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Un lunes de entrenamiento en Verde Valle significaba una nueva historia que Roberto Carlos Alvarado contaría a la posteridad. Si algo le había enseñado su madre patria, era que cada día era una verdadera odisea de surrealismo.
Como cada mañana desde que Jordan había llegado a Chivas, Roberto veía a los dos hombres llegar por el pasillo que daba al estacionamiento. No le pareció raro, al principio, que ese día no llegaran juntos sino que primero llegara Jordan y después Diego. Diego, aun así, cargaba una bolsa en cada hombro.
Ninguno de los dos tenía especial reparo en disimular que eran novios, al menos para una fracción del vestuario. Piojo se preguntaba qué tanto tiempo llevaban saliendo a distancia en realidad, y por un momento se enterneció.
—¿Qué pedo, Campi? —saludó de puño. Jordan también se acercó y lo saludó, pero no tardó en irse del otro lado del campo y agarrar de pareja a Brian para hacer los calentamientos—. Te veo medio tristón.
—Nada, wey, salimos un poquito en desacuerdo Jordan y yo —replicó el hombre—. ¿Calentamos juntos?
—Ya estás.
Roberto se daba cuenta de las miradas enojadas que Carrillo les dedicaba de vez en cuando, el cabello rebotándole conforme se movía. Era tan chaparro que Piojo no podía tomárselo demasiado en serio, pero ahí estaban.
—Luego le digo que sus celos no tienen sentido, pero pura madre me hace caso —le platicaba Campillo mientras se estiraban en conjunto—. Me canso de tanto pinche celo.
—¿Neta? Hasta pensaría que ya estás acostumbrado.
—O sea, sí estoy acostumbrado, pero hasta yo echo de ver ciertas cositas —le dijo—. Bueno, equis.
—Pero ¿viven juntos ustedes?
—Sí, desde que llegó a Guadalajara. Ya me urgía tenerlo cerquita.
¿Quién te entiende, Diego? pensó Roberto. Terminaron de calentar y se acomodaron para interescuadras. Roberto tragó saliva cuando vio que quedó en el equipo contrario a Jordan, sabiendo perfectamente que algo se le venía encima. Aún no tenía idea de qué, pero no era nada bueno.
El entrenador pitó el comienzo del juego. Roberto recibió un buen pase de Diego desde los laterales y se movió en el mediocampo con tranquilidad, buscando a alguien con quien asociarse. Encontró rápidamente a Hormiga cerca de la portería y marcado por Cotorro únicamente.
Pero Roberto salió disparado hacia su lado derecho por un inesperado empujón con los hombros. Su trasero tocó el césped.
—¡Jordan! ¿Qué chingados? —exclamó Aguirre, que era parte del equipo del bajito.
Carrillo miró a Piojo en el suelo y le tendió la mano, levantándolo. Piojo sonrió, nervioso.
—Se me chispoteó, apá —le dijo a Roberto, quien volteó a ver a Diego. A Campillo le brillaban los ojos con una emoción que Roberto, como casi no lo conocía, no supo identificar.
No sabía si estaba aterrado o enojado, pero se mantenía serio.
El juego se reanudó sin mayor percance, más allá de las peleas por el balón que tenían Diego y Jordan, ante las que muchos de sus compañeros se quedaban notoriamente confundidos. Roberto observó a Armando alzar la ceja y mirar a Brian, comunicándose telepáticamente. Piojo supo que podía conversar sobre la situación con ellos.
Tomó un pequeño descanso para hidratarse y justo lo alcanzó Diego, agachándose y tomando la botella que le ofrecían.
—Eh, wey, ¿por qué no vas a la casa más al rato a comer? —le sugirió—. Dayana va a hacer unas papas gratinadas que le quedan con madre.
—Órale, we, jalo. Gracias por invitarme.
Siguieron jugando y vino después la sesión de recuperación. Roberto observó a Jordan quitarse la camiseta bajo la atenta mirada de Campillo y marcharse del lugar rumbo a las tinas de crioterapia. Piojo se agachó para agarrar sus mancuernas favoritas, las de 2,5 libras, y ponerse a hacer elevaciones laterales mientras Diego desaparecía en el pasillo.
