Work Text:
Miquel.
Nombre masculino. Seis letras. Como el suyo.
Lo había visto antes, pero no recordaba dónde. Informes, expedientes, historias clínicas… Todas eran opciones lógicas. Ninguna era la correcta. Según los datos del INE, en España había 19.078 hombres con ese nombre, pero solo le perturbaba uno. Uno de 19.078. Y ni siquiera sabía quién era.
-¿El negro o el granate?
La voz de Patricia le sacó de sus pensamientos.
-¿Eh? ¿El qué? – dijo sacudiendo su cabeza para terminar de volver a la realidad.
-Joder, Néstor, no me estás escuchando – resopló –. Sé que esto no te importa, pero podrías fingir un poquito que sí.
Era verdad. No la estaba escuchando. No desde que había visto aquel mensaje.
-Sí te estaba escuchando.
Mentira.
-Me despisté al imaginarte con ello puesto, perdona – prosiguió Néstor, encadenando esa segunda mentira acompañada de una sonrisa pícara y una mirada de absoluta inocencia.
Sabía cómo hacerlo. Con Patricia había perfeccionado esa habilidad: no tanto la de mentir, sino la de saber qué y cómo era exactamente lo que la presidenta quería escuchar en cada momento. Y en ese instante, ella solo quería decantarse por un vestido para una cena con empresarios.
-El granate, sin duda.
No tenía ni idea de cómo era el vestido granate. Menos aún el negro.
Mientras ella pasaba las fotos en su móvil, su mirada se había desviado inconscientemente a la notificación de WhatsApp que le había llegado a Patricia:
“Te veo luego, preciosa”.
Era Miquel. El desconocido, el anónimo, una sombra sin rostro. Él no le ponía cara y, sin embargo, intuía que Patricia ya le había puesto cuerpo, manos, espalda, torso y todo aquello que no se atrevía a nombrar sin que el estómago le diera un vuelco.
Era Miquel. A secas, sin calificativos. Tan solo Miquel. Y aquello le escocía aún más, porque él era tan solo Néstor y Emilio era tan solo Emilio. El resto de las personas que rodeaban a Patricia, como en cualquier agenda telefónica, tenían apellidos, partido político o empresa. Pero Miquel no tenía. Miquel, simplemente, era.
Miquel no tenía ni cara ni etiquetas. No pedía permiso para existir. Eso le hacía mucho más real. También, mucho más peligroso.
-No sé, no me convence – murmuró ella, absorta en su crisis estética y completamente ajena a la que se había desatado en la mente del oncólogo –. Creo que mejor el negro.
El negro. El que él no había elegido. El que, sin duda, habría preferido Miquel. Toda esa seguridad y firmeza operando un cáncer a corazón abierto o liderando huelgas sanitarias frente a ministros se tambaleaba por un mensaje de WhatsApp. Era casi insultante. Humillante, incluso. Un hombre acostumbrado a sostener la fina línea entre la vida y la muerte, derrotado por cuatro palabras. Pero qué cuatro palabras.
“Te veo luego, preciosa”.
Esas putas cuatro palabras.
Las mismas que él no se atrevía a decir. Al menos, no públicamente. En privado, solo a veces. Ella, menos aún. Cinco meses llevando en secreto una vida de pareja y seguían fingiendo que no lo eran. Que aquello eran solo polvos esporádicos. Con cenas, desayunos, duchas compartidas y domingos de peli y manta incluidos, pero polvos esporádicos. El problema de lo esporádico es que no miente a todo el mundo y, sobre todo, no se miente a sí mismo. Para Néstor, el engaño ya era insostenible. Más aún al leer esas cuatro palabras.
Cada una le irritaba más que la anterior.
Te veo. No era casualidad, era intención.
Luego. Un tiempo indefinido, casi tanto como esa relación que no admitían.
Preciosa. Sí, lo era, pero por qué cojones la tenía que llamar así.
Esas cuatro palabras seguían retumbándole en la cabeza. Quería preguntar, saber, conocer. Sobre todo, quería reclamar. Pero reclamar algo de lo que tú mismo te convences de que no te pertenece es, cuanto menos, irónico.
-El negro también es bonito.
Se escuchó a sí mismo y sintió vergüenza ajena, pero era la única forma de intentar apaciguar sus pensamientos.
