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Eran más o menos las diez de la noche cuando logró huir del acto. En cuanto tuvo la más mínima oportunidad, entre el presidente de la patronal hablándole de inversión industrial y la consellera de Hacienda comentándole de los presupuestos del año que viene, le murmuró a Emilio que le dolía la cabeza.
No se lo cuestionó, aunque la manera en la que la miró le hizo saber que la leía más allá de sus palabras.
Avisó a Jose y, menos de cinco minutos después, el coche estaba esperándola en la puerta trasera del hotel. El Sorolla quedaba de camino, antes de su propia casa. Le bastó eso para justificárselo a sí misma, aunque jamás le habría podido explicar a nadie por qué quería ir. Ni ella misma lo sabía del todo. Solo sabía que llevaba horas con esa no respuesta clavada en la cabeza, dándole vueltas mientras sonreía a más gente de la que podía recordar, y que no encontraba la manera de quitársela de encima sin verle la cara.
Jose no hizo preguntas. Nunca las hacía. Así de discreto era. No entendía cómo se aguantaba las ganas de saber.
La dejó en la entrada de Urgencias y ella le pidió que esperara. Que serían cinco minutos, diez como mucho. Que era lo que iba a tardar en mandarlo a la mierda, porque no quería nada más que eso.
Tres semanas sin verse y ahí estaba, cruzando un hospital medio vacío a esas horas, porque no había sido capaz de aguantarse las ganas y porque él era lo bastante gilipollas como para escribirle esas cosas y luego desaparecer sin más, dejándola con la palabra en la boca. Pero con ella esas cosas no funcionaban. Nunca habían funcionado, y tal vez él lo sabía y por eso lo hacía.
Caminó con la seguridad que le quedaba después de un día de vivir para los demás: espalda recta, paso firme, la barbilla un poco más alta de lo necesario. Se había retocado el pintalabios oscuro en el coche, mirándose en el espejito del bolso con la luz de las farolas pasando por la ventanilla, porque quería que la viera perfecta.
Llegó a la puerta de la consulta y se estiró el vestido. Era el rosa, el que le marcaba el cuerpo, porque esa mañana se había levantado con una confianza que ya no era tan común en ella. Que además el vestido remarcara el cuerpo que él había reconocido en un par de fotos mal encuadradas, tomadas con la cara siempre fuera de plano, era un plus que no había planeado, pero le venía muy bien.
Dudó un segundo, con la mano ya a medio camino.
Tocó dos veces.
Oyó su voz al otro lado, apagada por la madera, diciendo que pasara.
Sintió que se le movía algo por dentro, algo incómodo y caliente en la parte baja del estómago que subió para retorcerle el pecho y que intentó controlar mientras terminaba de girar el pomo.
Entró.
Néstor estaba de pie junto al escritorio, con unos papeles en la mano que dejó de mirar en cuanto la vio. Se quedó así, quieto, con la boca entreabierta como si algo se le hubiera cortado a mitad de camino entre el pensamiento y la palabra.
—¿Qué haces aquí?
No fue un saludo. Fue casi una acusación, aunque a Patricia no le pasó desapercibido el segundo de más que tardó en decirlo, ese pequeño hueco de silencio que delataba lo que de verdad sentía al verla.
La recorrió entera, despacio, desde los zapatos hasta la cara, deteniéndose el tiempo suficiente en su cadera y su cintura como para que Patricia supiera con certeza qué estaba pensando. Cuando por fin le llegó a los ojos, tenía una expresión que no supo del todo cómo leer, algo entre el reproche y las ganas, algo que llevaba tres semanas sin permitirse mostrar delante de ella y que ahora, cansado como estaba, le costaba más de lo habitual disimular.
—Patricia —dijo, y esa vez el nombre no sonó a advertencia. Sonó a otra cosa completamente distinta.
Patricia lo miró con la misma falta de disimulo. Hacía un calor espeso en la consulta y Néstor se había quedado solo con la camiseta blanca, pegada al pecho por el sudor de una manera que no ayudaba en absoluto a que ella pensara con claridad. Tenía la barba más larga de lo que la llevaba siempre, descuidada, como si llevara días sin tiempo ni ganas de ocuparse, y una sombra oscura bajo los ojos que hablaba de guardias mal dormidas y de algo más que quizá también tenía que ver con ella. Los brazos, cruzados ahora sobre el pecho, se le marcaban bajo las mangas, con ese vello oscuro que le cubría los antebrazos y le bajaba hasta el dorso de las manos.
Estaba hecho un desastre. Un desastre que a ella, para su propia desgracia, le parecía completamente indecente de mirar.
