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Carol observaba lo amplio de su reflejo en el inmenso espejo al final del recorrido. Parecía esperar a que alguien viniese a por ella, en la dificultosa relación con su autonomía, cada pensamiento implantado se había tornado en un llamado extracorpóreo del espejo, que le devolvía la mirada imponente de la máscara vuelta su rostro. Fue dónde Bil la encontró como veces anteriores que se habían vuelto rutinarias. Había descartado las maneras de tomarla por el hombro y guiarla a la salida, balbuceando un repetitivo sermón de su papel único en el circo que deleitaba su placer. Bil miraba a Carol separados por el camino de espejos y su figura teatral de un ángel frente a la pantalla que repetía incansable la misma historia que rodaba en sus recuerdos como una película. La imagen fantasmal de su figura rosácea le devolvía escenas que solo existían en su mente y jamás habían ocurrido.
Carol esperaba la dulzura que alcanzase sus oídos y volviéndose imágenes un calor en el vientre al que no podía acercarse. La miraban desde ambas esquinas espectros que no comprendía por reales ambos tironeando con impetuosa calma los extremos de su cuerpo que se extendían por siempre e interminables. Imágenes flotaban de brazos que resguardaban su cuerpo, de manos mortecinas tomando su rostro con pena. De fríos labios rozando su cuello en búsqueda del calor que a su alma le faltaba. Carol era inexpresiva ante los afectos en un cuerpo que se sentía invadido. Pese a eso, ella llamaba a su puerta y la atraía a su templo cada día a orar. Los santos ocultos en el camino gemían amenazas y anhelos dolientes, en el espejo la Virgen reposaba inmaculada y susurraba junto a ella las plegarias que repetiría al día siguiente, cuando sus lamentos la llamen al espejo. Carol pretendía entender entre susurros las palabras que hablaban de su dolencia y denunciaban la pérdida, habiéndose enamorado de una representación macabra suya. Ella lloraba en su lejanía fantasmal en el espacio onírico y tomaba con anhelo la mano de Carol que se desvanecía entre su carne viejamente consumida.
La irrupción en la voz de Bil viajó como un sonido lejano hacia Carol.
—Tu área de trabajo te requiere, querida.
Carol olvidose del espejo, caminó hacia Bil, obediente a su lado se irguió esperándolo. Bil observaba la sombra que remitía al espejo a su confín en la carpa como sus propias memorias en pilas de cenizas al fondo de su mente. Carol yacía a su lado satisfaciendo su placer, su educación de obediencia impoluta que acallaba voces extrañas de suplicas y horror. Veía en su ternura sonrisas muertas y en su voz el canto de las risas quemadas de la vieja pila de cenizas.
Los susurros besaron los oídos de Carol y fluyó a su mente la terneza de Columbina. La tibieza en su estómago viajó lejos de su cuerpo insensible y qued como una sombra atrapada por la luz el nombre endulzado de Columbina.
