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Re tierno

Summary:

—Yo cuando me engancho me pongo re tierno.

La idea de que exista un escalón más alto de ternura que Cuti reserve exclusivamente para cuando se engancha le cae a Lisandro como un balde de agua fría. Si en un día común y corriente ya es recontra tierno, a Lisandro no le entra en la cabeza cómo mierda Cristian puede superar ese límite. Y, sobre todo, para quién carajo está guardando semejante cosa.

(o donde Cristian Romero lleva dos años muerto de amor por Lisandro Martinez, quien está exactamente igual pero es un boludo, y a toda la Selección Argentina les toca aguantarlos).

Chapter 1

Summary:

espero que les guste ni idea es una boludez pero NECESITAMOS MAS FICS DE ELLOS XDIOS

Chapter Text

Afuera caía la lluvia sobre el césped recién cortado del predio de Ezeiza. El entrenamiento de la tarde había terminado hacía una hora y la humedad se pegaba a los vidrios dobles del complejo, pero adentro de la sala de estar el clima era de mucho más soleado.

Lisandro Martínez estaba hundido en la esquina del sillón de cuero marrón más grande. En cualquier otro contexto, rodeado de gente que no conociera del todo, Licha era un tipo callado, de perfil bajo, con esa postura seria y ordenada de quien aprendió a no regalarse en vestuarios extraños. Cuidaba cada palabra, mantenía un tono calmo y se tomaba su tiempo para mirar antes de abrir la boca. Ahí adentro, en cambio, con la ropa deportiva gris de la Selección todavía puesta y las medias blancas estiradas, Licha estaba en confianza, con las defensas bajas y la lengua afilada lista para cualquier cruce.

A su lado, prácticamente encima de él, estaba Cristian Romero.

Cuti era incapaz de entender el concepto de espacio personal cuando se trataba de Lisandro. Era un gigante, pero cuando se tiraba en el sillón se derretía como si no tuviera articulaciones. En ese momento tenía un brazo largo y pesado pasado por detrás de los hombros de Licha, apoyando la mano en su nuca, jugando de manera constante con el pelo cortito y rapado al ras de los costados. Respondía a una costumbre física arraigada, una necesidad casi táctil de tener contacto directo. Con la otra mano, Cuti sostenía el teléfono a la altura de los ojos y le mostraba videos de perros haciendo papelones en internet, soltando cada dos minutos esa risa limpia, suave y contagiosa que contrastaba con la cara de asesino a sueldo que ponía los fines de semana en la Premier League.

—Mirá este, enano —murmuró Cuti en voz baja, pegando la pantalla a la nariz de Licha con un entusiasmo de nene de cinco años—. Mirá cómo se cae adentro del canasto el culiao.

Lisandro entrecerró los ojos, fingiendo desgana mientras apoyaba la cabeza con comodidad pesada contra el hombro del cordobés. Su cuerpo nunca rechazaba el contacto de Cristian, se acomodaba a su calor con una naturalidad que a cualquiera desde afuera le hubiera llamado la atención. Sin embargo, su boca iba por otro carril.

—Qué pelotudo que sos, Cristian —le tiró Licha con una mueca en los labios, empujándole el antebrazo con un golpe seco de nudillos—. Hace media hora que me estás mostrando perros cayéndose. Te quemó las neuronas la mudanza a Madrid, no tenés arreglo.

—Pero miralo, enano, no seas ortiva —insistió Cuti, sonriendo con los dientes apretados y acomodándole con dos dedos la solapa de la campera a Licha, enderezándola como si fuera un asunto de Estado—. Es igual al que tiene mi vieja en Córdoba.

—Tu vieja tiene un caniche blanco, pedazo de animal, esto es un labrador dorado —retrucó Lisandro, sacándole el mate de la mano con un manotazo rápido—. Dame acá que tenés la bombilla tapada por no mirar lo que hacés. Y no le eches más agua hirviendo que me vas a pelar la lengua, la concha de tu hermana.

Cuti se limitó a sonreír, sin mover el brazo de los hombros de Licha, dejándose putear con ese placer silencioso que solo ellos dos entendían.

Alrededor de la mesa ratona, desparramados en pufs y banquetas, el resto de la Scaloneta mataba las horas antes de la merienda. Rodrigo De Paul estaba sentado en el piso con la espalda apoyada contra las rodillas de Leandro Paredes, cebando desde un termo con stickers gastados. Más allá, Julián Álvarez compartía un paquete de galletitas de agua con Enzo Fernández, mientras el Colo Barco y Nico Paz discutían en susurros sobre una jugada de la Play que había terminado a las puteadas en la pieza de los pibes. Nicolás Otamendi, con los anteojos puestos, leía algo en una tablet en el sillón individual con el aire resignado de un padre de familia que decidió no intervenir en las peleas de sus hijos.

