Chapter Text

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Dio un salto y se subió a la parte de atrás de la camioneta; dando dos golpecitos al costado. La señal de que ya estaba todo listo para irse.
“¡Arrancá capo!” gritó, por encima del ruido del motor.
Enzo disfrutaba del paisaje mientras dejaba colgar una pierna en la caja de carga de la Chevrolet del 65. Una camioneta con gran parte de su chapa oxidada por el tiempo, pero que Lisandro había logrado hacer andar.
Recorrían generalmente las autopistas, ahora casi tapadas de autos y por la naturaleza que se fue expandiendo. Comiéndose casi toda la ciudad con los años después de «la Gran Pérdida». Así lo llamaban algunos; otros, simplemente «después del virus».
Llegó como las pandemias anteriores. De un día para el otro, sin dar el tiempo suficiente, aunque la humanidad nunca hubiera estado preparada para algo así. Este virus no perdonó, no tuvo piedad. Primero colapsaron los sistemas de salud. Ya no mandaban medicamentos ni protección para los médicos y enfermeras cuando se dieron cuenta de que nadie sobrevivía al virus ni presentaba mejoras en los síntomas. Después, por falta de personal y mantenimiento, cayeron los servicios. La gente, ante la desesperación por el paso del tiempo y la falta de plata por el paro en los trabajos, empezó a salir a las calles, principalmente por comida, rompiendo con el aislamiento y aumentando los casos. Saqueos, caos policial, represión. El virus se esparció rápidamente por cada zona del país.
Enzo no se acordaba mucho más que eso, era un nene cuando todo pasó, pero sí había hecho exactamente lo que sus padres le habían pedido. Se quedó encerrado todo el tiempo. Incluso cuando ambos salieron un día y nunca volvieron.
Desde la Gran Pérdida pasaron ya doce años. Enzo tenía veintitrés años ahora y se creía que gran parte del mundo estaba despoblado. Los países tercermundistas fueron los más afectados. En Argentina, era un poco raro encontrarte con algún sobreviviente, pero estaban por ahí. Algunos más pacifistas que otros. Enzo tuvo la suerte de encontrarse con algunos de los «buenos». Era un grupo chico, pero funcionaba.
Los primeros años de supervivencia fueron duros, porque estaba solo y no sabía muy bien qué hacer. Sobrevivió con lo que tenía en su casa, hasta que se vio obligado a salir. La pérdida fue tan grande que extinguió casi por completo el virus. Los que habían logrado sobrevivir simplemente no lo tenían, no había forma de esparcirlo.
Pasaron varios años hasta que se encontró con quien ahora era su mejor amigo.
Lisandro. Unos dos años más grande que él, se ofreció a llevarlo una tarde de febrero mientras Enzo caminaba por el caluroso asfalto buscando algún supermercado que todavía no estuviera tan saqueado; pero la realidad era que tenía que irse cada vez más lejos para encontrar comida.
Licha recorría las calles desiertas a toda velocidad, con las ventanillas bajas y dando golpecitos sobre el volante recubierto de un cuero negro quebradizo por el uso. Tarareaba una canción que juraba que era así, mientras el adorno de un perro sobre el tablero, tapado de tierra, y probablemente de quien haya sido el dueño anterior, movía la cabeza. Enzo se rió después de mucho tiempo de estar en silencio, agradeciendo poder hablar con otra persona. Miró por la ventanilla y el viento cálido le despeinó un poco el flequillo. Hacía años que no escuchaba música, no creía acordarse de ninguna letra completa.
La segunda persona que conoció fue Nicolás, que insistió en que lo llamaran Ota, «como le habían dicho siempre». Lo encontraron junto a Lisandro cuando entraron a una farmacia y Ota estaba prácticamente arrastrando todos los medicamentos que veía dentro de una mochila, sin mirar qué eran.
Ninguno se sorprendió de que les pidiera que lo llevaran a un lugar donde dos amigos más lo esperaban. Una de sus tantas decisiones arriesgadas; por suerte, llevarlo hasta ahí no les trajo ningún problema. Al contrario, ahí terminó de armarse lo que Enzo hoy llama «compañeros de supervivencia». Eran amigos, sí, pero sobre todo se ayudaban a sobrevivir. En el grupo estaban Cristian y Lautaro. Dos pibes que sabían hacer literalmente de todo; Enzo se sentía un inútil al lado de ellos dos. Se habían armado un lugar bastante seguro lejos de la ciudad para que otros no les robaran.
Los habían recibido sin dudar, y a los meses ya sabía más o menos cómo se repartían las tareas, quién hacía qué cosa y cómo funcionaban para poder mantenerse. Enzo era el más joven del grupo, ágil y bastante atlético, así que se ofreció a ser de los que salían por provisiones, junto con Lisandro y Cristian.
Le encantaba ir en la parte de atrás y dejar a lo que Enzo llamaba «la parejita» ir en los asientos. Se sentía más libre así, viendo lo que alguna vez fue su ciudad. Lugares que recorrió, plazas que caminó y que ahora ya no reconocía. Por aquel entonces, a sus apenas once años, se permitía pensar en cuando cumpliera sus dieciocho años y pudiera empezar a escribir en su antebrazo para encontrar a su alma gemela, cómo sería toda esa experiencia y cómo se conocerían.
