Chapter Text
El golpe fue seco y duro.
Ferrán apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando el rival llegó tarde, con los tacos por delante, en una entrada brutal que lo hizo caer de espaldas sobre el césped.
El dolor en el pecho fue algo indescriptible, empezó a sentirse extrañamente mareado y una debilidad estaba invadiendo todo su cuerpo. Y como si de un interruptor se tratara, perdió el conocimiento y todo se volvió negro.
—¡Falta! —gritó alguien desde el banquillo.
El árbitro ya estaba llevándose el silbato a la boca mientras corría hacía el jugador que había hecho la falta mientras este elevaba las manos en señal de paz, como diciendo que no había hecho nada.
Al principio, nadie pareció darse cuenta de que había algo distinto, que el valenciano no se levantaba del césped. Sus compañeros protestaban alrededor del árbitro pidiendo una cartulina roja con exasperación y no lo estaban mirando. Estaba tumbado boca arriba, completamente inmóvil. Tenía los ojos cerrados y los brazos caídos a ambos lados del cuerpo, inertes.
El árbitro se acercó.
—¿Torres?
Nada.
—Torres, ¿me oyes?
Nada.
Y en el campo todo cambió.
En Barcelona, el partido llevaba un ruido de fondo durante casi una hora. No era un partido importante para el PSG, pero desde el traspaso, siempre que podían veían la liga francesa, era una especie de apoyo moral a distancia para su ex compañero de equipo.
Algunos jugadores estaban tirados en el sofá. Otros habían ido a buscar algo de comer. La televisión estaba encendida mientras discutían sobre una jugada.
Pedri estaba sentado en el suelo, apoyado contra el sofá.
Nadie había dicho gran cosa durante el partido, pero cuando se vio la entrada en la televisión, todo se encendió.
—¡¿PERO QUÉ HACE?! —saltó Lamine del sofá.
—¡¿ESO NO ES ROJA?! —Olmo ya estaba de pie.
—¡LE HA REVENTADO, OYE! ¡¿ÁRBITRO?! —Gavi señaló la pantalla, indignado.
Pedri soltó un insulto y se pasó ambas manos por el pelo. Eric y Cubarsí volvieron rápidamente de la cocina con cosas en las manos, alertados por el repentino escándalo y se quedaron gélidos al ver la repetición de la entrada.
—Es que es de gilipollas, tío. ¡¿Para qué entra así?!
Pau negó con la cabeza.
—Menudo animal...
En la televisión, Ferrán había parado en seco en medio del aire a causa del golpe. Se vió como pegó un grito y se llevó la mano al pecho mientras caía de espalda con la cara desencajada y sumida en un extremo dolor.
Los cinco siguieron mirando.
—Está bien… —dijo Lamine, todavía enfadado pero intentando tranquilizarse—. Está bien, ahora lo expulsarán y listo. Joder, qué mal trago.
Ninguno se había dado cuenta de que su amigo todavía seguía tirado sin moverse. En el campo tampoco parecía que nadie lo hubiera hecho todavía. Los jugadores del PSG protestaban. Uno señalaba al árbitro, otro se llevaba las manos a la cabeza, pero ninguno fijándose realmente en la persona que estaba tirada en el verde.
—Normal que se cabreen —murmuró Gavi—. Vaya entrada de mierda, como para matar a alguien.
La cámara siguió al árbitro que se acercaba al valenciano. El árbitro se acercó al jugador junto con algunos de sus compañeros de equipo. Y de repente, los jugadores del PSG empezaron a hacer gestos hacia el banquillo, levantando los brazos y gritando.
Pedri frunció el ceño, dándose cuenta por fin de que algo raro estaba pasando.
—¿Qué coño están haciendo?
Uno de los jugadores señaló hacia Ferrán, después hacia el banquillo, y después volvió a señalar al césped. El árbitro hacía lo mismo con ambas manos.
—¿Qué pasa? —preguntó Cubarsí.
Nadie respondió.
