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El héroe que nadie pidió

Summary:

Sai está convencido de que Gen necesita ser rescatado de su novio y casualmente él se considera el alfa perfecto para el trabajo.

Solo hay tres pequeños problemas: Gen no pidió un rescate, Senku no piensa compartir a su omega y «recesivo» no significa «inofensivo».

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Sai Nanami siempre había encontrado consuelo en las cosas que podían entenderse. Un problema difícil no lo intimidaba: le bastaba con ordenar la información, separar lo importante y avanzar hasta que las piezas encajaran. A sus veintinueve años, confiaba bastante más en aquel método que en su condición de alfa dominante, aunque tampoco había tenido demasiados motivos para lamentar lo segundo. Sabía quién era, conocía sus capacidades y rara vez se quedaba sin una respuesta. Por eso, cuando Gen Asagiri le sonrió durante una cena organizada por Ryusui, lo primero que sintió fue la desconcertante impresión de haber olvidado algo elemental.

Su propio nombre, por ejemplo. Lo tenía allí, en alguna parte, pero tardó tanto en pronunciarlo que su hermano acabó presentándolo entre carcajadas. Sai habría querido fulminarlo con la mirada. No pudo; estaba demasiado ocupado observando al omega que acababa de acercarse, el cabello dividido entre blanco y negro, los ojos oscuros y aquella boca que parecía a punto de compartir un secreto divertido.

—Así que tú eres el hermano del que tanto presume Ryusui-chan —dijo Gen, ofreciéndole la mano—. Empezaba a pensar que te había inventado para justificar lo mucho que habla de la inteligencia familiar. Gen Asagiri. Encantado de comprobar que existes.

Sai le estrechó la mano y sintió la ligereza de sus dedos antes de percibir un aroma suave a mandarina y té. Un omega dominante. Había conocido a otros, desde luego, pero ninguno había conseguido que una presentación corriente le pareciera el comienzo de algo. Respondió que el gusto era suyo, demasiado formal, demasiado tarde, y se sintió aliviado cuando Gen continuó conversando como si su torpeza no mereciera atención.

Durante los siguientes veinte minutos descubrió que tenía veinticinco años, estudiaba Psicología y trabajaba como mentalista. Gen le preguntó por su estancia en el extranjero, escuchó una explicación sobre programación sin mirar el teléfono y confesó entre risas que su relación con las matemáticas era una tragedia sostenida por la buena voluntad de sus profesores. Sai terminó explicándole una pequeña curiosidad sobre probabilidades utilizando las cartas que había sobre la mesa. Cuando Gen acertó qué carta tenía escondida, él soltó una risa tan espontánea que Ryusui se volvió a mirarlo.

—Trampa —acusó Sai, aunque ni siquiera intentó disimular lo mucho que le había gustado. Gen se llevó una mano al pecho, ofendido, y le explicó que aquello se llamaba talento. Después añadió que, si algún día necesitaba aprobar un examen de Estadística, esperaba poder apelar a la solidaridad entre personas talentosas. Sai dijo que podía preguntarle lo que quisiera. Lo dijo con una facilidad que lo sorprendió.

Le habría gustado seguir hablando con él toda la noche. Ya estaba buscando una manera razonable de preguntarle si quería tomar un café cuando Gen miró hacia la entrada y levantó una mano. Su sonrisa cambió; se hizo más amplia, más luminosa. Sai se volvió con curiosidad y encontró a un hombre de camisa arrugada, cabello imposible y una computadora bajo el brazo. Parecía haber llegado a una obligación especialmente tediosa.

—Senku-chan, mi amor, empezaba a pensar que tendría que ir a buscarte —dijo Gen, acercándose para sujetarlo del brazo—. Has llegado tarde. Espero que traigas una disculpa conmovedora y, como mínimo, la promesa de compensarme por esta terrible espera.

—Has sobrevivido veintitrés minutos. Un avance prometedor para la especie —respondió el recién llegado. Miró la mano que le apretaba la manga y chasqueó la lengua—. Suéltame un segundo, mentalista. Tengo que dejar esto en alguna parte.

Sai sintió una punzada desagradable al ver que Gen obedecía. El omega conservó la sonrisa, esperó a que el alfa dejara la computadora y volvió a acercarse a él. Le acomodó el cuello de la camisa con una familiaridad que hizo innecesarias las siguientes palabras, aunque Sai habría agradecido que nadie las pronunciara.

—Sai-chan, este es mi novio, Senku Ishigami —anunció Gen—. Es encantador cuando quiere. Estamos investigando con qué frecuencia ocurre ese fenómeno.

Senku le estrechó la mano y reconoció uno de sus trabajos. Sai contestó por costumbre, escuchando apenas la pregunta que vino después. Un alfa recesivo. Lo percibió bajo el olor limpio de su ropa y volvió a mirar a Gen, todavía prendido de aquella manga. Novio. La palabra le resultaba molesta de una manera física, como una costura que empezara a rozarle la piel.

