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La jornada institucional que reunía cada año a representantes de los distintos sectores de la sanidad era uno de los eventos que más estresaban a Patricia. No era un acto especialmente elegante ni pomposo —ya había recibido críticas por el gasto de organizar una cena cuando esos recursos podrían destinarse a los hospitales—, pero su importancia dentro de la agenda institucional hacía que su presencia fuera prácticamente obligatoria.
Las mesas no tenían asientos asignados. Al final, la idea era que las relaciones entre los representantes de los distintos hospitales se fortalecieran en beneficio de la comunidad.
Patricia sabía que entre tantas personas habría algunos rostros conocidos: directores de hospitales con los que se reunía con frecuencia, exfuncionarios del Estado que ahora ocupaban cargos administrativos y algún que otro sindicalista que la había cuestionado en alguna conferencia de prensa.
Entró al salón principal, con Emilio siguiéndola a unos pasos de distancia. En el trayecto hasta allí, Emilio había hecho una lista de las personas con las que era indispensable que ella intercambiara unas palabras, aunque solo fuera durante unos segundos. Era importante que se sintieran vistos, según él.
—Mejor si puedes saludar a todos. O, al menos, a los que pueden mirarte sin tener ganas de matarte —completó su idea con tanta naturalidad que parecía que Patricia no supiera que más de la mitad de los invitados la odiaba.
Aun así, Patricia llevaba puesta su mejor cara institucional. Esa noche no iba a hablar de propuestas ni de modificaciones del presupuesto. Todo quedaría en lo abstracto. Lo importante era conseguir que el evento terminara sin ningún incidente, como ya había sucedido otros años.
Tal vez era el vestido blanco o el sonido de los tacones rojos, que combinaban con sus labios, lo que había llamado la atención, pero su entrada al salón no pasó desapercibida. Durante unos segundos, el ambiente quedó en silencio. Para alivio de Patricia, este se rompió cuando el director de Santa Ana caminó hacia ella, levantando ligeramente los brazos mientras pronunciaba su nombre. Patricia sintió alivio al escuchar cómo el salón volvía a llenarse de conversaciones cuyo contenido ya no alcanzaba a distinguir.
Una hora más tarde, Patricia ya había conversado con buena parte de las personas que se habían acercado a saludarla. La primera hora siempre era la más tranquila y ya se estaba preparando para lo que Emilio denominaba «territorio hostil». Cogió una copa de vino blanco de uno de los camareros que pasaban y se dirigió a una de las mesas que ya se encontraban con todos los asientos ocupados. Era perfecto: se acercaba, intercambiaba unas palabras rápidas y generales con un par de personas y todos en la mesa sentían que la atención también era para ellos. Cuando levantó la mirada para decirles que había sido un placer hablar con ellos y que tenía que seguir saludando a los demás invitados, lo vio.
No sabía exactamente en qué momento había llegado al salón ni cuánto tiempo llevaba allí, pero él ya parecía completamente cómodo en el ambiente. Sosteniendo la mirada, Néstor levantó ligeramente la copa de vino que llevaba en la mano, le dedicó una media sonrisa y se giró para centrarse en la mesa de canapés que tenía detrás.
Patricia se quedó sin reacción. Ella sabía que él iba a venir.
Claro que lo sabía.
Lo habían hablado el día anterior. Pero entre la agenda ocupada y los preparativos de la jornada, había dejado en segundo plano la idea de verlo.
Patricia recordó dónde se encontraba y se recompuso inmediatamente. Miró a Emilio, quien le indicó con un gesto una segunda mesa ya ocupada. Esta vez no fue tan fácil fingir que prestaba atención a lo que decían los invitados porque su atención se escapaba constantemente hacia Néstor, que ahora conversaba con una mujer a quien reconoció como una colega del Sorolla.
La habilidad que había adquirido muy temprano en su carrera política —prestar atención sin captar realmente lo que le estaban diciendo— la salvó durante el intercambio con aquella segunda mesa. Y con la tercera.
Se acercó a la mesa de canapés donde había estado parado Néstor y miró detenidamente cada aperitivo. Nada de lo que había le parecía apetitoso. Cogió un crostini de caprese y lo olió. El olor del aceite le resultó demasiado intenso y, con una mueca de disgusto, lo devolvió al mismo sitio de donde lo había cogido. Miró a los lados para comprobar si alguien se había dado cuenta de lo que había hecho, pero, para su suerte, cada invitado estaba sumergido en su propia conversación.
Como si tuviera un radar, ubicó a Néstor. Seguía con la mujer que había visto antes, pero ahora se les había unido Lluís, el director del Sorolla.