-Me queda mejor.
“No, no te queda mejor, te quedo mejor yo” quería responder Néstor, que ya empezaba a no diferenciar entre dos simples vestidos y los hombres a los que, solo en su imaginación, representaban.
Patricia le acercó el móvil para enseñarle nuevamente la foto. Volvió a verlo. Realmente, lo vio por primera vez. No a Miquel, por suerte, sino al jodido vestido negro.
Era perfecto. Largo con una apertura hasta la rodilla en su pierna izquierda. La cintura un pelín fruncida para evidenciar su silueta. Manga francesa. Cerrado por delante, pero con la espalda totalmente descubierta. Todo ello acompañado por un clutch del mismo color y unos stilettos de casi quince centímetros.
Ni Lady Di se había atrevido a tanto con su mítico revenge dress.
-Es espectacular… - admitió mientras, inevitablemente, sonreía a la pantalla –. Tú eres espectacular.
Dio un paso hacia ella.
-Lo sé – sonrió vanidosa.
Néstor volvió a avanzar, reduciendo el concepto de distancia a su mínima expresión.
-Presumida…
Roce de labios. Distancia cero.
-Mucho – susurró divertida al ver que Néstor se veía obligado a tragar saliva para contenerse –. Y el vestido me hace un cuerpazo, no va a haber quien me quite el ojo de encima – sentenció mientras le guiñaba un ojo.
Paso atrás. Cuerpo tenso. Distancia absoluta.
-¿Y exactamente quién quieres que te mire?
No había juego, no había provocación. Le salió más áspero de lo que pretendía.
-¿Qué? – preguntó desconcertada.
El oncólogo bufó levemente por la nariz, apartó la mirada de ella para centrarla sobre un punto fijo de aquel salón y colocó sus brazos en jarra, apoyándolos sobre sus propias caderas.
-Néstor, ¿qué dices? – repitió mientras la confusión daba paso a la indignación.
Él seguía tenso, rígido, estático.
Quería preguntar, soltar ese nombre, ver cómo reaccionaba ella al escucharlo en voz alta; pero el miedo a la respuesta era muy superior a la curiosidad.
-Néstor, coño, responde.
No era una invitación, era una orden.
-Miquel, ¿verdad?
Ya está. Ya lo había soltado. Ya no había vuelta atrás.
-¿Qué Miquel? – dijo alzando la voz mientras se acercaba a él.
-Miquel. No sé qué Miquel, pero Miquel, el que está deseando verte – cogió aire -. Y está claro que tú a él también.
-¿Qué coño dices, Néstor?
-Que estás deseando que él te vea. Él o cualquier otro, el que sea; llamar la atención es lo que mejor se te da.
-¿Perdón?
- Perdonada – soltó irónico –. No sé de qué te sorprendes. Esto te lo sabes de memoria, es tu modus operandi: seguir en el cargo es la excusa perfecta para autoconvencerte de que eres válida, de que te ven, de que te escuchan, de que te quieren.
-Néstor.
Patricia podía hundir a cualquiera con tan solo una palabra.
-¿Néstor qué?
Con él, esa única palabra, su nombre, fue pura gasolina.
-Sabes que es así, Patricia, lo sabes – prosiguió –. Y desde que te curaste, especialmente desde la reconstrucción, aún más. Poderosa, atractiva, con un pecho de infarto y de cenita con un imbécil al que seguro que ya te has follado. Que te aproveche.
Tres palabras de mierda para finalizar ese monólogo con el que no podía haber caído más bajo.
-Fuera – fue lo único que acertó a decir Patricia.
El eco del portazo de Néstor rebotó en todos y cada uno de los trescientos dieciséis metros cuadrados, terraza y piscina aparte, de la casa de Patricia. Ella, aún inmóvil en el centro del salón, sentía como ese gigantesco espacio se había reducido a un único metro cuadrado que ya comenzaba a asfixiarla.
Miserable, ruin, rastrero, asqueroso, despreciable, repulsivo… El discurso de Néstor había sido una sucesión de golpes bajos. No solo a ella, que también, sino a su intimidad. Por partida doble, además. Golpeaba la suya propia, esa que había permanecido blindada durante décadas y solo con él se había atrevido a mostrar, y golpeaba también a la que habían construido entre ambos.
