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Armando y Brian eran ex's. Después de tres años de relación, ambos terminaron por diversos problemas; su vínculo era complicado, dominado por los celos, gran parte de ellos provenientes de Armando. Sumado a esto, el chantaje emocional del antes mencionado hacia su pareja.
Cada uno tomó caminos distintos: el güero de ojos azulados, junto a su actual pareja Campillo, mantenía una relación de cinco meses; aquel romance era digno de un cuento de hadas, y los padres del rubio estaban encantados con él... eran tal para cual.
Armando, por otro lado, vivía su vida al máximo: salía de fiesta junto a sus amigos, entre excesos y relaciones de una sola noche. Sus caminos eran totalmente diferentes, cada uno en su propio entorno y sin interés de saber del otro... por ahora.
Sus mundos chocaron justo esa noche. Una fiesta de un amigo en común. Música a tope. Alcohol. Tensión de por medio. Un escenario perfecto para que todo se fuera al carajo.
Brian, junto a Diego, llegó a aquella fiesta; ambos se dirigieron hacia sus demás amigos, quienes los esperaban con vasos llenos de alcohol. Permanecieron un rato bebiendo y conversando con los demás asistentes, hasta que el rubio logró distinguir un rostro y un cuerpo reconocibles entre la multitud. Entonces lo vio: aquellos ojos cafés, esas cejas pobladas... vio a Armando después de tanto tiempo. Ahí estaba, a pocos metros de él, rodeado de sus amigos. Armando también lo vio; sus miradas se conectaron durante varios segundos, hasta que Campillo llamó a Brian.
—Bebé, acompáñame por un trago, por favor; estos weyes ya se acabaron todo —comentó mientras señalaba a sus amigos, quienes ya estaban en su límite de alcohol.
Brian asintió, tomó la mano de Campillo y comenzaron a caminar hacia la barra, donde se sentaron a esperar su pedido. De vez en cuando, el ojiazul dirigía la mirada hacia el centro de la pista, el segundo piso y las esquinas, buscando específicamente a alguien; quería volver a verlo, contemplar ese rostro tan varonil, aquellos ojos penetrantes que le erizaban la piel. Todo en aquel chico le hacía sentir... tan bien.
—¿Qué tanto piensas, cariño? —habló el duranguense.
—Nothing, the party's good. Hay mucha gente en cualquier zona.
Campillo asintió mientras dirigía la vista al centro de la pista, hasta que reconoció de lejos a un conocido. Se levantó de la silla para decirle a su pareja "ahorita vuelvo, vi a un compa" y se fue, dejando solo al güerito. Brian solo asintió, viendo cómo la silueta de su pareja desaparecía entre la gente. Sacó su teléfono para distraerse mientras esperaba a su novio: deslizaba varios videos, daba likes a publicaciones que le gustaban o le sacaban alguna risa breve. Estaba tan absorto que no sintió cuando alguien se sentó a su lado, justo donde antes estaba el durangueño. Brian miró de reojo una silueta y pensó que Campillo había regresado, así que dejó el celular sobre la barra para voltear la mirada... en vez del rostro de su pareja, se encontró con aquellos ojos cafés, acompañados de largas pestañas y cejas gruesas. Inhaló una bocanada de aire ante esa "sorpresa".
Armando sonrió de lado ante aquella reacción; recorría con la mirada todo su cuerpo, de pies a cabeza, observando cada rincón suyo y haciéndolo sentir como una presa.
—Brian Gutiérrez, cuánto tiempo. ¿Cómo estás, precioso? ¿Cómo vas con tu relación perfecta?
—Armando —titubeó ante aquellas preguntas.
—¿Qué pasa, güerito?
Brian echó un vistazo a su alrededor buscando la figura de su novio, pero no lo encontró; entre tanta gente y los cambiantes juegos de luces, era imposible localizarlo.
—¿Acaso los ratones te comieron la lengua? Qué maleducado te volviste, Bri —se burlaba de él, y se notaba a kilómetros.
—Déjate de pendejadas, González. ¿Qué quieres?
—Nada, pensé que como me estabas buscando, no quería que esos ojitos se cansaran, así que aquí estoy.
