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Language:
Español
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Published:
2026-09-09
Words:
3,639
Chapters:
1/1
Kudos:
13
Hits:
100

Una telaraña perfectamente hecha

Summary:

Diego esta perdidamente enamorado de Jodie Carrillo, pero ella parece estar obsesionada con el hombre araña.

Pero el hombre araña es él.

Esto es un gender bender

Work Text:

El ruido del grafito rasgando el papel era lo único que se escuchaba en el aula. Todas las cabezas estaban agachadas, como si cuanto más cerca del examen estuvieras, más respuestas correctas acertarías.

Diego había terminado su examen hacía 25 minutos, de los cuales dedicó cinco a revisar sus respuestas. Los otros veinte, y contando, se los estaba dedicando a observar a Jodie.

Miraba embobado el interminable bucle en el que ella se apartaba el cabello poniéndolo detrás de su oreja para que nuevamente cayera y le cubriera la cara; el ciclo se repetía. La luz entraba por la ventana iluminando el cabello castaño de Jodie, volviéndolo de un dorado hipnotizante.

Tal vez a Diego no debían darle una beca por deporte, sino una en literatura. Los minutos pasaron y Jodie al fin terminó. Se enderezó estirando los brazos y moviendo el cuello. Fue en ese momento cuando los ojos castaños de ella chocaron con los suyos. Lo tomó tan desprevenido que no reaccionó a tiempo para desviar su mirada.
Jodie alzó una ceja —la que tenía un corte atravesándola a la mitad— y asintió con la cabeza.

—Hermano, si no le sonríes ahora vas a quedar como un acosador.

Aún paralizado le regaló una sonrisa (o al menos un intento de ella) y regresó su mirada al examen que aún estaba en su pupitre. Se levantó sin querer atraer la atención hacia él, pero, como la mayoría de las cosas en su vida, no lo logró. La silla rechinó contra el piso y todos giraron para verlo con el ceño fruncido.

Dejó la hoja sobre el escritorio de la profesora, quien ni siquiera levantó la vista de su computadora.

De regreso a su asiento, Bryan lo miraba negando con la cabeza. Apoyado contra el respaldo de la silla y con los brazos cruzados, había dejado de intentar responder el examen hacía mucho.

—Deberías intentar hablar con ella, no puedes seguir viéndola a lo lejos como un enfermo.

Poco le faltó a Diego para imitar la película El Exorcista. Y le faltó aún menos para descubrir la forma de lanzar rayos por los ojos y pulverizar a su mejor amigo.

—Cállate, que te van a escuchar.

—Créeme que no hay nadie en esta aula que no sepa que te gusta —alzó la ceja y la señaló con la barbilla—, ni siquiera ella.
Avergonzado, agarró su mochila bruscamente.

—Mejor ya entrega tu hoja en blanco y vámonos de aquí.

Riéndose por lo bajo, Bryan se colgó la mochila en el hombro y tomó su examen.

×°

Diego estudiaba en el IMAR gracias a una beca deportiva; si no fuera por eso, nunca le habría alcanzado para entrar ahí. Es más, si la beca no hubiera llegado a él en el momento en que llegó, probablemente habría dejado los estudios y el fútbol.

El padrino de Diego era el rector del grandioso —depende de a quién le preguntes— y prestigioso Instituto Mexicano de Alto Rendimiento, lo que le habría valido la entrada al instituto, pero si algo odiaba era la lástima.

Su tío, la persona que había sido su figura paterna, acababa de fallecer. Había sido profesor de biología ahí mismo y su padrino le había dicho que aún quedaban cosas suyas en su laboratorio.

—Lamento tanto lo que pasó, Diego. Tu tío era mi mejor amigo.

Diego no le contestó. Si bien había sido perfectamente educado por su tío y su tía para ser cortés, estaba más que cansado de decir «Gracias», «Ha sido muy difícil» o «Nosotros tampoco lo esperábamos», así que se limitó a asentir aunque el hombre no lo viera.

Caminaba por el pasillo con las manos metidas en los bolsillos. Si le hubieran dicho que su vida cambiaría por completo de dos formas inesperadas, jamás se lo habría creído.

Antes de entrar al laboratorio, su padrino recibió una llamada.

—Pasa, tengo que atender esto. No creo poder alcanzarte antes de que te vayas, así que me despido de una vez. Dale mis condolencias a María.

—Yo le digo.

Vio cómo el hombre maduro se alejaba por el pasillo. Miró la puerta: «Laboratorio 2» estaba escrito en el cristal. Con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho, la abrió.