La charla había empezado hablando de los calendarios de partidos, pero con el correr de la tarde y el calor de las pavas eléctricas había ido derivando hacia sus vida privada sin red de contención.

—Yo les digo que el peor momento es el principio —tiró Rodri, revoleando la yerba vieja al tacho con puntería dudosa—. Cuando te gusta alguien y no sabés para dónde disparar. Te ponés pelotudo, no sabés si mandar mensaje, si tirar una historia, te hacés el misterioso y quedás como un tarado bárbaro.

—Vos quedás como un tarado siempre, Rodri, no necesitás estar enamorado —acotó Paredes desde arriba, dándole un sopapo cariñoso en la gorra.

—Pará, gil, que estoy hablando en serio —protestó De Paul, acomodándose la visera hacia atrás—. Preguntale a la Araña si no, que se ponía re boludo mal.

Julián, que estaba masticando media galletita, se tapó un poco la cara con la mano mientras se le ponían las orejas coloradas de la risa. Siempre había sido de hablar poco y la timidez no se le iba del todo nunca, ni siquiera después de tanto tiempo, cuando se trataba de hablar de estas cosas.

—Y... me daba un vergüenza, que se yo —admitió Julián, riéndose por lo bajo y mirando a Enzo de reojo—. Enzo me saludaba y yo no sabía dónde meterme. Trtaba de no mirarlo mucho a la cara para no ponerme rojo. Pensaba que la re disimulaba igual.

—¡Pero si parecías un tomate, mi vida! —se le cagó de risa Enzo, empujándolo con el hombro y pasándole el brazo por el cuello—. Te juro que yo le decía 'hola' y este se ponía bordó y miraba el pasto. No me tiraba ni una. Tuve que encararlo yo de una en la pretemporada porque si no todavía seguiamos histeriqueando.

La mesa estalló en risas. Julián le metió un codazo suave en las costillas a Enzo, totalmente colorado pero sonriendo contra su hombro, sin despegarse de su lado.

—Bueno, pero cada uno hace lo que puede —se defendió el Colo Barco desde el puf, estirando las piernas con la impunidad que le daban sus veinte años—. Yo fui peor. Yo cuando me di cuenta de que me pasaban cosas con Nico directamente no lo quería ni ver. Me daba una bronca bárbara sentirme así.

Nico Paz levantó la cabeza de golpe, abriendo los ojos con esa expresión pulcra y educada que contrastaba tanto con la desfachatez del Colo.

—Ah, ¿ahora lo admitís? —preguntó Nico con su acento hispano-argentino suave, señalándolo con el dedo—. Porque me volviste loco dos semanas enteras. Yo entraba al comedor, le decía 'hola Valen'' y el chaval me daba vuelta la cara. Me sentaba al lado y se levantaba a buscar jugo. Me dolió un montón, posta pensé que te caía para el orto y que no me querías en el grupo.

—¡Y sí, wacho, porque no sabía qué carajo hacer! —se atajó Barco, riéndose con la cara colorada bajo los pezones de pecas—. Me ponía re nervioso verte ahí tan prolijo, tan señorito europeo. Te ignoraba para que no se me notara que me quedaba como un estúpido cada vez que te reías.

—Sos un enfermito bárbaro, Colo —sentenció Dibu Martínez, que venía entrando desde el pasillo con un vaso térmico gigante y la toalla del entrenamiento colgada al cuello—. A ese pibe hay que medicarlo antes del próximo Mundial, Scaloni se va a infartar.

Las risas rebotaron en el techo alto de la sala común. Lisandro sonrió de costado, disfrutando del circo, con la espalda todavía recostada en el pecho de Cuti. Sentía la mano de Cristian todavía en su nuca, los dedos grandes acariciándole distraídamente el nacimiento del pelo, una presión tibia y constante que le aflojaba los músculos de la espalda después de dos horas de correr bajo el agua. Para Licha, querer a alguien era esa electricidad cotidiana de estar encima, de disputar, de meterle una traba amistosa en el pasillo. Era estar presente con los pies bien puestos donde van, muy lejos de la timidez muda de Julián o de las poses distantes del Colo.

Y entonces, en medio de la pausa que siguió a la carcajada general, Cristian soltó una bomba sin pedir permiso a nadie, ni siquiera a él mismo.

—Yo cuando me engancho me pongo re tierno, hermano.

La frase cayó en el centro de la mesa con la ligereza de una pluma y el impacto de un adoquín. Cuti la había dicho con total naturalidad, mientras le sacaba con suavidad una pelusa invisible del hombro del buzo a Lisandro, con la vista fija en la costura de la campera ajena. La voz le había salido grave, arrastrada con esa cadencia cordobesa que estiraba las vocales, casi reflexiva. A un costado del sillón, Giovani Lo Celso levantó la vista del mate, miró a Cuti con una resignación absoluta y asintió dos veces en silencio.

