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Ya se habían vuelto un ritual ese año las tardes de mates en la plaza, ni hacía falta preguntar si lo iban a hacer, simplemente iban cayendo al punto de encuentro. Ese sábado no iba a ser la excepción aunque Julián hubiera estado evitando estas reuniones las últimas semanas, no podía escaparse por mucho tiempo más.
Sus amigos iban a darse cuenta de que algo andaba mal si seguía haciéndose el boludo con las juntadas y él no podía decirles la verdad sin comprometer al culpable de su estado de ánimo.
Su madre le recriminó todo lo que duraron sus vacaciones que tenía que aprovechar y salir de su casa. Tenía diecisiete años ¿Qué hacía perdiendo el tiempo en frente de un televisor con la play prendida fuego por el esfuerzo de estar funcionando por horas? Julián se preguntaba cuánto faltaba para dejar de depender 100% de sus padres e irse a un lugar donde no le rompieran los huevos en sus vacaciones. Él amaba a su familia, pero a veces simplemente no quería escuchar opiniones no solicitadas que lo llevaran a aceptar estos planes por compromiso, sin ánimos del salir del todo.
Texteó al Lisandro un corto “yendo” cuando su amigo le preguntó si caía con el equipo de mate y le dijo que él ya llevaría algo para picar de su casa. Seguro su mamá hizo las medialunas exquisitas que hace siempre y como es tan buena les mandaría algunas para la mateada. La mujer tenía una mano irrepetible para las cosas dulces, Julián recuerda vivamente el primer momento en que las probó.
Ese mismo día habían organizado una juntada común y corriente para cumplir con sus obligaciones escolares y la insoportable tarea del trabajo en equipo en la casa de Lisandro. Tenían que armar la maqueta de un cerebro para complacer a la señora de biología que lo que menos quería era corregir trabajos prácticos de veinte monos adolescentes.
A Julián no le molestaba; se llevaba bien con las manualidades, le gustaba la materia y le intrigaba la idea de pasar tiempo con el nuevo compañerito de cursada.
La curiosidad mató al gato por que descubrió que le era imposible ver a su compañero simplemente como eso, algo le atraía como nadie nunca lo atrajo antes. Quizá su confianza, la forma en que se relacionaba con las personas, esa fidelidad para con sus amigos y allegados, o capaz eran cosas más simples que un chico de su edad fichaba; como la forma delicada de su nariz, la profundidad de sus ojos y la manera en que lo miraban cuando estaban solos, le gustaba que bajara la guardia con él y se expresara hasta distinto de cómo lo hacía frente a los demás. Se sentía especial.
Esos momentos de intimidad que compartían no podían no significar nada, no podían ser pasajeros, Julián estaba negado a pensar eso.
Siempre que pensaba en su vínculo recordaba esa vez que su madre, con una hiperfijación en las plantas de jardín, le habló de las peonías que cuidaba en su patio. Julián no recuerda los detalles como para qué se usaba en China o sus propiedades medicinales, pero después de toda esa cátedra de botánica le dijo que a quien se regala se le desea una vida enriquecida de afecto y la libertad de ser uno mismo.
Un adolescente soñador como él imaginaba que un jardín de peonías floreció en su interior cuando supo que estaba enamorado, un jardín que crecía a medida que afinaban su relación. Cosas como los paseos de vuelta a su casa, los abrazos por la espalda, los dedos delineando sus labios antes de besarlo, todo eso hacía que las raíces de una flor reemplazaran sus nervios y cosquilleara cuando siquiera pensaba en él. O por lo menos así se sentía quererlo, así quería que él se sintiera; lleno de amor y libre.
Tal vez su error fue confiar demasiado en un vínculo que nació de la curiosidad y murió por la incertidumbre.
Apretó los labios ante el agridulce pensamiento mientras se colgaba la mochila al hombro con lo que tenía, que eran unas cartas del uno y el set de mate. Tenía que irse antes de que sus amigos preguntaran por qué se estaba demorando y lo que menos quería era dar explicaciones.
— Nos vemos, Ma, voy con los chicos — avisó y no hizo falta esperar una respuesta, cruzó el umbral de la puerta para agarrar su bicicleta.
— ¡Aleluya! — escuchó el grito de su madre — ¡No volvás tarde, Julián, eh! — le devolvió una respuesta afirmativa a su madre mientras emprendía su camino a la plaza.
Pensó en qué haría cuando llegara, cuando lo viera por que, claro, con el tiempo lograron que sus grupos de amigos se juntaran y es con ellos con quienes planeaba verse esta tarde. No fue muy difícil integrarlos a todos, aunque, por lo menos para Julián, estas juntadas funcionaban perfectas como excusas para pasar tiempo con él.
Al principio se juntaban, la pasaban bien con sus amigos y cada uno a su hogar. Después empezaron a acompañarse hasta sus casas, si era temprano paraban en un kiosco y se compraban algo para picar en el camino o para vagonear en algún cordón. Con el tiempo llegaban juntos al punto de encuentro y los últimos meses mentían con ir y al final se escapaban por ahí los dos solos. Julián jamás se cuestionó verse así, a escondidas, porque pensaba que era como una aventura. Se sentía bien por momentos tenerlo sólo para él y que nadie lo supiera, que fuera él quien mejor lo conocía y se amaran de esta manera tan tierna.
Fue divertido hasta que llegaron las primeras cancelaciones de sus encuentros, hasta que los besos cesaron y sus manos ya no lo buscaran como antes. Analizándolo todo, desde este presente, su separación era inminente pero Julián era un alma naturalmente novelera como para verlo con ojos objetivos.
No entiende cómo puede tener un corazón tan tonto para enamorarse de alguien que al poco tiempo de conocerse se volvió su amigo, luego su amigovio y luego… nada. Han pasado meses de la última vez que se vieron en una juntada, pero su corazón encerrado en su pecho todavía se acelera cuando aquella sonrisa colmilluda se le viene a la mente. De no estar tan arraigadas arrancaría de su sistema las raíces de las peonías que hoy regaba con lágrimas.
Debería olvidarse de una vez de esos detalles, quería pasar desapercibido y las peleas internas entre lo que sabe que tiene que hacer y lo que sentía no lo ayudaban. Es que justamente por eso evitaba estos encuentros, era difícil fingir que no lo extrañaba. Le dolía, de hecho, fingir que no esperaba más de él; de sus brazos rodeándolo y susurrar palabras amorosas sobre su cuello, sentir la particularidad de su voz hormiguearle la piel escondidos por ahí.
