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Nueva York, 19 de julio de 2026. Era la final de la copa del mundo. Los jugadores de la selección española se estaban enfrentando a Argentina en lo que prometía ser un difícil y largo partido. En el estadio se podía percibir una gran expectación, tanto por parte de los fans como de los jugadores.
Y, en medio de todo el caos, Pedri, el número 20 de España, intentaba mantener la calma en el banquillo, sin mucho éxito. ¡Estaban en la final del mundial! Y tenían que ganar, aunque Argentina no se lo estuviera poniendo fácil. Se sentó en el asiento completamente quieto y con la cara seria, como cuando quería concentrarse al máximo. Casi lo había conseguido cuando una mano le revolvió el pelo.
No tuvo que mirar para saber quién había sido.
– ¡Ferri! –protestó.
Este sonrió.
– Te veo muy tranquilo para el partido que tenemos por delante. ¿Algún consejo del famoso Pedri para mantener la calma? –dijo con voz de periodista.
– Mira que eres tonto…
Ferran Torres se sentó a su lado.
Delantero y número 7 de la selección, aunque para él era simplemente Ferri, su mejor amigo y mayor apoyo (algo que no le decía a menudo). Además de jugar juntos en la selección española, también lo hacían en el Barça, así que pasaban bastante tiempo juntos.
– Pues a mí tampoco me vendría mal un consejo para tranquilizarme. Estoy de los nervios, tío. –suspiró Ferran, moviendo la pierna ansiosamente. – No sé si podré…
Pedri intuía los pensamientos de su amigo. Después de las críticas que recibió y de su gol anulado contra Arabia, debía de estar más nervioso que nunca.
– Pero ¿qué dices? Si eres el tiburón, no le tienes miedo a nada… bueno, sí, a que te gane en el FIFA. –intentó animarlo Pedri.
Consiguió sacarle una débil sonrisa.
– Mejor no hablemos del FIFA. ¡La última vez que jugamos tiré el mando contra la pared!
Los dos rieron recordando el momento en la casa de Ferran.
Permanecieron en silencio unos segundos hasta que Pedri preguntó:
– Oye, ¿sabes si ha llegado mi novia? Me dijo que iba a venir más tarde, y no la he visto en el público.
Ferran se encogió de hombros sin apartar la mirada del campo.
– Qué va.
Pedri notó que su amigo seguía nervioso. “Ya vendrá Alejandra, no se perdería un partido así” se dijo.
Y se acercó a él.
– Eh, Ferri.
Este levantó la cabeza.
– Vas a hacer un partidazo, ya verás. Yo… eh…
Ferran levantó una ceja, divertido.
– ¿Qué? –inquirió.
La voz de Luis de la Fuente, el seleccionador, los interrumpió.
– ¡Pedri, Ferran! Calentad, que salís.
Los dos empezaron a calentar mientras observaban el partido. Argentina parecía solo centrarse en defender; iba a ser difícil marcar un gol.
Al fin, el árbitro levantó el panel con los números que indicaba qué jugador salía y cuál entraba al campo. Ferran salía primero, sustituyendo a Oyarzábal.
Miró a Pedri con una sonrisa y lo acercó hacia él, dándole un beso rápido en el pelo antes de separarse.
Pedri intentó no ruborizarse mientras veía cómo se alejaba. No entendía por qué su amigo hacía esas cosas, y más aún delante de las cámaras; conseguía ponerlo verdaderamente nervioso.
Entró al campo cuando salió Fabián, pensando en si Alejandra lo estaría viendo, y qué habría pensado de ese beso.
Ferran corría como si su vida dependiera de ello.
Se encontraban en la segunda mitad de la prórroga y el marcador seguía 0 a 0.
Se acercó a la portería, como ya había hecho varias veces desde que entró al campo. Alcanzó a ver a Pedro Porro con el balón, luego a Nico Williams rematar de cabeza… y vio la oportunidad.
Disparó con todas sus fuerzas y todo pareció quedar en silencio por un segundo. Entonces, el estadio entero estalló en una ovación ensordecedora. Había marcado. Lo había conseguido.
Echó a correr sin rumbo fijo gritando como un loco; luego, al ver las imágenes, se dio cuenta de que había derribado el palo del córner en mitad de su euforia. Todo el mundo se le echó encima y perdió la cuenta de la gente que había abrazado.