En el mundo en que vivían ahora, ¿Cuántas posibilidades había de que su alma gemela estuviera viva? No sabía si sus amigos se lo preguntaban o pensaban en eso, pero él lo hacía. Más veces de las que le gustaría.
Había noches donde, después de una larga búsqueda de provisiones, aunque le doliera el cuerpo y estuviera ya cansado, se sentaba apoyando la espalda sobre la pared húmeda, se desataba los borcegos ya gastados de tanto caminar y se quedaba mirando el techo de madera hasta que sus ojos se acostumbraban a la oscuridad y a la poca luz que daba la luna. Intentaban usar poco las baterías, fósforos o los encendedores, solo en casos muy particulares, así que se acostumbró con el tiempo a estar generalmente a oscuras.
Rebuscaba en su mochila —donde guardaba algunas de sus cosas más sentimentales— una foto de sus padres. Para las noches donde sentía que no se acordaba de sus rostros, cuando lo invadía esa sensación, prácticamente corría a ver la foto. La miraba por horas con esa característica presión en el pecho, ignorando el miedo que hacía que sus manos temblaran, memorizando cada rasgo.
También tenía su taza favorita, la que usaba para desayunar todos los días antes de irse al colegio. Un libro que su vieja le leía más de pibe y que no podía ni siquiera abrir sin llorar. Un paquete de ocho cigarrillos que cuidaba más que a su propia vida. Una navaja de bolsillo con la que jugaba sacando y guardando en los primeros años de supervivencia, esperando que no llegara el día de tener que usarla en alguien más que no fueran cuerdas o cintas. Encontró, entre sus recuerdos, las biromes que robó de una librería. Lisandro se había reído cuando lo vio entrar a ese lugar preguntando desde cuándo le interesaban los libros o algo sobre el arte, pero Enzo simplemente lo había ignorado.
Tenía un propósito, por más boludo que fuera. Se había guardado rápidamente unas cuantas biromes en su mochila. Y ahora, cuando todos sus compañeros dormían, Enzo se arremangaba la remera, escribía en su antebrazo un simple «Hola» y esperaba.
Por lo poco que sabía de las almas gemelas antes de que la Gran Pérdida llegara, los antebrazos eran la única zona del cuerpo donde la gente se podía comunicar con su alma gemela; la palabra desaparecía a las horas o cuando respondían del otro lado.
Como era de esperar, Enzo se despertó al día siguiente sin ninguna respuesta.
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Pasó varios meses así, sin tener respuesta. No lo hacía todas las noches, solo cuando los recuerdos le pesaban; cuando la cena con sus amigos se terminaba, el fuego se apagaba, las risas y los chistes dejaban de llenar el silencio y todos se iban a la cama. Enzo se quedaba siempre un rato más, esperando algo que no sabía bien qué era.
Volvió a escribir un «Estoy al norte, fuera de la ciudad» mientras se apoyaba sobre uno de los troncos que usaban como bancos y miraba el cielo. La falta de luz generaba la ilusión de que las estrellas brillaban mucho más que antes de la Gran Pérdida.
Le gustaba pensar que iba a recibir alguna respuesta, pero se despertó otro día más con su antebrazo sin una sola palabra.
Se subió a la parte de atrás de la camioneta y recorrieron, como cada dos semanas, la ciudad. El viaje era más largo, pero por fin llegaron a un supermercado lo suficientemente grande como para encontrar más que algunas latas de lentejas.
“Fijo que acá encuentro alguna cosita dulce” dijo el Cuti, golpeando la puerta al bajar y recibiendo una queja por parte de Licha que ignoró completamente. Se pasó entre ambas manos una barreta de hierro que siempre llevaba con él, mientras caminaban hasta la entrada.
“Pero mirá si vas a encontrar algo dulce y, si encontras, seguro está re vencido” dijo Enzo.
“Fua, qué mala onda, ¿Sabés hace cuánto no como algo dulce? Qué me importa si está vencido” dice, pasando por entre los vidrios rotos del ventanal principal.
Enzo se encorvó para no enganchar la mochila, pisando unos cuantos vidrios al entrar. Miró a su alrededor. Las góndolas estaban prácticamente vacías.
“No vas a encontrar nada acá” dice riendo.
“¿Qué apostamos?” le dice Cuti, caminando de espaldas sin dejar de mirarlo. Hace un gesto con el mentón señalándolo, esperando la sugerencia del morocho.
“Lo que quieras. ¿Qué querés a ve-” frenó cuando escuchó un «sssh» por parte de Lisandro.
“¿Escucharon eso?” preguntó.
“Yo no escuché nada” dijo Cristian, mirando para todos lados y cambiando la barreta a su mano derecha.
“No me asustes, hijo de puta” agregó Enzo, colgándose la mochila en ambos hombros.