Desde fuera, aunque no había nadie que la observara, Patricia parecía impasible, imperturbable, indiferente. Aún no había avanzado ni un centímetro. Lo único que se movía era su pecho, subiendo y bajando a un ritmo excesivamente acelerado para alguien que está en reposo. La viva imagen del estado de shock: el cuerpo paralizado y la mente desgranando a toda velocidad cada palabra de Néstor.
“Estás deseando que él te vea. Él o cualquier otro, pero hoy es él”
Promiscua, desesperada, patética, puta. Ese había sido el veredicto de Néstor. Como si no la conociera. Como si no supiera que, antes de él, había estado casi dos años sin tener nada con ningún otro hombre. Como si hubiera olvidado que ese hombre anterior había sido un eurodiputado noruego de su partido; un encuentro sin segundas partes en un lujoso hotel de Milán que le sirvió para saciarse después de otros catorce meses de abstinencia. Los mismos catorce meses que, para entonces, llevaba en el cargo.
“Llamar la atención es lo que mejor se te da”
El comportamiento de una niña caprichosa de cinco años. Esa era, según Néstor, su mejor virtud. Ni mujer, ni amante, ni amiga, ni presidenta. Todos esos roles habían desaparecido para dar paso al más denigrante: profesional de la provocación.
“Seguir en el cargo es la excusa perfecta para autoconvencerte de que eres válida, de que te ven, de que te escuchan, de que te quieren”
Un derechazo con intención, con decisión. Él sabía exactamente dónde dolía y, aun así, apretó el gatillo a bocajarro. Lo doloroso era que no mentía. Básicamente, porque ella era quien le había mostrado esa verdad. A excepción de su tío y de Emilio, nadie se había quedado incondicionalmente. El resto de sus vínculos no habían sido falsos ni interesados, tan solo convenientes; pero tener esa certeza no evitaba el pellizco en el pecho. Era cierto: la política la había sostenido durante dos décadas de una caída libre que no sabía ni cómo nombrar. Esa misma caída de la que Néstor le protegía como un paracaídas y que, con este último golpe, la había lanzado hacia su propio centro de gravedad.
“Desde que te curaste, especialmente desde la reconstrucción mamaria, aún más”
El cáncer. El puto cáncer.
Él había perdido a su exmujer por esa misma enfermedad. Él había pasado noches enteras revisando marcadores tumorales en una pantalla mientras apuntaba a mano en una libreta posibles tratamientos. Él había esquivado a la policía para rescatar esa última dosis. Él entendía todos los efectos físicos y psicológicos que había tenido – y seguía teniendo – el cáncer sobre ella. Él la había visto romperse en pedazos por la caída del cabello, las cicatrices y la constante sensación de no estar completa. Él había utilizado sus contactos para facilitarle la cirugía de reconstrucción, hasta el punto de que, de no ser por esa mínima incisión y la diferencia de texturas, era casi imposible diferenciar ente el pecho sano y el artificial. Él sabía lo que significaba para ella reencontrarse con su cuerpo.
Y, aun así, cruzó la línea roja, la de fuego, la infranqueable. Utilizar el cáncer como arma era lo más miserable que jamás había hecho. En comparación, dejarla tirada en un quirófano le parecía ahora una broma de críos.
“Poderosa, atractiva, con un pecho de infarto”
Era todo eso, sí, pero mucho más. No eran pareja, pero esperaba mucho más de él que de cualquier ciudadano de a pie que no la conociera. Una relación no admitida, reducida única y exclusivamente al comentario de un twittero promedio.
“De cenita con un imbécil al que seguro que ya te has follado. Que te aproveche”
No existía argumento que pudiera sostener aquello. El criterio puesto en jaque; la sexualidad también. El desprecio, la bajeza moral y la pura provocación condensadas en tan solo dieciséis palabras.
Patricia continuaba inmóvil sobre aquella baldosa del inmenso salón.
El minucioso análisis gramatical, sintáctico y morfológico que acababa de hacer en su mente no había logrado despertarle emoción alguna. Calmada, sin gritar, impasible; el shock se había adueñado de ella. Su cabeza repetía una y otra vez el discurso, admitiendo que la crueldad no solo residía en las palabras, sino también en el tono.