Sin pensarlo, se dirigió hacia ellos.
—Lluís. Néstor. —saludó a ambos con un movimiento de cabeza.
—Patricia —respondió Lluís.
La mirada de Leo iba de Patricia a Lluís y de Patricia a Néstor.
—Lindo evento —dijo Néstor, que no había dejado de mirarla desde que ella se había acercado.
—Se hace lo que se puede —respondió con una sonrisa—. Me alegra que hayan venido.
—Como nadie nos presenta, lo hago yo. Leonor Santapau, también del Sorolla. —interrumpió Leo logrando la atención de Patricia.
—Sí, me parecía haberte visto en el hospital. Un gusto —Patricia le extendió su mano y Leo le correspondió al saludo.
—Usualmente no vendría, pero el director me convenció con sutiles amenazas —dijo, en tono de broma, mirando a Lluís.
—Vamos, que no es tan terrible. Además, siempre hay buena comida y buena bebida —respondió Lluís.
—La idea principal de todo esto es socializar y reafirmar los lazos. Disfrutar un poco. Nada más —Patricia terminó con una sonrisa y fijó su mirada en Néstor.
—Bueno, los canapés sí estaban sabrosos —dijo Leo.
—Y el vino también —agregó Lluís.
—Me alegro —dijo Patricia, mirando a Lluís—. Creo que vais a disfrutar del resto de la noche. Me aseguré de que no falte bebida y de que esas mesas no estén vacías. Y tú, Néstor... —se dirigió a él—, ¿has probado algo? ¿Tienes algún comentario?
—Sí, tengo comentarios, pero por cómo va la noche, me parece que no van a ser bienvenidos hoy.
—Entonces, mejor no digas nada —le respondió Patricia.
Néstor luchó contra la sonrisa que se formaba en su rostro.
—Bueno, os dejo, que aún me faltan personas por saludar —levantó la copa que tenía en la mano y se retiró.
Patricia pasó cincuenta minutos más saludando a pequeños grupos de invitados. Cada tanto, la mirada de Néstor se cruzaba con la de ella, marcando su presencia incluso a la distancia.
La mesa de canapés se encontraba sin gente alrededor, así que se acercó para ver si le apetecía alguna cosa. No había probado ninguno de los bocaditos de los que llevaba toda la noche hablando maravillas.
Se paró delante de la mesa y analizó con calma cada uno de ellos. Se veían bien, así que decidió coger uno que tenía una base de masa, salsa de guacamole y una tira de salmón enrollada en forma de flor.
Se lo llevó a la boca y, a los pocos segundos, tuvo que coger una servilleta para escupir lo que quedaba del aperitivo. Le pareció absolutamente desagradable.
—Parece que no están tan buenos como decías —dijo Néstor, que había llegado a pararse a su lado sin que ella se diera cuenta.
—¿Los has probado? —preguntó ella, con un poco de indignación.
—Sí. Me parece que están bien —dijo él, tratando de ocultar una sonrisa mientras veía cómo Patricia terminaba de envolver la servilleta en otra servilleta para dejarla detrás de uno de los decorados de la mesa.
—Ya. Tienen buena pinta. Pero... —giró para verlo.
—Pero acabas de devolver uno de la boca —la interrumpió.
—Es que no me apetece nada —dijo con un poco de lástima. Realmente quería comer algo.
—Hay como veinte cosas diferentes —respondió mientras miraba la mesa.
—Y ninguna me apetece.
—¿No has comido nada en toda la noche? —preguntó con un tono más suave porque ya sabía la respuesta.
—¿Cinco copas de vino cuentan? —dijo sonriendo.
—Patricia.
—Néstor.
—¿Desde qué hora no comes nada? —dio medio paso hacia ella. Sabía que, con tanta gente alrededor, no podía permitirse más.
—Desde el almuerzo. Al mediodía.
Néstor inclinó la cabeza hacia un lado.
—Ya sé, ya sé. No me mires así —dijo ella antes de que Néstor pudiera decir algo—. Pero tenía toda la intención de comer, solo que... —se encogió de hombros al terminar de hablar.
—Ya. —Néstor la miró durante unos segundos—. Pero ¿te sientes bien?
—Sí, sí. Es más, estoy sorprendida de sentirme tan bien con seis copas de vino en el estómago vacío —le sonrió—. Le diré a Emilio si puede hacer que alguien me prepare algo. No sé.
—¿Qué te apetece?
Patricia permaneció en silencio unos segundos mientras lo miraba fijamente y se mordía el labio.
—¿Estamos hablando de comida? —entrecerró los ojos, intentando no sonreír.
—Sí, de comida.
