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Con el correr de los días, la euforia por haberle ganado a Inglaterra se había asentado en cada uno de los corazones de los jugadores argentinos como miel sobre una tostada, endulzando cada rincón que alcanzaba y empalagando al mismo tiempo esa partecita del ego que tan acostumbrada estaba de llevarse cada victoria de todo campeonato al que se presentaban. Sencillamente era así; campeonato que jugaban, campeonato que ganaban. Esta racha casi invicta, digna de orgullo y muchísima envidia, colocó una carga pesada sobre los hombros de un plantel que, enfrentándose a la sensación de la energía menguante, se vio obligada a destinar cada gramo de su concentración en la prueba del desafío mayor: reivindicarse como los mejores del mundo ganando la copa otra vez.
De más está decir que encontrarse frente a las puertas de semejante situación (por segunda vez) generaba de todo menos tranquilidad; miedo, angustia, estrés, nervios...
Entre fuertes emociones y agotadoras expectativas que ponían a temblar a sus corazones en cuanto se les venía la imagen de la copa del mundo a la cabeza, los momentos para relajarse eran poquísimos, si no escasos. Despejar la mente parecía ser lo más difícil de conseguir, superando olímpicamente al cansancio físico y las extenuantes jornadas de entrenamiento en ese chiquito margen de tiempo que les quedaba.
Esta vez, Lisandro se encontraba dejándose llevar por la pachorra que se había apoderado de su cuerpo después de pegarse un baño bien calentito. Se había sentado en uno de los mesones junto a Nahuel y Cristian porque era la hora de cenar. Licha, perdido en su mundo, masticaba la comida con una lentitud que lo hacía parecer adorable o que tenía dolor de muelas, depende quien lo viera. Sus ojos caramelo, nublados por la fatiga, se le cerraban de a ratos en contra de su propia voluntad, sintiéndose como si estuviera pasando de la consciencia a la inconsciencia repetidas veces. Hace rato había perdido el hilo de la charla que sus dos amigos compartían tan ajenos a su estado, pululando entre débiles quejidos o sonidos que daban cuenta de una pobre participación en la escena. Molina lo notó en seguida, y no dudó en sacárselo en cara apenas vio la oportunidad.
—Dale hermano, ¿en serio te estás durmiendo ahora? —. Nahuel lo jodió, consiguiendo que el gualeyo abandonara su actitud taciturna al mirarlo con una cara de chinchudo terrible—. Terminá de comer por lo menos, pareces un bebé así.
—No te pongas cargoso —. Licha se quejó, somnoliento—. Estoy re cansado pero mal.
—Ya sé. Pero si te dormís con la comida en la boca te vas a atragantar —. Molina parecía ligeramente preocupado, deslizando sus palabras con un toque de gracia—. Y mirá que ni yo ni este boludo nos sabemos las maniobras de primeros auxilios, la vas a quedar ahí si no tenés cuidado, yo te digo nomás.
—Sos un tarado. Ni siquiera sabés cómo se llama la maniobra —. Lisandro se rió, contagiándose del buen humor de su compañero—. ¿Así me venís a querer cuidar?
—Bue, encima que me preocupo —. El cordobés protestó, preparándose en silencio para lo siguiente—. A tu novio le tenés que recriminar, que no te dijo ni una palabra desde que se sentó ahí con cara de culo a disimular que tiene más ganas de irse a dormir que vos.
La palabra novio despertó a los dos jóvenes de un tirón como si les hubiera caído una gotita de aceite hirviendo en la mano. Lisandro arrojó el tenedor encima del plato de cerámica con más fuerza de la necesaria, manoteando el vaso de agua más cercano y poniéndose a tomar un par de tragos fingiendo que la comida no le había echo cosquillas al atorarse por unos instantes en su garganta. Cristian, estando al lado de Nahuel, le encajó una piña con los dedos extendidos sobre el brazo, empujándolo con la inmunidad que tenía por el simple hecho de ser mejores amigos.
Nahuel, entre risas y manotazos que le devolvía a Cristian, encontró nuevamente su voz dispuesto a poner todavía más incómodos a sus compañeros de la selección.
—No te la puedo creer, ¿en serio pensaron que no me iba a dar cuenta? —. Molina estaba que se moría de la risa por la reacción tan reveladora de los otros dos—. Menos mal que el tarado era yo.