—Qué calor hace aquí.
Patricia cerró la puerta detrás de ella, sin apartar los ojos de él ni un segundo.
—Se me ha roto el aire.
Se quedaron en silencio, mirándose. Patricia notó una gota de sudor bajándole a él por el cuello, perdiéndose por debajo del cuello de la camiseta, y siguió su recorrido con los ojos. El ambiente cargado de la consulta, sumado a la falta de aire, hacía que la ropa se le pegara también a ella, que sintiera el vestido rosa ajustándosele todavía más de lo habitual contra la piel.
Néstor descruzó los brazos, aunque no se movió del sitio.
—Son las diez de la noche.
Lo dijo con un tono que quería sonar a reproche y que a Patricia le sonó, sobre todo, a cansancio. Al cansancio de alguien que llevaba semanas ensayando exactamente esa frialdad para el día que volvieran a verse, y que no le estaba saliendo del todo bien.
—Me pillaba de paso.
La miró, con una ceja alzada, y ella contuvo el aire.
—¿El hospital te pillaba de paso?
Supo, con esa certeza incómoda de quien acaba de ser descubierta sin que nadie diga una palabra de más, que él sabía perfectamente que estaba mintiendo.
—Jose me espera fuera. Le he dicho que serían cinco minutos.
—¿Cinco minutos para qué?
Patricia dio un par de pasos hacia el escritorio, despacio, disfrutando cómo él la seguía con la mirada aunque intentara disimularlo. Notó cómo se le tensaba la mandíbula, cómo se obligaba a no bajar los ojos más de lo estrictamente necesario, y se permitió un segundo de satisfacción mezquina al comprobar que seguía teniendo ese efecto sobre él, tres semanas de silencio o no.
—Me has dejado hablando sola. Y a mí eso no me lo hace nadie.
Lo dijo con la barbilla alta, con esa seguridad que llevaba toda la vida fabricándose a base de no dejar que nadie la viera dudar, aunque por dentro no tuviera del todo claro si había ido hasta allí por orgullo, por rabia, o por algo bastante más incómodo de nombrar que empezaba justo debajo de las costillas.
Algo le cambió a Néstor en la cara. Apenas un instante, pero suficiente. Vio cómo apretaba los labios antes de contestar, como si estuviera calculando cuánto podía permitirse decir sin descubrirse del todo.
—¿Has venido hasta aquí por eso?
Se lo preguntó bajando la voz, casi como si no quisiera que la respuesta se oyera fuera de esa consulta, y a ella se le aceleró el pulso sin que hiciera falta nada más que ese cambio de tono. Odió lo fácil que le resultaba a él conseguir eso con tan poco.
Se cruzó de brazos, imitándolo, con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
No pensaba dárselo tan fácil, y disfrutó del segundo exacto en que la sonrisa de Néstor se le torció un poco, sin saber muy bien qué hacer con esa respuesta que no era respuesta.
—¿Cómo sabías que estaba de guardia?
Se hizo un silencio. Patricia notó que se había expuesto sin darse cuenta y repasó mentalmente la pregunta buscando alguna salida, alguna forma de restarle importancia, y no encontró ninguna que no sonara todavía más sospechosa que la verdad.
—He llamado —dijo, al final, intentando mostrarse impasible.
Le sostuvo la mirada mientras lo decía, sintiendo que acababa de entregarle una pieza de sí misma que no tenía planeado soltar esa noche.
—¿Has llamado al hospital para preguntar por mí?
Había algo nuevo en su voz. La miró con incredulidad, como si estuviera intentando encajar la idea de que Patricia Segura, presidenta de la Generalitat, con un coche esperándola en la puerta y media Comunidad Valenciana pendiente de cada uno de sus movimientos, hubiera llamado a un hospital a esas horas solo para averiguar si él estaba trabajando.
—He llamado al hospital para preguntar por un médico. Que resultaras ser tú, casualidades de la vida.
Lo dijo con la frialdad más absoluta que consiguió reunir, aunque el corazón le latiera con una fuerza que le pareció completamente injusta para una frase tan corta.
Néstor negó con la cabeza, y por primera vez desde que había entrado, algo parecido a una sonrisa le cruzó la cara, aunque la borró enseguida, como si se hubiera dado cuenta a tiempo de que no le convenía dejarla ver.
El calor empezó a hacerse insoportable de repente.
—Sigues siendo la misma.
Lo dijo casi para sí mismo, con ese tono a medio camino entre la resignación y algo más hondo que no terminaba de disimular del todo, y a Patricia le costó decidir si aquello era un halago o un reproche disfrazado de uno.