Brian cerró los ojos por varios segundos al saber que el otro lo observaba. "Diego, regresa", gritaba en su interior; quería salir de ahí cuanto antes, antes de que algo pasara.
Notó que la bebida que había pedido ya había llegado, así que tomó el vaso y se lo bebió de un trago, ignorando el ardor que el alcohol dejaba en su garganta; quería ignorarlo todo. Dejó el vaso en la barra y soltó un largo suspiro; alzó la vista y se topó de nuevo con aquellos ojos ajenos.
Se quedaron mirándose por más de un minuto, hasta que, sin importarle nada, el tapatío deslizó las manos por sus caderas, acercando sus cuerpos hasta dejar los rostros a pocos centímetros. Brian podía alejarse, pero no quería; podía apartar aquellas manos de su cuerpo, pero tampoco quería. "¿No te vas a alejar, güerito?", le susurró Armando cerca del oído; su cálida respiración le erizó la piel y lo hizo estremecer.
—A la mierda.
Dijo el ojiazul, y se abalanzó hacia el más alto, uniendo sus labios en un beso profundo y necesitado tras tanto tiempo sin verse. Las manos de Armando apretaron sus caderas, arrancándole un quejido; Brian pasó los brazos alrededor de los hombros del otro para acercarlo más, queriendo profundizar al máximo. Sus lenguas iniciaron una batalla, aunque la del castaño era la que dominaba, invadiendo por completo su cavidad bucal. Era un beso desordenado, pero les encantaba. Se separaron un poco para tomar aire; ambos respiraban con dificultad, sin despegar la mirada el uno del otro. Armando se acercó para volver a capturar aquellos labios enrojecidos, pero Brian lo sujetó de los hombros y lo apartó; abrió la boca para protestar, pero el otro habló antes.
—Wait, nos pueden ver —miró alrededor, temeroso de encontrarse con cierta persona.
—Que nos miren, entonces —colocó su mano en la nuca del rubio para acercarlo a su rostro y comenzar a repartir besos hasta llegar al cuello, dejando allí varios besos cortos pero intensos, junto con pequeñas mordidas que estaban volviendo loco al de tez clara.
—Armando, please.
El nombrado puso los ojos en blanco, pero accedió; se levantó del asiento, tomó la mano ajena y ambos caminaron hacia la salida. Al salir, la música sonaba ahora más baja y el ambiente era distinto: tranquilo, con autos pasando y gente besándose, tocándose sin pudor, sin importarles si alguien los observaba. La pareja terminó en el auto del castaño; adentro siguieron besándose, con roces en ciertas zonas del cuerpo que les arrancaban pequeños gemidos.
Armando tomó el cuerpo de Brian y lo colocó sobre su regazo; sintió cómo sus caderas comenzaban a moverse, restregando su trasero contra sus muslos.
—Qué impaciente estás, muñeco —comentó con tono arrogante; alzó la palma para darle una nalgada, escuchando el chillido que soltó el contrario.
Adoraba esos sonidos; le encantaba tener a aquel güerito encima, moviéndose como un desesperado sobre sus piernas.
Volvieron a besarse con hambre absoluta. Brian tomó la camisa del castaño para quitársela, dejándolo con el torso descubierto; deslizó los dedos por la piel expuesta. Dejó de besarlo para quitarse su propia camisa con torpeza, y arrojó la prenda sobre el asiento del copiloto antes de volver a besarlo. Mientras tanto, las manos grandes del otro chico comenzaron a tocar aquellos botones rosados; rozó los dedos sobre ellos, sintiéndolos ya endurecidos, y empezó a estimularlos y estirarlos ligeramente mientras escuchaba los quejidos de su dueño. Continuó así hasta dejarlos completamente enrojecidos, tan sensibles que un simple roce hacía lloriquear al otro chico.
