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Estadística de un choque

Summary:

—Joder, Oyar. Relájate. Me parece que eres el único que se toma los trabajos grupales tan en serio. Estás en una onda un poco negativa —bromeó Unai mientras miraba a Mikel.

Lo último que le faltaba a Mikel Oyarzabal en ese momento era escuchar otra broma más de su compañero, además de un estúpido apodo. Lo único que quería era terminar el dichoso trabajo para poder alejarse de Unai Simón cuanto antes.

—¿Te quieres callar ya, joder? Parece que lo único que sabes es bromear, no sé ni cómo has entrado a la carrera.

O donde Mikel Oyarzabal es un pijo que busca acabar la carrera con la mayor salud mental posible pero el destino le obliga a hacer un trabajo final con Unai Simón, un cani al que parece gustarle sacar a Oyarzabal de sus casillas.

Notes:

¡Hola, hola! Este es mi primer fanfic publicado, así que espero que me tengáis algo de paciencia. Mis conocimientos sobre el fútbol no son escasos, pero tampoco soy una profesional. Este fanfic no busca incomodar a nadie y ha sido escrito con el mayor respeto posible hacia las personas mencionadas en él.
Por último: aclarar que soy una andaluza escribiendo sobre dos vascos, pero le voy con todo. ¡Espero que lo disfrutéis! ❤️

Chapter 1: Un comienzo difícil

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

La vida de universitario no era nada fácil. Entre trabajos y exámenes finales, ver la luz solar parecía algo imposible, digno de soñar. Mikel Oyarzabal era uno más. Hace 4 años su vida dio un giro de 180 grados cuando, por una beca, tuvo que marcharse de la pacífica Eibar -dejando atrás al pueblo de su infancia junto con sus familiares y amigos- para mudarse a 410 kilómetros al sur, a ser exactos, a la caótica capital: Madrid. Para Mikel, este cambio sólo pudo hacerse, y sin acabar con su salud mental, gracias a la continua presencia de sus dos amigos: Martín Zubimendi y Mikel Merino.

Este trío había pasado prácticamente toda la adolescencia juntos, desde poder jugar en la selección txuri-urdin y hacer gamberradas a altas horas de la noche después de una borrachera hasta la actualidad, donde ya no jugaban al fútbol juntos pero siempre intentaban sacar tiempo para ir a ver a la Real.

Solo faltaban unos meses para empezar la universidad cuando descubrieron que habían acabado en la misma ciudad aunque fueran de distintas carreras, lo cual fue una grata sorpresa para ellos. Sin embargo, los tres tenían el mismo problema: necesitaban un piso y en la capital eso era una odisea.

Tras unas semanas buscando, ni Oyarzabal ni Zubimendi habían encontrado nada. Todos los propietarios decían lo mismo; o ya estaba alquilado o los precios eran demasiado altos para los universitarios. A pesar de eso, no perdieron la esperanza, siempre podía existir una oferta de último momento o algo así. Eso pensaban hasta que una tarde el grupo de WhatsApp estalló con un mensaje de Merino que decía: ‘‘Tenemos piso, es buena zona y serían 900 euros por cabeza’’. Mikel se cuestionaba seriamente de dónde había sacado Merino el piso a estas alturas, pero como la curiosidad mató al gato, decidió no preguntar.

Así dio comienzo el primer año de universidad de Mikel, quien consiguió un trabajo medianamente estable en hostelería, trabajo que le permitía cubrir su parte del alquiler y sus gastos personales sin problemas o retrasos. Durante los trimestres más exigentes, solo veía a sus amigos los fines de semana, cuando ambos volvían quejándose de cualquier cosa. Debido a que tenían horarios completamente distintos, era difícil que se vieran en el campus, más cuando uno estudiaba Administración de Empresas y los otros dos Relaciones Internacionales. No obstante, su amistad no se vio debilitada. El trío txuri-urdin seguía más vivo que nunca.

Con el tiempo, Mikel pudo crear una rutina que lo hacía no caer en la locura y, a la vez, dejaba milagrosamente intacta su vida social. Fue gracias a su desempeño y esfuerzo que llegó con notas impecables al último año de carrera, ganándose el reconocimiento de sus profesores.