—¿Y eso qué significa?
—Que no has cambiado nada. Tres semanas sin contestarme a un puto mensaje, una puta llamada, y apareces aquí como si nada, dando órdenes, esperando que yo te siga el juego.
Se le endureció la voz al decirlo, y Patricia notó cómo se le tensaban los hombros, cómo la calma de hacía un momento se le esfumaba en cuanto pensaba en esas tres semanas de silencio. No supo si sentirse culpable o si sentir que por fin, después de todo ese rato de rodeos, empezaban a hablar de lo que de verdad importaba.
—No estoy esperando que me sigas nada.
—Ya. —Se apoyó contra el borde del escritorio, cruzando los tobillos, con una calma que a Patricia le pareció completamente fingida—. ¿Entonces qué haces aquí, si no es para eso?
Se lo preguntó con una insistencia que a Patricia le hizo sentir el peso de la pregunta, como si le estuviera pidiendo la verdad sin decirlo.
—Ya te lo he dicho. Quiero que me expliques por qué me has escrito.
—Llevo semanas escribiéndote.
Lo dijo rápido, como si fuera ensayado, con una ligereza que a Patricia le sonó falsa, como si quisiera desviar la conversación hacia un terreno más seguro para él.
—No me toques los ovarios, Néstor. Sabes de lo que hablo.
Se le escapó esa rabia que llevaba conteniendo desde el cóctel, desde el pasillo, desde cada uno de los mensajes que había releído demasiadas veces en tan pocas horas entre conversación y conversación, con la excusa de estar esperando una llamada importante. Notó cómo él se quedaba quieto un segundo, sorprendido quizá por la intensidad, y a ella le daba totalmente igual que se le notara.
—¿Y si no tengo ninguna explicación?
Lo preguntó más bajo, sin la ironía de antes, y eso hizo que a Patricia se le encogiera algo por dentro. Casi prefería la versión de él que se escudaba en bromas. Esa vulnerabilidad de golpe la desarmaba de una forma que no le gustaba.
—Entonces habré perdido cinco minutos de mi vida, y me iré tan tranquila.
Néstor soltó un suspiro de esos que salen desde el fondo del pecho cuando a alguien ya no le quedan fuerzas para seguir fingiendo. Se pasó una mano por la cara, por los ojos hinchados, como si con ese gesto pudiera borrar de un plumazo el cansancio que llevaba encima y las ganas que tenía de decirle lo que de verdad quería decirle.
Cuando volvió a mirarla ya no quedaba ni rastro de la calma de antes.
—No te vas a ir tan tranquila.
Lo dijo bajo, casi sin querer, y a Patricia se le paró algo en el pecho al oírlo. No sonó a amenaza. Sonó a otra cosa parecida a eso que colgaba entre ellos con la misma tensión de un hilo a punto de romperse.
Néstor se apartó del escritorio. No dio más que un paso, pero fue suficiente para que la distancia entre los dos dejara de sentirse segura, para que Patricia notara el calor de su cuerpo antes incluso de que estuviera cerca de verdad. No apartó la mirada. No pensaba ser ella quien retrocediera primero, aunque el pulso se le hubiera disparado hasta un punto que le costaba disimular.
—¿Ah, no? —consiguió decir, con una voz que esperaba sonara más firme de lo que se sentía.
—No.
Se quedaron así, demasiado cerca para ser una conversación normal y demasiado lejos para ser cualquier otra cosa, y Patricia sintió que la habitación entera se había quedado sin aire de golpe. El vestido se le pegaba a la piel y no sabía si el sudor que notaba en la nuca era por eso o por la distancia mínima que los separaba. Podía notar la respiración de él, un poco más rápida de lo habitual, juraba que podía ver el pulso latiéndole en el cuello, brillante de sudor bajo la luz blanca del fluorescente, y tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no bajar la vista más de lo que ya lo había hecho.
—¿Y por qué?
Patricia tragó con fuerza, pero la saliva no le bastó para humedecerle la garganta, que sentía ya demasiado rasposa por el calor de ese puto despacho y por el cuerpo de él, tan cerca.
Néstor no contestó enseguida. Apartó la mirada un segundo, hacia la ventana, hacia cualquier punto que no fuera su cara.
—¿A qué has venido, Patricia?
Sintió que se le agotaba la poca paciencia que le quedaba. No iba a hacer ella todo el trabajo de sostener la conversación mientras él se escondía detrás de preguntas que no eran más que otra forma de no responder nada.
—¿No te cansas de responder siempre con una pregunta?
