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James no entendía por qué hacían tanto alboroto. Desde hacía unos días los pasillos de Hogwarts eran un revuelo de chismes y especulaciones. Si no había estudiantes suspirando ante la nueva aparición, había otros que preferían pinchar las expectativas.
Luego del anuncio que dio Dumbledore en el Gran Comedor, las hormonas omegas sufrieron una revolución. James no entendía la razón para que los omegas se entusiasmaran tanto por la llegada de un alumno de intercambio proveniente de Italia. Pensó que, tal vez, era la emoción por ver a alguien nuevo en la escuela; pero entonces notó que Peter también cayó en la misma emoción.
Cuando decidió preguntarle, Peter solo respondió entre tartamudeos y sonrojos suaves:
—Es que es italiano.
James solo frunció el ceño, luego de eso tuvo más dudas que respuestas.
El asunto del estudiante extranjero fue menguando un poco su intensidad, aun así, siempre había alguien comentando acerca del tipo de persona que se encontrarían. Dumbledore no les dio nada de información, así que había un libre espacio para especular.
Él prefirió no darle tan relevancia, no era algo que le interesara. Pero sí le molestaba un poco. A James le gustaba la atención, y nunca le costó conseguirla. Desde primer año tuvo sobre él la atención de todo Hogwarts, estaba acostumbrado a ella y se esforzaba por mantenerla.
No era algo difícil considerando quién era. Era James Potter, capitán del equipo de Quidditch, atractivo, alfa dominante y asquerosamente rico. La atención no era algo que le faltara tampoco, pero con el anuncio de ese estudiante de intercambio, pocos le prestaron atención. Y durante el verano había tenido cambios importantes, estaba más alto, sus músculos se fortalecieron y su piel tenía un brillante bronceado.
De cualquier forma, eso no cambiaría sus planes. Cursaba el último año y eso significaba que debía ser inolvidable: fiestas, victorias de Quidditch, quizás alguna aventura con un omega y por supuesto, bromas. Bromas a Snivellus principalmente.
La llegada de ese chico italiano no cambiaría nada.
°°°
Si la emoción menguó un poco con el pasar de los días luego del anuncio, regresó con un furor aún más intenso con la llegada del estudiante de intercambio. La prisa hacia el gran comedor siempre fue un desastre, pero ese día empeoró aún más. James apenas pudo caminar hacia el comedor entre empujones.
—Más vale que ese italiano esté bañado en oro o no podré justificar esto —gruñó Sirius mientras se masajeaba el pie que recibió un pisotón.
James asintió de acuerdo mientras fruncía la nariz. Las feromonas de los omegas abundaban en cada rincón.
—Si esto sigue así tendré que conseguir algún inhibidor de aromas. —Quizás parecía que estaba exagerando al taparse la nariz, pero las feromonas eran demasiado dulces, le hacían picar la nariz.
Entre el tumulto de estudiantes, James casi hace pasar inadvertida una presencia. Por supuesto que la cabella roja de Lily Evans llamó su atención por el rabillo del ojos. Porque donde estaba la sabelotodo de Lily, estaba también Snivellus.
Al voltear un poco, se encontró con el par de amigo que entraban al comedor más concentrados en su charla que en el alboroto de su alrededor. Una sonrisa le torció el rostro al divisar al omega más espantoso que conocía. Aún no podía creer que alguien tan poco agraciado fuera omega, le resultaba irónico.
Severus Snape no tenía ninguna característica que lo catalogara como un omega. Era enclenque, con una nariz fea y un carácter huraño y hostil. Si no fuera por el sutil aroma a fresas nunca hubiera notado que Snivellus era omega. Que una persona como Snape oliera a fresas le parecía una ironía aún mayor que su naturaleza omega. Snape era tan arisco como un gato, tenía de delicado lo que un troll de atractivo y una boca que soltaba veneno.
—¡Oye, Snivellus, no vayas a asustar demasiado al nuevo! —le dijo al Slytherin cuando esté pasó por su lado.
Snape apenas le miró un segundo antes de dirigirse a su mesa. Evans se detuvo un momento a su lado, le dedicó una mirada ceñuda e inconforme. La chica era la defensora número uno del murciélago de las mazmorras, no entendía el afán que tenía por cuidarlo tanto.
—¿Hasta cuándo seguirás así, Potter? Este es nuestro último año y no has madurado ni un poco. —Lily Evans soltó el comentario y se marchó hacia la mesa de Gryffindor con su grupo de amigas.
James rodó los ojos e ignorando las risas de Sirius y las reprimendas de Remus fue a sentarse. Peter ya estaba ahí, devorando un plato de puré de papas y pollo asado. Sirius se sentó a su lado y se encargó de llenarle aún más el plato. Últimamente, el omega no estaba comiendo bien, se saltaba comidas, hacía dietas y luego tenía atracones. Sin decirlo, los tres alfas se propusieron vigilar que se alimentara de la manera correcta.