Lo que Mikel no esperaba era que en los últimos trimestres iba a ser un trabajo final el que definiese su nota, y tampoco esperaba que este fuera a ser grupal. El vasco rezaba por no haber escuchado bien. ¿Por qué sería un trabajo grupal el que definiese su nota? Para Mikel, los trabajos finales eran o una maravilla o una puta mierda, sin punto medio. Al ser alguien naturalmente seco y reservado no muchos se le acercaban por lo que su grupo de trabajo siempre cambiaba, aunque tampoco es algo que le molestase. Oyarzabal se encontraba tan sumido en sus pensamientos que al escuchar su voz en la boca del profesor se pegó un buen susto.

—Y por último, Mikel Oyarzabal con Unai Simón. Esas son las parejas para el trabajo final —completó el profesor, quitándose las gafas una vez terminó de leer la lista de parejas en su ordenador.

Mikel no había escuchado ese nombre en los cuatro años que llevaba en la carrera, así que decidió girar la cabeza en busca de su supuesto compañero. Sus ojos navegaron por toda la sala hasta que se pararon en el chico que se sentaba en la última fila.

La intención de pasar desapercibido y la confianza inicial de Mikel cayeron en picado. El universo le tenía que estar jugando una broma. Una muy pesada. Su compañero de clase llevaba puesto un chándal negro deportivo acompañado de unas deportivas que parecían haber sobrevivido a tres guerras. El extraño tenía una barba bien cuidada y unas facciones serias que, inmediatamente, llamaron la atención de Mikel. Tenía el pelo corto, pero iba tan despeinado que daba la impresión de llevar durmiendo desde que empezó la clase. Lo que no esperaba era que este sujeto, al notar la mirada de Oyarzabal clavada en él, levantase la vista de sus apuntes para mirarlo. El chico le saludó con la mano con total parsimonia a la vez que le dedicaba una ligera sonrisa burlona.

"Es imposible que sea él, ¿no?" pensó el delantero mientras apartaba la mirada rápidamente. 

Durante el resto de la clase Mikel no volvió a girarse en aquella dirección, quizás por miedo o quizás porque pensaba que aquel extraño le iba a contagiar su penoso estilo de la moda. Una vez el profesor dio por terminada la clase, el ojiverde empezó a recoger sus cosas para la próxima clase hasta que notó la figura de alguien detrás suyo.

—¿Así que tú eres Mikel? —preguntó aquella voz. Por inercia, Mikel decidió girarse para ver a esa persona y hablar cara a cara; lo que no se esperaba era encontrarse con el mismo chico de antes.

De cerca, el castaño imponía mucho; le sacaba aproximadamente 10 centímetros al vasco, quien se espantó al verlo tan cerca. Estando uno frente al otro, las diferencias entre ambos eran más notorias que nunca. Mientras que Oyarzabal vestía un polo de color celeste y unos pantalones de lino, el más alto era su más humilde contraparte. Pudo percatarse de las pintas del chaval, de cómo tenía las zapatillas mal abrochadas y de sus manos, las cuales tenía metidas en los bolsillos del pantalón. El delantero no pudo esconder la mueca de disgusto que se formó en su cara, se notaba que no solía tratar con personas como él.

—Mikel Oyarzabal para ti —respondió, dejando salir su clásica actitud cortante.

—Joder, yo te imaginaba más amigable, ¿eh? —bromeó el más alto.

Para Oyarzabal, esa broma había sido penosa; que fueran a trabajar juntos no significaba que se convirtieran en mejores amigos. El delantero buscaba la mayor eficiencia con el mínimo contacto posible y eso lo quería dejar más que claro desde la primera interacción.

—El miércoles a las 7 p.m. te espero en la biblioteca para organizar la parte que le corresponde a cada uno; ni se te ocurra llegar tarde o siquiera faltar —amenazó Mikel mientras cargaba su mochila.

—Allí estaré —contestó el más alto, completamente ajeno a la amenaza que le había sido lanzada.

En la puerta, Mikel pudo ver cómo un chaval, posiblemente de primer o segundo año, se asomaba a la puerta en busca de alguien. No fue hasta que Unai lo saludó que el chico paró de buscar.

