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Mi lugar en el mundo está aquí contigo

Summary:

Llevar un bebé en la panza es una experiencia que Nicolás nunca podrá comprender y no puede siquiera imaginar lo que debe ser cargar con dos al mismo tiempo. Todo lo que sabe es lo que ve en el semblante de su omega, en la forma en la que camina, el timbre de su voz, el cansancio en sus ojos. Todo lo que Nicolás sabe acerca de un embarazo lo ve en la sonrisa que florece en los labios de Valentín cada vez que se toca la panza, en la forma en la que habla con sus bebés y le dice a Nicolás que él también lo haga. Para que te reconozcan, suele decirle mientras guía las manos torpes del alfa hacia su vientre, depositando las palmas en donde se siente como uno de sus cachorros se mueve. Para que sepan que sos su papá.

Momentos breves en las vidas de Valentín y Nicolás mientras esperan con ansias la llegada de sus hijos a este mundo.

Notes:

Planeo que sea un capítulo por cada mes de embarazo pero no sé, veremos cómo va la cosa. Lo marco como terminado igual porque técnicamente son one shots en una misma línea temporal.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Nicolás llega a casa ya cuando los últimos rayos de sol se asoman por las puertas corredizas que dan al patio. Las paredes de la sala de estar reflejan ese anaranjado brillante de los últimos momentos del día y Nicolás piensa, qué tarde es. Es tarde y ha estado todo el día fuera de casa y ahora que ha vuelto, lo que lo recibe es el silencio.

En tan solo un puñado de meses, el alfa se ha vuelto incapaz de concebir la idea de regresar a una casa vacía y sin vida.

Extraña la música flotando en el aire, el olor a la cena siendo preparada, ir encontrando luces prendidas a lo largo y ancho de la casa a pesar de que todavía es de día y, por sobre todo, Nicolás extraña la voz de su omega, que suele recibirlo con alguna ocurrencia que le dibuja una sonrisa en los labios apenas cruza el umbral de la puerta. Desde que Valentín decidió mudarse con él para transitar su embarazo juntos, la casa de Nicolás ya no es sólo su casa y ya no es tan solo una casa sino un verdadero hogar.

Ese calor que supo sentir por tan poco tiempo, Nicolás lo anhela todos los días. Lo desea, lo busca, lo imagina en un futuro que tal vez no exista si Valentín decide regresar a Milán apenas sus médicos se lo permitan. No sabrá qué hacer, cuando el momento llegue. El pensamiento hace mella en su humor, buscando anclarse en su mente que ya suficientes preocupaciones tiene en el presente como para estar agonizando acerca de un posible futuro que ni siquiera se quiere imaginar.

Bufando, el alfa deja su bolso de entrenamiento a un lado del sofá y sigue su camino hacia la habitación al final del pasillo. Va olisqueando el aire mientras avanza, intentando tranquilizar su apesadumbrado corazón al buscar el suave aroma a banana que le pertenece a su omega. Encontrarlo es fácil y ahogarse en él, todavía más. El alfa se detiene por un par de segundos en su trayecto, respirando hondo hasta que la riqueza y el dulzor de la banana mezclada con dulce de leche se le pega en el paladar y entonces suspira, convencido de que todo está bien.

Dentro de la habitación, las feromonas del omega se concentran hasta que su presencia se torna abrumadora. Valentín ha estado marcando el nido hasta el hartazgo otra vez. Todo, absolutamente todo dentro del cuarto huele a él; las sábanas, la ropa, las cortinas, el techo, las paredes. Todo. El espacio que eligieron entre los dos, que decidieron que compartirían, le pertenece a Valentín y esto, aunque el omega no lo sepa, hace que Nicolás dude en entrar.

Cada día, el alfa observa a su pareja desde el umbral de la puerta durante largos minutos. Inhala sus feromonas, cierra los ojos, se relaja. Los abre y se preocupa. Se preocupa de estar arrastrando algún aroma indeseado en la ropa, en el pelo, en la piel; se preocupa de incomodar a Valentín, que hace meses que viene lidiando con un sentido del olfato hipersensible y que, por lo mismo, no quiere saber nada con convivir con otras personas. Teme perturbar la paz y el equilibrio dentro del santuario que el omega ha creado para su familia, por lo que, como todos los días, da un paso hacia atrás y cierra la puerta.