Nunca le había visto así.
Néstor solía tener una calma que desarmaba, una tranquilidad casi agobiante. Sin embargo, todo aquello se había esfumado: él había perdido las formas, la razón y esa idea de verdad absoluta que ella había construido en torno a su figura.
Ese último pensamiento le devolvió de golpe a la realidad. Ella era presidenta. La puta presidenta, mejor dicho. Llevaba más de veinte años aguantando críticas e insultos, demostrando su valía mucho antes de que a cualquiera se le ocurriera dudarlo y manteniéndose a flote sin dejarse quebrar. Unas veces por cabezonería, otras por orgullo y alguna que otra porque, simplemente, no le daba la gana mostrar el dolor, aunque no fuera poco.
Con Néstor, se juntaban las tres razones. Porque le dolía, claro que le dolía, pero mucho más daño se haría a sí misma si permitía que aquello le afectara.
Eso sí que no iba a pasar. Al menos, no durante esa noche.
A las nueve estaba ya en la Terrasa Les Palmeres del Palau de Les Arts, un espacio en la undécima planta del edificio con capacidad para albergar a doscientas cincuenta personas. No eran más de sesenta, pero todos estaban igual de fascinados con esas vistas a la ciudad y a los jardines del Turia. Pese a ello, si había alguien que se robaba todas las miradas era Patricia.
-Por fin me haces caso en algo.
Emilio fue el primero en acercarse a ella, con el pecho hinchado de orgullo al ver que Patricia había elegido ese vestido negro que él le había recomendado días atrás.
“Vas a estar es-pec-ta-cu-lar” le había dicho, remarcando exageradamente cada una de las sílabas.
-Estas espectacular – dijo esta vez sin enfatizar cada letra, afortunadamente –. Voy a tener que reforzar la seguridad.
-Qué tonto eres.
Ambos compartieron una risa baja, cómplice, que se perdió entre los brindis de las copas, las conversaciones superfluas con la boca llena de canapés de aguacate con salmón y los pactos verbales que nunca llegan a cumplirse y que tampoco nadie reclama porque lo dicho con medio vaso de whisky en la mano casi nunca termina siendo cierto.
Durante las cuatro horas que duró el evento, Patricia hizo exactamente lo que marcaba el guion.
Dio dos discursos – uno inaugural y otro de clausura que pocos estaban en condiciones de comprender casi a la una de la mañana –, hizo el paripé de dejarse engatusar por tres contratistas para la ejecución de una misma obra en Ruzafa, fingió interés con su mejor mueca de “me importa muchísimo” ante las quejas del sindicato ecologista y prometió una canastilla de mimbre con productos de color rosa – porque era niña y no podía ser de otro color, faltaría más – para la recién nacida de dos multimillonarios un tanto endogámicos que controlaban la logística portuaria.
Pero el guion tiene un fin. En mayúsculas, en negrita y centrado en mitad de la página.
El piloto automático, que le había funcionado a la perfección toda la noche – al igual que los veinte años anteriores –, saltó por los aires cuando los últimos empresarios abandonaron Les Arts, dejándola sola con Emilio y con dos o tres más de su partido. No fue por dolor, tampoco por dejar caer la máscara, sino por un leve roce en su espalda baja que le subió como una descarga por toda la columna.
-Segura.
Reconoció su voz antes de verle la cara. Era el único que se permitía el lujo de llamarla así y ese atrevimiento le gustaba casi tanto o más que sentir sus yemas calientes sobre sus lumbares a través del vestido.
-Ferrer – dijo sin girarse, regalándose unos segundos más para disfrutar de ese contacto.
Ella también era la única que le llamaba por el apellido. Lo hacía desde, exactamente, tres meses y dos semanas. Lo sabía porque era el tiempo que él llevaba como becario en su partido y en tan solo quince días se le acababa la formación, aunque desde la primera semana se había ganado, y con creces, el contrato indefinido.