—Literal —soltó Gio en un murmullo calmo, como quien confirma una catástrofe conocida.

Lisandro se quedó completamente inmóvil con el mate en la mano a medio camino de la boca.

Giró la cabeza despacio, clavándole los ojos oscuros en la cara. La expresión de Licha era de pura confusión mezclada con una punzada filosa e inesperada en el medio del pecho. Si había alguien que conocía las mañas de Cristian Romero era él, acostumbrado a esa cercanía constante y a esa forma instintiva que tenía el cordobés de no sacarle las manos de encima jamás. Para Lisandro no había ninguna duda de que Cristian era la persona más buena, más protectora y más tierna que existía sobre la tierra. Cuti era un pan de Dios con todo el mundo, un tipo noble que se hacía querer en cualquier rincón del planeta.

Por eso mismo, la idea de que existiera un escalón más alto de ternura que Cuti reservaba exclusivamente para cuando se enganchaba le cayó como un balde de agua helada. Resultaba inconcebible imaginar a ese bruto todavía más pegajoso de lo que ya era todos los días. Si en un día común y corriente ya es recontra tierno y no se despega ni para respirar y vive toqueteándolo, a Lisandro no puede comprender cómo carajo Cristian puede superar eso. La cabeza de Licha, rápida y propensa al bardo defensivo, buscó la salida que mejor conocía y se mandó de lleno al ataque frontal envuelto en cargada.

—¿Qué decís, fantasmin? —le soltó Licha, arqueando una ceja con una sonrisa burlona que no alcanzaba a tapar la chispa de desconcierto en su mirada—. ¿Más tierno todavía? Si te ponés más tierno que esto te tienen que internar en una fábrica de azúcar. Tienen razón las pibitas de internet que te dicen Cutie en los comentarios de Instagram.

Licha esperaba que Cristian se riera, que le devolviera un empujón o que le tirara un almohadazo a la cabeza como hacía siempre que lo descansaba en público.

En cambio, Cuti se quedó completamente tieso.

Fue un instante mínimo, pero para Lisandro, que le conocía cada milímetro de reacción, resultó evidente en el momento en que el brazo de Romero sobre sus hombros se puso duro como una barra de hierro. Los dedos que jugaban con su nuca se congelaron en el aire, suspendidos, antes de retirarse despacio, con una lentitud que gritaba culpa por todos los costados. Cuti bajó la mano y la apoyó sobre su propia rodilla, apretando la tela del pantalón deportivo.

Y entonces, para tapar el silencio que se había empezado a formar en el living, Cristian soltó una carcajada. Fue una risa demasiado fuerte, estridente, destemplada, que rebotó contra los ventanales con la sutileza de una bocina de tren.

—¡Qué decís, petiso culiao! —gritó Cuti, riéndose con la boca abierta y sacudiendo la cabeza con exageración teatral—. ¡Mirá las pelotudeces que decís! Estás limado vos, culiao, el humo de Manchester te quemó los patitos.

El resto de la mesa se quedó en una pausa densa, incómoda, cargada de significados que flotaban en el aire.

Rodrigo De Paul bajó despacito el mate, con los ojos bien abiertos, clavando la vista en Cuti y después en Lisandro con una expresión que gritaba 'no podés ser tan hijo de puta'. Leandro Paredes bajó la cabeza hacia el termo con una sonrisa socarrona dibujada en la comisura, mordiéndose el labio inferior para no largar una carcajada que pudriera todo. Enzo y Julián se miraron en silencio. Enzo alzó las cejas con un gesto elocuente de sorpresa absoluta y Julián sacudió la cabeza con lástima pura, tomando un sorbo de agua para no ahogarse. Hasta Otamendi levantó la vista de la tablet, miró a los dos centrales con cara de veterano que ya vio pasar demasiadas tragedias por los pasillos de la AFA, y volvió a bajar los ojos suspirando hondo.

Todos en esa ronda de mate sabían perfectamente de quién estaba hablando Cristian. Todos sabían que Cuti llevaba dos años suspirando por los rincones del predio, mirando a Lisandro con devoción mansa cada vez que el entrerriano se tiraba al piso a trancar una pelota o se reía a los gritos jugando al truco.

Todos lo sabían, menos Licha.

Por eso mismo, para Lisandro la reacción de Cristian no tenía ningún sentido. Le molestó el tirón brusco con el que Romero había retirado el brazo de sus hombros, esa distancia repentina que lo dejó sintiendo de golpe el espacio frío en el respaldo del sillón. Le dio bronca que Cuti se pusiera a la defensiva por una cargada cualquiera, como si hablar de cariño fuera un crimen o como si le molestara que le recordaran lo pegajoso que era todos los días.