No quiere ser un invasor; no quiere serlo ni quiere sentirse uno. No quiere ser una fuente de incomodidad. No quiere ser apartado. No quiere ser rechazado.

Valentín duerme, de eso Nicolás se dio cuenta apenas posó la mirada sobre su figura. Es mejor así. De por si, llevar un bebé en la panza es una experiencia que Nicolás nunca podrá comprender y no puede siquiera imaginar lo que debe ser cargar con dos al mismo tiempo. Todo lo que sabe es lo que ve en el semblante de su omega, en la forma en la que camina, el timbre de su voz, el cansancio en sus ojos. Todo lo que Nicolás sabe acerca de un embarazo lo ve en la sonrisa que florece en los labios de Valentín cada vez que se toca la panza, en la forma en la que habla con sus bebés y le dice a Nicolás que él también lo haga. Para que te reconozcan, suele decirle mientras guía las manos torpes del alfa hacia su vientre, depositando las palmas en donde se siente como uno de sus cachorros se mueve. Para que sepan que sos su papá.

El corazón se le estruja al pensar en todas las veces que, en secreto, Nicolás les habló a sus hijos mientras Valentín dormía. Piensa en todas esas conversaciones unilaterales en donde se preguntó una y mil veces cómo se verían esos bebés, si tendrían el pelo rojo fuego como su mamá, si heredarán sus pecas, sus labios finos, su nariz recta... O si tal vez tendrán su cara de pocos amigos, si al sonreír se les iluminará la cara de la misma manera que se le ilumina a Valentín. Es extraño amar tanto a un par de personitas que todavía ni están en este mundo, pero el sentimiento ahí está. Es real. Y ya desea conocerlos.

Sube las escaleras de dos en dos y entra al baño del segundo piso. No puede evitar ni acallar la vocecita en su cabeza que le remarca que esta parte de la casa se siente fría, impersonal. El aroma de Valentín apenas se siente y eso al alfa no le gusta.

Quiere volver.

Quiere volver y quiere envolver a su omega en un abrazo largo, mezclar sus aromas hasta que ya no se pueda distinguir dónde termina uno y empieza el otro. Pero antes tiene que ducharse, cambiarse de ropa y abandonar en este lugar todo aquello que no pertenezca a la pequeña burbuja en la que existen sólo Nicolás, Valentín y, dentro de poco, sus dos pequeños. Tiene que calentar la cena que Carlota, la señora que los ayuda con el mantenimiento de la casa, les dejó preparada antes de marcharse a su propio hogar. Tiene que despertar a Valentín, también, y convencerlo de que, primero, debe mantenerse despierto; segundo, que debe comer por su bien y el de los cachorros; y tercero, que necesita tomar sus vitaminas aunque odie tener que tragar tanta cantidad de pastillas casi al mismo tiempo. Parte de él tan solo quiere refugiarse en el nido con su omega, pero su deber como su pareja, como alfa, viene primero. Si Nicolás cumple con su rol, entonces su familia estará a salvo.

Con las prioridades en orden, el alfa se apura para perder el menor tiempo posible en cumplir cada una de las tareas autoimpuestas. El aseo no le toma más de diez minutos y la vestimenta la resuelve poniéndose un jogging ya gastado por el tiempo, que en más de una ocasión ha usado para dormir. No necesita nada más, ya que la temperatura en la casa invita a llevar puesta la menor cantidad de prendas posible.

Después de los seis meses de embarazo, la regulación de la temperatura del cuerpo de Valentín empezó a fluctuar de forma impredecible. Algunos días se moría de calor y otros se congelaba de frío, y la solución que le encontraron a tan curioso suceso fue ajustar el termostato de la casa en función a lo que el omega necesitara. Sencillo, rápido y algo que cualquiera de los dos podía hacer en cualquier momento. Nicolás lidiaría con las pequeñas inconveniencias de vivir de esa manera por su cuenta.

Una vez puesta la comida en el microondas, el alfa regresa a la habitación.

Rodeado por una cantidad absurda de almohadas y almohadones, sábanas y algunas prendas de ropa que Nicolás marcó con dedicación en la mañana, Valentín yace en el medio del nido, todavía plácidamente dormido.