La cena no mejoró su opinión. Gen se sentó junto a Senku y le dedicó atenciones que Sai habría recibido como regalos: le rozó el hombro al hablar, le preguntó por su día, le quitó una pelusa de la camisa. Senku respondió a unas cosas con monosílabos y a otras con comentarios que le parecieron innecesariamente cortantes. Cuando Gen suspiró que se sentía abandonado, el alfa le preguntó si pensaba incluir aquella queja en su próxima presentación teatral.

—Podrías decirme algo bonito de vez en cuando —insistió el omega, inclinándose hacia él. Sai dejó de prestar atención a Chrome y observó la escena por encima de su vaso. Gen tenía una sonrisa pequeña, insistente. ¿Tan difícil era corresponderle?

—Tu capacidad pulmonar es impresionante. Llevas diez minutos quejándote sin hacer una pausa —respondió Senku. Chrome se echó a reír. Gen también rio, tapándose la boca con los dedos, y Sai apretó la mandíbula. No entendía qué tenía de gracioso que alguien pidiera cariño y recibiera aquello.

Esperó una ocasión para hablar con Ryusui sin que los demás escucharan. La encontró en la cocina, mientras su hermano buscaba otra botella. Le preguntó cuánto tiempo llevaban juntos y recibió una respuesta que lo dejó todavía más intranquilo: cuatro años. Cuatro años detrás de un hombre al que parecía molestarle incluso que le tocaran la manga.

—No te metas —dijo Ryusui, antes de que pudiera formular la siguiente pregunta. Sai lo miró, incómodo por la rapidez con que había adivinado sus pensamientos—. Esa cara la conozco. Te gusta Gen. Perfecto. Que te guste no significa que tengas que encontrarle defectos a Senku.

—No tengo que encontrárselos. Está exhibiéndolos —replicó Sai. Bajó la voz, aunque la indignación le dificultó mantenerla tranquila—. ¿Siempre le habla así? Gen lleva toda la noche intentando que le preste atención.

Ryusui apoyó la botella sobre la encimera. — Senku lleva cuatro años aguantando sus actuaciones con una paciencia que yo no tendría —respondió—. No has visto ni la mitad de cómo son en realidad. Déjalos en paz.

Ukyo entró con unos platos y, al escuchar de qué hablaban, soltó una risa breve. A Sai le desagradó aquella reacción.

 —Se provocan desde antes de ser novios —explicó—. Discuten, se llaman de todo y terminan besándose. Gen sabe perfectamente con quién está. Además, créeme, no es precisamente el más indefenso de los dos.

Sai miró de uno a otro sin sentirse tranquilizado. Que una conducta fuera habitual no la volvía menos desagradable. Había gente que pasaba años aprendiendo a sonreír ante cosas que le dolían; no hacía falta estudiar Psicología para comprenderlo. Quizá ellos estaban demasiado acostumbrados. Quizá la amistad les impedía reconocer lo que él, desde fuera, veía con tanta claridad.

—Un omega no debería tener que mendigar afecto —dijo al fin. 

Ryusui dejó escapar un suspiro largo, mientras Ukyo le recomendaba que escuchara lo que Gen tuviera que decir sobre su propia relación. Sai aseguró que eso haría. Naturalmente que iba a escucharlo. Era lo que más le apetecía desde que había llegado.

Antes de marcharse lo vio junto a Senku, reclamando un beso mientras el alfa buscaba algo en los bolsillos. Senku lo llamó plaga. Gen le respondió que era una plaga preciosa y volvió a sujetarle la manga. Sai apartó la vista, le parecía una crueldad tener tanta ternura al alcance de la mano y recibirla como si fuera una molestia. Cuando Gen se despidió de él con una sonrisa, Sai decidió que merecía conocer otra forma de ser querido.

Encontró su número en el grupo que Ryusui utilizaba para organizar las reuniones. El primer mensaje lo escribió a la mañana siguiente, después de corregirlo varias veces para que sonara natural. Le habló de una exposición y le propuso visitarla juntos. Gen respondió por la tarde, agradeciendo la invitación y explicando que prefería que se vieran con los demás. También dijo que le había gustado conocerlo. Sai leyó esa última frase con una sonrisa que le duró varios minutos.

No había esperado que aceptara de inmediato. Gen tenía novio y, por mucho que la relación le pareciera insatisfactoria, no sería sencillo reconocerlo ante alguien a quien acababa de conocer. Sai podía ser paciente. Siempre había sabido esperar cuando algo valía la pena, y pocas cosas le habían parecido tan valiosas como volver a escuchar aquella risa dirigida a él.