Negó con la cabeza, frustrado por que llegó y aún no ideaba cómo ignorar al morocho. A lo lejos distinguió a Lisandro saludándolo con la mano en alto para ubicarlos en los asientos de siempre, cerca del cuadrado de hormigón para jugar a la pelota. Bajando de la bicicleta y estacionándola contra el banco se dio cuenta de que eran varios, pero había un hueco importante sin cubrir. Alguien faltaba.
— ¿Estas son horas de llegar? — lo cargaba Cristian, tendiéndole la mano para chocarlas a modo de saludo.
— Acá traigo lo que querés — retruca después de saludar a la banda mientras saca el termo de su mochila.
— Me leíste la mente, capo — el cordobés le palmeaba la espalda como orgulloso — Vos sabés que hasta que el Licha empiece el mate no saca las medialunas, le voy a decir a la Gladys que su hijo es medio dictador — se escucharon afirmativas de los demás a coro.
— No aprendió nada de Perón este — soltó Alexis.
— Me tienen las bolas llenas ¿Sabían? — decía Lisandro, colocando el táper con las medialunas en el medio de los dos asientos — Si las saco antes se las comen todas y no tenemos para acompañar, por que son para eso —.
Con el comentario del pelirrojo lo jodieron a Lisandro un rato más y el rubio teñido comenzó su discurso ideológico, en vano por que sus amigos solo querían hacerlo renegar. A todo esto, nuestro protagonista se sentaba con las piernas cruzadas en el suelo, su mente divagaba pensando dónde estará el integrante que faltaba.
Recorrió con la mirada a los presentes, inconscientemente se había sentado al lado del otro colorado, Valentín, quien estaba a la par del chico Paz; un recién transferido que tenía familia en Europa y no tardó en ser adoptado por el grupito del curso. Al otro costado del círculo estaban los otros Martínez, Lautaro y Emiliano, y Nico Tagliafico haciendo garabatos en su sketchbook mientras charlaba con los demás.
Fue con la peor de las ondas, pero estar acá con sus amigos le hacía bien. El receso invernal los había distanciado un poco, cada uno tenía sus planes con su familia por lo que esta fue la primer juntada después de esas dos semanas de frío intenso y descanso.
— ¿Qué hicieron estas semanas? —.
— No sabés, Nico, la cantidad de mendocinas que me mandaron solicitud al Instagram. Hermosas todas — Emiliano comentaba haciendo gestos re de ganado.
— ¿Le hablaste a alguna? —.
— Nah, se me iban a alterar las de acá y no me va esa — comentaba el muy fantasma — Pero bueno, hablando en serio, estuvo lindo Penitentes. Estaría para ir todos juntos —.
— Dale, wacho, pagame el pasaje y estoy —.
— Qué rata que sos, Cristian, al patio de tu casa fuiste vos, seguro —.
— Pensé que me iba a encontrar con el Julián en Córdoba, pero no. Me dejó solo ahora —.
— Nah, pasamos unos días en lo de un pariente y esta semana me quedé a estudiar — dijo y la conversación fluyó a lo que hicieron los demás.
Le hubiera gustado ser parte de esas anécdotas que ellos contaban, divertirse como ellos, pero la verdad era que a su familia le gustaba más salir de vacaciones en verano y Julián también lo prefería. El invierno le partía la piel y odiaba no poder moverse por la cantidad de prendas que tenía que ponerse para evitar los escalofríos.
Tenía sus ventajas, por un lado no se cagaba de frío ni se obligaba a salir de su casa a un lugar desconocido, pero por el otro pasaba el receso invernal aislado de sus amigos y clavado la mayoría de días en su pieza. Hubo un lapso de tiempo, el año anterior, que no se sentía así y disfrutaba de la visita de un intruso no tan intruso.
— Odio el invierno — le dijo esa vez, tiritando un segundo por el escalofrío.
— ¿No te gusta? ¿Por qué? —.
Julián recuerda encogerse de hombros y acurrucarse más cerca del cuerpo que lo abrazaba bajo las colchas de su cama. Su nariz se frotaba tan suave como una pluma sobre el cuello del otro — Me siento muy solo en las vacaciones de invierno — murmuró bajo por que sabía que podía escucharlo desde su lugar — Y me cago de frío —.
El pecho bajo su mano vibró por la risa que nació de allí, el capullo de una peonita floreciendo dentro suyo por ello. Amaba escuchar su risa. Una mano tatuada y mimosa jugaba con su cabello, eso lo hacía dormitar, pero recuerda muy claro lo que dijo instantes antes de caer dormido entre sus brazos.
— No quiero que te sintás solo, Ju —.
Un nuevo invierno y seguía sintiéndose solo, más que nunca.
Estaba recibiendo el mate de Lisandro cuando en su rango de visión una pelota impactó contra la espalda de Emiliano, las risas no tardaron en hacerse presentes y el más grandote de todos la revoleó de nuevo a su dueño de un solo manotazo. Giró la cabeza para chusmear quién empezó la provocación y esa pregunta que le picaba la lengua desde que llegó se respondió sola.
— No te hagás el vivo, Enzurri — le dijo Emiliano con cierto tonito, un gesto con su dedo acompañando la advertencia — Te voy a ubicar de un pelotazo vas a ver —.
— Qué te hacés el picante conmigo — el montoncito hecho con sus dedos moviéndose mientras le contestaba.
— Vos venís picante, Enzo, ¿Estás faltito de atención? — Enzo se sentaba como indiesito entre los Martínez, a un Lautaro de distancia de él.
— A vos te quería descansar ahora ¿Viste el partido, Colo? Son unos muertos los tuyos —.
Julián devolvió el mate que le cebaron creyendo que en su vida había tomado uno caliente con tanta rapidez. Estaba nervioso, no sabía qué hacer, hablaban del partido de Boca y discutían cuál de los dos clubes más conocidos del país estaba peor, la conversación más que distraerlo lo deprimía. Menos mal que las medialunas de la madre del Licha estaban ahí para sazonarle la tarde y llenarle el estómago de algo más que no fuera ansiedad, partiendo de eso se puso a charlar con Lisandro de otra cosa.
Hacía ya un rato que Enzo llegó pero no habían siquiera cruzado miradas, más bien Julián no lo había querido ni ver culpa de esa sensación extraña en su panza. Sentía que si lo miraba se iba a largar a llorar.