Sin dejarse dominar por la inseguridad una segunda vez, Nicolás se acerca a la cama mientras va dejando escapar sus propias feromonas de a poco, con calma. Su aroma a chocolate caliente se camufla casi a la perfección en el aire, pero el alfa no pierde de vista como Valentín se remueve con pereza sobre la cama, restregando su cara y después su glándula de olor contra la almohada que abraza y que le ayuda a sostener el peso de sus bebés para poder dormir más a gusto. Sin embargo, no se despierta, lo que hace que el alfa suspire.

Sintiéndose un poco muy culpable, Nicolás traspasa las barreras del nido y se sienta al lado de Valentín. Apoya una mano en su cintura y se inclina para olisquear el pelo que de a poco va creciendo de vuelta. —Valen... —Susurra en su oído antes de dejar un beso cortito y afectuoso detrás de su oreja. —Valen, amor. Despierta.

Su voz y su tacto hacen poco para sacar al omega de su estado de relajación. Nicolás sabe que es, en parte, culpa de las feromonas propias que ya se han esparcido lo suficiente como para rodear a Valentín en un abrazo cálido y protector. No lo puede hacer de otra forma, sin embargo. Se niega a ello. Le da mucha pena tener que despertarlo cuando lo ve tan cómodo, así que se permite unos minutos indulgentes en los que acaricia la mejilla ajena con los nudillos, extendiendo el gesto hacia su cuello hasta que sus dedos encuentran un tesoro.

Con cuidado, Nicolás presiona la glándula de olor del omega. El aroma a banana con dulce de leche le satura los sentidos y es ahí, estando tan cerca, que logra percibir ese algo más que hasta hace un par de días creyó estar imaginando. Unas notas leves de un no sé qué fresco y cremoso que le recuerda al sabor de los licuados con los que Valentín se obsesionó en los primeros meses de embarazo.

Su mano baja ahora por el brazo descubierto del omega, se desvía para seguir la línea de la cintura hasta llegar a la cadera. Se detiene ahí y, tirando el instinto de supervivencia por la ventana, decide pellizcar suavemente su glúteo tatuado. —Valen.... Valen, anda, debes despertar.

Valentín le responde con un quejido y el movimiento torpe y violento de su brazo, que intenta alejar las manos traviesas de Nicolás.

—Vamos, Valen. Ya es hora de la cena y ya vi que no has tomado ninguna de tus vitaminas hoy. Eso no es lo que acordamos.

—Qué rompe pija que sos, —Valentín le contesta con la voz entrecortada por el sueño. Sus ojos marrones intentan abrirse una, dos, tres veces pero los párpados parecen pesarle y lo que termina haciendo es esconder la cara en la almohada. —Mucha luz, no veo nada.

Nicolás se levanta para hacer las luces de la habitación más tenues desde la perilla en la pared. Hace unos días tuvieron que cambiar las bombillas blancas por unas amarillas porque a Valentín la luz fría le da dolores de cabeza. Nicolás no tiene mucho para decir al respecto salvo que la forma en la que la casa se siente más cálida con la nueva iluminación le agrada bastante.

—¿Mejor? —Pregunta al acercarse nuevamente, aunque esta vez no entra en el nido.

Valentín parpadea una, dos, tres veces más y entonces, por primera vez en el día, esos ojos marrones se posan sobre Nicolás. —Mejor, —el omega admite a regañadientes antes de estirar la mano hacia el alfa.

El gesto puede significar varias cosas. Tal vez el colorado quiere que regrese al nido, tal vez quiere que lo ayude a incorporarse, tal vez desea que lo marque con su olor. Cuál sea la razón correcta, Nicolás piensa poco antes de tomar la mano ajena con la propia.

—¿Quieres darte un baño?

—Quiero seguir durmiendo.

—Más tarde, después de cenar.

Frunciendo el ceño, Valentín tira de su mano. Ninguno de los dos comenta el hecho de que apenas puede hacer que Nicolás se incline hacia adelante. En cambio, el alfa imita la acción y tira, con mucho más cuidado, del omega para que se incorpore de una buena vez.

—Anda, hoy en la mañana ni siquiera despertaste para desearme los buenos días... Te extraño. —Es un golpe bajo y ambos lo saben, pero Nicolás no pierde el tiempo en sentirse culpable por enésima vez en el día. Tiempos desesperados requieren medidas desesperadas.