Miquel no era un crío recién graduado con las últimas cicatrices de acné aún curándose en su frente o fronteando con un Xsara Picasso del 2007 de sus padres que pasa la ITV a duras penas. Miquel estaba ya cerca de los treinta – los cumplía en mayo, como ella – y había decidido dar un cambio a su carrera en mitad de la veintena. Era psicólogo – de los buenos, además –, pero ahora había decidido especializarse en comunicación institucional. Era el perfil perfecto para pulir las declaraciones de Patricia, redactar discursos sobre políticas públicas empatizando con las preocupaciones de la región o gestionar las crisis y la contención del pánico ciudadano. En esos tres meses y medio, le había salvado de unas cuantas. Más de las que la propia Patricia estaba dispuesta a admitir.
Aparte de inteligente, era guapo. Guapo a rabiar. De los que no piden permiso y tampoco lo necesitan. Y estaba bueno, quizá demasiado. Esa noche, en traje, aún más.
-¿Qué te pasa?
Otro que sabía leerla perfectamente. Como si no tuviera ya suficiente con Néstor.
Patricia se colocó con un gesto firme las solapas del abrigo, agarró el clutch, puso su mejor sonrisa y se giró hasta quedar frente a él.
-No me pasa nada.
-Patricia.
Si en su boca pasaba a ser Patricia, malo. Malo para ella, claramente, que ya no tenía ni escondite ni escapatoria.
-¿Qué?
-Que no me mientas, que te conozco.
-Desde hace tres meses.
-Y dos semanas.
-Y dos semanas.
Patricia dio media vuelta y echó a andar rápido. Todo lo rápido que te permiten unos stilettos de quince centímetros, cuatro copas de vino blanco y dos gintonics, pero rápido, al fin y al cabo.
-Tres meses y dos semanas - dijo alzando el tono, sin haberse movido aún del ropero -. Y nunca te he visto fallar así.
Patricia frenó en seco. No le esperó, pero él acabó llegando.
-Has hablado de beneficio en vez de superávit.
-Se ha entendido perfectamente.
Miquel arqueó las cejas y abrió los ojos unos milímetros más de lo habitual.
-Marco Cavalcanti.
-¿Qué le pasa?
-Le has llamado Marcos.
-No se ha dado cuenta.
-Dos veces.
-Culpa del vino, me arrastra las "S".
Miquel soltó una risa baja, seca.
-Te has inventado medio discurso.
-Lo he mejorado. Era mediocre.
-Era bueno. Y lo sabes.
Bueno se quedaba corto. Y lo sabía, claro que lo sabía.
-Nadie me estaba escuchando.
-Yo sí te estoy escuchando.
Patricia tensó sus finos y largos dedos sobre el clutch, clavándose sin querer el anillo dorado del índice hasta dejarse marca. Tragó saliva, cogió aire y no dijo nada. Porque qué iba a decir si sabía que todo era verdad. Con Miquel no había filtros ni verdades a medias. Y le daba una rabia tremenda. Que la enfrentara, que la leyera, que la escuchara.
Que lo fuera todo y que, a la vez, no fuera Néstor.
-Una copa.
-¿Qué? - preguntó desconcertada.
-Una copa. La última. En la Terraza 270 del Hotel Barceló. Ahí enfrente, a 800 metros, nos lleva José.
Patricia se lo pensó unos segundos. Exactamente el mismo tiempo que tardó en tantear el pequeño bolso, sacar el móvil y comprobar que no tenía ni una mísera notificación. Siendo sinceros, tenía más de veinte. Siendo aún más sinceros, ninguna era de quien quería.
En ese preciso instante, con la pantalla en negro, decidió que no, que Miquel no era Néstor. Ni falta que le hacía.
-Vale - asintió convencida, buscando el contacto de José para avisarle.
-Patricia - dijo agarrándola delicadamente por la muñeca -. Tranquila, lo sabe. El coche ya está abajo esperando.
Que tuviera iniciativa le gustaba. Que le hubiera abierto la puerta del BMW, le gustaba más. El hueco central de los asientos traseros quedó vacío - que no frío, ni mucho menos - en esos breves minutos de trayecto. Demasiados para caminar sobre unos tacones, pero los justos para ahorrar a José una escenita innecesaria.
-¿Lo vas a subir ahora? - preguntó Miquel mientras apoyaba su roncola, el gintonic de Patricia y un cuenquito con gominolas en la pequeña mesa auxiliar que había entre las dos tumbonas en aquel rooftop bar.
-Emilio dice que no, que a las dos de la mañana el algoritmo no tira y que se pierde engagement a lo tonto.