De repente, los cinco dejaron de hablar viendo algo que nadie quería ver. Desde la vista de dron se veía como estaban llegando los médicos desde la banda con varios maletines rojos.
Corriendo.
Muy deprisa.
El canario sintió un vacío en el estómago y muchas ganas de vomitar. Se levantó del suelo con la boca seca y mandíbula desencajada, quedándose paralizado frente a la pantalla mientras veía todo lo que estaba sucediendo.
—Ah, mierda.
Los médicos atravesaron el grupo de jugadores que les abrieron paso. Uno se arrodilló mientras el otro abrió el material.
Entonces, los jugadores del PSG empezaron a retroceder, aunque no todos, algunos se quedaron alrededor, dándole la espalda a su compañero, formando un muro improvisado que aún no en su totalidad, tapaba parte de la escena. Parecía que no querían que nadie pudiera ver ese momento, como si estuvieran intentando proteger algo.
Algo muy malo.
La cámara enfocó el césped.
Entre los jugadores se podía distinguir a Torres, que estaba tumbado boca arriba, sin un solo movimiento en su cuerpo.Uno de los médicos se colocó sobre él.
Pedri dio un paso hacia la televisión.
—¿Qué...?
Las manos del médico comenzaron a moverse de arriba abajo en un ritmo que en todas las charlas de primeros auxilios les habían dejado claro.
Una vez.
Otra.
Otra.
Olmo dejó de respirar y Eric soltó aire.
—No me jodas… —Gavi se quedó completamente quieto—. No, no, no, joder, no.
—¿Le están haciendo...? —Cubarsí no terminó la frase.
No hacía falta.
Era una reanimación cardiopulmonar. Una RCP. Una maniobra que solo se realizaba cuando a la persona se le había parado el putísimo corazón.
Todos lo entendieron al mismo tiempo y el ambiente de repente se enfrió.
—Hostia —susurró Lamine.
Pedri no parpadeaba, no podía apartar la vista de la pantalla. Estaba completamente en estado de shock.
—No...
En el campo, los jugadores del PSG que faltaban empezaron a formar un círculo, también usando sus propias camisetas para rodear el cuerpo tendido. Prácticamente todo el equipo estaba siendo una muralla, tanto para las cámaras como para los aficionados de las gradas.
En la retransmisión, la voz angustiada de los comentaristas sobresalía sobre el silencio del estadio:
—No sé por qué estamos viendo esto ni por qué siguen intentando enfocar estas imágenes —decía uno de los de la retransmisión—. No hay necesidad ninguna de mostrar esto, ya sabemos perfectamente lo que está pasando…
—Preocupación en la zona de banquillos, como en todo el estadio, no sabemos nada todavía.
La cámara intentaba encontrar un hueco pero por suerte no lo conseguía. Cada vez que aparecía un ángulo, había un jugador delante. Pedri apenas podía ver el cuerpo de Ferran, solo veía al médico haciendo ese desagradable y cruell movimiento repetido.
Compresión.
Compresión.
Compresión.
—No lo tapéis —dijo Pedri, casi sin voz. Nadie le respondió—. No lo tapéis, quiero verlo, por favor…
Uno de los jugadores del PSG se giró hacia la cámara. Tenía los ojos rojos y lágrimas en sus mejillas. Estaba tirándose del cuello de la camiseta mientras lloraba.
Todos lo reconocieron: Fabián.
Estaba llorando. Él, que estaba allí y sabía perfectamente lo que pasaba, estaba llorando a mares en mitad del campo. Y Pedri se quedó helado, porque sabía muy bien que estaba viendo algo horroroso.
La cámara cambió ligeramente. Fabián se pasó las manos por la cara, estaba llorando abiertamente y detrás de él, Dembélé también tenía la cara desencajada y una mano a la boca.
—¿Por qué están llorando? —preguntó Lamine.
Nadie contestó, porque no querían contestar, la respuesta era demasiado evidente.