—Mmm... —bajó la voz hasta convertirla casi en un susurro—. Creo que una hamburguesa con queso y bacon.
Néstor no pudo evitar sonreír.
—¿Una hamburguesa? —preguntó él.
—Sí —dijo muy seria, antes de poner los ojos en blanco. Ella tampoco pudo evitar sonreír ante la idea del antojo—. Ya sé, ya sé, pero es que…
—Patricia, —interrumpió Emilio acercándose a los dos— tenemos que seguir antes de que sea más tarde y se vaya más gente.
—Vale —respondió en dirección a Emilio. Luego se giró hacia Néstor—. ¿Todavía te quedas un rato?
—Sí, un rato más.
—Bueno, me avisas —le dijo con una sonrisa pequeña en el rostro.
Néstor le sonrió de vuelta y mantuvo esa sonrisa mientras que la veía perderse entre la gente.
Patricia estaba agotada. Entre tener que fingir simpatía durante horas, el estómago vacío y el trajín de todo el día, ya no podía más. Lo único que tenía en mente era terminar cuanto antes e irse a casa a descansar.
Llevaba media hora buscando a Néstor con la mirada mientras atendía a los presentes, pero no lo encontraba. Al inicio creyó que tal vez había ido al baño, pero pasaba el tiempo y no había rastro de él. Tampoco se animó a preguntarle a Lluís, que todavía seguía por ahí, si sabía dónde estaba. Y eso la inquietó.
Si se hubiera ido por alguna emergencia, le habría avisado. Pero no tenía ningún mensaje en el móvil, al menos no de él. Y si simplemente se hubiera ido porque quería, también se lo habría dicho.
Con esa inquietud en el pecho, se dirigió hacia la salida. Pensó en tomar un poco de aire o caminar por el vestíbulo del hotel unos cinco minutos para despejarse, pero entonces lo vio.
Estaba parado junto a la puerta del salón, con una bolsa de papel marrón en la mano. Él también la encontró con la mirada y, sin poder evitarlo, ambos sonrieron al mismo tiempo.
Casi sin poder controlar su cuerpo, caminó hacia él. Aún mantenía la postura presidencial, pero su rostro estaba más suave. Tal vez era el cansancio o tal vez era la presencia de Néstor, que la miraba con una complicidad silenciosa.
—Creí que te habías ido —dijo Patricia, tratando de contener la sonrisa.
—Dije que cuando me fuera te iba a avisar.
—Ya.
—¿Comiste algo o aún sigues con el estómago vacío? —preguntó, dando medio paso hacia ella.
—No, no tuve tiempo, pero... —se encogió de hombros y miró alrededor—. Dentro de poco me voy, así que ya no importa.
—Te compré algo —dijo, moviendo la bolsa que sostenía en la mano lo suficiente para que Patricia la viera, pero no tanto como para llamar mucho la atención.
Patricia miró la bolsa de papel, luego lo miró a él y abrió ligeramente los ojos.
—No me digas que...
—Ajá —la interrumpió—. ¿Conoces algún sitio al que podamos ir sin que nos vean?
Patricia tenía una mezcla de incredulidad y fascinación en el rostro. Se volvió para mirar hacia el salón y tratar de ubicar a Emilio. Estaba entretenido conversando con el jefe de comunicaciones de un congresista de su partido.
—Vamos —le dijo, dándole una pequeña palmada en el hombro. Mientras pasaba a su lado, dejó caer la mano por el brazo de Néstor hasta que sus manos se rozaron durante dos segundos.
Patricia lideró el camino. Como aquel era un hotel habitual para los eventos institucionales que se organizaban, estaba muy familiarizada con los salones, los pasillos y las áreas comunes. Caminaron unos cuatro minutos en silencio. En el trayecto, Patricia fue reconocida por algunos trabajadores del hotel, a quienes sonrió educadamente sin detenerse. Néstor solo la miraba, tratando de adivinar hacia qué parte del hotel lo estaba llevando.
Patricia llegó hasta una puerta de cristal oscuro y la abrió con una naturalidad característica de ella, como si estuviera en su propia casa.
Al entrar, ambos sintieron el cambio de ambiente. El aire fresco de la noche descendía desde el espacio abierto sobre sus cabezas, alejándolos por un momento del calor y el bullicio que habían dejado atrás. Había plantas y pequeños árboles distribuidos entre los caminos de piedra, dos bancos de madera y algunos rincones resguardados por la vegetación. El murmullo constante del hotel seguía presente, aunque allí llegaba amortiguado, mezclado con el sonido lejano de pasos y puertas que se abrían y cerraban.