Valentín suspira y, a pesar del fastidio que intenta transmitir, empieza a moverse hacia el borde de la cama. —Tremendo manipulador resultaste ser vos... —Murmura para sí, entre otras cosas que no logra comprender del todo.

—No seas así, Valen...

Chasqueando la lengua, el omega se agarra del brazo de Nicolás apenas sus pies tocan el suelo. Ponerse de pie se ha convertido en un tremendo esfuerzo para Valentín en este último tramo del embarazo, aunque no lo quiera admitir. Los bebés se han vuelto una carga demasiado pesada para su cuerpo, por eso Nicolás posa una mano bajo su vientre protuberante y espera.

—Dale.

Nicolás se mueve a las espaldas del omega en un segundo y con ambas manos sostiene a sus bebés. Puede sentir el movimiento dentro de la panza e incluso, desde este nuevo ángulo, también lo puede ver. Es fascinante y aterrador en partes iguales, sobre todo cuando piensa en los efectos que tanto ajetreo causa en el cuerpo del colorado que ahora suspira y descansa la cabeza en el pecho de su alfa. N lo puede ver, pero se imagina que ha vuelto a cerrar los ojos también, sólo que esta vez no por cansancio sino por puro alivio.

—¿Mejor? —El alfa susurra en el oído ajeno, olisqueando su cabello una vez más.

—Mm.

Se quedan así, quietos, por un par de minutos en los que Nicolás se asegura de rodear al omega con sus feromonas como si fueran una barrera protectora. Le gustaría poder hacer lo mismo con la habitación entera, pero sabe muy bien que hacer algo así está muy por encima de sus habilidades. No es lo suficientemente fuerte como para competir por un espacio que Valentín ya ocupa con la facilidad con la que respira. No tiene oportunidad.

—Tranquilo, gallego, que no me voy a ir a ninguna parte. —Valentín le dice con un tono burlón, seguramente percibiendo la inquietud en su aroma.

—Perdona.

El colorado se ríe despacito y niega con la cabeza. —¿De qué carajo se disculpaba, no? Dale. —Con un golpecito en el antebrazo le hace saber a Nicolás qué es lo que quiere decir.

—¿A dónde?

—Baño. Estos zánganos lo primero que hacen cuando me muevo es clavarme las patas en la vejiga. Ya van a ver, cuando los tenga enfrente van a cobrar. —Valentín masculla con rabia mientras los dos avanzan en una caminata ridícula que han ido perfeccionando en las últimas semanas.

Nicolás intenta no reírse ante la furia de su pareja pero es imposible. La sonrisa se forma en sus labios por sí sola y aunque intenta ahogar una risita tonta en la nuca ajena, el golpe a mano abierta que recibe en el brazo es clara señal de que sus esfuerzos fueron un total fracaso.

—Callate o vos también vas a cobrar.

—Lo siento, amor.

Despacito y sin ningún apuro caminan hasta el baño anexado a la habitación.

Valentín sisea apenas sus pies descalzos tocan el cerámico frió pero así y todo se desprende de sus brazos protectores como si nada. El resto del camino lo hace todavía más lento pero Nicolás ya sabe que intervenir no es lo correcto, por más que sus instintos le están pitando en los oídos para que se acerque y lo ayude. ¿Qué pasa si se cae? ¿Qué pasa si sus cachorros se lastiman? ¿Qué pasa si el omega se descompone y Nicolás no está a su lado para asistirlo? La ansiedad se va acumulando de a poco en su pecho hasta que le empieza a resultar difícil respirar.

En un intento por calmarse, el alfa se acerca a la bañera y abre la canilla del agua caliente. Tardará un buen rato en llenarse y un poco se arrepiente de no haber hecho esto antes de despertar a Valentín, pero ya no hay nada que se pueda hacer al respecto.

Por unos minutos, el único sonido en el cuarto de baño es el agua que corre y de a poco se va acumulando. Nicolás mete la mano y hace una mueca de disgusto cuando siente cuánto quema. Si fuera por él, ya estaría abriendo el paso del agua fría para equilibrar un poco la temperatura, pero a Valentín le gusta más cuando la piel le queda roja y sensible después de un baño, así que no lo hace. Para el alfa la palabra del omega es ley; su felicidad, por más efímera que sea, siempre estará primera en su lista de prioridades.