Un laboratorio normal; no sabía por qué estaba esperando algo extraordinario. Quizás porque, para él, su tío había sido la persona más especial y extraordinaria que había conocido.

Al fondo estaba la puerta de su oficina. «Dr. Ricardo Campillo» se leía en la puerta.

Dio un recorrido por el lugar. Una taza de té a medio tomar seguía en el escritorio. Había pasado una semana y nadie había entrado a la oficina. Varias hojas de respuesta estaban apiladas a un costado y un examen a medio calificar estaba olvidado en el medio.

Juntó las pertenencias de su tío en una caja: libretas, algunos libros y por último tomó la foto enmarcada que tenía en la esquina de su escritorio. Una foto familiar de los cuatro: su tía a la izquierda, su tío a la derecha, y su hermana y él en el centro. La contempló por unos segundos antes de guardarla en la caja.

Al levantarla, golpeó la taza y la tiró al piso.
Se sintió frustrado, no por tirar la taza; más bien esa fue solo la gota que había colmado el vaso. Sentía desde antes de la muerte de su tío que nada le estaba saliendo bien. Las cosas en el fútbol no iban como él quería, las cosas en la escuela no iban como él quería y las cosas en casa no iban como él quería. Entonces murió su tío, el único que parecía entenderlo aunque fuera un poco. Un día estaban ahí desayunando juntos en la mesa y por la tarde su hermana lo estaba sacando de la prepa.

No hubo una visita al hospital, no hubo un momento de transición, una adaptación, ni siquiera una despedida. La siguiente vez que vio a su tío estaba en un féretro, con los ojos cerrados y las manos juntas sobre su panza. No podía recordar un solo momento en que lo hubiera visto sin una sonrisa en la cara.

Fue como ver a otra persona con su rostro, un rostro que no conocía de esa forma.
Fue un momento de arranque, de frustración, dolor, tristeza y, de alguna forma, de desahogo. Agarró todo lo que estaba a su paso y lo lanzó. Aventó las hojas, tiró los libros de la estantería y en algún momento recogió la taza solo para aventarla contra la pared.

Se sintió drenado, extremadamente cansado. Se dejó caer al suelo, con las palmas sobre él y la cabeza apoyada contra el escritorio, mirando el techo.

Una punzada le recorrió la mano, como si lo hubieran inyectado. Por inercia, se golpeó el dorso de la mano.

Aplastada quedó una araña que no había visto antes. Al menos podía sentirse seguro de que no se trataba de una viuda negra, porque lo que menos necesitaba su familia era celebrar un segundo funeral en menos de dos semanas.

Derrotado, se levantó. Ni siquiera se preocupó por arreglar el desastre que hizo; agarró la caja y salió.

No tenía ganas de toparse con nadie, pero justo el receso había empezado; había pasado tanto tiempo en la oficina que ni siquiera se había percatado.

Alguien chocó con él; la caja y todo su contenido cayeron al suelo. Si la taza no se le hubiera caído en la oficina, estaba seguro de que habría perdido por completo la cabeza en ese mismo instante. Se agachó para recoger todo. Nadie se ofreció a ayudarlo.

La foto de su familia apareció frente a sus ojos de pronto. Frente a él, una chica bajita, de cabello lacio y corto hasta los hombros, le extendía el marco. Tenía la cara seria y el ceño fruncido.

—Son unos idiotas hijos de papi todos estos. Toma.

—Eh... gracias.

—Era un gran profe, lo siento mucho —dijo en cuanto Diego tomó la foto. Se ajustó la bolsa en el hombro y siguió su camino.

Ese fue el día en el que su vida cambió por completo.

Los poderes llegaron poco a poco en los días siguientes. Se sentía con más energía, tenía mucho más aguante en los entrenamientos y cargaba más peso del que recordaba.

Eso era, hasta cierto punto, normal. Lo raro empezó días después, cuando la perilla de su puerta quedó pegada a su mano; luego fue un vaso, después el cepillo de dientes y así sucesivamente. Todo ese día las cosas se le fueron pegando a la mano.

El colmo fue asqueroso. Se despertó esa mañana y notó una extraña sustancia blanca en su muñeca. Eso que estás pensando también lo pensó Diego; él estaba seguro de que no podía ser de él y realmente esperaba que no fuera de nadie más. ¿De quién sería?

Con mucho asco la tocó. No era un líquido como inicialmente había pensado. Le tomó realmente mucho tiempo descubrir que era una telaraña.

