Actions

Work Header

Secreto en la sierra | Julienzo

Summary:

A principios de la década de los 70, un grupo de amigos sale a acampar en las sierras cordobesas. Entre tantos mitos y leyendas compartidos en cada ronda de mate frente a la fogata, el ambiente relajado se ve interrumpido cuando aparece un chico misterioso cubierto de barro. Para el resto, no es más que un pobre loco que necesita ayuda, pero para Enzo, su llegada lo hará cuestionarse si podría haber algo más allá de las historias que se cuentan alrededor del fuego.

Chapter 1: Más allá del fuego

Summary:

Enzo y su grupo de amigos salen a acampar por las sierras cordobesas y tienen un encuentro inesperado con un ser desconocido.

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Las sierras cordobesas ocultan entre su imponente vegetación un sinfín de secretos y leyendas. Paraísos naturales cuyos orígenes se remontan a historias mágicas, siendo acompañados por una atmósfera llena de mística que se respira con frescura. En medio del monte, uno puede admirar aquellos valles que separaron amores prohibidos, los ríos y arroyos nacidos de lágrimas y a los árboles que han sido testigos de cientos de encuentros.

Esa noche, el verano había dejado atrás aquel sofocante calor característico de enero y había dado paso a una brisa fresca que se filtraba entre los árboles. El cielo había extendido un manto lleno de estrellas sobre el pueblo de Capilla del Monte, una vista que los cuatro amigos podían apreciar mejor desde lo alto de la sierra.

Allí, en medio de aquella inmensidad y oscuridad, se encontraban sentados sobre un par de troncos acomodados alrededor de la fogata que habían armado al llegar. El fuego crepitaba, levantando pequeñas chispas que desaparecían en el aire e iluminando los rostros de los chicos, cuyas risas se mezclaban con el sonido de las chicharras a lo lejos. Enzo había creído que era el escenario ideal para sacar a la luz aquellas historias que sorprendían a más de uno, y durante la última hora no habían parado de compartirlas.

—Les juro por mi vieja que vi unas luces raras en el cielo. Ahí nomás, por el Cerro Uritorco.

Enzo mira a su grupo de amigos, recibiendo un mate de parte de Cristian. Los tres pares de ojos lo observan expectantes, esperando a que siga con la historia. Le da un sorbo al mate antes de continuar con su relato.

—No soy el único que las vio. La señora que me vendió queso de cabra me comentó que muchos han visto esas luces, que son seres del espacio que vienen de visita.

—¿Vos creés que sea verdad? —Paulo interroga, la duda en sus ojos verdes. De todo el grupo, era el más escéptico a todas esas historias sobrenaturales.

—No sé, todo puede ser. Hay cada cosa dando vueltas.

Enzo se encoge de hombros y le devuelve el mate a Cristian, quién toma la palabra.

—Yo ya les conté, estoy seguro de que el viejo que vive enfrente de mi casa es el lobizón —hace una pausa para cebar otro mate y se lo pasa a Nahuel—. Así que no veo por qué no existirían esos bichos raros del espacio.

—Uh, otra vez con el lobizón vos —se queja Paulo—. Mirá si van a tener casa, deben vivir en el monte.

—No culiao, vos no tenés idea —Cristian mira a su alrededor y se inclina hacia el fuego, como si fuera a contar un secreto—. La última luna llena se escuchó como algo rasguñaba la puerta de casa. No saben el cagazo que me pegué. 

—Eso que dice el Cuti es verdad, un viejo del pueblo dijo que a veces quieren entrar a tu casa —Nahuel le da un último sorbo al mate y se lo pasa a Cristian—. Son como unos perros medio humanos, se paran en dos patas.

Enzo escucha atentamente, al contrario del ojiverde a su lado, quien lucía una sonrisa socarrona. Entre el sonido de las hojas y los insectos, oye un ruido particular entre los árboles. Se sienta más derecho, en estado de alerta, mirando de reojo la vegetación a su alrededor. Quizás tantas historias le estaban jugando una mala pasada. 

Paulo se da cuenta de sus acciones y se ríe, mirando en su dirección. 

—No me digas que te asustó la historia del lobizón. Ya estamos grandes, cumpliste 18.

—No, tilingo. Escuché un ruido nomás. 