La segunda invitación fue para cenar. Esta vez Gen escribió que no quería dar lugar a malentendidos, le dijo que estaba enamorado de Senku y no estaba interesado en salir con otra persona. Sai sintió una punzada al leerlo. Se quedó mirando la conversación hasta que encontró una explicación que no le doliera tanto. Después de cuatro años, era lógico que lo defendiera. Habría resultado extraño que hablara mal de su novio con un desconocido.

Contestó que no pretendía causarle problemas y que podían ir como amigos. La respuesta llegó enseguida, Gen prefería que no. Sai dejó el teléfono sobre la mesa, se levantó para prepararse café y pasó el resto de la noche preguntándose cómo demostrarle que no había nada que temer. No necesitaba que tomara una decisión precipitada. Solo quería que supiera que existía otra posibilidad.

Las flores le parecieron un buen comienzo. No una cena que exigiera explicaciones ni un compromiso que pudiera ponerlo nervioso, sino algo hermoso, sin condiciones. Gen había compartido su dirección en el grupo para una reunión que organizaría la semana siguiente; Sai la utilizó al completar el pedido y escogió un ramo de rosas blancas. Imaginó al omega recibiéndolo, acercando la nariz a los pétalos, sonriendo de aquella manera que todavía recordaba con una precisión absurda.

La notificación del teléfono interrumpió una reunión de trabajo. Gen le agradecía el detalle, pero le pedía que no volviera a enviarle regalos. Quería devolver el ramo. Sai leyó el mensaje debajo de la mesa y sintió que el pecho se le apretaba. 

—¿Devolver unas flores? ¿Tan grave era aceptar algo bonito?

Pensó en la expresión de Senku durante la cena y respondió que no debía preocuparse, que no esperaba nada a cambio, pero las flores regresaron al día siguiente. El papel había sido doblado con cuidado y la tarjeta seguía dentro. Sai sostuvo el ramo unos segundos en medio de su departamento, avergonzado de una forma que no sabía cómo nombrar. Después lo dejó junto a la ventana. No podía culpar a Gen. Ignoraba qué habría ocurrido cuando Ishigami lo viera entrar con aquel regalo, y esa incertidumbre le pareció motivo suficiente para preocuparse más.

En la reunión de la semana siguiente decidió observar con atención. Gen lo recibió con educación, aunque enseguida se apartó para saludar a los demás. Sai llevó una botella para compartir, preguntó si necesitaba ayuda y se quedó cerca de la cocina, esperando alguna oportunidad de hablar sin interrupciones. Aquel departamento tenía libros apilados junto al sofá, una manta sobre el respaldo y varios objetos que le parecieron impropios de Gen, cables, piezas metálicas, una taza desportillada. Le molestó reconocer las huellas de Senku antes de verlo.

El alfa apareció unos minutos después desde el pasillo, con un destornillador en la mano. Gen le preguntó si había terminado y Senku respondió que terminaría antes si dejaba de interrogarlo cada treinta segundos. El omega hizo una mueca. Sai sintió que su opinión se confirmaba, ni siquiera en su propia casa podía pedir algo sin recibir una mala respuesta.

—No tienes que conformarte con que te hablen así —murmuró. Gen volvió el rostro hacia él. Durante un momento no dijo nada, y Sai sintió la urgencia de explicarse—. Puedes contar conmigo. Para lo que necesites.

—Sai-chan, no necesito que me rescates de mi novio —respondió el omega. La sonrisa con la que acompañó la frase no le pareció tan cálida como la de aquella primera noche—. Senku y yo estamos bien. Te pido que no sigas hablando de él de esa manera.

Sai se disculpó por haberlo ofendido. Lo hizo sinceramente; no quería que Gen sintiera que debía justificar su vida ante él. Sin embargo, cuando el omega se alejó para atender a otro invitado, no logró quitarse de encima la sensación de haber tocado un asunto demasiado sensible. Quizá había ido demasiado deprisa. Quizá necesitaba demostrar con hechos lo que las palabras todavía no conseguían transmitir.

Compró un perfume después de pasar casi una hora en la tienda. Más adelante eligió una pulsera discreta y una pluma que podría servirle para sus apuntes. Ningún regalo le pareció excesivo mientras lo escogía. Tenía medios para ofrecer cosas buenas y quería utilizarlos en alguien que, a su juicio, recibía demasiado poco. No había visto una sola joya regalada por Senku ni escuchado una historia sobre una cena romántica. 

—¿Cuándo había sido la última vez que aquel hombre le llevaba flores?

Todo volvió. A veces acompañado de un mensaje breve; otras, de una petición más tajante para que no enviara nada más. Sai empezó a sentir una mezcla incómoda de desaliento y obstinación. Las palabras se volvían frías, pero le resultaba imposible reconciliarlas con el Gen que se había reído con él durante la cena. Recordó la facilidad con la que se había aferrado a la manga de Senku después de que lo rechazara. Quizá estaba acostumbrado a proteger los sentimientos ajenos incluso a costa de los suyos.