De ahí en adelante todo cambió. Y un día apareció él: «El Hombre Araña» se había autonombrado por primera vez cuando una mujer le quiso agradecer por salvarla de un asalto.

Los cómics que leía de niño fueron los que le dieron la idea de convertirse en un superhéroe o en una versión mexicana de eso. Vigilante era tal vez la descripción más acertada de lo que era.

Cuando su rendimiento mejoró, su juego se volvió mejor, mucho mejor. Le ofrecieron la beca alrededor de un año después y no se pudo negar.

Pajaritos volaban alrededor de su cabeza y las mariposas revoloteaban en su estómago en cuanto se dio cuenta de que había quedado en el mismo grupo que aquella chica que no había logrado olvidar desde aquel día.

×°

Bryan lo seguía unos pasos atrás, todavía riéndose de él. A veces no sabía por qué se seguía juntando con él. Bueno, si no se juntara con él probablemente no lo haría con nadie más y los entrenamientos en el club serían infernales.

—Güey, ya, perdón —intentó poner voz seria, pero volvió a estallar en risas. El receso empezó y todos salieron de sus aulas como animales enjaulados.
Bryan se le pegó.

—Pero es neta, güey, ya invítala a salir o algo.

Le lanzó una mirada asesina.

—No puedo, estoy demasiado ocupado para una novia.

—Entonces deja de verla tanto, bro —lo golpeó con su hombro—. Además, ella está obsesionada con el Hombre Bicho.

—Hombre Araña —lo corrigió.

—Lo que sea, güey. ¿Has visto su fondo de pantalla?

—No, porque yo sí conozco algo llamado privacidad.

—Créeme, amigo mío, que no eres nadie para hablar sobre la privacidad de Jodie Carrillo.

—¿Por qué hablan de mi privacidad?

Ambos se pararon en seco; Diego sintió el cuerpo helado. La chica los rodeó, parándose frente a ellos.

—¿Por qué? —los cuestionó con una ceja alzada.

Se miraron sin saber qué decir, así que Diego dijo la verdad.

—Bryan me estaba diciendo que tienes al Hombre Araña de fondo de pantalla, por eso le dije que eso era privado.

Jodie relajó sus hombros.

—Bueno, es cierto —encendió su celular y se los mostró—. Miren, yo le tomé esa foto.
Era una foto de él columpiándose de la torre más alta de una iglesia. Diego tenía que admitir que era una buena foto.

—Qué buena foto, J —le dijo Bryan.

—Sí, no sabía que te gustara la fotografía —se unió Diego, ya más tranquilo.

—Claro que sí, pienso ser fotógrafa deportiva algún día.

Diego vio el momento exacto en el que una muy mala idea se le ocurrió a Bryan. Este lo miró de reojo y con una sonrisa de lado.

—Oye, ¿por qué no vienes un día de estos a nuestros entrenamientos?

Jodie alzó la ceja de nuevo, los miró a ambos algo confundida.

—¿Entrenamientos? ¿Son deportistas?

—Ouch —Bryan se tocó el pecho como si le hubieran pegado—, me dueles, J. ¿No se nos nota el gran físico que tenemos?

Diego le metió un codazo en las costillas.

—Nop —remarcó la «p» al final—. Pensé que tú solo ibas al gym —dijo señalando a Bryan antes de señalar a Diego—. Y tú, pensé que venías por tu tío.

No pudo ocultar la mueca que hizo. Al lado, su amigo se tensó. Pudo ver que Jodie notó que había tocado un tema sensible; parecía a punto de decir algo que Diego estaba seguro solo haría que se sintiera mejor.

Bryan, siendo el mejor amigo del mundo, lo abrazó por los hombros y trató de aligerar el ambiente.

—Si bien el tío Richy era una eminencia en la biología, nunca pudo hacer que algo de eso le entrara a la cabezota de Diego. Pero... resultó ser un prodigio del fútbol.

—No soy un prodigio.

—Sí, claro, lo dice el señor que juega en cualquier posición porque en todas es bueno.

Jodie se estaba entreteniendo al ver a ambos interactuar.

—Ah, entonces son futbolistas, de soccer, ¿no?

—¿Quién le dice soccer al fútbol? —preguntó Diego con burla.

—Oh, entonces aún no conoces bien a los de americano —se rio; por primera vez desde que había llegado al instituto la vio reír—. Bueno, si me invitan, con mucho gusto iré; al menos el fútbol es más entretenido que el americano.