La cámara volvió a intentar enfocar e inmediatamente un jugador se puso delante inmediatamente, haciendo un gesto con la mano.
No.
No querían que se viera, pero entre ellos se veía.
Una parte del cuerpo de Ferran, el médico, las manos, el pecho subiendo y bajando… y las compresiones. Las malditas compresiones que parecían no estar funcionando.
También se veía otro médico preparando una máquina que parecía peligrosamente a un desfibrilador.
En el salón a todos los jugadores del Barça se les cayó el mundo a los pies. Lamine y Cubarsí se estaban abrazando mientras miraban con ojos vidriosos la televisión. Gavi y Dani se movían de un lado al otro de la habitación maldiciendo al aire. Eric, por su parte, se había quedado quieto muy serio sin saber bien cómo procesar la situación.
Pedri empezó a negar con la cabeza mientras se acercaba a la pantalla y apoyó una mano en el cristal caliente, sobre la imagen tapada de Ferrán.
—Pero si hace un segundo estaba jugando.
—Pedri…
Gavi intentó acercarse a su amigo, poniendo una mano en el hombro, pero recibió un manotazo.
—¡Hace un segundo estaba corriendo! ¡Estaba bien!
—Lo sé, Pedri.
—¡Entonces ¿qué coño...?! —Se le quebró la voz y salió más atropellada—. ¿Por qué no se levanta…?
La desesperación en su voz solo hizo que por fin las lágrimas que muchos estaban aguantando salieran. Era imposible mantenerse fuerte viendo como uno de tus amigos está tumbado y tú no puedes hacer nada para ayudarlo.
La retransmisión mostró a Dembélé otra vez. Ahora se había apartado unos metros, llorando y tapándose la cara con la camiseta de su equipo. Fabián tenía las manos en la cabeza. Otro jugador del PSG se arrodilló y se puso a rezar mientras Luis Enrique parecía estar maldiciendo a todo el mundo en el campo mientras gritaba, a pesar de que ellos no supieran lo que estaba diciendo, lo entendían.
Ninguno miraba ya al árbitro, no se protestaba la falta, nadie hablaba con el rival. Todos estaban mirando hacia el mismo sitio.
Ferrán.
Las manos del canario empezaron a temblar y este se las apretó para intentar detenerlas, pero fue inutil. Su pecho subía y bajaba como una montaña rusa mientras se ponía a hiperventilar. Tenía ganas de vomitar y una bola en la garganta. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero no salían.
Estaba teniendo un maldito ataque de ansiedad.
—¿Por qué están así?
Olmo no podía apartar los ojos de la pantalla.
—No lo sé.
—¿Por qué están llorando? —Necesitaba respuestas, necesitaba algo que lo tranquilizase. Esta incertidumbre lo estaba matando.
—No lo sé, Pedri.
—Pero están llorando. —La voz de Pedri se rompió..
La cámara volvió al círculo.Y durante apenas un segundo encontró un hueco.
Se vio la cara del delantero, sus preciosos ojos estaban cerrados y Pedri deseó ver de nuevo ese color avellana que tanto le gustaba. Su amigo estaba completamente inmóvil, lo cual era muy raro porque a su alrededor siempre era como una mosca que no lo dejaba tranquilo.
El médico había parado de hacer la RCP para empezar a ponerle los parches en los puntos necesarios del pecho. La camiseta de Ferrán ahora estaba tirada rota a un lado de su cuerpo, rota y descosida.
Pedri retrocedió.
—No. —Se llevó ambas manos a la cabeza y se empezó a tirar del pelo—. No, no, no, no...
Lamine empezó a llorar más alto.
—Que pare, tío.
—¿Qué?
—Que pare la cámara, no puedo más, no quiero verlo.
—No la mires —dijo Cubarsí, abrazándolo y haciendo que el otro hundiera su cabeza en su cuello para dejar de mirar.
