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when i met him, like an arrow

Summary:

Un segundo antes, Santiago Beltrán estaba entre la marea roja y blanca y de repente, sin transición, estaba ahí, frente a él, tan cerca que Nicolás podía ver las gotas de sudor que perlaban su frente, la respiración aún agitada por el esfuerzo del partido.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: ribbon 'round my neck

Chapter Text

Filtrar el sonido de las victorias ajenas es, en parte, un mecanismo de defensa. Cuenta como una habilidad adquirida con el tiempo, una capacidad que varía en función del momento. 

Nicolás fijó la mirada en lo único inmóvil sobre la cancha, la pelota que descansaba sobre el pasto; un testigo olvidado, en igual medida inocente como castigado, para no perderse inevitablemente en la batalla campal que era su cabeza. Podía sentir esa presión en las sienes que había comenzado antes de empezar el partido, una migraña que solamente había escalado, producto en un cincuenta por ciento del eco del silbido final del árbitro y la hinchada local mezclado con la frustración del 3-1. 

Perder contra River, un grande del fútbol, no era tapa de noticia. Incluso para un club con un presente severamente golpeado y frágil, la suerte tiene un hábito de inclinar la balanza hacia los que perseveran. Nicolás lo sabía, lo había aprendido en el camino de hormiga hacia Primera; categoría por categoría, los años de inferiores y la espera silenciosa de una oportunidad. Al final del día, la derrota en el Monumental era solo una línea más en un expediente, que dolía porque esa era la condena de dedicarle la vida a un deporte: la felicidad dependía, en muchos aspectos, de cómo se resolvía un duelo de noventa minutos. 

Con las piernas que le pesaban una tonelada y la culpa que le carcomía el espacio entre las costillas, avanzó hasta el medio de la cancha donde ya se saludaban ambos equipos. El ritual de la derrota, el que se repite cada vez que el resultado no acompaña, contrastaba con la alegría del rival que, por fin, respiraba por sobre la superficie de una mala racha.

 Dentro de los guantes, Nicolás tenía los puños cerrados y las palmas empapadas. Para él, cada gesto era un recordatorio de lo que se había perdido, un espejo en el que veía reflejada la frustración colectiva. La costumbre del protocolo la había automatizado, un medio abrazo y una palmada en la espalda. Nicolás movía la cabeza como uno de esos perritos decorativos sobre un tablero de un auto, asintiendo a saludos que no registraba, repitiendo frases hechas que su boca pronunciaba sin que su cerebro las procesara. Buen partido, suerte en lo que viene. Gracias, cuidate.

Fue casi un instante después de terminar de saludar a los suyos que pudo registrar la figura que se desprendía de su propio grupo y ya estaba a centímetros de distancia. Un segundo antes, Santiago Beltrán estaba entre la marea roja y blanca y de repente, sin transición, estaba ahí, frente a él, tan cerca que Nicolás podía ver las gotas de sudor que perlaban su frente, la respiración aún agitada por el esfuerzo del partido. 

El contrario no dijo nada, sólo le ofreció la sonrisa más brillante que Nicolás había visto en su vida como única advertencia antecedente al contacto, porque al instante buscó el choque de sus palmas, aún cubiertas por los guantes, y sus brazos se abrieron, envolviéndolo. Nicolás sintió el impacto en el pecho, el calor repentino de otro cuerpo contra el suyo, el aroma a pasto y a transpiración y a algo más que no podía identificar. Por inercia levantó los brazos, y sus propias manos se encontraron sobre la extensión de la espalda de Santiago.

 

Por un instante, el mundo se redujo a ese punto de contacto. Santiago le sacaba unos centímetros de altura, lo que había obligado a Nicolás a quedar parcialmente escondido en su hombro, respirando la humedad que se le había acumulado en el costado del cuello. Sintió una palmada sobre la cabeza antes de que Santiago se apartara, aún sin alejarse del todo, para murmurarle, “Animal.”