Su amigo está a punto de burlarse nuevamente, cuando se escucha un claro crujido de ramas rotas. El grupo se queda en silencio por unos segundos, tratando de escuchar algo más allá del sonido de las chispas de la fogata y las chicharras. Nahuel estira su cuello, viendo a su alrededor. Cristian se queda quieto, con el mate suspendido en el aire. Paulo resopla y decide romper el silencio.

—Están re perseguidos, debe ser algún animal que anda por acá —se cruza de brazos—. Dale Cuti, apurá con el mate.

—Mientras no sea un puma todo bien —Cuti le alcanza el mate, mirando a los costados en el proceso—. Por las dudas sacrificamos a Moli.

—¿Por qué a mí? Entreguen a Enzo por porteño —Nahuel levanta las palmas de su manos, a modo de defensa.

—¿Cuántas veces te tengo que decir que no soy porteño? Esos son los que viven en la Capital.

—Es lo mis… —Nahuel se queda callado en la mitad de la oración. Su mirada está dirigida hacia un punto más allá del fuego, fija entre los árboles que se encontraban detrás del morocho.

—¿Qué te pasa, boludo?

Enzo mira hacia atrás, entre los arbustos, tratando de encontrar aquello que llamó la atención de su amigo. El resto del grupo lo imita.

—Vi algo moverse entre los yuyos. Era grande.

—Uh, ya empezamos de nuevo —Paulo le devuelve el mate a Cristian y niega con la cabeza.

—¡Allá! —Nahuel señala con el dedo detrás de Enzo—. ¡Se escondió atrás del árbol!

—Ah no, yo me voy ya mismo. No me voy a quedar a ver —Cuti se pone de pie.

—Shhh, ¿a dónde vas a ir? —Paulo frena a Cristian—. Son unos exagerados.

Enzo se queda mirando fijo hacia la dirección que apuntó Nahuel. Entre las sombras, observa que algo se mueve rápidamente hacia el otro árbol. Se pone de pie de un salto, sus ojos se abren tanto como los de su amigo.

—¡Lo vi! —Enzo mira a Paulo y a Cristian—. Era algo marrón. 

—Muchachos, fue un placer conocerlos —anuncia el Cuti, Paulo le da un codazo.

—Callate, capaz que es un perro que se escapó o algún otro animal. A ver, pasenme la linterna.

Nahuel busca en uno de los bolsos y saca la linterna. Se la extiende a Paulo y una vez que está en su mano, éste camina con tranquilidad hacia el árbol. 

—Cuidado Paulo, no te hagas el guapo —Enzo le aconseja a sus espaldas.

El ojiverde se da media vuelta por unos segundos y rueda los ojos, en un gesto de hartazgo. Continúa avanzando hasta quedar a dos metros del árbol y enciende la linterna, alumbrando el tronco.

Está a punto de decir algo, cuando de repente una cabeza marrón se asoma y vuelve a esconderse. A Paulo se le cae la linterna de las manos, su cuerpo duro por la sorpresa. 

—Culiao eso no era un perro. Vení para acá. —comenta el Cuti con temor.

—Parecía medio humano, capaz es un duende —Nahuel traga saliva y hace una breve pausa—. Dicen que si lo tratamos bien y no lo molestamos no nos va a hacer nada. 

Paulo regresa a la fogata sin levantar la linterna, se sienta en un tronco y permanece en silencio, aún en estado de shock por el susto. 

Enzo observa la escena con atención y su vista regresa a la linterna encendida en el suelo. Respira profundo, tomando coraje y camina en dirección al objeto.

—Enzo, ¿qué haces? —murmura Nahuel, dando un paso adelante pero sin animarse a agarrar a su amigo.

El pelinegro no responde. Se agacha, recoge la linterna y vuelve a alumbrar hacia el árbol. 

—¿Hola?

—¿Qué haces, Enzo? ¿Estás loco? —esta vez insiste el Cuti, mirando la escena junto al resto de los chicos.

—¿Hay alguien ahí? —Enzo los ignora y da un paso más cerca. 

Medio rostro vuelve a asomarse detrás del árbol durante unos pocos segundos. No logra distinguir demasiado de sus rasgos porque parece estar cubierto de barro y restos de maleza. Sin embargo, alcanza a ver dos ojos grandes y marrones que lo observan desde la oscuridad.