Patricia se dio media vuelta para mirar a Néstor. Él observó el lugar a su alrededor, intentando asimilar lo que veía y la nueva sensación que le producía el cambio de ambiente.
—No sabía que existía este lugar. ¿Aquí traes a todos tus secretos? —dijo él, luchando en vano contra la sonrisa que se formaba en su rostro.
Patricia entrecerró los ojos y dio un paso hacia él.
—No te pases de listo —dijo mientras le quitaba la bolsa de papel que Néstor tenía en la mano.
Patricia caminó hacia el banco que se encontraba en el lado opuesto de la puerta de entrada y se sentó sin apartar la mirada de él. Néstor la siguió en silencio. Cuando ambos estuvieron sentados, Patricia comenzó a abrir la bolsa.
—No tenías por qué haber hecho esto —dijo en voz baja. No quería que se notara cuánto la había conmovido el gesto, pero no tuvo mucho éxito ocultándolo.
—Ya lo sé —Néstor se encogió de hombros—, pero no iba a estar tranquilo si te dejaba irte a casa sin comer nada.
—Ya. —Patricia inclinó la cabeza hacia un lado y alzó las cejas—. Tampoco soy una niña.
—No, eso lo sé —dijo Néstor con una sonrisa pícara, como si aquel comentario hubiera despertado algún recuerdo en particular—. Lo sé muy bien.
Patricia le dio una leve patada mientras abría el envoltorio de papel que cubría la hamburguesa. Primero la olió y luego le dio un bocado grande. No pudo evitar soltar un pequeño sonido de satisfacción mientras masticaba, con los ojos cerrados. Néstor se limitó a mirarla con una sonrisa.
—¿Está buena? —preguntó, sabiendo claramente cuál era la respuesta.
—Mmm-hmm —fue lo único que Patricia consiguió decir con la boca llena.
Eso hizo que ambos se echaran a reír.
—Al parecer, sí tenías hambre.
—Claro que tenía hambre. ¿Quieres un poco? —preguntó, tendiéndole la hamburguesa.
—No, gracias. Yo sí pude disfrutar de las cincuenta variedades de canapés que había en la fiesta.
—Ufff —Patricia puso los ojos en blanco—. Ni me lo recuerdes, que se me va el apetito.
El teléfono de Patricia, que descansaba sobre sus piernas, los interrumpió. El nombre de Emilio apareció en la pantalla. Néstor alcanzó a verlo, pero Patricia levantó el móvil y se lo mostró de todos modos. Ambos se miraron durante un segundo.
—No voy a contestar —dijo ella, dejando el móvil sobre sus piernas.
—Debe de estar como loco buscándote.
—Ya. —Soltó un suspiro y volvió a coger el móvil—. Le mandaré un mensaje. Agarra esto, por favor.
Le tendió la hamburguesa, que ya estaba por la mitad.
“Sigo en el hotel. No tardo. No te vayas sin mí.”
Patricia sabía que no podía demorarse demasiado, pero no estaba dispuesta a apresurar el momento que más estaba disfrutando de toda la noche.
—Gracias. —Volvió a coger la hamburguesa de las manos de Néstor. El roce le provocó una corriente por todo el cuerpo y pudo notar que había tenido el mismo efecto en él.
—También hay patatas fritas —dijo, señalando la bolsa de papel que estaba en el suelo.
—No, no. Con la hamburguesa estoy bien.
Permanecieron en silencio mientras Patricia terminaba de comer. Con el último bocado, un poco de kétchup quedó en la comisura izquierda de sus labios. Ella siguió masticando sin darse cuenta. Néstor la observó durante un instante antes de sacar una servilleta de la bolsa.
Se acercó a Patricia y la miró fijamente. Primero a los ojos y después a los labios. Con cuidado, limpió el kétchup de la comisura de su boca y, sin darse cuenta, su otra mano ya se había posado sobre una de las rodillas de ella.
La respiración de Patricia cambió al tener a Néstor así de cerca.
—No deberíamos estar haciendo esto —dijo ella en voz baja.
Néstor bajó la servilleta, pero no se apartó.
—¿Haciendo qué?
Patricia no respondió.
Ninguno de los dos fue capaz de mantenerse lejos por mucho más tiempo. Cerraron la distancia con un beso que, al principio, fue lento y casi cuidadoso, como si quisieran recuperar con calma las horas que habían pasado separados entre saludos, conversaciones y miradas a la distancia. Patricia cerró los ojos y se dejó llevar por la familiaridad de sus labios, saboreándolo sin ninguna prisa.
