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Marca Errónea

Summary:

Nagumo marca a Shin sin su consentimiento.

Una marca que no puede borrarse. Un vínculo que Shin jamás pidió. Y una culpa que Nagumo tendrá que cargar por el resto de su vida.

Chapter 1: Celo

Chapter Text

Shin se había repetido mil veces, mentalmente, lo idiota que había sido por olvidarse por completo de su ciclo de celo. Debió haberlo sabido desde el día anterior, cuando comenzó a sentir aquellos síntomas de calor y la sensibilidad inusual en su piel, pero había sido tan estúpidamente despreocupado que decidió ignorarlos, convenciéndose de que no era nada importante.

Y, como si aquello no fuera suficiente, había aceptado salir con los demás: Lu, Heisuke y Natsuki. Solo querían divertirse un rato en un club cercano, nada fuera de lo común. Sin embargo, después de un tiempo comenzó a sentirse extraño, demasiado acalorado, incómodo dentro de su propia piel, hasta que finalmente decidió ir al baño para despejarse.

Fue allí donde todo se fue al carajo.

Unos alfas lo habían reconocido de inmediato como omega y, al parecer, habían decidido que eso les daba derecho a convertirlo en su entretenimiento. Shin comprendió entonces, demasiado tarde, lo que estaba ocurriendo.

Su celo.

Y para empeorar las cosas, no llevaba supresores. Ni siquiera tenía uno guardado en casa, porque había utilizado los que tenía durante sus ciclos anteriores y había dejado pendiente comprar nuevos. Una tarea tan simple que, por alguna razón, había olvidado por completo.

 

Eres un idiota. Demasiado idiota, Shin.

 

Se reprendió mientras corría por los callejones de la ciudad, tratando inútilmente de controlar el calor que comenzaba a apoderarse de su cuerpo y, sobre todo, aquel aroma que ya no podía ocultar. Era imposible. Después de haber pateado a los patéticos alfas que habían intentado someterlo en el baño, su olor se había intensificado todavía más. Incluso habían intentado utilizar una voz de mando para obligarlo a mostrarse sumiso.

Pero estaban muy, muy equivocados si creían que iba a ceder tan fácilmente.

Ni él ni su omega permitirían jamás que unos alfas como aquellos pusieran una mano sobre él. Ni siquiera merecían ser llamados alfas.

Shin se llevó una mano al pecho mientras se refugiaba por unos segundos en un callejón, intentando recuperar el aire que le faltaba. Sabía que aquel lugar solo podía servirle temporalmente. Podía sentirlo. Aquellos tipos seguían buscándolo, y el olor desagradable que desprendían comenzaba a filtrarse nuevamente hasta sus fosas nasales, acercándose cada vez más.

Y su celo no hacía más que empeorar.

Se cubrió la boca con una mano para ahogar un quejido cuando sus piernas comenzaron a temblar. El calor aumentaba con cada minuto que pasaba, extendiéndose por su cuerpo hasta volver cada vez más difícil mantener el control. Tenía que llegar a casa. Como fuera. Sakamoto sabría qué hacer; él encontraría la manera de ayudarlo.

 

Sakamoto me salvará.

 

Se aferró a aquella idea mientras obligaba a sus piernas a moverse nuevamente, corriendo por las calles medio oscuras. Sin embargo, por primera vez desde que todo había comenzado, Shin tuvo que admitirlo: tenía miedo.

Si aquellos alfas conseguían encontrarlo, lucharía. De eso no tenía ninguna duda. Había enfrentado situaciones mucho peores y no pensaba dejarse someter sin pelear hasta el final. Pero sabía que su omega no podría resistir indefinidamente. Tarde o temprano, aquel estúpido instinto terminaría imponiéndose sobre su voluntad y lo obligaría a someterse.

Y odiaba aquella posibilidad.

Para Shin, no había nada más despreciable que alguien incapaz de controlar sus propios instintos. Los consideraba débiles, personas que permitían que algo tan básico como su naturaleza decidiera por ellos.

Él no sería así.

No podía serlo.