—Valen, —pronuncia en voz alta el alfa. Ha intentado ignorar la vocecita en su cabeza que le insiste con que se acerque, que lo busque, que no lo pierda de vista, pero está en su límite. Es suficiente. Ha pasado suficiente tiempo lejos del omega. El silencio no le gusta, tampoco quiere que exista entre ellos a menos que Valentín esté donde Nicolás pueda corroborar que está sano y salvo en todo momento. Si no lo puede ver, la ansiedad crece en su pecho. Si no lo puede tocar, si no lo puede oler, si no puede escuchar su voz, Nicolás se irrita, pierde la paciencia, y piensa en él, todo el tiempo. Esto no se lo ha dicho al omega. No lo quiere preocupar ni quiere que crea que está influyendo de mala manera en la vida profesional del alfa. No es su culpa que Nicolás no pueda controlar correctamente sus instintos. No es culpa de Valentín que Nicolás pierda los estribos en medio de los entrenamientos, que esté de mal humor, que no se pueda concentrar por más reprimendas que reciba del cuerpo técnico.

Su alfa se siente inquieto en todo momento, salvo cuando Nicolás regresa a casa y se llena los pulmones de las feromonas de su omega.

—¿Qué? —La puerta cerrada entre ellos amortigua un poco su voz, pero aún así es fácil escucharlo bufar del otro lado. —Estoy vivo Nicolás, dejate de joder.

Una pequeña sonrisa se forma en los labios del alfa. Cualquiera podría decir que esas no son formas de tratar a alguien que se preocupa por ti, pero Nicolás sabe bien quién es Valentín y qué es lo que quiere decir y el impacto que quiere tener cuando habla de esa manera. Es su forma de transmitirle que todo está bien, que se quede tranquilo. Y funciona, por supuesto que funciona. En especial cuando las feromonas del omega lo alcanzan y la dulzura del dulce de leche le llena la boca.

—Valen.

—¿Ahora qué?

—¿Puedo ayudarte, por favor? —Nicolás siente como el calor le sube desde el pecho hasta la cara y se concentra con furia en sus orejas. El tono de su voz... Valentín se ríe con fuerza, sabiendo reconocer cuando el alfa es dominado por sus instintos más básicos.

—Bueno, dale. Vení, que igual ya terminé. —El omega también sabe cuándo apiadarse de él. Es inteligente, también debe de saber que este es un buen momento para dar el brazo a torcer.

Nicolás sonríe con timidez al pararse frente a la puerta que separa el inodoro del resto del baño. La abre con cuidado y encuentra al omega ya de pie, listo para salir de ahí. La decepción en su cara es quizá demasiado evidente puesto que Valentín revolea los ojos apenas sus ojos se posan sobre él.

—Estoy preñado, no inválido, Nicolás. Correte, dale. Ahora que estoy más despierto me acordé que hace como tres días que no me baño, debo tener una re baranda.

—Eso no es-

—No se puede confiar en vos para estas cosas, ya te lo dije. Tenés la nariz atrofiada... O por ahí es directamente tu cerebro.

Sin esperar a que Nicolás supere el dolor en el pecho que le causaron sus palabras, Valentín apoya las manos en el abdomen del alfa y lo obliga a retroceder. Sus pasos son lentos y meticulosos, como si tuviera miedo de caerse o resbalarse. La respiración del omega también es irregular. Está agitado. Caminar, moverse, es un esfuerzo inmensurable para Valentín. El embarazo ha debilitado su cuerpo en formas que ninguno de los dos termina de comprender, algo que los médicos dicen que es normal pero que preocupa a Nicolás al punto de ser incapaz de conciliar el sueño por las noches.

—Valen.

—¿Qué pasa ahora? Más lento que esto no puedo ir.

—No es eso.

—¿Entonces?

Se queda callado un momento.

No cree tener algo en particular para decir. Tal vez en un rato, cuando Valentín se refugie en el nido una vez más y Nicolás regrese de la cocina con la cena recalentada, quiera hablar un poco de cómo estuvo su día, qué tal le fue en el entrenamiento, cuándo es el próximo partido. Tal vez ahí le confiese a Valentín que, esa misma mañana, el equipo médico del Como ha hecho una recomendación formal a la junta directiva de que lo más beneficioso para el equipo es darle a Nicolás una licencia por paternidad más larga. Tal vez ahí decida explicarle que Nicolás ha estado teniendo problemas en los entrenamientos, que ha estado disperso, que la ansiedad lo carcome por no saber cómo se encuentra Valentín y que salir de casa por largos períodos de tiempo se ha vuelto una pesadilla.

