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El vestuario del Parque de Príncipes olía a una mezcla intensa de colonia cara, crema de masaje y el sudor fresco de un entrenamiento exigente. Sonaba música a todo volumen, un ritmo de afrobeat que Doue había puesto en los altavoces portátiles y que varios en la plantilla acompañaban dando palmas o bailando entre taquilla y taquilla.
Ferran estaba sentado en su sitio, con las piernas estiradas y los tacos de las botas aún llenos de césped húmedo. Tenía la toalla al cuello y una botella de agua a medio terminar entre las manos. Sonreía cuando alguien le hacía una broma y respondía en su francés todavía masticado pero suficiente para hacerse entender. Se llevaba bien con todos. Realmente bien. Doue era un tipo facilísimo de querer, Ousmane siempre andaba suelto haciendo tonterías para sacar una carcajada a cualquiera, y los más jóvenes lo buscaban bastante para entrenar remates después de las sesiones principales.
El problema no era la integración. El problema era la sensación de falta que sentía cada vez que cruzaba la línea del campo.
Esa misma mañana, en un rondo de calentamiento, Ferran había amagado con ir hacia dentro para luego pedir la pelota a la espalda del lateral. Era su movimiento de siempre, el desmarque instintivo que tiene grabado a fuego. Pero el pase no llegó. Llegó un segundo tarde, a los pies, obligándole a frenar la carrera, controlar de espaldas y rehacer la jugada. El compañero le pidió perdón levantando un pulgar con buena onda, y Ferran sonrió devolviéndole el gesto. Todo bien. Cosas del fútbol.
Pero por dentro, la cabeza se le iba sola.
Si ese pase lo hubiera dado Pedri, la pelota ya estaría botando suave tres metros por delante de su carrera, puesta con la escuadra y el cartabón, lista para golpear de primera. Con Pedri no había que gritar, ni marcar el desmarque con el brazo, ni esperar a que levantara la cabeza. Pedri sabía dónde iba a estar Ferran antes de que el propio Ferran terminara de pisar fuerte con la zurda para arrancar a correr.
Ferran suspiró, inclinándose hacia adelante para soltarse los cordones de las botas. Se pasó la mano por la nuca, notando la piel caliente y pegajosa. Echaba de menos ese entendimiento ciego, sí, pero mentiría si dijera que solo era una cuestión táctica. Echaba de menos el descaro. La forma en que Pedri le agarraba de la camiseta para frenarlo cuando se enfadaba con un árbitro en los partidos, el peso de su brazo tirado sobre su cuello durante los paseos tácticos, la manera en que se buscaban para formar pareja en cualquier ejercicio tonto de calentamiento chocando los hombros o dándose un empujón flojo solo para picarse.
En París había respeto, buen rollo y compañerismo profesional. Pero faltaba la chispa. Faltaba la sensación de estar jugando en el patio del colegio con tu persona favorita.
Ferran sacó el teléfono del neceser. Tenía varios mensajes de grupos, algunas menciones en Instagram y un chat fijado arriba del todo que llevaba tres días sin un solo mensaje nuevo.
Ferran: ¿Qué tal el entreno hoy?
(Enviado el martes a las 18:30)
Pedri: Bien, un poco pesado. Mucha táctica. ¿Tú qué tal por ahí?
(Enviado el martes a las 19:12)
Ahí se había quedado la conversación. Respuestas cortas, frías sin querer serlo, aplazadas por la diferencia de horarios, los viajes y la pereza que da mantener viva una rutina a base de pantallas. Ferran apretó los labios, guardó el móvil en el bolsillo de la sudadera y se levantó para ir a las duchas, sintiendo el cuerpo extrañamente pesado.
A mil kilómetros de allí, en la Ciudad Deportiva, el sol apretaba de lleno sobre el campo.
Pedri estaba tumbado boca arriba sobre el césped, con las manos cruzadas detrás de la cabeza y los ojos entrecerrados mirando al cielo despejado de Barcelona. A su lado, el balón descansaba inmóvil. El entrenamiento había terminado hacía diez minutos, pero él no tenía ninguna prisa por retirarse al vestuario.
—Pedri, dale, que nos cierran el gimnasio —le gritó Gavi pasando a su lado, dándole un golpecito con la punta de la bota en el muslo.
—Voy, voy. Un minuto —murmuró Pedri sin moverse.
Gavi echó a correr hacia el túnel de vestuarios junto a un par de los fichajes jóvenes de esa temporada. Se reían, comentando alguna jugada del partidillo. Pedri los miró de reojo. Se llevaba bien con los chavales nuevos, eran majos, con ganas de aprender y con mucha calidad en los pies. La relación en el vestuario del Barça seguía siendo sana y cercana, como siempre.
Pero Pedri se aburría. Se aburría mortalmente.
Antes, la media hora posterior al entrenamiento era el mejor momento del día. Era la hora de los retos absurdos con Ferran. Meter el balón desde detrás de la portería, tirar faltas con la pierna mala, o simplemente quedarse sentados en césped contándose cualquier parida mientras se tiraban agua helada a la cara. Ferran siempre tenía una energía que se contagiaba, un punto de competitividad absurda que obligaba a Pedri a salir de su mundo y meterse en el juego. Ferran lo pinchaba, lo empujaba, lo agarraba por la nuca para susurrarle alguna tontería al oído y le sacaba esa sonrisa abierta que ahora a Pedri le costaba horrores encontrar durante la semana.
Ahora, cuando terminaba el entreno, el campo se quedaba vacío demasiado rápido. Nadie se quedaba a picarse con él. Nadie le daba un rodillazo flojo en el culo mientras caminaban hacia la ducha solo para sacarlo de quicio.
Pedri se incorporó despacio, sacudiéndose los restos de hierba del pantalón corto. Se quedó mirando fijamente el punto donde solía ponerse Ferran a estirar. La ausencia no dolía como una herida abierta, era más bien un hueco sordo, un peso ligero pero constante en el pecho que no se quitaba ni ganando los partidos.
Le echaba de menos. Mucho más de lo que resultaba cómodo admitir, incluso para sí mismo. Y lo peor era que la distancia parecía haber levantado un muro invisible entre los dos, ya no sabían muy bien de qué hablar por WhatsApp sin sonar repetitivos, y las llamadas se volvían raras a los cinco minutos porque ninguno se atrevía a decir lo que de verdad sentía… me haces falta aquí.
Pedri recogió el balón con el pie, dando un toque suave hacia arriba, y caminó despacio hacia el túnel.
Lo único que le mantenía un poco en vilo esa semana era la lista que el seleccionador iba a dar al día siguiente. La convocatoria para los partidos internacionales estaba a la vuelta de la esquina. Las Rozas. La selección. La excusa perfecta para dejar de enviar mensajes fríos y volver a tener a Ferran a una distancia donde pudiera tocarlo.
