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Armando no entendía en qué momento su situación había cambiado tanto.
Sin querer se había separado de sus hermanos; no había sido su intención perderlos de vista, pero cuando iban caminando por Manhattan y vio una tienda de manga no pudo evitar entrar sin avisarle a nadie. Solo quince minutos después, cuando quiso enseñarle algo a Emilio, se dio cuenta de que no estaban con él.
Sacó su celular listo para enviar un mensaje preguntando dónde estaban. Una sombra alta se cernió frente a él, bloqueando ligeramente la luz que entraba por el escaparate.
—¿Estás buscando algo en específico?
La voz de una mujer joven lo hizo alzar la mirada, encontrándose con una bonita chica de unos dieciocho años. Tenía el cabello castaño recogido hacia atrás con una diadema y unos hoyuelos bien marcados en su sonrisa de servicio al cliente.
Aunque le gustaría decir que aquella chica no lo había deslumbrado tanto que ni siquiera notó que no era el tipo de persona que trabajaría en una tienda de manga, la verdad era que tenía catorce años, medía poco menos de 1.70 metros y las chicas como ella nunca le hablaban.
—Ahhh... —empezó a contestar en español; cerró la boca de golpe cuando lo notó y se aclaró la garganta—: No, no realmente, solo... eh, estaba viendo.
La chica amplió un poco más su sonrisa y señaló el tomo que aún tenía en la mano.
—Tengo merch nueva de One Piece que me acaba de llegar en la bodega. Como eres el único cliente que he tenido durante todo el día, te la puedo enseñar.
De nuevo, Armando en su mente de adolescente no pensó en los peligros que implicaba seguir a una persona desconocida a la bodega de una tienda completamente vacía, menos si tal persona era una chica súper guapa.
Ahora que repasaba la escena en su mente, podía darse cuenta de que sí, la tienda estaba extrañamente vacía: no solo era que no hubiera nadie, sino que había una clase de silencio estático en ella y algo en su interior, como un sexto sentido, le decía que saliera lo más rápido posible de ahí.
Armando asintió. La chica pasó a su lado para guiarlo y él caminó detrás de ella.
Clap, clap, clap.
Un sonido metálico se escuchó; era bajito, como si se tratara de unas monedas en el bolsillo del pantalón. Curioso, buscó la fuente del sonido y reparó en que procedía de la chica.
La miró atentamente. Estaba usando un pantalón de los que quedaban por encima del tobillo, lo que le dio una perfecta visión de su pierna. Parecía metálica. Extrañamente, una ansiedad inesperada se instaló en su estómago y unas inmensas ganas de correr le llegaron.
—Qué cool tu prótesis —comentó, tratando de aligerar el sentimiento que crecía segundo a segundo en su interior.
—No es una prótesis —contestó la chica sin mirarlo.
Confundido por su respuesta, miró de nuevo hacia sus piernas.
—¿Cómo que no...? —dejó su pregunta a la mitad cuando le prestó más atención a ambas piernas.
Una, como había notado, era de metal y se notaba un poco rígida por la forma en que caminaba; lo que lo hizo callarse fue su pierna derecha, de la cual cojeaba. Si fueran solo esos hechos, pensaría que solo se trataba de una chica muy desafortunada con poco presupuesto para prótesis de calidad y que de seguro no era muy fanática de los maratones.
El problema era que tenía la pierna peluda, y ¡ey!, nada en contra de las mujeres que no se depilan, pero no era esa clase de peluda. No traía zapato y, donde debería haber un pie, había una pezuña. Literalmente como la pezuña de un animal equino.
Armando se detuvo en seco. Ya estaban en el mostrador y la chica ya se dirigía a la puerta detrás de este.
—Ehh, sabes, mis hermanos me están esperando, así que ya me voy.
La chica se detuvo. Armando se quedó paralizado al ver cómo la piel bronceada de sus brazos se iba aclarando hasta quedar blanca como el papel. Lentamente se dio la vuelta.
De cómo no se desmayó en ese momento, no estaba seguro. El rostro de la chica que antes le había parecido tan atractivo había desaparecido para dar paso a un rostro blanco, casi fantasmagórico, con unos ojos rojos como los de las ratas blancas; pero lo peor fue su boca. La sonrisa cortés había cambiado para convertirse en unas fauces con dos colmillos largos sobresaliendo.