—No te voy a hacer daño, no queremos molestar.

—Por el amor de Dios, Enzo, volvé. No sabemos qué es —Paulo finalmente reacciona, hablando en voz baja.

Enzo se gira a mirar a sus amigos y se lleva el dedo índice a los labios, pidiéndoles silencio. Está a punto de darse vuelta pero la expresión de miedo en el rostro de sus amigos hace que decida quedarse quieto en su lugar. 

—¿Qué? ¿Qué carajo es eso? —murmura Nahuel, su ceño completamente fruncido.

Con la linterna en la mano, Enzo decide darse vuelta y percibe una silueta frente a él. Lentamente levanta su mano hasta que la linterna apunta la cabeza del ser que estaba parado, quien se cubre el rostro con sus manos, protegiéndose de la luz fuerte.

A primera vista, parece un monstruo del monte, lleno de barro, hojas, pasto y yuyos por todos lados. Pero a medida que lo observa con más atención, se da cuenta de que sus manos son completamente humanas. Enzo baja la linterna unos segundos, dejando que sea iluminado por la tenue luz de la fogata. 

El ser frente a él baja sus manos, dejando ver un rostro y cabello largo hasta los hombros muy sucios por el barro, como si hubiera estado vagando en estado salvaje un largo tiempo. Parece ser un chico, quizás un joven de su edad, pero no está seguro. Solo sabe que no se trata de un hombre adulto y mucho menos un viejo. 

Nadie sabe realmente que decir, el grupo de amigos permanece inmóvil de la sorpresa. Enzo decide actuar con cautela y dar un paso lento hacia delante. Una vez más, aquellos ojos grandes se clavan en los suyos.

Ahora que está un poco más cerca, percibe que el desconocido frente a él es unos centímetros más bajo que él, razón por la cuál gana un poco más de seguridad.

—Hola, soy Enzo.

El chico frente a él no se mueve, se queda mirando fijamente a Enzo, como si estuviera analizando sus movimientos.

—Lo repito, no te vamos a hacer daño —intenta hablar en un tono tranquilo—. ¿Estás bien? Te podemos ayudar.

—Enzo, no sé qué tan buena idea es —Cristian habla detrás de él, casi susurrando—. Mirá si se convierte en lobizón otra vez.

Enzo ignora el comentario del pelinegro y decide dar otro paso hacia delante. El chico frente a él lo imita y avanza un paso, acercándose tímidamente mientras junta sus manos contra su pecho con algo de temor. 

—Vení, no te vamos a hacer nada malo. Sólo te quiero ayudar. Lo prometo.

Apaga la linterna y la guarda en su bolsillo. Extiende su mano derecha en su dirección, invitándolo a venir con él. El muchacho mira su mano por unos largos segundos y Enzo comienza a sospechar que no la va a tomar, pero cuando menos lo espera, el chico quita su mano de su pecho lentamente y la apoya sobre la suya. 

Enzo siente un pequeño escalofrío recorrer su cuerpo al sentir el tacto de la cálida piel. Una suave brisa sopla en su dirección. 

Aquella cercanía le permite darse cuenta de que el joven extraño no tiene ninguna prenda de ropa puesta. Sin soltarlo, afirma el agarre en su mano y lo guía hacia la fogata a paso lento. Sus amigos miran con cautela toda la escena, sin moverse de sus lugares.

—¿Qué hacen ahí parados? Pasenme algo para taparlo.

Paulo se mueve enseguida y busca una manta azul de su mochila. Su padre era el médico del pueblo y en ocasiones lo asistía, por lo cual estaba acostumbrado a reaccionar ante todo tipo de situaciones que requerían de ayuda. La extiende y se la pasa a Enzo.

—¿Está herido? Traje algunas cosas de mi viejo por las dudas.

—No sé, está todo lleno de barro.

Enzo toma la manta y la pasa por encima de los hombros del muchacho, cubriéndolo.

—¿Estás lastimado? —pregunta y el chico los mira a ambos antes de negar con la cabeza despacio—. Vení, sentate.

Guía al desconocido hacia uno de los troncos que estaban ubicados alrededor de la fogata y se sienta sin ofrecer resistencia. Cristian y Nahuel, que hasta el momento habían permanecido lejos de la escena rebuscando en sus mochilas, se acercan al resto del grupo con una botella de agua y una lata de galletitas surtidas en sus manos. Todos observan al chico atentamente, sin saber qué hacer. Enzo se aclara la garganta.