De pronto, el sonido de su teléfono interrumpió sus pensamientos. Shin se detuvo apenas un segundo, respirando con dificultad mientras sacaba el aparato de su bolsillo. La pantalla iluminó su rostro en medio de la oscuridad y, al reconocer el nombre que aparecía allí, supo de inmediato quién era.

Lu.

Seguramente había notado su ausencia.

 

—Shin, ¿dónde estás? ¿Estás bien? Natsuki fue a buscarte y no te encontró.

La preocupación era evidente en la voz de Lu, incluso a través del teléfono.

—Entré en... mmm, ya tú sabes. Lo de siempre—respondió Shin, sobándose la nuca con cierta timidez. La sola idea de que Heisuke y Natsuki pudieran escucharlo hablar sobre su condición le resultaba vergonzosa.

—Unos tipos me molestaron, así que los mandé a la mierda y ahora ando escapando de ellos.

Escuchó cómo Lu se alejaba del lugar donde se encontraba y, poco después, la música que hasta entonces se había escuchado de fondo comenzó a desaparecer. Parecía que finalmente habían salido del club.

—Mándame tu ubicación y no sueltes tu celular por nada en el mundo. ¿Entiendes, Shin?

El mencionado asintió en silencio, como si su amiga pudiera verlo.

 

Estúpido.

 

Sintió que los ojos comenzaban a arderle. Quería llorar. Estúpidas hormonas.

—¿Me escuchas? Ya vamos.

—Sí, sí—respondió rápidamente.

 

Con las manos temblorosas, envió su ubicación lo más rápido que pudo. Apenas confirmó que había sido compartida, sintió que una pequeña parte de aquella presión que llevaba acumulando desde que escapó comenzaba a desaparecer.

Puedo salvarme.

Todavía había esperanza.

Se repitió aquello una y otra vez en el fondo de su mente, aferrándose a esas palabras como si fueran lo único que podía mantenerlo cuerdo. Por primera vez desde que había comenzado aquella pesadilla, sintió un pequeño alivio.

La llamada terminó y el silencio volvió a apoderarse del callejón. Apenas se escuchaban, a lo lejos, algunas cigarras anunciando el verano japonés, un sonido que en cualquier otra circunstancia le habría parecido normal, incluso familiar, aunque ahora solo conseguía ponerlo de los nervios.

Shin volvió a recargarse contra la pared, pero no tuvo tiempo de recuperar el aliento. Otra oleada de calor atravesó su cuerpo, mucho más intensa que las anteriores, y tuvo que cubrirse la boca con una mano para ahogar el gemido que amenazaba con escapar de sus labios. Su cabeza era un completo caos, igual que su cuerpo; durante unos segundos, todo pareció darle vueltas y tuvo que cerrar los ojos para no perder el equilibrio.

Aquello era mucho peor que su celo anterior.

Y había algo más.

Un dolor extraño comenzaba a instalarse en su nuca y en el centro de su pecho, como si dentro de él existiera un vacío enorme que estuviera esperando algo. Algo que no sabía nombrar. Algo que no sabía qué era, ni mucho menos a quién pertenecía.

Solo sabía que lo anhelaba.

Aquella sensación era tan profunda que sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas sin que pudiera evitarlo. Era como si su propia alma estuviera suplicando por algo que ni siquiera podía comprender; como si su omega le pidiera desesperadamente aquello que necesitaba, aunque él fuera incapaz de reconocerlo.

¿Qué demonios me está pasando...?

Nunca había sentido algo semejante durante sus ciclos anteriores. El celo siempre había sido molesto, incómodo y difícil de soportar, pero nunca había venido acompañado de aquella sensación de vacío, de aquella necesidad inexplicable que parecía crecer dentro de él.

Algo había cambiado.

Pero ¿desde cuándo?

Unos pasos interrumpieron sus pensamientos.

Shin abrió los ojos de inmediato.

Voces.

Olores.

El desagradable aroma de aquellos alfas volvió a alcanzar sus fosas nasales y una oleada de náuseas le revolvió el estómago. No podía quedarse allí. Tenía que correr.