 

Nicolás soltó una risa contra su hombro. El abrazo se deshizo con la misma facilidad con la que había comenzado, dejando atrás una sensación absurda de vacío que Nicolás atribuyó al cansancio y a la adrenalina que todavía le recorría el cuerpo. Respondió en un hilo de voz, “Nos hicieron mierda, eh.”

 

Santiago soltó una risa cortita, privada, “Un poco.” 

 

Estaban tan cerca que, si se lo proponía, Nicolás podía contar las pecas casi imperceptibles sobre su piel. De repente, a Nicolás le quemaban todos los puntos de contacto entre él y Santiago, quien no parecía apurado a separarse, colgando un brazo pesado sobre los hombros de Nicolás y hablándole a centímetros de la cara.

 

“Un poco, dice.”

 

“Tenía ganas de felicitarte hace rato,” Nicolás alzó apenas la mirada, encontrándose con la inmensidad de los ojos del más alto por un instante demasiado breve como para hacer algo con él. No llegó a preguntarle para qué, Santiago lo miraba como si no acabara de decir nada particularmente extraño a la conversación que estaban teniendo.

 

“¿Por el tres a uno?”, preguntó, intentando que la risa que se le escapó sonara natural. “¿Me estás chamuyando, zurdo?” 

 

No era una respuesta especialmente inteligente. En las circunstancias incorrectas, podía ser malinterpretada, y Nicolás, que era un nato evitador de problemas, lo supo apenas las palabras abandonaron su boca. 

 

Santiago no se rió. O peor: se rió apenas, esa media sonrisa que no terminaba de formarse del todo y que dejaba todo en un limbo imposible de descifrar. Bajó la mirada un segundo hacia algún lugar del rostro de Nicolás, como si evaluara algo, y cuando la volvió a subir, había algo distinto en sus ojos. Algo que Nicolás no supo nombrar y que, sin embargo, le erizó la piel de los brazos. “¿Eso pensás?” dijo Santiago, y su voz salió más baja, como si las palabras estuvieran destinadas solo a él y a nadie más. 

 

Nicolás se rió otra vez, pero esta vez la risa no tenía nada de natural, era un sonido hueco que rebotó en el aire entre ellos y cayó al pasto como algo muerto. “Y, qué se yó, tres goles me comí. No creo que ahora te haya pintado hacerte el psicólogo deportivo,”  bromeó, pero sonó seco, desubicado, como un ladrillo mal puesto. 

 

Las palabras quedaron flotando en el aire, torpes, insuficientes. Santiago lo estaba mirando con esa expresión que no tenía nada de burla, nada de condescendencia, como si realmente pensara que Nicolás había hecho un buen partido. “Dale, Bolca, sabés muy bien que ninguno de los tres fue tuyo. Atajaste como seis claras. El resultado es otra cosa.”

 

Nicolás sintió que algo se le atragantaba en el pecho. No era solo el nerviosismo, ni la sensación desesperante de querer desaparecer en las duchas y dejar de pensar. Era bronca. Una bronca absurda, inexplicable, que le subió por la garganta como ácido.

 

Santiago estaba siendo bueno. Estaba siendo genuinamente amable, compasivo, generoso. Le estaba dando exactamente lo que cualquier arquero querría escuchar después de una derrota así. El partido todavía le pesaba en el cuerpo, en los hombros, en la garganta. No estaba listo para que nadie le dijera que no había sido su culpa, no cuando él sentía que sí, porque el martirio de ser un perfeccionista es que pocas veces se reciben los halagos como algo racional y objetivo. Y que Beltrán– que había ganado, que estaba del otro lado, que no tenía ninguna obligación de ser amable– viniera a decirle que había hecho las cosas bien le resultaba casi insultante. Como si le estuvieran perdonando algo que él no había pedido que le perdonaran. 