Le cayó de golpe el peso entero de esas tres semanas, de esa noche, de los tacones que ya empezaban a molestarle y de todo lo que le estaba costando mantener esa fachada de seguridad que se había traído puesta desde el coche.
Por un segundo, Patricia creyó ver algo ceder detrás de sus ojos, algo que llevaba controlando toda la conversación y que estaba a punto de soltar.
—Es que no puedo responderlas.
Se quedó mirándolo, buscándole algo en la cara que le explicara esa frase, porque no sonaba a evasiva de las suyas, de las que usaba para ganar tiempo o para no comprometerse con nada. Sonaba a otra cosa. A que de verdad había preguntas ahí dentro de él que no se atrevía a dejar salir, y esa idea le dio más vértigo que cualquier respuesta directa que pudiera haberle dado.
Notó cómo le miraba la boca antes de volver a los ojos, cómo el silencio entre los dos ya no era solo tensión sino algo más parecido a estar al borde de algo, con ninguno de los dos dispuesto a dar el paso que lo empujara del todo hacia un lado o hacia el otro. Sintió el impulso estúpido de acortar la distancia que él mismo había abierto antes, y se odió por no poder controlarlo del todo.
—No está bien —dijo él, casi en un susurro, más para sí mismo que para ella.
Algo en Patricia se encendió de golpe, sin darle tiempo a pensarlo.
—¿Que no está bien?
Dio un paso atrás, sintiendo que podía respirar por fin. Lo rodeó dejando la distancia justa para no rozarlo, y se acercó al escritorio para dejar el bolso encima, con un golpe seco que sonó más fuerte de lo que había pretendido.
—Lo que no está bien es que me montes este numerito por tener Tinder. Dándome lecciones de moral porque he quedado con alguien, y tienes la poca vergüenza de hacerlo tú, que también tienes perfil.
—Patricia, no...
—¿Que no, qué? ¿Que no es lo mismo? —Soltó una risa seca, sin ninguna gracia detrás—. Es exactamente lo mismo, Néstor. La diferencia es que tú vas por ahí haciéndote la víctima, contándole a quien te quiera escuchar que llevas cinco años sin estar con nadie, el pobre viudo que no ha vuelto a mirar a otra mujer, y resulta que tienes el móvil lleno de fotos intentando ligar como un guarro cualquiera.
Le brillaban los ojos de rabia, y notó cómo la voz se le iba acelerando a medida que hablaba, como si llevara semanas guardándose todo eso y ahora ya no encontrara motivos para seguir conteniéndolo.
—Y para colmo, un calor de cojones en tu despacho —añadió, llevándose la mano a la nuca como si eso pudiera quitarle algo del sudor que ya notaba bajándole por la espalda, y también porque el silencio de él la estaba poniendo nerviosa.
Néstor guardó silencio durante un segundo demasiado largo, y a Patricia esa pausa le pareció todavía más insultante.
—Ya te he dicho que no tengo Tinder.
Puso los ojos en blanco con tanta fuerza que casi le dolió.
—Joder, Néstor, que me ha salido tu fotito. Néstor, 41, oncólogo. —Lo dijo marcando cada palabra, como si se lo estuviera leyendo directamente de la pantalla—. ¿Vas a decirme ahora que tienes un hermano gemelo que también es oncólogo y que tus padres fueron tan idiotas como para poneros el mismo nombre?
Néstor se quedó callado, con la mirada perdida en algún punto de la pared, y Patricia vio el momento exacto en que algo le hacía clic por dentro, como si acabara de atar un cabo suelto.
—Mis hermanas —murmuró, más para él que para ella.
Patricia frunció el ceño.
—¿Eh?
—Me lo hicieron mis hermanas hace tiempo. —Se pasó una mano por la cara, por la barba descuidada, con un gesto que parecía más de resignación que de otra cosa—. Jamás lo he usado. Lo tenía olvidado. Ni me acordaba de que existía esa cuenta.
Patricia lo estudió durante unos segundos, sin ninguna intención de disimular lo que pensaba. Había que ser idiota para creerse algo así, y más idiota todavía para esperar que ella se lo tragara.
—¿Te piensas que me voy a creer eso?
—Es la verdad, Patricia.
—Ya, claro. —Cruzó los brazos, con una ceja levantada, esperando que se le notara hasta qué punto le parecía ridículo—. Qué conveniente.
Néstor resopló. Caminó hacia el escritorio, donde ahora era ella la que estaba apoyada, y estiró el brazo para coger el móvil. Le rozó la mano en el proceso, sin querer y apenas un segundo, y a Patricia le subió una corriente por el brazo que no encajaba con lo enfadada que se suponía que estaba.