—¿Qué fregados? —soltó, olvidando por completo el inglés. Por su mente no pasaba nada más que un Padre Nuestro en repeat.
Su cuerpo le pedía a gritos que saliera corriendo de ahí, pero su cerebro no estaba funcionando. Con los pies plantados en el piso, no podía dejar de ver su boca, o lo que sea que fuera eso.
—Ey, niño, mis ojos están aquí —la chica-monstruo-chupacabras se señaló los ojos rojos con ambos dedos.
Armando no creía que ver sus ojos fuera una mejor opción que ver su boca.
—Ustedes los extranjeros son unos groseros, no se asustan igual, son cero divertidos —la señorita chupacabras habló al aire.
Poco a poco, Armando fue recuperando el control de su mente y, por ende, el de su cuerpo. Miró a todos lados buscando una manera de escapar.
—Ah, ah, semidiós, tú de aquí no vas a salir.
En su adrenalina ni siquiera se dio cuenta de que le había dicho «semidiós». Tal vez si lo hubiera escuchado... No, la verdad hubiera seguido sin saber de qué hablaban. Incluso cuando ahora era jalado de la mano por un niño con patas de cabra... pero eso sería adelantarse a los hechos.
En ese momento solo atinó a lanzarle a la cara el tomo de One Piece que aún tenía en la mano. Se dio la vuelta echándose a correr hacia la puerta. A nada estaba de empujar las puertas de vidrio cuando fue jalado del cuello de su camisa hacia atrás.
Chocó contra un estante y los tomos que estaban más arriba cayeron encima de él. Por el impacto casi termina en el suelo, pero pudo recuperar el equilibrio suficiente para mantenerse de pie, lo que le dio la oportunidad de esquivar a la señorita chupacabras, que se había lanzado hacia él.
Corrió por los pasillos tirando todo lo que encontraba a su paso.
—¡Déjame en paz! ¡Te prometo que no tengo buen sabor!
—¡Deja de correr, pequeño engendro!
A Armando no se le hizo una solicitud tentadora, por lo que siguió corriendo. Le dio la vuelta a la tienda, acercándose de nuevo a las puertas. Como la suerte parecía no estar de su lado, la señorita salió por su costado derecho y lo tacleó.
Como jugador de fútbol, no estaba preparado para recibir esa clase de ataques. Tal vez, si lograba salir vivo de esa, pensaría en la opción de cambiarse al fútbol americano. Golpeó el suelo y el aire de sus pulmones se le escapó.
La señorita chupacabras lo sometió por los hombros. Abrió la boca y un olor a azufre le llegó a toda la cara; los ojos se le pusieron vidriosos y no pudo contener unas arcadas.
—¡No tengo tan mal olor! —exclamó la criatura. Abrió más la boca y las arcadas de Armando aumentaron.
—Por favor, cierra la boca...
No fueron las mejores palabras que pudo haber dicho, porque abrió la boca como preparada para darle un buen mordisco a una smash burger.
Armando cerró los ojos, casi resignado a su inminente final.
—¡En mi guardia no! —una nueva voz resonó por la tienda, seguida de un golpe sordo.
Sintió cómo aquella cosa le cayó encima, sacándole de nuevo el poco aire que había recuperado.
Abrió los ojos temeroso de encontrar otra criatura monstruosa. En su lugar vio a un chico escuálido de piel blanca llena de pecas y unos lentes de fondo de botella; sobre su cabello rubio rizado descansaba una gorra desgastada de los Yankees.
Sorprendido, notó cómo el peso de la chica iba desapareciendo y, en su lugar, un polvo dorado le cayó encima. Por reflejo empezó a toser.
—¡Guau! ¡Con razón el entrenador Hedge siempre carga con su bate!
Al escucharlo, se fijó en el bate que sostenía con su mano derecha. Pareció perderse un poco en sus pensamientos; flexionó sus brazos como si quisiera notar unos bíceps que realmente no estaban ahí.
Repentinamente se acordó de que había un chico tirado en el suelo rodeado de mangas hentai y cubierto de polvo dorado.
—Vamos, levántate —el chico le extendió la mano. Armando dudó un poco de que el escuálido chico lo pudiera ayudar a levantarse, pero en esa situación no le quedaba más que confiar.
Con una fuerza sorprendente para su apariencia, lo ayudó con poco esfuerzo.