Pedri comenzó a negar con la cabeza, estaba lleno de lágrimas y sudor, no estaba seguro como estaba consiguiendo quedarse a ver semejante escena sin desmayarse, pero tenía que quedarse ahí, mirándolo, esperando. Tenía que ser fuerte y estar ahí para él, aunque fuera a distancia.
—No, no, no...
Las lágrimas empezaron a caerle sin que se diera cuenta.
—Ferrán, por favor.
Gavi lo miró.
—Pedri...
Se acercó todavía más a la televisión, tapándoles a todos la imagen, como si estar más cerca pudiera servir de algo o como si así pudiera estar más cerca del otro chico.
—Levántate, venga.
Silencio.
—Vamos, Ferri… ¡Levanta!
Nada, nada cambiaba, todo seguía igual. La voz le temblaba demasiado, pero no suficiente para callarlo. Tenía que ser escuchado, tenía que llegarle, no podía hacerle esto a él, no así.
—Siempre haces esto, siempre te caes y luego te levantas. Porque eres el tiburón, los tiburones siempre siguen adelante, tú mismo me lo dijiste. —Se rio una sola vez, pero fue un sonido roto sin alma—. Así que levántate, por favor. Tienes… tienes que levantarte ya, nos estás asustando.
Me estás asustando.
Olmo le agarró del brazo y lo intentó apartar de la televisión.
—Pedri, no mires, déjalo ya.
—Quiero verlo. Tengo que hacerlo.
—No tienes por qué, no te hace ningún bien y no va a cambiar nada.
—No, sí que cambia, quiero verlo.
—¿Para qué?
Pedri lo miró. Tenía la cara completamente empapada en lágrimas, roja, la nariz goteando y sus labios estaban llenos de pellejitos y sangre de estárselos mordiendo.
—Porque es Ferrán, Dani.
Su compañero no supo qué responder.
El canario volvió a mirar a la pantalla.
—Es… Es Ferri, nuestro Ferri.
Eso último lo dijo más bajo, como si necesitara recordárselo a sí mismo. No era una camiseta o un jugador en una pantalla.
Era él.
El chico al que quería.
El chico al que llevaba tanto tiempo queriendo en silencio que nunca había imaginado que pudiera perderlo de una forma tan repentina.
Ahora estaba allí.
Tumbado.
Sin moverse, mientras unas manos y una máquina intentaban conseguir que su corazón volviera a latir.
Pedri se llevó una mano al pecho sintiendo cada vez más pesadez en él. Le dolía tanto como si le hubieran dado la patada a él.
—No puede ser así.
La retransmisión mostró a Fabián mientras hablaban y algo llamó su atención. Parecía que su compañero de selección estaba hablando con alguien, pero ellos no podían escucharlo, y ninguno era particularmente bueno leyendo labios. Solo se veía cómo gesticulaba desesperadamente y después volvió a mirar hacia el círculo de médicos.
Se quedó quieto y rompió a llorar otra vez.
—¿Qué ha pasado?
—No sabemos.
—¡¿Qué ha pasado?!
—¡No sabemos, Pedri! —El grito de Gavi lo hizo callar.
Nadie sabía nada.
Ese era el maldito problema. Nadie sabía nada, y la incertidumbre era insoportable.
Entonces, por primera vez desde que habían comenzado las maniobras, los jugadores del PSG empezaron a apartarse, muy lentamente.
Uno salió del círculo, después otro, y otro.
La cámara pudo acercarse.
Pedri dejó de respirar.
El médico se inclinó sobre Ferrán después de las descargas. Durante un instante no se vio ningún movimiento.
Nada.
Pedri sintió que el corazón se le paraba.
—No...
Entonces el médico levantó la cabeza y dijo algo que no pudieron escuchar. Los jugadores reaccionaron, unos se llevaron ambas manos a la cara mientras otros comenzaron a llorar todavía más.
Fabián se giró, Dembélé se acercó y se abrazaron.
Pedri estaba completamente pálido.
—¿Qué han dicho?