Tecleó algo con más brusquedad de la necesaria antes de girar la pantalla hacia ella.
—Mira. Ni siquiera tengo la aplicación.
Patricia bajó la vista, casi a su pesar, y repasó la pantalla del móvil, la lista de aplicaciones ordenadas por carpetas, el icono rosa y blanco que buscaba brillando por su ausencia en ninguna parte. No estaba.
No tenía Tinder.
Se quedó mirando la pantalla más de lo necesario. Vale. Tal vez no estaba mintiendo. Y tampoco le costaba tanto creerse que fuera lo bastante despistado, lo bastante idiota, como para haberse olvidado de que tenía una cuenta que ni siquiera había abierto nunca. Le pegaba, si lo pensaba bien.
Néstor guardó el móvil en el bolsillo, y Patricia se quedó mirando el mismo punto donde había estado la pantalla, como si la imagen se le hubiera quedado grabada ahí, suspendida en el aire.
—Pero tú sí que tienes.
Lo dijo bajo, sin ninguna acusación esta vez, casi como si necesitara decirlo en voz alta para terminar de creérselo del todo.
—Pues sí.
Se sostuvieron la mirada, tan cerca que los hombros casi se rozaban, lo bastante cerca como para que Patricia notara el calor que desprendía su cuerpo sumándose al del despacho, que ya empezaba a resultarle agobiante.
—¿Me has dado like? —preguntó Néstor.
Se lo estaba haciendo a propósito, lo sabía. Repitiéndole la pregunta que ella le había escrito horas atrás.
Patricia se acomodó mejor contra el borde del escritorio, más para tener dónde apoyar el peso que por necesidad real, ganando tiempo antes de contestar. Notó la madera fría contra la palma de la mano, un contraste agradable con todo lo demás que sentía en ese momento.
—No.
Lo dijo con una sonrisa que no pudo disimular del todo, orgullosa de sí misma, de la cara de él intentando descifrar si hablaba en serio o no. Y hablaba en serio, esa era la mejor parte.
—¿Tú?
—Que no me has salido, Patricia, por Dios. —Resopló, como si la pregunta le pareciera lo más absurdo que había oído en toda la noche—. Te acabo de mostrar que ni siquiera tengo la aplicación.
—Vale, pero ¿me habrías dado like?
—Patricia...
Lo dijo con ese tono de advertencia que usaba cuando quería cerrar un tema sin tener que dar explicaciones, el mismo que llevaba usando toda la noche, y a ella ya no le quedaba ninguna paciencia para dejárselo pasar.
—Néstor, coño, que es una pregunta facilísima.
Notó una gota de sudor bajándole por el cuello, por debajo del vestido, y no supo distinguir ya cuánto de ese calor venía del despacho y cuánto de tenerlo tan cerca. Mirándola de esa manera que ya no tenía ningún rastro de la exasperación de antes, que era algo mucho más lento y mucho más peligroso instalado en los ojos.
A Patricia esa mirada se le quedó grabada en el estómago y le bajó de golpe, como una descarga, hasta un sitio que prefería ignorar en ese lugar y a esa hora.
—Claro que sí.
Lo dijo bajito, sin dudar, con la voz más ronca que antes, y ella sintió que se le encendía algo en el pecho, un orgullo estúpido y desmedido que hizo todo lo posible por no dejar ver, aunque estaba segura de que la cara la había delatado antes de que pudiera controlarla, y la manera en que la miraba, con esos ojos oscuros clavados en ella, sin ningún disimulo ya, era demasiado tentadora como para dejarlo ahí, como para conformarse con esa media confesión y no empujarlo un poco más.
—Claro que sí, ¿qué?
Néstor sonrió y negó con la cabeza. Odiaba esa sonrisa. A Patricia siempre le había costado la vida entera fingir que no le hacía nada.
—No me jodas.
—Dilo.
Ladeó la cabeza hacia el costado, apenas, pero lo suficiente para que sus caras se acercaran un centímetro más. Lo justo para que él tuviera que bajar la vista hacia ella.
—Llevas semanas ignorándome y encima pretendes que te halague.
Patricia alzó las cejas, sin apartarse, con el pulso acelerado.
—Llevo semanas ignorándote porque eres gilipollas.
Lo dijo sin ninguna rabia real esa vez, casi con cariño, con esa mezcla suya de dureza y ternura que solo sacaba con él, y notó cómo a Néstor se le suavizaba algo en la expresión al oírla, como si esa frase, dicha así, significara mucho más que un insulto.