Se alejó sin despedirse. Diego se quedó plantado en su lugar; Bryan lo tomó por los hombros.

—Creo que me merezco un «Bryan González, eres el mejor amigo del mundo, te voy a comprar lo que quieras».

—Sí, sí. Ya quítate, güey, me das asco.

—Aww, yo sé que me amas, bro —lo abrazó por los hombros.

El sol estaba en lo más alto. El calor era insoportable y el sudor le escurría por la cara, la espalda y los brazos.

—¿Quién es la chica que viene con Cotorro? —preguntó Dani.

—¿Una chica? ¿Con Cotorro? —Romo estalló a carcajadas—. Debe ser alguien nuevo del personal.

Diego volteó extrañado y curioso; Bryan no le había comentado nada sobre una chica.

El alma se le cayó a los pies. Gutiérrez se acercó trotando hacia ellos.

—¿Quién es la guapa que está con Cotorro? —preguntó apoyándose en Dani, que se lo sacudió de encima.

—Cuidado, Brian, que Hormi no esté aquí para vigilarte no significa que no le vayamos a decir nada, ¿eh?

—Ya, güey, no empiecen —le dijo a Sando, que se había acercado poco después.

Diego solo los escuchaba a lo lejos, porque seguía sin creer que Jodie Carrillo se estuviera acercando a donde estaban.

Llevaba unos pants grises, unos tenis blancos y una ombliguera negra. Rodeando su cuello estaba la correa de una cámara que sostenía en su mano.

—Oigan, chicos, esta es Jord...

—Jodie, Jodie Carrillo.

Bryan la miró extrañado por la interrupción, pero no le dio mayor importancia.

—Eh... sí, Jodie Carrillo. Es compañera de Diego y mía en el IMAR.

—Ah, una chica lista.

Jodie se rio un poco.

—Algo así.

—Ella nos va a estar tomando unas fotos durante el entrenamiento, son para su portafolio.

—No despegues el lente de mí, soy el más guapo —dijo Gutiérrez.

—Claro, se las enviaré a La Hormiga —se burló de él.

Los demás chicos estallaron en carcajadas al ver la cara de fastidio de Brian.

—Give me a fucking break.

Todos rieron más fuerte, incluso Jodie. Pero Diego seguía ahí, parado sin moverse. No creía lo que veía y no creía que su mejor amigo, sabiendo de eso, no le dijera nada ni para prepararlo.

—Hey, Campillo.

Jodie levantó la mano; tenía una sonrisa de lado. Diego creyó que se desmayaría en ese momento.

—¿Esa es la morra que le gusta a Campi? —preguntó Sando en cuanto entraron al vestidor.

Diego lo ignoró. No giró para ver lo que pasaba, pero en cuanto hubo silencio supo que Bryan ya les estaba haciendo señas.

—Pues qué buen gusto tienes, Campi —Brian le dio unas palmadas en la espalda.

—Ni siquiera te gustan las mujeres, Brian.

Todos se rieron de lo que dijo Hugo. Diego, en cambio, los siguió ignorando olímpicamente.

Bryan se acercó a él.

—¿Estás enojado porque no te dije nada?

—¿Tú qué crees?

—¡Ay, vamos, Diego! Si te hubiera dicho algo habrías tenido un entrenamiento de mierda.

—Bueno, por lo menos me pudiste haber avisado unos minutos antes o algo, no dejarme ahí a mi suerte.

—Te hice un favor, wey.

—Nunca te pedí nada.

Se arrepintió en cuanto las palabras salieron de su boca. Bryan se alejó físicamente de él, como si le hubiera dado un golpe.

—Bien, hermano. Ni un favor te haré.

—Bryan, no...

Pero el moreno ya se estaba alejando hacia las duchas.

Durante días pudo ver a Jodie en todos los lugares que el Hombre Araña frecuentaba. Se había aprendido todas sus rutas de vigilancia.

Con los días adoptó la costumbre de estar siempre al pendiente de ella, cuidándola de que no le fuera a pasar algo.

Llevaba consigo la cámara; no había un día en que le faltara. Si en las fotos que Jodie tomaba siempre parecía que Diego posaba, no era más que una coincidencia. Era tanta la costumbre que, cuando una noche la lluvia empezó a caer con fuerza, no dudó en jalarla debajo de un toldo.

Había actuado por instinto, una cosa salvaje, gutural, que lo había impulsado a lanzar su telaraña desde la azotea de un edificio. La jaló hacia él y se columpiaron juntos unos segundos antes de bajarlos a ambos pocos metros después.