—¿Qué era eso? —preguntó sacudiéndose el polvo de la ropa.
—Una empusa —dijo susurrando.
—¿Una qué?
—Una empusa —volvió a susurrar, pero más cerca—. No lo repitas, los nombres tienen poder.
—Okay... —respondió más confundido que antes.
Clap, clap, clap.
Ambos giraron la cabeza para ver a otra chupacabras salir por la puerta de la bodega.
—Tracey, ¿ya atrapaste al...? —la nueva chica se detuvo al ver la escena.
El chico no dudó ni un segundo: tomó la mano de Armando y salió corriendo por la puerta.
—¡Corre!
Sin dudar, aceleró el paso. Corrieron por las calles de Nueva York esquivando a las personas que transitaban el lugar. Podía escuchar a la otra chica/cosa que los perseguía gritando.
Extrañamente, nadie a su alrededor parecía notar nada extraño, pero a él no se le hizo tan raro: sabía que la ciudad estaba acostumbrada a que cosas raras pasaran todos los días.
Siguieron corriendo por varias calles más antes de que el rubio se detuviera en una esquina y alzara el brazo haciendo una seña para detener un taxi.
Soltó su mano de golpe y retrocedió dos pasos.
—¿Qué haces?
—Nos saca de aquí —dijo como si se tratara de algo obvio.
Un taxi raro, un poco destartalado, se detuvo frente a ellos frenando de golpe.
—Tengo que regresar con mis hermanos —señaló con el pulgar a su espalda, ya listo para darse la media vuelta.
—No, tienes que ir conmigo al campamento —dijo el otro agarrándolo de nuevo de la muñeca.
En aquel pequeño forcejeo notó algo que tal vez, solo tal vez, debió notar desde el primer momento en que un chico flacucho con un bate desapareció en una nube de polvo dorado a la versión americana del chupacabras. Y es que, al igual pero a su vez a diferencia de la otra criatura, este chico tenía piernas de cabra. Debajo de unos shorts de pescador, dos patas de cabra blancas lo saludaban.
Sorprendido, se volvió a zafar de su agarre y retrocedió.
—¿Qué eres? ¡Aléjate!
Una mano con un ojo se asomó por la ventana del taxi.
—¿Van a subir o no? Te voy a subir la tarifa si no suben de una vez, sátiro.
El chico le volteó la cara al mismo tiempo que lo agarraba con sorprendente firmeza de los hombros.
—Ya voy, ya voy, Pefredo —regresó la mirada hacia Armando y acercó su cara lo suficiente para que él pudiera contar las pecas en sus mejillas—. Necesito que te subas a ese taxi antes de que esa empusa nos alcance y nos coma. Hay que llegar al campamento antes de que otros como ella te huelan.
Lo dijo con tanta firmeza que Armando no tuvo más que asentir y seguir al niño cabra.
A lo lejos podía escuchar los gritos de la chica acercarse. Con renovada urgencia, se subió al asiento trasero.
Lo primero que notó fueron las tres ancianas que se apretujaban en los asientos delanteros. La mano con un ojo se volvió a asomar; si al principio la había pasado por alto, ahora no tenía de otra que prestarle atención. Ya no sabía si no se sentía sorprendido porque estaba cansado y la adrenalina estaba desapareciendo, o si era porque entre la señorita chupacabras y el niño cabra, la mano con el globo ocular no le parecía tan sorprendente.
—Cuatro dracmas —dijo la anciana de en medio dándose la vuelta.
Los gritos se escuchaban cada vez más cerca.
—¿Cuatro dracmas? ¡Es un robo! Ni siquiera estamos tan lejos del campamento.
—Me estás haciendo perder el tiempo, sátiro. Si no nos vamos en este momento, van a ser cinco dracmas.
Con los gritos del monstruo cada vez más cerca y el hecho de que la anciana con tres pelos en la cabeza los miraba con unas cuencas vacías, Armando ya estaba seguro de que estaba teniendo un sueño febril.
El niño cabra masculló algo que sonó como «ancianas», pero metió la mano al bolsillo de su pesquero y sacó cuatro monedas doradas; las dejó sobre la palma abierta de la anciana.
—Arranca, Deino.