Le vino a la cabeza la última vez que lo había visto antes de esa noche, la última conversación de verdad que habían tenido antes de todo esto. La voz de él al teléfono diciéndole que habían perdido la dosis que le faltaba y la rabia de ella al pensar que otra vez su vida estaba en riesgo por su culpa.
Había logrado conseguir la dosis por su cuenta, porque siempre encontraba la manera de conseguir todo. Era una de las ventajas de ser presidenta. Aunque esa vez, todavía no le quedaba claro cómo lo había logrado, si el favor se lo debía a Jaume o a algún contacto en Sanidad. Pero Emilio se la había llevado un día a su casa junto con un médico dispuesto a administrarla sin hacer preguntas, un médico joven que le sonó vagamente familiar y del que nunca llegó a preguntar el nombre completo, demasiado ocupada en que aquello saliera bien como para pararse a pensar de dónde había salido exactamente.
Patricia devolvió su atención a él.
—Y porque no has tenido los santos cojones de hacer lo que tenías que hacer e ir a buscarme.
Vio cómo le cambiaba la cara. Apenas, un segundo, pero lo suficiente para que ella lo notara.
—He tenido que venir yo —añadió, sin dejarle espacio para recomponerse.
Sintió que se le aceleraba el pulso solo con la forma en que la miraba antes de contestar, como si estuviera decidiendo cuánto podía permitirse decir.
—Pensaba que no querrías verme.
—No quería verte. Pero podrías haberlo intentado.
Néstor negó con la cabeza despacio, como si no supiera muy bien qué hacer con ella, con esa mezcla de exasperación y algo mucho más blando que llevaba toda la noche intentando esconder sin conseguirlo del todo.
Se quedaron en silencio un momento de más, un momento exacto que le permitió a Patricia ver el cambio en la expresión de él.
De repente, Néstor frunció el ceño.
—¿No tendrías que estar en tu cita con Miquel?
A Patricia se le borró la sonrisa de golpe. Joder. Le dio vueltas a toda velocidad buscando alguna salida, algo que decir que no la dejara completamente expuesta, y no encontró absolutamente nada.
—No fui —respondió, casi en un susurro, bajando la guardia sin darse ni cuenta, y volvió a mirarlo antes de agregar—: Además era ayer, no hoy.
—¿Cómo?
Lo dijo despacio, como si necesitara que se lo repitiera para terminar de creérselo.
—Que era ayer. No fui. No sé por qué pensabas que era hoy.
Vio cómo intentaba encajar la información, cómo se le movían los ojos de un lado a otro sin fijarlos del todo en ella, hasta que algo pareció ordenársele por dentro.
—Miquel me lo ha dicho.
Patricia sonrió.
—Parece que a tu amigo le da vergüenza decir que una tía lo ha dejado plantado.
—No es mi amigo.
Lo dijo casi por reflejo, con una rapidez que a Patricia le hizo gracia, y notó cómo las piezas terminaban de encajarle a Néstor del todo: que no había habido ninguna cita esa noche, que todo lo que había sentido, los celos, la rabia, el «me jode que sea Miquel», habían sido por algo que ni siquiera había ocurrido cuando él pensaba que estaba ocurriendo.
—Pues eso. No me apetecía ir —agregó, encogiéndose de hombros.
Era lo más sincero que podía decirle.
Néstor se apartó apenas, lo justo para que el aire volviera a colarse entre los dos.
—¿Por qué?
Patricia puso los ojos en blanco. ¿De verdad no entendía?
Pensó en la mastectomía, en la cicatriz que todavía a veces evitaba mirarse en el espejo del baño, en la prótesis que tenía que acordarse de encajar bien como si fuera un accesorio más, y sintió esa rabia que llevaba usando como escudo desde hacía años porque era mucho más fácil que la otra cosa, la que de verdad le dolía.
—Porque no me gusto, Néstor. —Lo dijo más alto de lo que pretendía, con la voz quebrándosele un poco al final aunque intentó que no se le notara—. Porque cuando pienso en quedarme en pelotas delante de un tío, solo puedo pensar en que va a ver que me falta una teta. Y eso no le pone a nadie.
Néstor no dijo nada durante un segundo, y a Patricia ese silencio le pareció insoportable, mucho peor que cualquier respuesta compasiva que pudiera haberle dado. Se preparó para lo de siempre, para las palabras bonitas que la gente llevaba meses diciéndole, para el «no digas tonterías» o el «eso no es verdad» que, hasta ahora, nunca le habían servido de nada.
—A Miquel le pone.
Lo dijo bajo, con una calma que no le pegaba nada al resto de la conversación, y a Patricia le costó un segundo entender hacia dónde iba con eso.