Sonrió levemente, pero su vida no se vio afectada en absoluto.
—Tremendo mandilón que es —le dijo Cotorro, sentándose en la banca de al lado y poniéndose a hacer hombro con una expresión de huelepedos—. Ya le dije que se agarre bien los huevos y le diga que le baje a su desmadre.
—Ya mero te va a estar haciendo caso —se rió Piojo, y Bryan asintió lentamente, soltando una risita.
—Como sea, creo que hoy no andan tan de buenas —dijo—. Seguro ya la armó de pedo el Jordan.
—Eh, probablemente.
Roberto se dio cuenta de que Bryan no era específicamente el mayor fanático de lo que fuera que tuvieran esos dos, pero también supo rápidamente que venía desde la preocupación por su amigo y no por algunos celos raros.
Terminó sus entrenamientos sin preocupación alguna, y esperó a que Diego volviera para poder irse a su casa. Ya le gruñía el estómago solo de pensar en esas papas gratinadas. Y, mejor aún, en su mujer esperándolo en su casa.
Piojo sintió cositas.
Y el gimnasio se vació lentamente. Brian y Armando se despidieron de él con pequeñas sonrisas y se marcharon por el camino de arboledas, otra ruta para ir al estacionamiento. Se levantó y empezó a dar vueltas por el lugar: ¿en dónde putas estaba Diego?
Su pregunta tuvo respuesta unos segundos después, cuando el hombre emergió del pasillo y lo agarró del hombro.
—Eh, wey, me vas a tener que disculpar, pero no voy a poder ir contigo —se excusó—. Me salió algo que no recordaba que tenía que hacer.
Roberto sonrió en grande y por un momento quiso decirle a Campillo lo que en verdad pensaba. Pero calló cuando detrás de Diego salió Jordan y se despidió de puñito de él. Carrillo traía los labios sumamente rojos.
—Aquí déjame la mochila —le dijo Campillo. Jordan ya no dijo nada, abriendo la puerta y dejándolos atrás con una facilidad despreocupada. Piojo entrecerró los ojos mientras agarraba sus cosas.
—No te preocupes, wey, espero que otro día puedas. Tú te la pierdes —respondió—. Seguro ya te lo prohibieron.
—No, wey, ¿de qué hablas? —rió nervioso el hombre, y los dos enfilaron hacia el estacionamiento.
—Aguanta, se me olvidó algo.
Piojo regresó a la zona de lockers y finalmente recuperó lo perdido: su pila para cargar el teléfono. Diego se le había adelantado un poco y Piojo decidió no decir nada. Siguió el sendero, tan fresco por la sombra de los árboles, y observó a Campillo llegar hasta la desértica zona de los coches.
Ya lo esperaba ahí Jordan, cruzado de brazos en la camioneta.
Roberto observó el intercambio con la boca abierta, deteniéndose en sus pasos: Diego llegaba y abría la puerta de atrás para meter sus mochilas. Después, le acariciaba discretamente un costado a Jordan, que solo puchereaba. El más alto le pasó el brazo por la cintura y cargó con una extraordinaria facilidad a Carrillo, que solo se dejó hacer de manera que ni siquiera tocaba el suelo.
Le abrió la puerta del copiloto y dejó que el hombre se acomodara ahí antes que lo atrajera hacia si, dejándolo entre sus piernas. Campillo y él se pegaron en lo que debía ser un beso justo cuando Jordan cerraba lo más posible la puerta con el brazo que no tenía sobre los hombros del más alto.
Piojo trató de darles la mayor privacidad posible, pero observaba como se tragaban a simple vista. Por un momento, temió que los cacharan, pero no había absolutamente nadie ahí. La mano de Jordan se acomodó en el oscuro cabello de Diego mientras las manos de este se apoyaban en esos atléticos muslos tatuados.
Pendejo Diego, pensó, riéndose.
