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Rakta la miró como quién mira a un tesoro.
Sintió su corazón aplastado con sentimientos que no lograba entender, porque era imposible que se hubiera enamorado de una forastera. Ella solo estaba de paso, no tenía sentido amarla, pero cada vez que ella regresaba a Bankoku-Gai, todo su mundo se tambaleaba.
Quizá fue el primer beso, cargado de un deseo que lo hizo temblar. No se reconoció a sí mismo y sin embargo, tampoco paró la situación. Sus manos se cerraron alrededor de la cintura ajena, los labios danzaban a un compás que sonaba a pecado.
Y como esa hubieron más veces en las que se dejó llevar por el irresistible sabor de los labios de la forastera.
Ella se encargaba de abastecer la ciudad de alimentos, habían hecho un acuerdo comercial y ella venía siempre con el transportista, asegurándose de hacer el inventario y que todo estuviera en orden, entregaba el albarán y se queda unos días en la ciudad con la excusa de tramitar los nuevos pedidos.
La realidad era que Rakta la encontraba en los pasillos, en cuartos de la limpieza, en armarios, en rincones que nadie transitaba. Y allí la devoraba con una devoción que debería ser ilegal, que traspasaba los muros.
La intensidad entre ellos solo crecía.
Se sentía como estar en medio del oleaje, a merced de la marea, sabiendo que podrías ahogarte pero ni ella quería parar ni Rakta estaba dispuesto a frenar este juego peligroso.
...
Rakta se encontraba en un dilema.
Cada vez que la forastera se iba, se sentía vacío. Odiaba eso, le hacía rendir menos en Red Chanpuru, y le hacía sentir débil, como un iluso que se deja llevar por emociones que no sirven para nada. Solo debía importarle Bankoku- Gai y los que para él eran como una familia. Nadie más debía ocupar su corazón.
Aunque pensara así no podía negar que le dolía cada vez que ella se iba. Y que el fuego de su interior se avivaba cuando regresaba.
Solo tenía que ver sus ojos que parecían ver a través de él, sus labios tan apetecibles. Ella era su perdición.
Cuando la forastera anunció que ya no sería ella la encargada de ir a la ciudad, y que ese sería el último día que se verían, Rakta pensó que sentiría alivio y, en cambio, solo sintió una profunda tristeza y ganas de decir que se quedara allí, a su lado.
Pero no dijo nada.
La vio irse con el aroma de su perfume impregnado en ella y con los labios hinchado de una sesión de besos apasionados.
Eso era lo único que quedaba.
Porque ella era una forastera y él un cobarde esta vez.