Se separó de la pared como pudo, decidido a escapar una vez más, pero su cuerpo ya no respondía como quería. Sus piernas se sentían demasiado pesadas, como si llevaran un peso invisible atado a ellas.

No.

Negó con la cabeza.

No iba a terminar así.

Apretando los dientes, obligó a cada músculo de su cuerpo a obedecerle. Enderezó la espalda todo lo que pudo y consiguió mantenerse de pie, aunque el temblor de sus piernas amenazaba con hacerlo caer nuevamente. Estaba tan concentrado en recuperar el control que no se dio cuenta de algo mucho más extraño.

El silencio había regresado.

Las voces habían desaparecido.

Los pasos también.

Shin frunció el ceño, confundido, y dio un pequeño paso hacia adelante.

Entonces sus piernas cedieron.

Cayó.

O habría caído de no ser porque algo rodeó su cintura antes de que pudiera estrellarse contra el cemento.

Shin abrió los ojos de golpe.

Una sensación conocida alcanzó sus fosas nasales y, por un instante, su corazón pareció detenerse.

Cedrón.

Reconocería aquel aroma en cualquier lugar.

 

Nagumo.

 

El asesino molesto que había aparecido unas semanas atrás, presentándose con aquella sonrisa irritante y diciendo ser un antiguo amigo de Sakamoto.

Y si había algo de lo que Shin estaba completamente seguro era de que lo odiaba más que a nadie.

Era insoportable. Un alfa egocéntrico, arrogante y demasiado seguro de sí mismo, de esos que parecían mirar a los omegas como si fueran simples objetos destinados a satisfacer sus instintos.

Sin embargo...

Algo no cuadraba.

Su omega no parecía pensar lo mismo.

Ni siquiera su propio cuerpo.

Porque en cuanto aquel aroma lo envolvió, la tensión que había mantenido sus músculos rígidos durante toda la noche comenzó a desaparecer. El dolor de su nuca y de su pecho se redujo hasta convertirse en una molestia lejana, y aunque el celo seguía ardiendo bajo su piel, por primera vez en horas sintió algo parecido a calma.

Incluso aquellas manos alrededor de su cintura...

Por algún motivo, se sentían bien.

Shin tragó saliva, confundido y avergonzado al mismo tiempo.

 

Es el instinto.

 

Tenía que ser eso.

No podía existir otra explicación.

 

—Na... Nagumo...

El nombre escapó de sus labios entrecortado, apenas audible. Shin sentía que pronto iba a perder la razón y, en ese momento, lo único que quería era llegar a casa. Necesitaba a Sakamoto, necesitaba saber que estaría a salvo y, sobre todo, necesitaba alejarse de aquella situación antes de que su cuerpo dejara de obedecerle por completo.

—Casa... Llé... llévame a casa—suplicó.

Nagumo no respondió. En lugar de hacerlo, se limitó a cargarlo con una rapidez que tomó a Shin desprevenido, sujetándolo entre sus brazos antes de comenzar a caminar. Shin soltó un leve quejido por el movimiento y, sin tener fuerzas suficientes para protestar, terminó apoyando el rostro contra el pecho del alfa.

El aroma de Nagumo lo envolvió casi de inmediato.

Cedrón.

Shin cerró los ojos y respiró involuntariamente, sintiendo cómo aquella fragancia conseguía calmar una parte de la ansiedad que llevaba acumulada desde que había abandonado el club. Era agradable, demasiado agradable, y eso solo consiguió confundirlo todavía más. Sabía que estaba perdiendo la razón; su cuerpo estaba siendo afectado por el celo y no podía confiar en las reacciones que estaba teniendo. Se suponía que aquello no estaba bien. Se suponía que ni él ni su omega debían sentirse cómodos entre los brazos de un alfa como Nagumo.

Pero ahora todo se había ido al carajo.

—Na... Nagumo.

—Sh-sh, lo sé. Te llevaré a casa.