Nadie podía saberlo. La realización no tenía sonido de nada de lo que pasaba ahí abajo, solo se escuchaba el ruido del estadio y hacía tiempo que los comentaristas simplemente lanzaban súplicas a Dios para que el jugador se recuperara.
El médico volvió a inclinarse.
Y entonces… En la realización, a pesar de la distancia, se vio perfectamente como el pecho de Ferran se movió.
Una vez.
Pedri abrió los ojos.
—¿Lo habéis visto?
Nadie respondió.
—¿Lo habéis visto?
—Sí —susurró Cubarsí.
Pedri empezó a llorar otra vez, pero no se apartó de la pantalla.
—Otra vez.
Esperaron y el pecho volvió a subir. Muy débilmente, pero subió.
Pedri se tapó la boca.
—Joder, mierda… Está respirando.
Gavi cerró los ojos y se abrazó a Eric mientras este no paraba de decir: “Menos mal, menos mal, gracias al cielo, menos mal”.
Lamine abrazó más fuerte a Cubarsí.
Olmo soltó el aire que llevaba conteniendo quién sabía cuánto tiempo.
El número 20 no podía apartar la mirada. Era increíble como un simple movimiento montañoso del pecho de Ferrán podía hacerle sentir tanta felicidad en un solo instante.
—Está respirando. —Lo repitió como un mantra, quizá para hacerlo más real—. Está respirando, está bien, está respirando, está bien, está bien…
Y entonces, por primera vez desde que Ferran había caído, Pedri se permitió pensar que quizá todavía podía recuperarlo, que podían arreglarlo, que se les estaba dando otra oportunidad. Que su despedida no sería la última, que habría más conversaciones, más partidos, más momentos juntos.
El valenciano seguía sin levantarse y Pedri sabía que hasta que Ferrán no abriera los ojos y viera su luz en ellos, no iba a poder volver a respirar tranquilo, pero ver como su tórax subía y bajaba le daba una leve sensación de tranquilidad, aun dentro de la angustia que vivía dentro de él.
La ambulancia apareció por fin, lla vio entrar en el estadio y sintió que algo volvía a cerrarse en su pecho.
Los médicos habían terminado de prepararlo para trasladarlo y los jugadores del PSG seguían alrededor, pero esta vez dejaron espacio. La camilla apareció en pantalla y se pudo ver a Ferrán y cómo estaba cubierto con una manta. Tenía la cara parcialmente oculta por el material médico, pero se apreciaba que seguía inconsciente.
Pedri no apartaba los ojos.
—Está vivo —murmuró Lamine.
—Sí.
—Han dicho que está vivo.
—Sí.
Pero Pedri no parecía escucharlos, solo miraba cómo los médicos empujaban la camilla. Cómo la introducían en la ambulancia y cómo inmediatamente después cerraban las puertas. Y entonces la ambulancia desapareció de la imagen por uno de los laterales del estadio.
Pedri se quedó mirando el lugar vacío donde había estado.
—¿Ya está? —Nadie respondió—. ¿Se lo han llevado?
—Sí —alcanzó a decir Eric.
Pedri tragó saliva.
—¿Y nosotros qué hacemos?
Silencio.
Estaban realmente angustiados y ansiosos y, aunque lo peor parecía que había pasado, no podían estar tranquilos. No sabían nada, absolutamente nada, aunque hubiera vuelto a respirar nada les indicaba que no pudiera complicarse o ponerse peor de nuevo. No se daban cuenta de cuánto tiempo había estado su amigo en parada pero sabían que no había sido poco, y eso rara vez no crea complicaciones.
La retransmisión volvió al campo.
El árbitro hablaba con los capitanes.
Los jugadores del PSG estaban destrozados, algunos seguían llorando, aunque ya bastante recompuestos. El equipo rival permanecía apartado.Nadie parecía tener ganas de continuar, y no era para menos.
Finalmente apareció un mensaje en pantalla.
PARTIDO SUSPENDIDO.
Lamine lo leyó en voz alta.
—Han suspendido el partido.