 

La bronca amenazó con apoderarse de toda racionalidad, con subirle por la garganta y salirle por la boca en forma de algo cortante, algo que arrancara el momento de raíz y lo devolviera a terreno conocido, porque la bronca era más fácil. Un lugar donde Nicolás sabía moverse, donde podía plantar los pies y sostener la mirada y decir no hace falta con la voz firme.

 

Si el enojo era tierra firme, la humillación se sentía como querer atravesar arenas movedizas. El golpe de realidad fue bajo y al estómago, porque no era impotencia lo que el contrario le estaba generando, sino algo más blando, más tibio. Un cosquilleo que se le colaba por las grietas de la armadura y le tocaba partes que Nicolás tenía enterradas bajo capas de exigencia y autocrítica.

 

Ese algo asomaba las garras en el inconsciente de Nicolás y peleaba por desestabilizarlo por completo. Se negaba a nombrarlo, o siquiera reconocerlo dentro de su propia cabeza. La voz del más alto no paraba de reproducirse como un disco rayado en todos los rincones del espacio en blanco que era su mente en ese preciso momento. 

 

Lógicamente significaba que no era sólo su orgullo herido, sino que una parte de él, una parte que no controlaba, quería quedarse ahí y escucharlo decirle esas cosas hasta que se le acabaran las palabras. El corazón le latía descontrolado al costado del pecho, y eso– esa necesidad, esa hambre absurda de aprobación que le subía por el pecho y le bajaba por el estómago– le daba más bronca que todo lo demás junto. Quería que Santiago le pusiera la mano en el hombro, en la nuca, donde fuera. Que siguiera hablándole, respirando su mismo aire, apretando su cuerpo contra el suyo.

 

El contrario abrió la boca para decir algo más, pero Nicolás no llegó a escucharlo. Del otro lado del círculo central, uno de los utileros de Independiente lo llamó a los gritos, agitando una toalla en el aire. Nicolás dió un paso al costado, después otro, y casi se tropieza con su propio pie. “Eh, gracias, vos también, so’ un crack, eh,” soltó Nicolás, todo junto, atropellado, como si las palabras le estuvieran huyendo de la boca antes de que pudiera ordenarlas. “Posta. Un crack. Felicitaciones.”

 

No esperó una respuesta antes de darse la vuelta y empezar a caminar lejos de Santiago, el eco de sus palabras todavía rebotándole en el pecho. 

 

Los periodistas ya lo esperaban en fila, como buitres educados. Nicolás se paró frente a la primera, una mujer con un micrófono que tenía el logo de un canal de deportes. La tanda de preguntas siempre empezaba casi de manual, Nicolás asentía entre cada una, la mirada en algún punto entre la cámara y el piso, dedicándose a responder de la forma más estandarizada posible.

 

Cuando terminó con el último micrófono, ya no quedaba casi nadie en la zona mixta. Caminó con la cabeza gacha, esquivando a los utileros que apuraban el operativo de salida.

 

 El pasillo a los vestuarios era un túnel de luces blancas, con ese olor a humedad y a desinfectante característico que le invadió las fosas nasales de inmediato. Se sacó los guantes primero, después la camiseta, que le costó despegar del cuerpo. Siguieron los botines, las medias, el short. Se metió en la ducha con el agua lo más caliente que aguantó, y se quedó ahí un rato largo, con las manos apoyadas en la pared y la cabeza gacha, dejando que el vapor le llenara los pulmones y le nublara la vista.

 

El agua le corría por la espalda y le borraba el sudor y el pasto, pero no le borraba la cara de Santiago. No le borraba el brazo pesado sobre los hombros, ni el sonido de esa voz. Y no le borraba, sobre todo, esa sensación absurda que le había quedado en el pecho, esa cosa asfixiante, molesta, que no tenía nada que ver con la derrota y todo que ver con la forma en que Santiago lo había mirado.

