Actions

Work Header

Rating:
Archive Warning:
Category:
Fandom:
Relationship:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Stats:
Published:
2026-08-17
Words:
2,163
Chapters:
1/1
Comments:
21
Kudos:
192
Bookmarks:
15
Hits:
789

disimulados

Summary:

Se queda mirando su piel, sin saber cómo reaccionar. Está roja, hinchada. Y marcada con una huella digital negra que no estaba ahí cuando se fue a dormir.

El corazón se le acelera.

La marca.

Por un instante piensa en Julián. Pero hace años que se rindió al respecto.

Notes:

una boludes cortita xq quería escribir algo <3

Work Text:

La marca aparece después de conocer al amor de tu vida, le enseñaron a Enzo en el primario, un día cualquiera; sin importar demaciado si lo conociste hace cinco días, dos semanas, o seis años. En un lugar cualquiera; el cuello, el tobillo, las costillas, la oreja. Pero cuando aparece, es inminente el encuentro. También le enseñaron que nada es a la fuerza. El toque es siempre accidental, nunca premeditado, hay que dejar que se de.

Son las 4AM en el hotel de la concentración. Enzo se despierta a la fuerza, con el sueño pegado en los ojos, porque la parte interna de la muñeca no para de picarle. Se rasca un rato y se intenta volver a dormir. Le pica de vuelta, se rasca, intenta dormir. No puede parar de rascarse. Tanto que empieza a arder, incluso con las uñas cortas. No se da cuenta lo que está pasando hasta que prende el velador y se mira la piel, buscando una picadura de algún bicho, o una cascarita que no se dio cuenta que tenía. Se queda mirando sin saber cómo reaccionar. Está roja, hinchada. Y marcada con una huella digital negra que no estaba ahí cuando se fue a dormir.

El corazón se le acelera.

La marca.

Por un instante piensa en Julián. Pero hace años que se rindió al respecto. Julián no sabe que Enzo se muere por estar con él, pero ya pasaron muchos años y nunca hubo nada entre ellos. Porque Enzo nunca se animó, y porque Julián nunca dio indicios de sentir lo mismo. Siempre fue Enzo amandolo a la distancia.

Pero esto cambia todo; su alma gemela lo está esperando, y se va a enamorar tanto que sus sentimientos por Julián se van a desvanecer. Falta poco. No será Julián, pero si será alguien que lo ame igual que él. Y para siempre.

Podría ser algún amigo, o un amigo de un amigo. O alguien reciente. Viene rodeado de personas desde que llegó a Estados Unidos; plantel, cuerpo técnico, ayudantes, cocineros, hinchas, jugadores de otras selecciones. Enzo no tiene que hacer mucho, ahora está todo en manos del destino. Alguien va a tocar su marca pronto, tiñéndola de rojo, más temprano que tarde.

Se pasa el pulgar por las líneas. No tienen relieve o distinta textura, son solo curvas negras. El tatuaje más importante que jamás va a tener. Sonríe a la nada, se muerde el labio en anticipación. Está tan feliz que lo mira a Julián durmiendo en la otra cama y decide que esto es más importante que dejarlo descansar.

“¡Ju!” Le grita porque le da paja salir de la cama calentita. “¡Julián!”

Las frazadas se mueven hasta que Julián se termina de dar vuelta, abriendo un ojo con las marcas de la almohada en la cara.

“¿Sonó la alarma?” dice con la voz apagada porque tiene la frazada tapándole hasta la boca.

“Vení.”

“¿Qué pasó?”

“Vení, boludo. Te quiero mostrar algo.”

Julián se estira hasta agarrar el celular.

“Culiado, son las 4 de la mañana.”

“Esto es más importante que dormir.”

“La puta madre,” contesta mientras se sienta, estirando la colcha y la sábana hasta que se desprenden del colchón para envolverse en ellas y caminar hasta la cama de Enzo.

Se sienta al lado, rulos aplastados y desordenados, el cuello y la mandíbula abajo de la frazada. Lo mira a Enzo, y Enzo le devuelve una sonrisa de par en par. Sin decir nada, le muestra la marca.

“Culiado,” Julián dice sorprendido, ojos bien abiertos, desenvolviéndose para agarrarle la muñeca. “¿Recién?”

“Sí, me desperté porque no paraba de picarme.”

“Sí, sí, te pican una banda por un día o dos.”

A Julián le apareció la suya cuando cumplió veinte, mientras se estaba bañando, y salió disparado a contarle a Enzo, en semi pelotas. Su marca es más grande que la de Enzo, situada en la cadera del lado derecho y en un ángulo, como el tatuaje del beso de Enzo.