En ese preciso instante, sin embargo, Nicolás no tiene nada que quiera decir a parte del nombre de la persona que más ama.

Cuando llegan al borde de la bañera, el alfa estira la mano y cierra el paso del agua. Valentín lo mira con el ceño fruncido, concentrado en respirar y en juntar fuerzas para poder entrar en un espacio mojado y sumamente resbaloso sin que sus instintos lo abrumen gritando peligro.

—Valen, —Nicolás susurra por enésima vez. Sus ojos verdes buscan la mirada contraria pero no logran encontrarla. —Valen. —Se acerca medio paso al tiempo que posa sus manos sobre las ajenas. Con calma, desliza las palmas por su torso hasta que el omega se aviva y apura la trayectoria para afirmarse en sus hombros. —Gracias por hacerme tan feliz.

Nicolás se sonríe cuando la expresión de Valentín se contrae del asco. —Me vas a hacer vomitar.

—Te amo.

—Basta, Nicolás. Te digo en serio.

—Yo también te lo digo en serio, Valen. Te amo. —Insiste el alfa, decidiendo coronar sus dulces palabras con un beso sentido y ruidoso en la sien del más bajo. —Ahora dímelo tú.

—¿Ah, sí? ¿Así funciona esto ahora? Cómo te gusta mendigar cariño a vos. —Con una sonrisita picarona en los labios, Valentín mira hacia arriba. Lo mira a Nicolás, a sus ojos verdes, a sus labios carnosos y de vuelta a sus ojos. El deseo es claro y el alfa no pierde el tiempo para cumplírselo.

Sus bocas se saludan con un roce tímido que Valentín afianza al deslizar las manos sobre su piel en una caricia que culmina a cada lado del cuello ajeno. Una vez más, con una suavidad que deja a Nicolás sin aliento, se besan con cuidado, sin apuro. Se acarician los labios el uno al otro, regocijándose en la calidez del contacto y la intimidad del momento.

Cuando se separa, Nicolás no está seguro de cuánto tiempo pasó o de cuántos besos se dieron. Lo único que sabe es que quiere seguir. Quiere sentir esos labios finitos, su boca que arde y que sabe hoy más que nunca al más delicioso de los dulces de leche. Está a punto de acercarse de nuevo y robarle otro beso cuando se da cuenta del agarre firme que el omega de repente tiene en su hombro.

—¿Estás bien?

—Eeh... Sí, ponele. Estar parado mucho tiempo...

Sus palabras espabilan a Nicolás como si le hubieran dado un cachetazo. No hace falta que diga nada más. Tiene la disculpa en la punta de la lengua cuando las alarmas en su cabeza empiezan a sonar todas al mismo tiempo. Valentín se desprende de él y antes de poder apoyarse en el borde de la bañera, Nicolás lo agarra con firmeza de los brazos.

¿El corazón? Lo tiene en la garganta.

—Tranquilo. —Valentín le habla con suavidad, acompañando sus palabras con la presencia de sus feromonas. Es una táctica muy común que los omega usan para calmar a otros. A Valentín nunca se le ha dado muy bien usarla, a menos que su objetivo sea el alfa que ahora lo ve como si el mundo se estuviera derrumbando frente a él. —Fue a propósito, ¿okay? Me quiero sentar. Estoy bien.

Algo en la voz del omega hace que Nicolás afloje su agarre y, en su lugar, lo ayude a completar la misma acción que en su desesperación había puesto en pausa.

No es que Valentín dictamine lo que Nicolás hace. No es que pueda doblegar su voluntad con total impunidad. No se trata de eso, sino que es el alfa quien se entrega sin dudarlo. Es el alfa quien decide que lo que el omega dice es ley y que sus deseos son órdenes. Desde que se conocen ha sido de esta manera. Es instinto, es querer complacerlo; es desear ser visto, es necesitar ser apreciado, es querer ser elegido. Es amor. Es porque se siente bien y porque es lo que Nicolás siente que es correcto.