La voz grave del pelinegro sonó mucho más suave de lo que Shin esperaba, casi como si estuviera buscando la manera de tranquilizarlo. Sintió que el rostro le ardía de vergüenza y, para su desgracia, su celo pareció intensificarse apenas escuchó aquella voz. El aroma de Nagumo aumentó poco después y Shin percibió cómo los brazos que lo rodeaban se tensaban ligeramente.

¿Estaba viendo bien?

¿Nagumo estaba luchando contra algo?

No tuvo tiempo de descubrirlo, porque una voz conocida atravesó la oscuridad.

—¡Shin!

Lu.

Shin levantó ligeramente la cabeza y distinguió su silueta acercándose a la distancia. Detrás de ella también venían Heisuke y Natsuki. Intentó responder, pero apenas logró reunir fuerzas para pronunciar un débil:

—Aquí...

Fue suficiente para que Lu supiera dónde estaba.

Sin embargo, algo cambió en Nagumo.

El pelinegro se detuvo y retrocedió apenas un paso, mientras un sonido grave escapaba de su garganta, casi un gruñido. Shin se estremeció al escucharlo y se aferró instintivamente un poco más a la ropa de Nagumo. Se dijo que aquello era culpa del celo; su cuerpo estaba demasiado alterado como para reaccionar con normalidad.

Por lo general, los alfas eran territoriales, y los más jóvenes podían llegar a percibirse entre ellos como amenazas, especialmente cuando había un omega en medio. Era instinto, nada más.

Mierda.

¿En qué lío se había metido?

—Nagumo...

Lo llamó con voz débil.

El alfa bajó la mirada hacia él y sus ojos oscuros se encontraron con los de Shin. Por un instante, Shin olvidó incluso cómo respirar. Había algo extraño en aquella mirada; no estaba la habitual expresión burlona de Nagumo ni aquella sonrisa despreocupada que tanto le irritaba. En cambio, lo observaba con una suavidad que Shin jamás había visto en él, casi con delicadeza, como si temiera hacerle daño.

Shin negó mentalmente.

No.

Se estaba haciendo ideas.

Eso era todo.

Su mente estaba confundida por el celo, el cansancio y el miedo. No podía ponerse a interpretar una simple mirada de Nagumo como si significara algo más.

Entonces otra oleada de calor recorrió su cuerpo.

Esta vez fue mucho más intensa.

Shin se estremeció entre los brazos del alfa y Nagumo reaccionó de inmediato, sosteniéndolo con mayor fuerza contra su pecho. El gruñido que escapó de su garganta fue más profundo que el anterior, lo bastante fuerte para hacer que Shin abriera los ojos.

Natsuki había intentado acercarse.

Quizá solo quería ayudarlo, pero en cuanto dio un paso hacia ellos, el aroma de Nagumo se intensificó nuevamente.

Shin lo sintió con claridad.

Aquello no era normal.

Había algo diferente en ese aroma, algo que su cuerpo parecía reconocer mucho antes que su propia mente. Intentó respirar lentamente mientras trataba de comprender qué estaba sucediendo, hasta que una posibilidad cruzó por su cabeza y lo dejó completamente inmóvil.

Nagumo también estaba en celo.

Su mirada se abrió ligeramente.

De pronto, todo encajaba: el aroma cada vez más intenso, la tensión de sus brazos, la manera en que reaccionaba ante la presencia de los otros alfas y, sobre todo, aquella extraña sensación de calma que había experimentado desde que Nagumo lo había sujetado.

Ambos estaban en ciclo.

Al mismo tiempo.

—No...

El pensamiento apenas llegó a formarse antes de que su cuerpo finalmente cediera. La fuerza abandonó sus piernas y su visión comenzó a nublarse. Las voces de Lu, Heisuke y Natsuki se volvieron distantes, mientras las luces de la ciudad se transformaban en manchas borrosas frente a sus ojos.

Shin ya no pudo pensar en nada más.

Lo último que alcanzó a sentir fue el firme abrazo de Nagumo alrededor de su cuerpo y aquel aroma a cedrón envolviéndolo por completo.

Después, todo se desvaneció.