—Illo, Unai. Dice Nico que vayas al banco de siempre, que te están esperando —gritó el desconocido desde la puerta, ganándose las miradas molestas de algunos estudiantes y del propio Oyarzabal. Unai solo le hizo una señal con la cabeza.

—Dile a tu amiguito que, por si no lo ha notado, está en un espacio público donde las personas estudian como para que se ponga a gritar cosas a los cuatro vientos —el ojiverde frunció el ceño, haciendo hincapié en la palabra ‘‘amiguito’’ a la vez que dejaba salir un leve suspiro.

—Si el chaval es así, ¿Qué le voy a decir yo? No le hace ningún mal a nadie, las clases han terminado —contestó con simpleza el guardameta, mirando detenidamente al más bajo.

El delantero decidió que pelear con un cani a las nueve de la mañana no solo era un caso perdido, sino también una forma indirecta de perder neuronas. Así que se colgó la mochila y rodeó al más alto para poder salir del aula. Al salir, pudo notar cómo el chico que había entrado antes se encontraba apoyado cerca de la puerta, dirigiéndole una indisimulada mirada de asco.

"Me alegra que el sentimiento sea mutuo" pensó Mikel, continuando su camino hacia su próxima clase.


Mientras tanto, en los campos de la universidad, un grupo de estudiantes se encontraban sentados en un banco, esperando a alguien. Dos se encontraban sentados en el banco mientras que uno daba vueltas cerca de este.

—Hermano, tengo un hambre que flipas.

—Pues haberte traído desayuno, que yo solo llevo suelto para las máquinas de la esquina.

Este grupo que esperaba estaba formado por Lamine Yamal, un chico extrovertido de la carrera de informática que en su tiempo libre hacía directos de Instagram y parecía vivir en el gimnasio de la ciudad. En el banco se encontraba Nico Williams, el menor de dos hermanos y primo mayor de Lamine, que estudia marketing y siempre ayuda a su primo a hacer bromas a otros o hacer cualquier tontería. Por último, y al lado de Nico, estaba Pau Cubarsí, un catalán que nadie sabe cómo ha acabado en Madrid o en el mismo grupo que ellos dos. Toda su facultad le dice que es demasiado tranquilo para los terremotos con los que se relaciona. También es bien sabido por todo el campus que Lamine suele ser su conejillo de indias siempre que necesita a alguien para sus prácticas de fisioterapia.

—Yo me he traído fruta, si quieres te doy, Lamine —dijo Pau, ofreciéndole su táper relleno de fruta al mencionado.

—De locos, gracias Pau.

—¡Tíos! — gritó una voz, haciendo que los tres levantaran la vista hacia donde provenía la voz. No se sorprendieron mucho al ver al sevillano correr en su dirección.

Pablo Martín era un estudiante de ciencias del deporte que, además, era un amigo del gimnasio de Lamine. Por lo que dicen, se conocieron en la zona de peso libre mientras hacían press banca y, desde entonces, se ha integrado bastante bien al grupo. En la universidad y donde quiera que vaya, todo el mundo se refiere a él como Gavi.

—No os vais a creer lo que me ha pasado en la clase de Unai —empezó diciendo una vez estuvo cerca del grupo—. Voy, le digo a Unai que venga para el banco -como siempre, vaya- y un pijo de mierda va y le reclama algo.

—Si estabas gritando, la verdad es que lo puedo entender — murmuró Pau, recibiendo miradas por parte de todos menos de Lamine, que se estaba llevando un trozo de fruta a la boca.

—Yo no aguanto a los estirados estos, que se creen que por graduarse en la capital son discípulos del rey —continuó, subiendo cada vez más su tono de voz mientras hacía movimientos con sus brazos.

Mientras Gavi continuaba desahogando toda su frustración sobre aquel individuo, Unai Simón se acercaba a aquel grupo manteniendo un semblante serio que aterrorizaba a los más pequeños. Desde lejos pudo apreciar a su grupo: Gavi gritando, Lamine y Nico burlándose de él y Pau riendo. ¿Era un grupo raro? Sí. ¿Le importaba? En lo absoluto.

—Aupa, ¿qué hacéis, grupito? —preguntó el guardameta mientras se sacaba las manos de los bolsillos para saludarlos.