-Pero...
-Pero a mí me parece más natural hacerlo ahora - sentenció mientras pulsaba sobre el botón de "publicar" -. ¿Qué sentido tiene subir mañana al mediodía la cena de hoy? Es absurdo.
La pantalla de Miquel se iluminó automáticamente y Patricia no pudo evitar la carcajada.
-¿Perdona? ¿Tienes activadas mis notificaciones?
-Claro. Soy tu asesor de comunicación, estar pendiente es literalmente mi trabajo - respondió mientras deslizaba el dedo para ver el carrusel de fotos y leía atentamente el copy.
-Ya.
-¿Para qué las voy a tener si no?
-No lo sé - dijo Patricia, llevándose una chuche a la boca, relamiendo lentamente el azúcar que se le había quedado en las comisuras -. Tú sabrás.
-Lo que sí sé – dio un sorbo al roncola, se quitó la corbata, la dejó caer sobre su tumbona y se sentó en el filo de la de Patricia, a la altura de sus rodillas, justo donde empezaba la apertura del vestido -, es que ahí te falta una coma y que en esa frase deberías haber puesto dos puntos.
-Y tú deberías ser menos tocapelotas.
A Miquel se le soltó la risa. La de verdad, la de cuando algo le hacía genuina gracia, aunque no hubiera tenido tanta.
-Puede ser. Pero, por ahora, te toca aguantarme.
-Eso será si yo quiero – espetó al instante, movida por ese afán de devolverlas todas.
-¿Y quieres?
Sí. O no. O no sabía. O quizá lo sabía demasiado bien.
Porque Miquel no era Néstor, pero es que esta noche no necesitaba a Néstor. Necesitaba sentirse querida, poderosa y guapa. En ese orden, concretamente.
Patricia dejó que el aire se le escapara por la nariz mientras negaba con la cabeza, intentando controlar la sonrisa que amenazaba con adueñarse de su cara. No llegó a responder, pero dejó el hueco exacto en la tumbona para que Miquel se acomodara.
Su cuerpo encajó a la perfección. Contra el mimbre primero, contra el metal después. Por último, ajustándose milimétricamente a la figura de Patricia.
-Nadie va a fijarse - soltó -. En la coma y los dos puntos, digo. Bueno, ni en nada que no seas tú; sales preciosa.
Sonrió con una timidez impropia de ella, dejando que el rojo de las mejillas – provocado por el vino y la ginebra – subiera un par de tonos su intensidad.
-Salgo normal, natural, sin más.
-Pues eso, preciosa.
Patricia se apoyó en su hombro, cerca de su pecho, acercándole el móvil a la cara.
-¿Y qué me dices de esta? - dijo con una leve risa. Miquel, por su parte, soltó una carcajada.
Patricia con un whisky en la mano, el brazo alzado, enseñando medio muslo a través de la raja del vestido, el rimmel ligeramente corrido y los labios rojos con más morritos que en una foto Tuenti en 2012.
-Uf, qué joya. Se haría viral enseguida.
-Y Emilio tendría que callarse con lo del algoritmo, el engagement y su puta madre - dijo Patricia, provocando la risa de ambos -. ¿Sabes qué?
-Sorpréndeme.
-Que voy a subirla.
El pánico se instaló en la cara de Miquel mientras Patricia luchaba por contener la risa.
-A mi cuenta falsa - aclaró.
-¿Tienes una cuenta falsa? - preguntó desconcertado, como si su cuerpo aún no hubiera decidido si aquello le daba incluso más miedo que lo anterior.
-Claro – se buscó a sí misma desde el móvil de él -. No es falsa, es privada.
Un gato blanco con purpurina rosa como foto de perfil. Un unicornio a modo de nombre. "Fan de Rocío Dúrcal, de las gildas con boquerón y del frizzante de mango del Mercadona" en la biografía. Tres seguidos, tres seguidores. Todo ello bajo un único user: @segurisima.
Miquel soltó una carcajada y pulsó el botón de seguir.
Cuatro seguidos, cuatro seguidores.
-Mira, ya somos cuatro.
-Perfecto, podéis quedar para echar un parchís.
Él abrió el listado, si es que se le podía llamar así.
-Emilio, cómo no.