Cuando por fin pudo respirar, buscó inconscientemente a la cara que más deseaba mirar, una cara que ya lo estaba mirando con una sonrisa enorme.
– ¡Ese es mi Ferri! –gritó Pedri.
Para él, esa frase hizo que el gol mereciera la pena.
El tiempo pasó muy rápido después de que el árbitro anunciara el fin del partido. Abrazos, palmadas en la espalda, fotos, gritos, felicitaciones…
Abrazó a Lamine, a Nico, y luego a media selección. Posó para decenas de fotos y contestó como pudo a las entrevistas, todo eso mientras aguantaba las ganas de llorar.
Y llegó el momento de la entrega de la copa y las medallas. Fue un caos absoluto, todo el mundo saltando y abrazándose. Era la mayor celebración en la que Ferran había estado nunca. Todavía le temblaban las manos cuando alzó la copa por encima de su cabeza y escuchó los vítores de sus compañeros. Por un instante, la ilusión del momento lo hizo sentir como un niño de nuevo.
Cuando todo el mundo se calmó un poco, fue en busca de Pedri. Ahí estaba, charlando con Gavi un poco más atrás.
– ¡Eh! ¿Qué pasa, campeón? –lo saludó Pedri.
Ferran no recordaba haberlo visto tan feliz en mucho tiempo. Estaba tan abrumado que ni siquiera le contestó, solo sonrió aún más.
Se chocaron las manos y se lanzaron a un largo abrazo que fue solo interrumpido por Borja, que se unió a ellos.
A partir de ahí, no se separaron en toda la celebración. Se hicieron una foto juntos con la copa, besándola cada uno de un extremo. Sus manos se rozaron por debajo de ella, detalle que Ferran no olvidaría en mucho tiempo.
Más tarde, cuando estaba haciéndose fotos con su familia, vio a Pedri junto a Alejandra. Había llegado a tiempo, después de todo. Notó una sensación extraña en el estómago cuando estos posaban juntos y se besaban delante de la cámara.
– ¡Ferri! Venga, que no te has hecho una foto conmigo todavía… –Arantxa, su hermana, pareció darse cuenta de la mirada que le estaba dirigiendo a la pareja.
– ¿Qué? Ah, sí, ya voy.
Pedri apenas había tenido tiempo de respirar desde que empezaron las celebraciones. Para él, todo aquel alboroto era tan emocionante como agotador.
Había recibido tantos abrazos y felicitaciones, y no había parado de cruzar el campo de un lado a otro, así que estaba agotado. Aún no podía creer que eran campeones del mundo. ¡Del mundo! Y Ferri había marcado el gol decisivo. No entendía por qué, pero todavía podía sentir sus brazos estrechándolo contra su cuerpo.
Una voz lo sacó de sus pensamientos.
– ¡Pedri!
Alejandra, su novia, se acercó corriendo a él con una sonrisa cansada. Se había puesto la camiseta con su número, como siempre. Lo abrazó con fuerza y lo besó.
– He llegado un poco después de que salieras, ay, ¡lo siento mucho! – se disculpó. Sonaba tan triste que Pedri se sintió culpable de repente.
– No pasa nada, lo importante es que ya estás aquí. –repuso, sonriendo.
Le pasó un brazo por los hombros mientras le resumía lo que se había perdido.
– Oye, ¿y qué hacías? Creo que no me lo dijiste. –preguntó Pedri.
Alejandra empezó a juguetear con su colgante.
– Pues… me encontré a una amiga del instituto que está aquí de vacaciones. –explicó – Como llevo años sin verla, la estuve poniendo un poco al día, y, cuando me di cuenta, casi había empezado el partido.
– Ajá. – asintió Pedri, aunque le seguía sorprendiendo cómo se podía haber distraído tanto justo ese día.
– Entonces me dijo que, ya que yo iba al partido, ella quería verlo también. Así que me las averigüé para conseguirle un sitio, por eso tardé más.
La pareja siguió charlando hasta que llegó el momento de las fotos. Posaron dándose un beso, y, al separarse de su novia, a Pedri le pareció ver a Ferran mirando hacia ellos. Pero no le dio tiempo a mirar más; llegó el resto de su familia, que lo recibió con gran alegría y una avalancha de abrazos.
En cuanto abrazó a su padre, le dirigió una sonrisa cómplice.