—¿Cómo te llamas?

El par de ojos marrones se quedan mirándolo por unos momentos y luego inclina su cabeza hacia la derecha. No dice nada. Los amigos se miran entre ellos. Enzo nota que su mirada se desvía hacia la lata que sostiene Cristian, así que se las pide con un gesto de sus dedos. Una vez que la tiene, quita la tapa y saca una galletita. Extiende su mano, ofreciéndosela al chico.

—¿Tenés hambre?

El joven mira la galletita con curiosidad y la toma entre sus manos con lentitud. Primero la huele, como si estuviera inspeccionando el alimento y luego le da un mordisco. El grupo examina cada uno de sus movimientos y Enzo eleva sus cejas cuando nota que los ojos del muchacho se abren con admiración al saborear el dulzor de la galletita. 

Se come el resto con más ganas y cuando termina, una pequeña sonrisa se asoma entre todo el barro de su rostro. Los chicos se intercambian miradas entre sí y Enzo le ofrece otra, la cual acepta gustoso.

—Este muchacho se escapó de algún lado —susurra Nahuel mientras lo observa comer.

—¿Y si es algún criminal? Hay que llamar a la policía —Paulo se suma a la conversación.

—Capaz que es alguno de esos seres del espacio que vio Enzo, pero disfrazado de humano —Cuti se tapa la boca con la palma de su mano mientras habla. Los chicos lo miran con incredulidad. 

—Si seguís con esas pavadas te voy a mandar al manicomio de Punilla —lo reta Paulo y luego mira a Enzo—. ¿Qué hacemos?

El pelinegro observa al muchacho saboreando con alegría la galletita que le dio y luego mira a sus amigos. Se rasca la nuca y suspira.

—Vamos a mi casa —el grupo le dirige miradas que claramente cuestionaban sus palabras—. Si fuera un criminal ya nos hubiera hecho algo. Mirenlo, está comiendo galletitas. 

—Los criminales también comen galletitas —le recrimina Paulo.

—No creo que sea el caso —Enzo pone sus ojos en blanco—. Para mí, como dijo Moli, se escapó de algún lado. Por eso quiero que lo llevemos a casa y veamos si podemos sacarle alguna información.

—Vos estás loco —Cristian niega con la cabeza—. ¿Cómo vas a llevar a un desconocido a tu casa? 

Antes de que pueda responder, Enzo siente un suave tirón en su camisa y baja la mirada. Se encuentra con aquellos ojos marrones mirándolo con anhelo, luego se dirigen a la lata de galletitas que aún sostenía en sus manos. Ubica la tapa en la parte de abajo de la lata y se la entrega, observando cómo el muchacho la toma entre sus manos con cuidado. Retrocede algunos pasos, llamando a sus amigos a una ronda con un gesto de su mano.

—¿Ustedes acaban de ver eso? Debe ser un pobre loco que se perdió, si lo llevamos a la policía capaz que lo van a fajar —Enzo mira por un segundo al chico a lo lejos, que sigue en su mundo de galletitas—. Este chico parece que no habla y ustedes saben bien que a veces se pasan con sus métodos si no tienen respuestas.

Los chicos intercambian miradas y asentimientos. En este último tiempo, las cosas en el pueblo estaban un poco complicadas. Los oficiales solían golpear a los acusados con tal de obtener información, incluso siendo inocentes. Paulo decide tomar la palabra.

—Bueno, lo llevamos para tu casa —acepta y luego advierte—. Pero si le agarra un ataque y nos quiere hacer algo yo mismo le voy a dar un garrotazo.

—Más vale, que no se haga el loco. Mirá si llegamos a tu casa y empieza a romper cosas. No sabemos si tiene alguna enfermedad mental —concuerda Nahuel.

—Ya sé, muchachos. Aparte está mi vieja durmiendo. Que ni se le ocurra hacer un despelote porque ahí sí lo arrastramos a la comisaría.

—Entonces quedamos así, vamos para tu rancho. Nosotros nos ponemos a guardar las cosas y Enzo vigila al loquito hasta que terminemos. Creo que agarró más confianza con vos —Cristian mira al grupo y luego a Enzo. Todos asienten de acuerdo.