Lo que Valentín quiera, Nicolás hará hasta lo imposible por conseguirlo.

Lo que Valentín diga, Nicolás seguirá al pie de la letra.

—Ayudame a sacarme la ropa y nos metemos, ¿dale? —Todavía con ese tono persuasivo en la voz, el omega le habla y acaricia su pelo. Le da un objetivo y una misión que Nicolás acepta al asentir con la cabeza. —Estoy bien. —Repite una vez más para que quede claro. Nicolás asiente otra vez y con cuidado le quita el pantalón y la ropa interior. —Ahora vos.

Inhalando tan hondo como sus pulmones se lo permiten, Nicolás aleja las manos del omega y recobra un pequeño porcentaje de la consciencia humana que apenas ahora se va enterando que perdió. Se deshace de su ropa con rapidez y regresa a los pies de Valentín con la firme creencia de que es ahí a donde pertenece verdaderamente.

El omega estira una de sus manos y el alfa la toma con firmeza. Mira con atención como su pareja gira sobre su eje, buscando cualquier signo de incomodidad en su expresión o postura sin resultados. El agua de la bañera está caliente, tal vez mucho más de lo recomendado, pero a Valentín le gusta así y entonces es así como Nicolás la prepara.

—Acomodate primero así me ayudás a bajar, —el omega le pide y entonces Nicolás se para y entra en el agua. Sus ojos verdes encuentran el marrón de la mirada ajena, por fin. Valentín le sonríe con dulzura mientras su mano se suelta de la propia para acariciarlo por debajo del mentón una vez el alfa está semisumergido en el agua. —¿Vas a volver? —El omega le pregunta, claramente divertido por la forma en la que Nicolás está actuando. 

—¿A qué te refieres?

—A nada. —El omega niega con la cabeza y le pide la mano a Nicolás nuevamente. —Mi turno.

Un suspiro largo, que sin dudas carga mucho más que el alivio de un descenso al agua seguro y exitoso, se escapa de los labios del omega. Nicolás observa sus hombros que de a poco van perdiendo la tensión que los mantiene rectos, los mira fijo hasta que la espalda de Valentín choca contra su pecho y ya no puede hacerlo. El alfa inclina la cabeza y respira cerca de la glándula de olor del omega. Percibe en su aroma relajación y felicidad. Es fácil saber que estar entre las piernas del alfa, apoyado en su pecho, con sus grandes manos sosteniendo una vez más su vientre, hace que el omega se sienta seguro.

—Ahora sí, —Valentín dice en otro suspiro. —Estos pendejos del orto me están cagando a patadas desde que me levanté. Son unos malagradecidos.

—Anda, ya, Valen. No hables así de nuestros hijos...

—Fácil para vos decirlo que no los tenés que aguantar veinticuatro siete. ¿Cuánto falta para que me los saquen?

—Tres semanas... —Nicolás murmura, intentando no pensar demasiado en lo que se viene para esa fecha. Un parto implica muchas variables y muchas de ellas no son buenas. Valentín le ha dicho ya que deje de ser tan pesimista, que de por sí las cesáreas son bastante más seguras que un parto natural, que el equipo médico que ha monitoreado su embarazo durante casi cuarenta semanas sabe lo que hace y a lo que se enfrenta. No tengas miedo, ¿cuántas veces se lo ha dicho ya? ¿Cuántas más harán falta? —Los extrañarás cuando ya no estén dentro de ti.

—No creo, —Valentín retruca con su característica seguridad. Se lleva las manos al vientre y se ve que siente algo particular en ese momento porque de inmediato busca guiar una de las de Nicolás a ese lugar. Los dos se quedan en silencio, esperando, hasta que el alfa percibe un leve movimiento debajo de la piel y después un golpecito en la palma de su mano. —¿Sentiste eso? Así están todo el día.

—¿Crees que saldrán futbolistas como nosotros?

Valentín se ríe a carcajadas, como si lo que Nicolás ha dicho fuera gracioso. Pero el alfa escucha con atención y se da cuenta de que además de incredulidad, lo que hay en la voz del omega es ilusión. Esperanza.

—Mirá, —Valentín empieza, negando con la cabeza—, mejor callate la boca o te juro por dios que los meto a los dos en el Milan apenas aprendan a patear una pelota.