– ¿El penalti de siempre?
Su padre asintió.
Tenían una tradición especial cada vez que Pedri ganaba un título: su padre se ponía de portero y él tiraba un penalti.
– Venga, Pedri, que ya estoy grabando. –lo avisó su hermano Fer, apretando el botón de grabar en su móvil.
– Lo para seguro, como siempre. –dijo Pedri, sacudiendo la cabeza mientras miraba a la cámara.
Y, efectivamente, lo paró.
Desde luego, que su hijo disparara con poca fuerza ayudaba, pero eso nunca se lo diría.
Alejandra tiró del brazo de Pedri un rato después.
– Ven, quiero presentarte a alguien.
Se acercó a ellos una chica alta, morena y de pelo corto.
– Pedri, esta es mi amiga Nora.
– ¿Así que tú eres Pedri? Encantada de conocerte. Y enhorabuena, ¡menudo partido! – dijo Nora con entusiasmo.
– Muchas gracias, aún no me lo creo. –sonrió Pedri.
– Pues ahora a celebrarlo, que os lo merecéis.
Alejandra rió.
– Tranquila, que lo haremos.
– Oye, Pedri… ¿puedo hacerme una foto contigo? –preguntó Nora.
– ¡Claro! –respondió él – Ya me extrañaba que no me lo preguntaras.
Las dos chicas rieron.
Ferran esperaba más tranquilidad en el autobús de vuelta al hotel.
Se equivocaba.
Se dejó caer en un asiento al lado de Pedri en una de las filas del medio. Este no lo cuestionó siquiera, siempre se sentaban juntos en todos los viajes del equipo.
Habían puesto música en un altavoz con el volumen a tope, y Ferran estaba seguro de que era la playlist de Lamine. Hasta Pedri estaba cantando, y eso que era uno de los más tranquilos de la selección.
– Pedri, tío, qué mal cantas, me vas a romper los tímpanos –se intentó hacer oír entre las voces de sus compañeros. Su amigo le dio un codazo y siguió con el estribillo todavía más alto.
Al final acabó dejándose llevar por la euforia y cantó un par de canciones a pleno pulmón. (Su voz no era mucho mejor que la de Pedri, al fin y al cabo).
Inevitablemente, llegaron los cánticos con su nombre.
“FERRAN, FERRAN, FERRAN”
Incluso se escuchó un “Ohhh, Ferran” desde el fondo. Ferran iba a matar a Dani en cuanto lo viera; se moría de la vergüenza.
Pedri cantaba con tanto entusiasmo a su lado mientras lo miraba que, a pesar de todo, se unió a sus cánticos.
Después de un trayecto lleno de música, risas y alboroto, llegaron al hotel, donde seguramente continuaría la celebración. Solían dormir en habitaciones individuales entre partidos, pero aquella noche era la excepción.
Ferran iba a preguntarle a Pedri si venía a su habitación un rato, cuando Llorente se acercó a él por detrás.
– ¡Eh, Ferran! ¿Te vienes? –dijo mientras sacaba una botella de una bolsa.
Llevaba tiempo sin beber, pero la ocasión verdaderamente lo merecía.
Le dirigió una mirada de disculpa a Pedri antes de contestar. A su amigo nunca le había hecho mucha gracia el alcohol.
– ¡Hombre que si voy! –exclamó.
Media hora después, salía de la habitación de Marcos con una ligera sensación de felicidad. El cansancio había desaparecido por completo.
“Pedri” pensó, con una sonrisa. “Tengo que buscar a Pedri”.
Por suerte, lo encontró corriendo por el pasillo con Dani y Gavi.
– ¡Somos campeones del mundooo! –gritó Gavi al verlo sin ningún contexto, pero a Ferran le hizo mucha gracia.
– ¡Vamooos! –chilló, riendo.
– Sí que te has puesto bueno, ¿eh? –bromeó Pedri.
– Bueno… mejor que os dejemos solos –dijo Dani, guiñándole un ojo a Pedri. Este se puso colorado.
– Tú eres tonto.
– ¿Qué? Con lo bien que nos lo estábamos pasando… –protestó Gavi.
– Venga, vamos, que Lamine nos está esperando en la 105.
Dani y Gavi se alejaron por el pasillo, el segundo todavía quejándose.