Le escribió para preguntarle si estaba bien. Después, si había descansado. Se ofreció a llevarlo a la universidad una mañana de lluvia y le dijo que podía ayudarlo con cualquier dificultad que tuviera. Cada propuesta le pareció razonable por separado. No entendía por qué era tan complicado hacerle saber a alguien que estaba dispuesto a cuidarlo.

Las respuestas tardaban cada vez más. Sai comprobaba el teléfono al salir de una reunión, entre dos tareas, antes de acostarse. Cuando encontraba un mensaje, lo leía de inmediato. Cuando no había ninguno, se preguntaba si Senku estaría con él. Más de una vez terminó escribiendo que no hacía falta contestar enseguida y que esperaba que todo estuviera bien. Le habría gustado que Gen comprendiera cuánto esfuerzo ponía en no exigirle nada.

Ryusui lo llamó una tarde y le preguntó si seguía intentando invitar a Gen a salir. Sai contestó que solo quería conocerlo mejor. Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego su hermano le recordó la conversación de la cocina, con una seriedad que le resultó irritante.

—No tienes nada que arreglar entre ellos —dijo Ryusui—. Y Gen ya te ha dicho que no quiere salir contigo. Deja el asunto, Sai.

Sai se pasó una mano por el rostro. Estaba cansado y no quería discutir con su hermano. Contestó que no iba a hacer ninguna tontería y cambió de tema. No era fácil explicar lo que sentía a alguien que lo reducía todo a un capricho romántico. Él había visto a Gen buscar un afecto que no recibía. No podía dejar de haberlo visto solo porque Ryusui se molestara.

La última negativa llegó un sábado. Gen escribió que no quería más invitaciones, más regalos ni más mensajes preguntándole cuándo iba a dejar a Senku. Le pidió que no volviera a contactarlo. Sai se quedó inmóvil frente a la pantalla. Leyó el mensaje una vez, dos, después una tercera, buscando algo que suavizara aquellas frases. No encontró ninguna sonrisa ni un apelativo cariñoso. Solo su nombre al principio y un punto al final.

Le respondió que lo sentía, que nunca había pretendido ponerlo en una situación difícil. El mensaje no obtuvo respuesta. Tampoco la obtuvo el que escribió más tarde, prometiendo no apresurarlo. Sai durmió mal aquella noche. Recordó a Gen acomodando una camisa arrugada, a Gen siguiendo a Senku por el salón, a Gen defendiendo una relación que todos insistían en considerar maravillosa. Si se alejaba ahora, ¿no estaría haciendo exactamente lo mismo que los demás?

El lunes envió otro ramo. Esta vez añadió una tarjeta escrita de su puño y letra. Le pidió una última conversación y aseguró que después respetaría lo que decidiera. Habría preferido decírselo de otra manera, pero los mensajes seguían sin respuesta. Dejó el bolígrafo sobre la mesa y se quedó observando la tarjeta antes de guardarla. No quería rendirse por una dificultad que quizá Gen no sabía cómo superar solo.

Al día siguiente llegó un mensaje. Sai reconoció el nombre en la pantalla y sintió una sacudida de alegría antes de abrirlo. Gen proponía que hablaran el jueves, a las seis, en una cafetería del centro. Añadía que no se trataba de una cita, que quería resolver aquella situación. Sai leyó la dirección, la hora, el día. Había aceptado verlo. Después de tantas negativas, había aceptado.

Contestó que estaría allí y pasó el resto de la tarde distraído. No se permitió llamarlo una victoria, aunque la palabra le rondó varias veces. Era un comienzo. Gen había elegido un lugar tranquilo, lejos de su departamento y de las reuniones del grupo. A Sai le pareció comprensible que necesitara un espacio neutral para hablar con libertad.

El jueves llegó quince minutos antes. Eligió una mesa desde la que podía ver la puerta y pidió agua mientras esperaba. Llevaba una camisa azul, un reloj discreto y varias frases preparadas que no pretendían sonar como un discurso. Quería escucharlo. Quería que Gen pudiera contarle lo que ocurría sin tener que defender a nadie. Miró la hora y sintió una inquietud casi adolescente, impropia de alguien que llevaba años resolviendo problemas mucho más complejos que una conversación.

Cuando sonó la campanilla de la entrada, levantó la cabeza con una sonrisa. No encontró el cabello blanco y negro ni la figura elegante que había estado imaginando. Vio a Senku Ishigami acercarse a su mesa con las manos en los bolsillos y una expresión que le hizo pensar, inmediatamente, que algo había salido mal. Miró detrás de él. Gen no estaba.

Senku apartó la silla y se sentó sin esperar una invitación. Sai notó la tensión de su mandíbula y sintió que una certeza helada le descendía por la espalda. Lo habían descubierto. De algún modo, Ishigami se había enterado de la reunión y había decidido presentarse en su lugar.