Ninguno reaccionó.
Porque era lo lógico, era lo único que podía ocurrir, no había otra opción. Ningún jugador podría disputar un partido después de esto.
Ahora tenían un problema, porque ya no había nada que mirar. No había médicos, ni cámaras, ni una imagen de Ferran que intentar interpretar.
Solo quedaba esperar.
Pedri nunca había tenido paciencia para esperar. Y el resto de ellos tampoco sabían cómo hacerlo sin subirse por las paredes.
Gavi apagó la televisión y tiró a alguna parte de la habitación el mando con rabia.
El silencio que quedó después fue insoportable. Pedri se sentó lentamente, dejándose caer sin fuerzas contra el respaldo. Tenía las manos entrelazadas pero no dejaban de temblarle, no era capaz de hacer que se detuvieran y eso lo frustraba.
—¿A qué hospital lo llevan? —preguntó lo más calmado que pudo.
Olmo sacó el móvil e hizo una pequeña búsqueda rápida, sin éxito.
—No lo han dicho, supongo que lo quieren mantener privado. Por los fans y la prensa.
El pequeño asintió.
—¿Seguro que estaba respirando?
Olmo levantó la mirada.
—Sí, claro que lo estaba.
—Lo hemos visto, todos —reafirmó Eric a su lado.
—Pero estaba inconsciente.
—Sí, pero estaba vivo.
Pedri bajó la cabeza.
Una parada cardiorrespiratoria no se acababa una vez que el corazón empezaba a latir y volvía a respirar, había muchas otras cosas a tener en cuenta, y eso era lo que lo asustaba. Puede que hubiera sentido alivio cuando vio que por fin Ferrán volvía a respirar, pero ahora su mente le estaba susurrando cosas que no quería escuchar y no era capaz de callar esas voces traicioneras que solo lo llenaban de pensamientos intrusivos.
—¿Y si...?
Se quedó callado. No pudo terminar esa frase, no quería ni siquiera formularla por si se hacía realidad.
Cubarsí se sentó a su lado.
—No pienses eso.
Pedri se pasó las manos por la cara.
—No puedo.
—Pues inténtalo, por favor.
—No puedo, joder, ¡no puedo! ¿Cómo quieres que haga? Mientras no sepa cómo está, no voy a poder estar tranquilo.
Inmediatamente volvió a mirar la televisión, como si esperara que Ferran apareciera de repente en pantalla ya apagada.
Se estaba volviendo loco, su corazón todavía bombeaba a demasiada velocidad y sentía que había tenido la tensión disparada por demasiado tiempo, pero el pequeño pico de adrenalina que aún lo mantenía en pie seguía ahí. Tenía ganas de destruir toda su casa y maldecir a Dios por haber permitido que algo malo le pasara a su persona favorita.
—Debería haberlo sabido… —susurró medio en trance.
—¿El qué? —Gavi lo miró.
Pedri no respondió hasta que pasaron unos segundos.
—Debería haber sabido que lo quería tanto antes de separarnos, antes de esa maldita pelea por irse. Estaba tan enfadado de que se fuera, de que me dejara, que lo estropeé todo. Y ahora no sé si podré decirle que lo quiero de nuevo.
El salón quedó completamente en silencio ante la declaración. Cayó como un jarro de agua fría, no porque no lo supieran, si no precisamente porque sabían que era cierto. Era una verdad tan cristalina como el agua que caía fuertemente de una cascada y daba un masaje en la espalda.
El centrocampista se dio cuenta demasiado tarde de que había dicho sus pensamientos en voz alta, pero ya estaba cansado y eso era lo que menos le importaba en ese momento, así que no se retractó.
Solo importaba Ferrán.
Miró el suelo.
—Si le pasa algo… —La voz se le rompió y la angustia volvió a él—. Si le pasa algo y yo nunca se lo dije… Nunca me lo pienso perdonar.
Gavi, que normalmente no se quedaba sin palabras, bajó la mirada sin decir nada.