Algo similar sintió la última vez que se vieron y que Enzo decidió poner un ultimátum a lo que vivían cuando nadie los veía, esa vez guardó silencio y agachó la cabeza quemando en su garganta todas las cosas que quería decirle por respetar su amistad.
En cambio, Enzo no se veía afectado en lo más mínimo, hablaba con una soltura muy propia de él sobre el tema de turno, si algo no lo sabía seguro lo inventaba. Julián no iba a admitirlo en voz alta, pero era de las cosas que lo atraían de él; esa caradurez con la que se enfrentaba a la vida. Era contestón, pillo y chamuyero, el perfil de un pibito que todos reconocen con una risa previa por que alguna locura recuerdan donde se ve involucrado.
El contraste entre ellos dos era total, a diferencia de Enzo, el castaño ruludito era un enigma para la mayoría de vecinos. Sí, era muy cordial y amable, pero también reservado. Ni siquiera hacerse amigo del atorrante de Fernández lo había corrompido, lástima que su corazón estaba totalmente flechado por el tallo la flor equivocada.
En el aula era inconcebible pensar que podrían ser amigos cuando cada uno estaba por su lado excepto en los recreos. Julián, responsable como era, no soltaba la lapicera hasta que acababa de resolver las actividades que le solicitaban sus profesores, y Enzo volanteando por ahí todo lo que podía y dejando hasta el último momento sus responsabilidades.
Más de una vez al día se acercaba a molestar a Julián sin mucho éxito por que el ruludo estará enamorado, pero no interrumpía sus estudios hasta acabarlos.
En algunos momentos la altanería de Enzo se disolvía y dejaba de dar vueltas por los bancos para sentarse a hacer lo que tenía que hacer. A Julián le causaba ternura que después de las clases le buscara conversaciones sobre la tarea de ese día o hasta le pidiera ayuda, que terminaba en sesiones cariñosas de abrazos y besos.
Una tarde, después de la clase de educación física que tenían los viernes, Enzo se acercó a él cuando se estaba terminando de acomodar el uniforme en frente del espejo del baño. Se apoyó de espaldas al lavamanos, ni siquiera se había cambiado la ropa de gimnasia. Julián se mojó la cara y el pelo cuando escuchó que lo llamaba.
— Juli —.
Sus compañeros ya estaban saliendo del baño cuando dijo su nombre con algo que Julián pensó que era vergüenza. ¿Qué querrá? se preguntaba en su momento, teniendo en cuenta que era de las primeras veces que interactuaban entre ellos porque la mayoría del tiempo lo compartían con los otros del grupo y ahora Enzo lo buscaba a él por algo específico.
— ¿Sí? dale que tenemos que formar — se secó la nuca con su toalla de manos antes de guardarla con sus cosas.
— Ya sé, te quería pedir algo — el silencio del más bajo le permitió continuar — ¿Viste que la semana que viene tenemos evaluación de Física? ¿Vos… me podrás ayudar? —.
— Yo no te voy a pasar nada para machetearte, creo que te dije la otra ve-.
— ¡No! No es para eso, ya sé que no hacés esas cosas— Julián lo miró sin entender qué más quería de él el vagoneta del curso, a no ser que… — Quiero que me ayudes a repasar —.
— ¿Querés estudiar? — la pregunta no le salió con ánimos de ofender, Julián siempre ayudaba a sus compañeros sin juzgar a nadie, es solo que le era extraño que el egocéntrico de Enzo le pidiera algo así cuando “él no necesitaba estudiar para pasar” (según sus palabras). Después, una sonrisa le cruzó los labios — La suplente de Física te tiene re fichado, ¿ah? —.
— Sí, dale, reíte, ¿Me vas a ayudar? — al parecer estaba desesperado por que juraría que en otro contexto habría buscado discutir por sobrarlo así.
— Apenas salgamos vamos al nogal, me dejan hasta las siete y media nomás después de la salida —.
Dicho y hecho, al finalizar la ceremonia de la bajada de la bandera, mientras todos se dirigían a sus casas, Enzo y Julián partieron al nogal. El árbol estaba en el patio de la escuela, unos cuantos bancos y mesas de exterior lo rodeaban por que era un punto de encuentro para los estudiantes en recreos o tiempos libres, resultaba muy efectivo estudiar rodeado de los canteritos con flores de todos los colores y el pasto verde a sus pies.
Los rayos del sol bañaban sus figuras cuando se sentaron uno al lado del otro, Enzo sacó de su flacucha mochila un cuaderno lleno de garabatos en las tapas. Lo abrió buscando una hoja libre de rayones, números de teléfono o lo que sea que anotaba el más chico en él, y en su mano una lapicera bastante maltratada moviéndose entre sus dedos.
— Bueno, ¿Qué te tengo que explicar? — el castañito sacaba su calculadora científica, un cuaderno tapa dura perfectamente forrado de rojo y su cartuchera.
— Ehm… ¿Todo? —.
— Me dijiste que era repaso, Enzo, debe haber algo que sepas y lo que te cueste más te lo explico —.
— Eh… — el más alto apretó los labios mientras que con una mano se acariciaba la nuca.
— ¿Sabés qué es el MRU? — empezó.
— Movimiento Recto… Uniforme —.
— Rectilíneo, Enzo. Muy bien — la felicitación al parecer le gustó a Enzo por que una sonrisa se dibujó en su cara, una que a Julián le hizo hipnotizó la mirada — ¿Qué es? —.
— Ya me estás pidiendo una banda —.
— Vamos a hacer una cosa, te voy a ayudar con las fórmulas, que es lo más complicado, y después te paso algo de mis apuntes para que repases los términos — fijó su mirada en los ojos del otro buscando su aprobación y se sonrió cuando se dio cuenta de que Enzo lo miraba con atención y asentía — Tenés que estudiarlas por que te voy a hacer preguntas, sino no te ayudo más —.
Julián pensó que Enzo hacía esto por pura obligación por, quizá, alguno de sus padres o recomendación del preceptor que a veces lo tenía en cuenta para dar clases de apoyo, pero al parecer el pelinegro estaba genuinamente interesado en aprender. Con ese pensamiento en mente buscó las fichas con las formulas y anotaciones importantes hechas por él con una caligrafía rara de ver en los varones de los tiempos modernos. Enzo seguía con la mirada cada uno de sus movimientos en lo que el ruludito le decía qué hacer.
