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"Entonces," la voz de Julián era fuerte y clara, "el sistema nervioso se divide en..."
"Anatómico y funcional," adivinó Enzo.
"Y a su vez el sistema nervioso anatómico se divide en..."
Enzo fijó su mirada en el pasto mientras pensaba, sus dedos jugueteando con la manta en la que estaba sentado. Estaba seguro de que había escuchado la respuesta correcta en algún momento, pero no se le venía nada a la cabeza. Ni siquiera la tenía en la punta de la lengua, como le pasaba algunas veces.
Volvió a mirar a Julián, con la boca apretada en una fina línea.
"No lo sé," admitió.
"Sistema nervioso central y sistema nervioso periférico," contestó Julián, con una sonrisa. "Tenes que prestar atención si queres aprobar."
Enzo se quedó mirando esa sonrisa canchera unos segundos de más. "Es que es un bodrio esto."
"Podría ser peor," dijo Juli, encogiéndose de hombros. "Esta la tenes que saber. ¿Qué compone el sistema nervioso central?"
Enzo se obligó a pensar. No le gustaba cuando Julián lo miraba así, como si estuviera seguro de que diría la respuesta correcta. No porque no fuera capaz –sabía que si verdaderamente se ponía las pilas podía aprobar cualquier examen– sino porque no quería decepcionarlo.
Era un sentimiento extraño del que solo se había percatado hace unos días. Todavía no entendía a qué se debía. Nunca le había importado decepcionar a nadie, y menos a Julián, que lo conocía como la palma de su mano.
Por suerte, esta vez podía quedarse tranquilo. Sabía la respuesta.
"Cerebro y médula espinal."
"Encéfalo, no cerebro. Pero si"
"Ay él, encéfalo," se burló Enzo.
"Encima que te corrijo para que pongas las cosas bien en la prueba." Julián puso los ojos en blanco. "¿Sabes qué? No te ayudo más."
"Dale Juli, te estaba jodiendo," dijo Enzo, sentándose más cerca de Julián, con sus rodillas casi chocándose. "Si sabes que me encanta que me ayudes."
Los cachetes de Julián se tiñeron de rojo. "¿Sí?"
Enzo no sabía por qué, pero su corazón empezó a latir rápido ante la vista de un Julián sonrojado. Supuso que era emoción por no haber decepcionado a su amigo.
Una tierna sonrisa se apoderó de su cara. "Obvio."
Se miraron unos segundos más, sonriéndose, hasta que la sensación de algo mojado cayendo en sus caras los hizo mirar hacia arriba. Habían estado tan concentrados en el estudio que no habían notado que el cielo se había oscurecido.
Los ojos de Julián reflejaban el pánico en los de Enzo cuando se volvieron a mirar.
"¡Las cosas!"
Se levantaron lo más rápido que pudieron, metieron las carpetas y los libros en las mochilas, junto con la manta, y echaron a correr.
Parecía un chiste, pero Enzo juraría que entre más rápido corrían, más fuerte llovía. Sintió como se le mojaban no solo la cabeza y la cara, sino todo su cuerpo, hasta que estuvo tan empapado que cualquier tipo de movimiento era incómodo.
Faltaban solo cinco cuadras para llegar a la casa de Julián, pero aun así se detuvo. No le veía el sentido a seguir corriendo cuando ya estaban empapados.
Julián se detuvo a su lado, tan mojado como Enzo. Pero a diferencia de él, que tenía una cara de culo digna de sacarle una foto, comenzó a reír.
Su risa fue tan inesperada que se le clavó como un puñal en el corazón a Enzo. Se encontró mirando la curva de su boca, como los labios se extendían sobre sus dientes. Era una hermosa sonrisa, no podía negarlo. Pero lo más lindo era como sus ojos marrones brillaban divertidos, enmarcados por las largas pestañas mojadas por la lluvia.
Tuvo un repentino deseo de acercarse y cubrir su boca con la de él, de sentir como dejaba de sonreír para acoplarse al beso, de poder enredar sus dedos en sus rulos mojados.
¿Qué le estaba pasando?
Pestañeó, queriendo sacarse esos pensamientos de la cabeza.
"¿De qué te reís?" Dijo Enzo, de una manera brusca.
No pretendía hablarle así, pero por suerte Julián no pareció ofenderse. Al contrario, se rio todavía más fuerte.
"Pareces un perro mojado."
Enzo puso los ojos en blanco y encaró para la casa de Julián, sin poder evitar pensar que Julián parecía un cachorrito mojado.
Un cachorrito mojado muy lindo.
Definitivamente algo estaba mal.
Enzo había pasado toda la cena mirando disimuladamente a Julián y rezando porque este no se dé cuenta.
Julián era el mismo de siempre. Parloteaba sobre el colegio, y el fútbol, y las películas y los juegos que podrían disfrutar juntos, como hacía siempre que se juntaban. Entonces, ¿por qué Enzo sentía que era la primera vez que lo veía?
Siempre lo había visto, obviamente. Pero sentía que era la primera vez que lo había observado con detenimiento, apreciando todos los detalles de su cara. La curva de la mandíbula, los pómulos marcados.
Descubrió que le gustaba mirarla, y sobre todo, mirar sus labios cuando hablaba. Le resultaba fascinante la forma en que se curvaban alrededor de las palabras, y no pudo evitar desear sentirlos contra los suyos.