Lamine se acercó y le abrazó por los hombros desde atrás y este cerró los ojos dejándose llevar por el calor de su amigo. Al menos, podía tener un poco de consuelo.
Por primera vez desde que había empezado todo, dejó de intentar contener el llanto y explotó, llenando el espacio con su llanto y el tenue sonido de las lágrimas caer sobre el parqué y su ropa.
Mientras tanto, en algún lugar de la ciudad, una ambulancia avanzaba a toda velocidad, abriéndose paso con sirenas azules proyectadas sobre las fachadas de la ciudad parisina.
Y ninguno de ellos sabía todavía si su amigo iba a volver a abrir los ojos.
Pasaron varias horas y ninguno tuvo la valentía de irse a su casa. Se suponía que mañana debían entrenar y dentro de tres días jugar un partido de LaLiga, pero nada de eso les importaba ahora, el futbol en ese punto había dejado de tener sentido para ellos.
Pedri llevaba varios minutos con el móvil entre las manos.
Lo desbloqueaba, lo bloqueaba, y volvía a desbloquearlo en un bucle infinito.
Tenía abiertas las noticias, los grupos, las redes, cualquier cosa que pudiera darle una mínima información, pero no había nada.
Su mandíbula se tensó y apretó tanto los dientes que podía haberlos roto sin querer.
—Pedri. —una voz lo llamaba, pero no respondió de inmediato—. Pedri.
Esta vez levantó la cabeza y vio a Eric agachado frente a él con una mirada seria y decidida.
—Llama a Arantxa.
Pedri se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—A Arantxa. A su hermana.
—Ya sé quién es.
—Pues llámala, ella tiene que saber cómo está.
Pedri bajó la mirada hacia el teléfono y encontró el contacto con demasiada facilidad, puesto que todavía lo tenía como marcación rápida por todas las veces que había hablado con ella sobre su hermano.
El contacto estaba allí.
Arantxa Torres.
Su dedo se quedó suspendido sobre el nombre.
—No puedo…, no puedo hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque...
No encontró una respuesta. No sabía qué decirle y no quería arriesgarse a escuchar su voz angustiada y triste, porque si Arantxa estaba llorando, significaba que aquello era todavía más grave de lo que podían imaginar y no sabía si estaba preparado para eso.
Porque si no estaba llorando, tampoco sabía qué significaría, y eso lo asustaba aún más.
—No sé qué decirle.
Eric se inclinó un poco hacia él y apoyó una mano en su rodilla, como apoyo.
—No tienes que decirle nada.
—¿Entonces?
—Pregúntale cómo está.
Pedri tragó saliva.
—¿Y si no lo sabe?
—Entonces estaremos igual que ahora.
—¿Y si sí lo sabe?
El barcelonés lo miró directamente con una mirada que no sabía cómo describir, posiblemente era la definición de tristeza en persona.
—Entonces también necesitamos saberlo.
Pedri bajó los ojos. Tenía las manos heladas y el móvil le pesaba una tonelada.
—No debería llamarla yo.
—¿Por qué no?
—Porque soy… —Se detuvo.
¿Qué soy para Ferran? ¿Qué seguiamos siendo?
No pudo terminar la frase.
Dani pareció entenderlo, sentado del otro lado del salón.
—Eres su amigo.
Levantó los ojos para mirarlo con ojos cansados. Dani añadió, más suavemente:
—Y ahora mismo necesita a toda la gente que lo quiere, y tú eres una de ellas. Da igual lo que haya pasado, o lo que os hayáis dicho, sé que todavía eres esa persona para él.
Pedri respiró profundamente.
Una vez.
Dos.
Pulsó sobre el contacto como quien se mete de golpe al océano helado. De cabeza, con los ojos muy cerrados y conteniendo el aliento.
El teléfono empezó a llamar.
—Dios...
Se llevó una mano a la boca.
Los demás se quedaron completamente callados.