—¿Dónde está Gen? —preguntó Sai, enderezándose. Miró otra vez hacia la puerta antes de volver a fijar los ojos en el alfa 

Senku dejó el teléfono sobre la mesa y se acomodó en la silla. No parecía haber llegado dispuesto a discutir. Tenía el rostro serio y cierta rigidez en la boca, pero sus movimientos eran tranquilos; incluso esperó a que la camarera terminara de dejar una taza en la mesa contigua antes de responder. Aquella calma desconcertó a Sai casi tanto como su presencia.

—Gen no va a venir —dijo—. Voy a hablar yo contigo. Y me gustaría resolver esto rápido, porque mi novio lleva demasiado tiempo repitiendo lo mismo sin conseguir que lo escuches.

Sai sintió una punzada al oír aquellas dos palabras. Mi novio. Senku las había pronunciado con una naturalidad irritante, como si no necesitara demostrar nada ni preguntarse si tenía derecho a estar allí. Se apoyó en el respaldo y lo miró con una mezcla de recelo y disgusto.

—Si no quería venir, podía decírmelo él —respondió—. No tienes que hablar en su nombre. Es perfectamente capaz de tomar sus propias decisiones.

—Correcto —replicó Senku, sin perder la calma—. Decidió que no quería salir contigo. Decidió devolverte los regalos y decidió pedirte que dejaras de escribirle. Ahora ha decidido que yo venga. Puedes empezar a respetar alguna de esas decisiones cuando quieras.

Sai apretó los dedos alrededor del vaso. No le gustó que redujera todo a una enumeración tan fría. Había habido conversaciones, sonrisas y circunstancias que Senku desconocía. Había habido una preocupación sincera, aunque aquel hombre pareciera incapaz de concebir que alguien pudiera acercarse a Gen sin querer hacerle daño.

—Solo he intentado ayudarlo —insistió—. No veo por qué eso te molesta tanto. Si estuvieras tan seguro de su relación, no necesitarías presentarte aquí en su lugar.

Senku soltó aire por la nariz, casi una risa. 

—No me molesta que te guste —respondió—. Me molesta que lo estés incomodando. Hay una diferencia bastante fácil de entender. Gen no quiere tus flores, tus joyas ni tus invitaciones. Quiere que lo dejes en paz.

Sai sintió calor en la cara. Había preparado aquella tarde con tanto cuidado que le resultaba insoportable escuchar cómo sus detalles se convertían en una lista de molestias. Miró al alfa que tenía enfrente: la ropa sencilla, el cabello desordenado, aquella expresión de paciencia escasa. Gen merecía a alguien que hiciera un esfuerzo por él. No podía ser el único capaz de verlo.

—Tú no lo mereces —dijo finalmente. Esperó que las palabras encontraran algún lugar vulnerable en aquella tranquilidad—. Te he visto tratarlo como si te estorbara. Se acerca a ti, intenta ser cariñoso y le respondes con sarcasmos. Siempre está buscándote, siempre tiene que pedirte atención. No sabes ser un buen novio para él.

Senku inclinó apenas la cabeza. No se defendió ni pareció siquiera ofendido, y aquella ausencia de reacción hizo que Sai continuara, empujado por la frustración de no estar consiguiendo nada.

—Yo podría tratarlo mucho mejor. No tendría que rogarme un beso ni soportar que lo llamara plaga delante de todo el mundo. Lo haría sentirse querido. Le daría lo que necesita sin obligarlo a mendigarlo.

—Qué discurso tan familiar —comentó Senku. Esta vez la risa fue evidente, breve y seca. Sai se quedó mirándolo mientras el alfa cruzaba los brazos con una tranquilidad que empezaba a parecerle insultante—. No eres el primer alfa que cree que sería mejor novio para Gen.

La respuesta lo dejó callado un instante. Senku no aprovechó el silencio para acercarse ni para intimidarlo. Permaneció donde estaba, observándolo como si la conversación se hubiera desviado hacia un asunto secundario que no merecía demasiado tiempo.

—He oído versiones más largas, más dramáticas y bastante más caras de lo que acabas de decir —continuó—. Alfas convencidos de que pueden impresionarlo, de que un recesivo no es suficiente para él, de que solo necesita conocer a alguien mejor. Me importa muy poco lo que piensen de mí. Sé perfectamente quién es mi omega y con quién quiere estar.

Sai tragó saliva. Le desagradó pensar en otros hombres intentándolo antes que él, pero le desagrado más la seguridad con que Senku hablaba de ellos. No había encontrado celos en su voz. Tampoco miedo. Parecía estar describiendo algo molesto y repetitivo, como una avería que ya supiera reparar.

—Gen es mío —añadió el alfa, sosteniéndole la mirada—. Mi novio. Lleva años eligiéndome y no necesito competir contigo ni con nadie para recordarlo. Normalmente se deshace de los pretendientes por su cuenta. Les dice que no, ellos lo entienden y se termina el asunto. Tú, en cambio, llevas semanas empeñado en no darte cuenta.