—Miquel no sabe que me falta una teta.
—Pero yo sí lo sé.
Las palabras se le clavaron en algún sitio que no supo nombrar, un lugar mucho más hondo del que había estado usando toda la noche para pelear con él. Néstor no apartó la mirada ni un segundo, y en sus ojos no había ni rastro de lástima, ni ese cuidado exagerado que tanto odiaba, sino algo completamente distinto, algo que la recorrió entera antes de que pudiera controlarlo: ganas, sin ninguna duda, mezclado con una intensidad que la dejó sin saber qué contestar.
—Y a mí me pones. Muchísimo.
Patricia sintió que se le paraba algo por dentro, un vuelco entero que le subió desde el estómago hasta la garganta. No podía ser que Néstor, el mismo hombre que llevaba meses escudándose en la ética profesional, en la distancia, en todas las excusas que se le ocurrían para no acercarse a ella más de lo estrictamente necesario, acabara de soltarle eso así, sin más, con esa voz ronca que no dejaba lugar a ninguna broma de por medio.
Él se acercó. Esta vez de verdad, cerrando por completo el espacio que quedaba entre los dos hasta que Patricia pudo sentir el calor de su cuerpo sumado al ya sofocante del despacho, hasta que le llegó el olor a él, a sudor y a jabón de hospital, mezclado con algo que era solo suyo y que llevaba meses reconociendo a kilómetros.
—¿Qué haces?
Se lo preguntó casi sin voz, con el pulso latiéndole en los oídos con tanta fuerza que le costó oír su propia pregunta.
—Voy a besarte.
Lo dijo con tanta seguridad, sin ningún titubeo, y a Patricia se le quedó el cuerpo completamente quieto, paralizada entre las ganas de que lo hiciera de una vez y el miedo estúpido de que todo esto fuera algún tipo de error que ninguno de los dos pudiera deshacer después.
—¿Porque te doy pena?
Lo soltó a la defensiva, por puro instinto, y porque era más fácil insistir en distraerlo que aceptar que de verdad eso iba a pasar.
—Porque llevo meses queriendo hacerlo y me acabo de quedar sin excusas.
Patricia se quedó mirándolo sin saber qué hacer con esa frase.
—No necesito tu pena, Néstor.
—No es pena.
—Ya, porque acabo de contarte lo de la teta y ahora te entran ganas de besarme, qué casualidad.
—Patricia.
—Que no, que a mí no me hace falta que nadie me compense nada ni que se sienta mal por...
Él se acercó tanto que tuvo que dejar de hablar solo para poder sostenerle la mirada sin marearse, con la cercanía tragándose de golpe cualquier frase a medio terminar. Le agarró la mandíbula con las dos manos, firme pero sin fuerza.
—¿Te puedes callar?
Tuvo una fracción de segundo para pensar que debería seguir discutiendo, que ceder tan rápido no era propio de ella, que en cualquier otra situación habría insistido solo por no darle a él la satisfacción de tener razón. Pero con las manos de Néstor en su cara y esa mirada tan cerca que todo alrededor se le volvió borroso, el argumento se le deshizo antes de terminar de formarse.
—Vale.
No le dio tiempo a decir nada más.
La besó.
Fue un beso corto, casi tímido, apenas un roce de labios que se cortó tan rápido como había empezado, como si Néstor necesitara comprobar primero que aquello era real. Patricia se quedó con los ojos cerrados un segundo de más antes de abrirlos, con el corazón latiéndole tan fuerte que le pareció imposible que él no pudiera oírlo también.
—¿Bien?
Se lo preguntó pegado a su boca, sin apartarse del todo, con la voz todavía más ronca que antes.
—Mhm.
No fue ni un sí ni un no, apenas un sonido ahogado que se le escapó del pecho, pero le sirvió a Néstor de sobra. Volvió a besarla, esa vez sin ninguna de las dudas de antes, con una mano yéndole directa a la nuca para sujetarla mejor, para profundizar el beso hasta que Patricia sintió que se le doblaban un poco las rodillas. Le entreabrió los labios con la lengua, despacio al principio y después con más urgencia, y ella respondió sin pensarlo, dejándose llevar por meses de tensión acumulada que por fin encontraban dónde ir.
