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La cama en la que descansa le es conocida, es la misma cama en la que estuvo acomodado durante buena parte de su vida, la que estaba justo a dos metros de la cama de Stanislaw. ¿Por qué está allí? La última vez que compartieron cuarto fue antes de ser enviado al convento, en su temprana juventud. Entonces estaba bastante enojado con todo y todos, Stanislaw era un idiota y aún así el heredaría todo, pero al pobre Jakub, al más fiel, más diligente, más inteligente, lo enviaban a un convento entre las montañas a aprender de la religión hasta perder las pestañas de tanto leer y recitar.
Estaba enojado, no entendía entonces lo que significaban la cruz y la sotana más allá de símbolos que veía a menudo en los altares y las súplicas de su madre.
―¡Jakub! ―ya entonces, su hermano era un aprendiz de borracho que pasaba la mitad del día de juerga, volviendo siempre con esa estúpida sonrisa en el rostro―. Madre ha dicho que te enviarán mañana al convento.
Entra por la puerta sin ceremonia, sus estúpidos rizos rubios demasiado sueltos. Ambos llevaban el cabello muy largo entonces, a Jakub le gustaba, su cabelo lacio y negro era la envidia de muchos; ahora que debe mantener las formas por su orden lo extraña un poco. Jakub quiere preguntarle qué está pasando, por qué son tan jóvenes de nuevo, pero su hermano se lanza a su lado, desparramandose en su cama.
―Oye, idiota, este es mi sitio ―se queja. No sabe si con sinceridad o solo por hacer sentir al otro tan incómodo como está ahora mismo. Stanislaw siempre fue un niño de abrazos, sensibilidad y cercanía con el que Jakub no lograba conectar―. No me hagas enojar incluso cuando ya me voy a ir.
―Justo eso, ya no seremos Stanislaw y Jakub frente al mundo. Te voy a extrañar ―ahora lo recuerda, esto había pasado en realidad. Tuvo esa conversación con su hermano hace años, antes de ser sacerdote―. Cuando vuelvas voy a tener que llamarte: Padre Jakub.
Los ojos de borrego de su hermano eran bastante patéticos, sobre todo restregando su nariz en una de sus almohadas. Ese fue el momento en el que el Jakub del pasado había empujado a su hermano y le había dicho que no solo sería el Padre Jakub, sino que le cobraría por liberarlo de sus pecados a muy alto costo. Stanislaw se había reído, lo había abrazado y Jakub lo empujó fuera de la cama quejándose de siempre invadir su espacio. Siendo tan cercanos en edad, sus padres los habían dejado en la misma habitación desde pequeños, y eran constantes sus peleas por ello.
En esta oportunidad, a Jakub le puede la bondad que su hermano muy a su manera ha expresado por él en el último tiempo y, siendo un sueño cómo cree que es, no pasa nada si no hace lo mismo; además, él ya es un adulto y de alguna manera lo persuade esa cara de niño tonto.
―Bueno, volveré más pronto de lo que crees ―menciona, sentándose de forma erguida y superior―. Seré un buen guía espiritual para nuestro pueblo.
Su hermano sonríe tontamente desde abajo, se ve como la mayoría de los hombres se ven en una cama: totalmente estúpido. No es que Jakub haya pensado mucho en su hermano durante esos años, realmente le gustó no estar constantemente involucrado en las tonterías de su casa, sobre todo en lo que tenía que con su hermano mayor y su padre, mucho más sensibles que él a las posibles discusiones de la prole. Cuando se fue al convento, tuvo tiempo para leer sin griteríos, aprendió a cantar, pudo encontrar otros hombres con los que conversar fuese algo agradable y no una rebaja a su intelecto. Viendo a su hermano otra vez, se da cuenta que hubo cosas que sí le hicieron falta, como los intentos de hacerlo reír cuando se equivocaba o las charlas nocturnas que ni en la adultez van a algún lado pero siguen siendo bienvenidas, porque le hacen sentir que hay alguien que realmente aprecia que él piense.
―Cuando vuelvas, mamá va a llorar ―comenta su hermano, juntando las manos detrás de la cabeza. Demasiado cómodo en el espacio de Jakub―. Tal vez para entonces ya hayamos casado a Aniela, o la puedas casar tu.
Jakub no cree que nadie se quiera casar con su hermana pequeña, ni entonces ni ahora. Antes era una niña que se metía en el barro a jugar y ahora es una mujer que prefiere la política a los deberes del hogar.
―Sí, será una pesadilla ―comenta con desgana. Entonces empuja a Stanislaw, porque es lo que siempre ha hecho, molestarlo y enviarlo a hacer cualquier otra cosa―. Vete, esta es mi cama.