Durante unos momentos, todo lo demás dejó de importar. El hotel, el evento, Emilio buscándola y el tiempo que tenían antes de que alguien volviera a necesitarla quedaron olvidados. Solo estaban ellos dos, sentados en aquel rincón del patio, con los cuerpos cada vez más cerca.
El beso fue perdiendo lentamente aquella calma inicial. El calor entre los dos hizo que aumentaran el ritmo y la intensidad, como si de repente intentaran compensar todas las horas que habían tenido que pasar manteniendo las distancias frente a los demás. Las manos de Patricia subieron hasta la cabeza de Néstor y se enredaron en su cabello, acercándolo todavía más. Él sostuvo una mano contra la cabeza de ella mientras la otra permanecía en su cintura, atrayéndola hacia sí cada vez que el pequeño espacio entre ambos amenazaba con aparecer.
Patricia sonrió apenas entre un beso y otro, y Néstor volvió a besarla antes de que pudiera decir nada. Por unos segundos, pareció que ninguno de los dos tenía intención de detenerse.
Finalmente, se separaron porque necesitaban respirar.
—No sé de qué tenía más ganas: si de la hamburguesa o de besarte —dijo ella, con la frente apoyada en la de él.
—Por cómo te devoraste la hamburguesa, creo que estamos en empate. Y espero que solo por hoy.
El teléfono de Patricia vibró con tanta insistencia que los sacó de la hipnosis momentánea en la que estaban. Se alejaron y volvieron a la postura en la que se habían sentado al principio, recordando de pronto que aún seguían en un lugar público. Patricia miró su móvil y soltó un suspiro.
—Es Emilio. Es la tercera llamada perdida que tengo de él.
—¿Tercera? —preguntó Néstor con cierta sorpresa, frunciendo el ceño.
—Sí, yo tampoco sentí las dos primeras —dijo con una sonrisa.
Le dio un beso rápido y pequeño. Con la mano libre, le acarició la mandíbula.
—Me tengo que ir.
—Lo sé —dijo él, con una pequeña sonrisa—. Ve antes de que Emilio empiece a buscarte por todo el hotel.
—¿Y tú?
—Yo me voy ahora.
Patricia asintió, aunque no hizo ningún movimiento para levantarse. Lo miró unos segundos, queriendo absorber aquel momento antes de irse, y suspiró.
—Gracias —dijo mientras doblaba el envoltorio de papel de la hamburguesa y lo metía en la bolsa de papel marrón—. Estuvo delicioso. Todo.
—Me alegro —dijo él.
Patricia se puso de pie y Néstor la siguió. Cuando caminaban hacia la puerta, Patricia se detuvo en seco y se giró para mirar a Néstor.
—Creo que no deberíamos salir al mismo tiempo.
Néstor levantó las cejas, divertido.
—¿Perdona?
—Sí, es que alguien nos puede ver saliendo juntos.
—¿Y qué tiene? —dijo él, tratando de entender lo que quería decir.
—Néstor.
—Pero si yo voy hacia la salida y tú hacia el salón. No tiene nada de malo.
—¿Por favor? —dijo Patricia, un poco más bajo.
Néstor suspiró y negó con la cabeza.
—Vale. Pero que conste que me parece una tontería.
—Ya —dijo Patricia con una sonrisa.
Le causaba ternura cada vez que Néstor le hacía caso con estas cosas, aun cuando sabía que él las encontraba absurdas.
—Salgo yo y dos minutos después sales tú. Solo dos minutos —agregó, levantando la mano.
—Vale.
Patricia caminó tres pasos, pero se detuvo y volvió a girarse hacia él. Le regaló una sonrisa pequeña, pero cargada de sentimiento.
—¿Nos vemos luego?
Néstor asintió suavemente. Él también sonreía.
Patricia se giró y salió del patio. Néstor esperó a quedarse solo antes de mirar hacia la puerta por la que ella había desaparecido. El silencio volvió a ocupar el espacio que unos minutos antes habían llenado sus voces y sus risas. Aún podía sentir el recuerdo de sus labios y el calor de su cuerpo cerca del suyo, pero sonrió al pensar que, pese a haber tenido que pasar toda la noche rodeados de gente y manteniendo la distancia, habían conseguido robarse unos minutos solo para ellos.
Esperó los dos minutos completos, tal como ella le había pedido. Porque, aunque seguía pensando que aquella precaución era una tontería, sabía que Patricia necesitaba hacer las cosas a su manera. Y por ella, incluso cuando no lo entendía del todo, estaba dispuesto a esperar dos minutos en un patio vacío.
Cuando finalmente salió, el hotel seguía tan lleno de ruido y movimiento como antes. Pero a Néstor ya no le molestaba. Después de todo, había sido una buena noche.