Nunca antes había tenido estos pensamientos sobre Julián. Siempre había pensado en él como su amigo, su mejor amigo, y jamás se hubiera imaginado que eso pudiera cambiar.
Dio vuelta la cabeza para mirarlo, acostado a su lado, profundamente dormido. Julián había insistido en que se quedara a dormir, y aunque Enzo sabía que necesitaba tiempo a solas para pensar, hubiera sido raro si se negaba. Ahora, sintiendo su cuerpo tan próximo al suyo, pensó en que tendría que haber sido más fuerte y haberse ido a su casa.
Miró hacia el techo. ¿En qué se había metido?
Sabía, como que el cielo era celeste y que el sol salía por el este, que todo este revoltijo de emociones solo podía significar una cosa. Y lo aterraba.
Lo aterraba la posibilidad de tirar su hermosa amistad por la borda. Julián era de las mejores cosas que tenía en su vida, y jamás se perdonaría a si mismo si la arruinara. El solo pensarlo hacía que le doliera el pecho, como si lo hubieran golpeado justo en el corazón.
Cerró los ojos y se dio la vuelta, dándole la espalda a Julián. Quizás mañana, con la luz del sol aclarándole las ideas, todo volvería a la normalidad.
La luz del sol se tardaba en aparecer.
Por más que hubiera cerrado los ojos, a Enzo se le hacía imposible conciliar el sueño. Cada pocos minutos se daba vuelta para un lado y para el otro, con la imagen de Julián bajo la lluvia impregnada en su cerebro.
Encéfalo, se imaginó que diría Julián si pudiera escuchar sus pensamientos. Sonrió como un boludo, para luego pensar que inventar conversaciones en su cabeza se parecía demasiado a la definición de esquizofrenia.
Soltó un suspiro y se dio vuelta una vez más, quedando frente a frente con Julián.
Se veía tan hermoso mientras dormía, con la cara relajada y sus rulos revueltos por la almohada. Enzo se sentía bendecido de poder contemplarlo así, de poder admirar cada detalle de cerca. No podía creer que no se hubiera dado cuenta antes de lo lindo que era.
¿Realmente había estado tan ciego?
"¿De qué hablas?" Murmuró Julián antes de abrir despacio sus enormes ojos marrones.
Enzo sintió como su corazón daba un vuelco. No solo porque Julián lo había enganchado mirándolo mientras dormía, sino porque verlo así, recién levantado, era demasiado para él.
Se esforzó por contestar.
"No dije nada."
"Si dijiste. Preguntaste si habías estado ciego. Un poco rara la pregunta, ¿no?"
Enzo no sabía qué decir. Estaba demasiado pasmado. ¿Desde cuándo hablaba sin pensar? Y encima en frente de Julián.
"Estuviste raro hoy a la noche, como distraído," musitó Julián. "¿Te pasa algo?"
"No, no," contestó rápido Enzo. "¿Qué me va a pasar?"
"Y no sé, por eso te estoy preguntando. Y no digas los nervios por la prueba, porque sé que no es eso."
Enzo tragó saliva, nervioso. Había pasado todo tan de repente que ni siquiera le había dado tiempo para inventar una excusa. Ni siquiera había pensado que Julián podría darse cuenta de sus inquietudes.
La mano suave de Julián se posó en su cachete. "Sabes que podés contarme todo, ¿no? Yo jamás te voy a juzgar, incluso aunque hayas hecho algo malo."
"No es nada malo."
"¿No?"
Enzo negó con la cabeza.
"¿Qué es entonces?"
Sus ojos derrochaban preocupación, pero también comprensión. Se conocían de hace tantos años que Enzo sabía que Julián jamás lo lastimaría.
¿Cómo podría lastimarlo si en el fondo, entre tantos otros sentimientos, el que predominaba en sus ojos cuando lo miraba era amor?
"Hoy cuando estábamos abajo de la lluvia me dieron ganas de hacer algo, y no puedo dejar de pensar en eso."
"¿Qué te dieron ganas de hacer?"
Enzo miró sus labios, y luego a sus ojos otra vez, deseando ver alguna señal de que era correspondido.
Julián lo miró fijamente. "Hacelo."
Enzo se acercó despacio, apoyando suavemente sus labios sobre los de Julián.
Al separarse, vio que Julián sonreía complacido. "¿Era eso nomás? Lo hubieras hecho en ese momento, bobo."
"Buee, ¿y yo cómo iba a saber que vos querías lo mismo?"
Julián se rió y se acercó nuevamente. "Ahora lo sabes."
Enzo lo besó, más profundo esta vez. Se sentía casi desesperado, porque quería tantas cosas a la vez. Quería besarlo lento y explorar con su lengua cada parte de su boca, pero también necesitaba besarlo desaforadamente.
Por suerte, tenían tiempo de sobra.
Entre besos, Enzo murmuró, "Tenía un re cagazo de besarte. De solo pensar en que te podías alejar de mi–"
Julián lo calló con un besito. "Nunca te voy a abandonar, y menos ahora que por fin pasó lo que tanto esperé."
El corazón de Enzo se sintió mucho más ligero, como si le sacaran un peso de encima.
"Yo tampoco te voy a abandonar." Le dio un beso. "Jamás."
"Te creo."