 

Se quedó tanto tiempo bajo el agua que cuando salió, el vestuario estaba vacío. Los bolsos de sus compañeros ya no estaban, las toallas tiradas en el piso eran las suyas, y las luces seguían encendidas pero el silencio era completo, espeso, como si el estadio entero se hubiera vaciado en menos de treinta minutos. Nicolás se secó el pelo con una toalla, se la ató a la cintura, y se quedó parado frente a sus cosas, con el agua todavía goteándole por la espalda, sin apuro por vestirse.

 

Estaba cansado. Estaba confundido. Estaba caliente, y no en el buen sentido, o quizás sí, no sabía. Apoyó los codos sobre las rodillas y se frotó la cara con las dos manos, tratando de borrar la sensación de incomodidad que le crecía como una raíz alrededor de los huesos de la columna. Bajó la cabeza y entrelazó los dedos sobre la nuca, sintiendo la tensión cosquillearle el costado del cuello al mismo tiempo que escuchó pasos en el pasillo.

 

Eran pasos tranquilos, seguros, que se acercaban a la puerta del vestuario sin dudar. Nicolás se dió vuelta y levantó la mirada justo cuando la puerta se abría.

 

Santiago entró con el pelo todavía húmedo y una camiseta limpia puesta. Parecía recién duchado y tenía una expresión imposible de leer, “Permiso,” soltó al aire. “¿Te quedaste solo?” preguntó desde el umbral, y su voz sonó más baja de lo normal, como si el vestuario vacío exigiera un tono distinto, más privado, más suyo.

 

Nicolás se quedó inmóvil, con la toalla aún atada a la cintura y con gotas errantes que le escurrían desde el pelo hacia los hombros. “Hola, ¿no? Y, sí. Me tuvieron ahí un rato. Preguntas de mierda.” Se rascó la nuca, un gesto nervioso, y sintió que las orejas le volvían a arder. “¿Vos… qué hacés acá?”

 

Santiago no respondió enseguida. Cuando pasó, cerró la puerta detrás de él, caminó unos pasos hacia él, sin apuro, con las manos en los bolsillos del pantalón, y se detuvo a una distancia que no era lo bastante lejos para ser casual ni lo bastante cerca para ser obvio. El contrario se quedó callado un segundo, mirando el piso, y después alzó la vista otra vez. Sus ojos se encontraron con los de Nicolás por un instante, y en ese instante no había nada de tranquilo. Había algo urgente, algo que Santiago parecía estar conteniendo con todas sus fuerzas.

 

“Yo– Bueno… En la cancha te dije que tenía ganas de felicitarte,” dijo, y su voz salió más baja de lo normal, como si le costara pronunciar cada palabra. “Pero no llegué a terminar.”

 

A Nicolás el corazón le latía tan fuerte que podía sentirlo en las sienes, en las muñecas, en la garganta. “A terminar,” repitió, y la voz salió más ronca de lo que pretendía.

 

Santiago no respondió, no con palabras. Caminó los pasos que faltaban hasta quedar a centímetros de Nicolás, tan cerca que el calor de su cuerpo se colaba por la piel mojada de Nico como si fuera suyo. “Quería aclarar algo,” dijo Santiago, y su voz era suave pero firme, como si estuviera marcando los límites de un juego que solo él conocía. Retiró la mano, la metió de nuevo en el bolsillo, y se quedó mirándolo. Sus ojos bajaron por la cara de Nicolás, por el cuello, por el pecho desnudo donde las gotas de agua todavía brillaban, y después volvieron a subir, lentos, disfrutando el recorrido. “Aclarar. O responder, mejor dicho,” hizo una pausa para respirar hondo. “Sí, Nico. Te estoy chamuyando. Y no lo hago seguido, así que no sé si me está funcionando.”

 

Levantó una mano, lenta, con los dedos extendidos, hacie el mentón de Nicolás. Los dígitos estaban tibios, y el contacto fue un golpe eléctrico que le subió por las piernas y le calentó las mejillas sin aviso. Nicolás tuvo que apretar los dientes para no hacer ningún ruido, el corazón latiéndole tan fuerte que empezó a pensar que el contrario podía escucharlo. 