Antes de poder comenzar con el almuerzo, Dumbledore se puso de pie frente a todo el comedor y a su lado, salido de quién sabe dónde, estaba un chico alto y de sonrisa tonta.
James lo observó con los ojos entrecerrados. Si ese era el estudiante de intercambio era demasiado grande. El nuevo tenía un aspecto agradable a la vista, eso no se podía negar, mucho menos cuando un suspiro colectivo resonó en el salón. Su cabello claro casi parecía resplandecer a la luz que se colaba por los ventanales. Lo peor era su cara de mosquita muerta. Sonreía de oreja a oreja, con una expresión suave y encantadora que les dedicó a todas las mesas.
Los murmullo no se hicieron esperar.
—¿Ese es el italiano? —inquirió Sirius con una ceja arqueada—. No es la gran cosa, pero está bien.
—Tiene cara de idiota —acotó James.
Había algo en ese chico que hizo que James se removiera en su asiento. Se veía demasiado reluciente, demasiado perfecto, y eso no tenía sentido. De repente, la presencia de ese chico le dio mala espina. No quería se paranoico, pero sentía que sería una amenaza latente.
—Bien, es un gusto para mí presentarle a nuestro nuevo estudiante de intercambio —comenzó a decir Dumbledore con voz apacible—. Les presento a Matteo Rossi. Como algunos ya saben, Matteo es de Italia y cursa el último año en Beauxbatons. Está aquí por el programa de excelencia académica en pociones y herbología. Es un excelente estudiante así que espero que lo reciban amablemente.
El nuevo inclinó la cabeza hacia todos, su sonrisa no desapareció nunca. Debía tener la cara entumecida de tanto sonreír.
—A petición de Matteo, le permitiremos hacer una rotación por todas las casa de Hogwarts, así que esfuércense por dejar en alto a su casa —anunció el director dejando escapar una risita divertida—. La primera casa será Gryffindor. —Al instante, todos los leones aplaudieron y aullaron emocionados. James solo apretó la mandíbula mientras forzaba una sonrisa—. La segunda casa será Slytherin. —Las serpientes, con menos euforia, aplaudieron también. James no supo por qué, pero los vellos de su piel se erizaron.
Su instinto se encendió enseguida. Se sintió como una presa a punto de ser devorada, la alarma dentro de él le decía que debía ser cuidadoso… o podría perderlo todo.
El pensamiento le dejó un sabor amargo, decidió que estaba exagerando, que ese chico aparentemente perfecto no era un rival, podría ser un aliado o amigo. Con esa nueva dirección, le hizo un lugar a Matteo Rossi cuando se acercó a la mesa buscando un lugar.
El almuerzo transcurrió en pleno caos. Matteo atraía a todos a su alrededor como la luz a las polillas. James y Sirius cruzaron alguna preguntas, fueron los demás quienes se encargaron de sacarle toda la información importante.
James presintió que ese sería un año largo.
°°°
James miró de reojo al otro extremo de los jardines del castillo y soltó un resoplido indignado. Matteo Rossi llevaba casi tres semanas en Hogwarts y seguía siendo el centro de atención. Los alfas se acoplaban a su estilo, competían con su atractivo y buscaban hacerse sus amigos. Los omegas lo rondaban entre sonrisitas y halagos constantes que ya todos conocían de memoria.
Era exasperante.
—¿Qué tiene tan interesante? ¿Acaso tiene dos nudos o qué? —protestó James sin apartar la vista de alfa del cual se colgaban varios omegas.
Sirius soltó una risa corta y seca. Remus le observó con los ojos desorbitados en una clara señal de que hablara más bajo. Peter no reaccionó hasta un segundo después, sonrojándose y encogiéndose en su lugar.
—¿Eso es posible? —preguntó con real curiosidad.
James pestañeó con incredulidad, Remus alzó las cejas impresionado y Sirius frenó su risa. El heredero Black analizó con detenimiento el comportamiento avergonzado de Peter.
—Eso deberías preguntarle a los omegas que están pegados a él todo el día —contestó Sirius con rudeza.
—Solo era una pregunta.
James decidió desconectarse de la pequeña riña que se formó. No le interesaba si ese alfa tenía dos nudos o si ya había probado omegas de Hogwarts, él solo le buscaba aquello que lo hacía tan llamativo.
No eran tan diferentes, pero algo le molestaba porque, sin saber qué, había algo grande que los diferenciaba. De cualquier forma, no le importaba qué los diferenciara, él solo quería que todo volviera a encausarse. La atención que era suya ahora era de Matteo, podría lidiar sin eso un tiempo, solo necesitaba enfocarse en lo demás.
El problema era que estaba enredado tratando de hallar lo que hacía a Matteo mejor.
Por el momento la lista iba igualada, ambos eran capitanes del equipo de Quidditch, atractivos, alfas dominantes, excelentes en defensa contra las artes oscuras, solteros cotizados y buenos socializando.