Ella le clavó los dedos en la espalda, notando los músculos tensos bajo la tela fina de la camiseta húmeda, subiendo la mano hasta engancharla en su nuca también, atrayéndolo más hacia ella como si la distancia mínima que quedaba entre los dos siguiera siendo demasiada. Notó cómo él respiraba contra su boca, entrecortado, cómo se le escapaba algo parecido a un gemido bajo cuando ella le tiró un poco del pelo de la nuca, y por un momento se olvidó por completo de dónde estaban, del hospital, de Jose esperando en la puerta, de todo lo que no fuera la boca de Néstor sobre la suya y las manos de los dos intentando averiguar, después de tanto tiempo, cómo encajaban.
Néstor la agarró por la cintura y la sentó sobre el escritorio, apartando de un manotazo los papeles que quedaban en medio, sin ninguna consideración por el orden que hubieran tenido antes. Patricia soltó un sonido desde el fondo de la garganta, sorprendida por la brusquedad del gesto, un sonido que él se tragó enseguida volviendo a besarla.
Le abrió las piernas con las manos, despacio pero seguro, y se colocó entre ellas, quedando tan cerca que Patricia pudo sentir todo su cuerpo pegado al de ella, el calor que desprendía, el pulso acelerado que le notaba en el pecho contra el suyo propio. Le rodeó la cintura con las piernas casi sin darse cuenta, buscando más contacto, más de él, con una urgencia que no reconocía en sí misma desde hacía mucho tiempo.
El beso se volvió más profundo, las lenguas encontrándose una y otra vez, torpe y húmedo. Néstor la apretó contra sí con una mano en la parte baja de la espalda, la otra todavía enredada en su nuca, y Patricia sintió que se le escapaba un poco el control del propio cuerpo, dejándose llevar sin oponer ninguna resistencia. Le clavó los dedos en la cintura, por debajo de la tela de la camiseta, y echó la cabeza hacia atrás cuando él le mordió el labio inferior, arrancándole un jadeo que no intentó disimular.
El escritorio crujió bajo el peso de los dos, pero a ninguno pareció importarle, demasiado perdidos en la boca del otro, en las manos que no paraban de moverse buscando más piel, más certeza de que aquello estaba pasando de verdad.
Le mordió el labio otra vez, ya sin ninguna suavidad, y Patricia respondió clavándole los dedos en los hombros, arrastrando las uñas lo justo como para notar cómo él respiraba con más fuerza contra su boca.
Le subió la falda del vestido con una mano, y cuando ella no hizo nada más que apretar las piernas alrededor de su cintura, terminó de subírsela hasta la cadera de un tirón. Patricia se movió sobre el escritorio para ayudarlo, arqueando la espalda, buscando todavía más cercanía.
Los dedos de ella fueron al abdomen de él, por debajo de la camiseta, sintiendo la piel caliente y el vello suave bajo las palmas, notando cómo se le contraían los músculos del estómago al contacto, cómo se le cortaba la respiración cuando llegó al pecho y se lo recorrió entero con las manos abiertas. Todo era desesperado, casi torpe, dos personas que llevaban demasiado tiempo conteniéndose y que ya no encontraban ninguna razón para seguir haciéndolo.
Un ruido en el pasillo los hizo separarse de golpe, con el pulso todavía disparado y los dos mirándose como si acabaran de salir de debajo del agua.
Se quedaron quietos, con la respiración todavía descontrolada, esperando a ver si el ruido se acercaba o se alejaba, si alguien iba a llamar a la puerta o si había sido solo un carrito pasando de largo. Cuando por fin pareció alejarse del todo, Patricia notó cómo la urgencia del momento anterior empezaba a desinflarse, dejando paso a una conciencia mucho más incómoda de dónde estaban y de cómo habían quedado los dos.
Fue la primera en desviar la mirada, casi sin pensarlo, y fue entonces cuando empezó a caer en la cuenta de todo lo demás.
Néstor tenía el pelo revuelto, de donde ella se lo había agarrado, y la camiseta arrugada y subida hasta el ombligo, dejando ver una franja de piel que a Patricia le costó no seguir mirando. Bajó los ojos un poco más, sin poder evitarlo, y lo vio duro contra la tela del pantalón, evidente, sin ningún disimulo posible.
Ella seguía sentada en el escritorio, con la falda subida hasta las caderas y la ropa interior completamente al descubierto, las piernas abiertas todavía con el espacio exacto que él había ocupado hacía un segundo. Sintió el aire del despacho, de repente frío, contra la piel expuesta, un contraste absurdo con el calor que le quemaba por dentro, y pensó que seguro él podía ver la tela empapada, pegada a la piel, marcando con claridad lo mojada que estaba.
Ninguno de los dos parecía capaz de moverse, todavía agitados, todavía mirándose como si no terminaran de creerse lo que acababa de pasar.
¿Qué cojones acababa de pasar?