 

“Santi…” empezó, no sabía para qué. Tenía la garganta cerrada, la cabeza llena de ruido blanco y el cuerpo entero inclinándose hacia Santiago como si tuviera su propia gravedad. “¿Me estás jodiendo, no? Nunca hice nada porque no sabía…,” la voz le salió más temblorosa de lo que pretendía. “No sabía si…”

 

“¿Si qué?” preguntó Santiago, y dio un paso más.

 

 Ya no había espacio entre ellos, la tela de su camiseta rozaba contra la piel mojada, y Nicolás tuvo que inclinar apenas la cabeza hacia arriba para sostenerle la mirada. Estaba atrapado entre el banco de madera y el cuerpo de Santiago. “Si querías, si– estabas- con alguien,” terminó Nicolás, y se odió por lo urgente que sonó.

 

Santiago se rió. Una risa baja, corta, que le vibró en el pecho y le llegó a Nicolás como un golpe suave. “Nico” dijo, y su voz era un murmullo. “Hace rato que quiero. Pero no sabía si vos querías. Y no iba a hacer nada si no estaba seguro.”

 

Levantó una mano otra vez, la apoyó completamente esta vez sí en la piel de Nicolás, en el costado del cuello, donde el pulso le latía descontrolado. Fue un contacto leve, pero a Nicolás le recorrió un escalofrío por todo el cuerpo. “¿Puedo?” preguntó Santiago, y su pulgar se movió sobre la piel húmeda, un círculo lento que le erizó la piel. Nicolás asintió con la cabeza, un movimiento chiquito, casi imperceptible. No confiaba en su voz.

 

“¿Sí? ¿Puedo?” insistió Santiago, y su voz era suave pero había algo firme debajo, algo que pedía una respuesta clara. “Decime.”

 

“Sí,” dijo Nicolás, y la palabra le salió en un suspiro. “Sí, podés.”

 

El primer contacto fue torpe, casi brutal, como si los dos hubieran estado aguantando demasiado y ya no quedara espacio para la delicadeza. Santiago lo empujó a ciegas hacia una pared cercana con las dos manos en su cintura y la boca abierta, y Nicolás soltó un sonido que no había planeado soltar, entremezclado con un jadeo y un gruñido, agarrándose de la remera de Santiago como si fuera lo único que lo mantenía en pie. El vestuario visitante estaba vacío, las luces seguían encendidas, y la puerta no tenía llave. Cualquiera podía entrar. Un compañero que se hubiera olvidado algo, alguien del staff. El riesgo estaba ahí, flotando en el aire, y lejos de frenarlos, parecía empujarlos más rápido, más fuerte, más urgente.

 

Santiago le mordió el labio inferior y Nicolás gimió contra su boca, un sonido ahogado que se perdió en el silencio del vestuario. Las manos de Santiago bajaron por su espalda, por la curva de su cintura, hasta aferrarse a la toalla que le cubría las caderas. No la sacó. La apretó, tiró un poco, y Nicolás sintió que se le iba el aire. “Santi,” jadeó contra su boca, y no sabía si era una advertencia o una súplica.

 

“Ya sé,” respondió Santiago, y su voz estaba ronca, rota, como si también estuviera perdiendo el control. “Ya sé.”

 

Santiago tiró de la toalla con una mano, sin delicadeza, y la tela cayó al piso con un ruido húmedo. Nicolás quedó completamente expuesto, con la piel todavía brillante de agua y el frío del vestuario golpeándole de repente, pero no sintió frío. La mirada de Santiago se dedicó a la tarea de recorrerlo entero, de arriba abajo, sin apuro, como si estuviera memorizando cada centímetro. 

 

“¿Te gustó eso?” preguntó Santiago, sin un ápice de la vergüenza que había teñido su voz unos minutos antes, un murmullo contra la oreja de Nicolás, caliente, húmedo. “¿Te gustó que te diga que atajaste bien? ¿Que te diga que sos bueno?”