Sai sintió que la indignación le cerraba la garganta. Había imaginado una discusión muy distinta, una en la que pudiera señalar los errores de Senku y obligarlo a reconocerlos. Sin embargo, cuanto más hablaba, más parecía quedar él en el lugar de alguien inoportuno. Un pretendiente más. Una molestia que Gen no había conseguido quitarse de encima.

—No puedes despacharme como si fuera un idiota cualquiera —replicó—. Yo sí lo quiero. Me preocupa verlo contigo. No entiendo cómo todos pueden reírse mientras tú lo tratas de esa manera.

—No tienes que entender nuestra relación —respondió Senku. Su voz seguía siendo baja, aunque la sonrisa había desaparecido—. Tienes que entender que Gen te ha dicho que no. Te lo estoy poniendo fácil Sai, solo deja de buscarlo y esta conversación termina aquí.

Aquella serenidad terminó de irritarlo. Sai miró la puerta cerrada, la silla que había reservado para Gen y el teléfono abandonado sobre la mesa. Todo se le estaba escapando sin que lograra encontrar un argumento capaz de detenerlo. Había esperado que Gen viera la verdad. Había puesto tanto empeño en mostrársela que pensar que podía haberlo rechazado por voluntad propia le resultó, de pronto, insoportable.

—Entonces Gen tiene que estar ciego —soltó. Las palabras salieron antes de que pudiera medirlas—. O debe ser demasiado tonto para darse cuenta. No puede ser tan estúpido como para seguir con alguien como tú teniendo la oportunidad de…

Se interrumpió. Senku no había levantado la voz ni golpeado la mesa, pero algo cambió con una brusquedad que le erizó la piel. El aire se volvió denso. Un aroma seco, penetrante, le llenó la nariz y pareció asentársele en el pecho antes de que pudiera tomar otra bocanada. Sai reconoció las feromonas un segundo después de empezar a sentirlas.

Eran demasiado fuertes. Aquello no se parecía al rastro discreto que había percibido durante las reuniones, ni a lo que esperaba de un alfa recesivo. Le recorrió la espalda un escalofrío helado. Su propio aroma, que hasta entonces había permanecido estable, se quebró en una nota amarga que no consiguió contener.

Senku se había inclinado hacia delante. Tenía los antebrazos apoyados en la mesa y los ojos fijos en él, rojos, inmóviles, vacíos de la indiferencia con que había recibido cada insulto dirigido a su persona. Sai conocía el enfado. Había discutido con alfas dominantes y presenciado enfrentamientos desagradables. Nunca había sentido con tanta claridad el deseo de desaparecer de la mirada de alguien.

—Termina esa frase —dijo Senku, tan bajo que Sai tuvo que escucharlo por encima de sus propios latidos. No sonó como una invitación a continuar. Sai cerró la boca y notó que había dejado de respirar con normalidad.

El borde de la mesa se le clavó en la palma. Era un alfa dominante; había entrado en aquella cafetería sin imaginar que tendría que recordárselo para evitar apartar la mirada. Ahora la etiqueta no le servía de nada. Tenía delante a un recesivo que ni siquiera había necesitado levantarse para hacerle sentir un miedo limpio, inmediato y  ajeno a cualquier discusión sobre quién merecía a quién.

—No vuelvas a hablar así de mi omega —continuó Senku. Cada palabra llegó despacio, precisa, mientras las feromonas seguían oprimiendo el espacio entre ambos—. Puedes decir lo que te dé la gana de mí. Hasta hace un momento estaba dejándote hacerlo, pero con Gen no te equivoques.

Sai intentó humedecerse los labios. La lengua le pareció torpe. Senku lo miraba con una expresión que le hizo pensar, por primera vez y sin ninguna exageración cómoda, que aquel hombre quería matarlo. No había una sonrisa, una broma ni el menor rastro de la paciencia con que lo había escuchado al principio.

—Yo no… —empezó. El sonido apenas consiguió salirle de la garganta. Se detuvo cuando Senku apoyó una mano abierta sobre la mesa. No fue un golpe. El movimiento bastó para que Sai se echara ligeramente hacia atrás, y darse cuenta de que había retrocedido le añadió vergüenza al miedo.

—No eres nadie para insultarlo. No eres nadie para venir a explicarme quién es, qué necesita o qué debería sentir —dijo Senku—. Después de lo que le has hecho soportar, no tienes derecho ni a mencionar su nombre. Así que escucha bien, porque esta parte no voy a repetírtela.

Sai asintió antes de decidir hacerlo. Tenía el corazón desbocado y una presión desagradable detrás del esternón. El aroma de Senku seguía allí, demasiado intenso, demasiado firme. Le costaba reconciliarlo con el hombre al que había considerado insuficiente desde aquella primera cena. Nada en su cuerpo quería poner a prueba esa conclusión otra vez.