Julián la mira, rotando la muñeca con delicadeza para que le dé mejor la luz. Al soltarla, roza la marca con el pulgar y a Enzo se le escapa un grito que no llega a controlar del todo, pero calla rápidamente.

Arde.

Hay tal silencio que Enzo escucha sus propios latidos.

Hay una sola explicación.

Enzo se agarra la muñeca. Mira la marca, sosteniéndose con fuerza del dolor.

Rojo vivo.

Desde este ángulo Julián no llega a ver.

De todas formas, Julián dice: “Culiado... Jodeme.”

Las curvas, antes negras, brillan cómo si estuvieran hechas de sangre. Enzo las toca para cerciorarse que no lo sean. Seco. Es solo piel roja.

Enzo no puede hablar, demasiado ocupado intentando que le caiga la ficha. No sabría qué decir incluso si pudiera. La cabeza le va a mil.

Hace segundos la marca era negra.

Ahora es roja.

Julián.

Julián.

Enzo, a falta de palabras, levanta de vuelta la muñeca, que sigue ardiendo, sabiendo que Julián ya unió los puntos solo.

Ahora que está a la vista, Julián solo dice: “Ah.”

Una respuesta completamente anticlimática.

Se quedan en silencio. Julián mira la marca. Enzo mira la marca. No se mira, no dicen nada. Enzo tiene el corazón que se le sale por la boca y no lo deja hablar.

“Eh,” es lo único que atina a decir Enzo.

Enzo no sabe qué hacer. Se queda ahí, con Julián, en silencio, esperando que pase algo. Pero alguno de los dos tiene que hacer algo para que pase algo. Y Enzo cae, lentamente, en que Julián le tocó la marca por accidente, y ahora está al rojo vivo.

Es una secuencia lineal, infalible.

Julián es su alma gemela.

Por un momento duda si, tal vez, Julián es el amor de la vida de Enzo pero él no es el de Julián. Pero eso no existe, no conoce a nadie que le haya pasado, y recuerda muy bien cuando le explicaron que siempre es mutuo, siempre es amor verdadero, y siempre, tarde o temprano, lo vas a encontrar.

Enzo termina decidiendo que si nadie hace nada, se van a quedar acá toda la madrugada, mirando.

“Em,” Enzo intenta. No puede verlo a Julián, pero por lo menos ahora puede hablar. “¿La tocaste?”

Pregunta obvia, pero necesita asegurarse.

“Creo. Sin querer.”

Julián tampoco lo mira.

“¿Y ahora?”

“No sé.”

“Bueno.”

Y se quedan quietos, callados, otra vez. Hasta que Enzo se harta porque ahora entiende, de a poco, que Julián es suyo. Y él es de Julián. Y por fin puede hacer todas esas cosas que siempre soñó hacer con Julián; y más, porque ahora también puede hacer todas esas cosas que siempre soñó hacer con el amor de su vida. Porque es lo mismo, son la misma persona. Es Julián.

“Tu marca,” dice Enzo, por fin mirándolo.

Julián está semi boquiabierto, apretando su colcha con ambos puños y con la cabeza tildada un poco hacia el costado, procesando lo mismo que Enzo.

“Mi marca,” le devuelve Julián.

Levanta la vista, y cuando hacen contacto visual, Enzo tiene que reprimir una sonrisa. Está viendo al amor de su vida y el amor de su vida lo está viendo a él. Julián termina de descongelar el congelamiento mutuo con una sonrisa grande, los ojos abiertos como platos, las cejas levantadas, mostrando dientes y encías.

Julián se saca de encima la colcha, la sábana, se levanta la remera, y se baja el boxer lo suficiente para que la marca esté completamente descubierta. Está en una zona que Enzo vio muchas veces, cada vez que Julián se cambia, pero nunca tuvo la chance de tocar, demasiado abajo y demasiado oculta para contacto casual. Casi que le da cosa ponerle la mano encima así.

“¿Puedo?” pregunta, como si Julián fuese a decir que no.

Julián se muerde el labio, sin apagar la sonrisa, y asiente.

“Te va a arder,” dice Enzo, sonando preocupado.

No lo quiere lastimar.

“Boludo,” se le ríe Julián. “Dale.”

En cámara lenta, Enzo acerca la mano y termina apoyando el pulgar sobre su propia huella digital. Julián inevitablemente hace un ruido de dolor y se escapa del tacto por puro instinto, poniendo distancia, para después volver a su lugar a medida que se acostumbra al ardor.

Se miran de vuelta, sonrojados, mientras Julián se envuelve porque encontrar el amor de su vida no le saca el frío.

“¿Y ahora?” pregunta Enzo.

“No sé.”

A Enzo se le ocurren varias cosas. Primero que nada quiere un beso, pero siente que es demasiado rápido. Una cita, aunque en realidad ya tuvieron miles. Un abrazo es una boludés en este contexto. Es la primera vez que no está seguro de qué hacer con Julián. Pero hay algo que necesita preguntar antes de que se vuelva loco.