 

Nicolás sintió que las piernas le temblaban. Asintió con la cabeza, un movimiento seco, y el más alto se rió, una risa baja que le vibró en el pecho. “Decilo,” pidió Santiago, y su mano bajó por el costado del cuerpo de Nicolás, lenta, dibujando el contorno de sus costillas. “Decime que te gusta.”

 

Nicolás se apretó contra él, instintivo, desesperado, y Santiago gruñó contra su boca. “Despacio,” dijo, pero no había nada de despacio en la forma en que lo estaba tocando. “Despacio, que si seguís así…”

 

“No quiero despacio, Dios,” respondió Nicolás, y la voz le salió más firme de lo que esperaba. “Quiero…”

 

“¿Qué querés, Nico?” 

 

Nicolás lo miró. Tenía los ojos oscuros, las pupilas dilatadas, la boca hinchada de tanto besarlo. Estaba expuesto, vulnerable, y sin embargo no quería esconderse. No con Santiago. No ahora. “Quiero que me digas qué hacer,” dijo, y la voz le tembló apenas. “Quiero que vos…”

 

Santiago lo miró un segundo más. Después sonrió, lento, peligroso, los labios se le curvaron. Esperó que el mayor siguiera, asintiendo despacito mientras le acariciaba la piel cerca del abdomen. 

 

“Que me digas cómo tocarte,” las palabras le salieron atropelladas por lo mucho que necesitaba. Santiago le acarició la cara con el pulgar de una mano libre, un gesto que era casi tierno en medio de todo lo demás.

 

“Está bien,” dijo. “Todo lo que hagas está bien. Pero si querés que te diga qué hacer…” se inclinó y le mordió el lóbulo de la oreja, “Te voy a decir.” Su voz era un murmullo contra su oído cuando volvió a hablar, “primero,” dijo mientras le acercaba la misma palma que segundos antes estaba usando para recorrer la piel de su cintura, “escupí.” 

 

Nicolás no se movió enseguida, parpadeaba rápido y tenía las pupilas dilatadas. “En mi mano,” confirmó Santiago, despacito, alentándolo. 

 

El mayor tragó seco. Era una orden simple, casi insignificante, pero le quemaba la cara de vergüenza y le encendía algo en el pecho que no sabía nombrar. Se inclinó apenas, juntó saliva en la boca, y escupió en la palma de Santiago. Fue un gesto torpe, inseguro, y cuando levantó la vista otra vez, Santiago lo estaba mirando con una intensidad desequilibrante.

 

“Bien,” dijo Santiago, y su voz era un murmullo grave. “Muy bien, Nico.”

 

Nicolás sintió que el elogio le recorría la espalda como un escalofrío. No sabía por qué esas dos palabras simples le hacían tanto efecto, pero le hacían querer escuchar más. Santiago cerró la mano, distribuyendo la saliva, y después la bajó por el cuerpo de Nicolás, lenta, dibujando el camino con los dedos. Con los nudillos le acarició el pecho, el esternón, las líneas del abdomen, y cuando llegó a ese lugar que antes cubría la toalla abandonada sobre el suelo, siguió de largo.

 

“Ahora,” dijo Santiago, y su voz era un murmullo, “quiero que me mires, Bolca.”

 

Nicolás abrió los ojos. No se había dado cuenta de que los tenía cerrados, y cuando lo hizo, se encontró con la cara de Santiago a centímetros de la suya, con esos ojos oscuros que lo miraban sin parpadear, con esa media sonrisa que no terminaba de formarse del todo. “Así,” dijo Santiago, y su mano envolvió a Nicolás con una firmeza que le cortó el aire. “Así, Nico. Mirándome. Me encantan tus ojos.”