— Bancame que te hago unos ejercicios y arrancamos —.
Esta vez el otro hizo caso. Vivía molestando a sus compañeros de cursada y a Julián ni hablar, pero ahora que lo estaba ayudando, sin esperar nada a cambio y con el tiempo justo, no quería joderlo. Además de que de verdad necesitaba sacarse de encima a la vieja de Física, que por más que le juraba y perjuraba no le creía no haber hecho trampa en el último examen.
Era una excelente profesional por que, de hecho, se había macheteado de Emilia, pero un mentiroso jamás tiene que doblegarse sin un plan B. Bueno, el plan B de Enzo era… estudiar. Estudiar con Julián, aprobar la siguiente evaluación y limpiar su imagen.
La primera parte del proceso, de alguna manera, lo hacía sentir que cumplía una meta. No por estudiar, a él nunca le gustó mucho la movida de ser el mejor del curso o sacar las mejores notas, a él le intrigaba Julián. Un tipo que respondía todas las preguntas de sus profesores casi sin dudar, que tenía una letra clara y prolija, que hablaba y su oratoria lo atrapaba hasta el punto de despabilarse en clase e interesarse en el tema de cualquier exposición que diera; generaba algo en él que sobrepasaba la admiración. Enzo quería pasar tiempo con él y descubrir a dónde lo llevaban esas sensaciones que le provocaba un chico tan distinto de su perfil.
— Sos re Sarmiento vos, ¿querés ser profesor? — Enzo se incorporó y se paró arriba del banco de cemento para bajar unas cuantas nueces que pronto caerían del nogal en lo que Juli hacía su labor.
Estaba terminando de escribir los pares de ejercicios que iba a usar para Enzo cuando lo escuchó. No supo identificar cómo se lo dijo exactamente; si era una queja, un halago o una burla. Alzó la vista de su cuaderno y pensó en seguir la conversación sin más vueltas.
— Me gusta aprender y ayudar a los otros si les cuestan algunas cosas que ya sé — descansó la vista en los ojitos intrigados que lo miraban desde arriba — No había pensado en ser profe —.
— Tenés pinta de profesor — el morocho ya había cosechado un par de nueces así que bajó hasta sentarse ahora en la mesa, los pies colgando libres al lado de Julián.
— ¿Por qué decís? —.
— No sé, sos muy inteligente, te llevas bien con todos, sos interesante — Enzo molía a golpes la nuez contra la mesa para abrirla (sin mucho éxito) mientras mencionaba las cualidades del castañito.
— No sabía que me tenías tan fichado — de a poco Julián perdía la vergüenza con él.
— Me caes bien, qué se yo — Enzo pareció ponerse un poco nervioso por que se levantó de su lugar para buscar algo que le ayudara a abrir la nuez que se resistía.
A Julián se le ensanchó la sonrisa ante el pensamiento del rebelde tatuado avergonzado, como si hubiera descubierto algo que no debía. Upsi, tarde, a Juli ya le volaban las mariposas en el estómago cuando el morocho volvió a su sitio y, finalmente, partió la nuez con una piedra bastante grande. Era hermosa, de esas que con un corte limpio salen enteras y de un color caramelo que parecía brillar. Ambos adolescentes se miraron complacidos con la naturaleza y su regalo.
Sostuvieron sus miradas un rato más hasta que Enzo se propuso descorazonar la semilla, el pulso de Julián otra vez palpitando acelerado como cada vez que se paraba a observar al morocho de ojos cafés. Luego bajó la vista a la mano tendida que le ofrecía la mitad de la nuez, sus finos dedos agarrándola con un “gracias” y volvía a su tarea de profesor de apoyo para evitar soltar suspiros enamorados como un bobo frente al otro.
Pasaban los minutos y Enzo se dio cuenta de que no era tan difícil, solo tenía que aprenderse la estructura de las fórmulas y con eso ya podía sacar la cuenta que le diera sentido al enunciado. El menor sentía que se comía el mundo cuando logró resolver de forma correcta los ejercicios inventados de Julián, esa inseguridad que transmitía al inicio de su, digámosle, clase ya no existía y volvía a mostrarse con esa altanería de siempre.
Faltaban pocos minutos para las siete y media y Julián tenía que irse para evitar los sermones de su mamá, así que se prepararon listos para irse.
— Eu, Ju — desde ese momento nunca dejó de llamarlo así, Ju.
— ¿Mmh? — Julián se dio la vuelta, extrañado por que creyó ya haberse despedido de Fernández y había arrancado a patear a su casa.
— Gracias, de verdad. Mis amigos están en la misma que yo y no sabía a quién más pedirle ayuda — la sonrisita de labios cerrados que le regaló lo puso un poco nervioso, le gustaba demasiado.
— Ah, no pasa nada, Enzo, cuando quieras nos vemos — Juli pensó un poco más lo que dijo y se corrigió — Digo, a estudiar, podemos estudiar juntos. La pasé re bien hoy… —.
— Sí, yo también. Cuando apruebe nos juntamos con los chicos —.
— Si es que aprobás — Julián lo miraba sobrándolo con una ceja levantada.
— ¿No me tenés fe? Wachito atrevido — sacó de su pantalón el cascarón de la nuez que se había guardado por algún motivo y se lo tiró al ruludito— De hace rato que me estás picudeando. Ya vas a ver el lunes, te voy a cerrar el culo —.
A Julián comenzaba a divertirle joderlo por lo que se rió burlesco y agarró el coso duro que impactó en su pecho sin mucha fuerza. Ahí mismo lo sostuvo por un momento, para cuando Enzo se estaba yendo en dirección contraria le pegó una ojeada al cascaroncito.
No pesaba nada apoyado en su palma izquierda, si no supiera que lo estaba sosteniendo probablemente no lo sentiría, pero al posar su mirada más detenidamente sintió que el peso neto de sus sentimientos se había resguardado entre las paredes de ese cascarón. Quiso pensar que Enzo guardó específicamente ese pedazo de nuez por la forma particular de corazón que había dejado la ausencia del fruto y que, intencionalmente o no, se lo había dado a él.
Julián todavía lo conservaba en alguna parte de su mesa de luz.
Una mano revolviéndole los rulos más o menos armados lo trajo al presente. Lautaro a su lado se arrimó a su rostro para verlo de cerca y hablarle otra vez.