—Si estoy aquí hoy y no vine antes es únicamente porque Gen me rogó que lo dejara resolverlo —continuó el alfa—. Quería hablar contigo él mismo. Quería evitar precisamente que yo tuviera esta conversación contigo. Se lo concedí porque era lo que me estaba pidiendo. Hasta que no pudo más y vino a decirme que interviniera.

Sai sintió que algo le descendía por el pecho con una lentitud dolorosa. Gen le había pedido ayuda a Senku. Había acudido al hombre del que él pretendía rescatarlo para que lo librara de sus atenciones. La idea era humillante incluso antes de considerar el miedo que le impedía levantar la voz para defenderse.

—Mi novio ha tenido que pedirme que consiga que otro alfa respete su rechazo —dijo Senku, inclinándose apenas un poco más—. Y tú acabas de llamarlo estúpido por no quererte. Esta es la última advertencia Sai, deja en paz a Gen. No le escribas. No le mandes nada. No vuelvas a buscar una excusa para acercarte a él. ¿Ha quedado claro?

—Sí —respondió. La rapidez con que lo hizo le raspó el orgullo, pero no pudo evitarla. Tragó saliva, miró fugazmente las manos de Senku y añadió, con una voz que apenas reconocía— Lo dejaré tranquilo. No voy a volver a molestarlo.

Senku sostuvo su mirada unos segundos más. Sai tuvo la impresión de que aquel silencio duraba demasiado y de que cualquier movimiento brusco podía empeorar las cosas. Después el alfa se recostó despacio en la silla. La presión empezó a ceder, aunque el aroma permaneció lo suficiente para que Sai no confundiera aquella retirada con una invitación a discutir.

—Más te vale cumplirlo —dijo Senku. Recogió el teléfono de la mesa y dejó de mirarlo. A Sai lo desconcertó lo definitivo de ese gesto. No quedaban argumentos por presentar ni una última frase capaz de rescatar la tarde. Había llegado esperando a Gen y ahora solo quería alcanzar la puerta.

Se levantó con las piernas extrañamente tensas. El roce de la silla contra el suelo le pareció demasiado fuerte. Todavía sentía miedo, pero debajo de él empezaba a abrirse una tristeza pesada, obstinada. Él había creído enamorarse. Seguía doliéndole aquella sonrisa del primer encuentro, la ilusión con que había elegido las flores, todo lo que había imaginado antes de sentarse a esperar. No sabía qué hacer con esos sentimientos; lo único que tenía claro era que no iba a volver a acercarse a Gen.

Senku observó cómo Sai se alejaba entre las mesas, rígido, con los hombros tensos y una prisa que se hizo evidente al llegar a la puerta. Lo vio echar una última mirada hacia atrás antes de salir. Solo entonces dejó escapar el aire despacio y terminó de contener sus feromonas. Tenía la mandíbula dolorida de apretarla. Vaya manera tan estúpida de complicar una conversación que podía haber durado tres minutos.

Los insultos contra él le habían importado lo mismo que el ruido de la cafetera. Había escuchado cosas peores y no necesitaba que Sai Nanami aprobara su forma de querer a nadie. Todavía recordaba a Gen la noche anterior, agotado, intentando sonreír antes de admitir que ya no sabía qué hacer. Y aquel idiota había tenido la osadía de llamarlo tonto. Senku se pasó una mano por el rostro, desbloqueó el teléfono y llamo a su primer contacto.

Gen respondió antes del segundo tono. —Senku-chan, mi alfa precioso —canturreó, con una dulzura que le aflojó algo en el pecho—. Estaba esperando tu llamada. ¿No mataste a nadie verdad?

Senku bajó la mirada hacia la mesa. La tensión no había desaparecido del todo, pero aquella voz tenía la irritante capacidad de volverla innecesaria. 

—Estuve apunto —respondió. Oyó un pequeño sonido de una risa y la comisura de su boca empezó a levantarse—. Ya solucioné tu problema. No debería volver a molestarte.

Al otro lado hubo un suspiro largo. Senku lo escuchó entero, atento a esa pausa que le dijo más que cualquier agradecimiento adornado. Después Gen volvió a hablar, esta vez con la voz un poco más baja.  

—Gracias, Senku-chan. En serio. Ya no sabía cómo hacer para que me dejara tranquilo.

—Debiste dejarme intervenir antes —contestó él. Dejó pasar un segundo antes de recuperar el tono burlón—. Me debes una Gen. He tenido que escuchar un discurso bastante penoso sobre lo mal novio que soy. Eso requiere una compensación considerable.

Gen soltó una risita que hizo que Senku sonriera abiertamente. 