Ambos fueron lanzados con fuerza contra los respaldos del sillón. Por la ventana podía ver cómo el paisaje cambiaba en un borrón de colores, cómo poco a poco iban saliendo de la ciudad para adentrarse en la vegetación.
—¿Tú qué eres? ¿Un empuso? —preguntó Armando, recordando que tenía voz.
—¡Shhh! No digas su nombre —le tapó la boca con la mano y con la otra se llevó un dedo a los labios.
Enfrente, las señoras iban discutiendo, peleando por el globo ocular.
—Soy un sátiro —un poco de orgullo se filtró por su voz.
Armando se le quedó mirando. Al parecer era algo que debía saber, pero en su vida había escuchado esa palabra, mucho menos en inglés.
El taxi dio un frenazo y el ojo rebotó por todo el vehículo hasta terminar entre sus piernas.
—¡Cuidado! —exclamó el niño cabra a su lado.
La anciana de en medio se estiró por sobre su asiento y a tientas buscó el ojo. Armando, que estaba asqueado, no sabía qué hacer; miró al otro chico y este solo le hizo señas con la cara, como diciéndole que le diera el ojo. Armando se negó.
—Enio, ya dame el ojo.
—Cállate, Pefredo, lo estoy buscando. Si alguien no estuviera peleando siempre, esto no hubiera pasado.
La discusión regresó. El chico a su lado le volvió a hacer caras y Armando se resignó. Con su índice y pulgar agarró el ojo intentando tocarlo lo menos posible; estaba ligeramente viscoso y las arcadas que había sentido antes regresaron.
—Tenga, aquí está.
La anciana lo agarró solo para que la anciana de la derecha se lo arrebatara para ponérselo en la cuenca vacía.
—Salgan de aquí.
Mágicamente, los dos fueron expulsados del taxi sin previo aviso. Sentados sobre el asfalto, el carro aceleró y desapareció en la lejanía. Se dio cuenta de que estaban en una carretera en medio de la nada.
El otro chico se paró sacudiéndose el pesquero y echándose el bate sobre el hombro.
—Bueno, es hora de caminar.
Armando lo vio desde el asfalto. Comenzó su caminata cuesta arriba en una colina. Se detuvo al ver que no lo seguía.
—Levántate, son 35 minutos cuesta arriba.
—Claro, porque obviamente voy a seguir a un niño cabra al bosque después de que me secuestró con un taxi de tres ancianas cerca de ser un descubrimiento paleontológico —de todas formas se levantó. Buscó a tientas su celular solo para darse cuenta de que no lo tenía—. Oh, genial, perdí mi celular. ¿Qué más puede salir mal? —pateó la gravilla. Detrás de él, el sátiro negó con la cabeza.
Minutos después se arrepintió de haber dicho eso. Por tercera vez en el día, con el sol descendiendo por el horizonte, corría por su vida.
Ahora se daba cuenta de que ningún entrenamiento previo lo había preparado para correr por una colina mientras huía de un perro negro gigante.
En México, por lo general esos perros solo se quedaban parados para espantarte, no te perseguían siendo muy tangibles y con espuma en la boca.
Patas de Cabra corría con agilidad para alguien que tenía pezuñas en lugar de pies. Armando, en cambio, corría con mucha dificultad para alguien cuyo trabajo era literalmente correr. «Si regreso de esta», pensó por segunda vez en el día, «me voy a desvivir en la caminadora».
Sentía la respiración del perro en el cuello.
—¡Rápido! ¡Ya casi llegamos!
Más adelante divisó un gran pino con una manta de lana en una de sus ramas, en lo alto de la colina. No sabía cómo, pero algo en él le decía que en cuanto pasara el pino estaría a salvo.
Con una renovada energía, aumentó la velocidad; sus piernas le ardían y hacía metros que se había torcido el tobillo, pero no se detuvo. Cuando estuvo cerca del pino, saltó.
Al tiempo que él estaba suspendido en el aire, varias flechas fueron disparadas. Vio en cámara lenta cómo surcaban el cielo anaranjado para terminar clavándose en el cuerpo del perro que también había saltado.
Al igual que la empusa, el perro estalló en una nube dorada.
—Oh, fucking shit.
Lo último que vio antes de desmayarse fue al niño cabra (de quien para ese punto se arrepentía de no haber preguntado su nombre) y a tres niños no más grandes que él con arcos en la mano.
Qué locura era Nueva York.