— Te quedaste medio dormido vos, ya vamos a jugar un partidito — la voz del Lauta le sonaba un poco lejana todavía, al parecer sí se había medio dormido con los ojos abiertos.
— Que me cebe un mate más el Licha y estoy — dijo mientras se incorporaba y se sacudía la cola.
— Boe, ¿no podés cebártelo vos o tenés coronita? —.
— Dale, compañero, vos cebás mates ricos —.
— Qué fácil me convencés, tomá — Lisandro nunca le decía que no, pero a veces se jodían así.
Eran amigos desde la primaria y eran muy parecidos en varios aspectos; ambos gustaban de estudiar, compartían los mismos gustos musicales, opiniones políticas, hasta habían hablado de estudiar lo mismo, pero donde compartían más tiempo juntos era en la escuela. Licha vivía bastante alejado de la zona urbana de su departamento así que solían verse más que nada para estas juntadas programadas o en el aula.
Julián lamentaba no animarse a hablar con su amigo de lo que le pasó con Enzo, por que estaba seguro de que Lisandro le daría el consejo que necesitaba, que de esa manera se le acomodarían las ideas y lo vería desde otra perspectiva. Podría ayudarlo a ignorar esa mirada conocida posada en ellos cuando Licha lo abrazó por los hombros y él terminaba de tomarse el mate amargo entre sus manos.
— Ni pregunten, hoy hago equipo con Julián — dijo Lisandro, besando su coronilla, siempre tan amoroso y dulce — La última vez ninguno de ustedes me ayudó una bosta — los apuntaba con un fingiendo desprecio a los que jugaron con él.
— Capaz vos sos malo también — Enzo, quien terminaba de acordonarse las zapatillas, le contestó al toque. Jamás se llevaron tan bien.
— Ya empezaron los perros a ladrar — Taglia, que ahora estaba al lado de Lisandro, soltaba un suspiro mirando al cielo.
— Yo no soy ningún perro, este se mete y yo ni estaba hablando con él — parecía ignorarlo, eso lo ponía bastante de los pelos al sanmartiniano.
— Yo hablo si quiero, no necesito tu permiso — insistió — Julián hace mejor equipo conmigo y ustedes pueden jugar con Lautaro ahora, ya está —.
A Julián no le gustaba nada para dónde se dirigía la conversación, si Lisandro no desistía tendría que elegir y para una persona que había estado en piloto toda la tarde se le hacía pesado pensar.
— Escuchalo, Juli, no sabía que tenías representante — Enzo apretaba los labios, exhausto de discutir siempre con el rubio teñido.
— Bueno, chicos, si es un partidito para hinchar los huevos un rato, no se pongan en esa — Emiliano giraba la pelota entre sus manos caminando al extremo de la cancha.
— ¡Denle, loco! ¿hasta qué hora los vamos a esperar? — el Colo y Nico ya se habían ubicado en sus lugares en la “cancha”, al fosforito no había que joderlo mucho por que era de llama fácil.
Julián había estado con la mirada fija en cualquier cosa menos en Enzo a unos metros de distancia. No quería tener que tomar una decisión, no quería tener que pensar, ni siquiera quería jugar. Para empezar, ¡no quería estar ahí! los nervios lo empezaban a traicionar. Nada lo haría más feliz que irse a su casa, pero por el momento debía conformarse con la opción que creía menos incómoda.
— Dale, Lisan, juguemos — se dio vuelta sobre su propio eje para posicionarse.
— Osaa, hoy se gana, wacho— Lisandro le guiñó su ojo a Enzo mientras frotaba sus manos cual mosquita muerta y le hizo caso al ruludo — Te amo, Juli, después te pago el pancho —.
— Dejá, se me parte la cabeza —.
No iba a decir explícitamente que quería irse, solo pensaba en jugar y volver a su casa a dormir o llorar. Lo que pase primero.
Se acomodaron cada miembro de los equipos en sus respectivos lugares, Julián ya no podía esconder más su mirada de Enzo. No quería jugar, pero el hilito competitivo que le recorría el cuerpo ardía por ganar y ayudar a su equipo.
Decidió que era un simple juego, él podía dejar de lado sus sentimientos, su orgullo, y alzar la vista… para ver algo en Enzo que lo hizo sentir culpable. Las cejas del rostro del morocho se arrugaban, pero no necesariamente de enojo, parecía más confusión, los labios presionados entre sí casi en un puchero y los ojos que cuando se encontraron con los suyos se dispararon a otro lugar.
Julián se sentía peor, su mente quería respuestas, las manos le picaban por agarrarlo y llevárselo para liberar de su sistema todas esas dudas que tuvo desde el primer momento, desde siempre. ¿Por qué lo buscaba si no lo quería? ¿Se le hizo tan fácil dejar de lado todo, todo, lo que compartieron? ¿O desde el inicio le puso un punto final a la historia que Julián había armado en su cabeza?
No pudo evitar seguirlo con la mirada cuando la pelota ya rodaba por el hormigón y Enzo se movía decidido a recuperarla de las piernas de Alexis, pero él seguía en su sitio. Un pálpito muy sentido en su pecho ordenó a sus ojos aguarse, pestañó lo suficiente como para dispersar las gotas que hace rato querían desparramarse desconsoladas sobre su rostro. Un segundo pálpito cambió el rumbo de sus pensamientos, la tristeza se hizo a un lado cuando la molestia empezó a roerle. Una frase, un recuerdo que desearía no fuera real.
“— Yo no soy así —”
¿Así cómo? Julián no había sobrepensado demasiado la situación hasta este punto por que, ¿Por qué si no era así ahora lo miraba como si la actitud de Julián le doliera? ¿Le daba asco? ¿Estaba celoso? ¿Le molestaba no poder manipularlo para ganar un partidito de mierda?
Cagón, concluyó Julián. Es un cagón que pretende esconderse detrás de una faceta muy diferente de la que le mostró bajo siete llaves a él. Y lo último que pensó ¿por qué ÉL debía perjudicarse por las actitudes confusas de Enzo?
Así que no lo pensó más y jugó, se tiró con todo a ganar la pelota, se sintió imparable cuando la ganó de las piernas del colorado del equipo contrario y gambeteando a los que se le interponían se dejó fluir entre esas confusas, destructivas y enredadas sensaciones para anotar el primer gol de la noche. Emiliano ni vio la pelota pasar entre sus piernas y una sonrisa triunfante le cruzó igual el rostro a Julián pese a la negatividad que lo envolvía.