—Callate la boca boludo —. Cuti seguía hostigándolo, encontrándose nervioso al verse descubierto con tanta facilidad—. Vos no sabés ni viste nada, ¿me entendiste?
—Dale Cuti, media pila que está tu novio acá —. Nahuel le llamó la atención al no comprender del todo el significado de su amenaza.
—A ver Nahue, lo que pasa es que vos sos el único que lo sabe —. Licha se apresuró a aclarar la situación, mirándolo con cierta vergüenza coloreando sus cachetes—. Por ahora no se lo dijimos a nadie. Es... Bueno, bastante reciente en realidad.
—Mirá vos, tengo la premisa entonces.
—Pero eso no te da el derecho de ir diciéndolo por ahí como si ya lo hubiéramos oficializado —. Cristian saltó de nuevo, mirándolo con cierta necesidad—. Con todo esto de la final no nos parece que sea el momento para contarlo todavía.
—Claro, es entendible —. Molina no lo negó, llevando tranquilidad a los corazones de la reciente pareja—. Pero ojo que seguro hay más de uno que no quiso decir nada igual que yo por puro compromiso nomás.
—Y bueno, no podemos estar en todas —. Licha suspiró, rendido ante las explicaciones del cordobés, retomando su objetivo de terminar de comer las papas que ya se estaban poniendo frías.
—Decile a tu novio que no se enteró todavía, porque no te quita los ojos de encima ni de casualidad.
Instintivamente, Lisandro levantó la mirada solo para encontrarse de lleno con los ojos profundos del morocho comiéndoselo en vida. Esta vez sí se ahogó de verdad, llamando la atención del resto de sus compañeros entre la tos que le hacía arder la garganta y un par de lágrimas que le nublaron la vista.
—Basta boludo, dejalo comer tranquilo —. Cuti se levantó de su lugar, rodeó la mesa y se sentó al lado del Licha, dándole unos golpecitos en la espalda para ayudarlo a calmarse.
—¡Ay, me van a matar ustedes dos! —. Nahuel no daba más de la risa.
Después de que Nahuel se dejara de joder y Lisandro pudiera terminar de comer con tranquilidad, la hora del descanso los alcanzó finalmente. Molina se negó a acompañarlos de camino a la habitación, diciendo que ahora que conocía la noticia prefería pasar tiempo en otro lado antes que volver a interrumpir su privacidad. En la pieza, el entrerriano entró a tientas a través de la oscuridad con los latidos de su corazón retumbándole en los oídos, zumbando bajo su piel como un dulce llamado a la intimidad. Lisandro tenía todas las intenciones de prender aunque sea la lámpara de la mesita de luz, pero siquiera alcanzó a dar unos pocos pasos que unas fuertes manos lo sostuvieron de la cadera deteniéndolo en su lugar.
Antes de poder protestar, Lisandro se encontró con el calor del pecho de su novio envolviéndolo en un abrazo apretado desde atrás. La respiración ardiente de Cristian cayó sobre su cuello expuesto, un lugar que en seguida se vio invadido por unos labios carnosos que desparramaron tantos besos como mordidas pudo, invitándolo a dejarse llevar por una atmósfera donde la oscuridad permitía la plenitud del resto de sus sentidos. Licha suspiraba, quedado y necesitado, enterrando la mano en el pelo del cordobés y haciendo la cabeza para atrás, ansioso por permitirle hacer su voluntad dándole todo el espacio que quisiera para tocarlo y enloquecerse bajo sus caricias.
Esta entrega tan devota hizo que Cristian subiera un poquitito más, recorriendo cada centímetro de su piel dejando rastros de humedad caliente, repasando el afilado borde su temblorosa mandíbula hasta encontrar el lugar perfecto por encima de sus labios. En el último instante previo a la gloria se detuvo, con su cálido aliento cayendo sobre la expresión agitada del gualeyo. Licha abrió los ojos al no recibir lo que esperaba, agitando las pestañas esforzándose por verlo aunque sea un cachito ayudándose de la tenue luz que entraba por la rendija de abajo de la puerta.
—Qué hermoso que sos —murmuró Cristian, dándole un besito fugaz en la nariz—. Decime cosita linda, ¿tenés novio vos?