Armando se alejó de sus labios para descender hacia aquellos botones y comenzar a succionarlos con fuerza; Brian intentó apartarlo, pero fue inútil, pues no lograba mover el cuerpo del mayor. Era fuerte, pero Armando lo era más. Se rindió entre quejidos y llevó el brazo a la boca para morderlo con los ojos cerrados, buscando algún alivio, aunque en realidad no había ninguno mientras aquel chico de melena castaña le mordisqueaba y lamía los pezones como si fueran un bocadillo. Brian abrió los ojos para mirarlo desde abajo; sus miradas se cruzaron. Por un lado, el de tez blanca tenía el rostro enrojecido por la sobreestimulación, el ceño fruncido y los ojos vidriosos, al borde del llanto; por el otro, el castaño mantenía igualmente el ceño fruncido, pero con una mirada profunda y penetrante, como la de un cazador. Sonrió de lado, con arrogancia, al notar que la expresión del otro estaba deshecha gracias a él.
Por fin soltó el botón ya maltratado y volvió el rostro a la misma altura que el otro para depositar un beso breve en sus labios, para después descender por su cuello dejando alguna que otra mordida en la piel.
Bajó las manos hacia la espalda baja, deslizándolas bajo la tela del pantalón y el bóxer para comenzar a masajear las nalgas ajenas; de vez en cuando daba un fuerte apretón o una nalgada corta, jugando con la poca paciencia que le quedaba al menor.
—Armando, hijo de perra, métemelos dedos de una puta vez —exclamó, harto, el güero, sintiendo que en cualquier momento se desmayaría, ya fuera por culpa de Armando o del alcohol.
Armando rio al escucharlo, pero le hizo caso; deslizó la yema del dedo sobre la entrada de Gutiérrez, introduciéndolo poco a poco mientras escuchaba cómo el otro abría la boca para tomar bocanadas de aire. Siguió hasta introducirlo por completo, sintiendo cómo aquellas paredes internas lo apretaban; sin perder tiempo, comenzó a moverse lentamente. Brian enterraba las uñas en los gruesos hombros del chico, intentando acallar sus gemidos, pero al sentir cómo aquel dedo aumentaba la velocidad, ocurrió lo contrario: soltó un grito al sentir cómo un segundo dedo se sumaba al primero.
—Ar-Armando, es mucho... no p-puedo más, I can't.
—Sí puedes, precioso. Dentro de poco pedirás más —depositó un beso en su barbilla y comenzó a dar suaves embestidas.
Brian sentía que se desvanecía al notar cómo aquellos dedos se movían con agilidad en su interior. Después de unos minutos, comenzó a acostumbrarse y empezó a mover las caderas hacia atrás, intentando hundir más profundo aquellos dígitos. Armando lo notó, así que, sin previo aviso, introdujo el tercer dedo de una sola estocada y comenzó a moverlos con rapidez, volviendo loco a Brian, quien se convirtió en un mar de gemidos; entre susurros ahogados, pedía más, y quién era el castaño para negarle algo a su lindo rubio. Aquella burbuja se rompió al escuchar un tono de llamada. Brian giró el rostro hacia el asiento del copiloto y vio en la pantalla el nombre de Campillo, que lo estaba llamando; hizo una mueca esperando que la pantalla volviera a apagarse, pero se encendió de nuevo con otra llamada.
—Contéstale a tu noviecito, precioso. "Campi" debe estar muy preocupado por ti —miró de reojo cómo aquel apodo aparecía en letras grandes sobre la pantalla.
—Cállate, no le digas así. Tú sigue con... —se calló al escuchar que el teléfono volvía a sonar.
—Tu "Campi" no va a parar hasta que su noviecito le conteste —tomó el teléfono de Brian y aceptó la llamada ante su mirada asustada. Desde la otra línea se escuchó la voz del otro hombre llamando al ojiazul, gritando su nombre, ya que aún seguía en la fiesta.
—¿Amor?, dónde estásss —dijo Diego, claramente ya borracho.
Brian se quedó callado, buscando alguna excusa para su novio; abrió la boca para responder, pero se le escapó un gemido al sentir cómo los dedos de Armando volvían a moverse.
—¿Qué? ¿Estás bien?
El güero llevó la mano a la boca intentando acallar los sonidos, y miró al tapatío con súplica para que se detuviera, pero este lo ignoró y continuó con lo suyo. Movía los dedos de manera intensa, jugando con el ojiazul, haciéndole creer que los sacaría para luego, al final, hundirlos de una sola vez.