-Me ayudó con la biografía - dijo Patricia encogiéndose de hombros -. Decía que era importante especificar que me gustan las gildas con boquerón y no con anchoa.
Miquel soltó una risa breve.
-Biel de Felipe.
-Ajam.
-Néstor Moa, tu ex-oncólogo.
El cuerpo de Patricia se tensó automáticamente; tanto que el propio Miquel pudo sentir la rigidez contra su pecho.
-Es por él, ¿verdad?
-¿El qué?
-Lo de antes. Bueno, y lo de ahora, que estás más tiesa que la mojama.
-No.
-Claro.
Un silencio denso se adueñó de la terraza, roto únicamente por el sonido de sus respiraciones y del tintineo de los hielos contra el cristal de unas copas ya aguadas.
-Te lo dije antes - dijo Miquel, rompiendo el silencio -. A mí no tienes que mentirme, te conozco.
-Ya.
-Y lo que sea que te pasa tiene nombre, apellidos, unas pestañas absurdamente largas y una chapa de la sanidad pública que detestas menos de lo que admitirías.
Patricia apartó rápidamente la mirada, clavó los ojos en el skyline valenciano y dio un sorbo a ese gintonic que ya era, más bien, aguachirri.
-No sé qué tenéis.
-No tenemos nada - le cortó.
-No sé qué tenéis - repitió Miquel -, pero te he visto coger el móvil nerviosa cada vez que suena una notificación. Una alerta que tiene un sonidito diferente y que cambiaste hace casi tres meses, justo a la vuelta de ese viaje urgentísimo e imprescindible que te surgió a Granada.
Una sonrisa tonta se le dibujó en la cara al recordarlo.
Las paredes blancas del Albaicín, la puesta de sol desde el mirador de San Miguel Alto - menos concurrido que el de San Nicolás y al que subieron en Uber porque vete tú hasta ahí arriba en tacones -, las croquetas de pringá del bar Las Rejas, que eran las mejores que había comido nunca, y todo lo que hicieron en esa habitación de hotel en el Paseo de Los Tristes que, francamente, no hizo justicia al nombre de la calle.
Patricia, visiblemente emocionada, se mordió las mejillas para evitar que las lágrimas se desbordaran.
-Y te he visto varias veces en ese Hyundai Tucson Hybrid blanco - siguió Miquel, implacable –. Los miércoles por la mañana te bajas de él cuando llegas al Parlament. Y los viernes por la tarde siempre te recoge en la puerta trasera, la que da a la calle peatonal.
Joder. El tío no fallaba ni una.
-Ah. Y la piel del cuello la tienes de un tono un pelín más oscuro que la de la cara – añadió Miquel –. Lo digo para la próxima vez que te maquilles las marcas, que se nota el corte a un kilómetro.
A Patricia le brotó una risa irónica.
-Tranquilo, no habrá próxima vez.
Lo dijo seria, confiada, como hacía en las ruedas de prensa de emergencia. Pero si los ojos no mienten, la garganta lo hace menos. De esas cinco palabras, su voz tembló en tres por lo menos, cerrando la frase con un tartamudeo casi imperceptible que la dejó vendida.
-Le he querido. Qué coño, le quiero - soltó Patricia, sorprendiéndose también a sí misma con la confesión y culpando íntegramente al último trago de gintonic -, pero no me merezco lo de hoy. Ni de coña.
Miquel frunció el ceño y, por puro instinto de protección, la apretó ligeramente contra su pecho.
-Estaba todo bien, te lo juro. Con nuestros más y nuestros menos, lo de siempre. Sanidad, economía, presupuestos, patatín y patatán – hizo una pausa para coger aire y, de paso, llevarse tres gominolas de golpe a la boca –. Hoy hemos desayunado juntos. Unas tostadas con huevo y aguacate que le quedan riquísimas y un café que se nos ha quedado frío porque hemos acabado follando en el sofá. Y no veas que polvo, Miquel.
-Me lo imagino.
-No, no te lo imaginas - dijo Patricia, agarrándole por la muñeca levemente -. Un polvo de los buenos. De quedarme medio dormida al acabar y que a él le haya faltado poco. Y luego hemos echado otro. Ese en el suelo del salón. Y mira - dijo subiéndose la manga derecha del vestido -, mira qué moratón al chocarme contra la mesa auxiliar.
