cuerpo, pero más le dolía el estómago. Cada vez que levantaba la vista por encima del platillo de bronce y lo veía a Enzo a lo lejos —calentando sobre el césped, saltando, acomodándose la cinta de capitán en el brazo izquierdo—, un mareo feo, amargo y punzante le revolvía las tripas. Verlo dolía. Dolía recordar el aroma de su perfume, dolía acordarse del roce suave de sus dedos en los rulos apenas unas mañanas atrás, y dolía infinitamente más saber que todo eso había sido una mentira piadosa.
Mientras tanto, en la cancha, el partido arrancó como una batalla campal.
Enzo jugó como una bestia desatada. Tenía la mirada fija, rabiosa, concentrada en la pelota como si ganar ese campeonato fuera lo único que pudiera salvarlo del quilombo que llevaba en la cabeza. Corrió cada metro de pasto con el alma, trabando abajo con la pierna fuerte, puteando a los defensores cuando se dormían, pidiendo la pelota entre tres rivales y empujando a todo el equipo a pura guapeza. Era pura potencia, dinamismo y garra. Sin embargo, en cada pelota parada, en cada saque de banda o cuando el juego se deteníamos dos segundos, los ojos de Enzo buscaban desesperadamente el alambrado. Buscaba a esos rulos entre la murga. Buscaba la silueta de Julián entre los bombos, esperando encontrar esa mirada dulce que siempre le daba paz en los momentos de mayor presión. Pero Julián no lo miró ni una sola vez. Se mantuvo firme, golpeando el parche con los ojos fijos en el suelo, volviendo a Enzo completamente invisible y eso dolía.
El tiempo se consumía sin piedad. Noventa minutos de pierna fuerte, roces, amarillas y un cero a cero clavado que tenía a toda la tribuna al borde del colapso nervioso.
Hasta que, a falta de dos minutos para el final, se obró el milagro.
El equipo rival rechazó corto un centro al área y la pelota salió picando suave hacia el semicírculo. Enzo venía de atrás como un tren sin frenos. La acomodó con la de pecho en el aire, dejó desparramado al primer marcador con un amague seco de cadera y, antes de que el segundo alcanzara a cruzarlo, le pegó un zurdazo furioso, lleno de bronca y convicción.
La pelota salió disparada como un misil, haciendo una curva perfecta en el aire hasta clavarse ruidosamente en el ángulo superior izquierdo del arco. Un golazo descomunal.
La cancha explotó en mil pedazos.
El estruendo de la tribuna fue tan fuerte que pareció retumbar en el piso. La murga desató un repique salvaje de parches y platillos, la gente se abalanzó contra el alambrado gritando como loca y todos los suplentes e integrantes del cuerpo técnico invadieron el campo para tirarse encima de Enzo. Era la gloria absoluta. La locura total.
Enzo emergió de abajo de la pila de pibes con la camiseta transpirada, la cinta de capitán torcida y los brazos levantados al cielo nocturno, dejando salir un grito de desahogo gutural que le desgarró la garganta. La felicidad le desbordaba por los ojos brillantes. Era el campeón indiscutido, el héroe indiscutido de la jornada, el pibe al que todo el colegio quería abrazar y colgarle una medalla.
En medio del estallido de la tribuna, el griterío sordo y el retumbo salvaje del bombo contra sus costillas, Julián se quedó helado.
Al ver la pelota besar el ángulo y a Enzo salir corriendo con los brazos abiertos hacia el cielo, un nudo sofocante se le instaló en la garganta. Quería mantener la cara dura, quería apretar los dientes y fingir indiferencia, pero el cuerpo le jugó en contra. Los ojos se le llenaron de lágrimas calientes que le empañaron los cristales de los lentes en un segundo. Y es que, por más bronca que tuviera junta en el pecho, por más sangrando que llevara el corazón desde la mañana de la garita, no pudo evitarlo: a Julián se le escapó una sonrisa chiquita, temblorosa y llena de nostalgia.
Ahí estaba. Enzo lo había logrado.
Era el mismo golazo con el que Enzo soñaba despierto en las noches de verano, el mismo que mil veces habían actuado a los pisotones en el pasto de su patio, y el mismo por el que los dos, sentados en el borde del balcón mirando el cielo estrellado de medianoche, le pedían en secreto a las estrellas que algún día se hiciera realidad. A Julián se le apretó el alma al darse cuenta de que, sin importar cuánto intentara odiarlo o convencerse de que Enzo ya era un desconocido, la felicidad de su mejor amigo siempre le iba a doler de lo mucho que le importaba. Lo vio ahí, brillante y victorioso bajo las luces del estadio, y sintió un orgullo hermoso y devastador que le terminó de romper el corazón.
Enzo estaba en la gloria. Se abrazó con todos, saltó con los suplentes y dejó que le colgaran la medalla dorada en el pecho sudado. Pero apenas bajó un poco la espuma del festejo, la necesidad urgente de compartir ese momento con su novia le llenó el pecho.
Caminó hacia la zona de los bancos de suplentes con una sonrisa enorme, acomodándose la camiseta. Pero al acercarse, la sonrisa se le congeló en la cara.
Valentina no lo estaba buscando. Estaba sentada en el banco de suplentes del equipo rival, inclinada hacia adelante, rabiando de la risa y chamuyándose descaradamente a Santino, el delantero estrella al que Enzo acababa de ganarle el partido. Valentina le tocaba el brazo al chabón con total desenvoltura, hablándole muy cerca de la boca, a la vista de los alumnos, de los profesores y de la gente que bajaba de la tribuna.
A Enzo se le cayó el mundo encima. Todo el desgaste, las discusiones interminables en el descapotable y las mil promesas de cambio se le desarmaron en la cara.
—¿Qué mierda hacés, Valentina? —estalló Enzo, cruzando los últimos metros a zancadas, con la voz rota de la bronca.