—Mm, qué chamuyero me saliste —respondió Lisandro, su voz quebrándose al final cuando la mano que sostenía su pecho bajó hasta su vientre, tentando, reposando—. Sí, sí tengo... Y solo él puede darme besos en la boca.
—¿Ah, sí? Mirá vos —. El cordobés fingió sorpresa, jugando—. ¿Entonces me das permiso para hacerte mierda en la cama todas las veces que yo quiera pero en cambio no puedo dejarte ni un solo beso en esos preciosos labios que tenés?
Licha se salió de la burbuja por unos instantes, refunfuñando bajito por la escena que Cristian estaba maquinando. Aunque sus labios permanecieran sellados en esa sonrisita socarrona que tanto le gustaba poner, sus manos no se habían quedado quietas ni por un segundo, apretándolo por todas partes y pegándolo cada vez con más fuerza contra su cuerpo, restregándole su emoción a causa de la excitación del momento.
—Dale Cristian —se quejó el gualeyo, luchando por estirarse un poco más y así alcanzar sus labios, pero el cordobés no lo dejó—. Dejate de joder porque me acuesto a dormir y te quedás sin el pan y sin la torta.
Apenas terminó de pronunciar esas simples palabras tintadas de falsa amenaza, Lisandro fue arrojado a la cama más cercana que su amante encontró. Rápidamente se dio la vuelta, apoyando los antebrazos sobre el colchón y girando el torso justo antes de que Cristian se subiera encima suyo. Con la respiración acelerada y el calor alcanzando cada parte de su lucidez, los dos comenzaron a forcejear en una lucha donde Cuti quería inmovilizar al entrerriano pero éste no se dejaba, todavía molesto porque Cristian no lo había besado.
—Dili Cristin —. Cuti lo reparó, viéndose victorioso cuando sus dedos consiguieron cerrarse alrededor de las muñecas del otro, tirando con rudeza hacia abajo para presionarlas a la altura de sus ojos, sometiéndolo por fin—. A ver corazón, no me tratés de medir a mí que si yo arranco a los besos después no vas a poder ni dar dos pasos mañana en la cancha sin acordarte de mi pija.
—Uf, qué malo que sos —. Lisandro se estremeció, poniéndose un poco nervioso al final, sabiendo que Cuti apenas había comenzado con la charla sucia.
Pese a sus exigencias, Cristian tenía razón. Con la final del mundo tan cerca, la idea de quedar inhabilitados al reducir sus capacidades por culpa del sexo era impensado y hasta algo absurdo si lo pensaba lo suficientemente bien. Pero Lisandro tenía que admitir que la calentura lo estaba matando cada día más sin poder desahogarse como sus cuerpos ansiaban desde que se pusieron a andar de novios hace tan poquito tiempo.
Cada límite que superaban nacidos a partir de la ferviente necesidad de los toqueteos intrépidos, la prematura pareja fue construyendo pedacito por pedacito aquella base de confianza sumamente necesaria en toda relación de noviazgo. Con temores que afloraban de vez en cuando producto de la incertidumbre de la primera vez, el amor que los había acercado aparecía como el bálsamo perfecto para la herida, encargándose de sepultar bajo interminables y dulces caricias cada una de las barreras que habían querido frenarlos en el pasado.
Siempre les pasaba lo mismo. Se prometían un par de besos simples, capaz un poco picantes con alguna metida de mano si pintaba, pero la necesidad de frenar antes del acto final los dejaba un poco frustrados y de mal humor fuere como sea. Esta penosa conclusión había llevado a Cristian a reflexionar y decidir que el verdadero culpable eran los besos que con tanta ganas le daba.
Ahora Licha se arrepentía. ¿Por qué tuvieron que elegir semejante momento para ponerse de novios?
Suavizando el tono de su voz, optó por volver a pedir por su deseo más inocente, tratando de relajarse poquito a poco aunque le costara horrores con tremendo morocho encima suyo. Aunque no pudiera ver con exactitud la expresión de Cristian, se la jugaba todo en apostar que tenía pintada la misma cara de frustración que la suya.
—Por favor Cuti —susurró, sus palabras cortando la tensión del momento—. Es un beso nomás. Uno solo, así chiquitito.