—¿Brian? ¿Sigues ahí?
"Responde, muñeco, Diego está preocupado", le susurró el mayor cerca del oído; mordió el lóbulo de su oreja, arrancándole un grito que el otro ahogó de inmediato con la mano. Brian esperaba que Diego no hubiera alcanzado a escuchar eso, pero no fue así.
—Brian, ¿qué fue eso? No ignores mis preguntas, ¿qué haces?
—Na-da, solo me corté con algo.
—¿Dónde estás?
—En mi casa; me sentí muy agobiado por la fiesta, así que mejor me vine.
Hubo un silencio del otro lado de la línea. Brian quería desaparecer de ahí.
Armando estaba a punto de estallar en risa ahí mismo, pero se contuvo al recibir una mirada asesina por parte del pocho. Mientras esperaba alguna palabra del otro chico, comenzó a quitarse el cinturón junto con el pantalón, bajándolo hasta las rodillas y quedando en bóxer ante la atenta mirada de Gutiérrez, cuyo rostro se sonrojó al ver que su miembro ya estaba duro.
Armando se acercó a su oído y le susurró: "Está así por ti, güerito. Con solo ver tus ojos se me pone dura como piedra". El rostro de aquel güerito quedó como un tomate. Una tercera voz los sacó de su burbuja.
—Está bien, ¿quieres que va...?
—¡NO! —exclamó de inmediato, sin dejar que el otro terminara la frase—. Diego... no hace falta, mejor ve a dormir ya.
—Okey, me iré con Jordan, ya que Alexis lo dejó... se llevó su carro el wey. Te amo, hasta mañana.
—Sí, hasta mañana. Te amo —pulsó el botón de finalizar llamada y soltó un suspiro de alivio tras librarse de aquella incómoda conversación. Miró a González, quien lo observaba mientras soltaba una que otra risa breve.
—Why u laughing? No veo el chiste, cabrón —exclamó con notable molestia.
—Nada, solo me da risa lo cínico que eres... decirle a tu novio "te amo" mientras tu gordo culo succiona mis dedos —comenzó a sacar y meter sus dígitos de forma acelerada, sintiendo cómo Gutiérrez tensaba el cuerpo dejando salir varios gemidos—. Qué zorrita eres.
Brian abrió la boca para defenderse, pero las palabras no salieron; al contrario, comenzó a soltar varios gemidos, alzó la cabeza hacia el techo del vehículo y movía las caderas buscando más placer. Con ello, su liberación estaba más cerca: comenzó a sentir el hormigueo en la parte baja, y su falo empezó a expulsar preseminal, humedeciendo el bóxer.
Comenzó a pedir más hasta que llegó a la liberación; soltó un largo gemido sintiendo cómo varios hilos de semen salían de su miembro, mojando así su ropa interior y el pantalón. Respiraba con dificultad ante aquello, se sentía desecho tras lo sucedido; sus ojos se sentían pesados, al igual que el resto de su cuerpo. Se dejó caer sobre el pecho de Armando para poder calmarse, y cerró los ojos poco a poco, dispuesto a descansar un rato, pero el otro no le dio el gusto: de manera rápida, le bajó el pantalón hasta dejar a la vista sus nalgas y pene. El castaño tomó su propio miembro con la mano, llevándolo hasta el trasero del otro, y comenzó a dar pequeños golpes contra sus nalgas.
—Aún no terminamos, Guti —musitó en voz baja.
Alineó la punta sobre la entrada y de una sola vez la penetró; gracias a los dedos, aquel orificio estaba más que dilatado, lo que le facilitó el paso. Se mantuvo quieto esperando a que el güero se acostumbrara a su longitud.
—Ah... Armando, está muy grande —dijo con dificultad, recuperando el aliento.
—Ya te acostumbrarás —depositó un pequeño beso en su sien y posó las manos en los extremos de sus nalgas, comenzando a moverlas mientras escuchaba cómo las pieles chocaban. Al principio las embestidas eran lentas, pero poco a poco Armando aumentó el ritmo, sintiendo cómo su pene entraba y salía con rapidez del cuerpo de Brian. Este lo abrazaba por el cuello, enterrando las uñas en su espalda; sentir el ardor en la zona solo lo impulsó a moverse con más intensidad.