Lisandro sintió un fastidio sordo quemándole las costillas. Apretó el porongo de calabaza entre los dedos hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—Bueno, no te pongas histérico tampoco —le tiró Licha, mirándolo y con la voz un poco más seca de lo habitual—. Tiré un chiste nomás, qué saltás como leche hervida.

—No digas huevadas, Licha —murmuró Cuti, y esta vez la voz le salió mucho más baja, sin la risa fingida, con un tono apagado que sonó casi herido. Se levantó del sillón con movimientos torpes, agarrando el termo de acero inoxidable por la manija—. Voy a buscar agua caliente al comedor. Se enfrió esta mierda.

Cuti caminó a paso largo hacia la puerta doble que daba al pasillo principal. Caminaba con la espalda encorvada, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, esquivando las miradas de los demás como si llevara una bomba de tiempo en el pecho.

Apenas la puerta se cerró a sus espaldas con un chasquido metálico, Rodrigo De Paul soltó un bufido largo, apoyó el termo en la mesa ratona y se agarró la cabeza con las dos manos.

—No, no, es joda —dijo Rodri en voz baja, mirando al techo blanco—. Decime que esto está armado con cámaras ocultas porque si no me pego un tiro en el huevo izquierdo acá mismo.

—Cerrá el orto, Rodri —le tiró Lisandro de inmediato, frunciendo el ceño con una hostilidad repentina—. ¿Qué te pasa a vos ahora?

—Nada, Li, nada —respondió Rodrigo con una sonrisa crispada, mirándolo fijo con una mezcla de compasión y bronca—. Qué me va a pasar. Sos un genio, hermano. Un analista de la vida sos.

—¿Qué mierda miran así? —saltó Licha, frunciendo el ceño y acomodándose en el sillón—. El chabón tiró eso de que se pone tierno y le dije que ya es un pesado, ¿Qué tiene de malo? No se le puede tirar una joda que se ofende y ustedes me miran como si fuera un alien.

Paredes soltó una risita ahogada contra el lomo de la mano.

—Dejalo, Rodri —dijo Lea con calma—. Dejalo que investigue solo el muchacho. Es un detective brillante. En cualquier momento le dan una medalla al mérito.

Julián Álvarez miró a Lisandro desde su banqueta. La Araña solía mantenerse al margen de los bardos de vestuario; esa mirada que le clavó a Licha estaba tan cargada de pena que a Lisandro le dieron ganas de revolearle el mate por la cabeza.

—¿Qué mirás vos, Julián? —disparó Licha, buscando roña para tapar la incomodidad que le carcomía las tripas—. ¿Querés que te pegue un viaje a vos también?

—Nada, Lichi —dijo Julián en un susurro manso, dándole un traguito a su vaso—. Tomá un mate tranquilo. Que se te va a enfriar.

Lisandro soltó una puteada por lo bajo y se quedó mirando hacia el pasillo. Le jodía verlo irse así a Cristian, con la espalda encorvada y la cabeza gacha, todo por una pelotudez que habían dicho en la mesa. Le daban ganas de levantarse, ir a buscarlo a la cocina y meterle un empujón para que se deje de joder y se vuelva a reír como siempre. Se quedó chupando la bombilla del mate, que ya estaba frío y lavado.

La frase de Cristian le seguía dando vueltas en la cabeza con una insistencia venenosa. Lisandro intentaba desarmar la idea, pero no le encontraba una explicación lógica. No entendía cómo carajo pensaba Romero ser más de lo que ya era en la vida real. Porque si ese era el Romero básico de concentración con un compañero}, Lisandro no alcanzaba a dimensionar qué quedaba para ese supuesto escalón de ternura.

Se imaginó a Cuti enamorado de verdad y le dio un escalofrío en la espalda. Se lo imaginó no despegándose de alguien literalmente jamás, respirándole encima todo el día y mandándole quinientos videos por hora a cualquier hora de la noche. Y peor todavía, se lo imaginó encajando apodos cariñosos, de esos diminutivos melosos que daban vergüenza ajena, palabras suaves inventadas por el cordobés para llamar a alguien con devoción, cuando en el vestuario a todo el mundo lo trataba a las patadas y no usaba un nombre propio ni de casualidad.

La sola idea de que Cristian Romero anduviera por ahí usando apodos cariñosos y regalando esa dulzura extrema a otra persona le provocó una punzada pesada y agria en la boca del estómago.

Iba a ser un infierno verlo así. Si a Lisandro ya le costaba mantener la guardia en alto con el Cuti de todos los días, tener que fumarse al cordobés derretido por alguien más, sin soltarle la mano y haciéndole la segunda en todo, iba a ser una condena imposible de tolerar. Se quedó apretando la calabaza del mate contra el pecho, sintiendo que esa ternura inventada ya le estaba quemando por dentro antes de existir.