La risita de su amado llenó de euforia el corazón del entrerriano.
—Nunca va a ser solo un beso con vos, mi amor —suspiró Cristian, aflojando el agarre de sus muñecas al notar que ya no se resistía—. La puta madre Licha, ¿cuándo se va a terminar esta tortura?
—¿Quién te manda a ser un jugador profesional en pleno mundial, así todo groso, canchero y titular, llegando a la final por segunda vez consecutiva?
La respiración de Cristian se cortó por unos instantes, un fragmento de tiempo detenido en el que Lisandro casi pudo saborear la victoria en su boca (literalmente). Con un temblor que lo recorrió entero, arqueó apenitas la espalda creando la fricción más deliciosa entre sus ingles, encendiendo de nueva cuenta la marcha del cordobés. Licha se hizo el desatendido, subiendo el mentón a la altura suficiente donde sus labios se rozaron. Cristian apenas tenía que estirarse y ya lo conseguiría.
Pero tal parece que el destino tenía otros planes. O, mejor dicho, el cuerpo técnico de la selección quería otra cosa.
Un par de golpecitos en la puerta le pusieron un freno a las intenciones de Cristian, quedándose tieso de repente. Lisandro también se sorprendió, poniéndose pálido sumergido en toda esa oscuridad de la pieza, imaginando que venía alguien a quejarse por los ruidos de la conversación que no dejaban nada a la imaginación.
—¿Cuti? Soy yo, Pablo —. Ese tono tan conocido no hizo más que aumentar el nerviosismo en la pareja—. ¿Estás despierto?
Lisandro comenzó a forcejear tratando de quitarse al cordobés de encima, volviéndose de lo más escurridizo bajo la insistencia de Cristian por mantenerlo en su lugar, temiendo que el bullicio de las sábanas arrugadas por las patadas del entrerriano brindara algún indicio de que, efectivamente, el Cuti se encontraba despierto y mucho más.
Cristian se acercó lo más que pudo al oído del gualeyo, buscando susurrarle sus pensamientos sin que la persona de afuera se enterara en lo más mínimo del estado en que se encontraban.
—Licha, corazón, haceme el favor y dejá de moverte tanto que no te voy a hacer nada estando Pablo ahí afuera —. Cuti lo tranquilizó, luchando contra su propio nerviosismo que le ponía turbia la voz—. ¿Y este qué querrá a esta hora? ¿Vos decís que salga?
El golpeteo reanudado en la puerta les dejó en claro que Pablo no se iría sin conseguir que alguno de los dos le abriera la puerta.
—Yo digo que vayas, si vino a esta hora debe ser importante —. Lisandro consiguió comunicarle su opinión con un tono tan bajito que hasta él mismo se sorprendió de que pudiera hablarle de ese modo.
Incluso en la privacidad de la ausencia de la luz, el gualeyo pudo escuchar la aprobación de su novio agitando la cabeza en signo de afirmación. Entonces, se incorporó lentamente y cuando estuvo de pie al costado de la cama acomodándose la ropa con cierta urgencia por que su estado pasara desapercibido, Lisandro encendió la lámpara de la mesita de luz dándole la prueba definitiva a Aimar.
—¿Cuti? ¿Sos vos? —. Pablo, sabiendo que ambos jugadores compartían la habitación, tenía que estar seguro de que quien había dado señales de vida era al que buscaba.
—Sí, soy yo —. Cristian alzó la voz, pasándose una mano ansiosa por el pelo, peinándose con la ayuda del reflejo apagado de su celular—. Ahora salgo.
—Dale, te espero entonces.
Cuando terminó de arreglarse, el cordobés dirigió su mirada hacia el gualeyo y la escena que encontró no tenía nombre. Lisandro se había agarrado de la almohada para apoyar la cabeza de costado contra la suave superficie, con el cachete un poco abultado y unos ojitos de reproche que no podía con ellos. Cristian le sonrió, profundamente conmovido ante su actitud. Estirando los dedos de la mano, le dejó un par de suaves caricias con el pulgar antes de pronunciarle solamente con la mímica de sus labios:
ya vuelvo.
Y se fue, dejando a un Lisandro ciertamente confundido por esa reunión tan extraña que el cuerpo técnico quería mantener en secreto con Cristian.