Nicolás bufa, ofendido. —¿Pero qué dices? ¡Esos niños ya tienen sus membresías vitalicias en el Como!

—¡Pero si ni nos pudimos poner de acuerdo con los nombres todavía!

—Es lo de menos.

La seguridad del alfa parece acallar a Valentín por un instante, hasta que exclama: —¡Nah! No me digás que— no. No me importa que hayas gastado una fortuna en el carnet, ¡ya te dije que no le vamos a poner Lionel al pibe!

—¿Por qué no? Si Lionel Paz suena super bonito, ¿no crees?

—Primero que nada, los nenes van a ser Barco Paz. En ese orden, ya lo hablamos. Y segundo, media Argentina se llama Lionel como en su momento media Argentina se llamaba Diego Armando. No. Quiero otro nombre.

Los labios de Nicolás tiemblan levemente y se estiran en un puchero que Valentín no puede ver pero que sin dudas se imagina porque el alfa también puede intuir la tremenda revoleada de ojos que el omega le dedica.

—Será mejor hablarlo en otro momento...

—¿Qué otro momento? Si hace seis meses que estamos en lo mismo. Quisiste elegir el nombre del varón. Bueno, perfecto. No hay drama. Me tocará el de la nena a mi, me da lo mismo. Pero, ¿qué fue lo primero que te dije?

—...

—Nicolás.

El alfa suspira, resignándose al regaño de su pareja. —Que Lionel no era una opción.

—Ajá, ¿y vos qué me respondiste?

—Que no te preocupes que ni se me había ocurrido.

—Mentiroso de mierda. —Valentín se queja, cruzándose de brazos. No hay enojo en su voz pero es claro el reproche. Han tenido esta discusión más veces de las que le gustaría admitir y no porque Nicolás tuviera la esperanza de que Valentín cediera, sino porque genuinamente tenía el deseo de que su hijo tuviera el nombre del ídolo de ambos padres. No entiende por qué el omega se opone con tanta vehemencia, si en el mundo debe haber millones de personas que comparten nombre entre sí y no pasa nada.

Ninguno de los dos dice más nada.

A pesar de la pequeña discusión, el ambiente todavía es afable. Tal vez Nicolás se siente un poco triste de no poder convencer a Valentín y Valentín un poco culpable de aplastar con tal brutalidad la ilusión de su alfa, pero los dos permanecen juntos. Piel con piel, agarrados de las manos. No se sueltan, a pesar de todo, por un largo rato. Se respira calma, banana con dulce de leche y chocolate. La dosis justa de los dos para ser uno solo.

—Cómo me hacés renegar, gallego. —Valentín murmura ya cuando sus dedos están arrugados de tanto tiempo que ha pasado en el agua.

—Lo siento...

—No empecés. —Suspirando, el omega se incorpora para alcanzar su loofa favorita y sumergirla en el agua. Acto seguido la baña en jabón líquido y se la presenta a Nicolás por sobre su hombro. —Ya sabés como compensarme.

Nicolás no necesita que le dé más instrucciones. Es meticuloso al momento de asear al omega sin tomarse en cada parte de su cuerpo más tiempo que el mínimo e indispensable para dejarlo satisfecho.

—¿Qué hay de comer? —Valentín inquiere de pronto cuando los dedos de Nicolás se encuentran masajeándole el cuero cabelludo. Su voz suena grave y perezosa, casi como un ronroneo.

—Lasaña. Carlotta dijo que tal vez—

—Uuuuh...

Nicolás se sonríe, intuyendo lo que el omega va a decir.

—Apurate entonces que de repente me dio un re hambre.

—Por supuesto. —El alfa se ríe no sólo de la emoción que Valentín exuda de repente sino de lo acertada que fue la predicción de la señora Carlota, quien le había comentado a Nicolás que había elegido ese menú con la esperanza de que el humor del colorado mejorara un poco. Recordaría agradecerle al día siguiente cuando la recibiera en la casa antes de irse a entrenar. Pero para ahora la misión está clara: salir de la bañera sanos y salvos, y después compartir una comida más juntos, en familia.

 

Notes:

Si llegaron hasta acá, ¡gracias por leerme! Hace mucho que no escribía y más todavía en español, me costó bastante pero me pareció tierno todo el apoyo que recibí en x. Son unas dulces, barcopaceras. Las tkm 🫶