El ambiente en el interior de aquel auto se sentía caliente, con sus cuerpos hirviendo, mientras que lo único audible eran los gemidos del pocho, que subían de tono uno tras otro.
—Te gusta, ¿verdad? Te gusta cómo te meto la verga; seguro tu noviecito no te hace sentir así, ¿o me equivoco? —comentó con voz ronca, mirando a su amante, quien tenía los ojos cerrados, luchando por abrirlos, mientras entre sus carnosos labios escapaban largos gemidos. Con solo ver eso se notaba que a Brian le gustaba; no, le fascinaba sentir cómo lo abrían con tanta intensidad.
Brian movía las caderas buscando más, manteniéndose concentrado e ignorando la voz del castaño, hasta que abrió los ojos de golpe al sentir arder la mejilla derecha: el castaño le había dado una cachetada.
—Te pregunté algo, muñeco; responde —tomó con fuerza su mandíbula, arrancándole un quejido de dolor mientras lo miraba. Brian asentía con la cabeza, pero eso no era lo que Armando quería—. Habla, quiero escucharte.
—Sí, me gusta. ¡Me encanta!
—¿Él te lo hace así de rico? ¿Te mete la verga así?
—¡No!... aah, solo tú... solo tú me haces sentir así.
Armando gruñó al escuchar aquella respuesta; alzó la mano y la bajó con rapidez, dándole una nalgada.
—Eso quería escuchar, muñeco. Voy a coger tan rico tu lindo cuerpo que al final vas a extrañar mi verga en tu culo. Ese culo tuyo va a extrañar tanto mi pito, que cuando tu noviecito te coja no sentirás lo mismo —alzó las caderas del güero para comenzar a embestirlo con fuerza, haciendo que su pene entrara de manera rápida en el orificio ajeno.
Brian no podía más; soltaba demasiados gemidos disfrutando de aquello, su vista se nublaba por las lágrimas que empezaban a brotar mientras sentía cómo el enorme falo invadía su entrada; era como estar en el mismísimo cielo. Comenzó a lloriquear sobre el cuello de Armando y, de vez en cuando, clavaba los dientes en su piel.
—Qué rico... dame más, por-por favor, métemela toda, Armando.
—Qué putita suenas. Esta putita es mía, ¿verdad?
Brian asentía como un tonto, perdido ante tanta excitación.
—Soy tuyo... ahh... soy tu putita, Armandommh.
Los ojos de Armando se dilataron ante aquella confirmación; tomó la fina cintura de Brian con fuerza, alzó las caderas y enterró su falo hasta lo más profundo, escuchando el sonido de sus pieles y el de sus testículos chocando contra las redondas nalgas del güero. Dio las últimas embestidas sintiendo que llegaba al clímax.
—Brian, me vengo.
—Vente dentro mío... ponlos donde van, please —suplicaba con voz ahogada; también sentía que estaba por venirse, así que comenzó a dar pequeños saltos sobre la verga de González. Siguió así hasta que ya no pudo moverse, atrapado por los brazos del tapatío que aprisionaron su cintura; este dio las últimas embestidas hasta sentir aquel líquido espeso llenar cada rincón de su interior. El ojiazul se aferró al cuello del otro sintiendo cómo se tensaban sus músculos, y respiraba con rapidez intentando calmarse.
—Te extrañé tanto, güero, extrañaba cada parte tuya. Te amo —tomó con delicadeza su rostro repartiendo besos breves sobre su cara; a diferencia de hace unos instantes, Armando ahora le hablaba con tono tranquilo y lo tocaba con ternura.
—También yo, yiyi. Te amo —se dieron un beso corto y sereno.
—Duerme un poco, te llevaré a tu casa.
Brian obedeció, ya que sentía todo el cuerpo adolorido, sumado a que los ojos se le cerraban de cansancio; dejó caer la cabeza sobre el hombro desnudo del mayor y cerró los ojos.
"Bubu, si yo te trato, cabrón".