Miquel soltó una breve risa y pasó suavemente dos dedos sobre el moratón, haciendo que a Patricia se le pusieran los pelos de punta con el roce. Ya le había pasado varias veces. Esta fue la primera que le dio igual él se diera cuenta.
-Y de pronto, no veas como se ha puesto. Así, de la nada. Que si Miquel, que si hemos follado, que si el pecho.... - resopló -. Muchas cosas que no quiero ni pensar ni repetir. Hoy no. No aquí, no esta noche y menos contigo al lado.
Miquel asintió en silencio, le acarició el brazo mientras le volvía a bajar la manga y le besó la sien.
-Y si dice eso... - susurró ella cerca de su barba morena -. Que sea con razón, ya que tanto le gusta llevarla.
Sin pensárselo demasiado, menos incluso que él, Patricia clavó sus ojos en los de Miquel. Grandes, de un tono marrón verdoso y con unas pestañas abundantes. No eran las de Néstor, pero tampoco se quedaban atrás. Después, bajó la mirada a su boca en un segundo tan rápido como cargado de intención.
-Ahora sí. Una copa.
-¿Qué? - preguntó Miquel con el mismo desconcierto que había preguntado Patricia hacía poco más de una hora.
-Una copa. La última. En mi casa.
Miquel decidió no evitar la sonrisa y ella le devolvió el gesto.
-¿Estás segura, Segura?
-Segurísima, Ferrer.
Él se incorporó primero. Desde arriba, tendió su mano grande y firme para ayudar a Patricia a ponerse en pie. Acto seguido, se acercó a la barra a pagar al único camarero que quedaba, un joven que no se esforzó en disimular que estaba deseando que se largaran para chapar la terraza.
Cuando se dio la vuelta, Patricia ya no estaba.
Barrió el espacio con la mirada. Aquello era grande, pero no tanto, no como para desaparecer por arte de magia. El camarero le juró que no había visto nada. Una mentira como un templo, pero Miquel decidió que no iba a perder el tiempo en discutir. Pensó en escribirla y fue directo a por su abrigo, que seguía tirado sobre la tumbona con el móvil guardado en el bolsillo izquierdo.
Fue ahí cuando lo vio.
Una servilleta. De estas que no secan nada y que en letras azules mayúsculas - aunque a veces son rojas - rezan un "gracias por su visita". Ese pequeño rectángulo de papel estaba sujeto en una esquina por el cuenquito de gominolas, ya vacío.
Carrer L’Illa del Mediterrani, 7.
Su letra era inconfundible; con las "m" y "n" hacia abajo. Una caligrafía demasiado grande para una dirección. Gigantesca teniendo en cuenta de que era la de la casa de la mismísima presidenta.
A esa misma ubicación llegó Patricia media hora después. Irse a la francesa no era su estilo, pero aquellos treinta minutos a solas en el coche eran justo lo que necesitaba. No para convencerse. Sabía que lo hacía por orgullo, por ego y porque, qué coño, Miquel estaba bueno, le ponía y tenían química desde el primer día – hacía ya tres meses y dos semanas - que él puso un pie en su despacho y ella tuvo que agarrarse a la mesa al sentir una calurosa punzada en su bajo vientre.
Se quedó con el vestido y tampoco se quitó los tacones. Se soltó el recogido, dejando que ese pelo rubio que le estaba creciendo fuerte le cayera sobre los hombros. Abrió una botella del frizzante de mango del Mercadona y decidió que no era momento para gildas de boquerón, pero sí para las versiones instrumentales de Rocío Dúrcal.
Si lo hacía, lo hacía bien. Sobre todo, lo hacía a su manera.
El timbre sonó y ella abrió la puerta desde la aplicación del móvil, sin necesidad de acercarse a la tablet, deslizando rápido el dedo sobre la pantalla. Dejo el iPhone apoyado en la mesa baja del salón, justo entre medias de las copas de vino.
Sonrió al escuchar esos pasos rápidos, enérgicos y un tanto arrítmicos que se acercaban hacia ella. Calculó mentalmente el tiempo hasta el último escalón y volteó la cabeza con su mejor sonrisa.
Una sonrisa que le duró poco. Muy poco. Casi nada.
-¿Néstor?