Su hermano mayor se ríe, tira de él cuando lo vuelve a empujar y, como en muchas otras ocasiones, termina rodando con él hasta el piso. Si fuesen más jóvenes, habría terminado en una pelea a golpes real, ahora solo se intentan tirar el uno del otro para molestarse. Entonces era más sencillo, podía burlarse de su hermano con más facilidad, como algo ingenuo y chistoso; ahora intenta hacerlo cada que puede, pero le parece algo más brutal, más severo, la edad no les permite el perdón tan rápido como las risas de otros días.
Se quedan allí en el piso, los rizos Stanislaw revueltos, demasiado rubios para su cabeza tonta. Está allí, mirándole con lástima y un labio inferior que se extiende en un puchero febril, y, como es un niño, Jackub se siente menos propenso a pelear con el que nunca.
―Jackub, no te vayas ―las lágrimas son reales―. Esos estúpidos monjes te van a convertir en un idiota.
―El único idiota aquí eres tu ―le dice a su hermano del sueño, limpiando las lagrimas que se desarman por el rostro con sus dedos, como lo haría con el real―. Deberías estar feliz de que no me voy a interponer en tu herencia.
Stanislaw lo abraza, de esa forma dramática en que hace las cosas cuando de verdad le importan.
―Me haré actor, qué importa si te quedas con esta granja.
Esas también habían sido palabras de su hermano en esa época. Estaba enojado porque su madre lo había bajado de un carro con el grupo de actores que lo haría famoso y feliz. Quiere decirle a esta versión de su hermano que ninguno de los dos va a conseguir lo que quiere, al menos no pronto, ni siquiera cuando él regrese; que Aniela, vestida de niño y untada de tierra, es mucho más querida por todos que ellos dos. Lo detiene un sentimiento que debería estar reservado para otros hombres y no su hermano, cuando se da cuenta que él lo está sujetando por la cintura y respirando justo en su cuello. Ya no lleva su sotana, por lo que la sensación es cálida y cercana, su camisa del diario se ha levantado, así que la mano de Stanislaw toca directamente su piel.
El sueño cambia, ya no es la plácida platica con su hermano sobre su futuro, es el hombre en el que se ha convertido que lo besa con desenfreno entre el cuello y su clavícula, que lo sujeta con más fuerza de la necesaria contra el suelo. Ya no están en su pequeña habitación de la infancia, sino que están tirados bajo el altar de su capilla, Jesucristo en su cruz le mira con sorpresa. Tira de Stanislaw para sacárselo de encima.
―Vamos, tenemos que hacerlo rápido ―dice él, su voz azarosa. Tira de la sotana de Jackub sobre sus rodillas, sus manos son demasiado amables.
―Idiota sin sesos ―le regaña, golpeándole en la cabeza―. No deberíamos hacer esto, somos hermanos.
Las manos de Stanislaw se sumergen todo lo que pueden, acarician sus piernas, las abre con gentileza, al mismo tiempo, esboza esa sonrisa satisfecha que tiene siempre que cree que está haciendo algo bien, cuando en realidad la está cagando en demasía.
―¿No? ―duda un momento, puede notar la erección clavada contra su propia pierna. No debería, pero eso le excita―. Pero fuiste tú quien dijo que te buscara aquí.
¿Qué clase de penitencia es esta? No le diría a su estúpido hermano nunca que lo buscará en la iglesia para cometer semejante pecado. Tal vez, si de verdad lo quisiera, buscaría… no, jamás, no importa que las damas digan que Stanislaw sea un buen amante. Es su hermano.
―Pues, ya no quiero, quítate ―contesta, empujado de nuevo. No se mueve, más bien se preocupa.
―¿Estás enfermo? ―una mano deja su sotana en paz y toca su frente―. Parece que te pasaste con la bebida ayer. ―Quiere gritarle, darle una cachetada, quitar esa mano resbalosa que sigue dentro de su ropa. La lejana caída de algo y el estruendo posterior lo sobresaltan.
Está en su habitación, está despierto, Stanislaw está de pie al lado de su cama y lo mira con absoluta estupidez en el rostro.
―¿Qué?
―Es que dijiste que viniera temprano para que pudiéramos ir a convencer a papá de los arreglos ―comenta, con absoluta obediencia, tan ligero como siempre ha sido.
―Sí, ya lo recuerdo.
―¿Estás bien?
―Sí.
―Estas sonrojado, ¿estabas teniendo sueños divertidos? ―pregunta, sin ningún reparo―. Te veías angustiado cuando entré.
―Idiota.
―Sí, lo vi. ―sigue hablando―. ¿Con quién? ¿Alguna bella dama de las que nos está visitando? ―su curiosidad parece genuina―. ¿Tienes que ir a confesarte ahora o después? ¿Te puedes perdonar a ti mismo?
Su hermano tiene la mente del tamaño de una nuez.