 

Nicolás sintió que las piernas le temblaban. Tuvo que apoyar una mano en el hombro de Santiago para no caerse, y la otra apretó el bícep del contrario, para no pensar qué hacer con ella. Santiago empezó a moverse, lento al principio, después más firme, encontrando un ritmo que le hizo suspirar entrecortado. La saliva ayudaba, pero no era suficiente, y sin embargo a Nicolás no le importaba. “Santi,” jadeó Nicolás, y la voz le salió rota. “Santi, por favor…”

 

El más alto lo miró antes de empezar a dejarle besos cortos en el cuello, y en esa mirada, Nicolás vio algo que no esperaba. No era la calma peligrosa de antes, ni era el control tranquilo del que sabe exactamente lo que está haciendo. Era otra cosa, algo más cuidadoso, más vulnerable. Como si Santiago estuviera tan sorprendido como él de estar ahí, de tenerlo así, de estar haciendo esto. “Está bien,” dijo Santiago, y su voz era más suave ahora, más baja, como si estuviera hablándole a alguien que se podía romper. “Está bien, Nico. Estoy acá.”

 

La mano de Santiago se movió más rápido, más firme, y Nicolás sintió que algo se le apretaba en el pecho, que el aire se le acababa, que las piernas ya no le respondían. Se aferró a Santiago con las dos manos, con la frente apoyada en su hombro, y sintió que se le escapaba un sonido que no había planeado soltar, algo entre un gemido y un suspiro, algo que sonaba a por favor y a gracias y a no pares todo junto. “Ya sé,” murmuró Santiago contra su oído, y su voz estaba ronca, rota, como si también estuviera perdiendo el control. “Ya sé, Nico. Dale. Dejate.”

 

Nicolás se dejó ir, ahora con las manos aferradas al cuello del contrario y la respiración agitada como si hubiese terminado recién el partido y no hace cuarenta minutos. Se dejó ir sin pensar en nada que no fuera la mano de Santiago, y su voz, y la forma en que le decía muy bien una y otra vez. El más alto lo sostuvo. No se movió, no lo soltó, solo le acarició la mejilla con la mariz Nicolás recuperaba el aliento, temblando todavía.

 

“Está bien,” dijo Santiago, y su voz era suave ahora, casi tierna. “Tranquilo.” 

 

Nicolás no respondió, no podía. Tenía el corazón repiqueteándole descontrolado, pero Santiago parecía no haber terminado. Le levantó la cara con una mano, suave pero firme, y le sostuvo la mirada mientras subía la otra mano, la que estaba húmeda, la que todavía tenía el rastro de él, hasta la altura de su boca.

 

“Abrí,” dijo, y no era una orden, era un permiso. Un ofrecimiento. El mayor soltó aire por la nariz, incrédulo, tenía la cara encendida, la piel que no recibía el calor directo del cuerpo de Santiago helada. Y sin embargo, cuando Santiago le acercó los dedos a los labios, los abrió sin dudar y recibió los dedos del contrario en la boca.

 

Nicolás se probó a sí mismo en la piel de Santiago, salado y tibio, y algo en su pecho se apretó de una forma que no tenía nada que ver con la calentura. Era íntimo, y vergonzoso. Era todo lo que no había pedido y todo lo que no sabía que necesitaba. “Bien,” dijo Santiago, y su voz era un murmullo ronco. “Muy bien. Así.”

 

Retiró los dedos despacio, y después se inclinó y lo besó. Un beso lento, profundo, que sabía a los dos. Nicolás se dejó besar, todavía sin poder dejar de temblar. Cuando se separaron, Santiago tenía la respiración agitada y la cara encendida. No había perdido el control, pero estaba cerca. Muy cerca. “Santi,” dijo Nicolás, y su voz era apenas un hilo. “¿Vos...?”

 

El cuarenta y uno de River negó con la cabeza. Una sonrisa chiquita, casi avergonzada. “Ya está,” dijo. “Ya fue.”