—La que tú quieras, mi amor —respondió, alargando las palabras con una intención que conocía demasiado bien—. Cuando vengas voy a hacerte eso que tanto te gusta. Y un poquito más, para que no puedas decir que no sé agradecerle las cosas a mi alfa.

Senku apoyó un codo en la mesa y se rozó el labio inferior con el pulgar. Podía imaginar la sonrisa del omega sin esfuerzo, la cabeza ligeramente inclinada, los ojos brillantes, esa satisfacción insolente de saber exactamente cómo distraerlo. 

—Más te vale —murmuró, divertido—. Después no intentes negociar las condiciones.

—¿Yo? Jamás haría semejante cosa —replicó Gen, con una inocencia tan falsa que le arrancó una risa—. Voy a consentirte muchísimo. Vas a tener que admitir que soy el omega más adorable del mundo.

Senku recogió sus cosas mientras lo escuchaba seguir hablando. Lo había oído repetir variaciones de aquella afirmación durante años y todavía encontraba formas nuevas de disfrutarlo. Gen preguntó cuánto tardaría en llegar, anunció que ya se había instalado en el sofá y añadió que tenía instrucciones muy específicas sobre dónde debía sentarse su novio. Senku respondió encantado, que ya iba en camino.

Estaba a punto de despedirse cuando recordó una de las frases de Sai. 

“Eres demasiado brusco”

Miró el reflejo tenue de la ventana, su propia boca todavía curvada, el teléfono pegado al oído. Gen sabía cuánto lo quería. Se lo había dicho, se lo demostraba y se lo repetía a su manera en cientos de gestos pequeños. Aun así, podía dárselo también así, sin esperar a que el omega lo pidiera ni esconderlo dentro de una provocación.

—Gen —lo llamó. Al otro lado, el parloteo se interrumpió enseguida. Senku deslizó el teléfono de una mano a la otra y, antes de buscar una frase ingeniosa que arruinara la sencillez del momento, añadió—: Te amo.

Durante un segundo no oyó nada. Después llegó un grito de emoción tan agudo que tuvo que apartar el teléfono de la oreja. Senku cerró los ojos y se echó a reír, escuchando aun a esa distancia una sucesión atropellada de su nombre, una exclamación ahogada y la voz de Gen intentando decir tres cosas a la vez.

—¡Senku-chan! ¡Yo también te amo! —consiguió responder el omega—. Te amo muchísimo. ¿Por qué me dices eso cuando no puedo besarte? Ahora tienes que venir rápido. Rapidísimo. Voy a besarte tanto que te vas a arrepentir de haberme dejado solo con toda esta emoción.

—Cuento con eso, mentalista —contestó Senku, todavía riéndose. Se puso de pie y se echó la chaqueta sobre el hombro, con la voz feliz de Gen llenándole el oído—. Ya voy. Más te vale guardar todos esos besos para mí.

Gen volvió a decirle que lo amaba antes de dejarlo colgar. Senku guardó el teléfono, sacudió la cabeza con una sonrisa que ya no intentó disimular y salió de la cafetería. Su omega lo estaba esperando, y no tenía ninguna intención de hacerlo esperar más.

Notes:

Sigo completamente obsesionada con el Sengen. A estas alturas ya acepté que no tiene cura JAJAJA. 😭💚

Últimamente no tengo demasiado tiempo para escribir ni editar porque soy docente rural, y eso viene con sus propias aventuras: a veces se va la luz por días completos, otras veces no hay señal y yo simplemente miro mis capítulos sin poder subir absolutamente nada. :( Supongo que es parte de vivir a 4 horas de la ciudad JAJAJA.

Lo gracioso es que realmente yo soy historiadora, no docente de profesión. 😭 Pero con los nuevos cambios del gobierno, al parecer si no tengo un título en Pedagogía no podré seguir ejerciendo, así que... ni modo, aquí estamos estudiando para eso también.

Ah, y como aparentemente mi yo del pasado me odiaba, también estoy haciendo una maestría al mismo tiempo. ¿Por qué pensé que trabajar, estudiar una profesionalizacion docente y hacer una maestría simultáneamente era una excelente idea? No lo sé. Actualmente quiero encontrar a mi yo del pasado y ahorcarla. 😭

Pero bueno, entre clases, trabajos, cortes de luz, falta de señal y responsabilidades de adulta, sigo encontrando tiempo para escribir sobre estos dos porque Sengen es eterno. 🧎‍♀️💚

Y respecto a esta historia: perdónenme, pero ME ENCANTA el cliché de Sai queriendo romper el Sengen y simplemente no pudiendo JAJAJA. 😭 Puede intentarlo, puede conspirar, puede hacer lo que quiera... pero en mis historias esos dos están condenados a terminar juntos, jeje.

Gracias por tenerme paciencia y seguir leyendo mis locuras aunque mis actualizaciones dependan de mi trabajo, mis estudios y de que el pueblito decida tener luz e internet ese día. 😭💚