La lluvia golpeaba el plástico del toldo con fuerza. La luz era solo una mancha blanca borrosa. Jodie temblaba a su lado; Diego estaba tan tranquilo como si fuera un día cualquiera.

Lo cierto era que este era solo un día cualquiera en la vida del Hombre Araña. Pero también era cierto que Diego estaba sufriendo un colapso nervioso.

—Gracias por ayudarme, Spider.

La miró de reojo; ella no lo notó debajo de la máscara.

—¿Spider?

—Así es como te llaman en Twitter.

—¿Hablan de mí en Twitter?

—Bueno, no exactamente de ti. Ahora están más ocupados con el Brimiga de nuevo que con cualquier otra cosa.

Un silencio incómodo se instaló entre los dos. Había algo en el ambiente, una extraña fuerza de gravedad que los atraía como a dos imanes. El calor que emanaba del cuerpo de Jodie le quemó la espalda; un escalofrío le recorrió la espina dorsal.

Los brazos de Jodie lo rodearon por la espalda. Nada de aquello parecía inesperado, aunque su cuerpo estaba inerte, expectante a los siguientes movimientos de la chica. La sintió recorrer su abdomen de arriba abajo; se recargó contra su espalda.

La lluvia seguía cayendo y Diego no podía moverse, rígido y plantado en ese lugar y momento. Debajo de un toldo amarillo, creía que todas sus fantasías estaban al alcance de su mano.

Y lo estaban: solo tenía que darse la vuelta.

—Te he estado siguiendo...

—Lo sé —le contestó con las palabras atoradas en la garganta.

—No eres un hombre difícil de encontrar, Spider. ¿O es que querías que te encontrara?

El universo conspiraba a su favor, pensaba Diego con cada segundo que pasaba. No había manera de que en una ciudad como esa, en una noche de fin de semana, ni una sola alma más que las de ellos dos estuviera ahí. Como si nadie quisiera que los interrumpieran.

—Digamos que las presas siempre llegan solas a la telaraña.

—¿Soy una presa?

—¿Quieres serlo?

No hubo respuesta, pero la verdad es que no hacía falta. Diego se dio la vuelta con un movimiento rápido, tomó a Jodie de los hombros y la estampó contra la cortina del local.

La máscara le tapaba la cara por completo, pero podía ver con todo detalle el rostro de Jodie. Esta lo miraba, buscando a través de la máscara sus ojos. Tenía la boca entreabierta y el lunar en su mejilla le decía a gritos que la besara.

Pero se quedó quieto, sin hacer ni un solo movimiento. Quería que fuera ella quien diera el primer paso.

Jodie no tardó en llevar sus manos a su cara. Lo tocó, tratando de mapearlo, buscando dónde estaban sus cejas, su nariz, y cuando llegó a sus labios los recorrió con delicadeza sobre la máscara.

Bajó a su cuello, a la costura de la máscara. Lo miró con los ojos bien abiertos, buscando su aprobación. Diego hizo un pequeño movimiento con la cabeza, tan pequeño que, si no fuera porque Jodie tenía sus manos en su cara, no lo habría notado.
Subió la máscara hasta el puente de su nariz. Parecía más excitada por la idea de besar a alguien sin rostro que por conocer la identidad de aquel vigilante.

Sus alientos se entrelazaron, fusionándose como los vientos del norte y del sur, listos para formar un tornado.

Sus bocas se abrazaron y sus dientes chocaron por la intensidad con la que se juntaron. Fue un beso salvaje; no había nada de la delicadeza anterior. Un hambre que los cegaba y un fuego ardiente que los consumía desde su interior.

Una batalla de egos en la que ambos querían domar al otro. Diego tenía la ventaja de su altura, pero Jodie tenía las manos más cerca del sur. Ambos gimieron; ninguno de los dos se contuvo para no hacer ruido.

Si no fuera porque la lluvia caía a cántaros, tal vez los vecinos los habrían confundido con algún animal en celo.

×°

Al día siguiente Diego recibió una notificación de Instagram.

PhotoJodie_c te ha seguido.

Entró a su perfil para encontrarse con una nueva publicación: una serie de fotos que le había estado tomando durante la semana en que lo estuvo siguiendo.

La última era una foto de la tienda del toldo amarillo; apenas estaba amaneciendo y los rayos del sol iluminaban las gotas que aún escurrían por él.

La descripción de la publicación decía:

«Una telaraña perfectamente hecha».