Aunque sus amigos no tenían idea de lo que le pasaba por la cabeza se dejó contener por sus abrazos y los halagos momentáneos. En silencio lo agradeció después de tanto tiempo sintiéndose solo, descartado.
Sus manos se aferraron fuertemente a la camiseta de Lisandro, por sobre su hombro veía claramente la imagen de un molesto Enzo juzgando la escena y creyó ver cómo le arqueaba una ceja. Julián decidió que fue suficiente de abrazos y volvieron a jugar la velada más peleada que jugaron entre ellos como grupo de amigos.
Prestando un poco de atención se podía escuchar llorar a la pelota que iba y venía sin piedad entre patadas bien cargadas, al igual que los empujones que Enzo y Julián se daban excusados con pelear el partido, como si los hilos que los unían no estuvieran tensos, tirantes, a nada de quebrarse.
En un momento dado y caliente Julián tenía tan cerca a Enzo que podía escucharlo claramente si susurraba, prácticamente lo cubría con todo el cuerpo intentando quitarle la pelota y al no solucionar Enzo siempre tenía la justa en la punta de la lengua para desconcentrar a su rival. No por ser Julián se dejaría ganar.
— Estás re enojado, Ju — Julián quiso vomitar, no lo quería cerca por eso se liberó de la pelota con un pase por error al gallego y la jugada se perdió en el tercer gol del equipo contrario.
La pelota siguió de largo por la obvia razón de que el arco no existía y mientras Tagliafico corría en su búsqueda Julián empujó con su izquierda a Enzo que se había quedado plantado detrás suya.
— Te detesto — una mentira tan vil que sintió como si su propio cuerpo lo castigara con una punzada en su cabeza. Estaba sobreestimulado y realmente no quería estar ahí. Ahí con él tratándose así.
— Sí, dale, si vos decís — esa risita entre la burla y la cargoseada fue lo que Julián no supo diferenciar y la reacción fue más fuerte que él.
— ¿Qué te pasa conmigo? Decime — se pegó la vuelta para quedar frente a él y empujar su pecho con ambas manos, los pies de Enzo tambaleando hacia atrás. No lo vio venir — Contestame, dale, que sos picante —.
— Bajá un cambio, Julián, estamos jodiendo —.
— ¿Vos me estás cargando? ¿Te divierte? —.
Ninguno de los presentes entendía nada. Las miradas de todos puestas en ellos, en especial en el castaño que parecía haber cambiado totalmente, esa actitud pacífica y tranquila que mostraba siempre totalmente desmaterializada. Jamás creyeron que algo así pasaría; un Julián sobrepasado y con el rostro arrugado por la molestia empujando a un Enzo descolocado, hasta avergonzado, que le esquivaba la mirada.
Quería decirle todo en la cara, en ese momento escupir de una vez todo lo que tenía guardado envenenándole el cuerpo. De no ser por el momento de lucidez que lo golpeó, de ser consciente que estaban con sus amigos en un lugar público, lo habría hecho, pero Julián pensó que lo más digno era retirarse con sus miles de palabras en la boca, sus lágrimas enrabiadas y su dolor de cabeza lejos del insensible de Enzo.
La voz de Lisandro amortiguada por el zumbido constante en su cabeza, pidiéndole que se quede, que explicara qué le pasó. No le importó, no iba a escuchar a nadie más hasta que el ánimo se le mejorara, estaba arto de fingir estar bien.
Enzo no le dijo una palabra, Julián estaba muy molesto como para parar a pensar en lo que él sentía, lo último que supo antes de subirse a su bici con la mochila colgada de sus hombros fue que comenzaba a discutir con Emiliano. Más bien se desentendía de lo que le pasaba y aparentemente no tenía ni idea de qué lo pudo provocar. No importa, ya había empezado a pedalear lejos del problema como para seguir al pendiente del mentiroso culiado de Enzo, según su pensamiento.
El aire helado le congelaba las mejillas y la nariz que había empezado a moquearle, aunque pudiera retener con el incesante parpadeo de sus ojos las lágrimas que se asomaban, era incómodo y no veía nada avanzando por la calle. Todavía faltaban poco más de diez cuadras para llegar a su casa, en bicicleta no se le hacía nada pero no tenía idea de cómo manejar sin manos para limpiarse y el nudo en su garganta lo comenzaba a asfixiar. Fue cuestión de tiempo hasta que paró su andar en la pasarela que cruzaba la cuadra, bajó de la bicicleta y agachado se retiró la mochila del hombro para buscar.
— La concha de la lora, ¿No traje servilletas? — la mochila sufría por las desesperadas manos que buscaban los pañuelos sin éxito. La gota que rebalsó el vaso.
Se paró y tiró la mochila al suelo con toda la furia que cargaba, las cartas del uno revoleadas por ahí cerca del bolso de tela, no podía importarle menos. Sus puños bien apretados se refregaban contra sus ojos aún molestos con su cuerpo, con sus emociones, con su accionar, la vergüenza golpeándolo poco a poco. No sabía qué hacer, estaba todavía lejos de su casa, tenía la cara hecha un desastre de mocos, lágrimas, la respiración irregular le contraía el pecho.
No supo en qué momento pero se sentó al lado de su bici tirada sobre la vereda, ambos brazos cubriéndole la cara y sollozando como un bebé contra ellos. De a poco las tensiones de su cuerpo desistieron y la entrada libre de aire a sus pulmones le calmo la hiperventilación.
Era biológico, se dijo para distraerse, duele por que estaba perdidamente enamorado de alguien que no le correspondía, sentía que había jugado con él. Su cuerpo respondía al dolor y, como todo dolor físico y emocional, esto pasaría, la herida abierta en su pecho eventualmente se iba a cerrar y Enzo Fernández dejaría de enfermarlo.
¿Cuánto tiempo pasó de su arribo? ¿Cuánto tiempo lloró? No lo sabe, las luces de los reflectores le quemaron los ojos cuando levantó la vista, se sentía adormecido y el silencio del barrio le aterraba, no quería volver a pensar.
Escuchó pasos, lentos, casi como si el caminante no quisiera que supiera que se dirigía a él. Se asustó pensando lo peor, que quizá un tipo lo iba a asaltar, y buscó con la mirada asustada de dónde venían los pasos, pero relajó los hombros cuando lo vio. Por lo menos no iban a robarle.