 

Nicolás bajó la mirada. Los pantalones de Santiago, todavía puestos, tenían una manchita oscura en la parte delantera. Nicolás sintió que las mejillas le ardían otra vez, pero esta vez no era vergüenza. Era otra cosa. Era saber que Santiago se había corrido así, sin que lo tocara, solo con verlo a él. Solo con tenerlo cerca. 

 

Era todo tan perfecto. Como si estuviera flotando en algún lado y no sintiera otra cosa que la calidez que emanaba Santiago. Quizás así se sentía morir y terminar en el cielo. Aunque, después de esto, no estaba seguro si era su destino post-mortem. Antes de poder pensar un segundo más, la realidad no tardó en golpear la puerta. Literalmente. 

 

La puerta del vestuario vibró desde afuera, dos toques rápidos y firmes, “¡Bolca!” era la voz del utilero, impaciente. “¡El micro se va en diez, dale!” 

 

Nicolás se separó de Santiago como si lo hubieran quemado. Se pasó una mano por la cara, se miró al espejo un segundo, tenía el pelo mojado, la cara encendida, y cuando bajó la mirada, restos de sí mismo sobre la pelvis, después miró a Santiago, que estaba apoyado contra la pared con una sonrisa y jugueteaba con el rosario de madera que se veía apenas debajo de la remera.

 

“Me tengo que ir,” murmuró.

 

Santiago se incorporó, se acomodó la ropa, se pasó una mano por el pelo. “Andá. Yo me quedo acá un rato.”

 

El mayor asintió. Se vistió rápido, sin pensar, sin mirarse. Se puso la ropa de viaje, metió todo en el bolso sin doblar nada, y cuando estuvo listo, se quedó parado frente a Santiago un segundo de más. No sabía qué decir. No sabía si darle la mano, si abrazarlo, si besarlo. No sabía qué era lo que se hacía después de eso. Santiago le resolvió el problema. Se acercó, le apoyó una mano en la nuca, y le dio un beso rápido, corto, casi casto, en la boca.

 

“Andá,” repitió contra sus labios. “Que te van a dejar. Y si te dejan no me va a quedar otra que llevarte a dormir conmigo.”

 

Nicolás asintió, con la frente apoyada un segundo contra la de Santiago, y después se separó, agarró el bolso, y abrió la puerta del vestuario. El pasillo estaba iluminado y vacío, y a lo lejos se escuchaban las voces de sus compañeros y el motor del micro que ya estaba encendido.

 

Caminó rápido, con la cabeza gacha. Subió al micro y se sentó en el mismo asiento de siempre, contra la ventanilla, con el bolso en las rodillas.

 

El micro arrancó. La ciudad empezó a pasar en un borrón de luces y calles mojadas. Nicolás apoyó la frente contra el vidrio frío y cerró los ojos. El viaje a Mendoza era largo. Casi doce horas. Nicolás se quedó despierto hasta que las luces de Buenos Aires desaparecieron del todo, y después se quedó dormido con la cabeza apoyada en el vidrio, soñando con manos y con voces y con un vestuario vacío que ya no estaba.

 

 

 

 

 

 

Llegaron a Mendoza a las seis de la mañana. Nicolás se bajó del micro con el cuerpo cansado y la cabeza en otro lado, y se fue directo a su departamento. Se metió en la cama sin siquiera sacarse la ropa y durmió hasta el mediodía. Cuando se despertó, lo primero que hizo fue agarrar el teléfono.

 

Una notificación de un mensaje.

 

Santiago Beltrán [09:34 AM]: Llegaste bien?

 

Notes:

hola 😇😇 me deliré místicamente y decidí que ao3 carecía de fics arquero x arquero

esto está 100% dedicado a mis nenas de B(!) por bancarse lo que fue el proceso de escribir esta falopeada, a un video de 11 segundos (cortesía de mi amorcito suspirosdelmonu) y a los ships extremadamente rebuscados, mi motivación para escribir esto

voy a andar subiendo la segunda parte en estos días asi que vuelva prontos!! como siempre, mi twt es @judsiala. gracias totales si leíste hasta acá♥️