“Entonces... ¿Te pasa lo mismo que a mi?”

Es la forma menos explícita de decirlo que se le ocurre.

“Hace banda,” se ríe Julián.

“Fa,” dice Enzo, y el corazón le salta dentro del pecho. “No me dijiste nada.”

“Vos tampoco.”

“Pensé... Que ni ahí gustabas de mi.”

Y decirlo en voz alta es hermoso, es liberador y a Enzo le cuesta internalizarlo. Julián gusta de él, y es su alma gemela, y van a transitar el resto de su vida juntos.

“Enzo,” dice Julián mordiéndose el labio. “Me flechaste la primera vez que te vi.”

“Sos muy bueno ocutándolo, porque yo me–” Y piensa que ya fue. “– enamoré de vos al toque. ¿Nunca te diste cuenta?”

Julián le agarra la muñeca y admira la marca. Su huella en la piel de Enzo, su marca. La toca, y a Enzo le arde, aunque menos, pero deja que Julián lo toque todo lo que quiera.

 

“Claramente vos tampoco.”

“Somos dos boludos.”

“Sí, ¿no?”

Se rien de vuelta, se miran, se rien. Enzo tiene a las mariposas descontroladas adentro suyo.

“Che...” Lo va a preguntar porque se está muriendo de ganas. Y Julián siente lo mismo, así que si lo piensa dos veces no se siente tan zarpado. “¿Me das un beso?”

Su voz sale bajita, suave, dulce, con una timidez que no puede evitar. Contra toda lógica, Enzo tiene miedo que le diga que no.

Pero a Julián se le ilumina la cara y Enzo sabe que es un sí. El rojo en la cara le queda divino. Julián levanta la mano hasta que se posa alrededor de la nuca de Enzo. Y despacito, con cuidado, con mucha expectativa, se empiezan a acercar. Enzo lo agarra del brazo fuerte porque siente que le va a bajar la presión. Conectan en el medio, solo presión de labios contra labios, y Enzo tiene los ojos cerrados pero las estrellas las ve igual. Las mariposas están desenfrenadas y lo marean. Se embriaga de Julián y la suavidad de sus labios.

Enzo se separa un segundo para cambiar el ángulo y se manda a besarlo más profundo. Y Julián lo sigue, entrelazando labios. Se siente como que encontró su lugar de pertenencia, como si venía perdido y después de años llegó a su hogar. Julián se está aferrando de su remera como si se le moviera el piso y necesita a Enzo para mantenerse en pie.

Despacito, tanteando y pidiendo permiso, Enzo le lame el labio. Julián abre la boca y se tira hacia él, hasta que Enzo termina acostado con Julián arriba. Sus lenguas chocan, se acarician, mojadas, y el beso se torna tan profundo que Enzo siente que se está metiendo adentro de Julián, para ser uno solo.

Y lo son.

Julián se rie contra su boca y esconde la cara en su cuello.

Enzo lo rodea con los brazos, sintiendo la calidez de su cuerpo. Pero no le alcanza. Lo despega a Julián, que lo mira con la cara atontada y ruborizada.

“Sacate todo esto,” le dice Enzo, haciendo un gesto a la colcha que envuelve a Julián porque está impidiendo que Enzo lo abrace como quiere.

Ni bien Julián obedece Enzo levanta sus sábanas y Julián se mete adentro, dejando un pico en los labios de Enzo para cucharearlo, apoyando la cabeza en su pecho. Respira ondo. Enzo le hace mimos en el pelo.

“Qué boludos,” dice Enzo soltando una risa. “Y pensar que podríamos haber hecho esto hace años.”

“¿Nunca lo pensaste? ¿Que podía ser yo?”

“Sí,” confiesa. “Pero como no parecía que gustabas de mi, calculé que no eras.”

“Fa, re disimulado yo. Me pasó lo mismo con vos.”

“Re disimulados los dos,” se ríe Enzo.

“Bueno, ahora sabés.”

“Y vos también.”

Julián le levanta la remera para hacerle mimos en las costillas.

“¿Vamos a dormir? Tengo un sueño,” dice, apenas conteniendo un bostezo.

“Sí, porfa.”

Faltan unas horas para que suene la alarma, y Enzo piensa pasarlas abrazado a Julián.

“Buenas noches, amor,” le dice Julián, sin darle vueltas al apodo.

Mucho más valiente que Enzo.

Julián no lo ve, pero Enzo sonríe gigante.

“Vos también, amor.”

 

Se despiertan enredados, calentitos, y Enzo no puede esperar para que esto sea el resto de sus vidas.