Pensó en pararse e irse, pero Enzo venía sin compañía y se sentía muy cansado emocionalmente como para seguir lidiando solo con esto. Alejó la vista.
— No te quiero ver — otra mentira.
— Julián, dale, no te pongas en esa — apenas un metro de distancia los separaba cuando terminó de acercarse — Hablemos —.
— ¿Y qué querés decirme, Enzo? — lo miraba desde abajo con la expresión triste, el puchero en sus labios, los ojos rojos, los ríos de lágrimas que le cursaban las mejillas salpicadas de lunares — Estoy mal, me cagaste a mentiras y a vos te importa más un partido de mierda con los chicos, te reís de mí —.
— No me río de vos, Julián. Pensé que estábamos bien, ya hablamos de esto —.
— Ya sé — dijo al toque, como si fuera lo que tuviera que decir, pero enseguida reflexionó y se levantó para estar a su nivel y, finalmente, sacar de su pecho lo que tenía atorado — No, vos sabés que no hablamos de esto. Vos hablaste — lo apuntó con su dedo — Me dijiste un par de cosas y te fuiste a la mierda, no me escuchaste un carajo a mí —.
— Me pudiste mandar un mensaje, no sabía que estabas tan mal —.
— Viste que sos un cagón — la indignación se notaba en su cara.
— Escuchame, hablemos bien y la terminamos bien —.
Un gemido lamentable escapó de su garganta cuando escuchó la palabra “terminar”, esa actitud enfurecida cayéndose a pedazos. No podía seguir engañándose, estaba terriblemente dolido, muchos recuerdos vinieron a su mente mientras se agarraba la cara con las manos y trataba de esconderse hundido en la pena frente a él.
Enzo sintió como si un yunque le cayera en el estómago, no pudo no atinar a acercarse para abrazarlo y de pronto también sintió toda la culpa bañarlo de la cabeza a los pies. Un frío tan intenso que le quemó desde el pecho hasta las manos en contacto con la espalda del ruludo, sobando allí donde se ocultaba su adolorido corazón.
Julián, para su sorpresa, correspondió el abrazo, más bien se fundió en él enterrando la cara en su cuello y pegando sus pechos. Lloraba sin consuelo, nada que pudiera decir parecía ser adecuado cuando era por su culpa que el ruludo sufría. Mentiría si dijera que no lo extrañó, que no extrañaba la amistad que tenían antes del periodo de romance que tuvieron, que se moría por verlo entre sus brazos como ahora, pero Enzo era muy joven, muy influenciable, muy dependiente de la palabra de sus padres y de Dios ¿Cómo podía ir en contra de sus valores? ¿Quién era él para pasar por sobre la palabra?
Él quería hacer caso a su corazón. Se sentía bien estar con Julián, se sentía correcto mientras se mantuvieran los dos en su burbuja de amor y ternura, pero cuando volvía a su realidad, a la realidad donde Julián no existía en sus conversaciones cotidianas con su familia o amigos extraacadémicos, le dolía. Le dolía porque estaba siendo muy injusto con el chico más bueno que conoció nunca; el que estuvo para él siempre, quien genuinamente lo ayudaba, lo escuchaba, el que lo amaba por lo que era y no por lo que fingía ser.
Lloró por eso, en sigilo, no como Julián. Las lágrimas se perdían en el cabello del de rulos despeinados que con su otra mano intentaba desenredar. Ya habían estado varios minutos abrazados, se mecían suavecito conteniéndose hasta que sintió la respiración más calmada del más bajo en su nuca. Enzo por primera vez olvidó que alguien podía verlos.
— Perdoname, Ju… Por favor —.
— Me duele, Enzo — murmuró finalmente Julián, las lágrimas otra vez naciendo desde lo profundo de su pecho como de un puñal sangra una herida — Te extraño todos los días, ¿Cómo…? ¿Qué hago con lo que siento? —.
Enzo cerró los ojos, dimensionando hasta dónde los llevó toda esta situación, el error de querer algo que no podía consentir, de dejarse llevar por la curiosidad que le provocaba su compañero de clases. Se arrepentía indudablemente de todo y al mismo tiempo se odiaba por preferir eso a cuestionar sus principios heredados. Se odió por no premeditar que esto pasaría, que realmente Julián tenía razón y era un cagón.
— Perdón — sorbió su nariz antes de removerlo de su cuello y buscar su mirada, con la mano que antes acariciaba su pelo sobre su mejilla — No puedo seguir con esto, Ju, te juro que no… Entendeme, por favor. Seamos amigos como antes de todo, cuando estábamos bien —.
— No puedo… No quiero — negaba con su cabeza, aferrado a la idea de que si soltaba todo lo que sentía Enzo lo entendería — Me gustás, Enzo, no puedo. Te quiero conmigo, todos los días espero mensajes tuyos, espero verte, que me busques, que me abraces, que me beses, estoy enamorado de vos — sus manos buscaron la nuca de Enzo, como solía hacer para juntar ambas frentes, y él se dejó. Se apoyaron en el otro sin apartarse las miradas vidriosas y tristes — Yo pensé… que también me querías —.
Y no dijo nada, todo el barrio pareció sumergirse en un silencio fúnebre. La única respuesta no verbal que Julián recibió fue el rechazo de su mirada que decidió que algo en el suelo era más relevante que sus sentimientos puestos en bandeja sobre la mesa.
Enzo no habló nunca de su relación con su sexualidad, pero Julián siempre supo que algo andaba mal. Esperaba ser suficiente para hacerlo sentirse bien con ello porque, para él, su amor era todo lo que necesitaba. Era un chico muy ingenuo porque no siempre se puede lo que uno quiere, eso Enzo lo comenzó a entender y ahí llegaron los problemas para ellos. Eso no lo hacía sentir mejor, no lo podía entender, pero ¿Qué más podía hacer?
El sentimiento de liberación, la adrenalina de exponerse así frente a alguien que no iba a cambiar de parecer, se convirtió en una angustia que le adormeció el pensamiento. No había nada que él hiciera para revertir la situación, se sintió patético.
Las palabras estaban de sobra, los brazos que lo consolaban comenzaban a abrumarlo, su defensa más noble en este momento era retirarse y Enzo no opuso resistencia cuando se apartó de su cuerpo. Apenas la distancia los separaba el uno del otro Julián pudo sentir el frío del invierno congelarle la piel.