—Nada, aquí Gavi se estaba quejando de un chaval de tu clase —contestó el menor de los Williams, devolviéndole el saludo al más alto.

—Tú es que no lo has visto, más repelente imposible, tío — le gritó Gavi, quién se giró para hablar ahora con el más alto—. Yo no sé qué hacías hablando con ese, Unai.

La verdad es que ni el mismo Unai lo sabía. Desde que empezó el año le había llamado la atención Oyarzabal. Quizás era por su actitud relajada, indiferente al resto del mundo; quizás era por su sonrisa, la que dedicaba cuando algo le salía bien o recibía un elogio, una sonrisa que Unai deseaba ver más de cerca; o quizás era su estilo, el cual reflejaba su mente a la perfección. En cualquier caso, era claro que Mikel Oyarzabal no quería verlo ni en pintura, así que agradeció a todos los astros cuando oyó las listas del trabajo. Para algo tenía que servir aquel profesor.

—Me ha tocado como compañero en el trabajo final, me ha dicho que el miércoles me espera en la biblioteca, así que no podré ir al gimnasio —contestó Unai, dirigiendo su mirada al resto mientras se rascaba la nuca.

—Joder —masculló el moreno, alargando la o.

—Pos’ nos tocará ir sin ti, que al gym no se falta —aclaró Gavi, sentándose cerca de Pau para robarle algún trozo de fruta. El dueño de aquel táper sólo se limitó a decir—: Que me vais a dejar sin fruta, muertos de hambre.

—Oye, ¿os habéis enterado del rumor? Que uno de dietética y turismo están saliendo en secreto —comentó Lamine, mientras sacaba el móvil en busca de pruebas.

—Coña —soltó Gavi, acercándose al móvil.


—Coña —dijo Merino mientras escuchaba a un Oyarzabal molesto.

A unos kilómetros del campus, se encontraba un piso de estudiantes que olía a suavizante de marca y ambientador barato. Nada más soltar las llaves, Oyarzabal tiró su mochila en el sofá con una violencia inusitada.

—Tú es que no lo tienes que aguantar, joder. Le va a faltar el respeto a la profesión seguro. Algunos empresarios están retorciéndose en la tumba ahora mismo —masculló Mikel mientras pasaba la mano por su pelo.

—Seguro que no es tan malo —comentó el navarro, mientras buscaba una buena excusa para el pobre compañero de Mikel.

Zubimendi, que se encontraba cortando verduras para su cena, decidió salir de la cocina al escuchar el alboroto que se había formado en el salón.

—Pero bueno, Mikel. ¿Qué pasa? —preguntó Zubi mientras se asomaba por el marco de la puerta.

—Qué no ha pasado es la mejor pregunta —contestó Merino, disfrutando del espectáculo a su alrededor.

—¿Pero que te han cambiado la fecha de la exposición otra vez, o qué? —volvió a preguntar mientras dejaba dos vasos de agua encima de la mesa.

—Peor, Martín. Mucho peor. Hoy me han asignado un trabajo final en economía. Un cuarenta por ciento de la nota final. ¿Y sabes con quién me ha tocado? Con un troglodita que no he visto en toda la carrera.

—Capaz es un troglodita inteligente, ¿tú qué sabes? —vromeó Merino, ganándose una mirada de desprecio por parte de Oyarzabal y una sonrisa burlona de Zubi.

—Mirad, el miércoles lo he citado en la biblioteca —comentó Mikel mientras cogía un vaso—. Como venga con unas pintas de vagabundo y con el amigo que parece un chihuahua rabioso, yo te juro por Dios que me mato ahí.

Mikel dio entonces un trago a su vaso de agua mientras recibía unas sonrisas burlonas por parte de sus amigos. Oficialmente, para Mikel, los trabajos grupales eran la peor opción. Una mierda.

Notes:

Con esto y un bizcocho ya tengo el primer capítulo, que conste que la idea del fanfic surgió por fomo y por falta de actualizaciones en otros fanfics. Recordar que cualquier comentario de crítica constructiva es aceptada. Si veis algún error ortográfico hacérmelo saber porfa. Nos vemos en el próximo <3