Siguieron caminando. Lisandro les advertía cada tanto que no se dividieran cuando veían algo que les interesara, pero ninguno lo escuchaba. Cristian fue el primero en entrar corriendo a la zona de electrodomésticos como si pudiera usar alguno.
“Licha, mirá, vení. ¿Decís que alguna de estas las podés hacer andar?” señaló algunas lámparas “Uh, mirá, acá hay más linternas.”
Enzo siguió caminando un par de metros mientras escuchaba a sus compañeros debatir cuánto les llevaría desarmar todo lo que tuviera baterías solares. Miró una zona de decoración del hogar y caminó hasta ahí. Algunas cosas seguían intactas; otras, como los acolchados y las sábanas, ya no estaban.
Caminó en silencio, pasando distraídamente la mano sobre algunos muebles, cuando frenó en seco al ver ,por medio de uno de los espejos, una sombra pasar detrás de él. Se quedó con la mirada clavada sin moverse ni un solo centímetro. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
¿Había alguien ahí? ¿O ya estaba delirando? ¿Hace cuánto no comía?
Se giró lentamente e iluminó con la linterna. “¿Hola?” dijo, pero como era de esperar nadie respondió.
“¿Pasó algo?” escuchó la voz de Lisandro, que se acercaba mientras Cristian lo seguía deslizándose como un nene con un carrito de supermercado con varias cajas de electrodomésticos.
“No, nada. Creí ver…” susurró, pero dejó la frase por la mitad. “Nada, vamos”
Siguieron recorriendo el lugar y Enzo no dejaba de sentir que no estaban solos ahí. Capaz estaba medio perseguido desde que Lisandro dijo haber escuchado algo ni bien entraron, pero ahora la sensación era más real que antes.
"Che, ¿y si se apuran?" dijo cruzado de brazos, apoyado en la pared mientras ve a Cristian y Lisandro agarrar varias latas de garbanzos. Era bueno que ya llevaran casi lleno uno de los carritos de comida.
"¿Qué pasa?” preguntó Lisandro, que llevaba más tiempo recorriendo con él la ciudad. Lo conocía lo suficiente como para saber cuándo algo no le cerraba.
"No sé, no me gusta este lugar" Su instinto le decía que se tienen que ir, como una alarma en la cabeza, que no sabía bien explicar, pero que estaba ahí y siempre la había escuchado desde que salió con apenas once años a recorrer las calles.
Esa alarma lo había salvado más de una vez.
Cristian y Lisandro cruzaron miradas.
"Danos cinco minutos, terminamos de mirar bien acá y ya cargamos todo en la camioneta" le respondió Cristian, agachándose para mirar al fondo de una de las góndolas.
No les respondió; solo caminó un poco alrededor y volvió a sacar la navaja. La abría y la cerraba. La abría y la cerraba. Hasta que lo escuchó. Pasos, estaba seguro, pero algo se arrastraba. Tomó aire y escuchó el ruido general del ambiente. Alguna chapa golpeando sobre algo de metal, pero no volvió a escucharlos. Si era alguien, estaba solo.
“Ya estamos” dijo Licha cerca de su oído, casi haciéndolo saltar en el lugar. “Epa, papito ¿te asustaste?” jode, dándole un codazo que Enzo intentó bloquear con el brazo.
“Pará pelotudo” se quejó, siguiéndolos por los pasillos.
Salieron por una de las puertas de seguridad del costado, rodeando el supermercado. No vieron a nadie cerca ni escucharon el ruido de algún otro auto. Enzo se apoyó sobre el costado de la caja y saltó dentro, sacó el seguro de las bisagras y bajó la tapa. Cuti acercó uno de los carritos y empezaron a cargar las cosas.
“Tené en cuenta que si hubiera alguien cerca también tendría que venir en algo hasta acá, estamos bastante lejos del centro” le dice, pasándole otra caja.
“Si, tenés razón”
Cuando terminaron de cargar todo, Cristian se subió de acompañante y cerró la puerta con fuerza. Enzo estaba seguro de que Licha lo puteó por eso, pero sentado como iba, en el borde y agarrándose de los costados para no caerse de espaldas, le era imposible escucharlos discutir.
Lisandro arrancó casi escarbando y Enzo mantuvo la mirada en el supermercado. Creyó ver, mientras se alejaban, a alguien salir de uno de los costados del lugar.
Distinguió apenas que era un pibe de pelo castaño que rengueaba con la pierna derecha mientras cargaba una mochila camuflada sobre el hombro izquierdo. Caminaba tan lento que Enzo pudo asegurar que era eso lo que se «arrastraba» dentro del supermercado. El pibe frenó y miró en dirección a la camioneta. No hizo ninguna seña o algo que le indicará que quería que frenaran. Enzo lo esperó, pero no. Solamente los miraba irse.
Parecía estar solo, pero no podía arriesgarse a decirle a sus amigos que frenaran por él. ¿Qué pasaba si eran más y le sacaban todo lo que habían conseguido?
Antes de que pudiera siquiera volver a dudar, el castaño se fue para el lado contrario a ellos.