Había extrañado mucho más de lo que pudo imaginar ser abrazado por él, podía sentir los marchitos pétalos de las peonías cayendo pesados como piedras en su estómago. Quería vomitarlos todos y con ellos a sus sentimientos. Odiaba el invierno, odiaba las peonías, odiaba sentir.
Enzo no le dijo más nada, simplemente se limpió la cara con los puños de su campera y si Julián no sintiera en su cuero cabelludo las lágrimas no hubiera sabido que estuvo llorando. Agarró sus cosas tiradas en el suelo y volvió a guardarlas en su mochila, el silencio dejaba que su mente cizañera le taladre la cabeza de tal manera que no se sorprendería si un agujero le aparecía en la sien, estaba arto.
— Me voy — no sabe por qué le avisó algo tan obvio, algo que a Enzo ya no le interesaba. Quizá quería que lo frenara, que lo tomara del brazo como sucede en las historias de amor y le confesara que lo amaba aunque no podían estar juntos. Que le prometiera buscarlo en el futuro.
Varios meses después de ese encuentro fantaseó con esa idea.
Y Julián lo extrañó todos los años que pasaron después, por supuesto que con menos intensidad a medida que pasaba el tiempo porque ya no era ese adolescente soñador. Extrañaba su vínculo y la complicidad que le costó encontrar en alguien más.
Hoy, a sus veintisiete, ya era un hombre hecho y derecho y, como todas las desgracias que suceden en la secundaria, había sabido sobrellevar el dolor de ese infortunio ahogándose en estudios y trabajo. Madurando.
Jamás volvió a ver a Enzo después de egresarse, perdieron todo lo que tenían. Julián seguía llevándose bien con sus amigos y, a veces, se los cruzaba en alguna joda o casualmente en la calle, pero supo que el contacto cero sería lo mejor para su relación porque él no podía frenar lo que sentía de otra forma. Nunca dijo una palabra sobre lo que pasó, hasta ahora.
Lisandro estaba en este momento en su casa, después de todos estos años se animó a preguntarle qué pasó con Enzo y por qué todo se fue a la mierda. Habiéndolo superado desembuchó lo que tenía que desembuchar y acá estaba ahora, desayunando en su cocina con su mejor amigo y hablando de su primer amor desde la nostalgia y la ternura, y no desde el rencor. Hoy sería capaz de perdonarlo y hasta conservar su amistad.
Las cosas cambian, el tiempo borra muchos rastros sobre la arena dentro del reloj y la vida continúa. El Julián de diecisiete años se abrumaba por todo y se equivocó y estaba bien, para eso era la juventud. Las almas gemelas solo existen en los cuentos de hadas, eran un invento de la ultraderecha para que las personas se casaran y formaran a sus familias como lo quería el tradicionalismo, tal como le charlaba Lisandro sentado en su desayunador mientras se enfriaba su café.
— Esto es algo que no se trata en secundaria por que demonizarían a los maestros con que manipulamos el pensamiento y todo lo que quieras, pero es la realidad —.
— Da para pensar, viste — Julián miraba desinteresado las notificaciones de su celular, el grupo de profesores siempre rompiendo los huevos un domingo.
— Sí, este sistema de mierda en el que vivimos y encima los pibitos cada vez tienen menos ganas de estudiar. Te juro, Julián, vos sabés cómo soy con la historia y la política, pero ya no sé qué hacer para que estos niños se interesen — Lisandro negaba con su cabeza masajeando su mandíbula, parecía genuinamente preocupado pero algún pensamiento de repente lo hizo soltar un suspiro y cambiar el semblante — Pero bueno, no quiero pensar en eso ahora que encima ni bola me das —.
— Claro —.
— Julián —.
— ¿Qué? — el castaño no había despegado la vista de su celular, parecía interesado en lo que sea que veía.
— ¿Qué mirás tanto? A ver — apoyó su pecho sobre sus brazos cruzados en el desayunador para acercar su rostro al celular del cordobés.
— Consiguieron un reemplazo para el profesor de Física, creo que te conté que se iba — Julián le arrimaba el celular para que viera los mensajes del grupo de la escuela secundaria en la que daba clases —.
— Qué bueno — Lisandro leía uno por uno los mensajes, que eran varios — Se zarpan tus compañeros, ¿No saben que a la escuela se va a laburar? Qué les importa si está bueno —.
— Dejalos. Más tarde van a meterlo al grupo, por eso hay tanta especulación —.
— ¿Saben cómo se llama por lo menos? —.
— Ni idea, por ahora sólo saben los de administración y tampoco he preguntado, la verdad —.
— Bueno, pero eso — Lisandro le agarraba el celular de las manos y lo dejaba sobre la otra punta del desayunador — Es cosa de trabajo y hoy es domingo y tenés que hacer un asado. Preparame las cosas del mate y te cebo mientras hacés el fuego, dale —.
— Dale — risueño el castaño se levantó de su silla, cuando pasó por detrás de su amigo le nació abrazarlo por la espalda y apoyarse ahí un rato, la sonrisa aún en sus labios — Gracias por siempre entenderme, Lisan, después de tantos años contarte esto me quitó un lindo peso de encima —.
— Siempre voy a estar, Juli, sos mi mejor amigo — sus manos acariciaban los brazos en sus hombros con todo el cariño que le tenía — A parte sabés que nunca me cayó bien Enzo, no te perdiste de nada —.
Julián se mordió el labio inferior y se zafó un poco de su abrazo para pegarle suave en la cabeza, en eso suena su celular. Se separa por completo, en realidad, para ponerlo en vibrador y cambiar la canción que sonaba a través del parlante, pero lee los nuevos mensajes del grupo de profesores y siente como si las raíces que antes hibernaban en su sistema, que pensó totalmente muertas, se removieran intrigadas.

A group chat called:Planificar 🤢😩 with: Rodri ♥, Juani Musso, Emi…![]()

Received Message from:Lean Paredes 🤙🏻
Q sea de boquita porque se arma sino 💙💛💙 10:47
mientras no se coma todas las medialunas como el anterior 🙏🏻 10:48 
Reactions: 🙏🏻🤦🏽♀️☝🏼4
Rodri ♥ añadió a +5411241708**
Received Message from:Rodri ♥
Colegas, Enzo Fernández es nuestro nuevo profe de Física! Mañana en sala de profes le damos la bienvenida a la institución como debe ser, mientras tanto bienvenido al grupo! 11:11
Parecía que el destino se reía de él… o le estaba dando la oportunidad que no sabía que estaba esperando.