¿Entonces qué faltaba?
La respuesta llegó al instante, de la forma más inesperada posible.
Severus Snape apareció en el jardín, capturando al instante su atención. El caminaba sin prisa, con una expresión estoica y una aparente indiferencia a todo lo demás. James siguió con esmero la figura de Snape, la manera en que su cuerpo parecía flotar y lo hipnótico que era su oscuro cabello.
Entonces salió de su trance de observación cuando Snape se detuvo a unos metros de Matteo. No lo llamó ni le hizo alguna seña, pero el alfa lo notó enseguida y se apartó de sus admiradores sin dudarlo para acercarse a Snape.
James se irguió todo lo que pudo, como un animal que percibe algo extraño y quiere saber el nivel de amenaza. Analizó el intercambio entre ambos con total atención, y no se perdió ningún detalle. Ni la forma tan apacible, aunque desinteresada, con la que Snivellus hablaba; y mucho menos se perdió la sonrisa encantadora y boba con la que Matteo miraba al omega.
Entonces el alfa le hizo una seña a Snape y ambos se encaminaron hacia el castillo. La reacción de James fue inmediata, no se levantó deprisa y sin apartar la mirada los siguió. Sin embargo, en su meta por seguirlos no fue capaz de evitar al gentío que también quiso ser testigos del imprevisible intercambio. Luchó por hacerse paso entre los demás chismosos, hasta que la voz de sus amigos lo trajeron de regreso.
—¿Qué haces, Prongs? —La expresión interrogante de Sirius hizo pestañear a James. Soltó un sonido confundido a la vez que se soltaba del agarre del Padfood.
—¿Vieron eso? —soltó en lugar de responder a su mejor amigo.
Sirius frunció el ceño y se volteó a los otros dos para comprobar que también notaron el comportamiento extraño de James.
—¿Ver qué, James? —Remus se acercó a James y con disimulo lo apartó del grupo de gente que aún se aglomeraba en la entrada al castillo.
—A Snivellus y Rossi. Estaban hablando como si se conocieran de toda la vida. ¿Alguien quiere decirme desde cuándo se conocen? Rossi miraba a Snivellus como si fuera la octava maravilla del mundo.
James dio media vuelta con la intensión de seguirlos, pero Remus lo detuvo antes. Sirius soltó una risita al imaginarse a alguien como Matteo Rossi prestando atención a alguien como Snape.
Remus negó con la cabeza ante las ocurrencias de ambos alfas. Lo cierto era que él si notó el momento en el que Snape apareció porque creyó que James y Sirius harían de las suyas. Sin embargo, en ese momento Sirius estaba enfrascado en una disputa con Peter, y James parecía más concentrado en analizar el inusual acercamiento de Snape con Matteo.
—Sé que es inusual, pero no hay nada de raro en que se conozcan —respondió Remus encogiéndose de hombros, esperaba que eso menguara la curiosidad de James. El resultado fue todo lo contario, James clavó sus ojos avellanas sobre él con una intensidad palpable que, por un momento, le pareció aterradora—. Es decir, Rossi está aquí por el programa de excelencia de pociones y herbología.
Peter asintió la explicación, y mientras sacaba un dulce de su bolso resolvió las dudas de James:
—Desde hace unos días que andan juntos en el aula de pociones y la biblioteca. Pero han sido discretos. —Peter se llevó una paleta de color rosa a la boca, y le prestó más atención a lamer su dulce que a apresurarse en dar más información—. Que Snape se le acercara en público es raro. Normalmente lo evita cuando está rodeado de gente.
James dejó que sus hombros cayeran un poco. El escepticismo se adueñó de su rostro y de su capacidad de mostrarse desinteresado. Había estado observando con atención a Matteo y Jamás lo vio cerca de Snape. En el murciélago tampoco notó nada diferente, si no estaba con Lily o el insufrible de Regulus Black estaba solo. Tampoco mostraba esa fascinación irritante de los demás estudiantes.
¿Entonces, desde cuando Snape y Rossi parecían haberse acercado?
No comprendió su necesidad de una respuesta. Al mismo tiempo, una vena de exasperación le saltó en la frente, porque no fue capaz de notar algo que estaba frente a sus ojos.
La razón de tal fastidio no le interesaba, no quería respuestas, solo quería que lo que fuera que sentía se esfumara.
—¿Y tú cómo sabes eso? —preguntó Sirius inclinándose a la altura de Peter, quien al tenerlo tan cerca enrojeció.
Con manos temblorosas, Peter empujó el rosto de Sirius, haciendo que se tambaleara hacia atrás.
—Alguien me lo dijo… y también los vi una vez.
James apretó la mandíbula, conteniendo lo que fuera que sintió. No estaba completamente seguro, aun así, algo le decía que la mayor diferencia entre Matteo y él radicaba en Severus Snape.