– Bueno… ¿y qué hacemos ahora?
Ferran sonrió.
– Seguir celebrando.
Al final terminaron en la habitación de Ferran, una de las pocas que no estaba llena de gente.
Pedri se tiró en la cama, exhausto.
– ¿Tú no estás cansado? Porque yo estoy como si hubiera jugado tres partidos seguidos.
Ferran cerró la puerta y se sentó en el borde.
– Qué va. Bueno, a lo mejor sí, pero ya no lo noto. –añadió, con una risita.
Estuvieron unos segundos en silencio. La música de alguna habitación, seguramente la de Lamine, se escuchaba en la lejanía.
– Bua, pues te has perdido a Cucurella bailando encima de la mesa. –comentó Pedri.
Ferran rió.
– ¿Ha cantado su canción esta vez?
– Ahora que lo dices, no me había acordado. Solo ha cantado una de Bad Bunny, creo.
Ferran se dejó caer en la cama junto a su amigo con un suspiro de cansancio.
– Me habría gustado estar ahí, sí.
– Si es que las actuaciones de Cucurella son las mejores. –sonrió Pedri.
– Ya… pero no solo por eso.
Pedri giró la cabeza hacia él, alzando una ceja.
– ¿Entonces por qué?
Ferran dudó antes de responder.
– Porque me habría encantado vaciarte una botella en la cabeza delante de todos.
Eso no era exactamente lo que estaba pensando, pero su lado bromista lo traicionó.
Pedri soltó una carcajada y le dio una patada en la pierna.
– ¡Eh! – protestó Ferran.
– Te lo mereces.
Ferran le revolvió el pelo, despeinándolo por completo.
Pedri le dio un empujón.
– ¡Quita de ahí, bobo! –se quejó.
Ferran no podía parar de reír mientras le devolvía el golpe.
Y, cuando se dieron cuenta, estaban enzarzados en una pelea de tirones de pelo, empujones, patadas y codazos.
Poco a poco, los empujones fueron perdiendo fuerza hasta que acabaron tumbados uno frente al otro, aún más cerca que antes. Ferran seguía con la risa floja y Pedri lo miraba sonriendo mientras sacudía la cabeza.
– Estás fatal. –dijo, jadeando.
– Has empezado tú.
– Pero ¿qué dices? Empezaste tú con lo de tirarme la botella.
– Oye, Ferri. –lo llamó cuando por fin pudieron parar de reír.
Este alzó la vista.
– Enhorabuena por el gol.
Ferran sonrió.
– Gracias. ¿Ves? He hecho un partidazo, como tú me dijiste. –añadió con tono burlón.
– Tampoco exageres, ¿eh? –bufó Pedri – Pero, en serio, te lo merecías.
Ferran no supo qué decir. De repente, fue más consciente del contacto de sus rodillas con las de Pedri.
Abrió la boca para contestarle, cuando el móvil de Pedri, que había dejado en la mesilla, empezó a sonar.
– Es Lamine. Y una videollamada. ¿Qué quiere ahora? –se preguntó Pedri mientras cogía el teléfono.
– Chavales, ¿dónde estáis? –gritó Lamine en cuanto vio a Ferran aparecer junto a Pedri.
Ferran lo saludó con una mano, sonriendo.
– ¿Y qué hacéis los dos en una cama? –preguntó Nico, acercándose a la pantalla.
– ¡Calla! –dijo Pedri, enfocando solo su cara.
Ferran se alegró de que lo hubiera quitado del medio, porque se estaba poniendo colorado.
– ¡Bajad al comedor, que está todo el mundo aquí! –gritó Lamine.
Y colgó.
– Bueno, pues… ¿vamos para abajo?
– Sí, venga.
Se levantaron de la cama y Ferran ya iba a abrir la puerta, pero se giró un momento hacia Pedri, que aún no había cruzado la habitación. Lo esperó en la puerta, con el corazón latiéndole más rápido de lo normal.
Cuando Pedri llegó a su altura, le pasó un brazo por los hombros y lo atrajo hacia él en un breve abrazo.
Cuando se separaron, ambos sonreían levemente.
– Gracias.
Pedri frunció el ceño ligeramente.
– ¿Por qué?
Ferran le sonrió con cariño.
– Por lo que me dijiste antes.
Y se alejó por el pasillo antes de que Pedri pudiera responder.