Un tono.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Los segundos se estaban haciendo eternos y el canario estuvo a punto de colgar, no quería arriesgarse a que saltara el contestador de voz.
Entonces se dejaron de escuchar los tonos y el teléfono se descolgó.
—¿Sí?
La voz de Arantxa inundó sus oídos y sintió que se le cerraba la garganta.
—Arantxa...
Ella tardó un segundo en reconocerlo, posiblemente estaba tan alterada que estaba contestando todo el rato al móvil sin mirar.
—¿Pedri?
—Sí.
Silencio.
Al otro lado se escuchaba ruido, gente hablando y pasos ajetreados. No podía adivinar del todo el ambiente, pero estaba seguro de que estaba en la sala de espera del hospital.
Entonces Arantxa preguntó:
—¿Sabes algo?
Pedri cerró los ojos.
—No. Justo por eso te llamaba.
La voz de Arantxa se quebró ligeramente.
—Está aquí, en el hospital, vine lo más rápido que pude.
Pedri dejó de respirar.
Los demás lo miraron inmediatamente. Ellos también tenían la necesidad de saber como estaba su amigo.
—¿Cómo está?
—No lo sé todavía.
Pedri apretó los ojos.
—¿Pero...?
—Los médicos están con él.
Otra pausa.
—Han conseguido estabilizarlo, estuvo mucho tiempo con el corazón parado, pero creen que no hay daño, aunque no me lo podían decir al cien por cien.
Pedri soltó el aire de golpe.
Se llevó una mano al pecho.
—Vale… —La palabra salió prácticamente sin voz—. Vale, eso… eso parece que es bueno.
Arantxa respiró entrecortadamente.
—No sabemos mucho más.
Pedri se quedó callado. No sabía qué podía decir que no sonara vacío, tenía tantas cosas que decir, pero no podía decírselas a su hermana. Ella también lo estaba pasando mal y sabía lo unidos que estaban, no por nada Ferrán llevaba un tatuaje de sus ojos en la espalda.
—Lo siento muchísimo.
—Pedri...
La voz de Arantxa volvió a quebrarse, con desesperación, y a él le pareció que le estaba lanzando una súplica.
—¿Sí?
—¿Puedes venir?
Pedri abrió los ojos y el resto del mundo dejó de girar.
—¿Yo? —Hubo un silencio y la mano que sujetaba el móvil en su oreja empezó a temblar. Tuvo que tragar y humedecerse los labios para poder contestar—. No sé si debería...
—Por favor, Pedri, sé que te pido mucho, pero… Tengo miedo. —Sus oídos zumbaban, pero aun la escuchaba con mucha nitidez—. Ven, por favor, él te necesita.
Esas últimas palabras fueron lo que lo condenaron. Daba igual su situación, el equipo, LaLiga, o cualquier otra cosa que parecía una minucia al lado de esto; no había nada que pudiera parecerle más importante que el valenciano.
Si él lo necesitaba, iría.
Pedri miró a sus compañeros que lo miraban con miradas interrogantes.
—Voy.
Arantxa soltó un pequeño sollozo al otro lado.
—Gracias. Dios, muchas gracias, Pedri.
—¿Dónde está?
Arantxa le dio el nombre del hospital y lo apuntó en su cabeza inmediatamente, en el único recobeco de su memoria para cosas importantes, y vaya, solo había cosas de Ferrán ahí.
—Estaré allí en cuanto pueda.
—Vale.
Silencio, uno largo y doloroso, pero también agradecido.
Antes de colgar, Arantxa habló otra vez.
—Pedri.
—¿Sí?
—Ferrán habla mucho de vosotros todavía.
Pedri sintió un nudo en la garganta.
—¿De nosotros?
—Sí. —Una pausa leve se instaló—. Y... creo que le gustará que estés aquí cuando despierte. Tenéis mucho que hablar, ¿verdad? No puedes dejarlo tirado ahora.
Pedri cerró los ojos y sonrió en un gesto agridulce.
—Nunca lo haría.