Apenas se separan de la ronda, se ponen en acción. Mientras los chicos se encargan de guardar las cosas y apagar el fuego, Enzo se acerca al chico misterioso. Observa la lata redonda y se da cuenta de que quedan pocas galletitas en su interior.

—Veo que te gustaron.

El chico lo mira con ojos brillantes y asiente con entusiasmo. Enzo reafirma su teoría de que no debe ser un adulto, por su forma de actuar tan infantil. O quizás sí lo es, solo que está un poco loco.

—Tengo más en mi casa —dice intentando sonar casual, evitando que el chico se asuste o salga corriendo—. Si querés, podés venir. Vamos con los muchachos.

A pesar de estar cubierto de barro, Enzo puede notar como las cejas del desconocido se elevan. Inclina la cabeza hacia la derecha por unos segundos, observándolo, y luego baja su mirada hacia la lata de galletitas. Sus ojos vuelven a conectar con su mirada y finalmente asiente.

—No vivo muy lejos de acá —señala a sus amigos—. Cuando ellos terminen de guardar todo vamos para allá, ¿sí?

Nuevamente recibe un asentimiento por parte del extraño y vuelve a concentrarse en su tarea de comer galletitas. Enzo busca la mirada de Paulo y cuando este lo observa, levanta su pulgar para hacerle saber que todo estaba en orden. 

Los chicos continúan guardando las cosas, incluso retiran la lata vacía de las manos del extraño para meterla en la mochila. Cuando finalmente terminan y apagan el fuego, encienden las linternas de queroseno para iluminar mejor el camino.

—¿Vamos? —Enzo extiende su mano hacia el muchacho para ayudarlo a ponerse de pie. Él acepta y toma su mano, levantándose del tronco.

El pelinegro se anima a pasar una mano por su espalda, guiandolo hacia donde están sus amigos. Al llegar a su encuentro, puede notar que tanto Paulo como Nahuel tienen un palo en la mano. Están apoyados sobre la tierra a modo de apoyo para caminar en la sierra, pero él sabe perfectamente que los llevan para defenderse en caso de ser necesario. Sus amigos no mentían cuando declararon que iban a actuar ante cualquier amenaza. Por otro lado, descubre que Cristian tiene un cuchillo y le dedica una mirada indagatoria, lo escuchó cientos de veces decir que los lobizones solo pueden recibir heridas de arma blanca.

—¿Qué? Hay que estar preparado —se defiende Cuti en voz baja y Enzo aguanta la risa.

—Mejor vamos antes de que nos coman los mosquitos —agarra una linterna y toma la delantera, el muchacho camina detrás de él cubierto por la manta—. Esos son el verdadero peligro.

El grupo de amigos avanza entre el camino de tierra y maleza que tantas veces habían recorrido, atentos al extraño que caminaba silencioso entre ellos y compartiendo algunas bromas para aligerar el ambiente. Una suave brisa los acompaña, trayendo consigo el aroma fresco y silvestre de las sierras.

Sobre sus cabezas, la noche continúa despejada y estrellada. Cuando vislumbra su casa a lo lejos, Enzo levanta la mirada hacia el cielo por unos instantes, como si estuviera pidiéndole a algún santo o a las mismas estrellas que todo salga bien. No sabe en qué se está metiendo al llevar a un completo desconocido que encontró en el monte, pero no puede ser tan malo, ¿no? 

Notes:

Bueno, primero que nada bienvenidos a esta historia <3

Llevo años leyendo en este antro desde los yuyos y quería sumar un nuevo delirio un poco fuera de lo común.

Al ser un fic ambientado en los 70s, quiero aclarar que estoy constantemente investigando el contexto y tomando referencias culturales para transportarlos a esa época y ser lo más fiel posible en cuanto a costumbres y vocabulario, por esa razón es probable que se encuentren con palabras raras o del año de la escarapela, como dirían nuestros abuelos.

Antes de continuar me gustaría disculparme con la gente de Córdoba, no soy de ahí así que todas las narraciones se basan en mis experiencias estando allí y muchos videos/reportajes de la zona. Si hay algún error en la jerga o alguna recomendación, no duden en avisar.

Sin nada más que decir, ponganse cómodos y disfruten de su lectura. Espero que les guste!