Chapter Text
El zumbido del dron cortaba el aire de la mañana como una avispa furiosa.
Wile E. Coyote corría a un costado, con el control remoto sujeto entre dedos temblorosos de adrenalina y falta de sueño, gritando instrucciones que el aparato no podía escuchar.
—¡A la izquierda! ¡IZQUIERDA, no la derecha, la IZQUIERDA. Maldita palanca invertida...
El dron, equipado con un lazo mecánico que había tardado tres noches enteras y dos cafeteras en terminar, descendía en picada hacia su objetivo: una figura que corría por el sendero del campus con una facilidad que rozaba lo insultante.
Roadrunner ni siquiera volteó a mirar.
Giró el torso apenas unos grados, como quien esquiva una rama baja sin perder el paso, y el lazo se cerró en el aire vacío donde un segundo antes había estado su cuello. El dron, sin nada que atrapar, continuó su trayectoria en línea recta hasta estrellarse contra el tronco de un árbol con un crujido lamentable de plástico y hélices rotas.
Wile se quedó parado, control remoto aún en mano, viendo cómo la nube de humo del motor se disolvía en el cielo despejado.
Roadrunner ya era un punto morado y bronceado perdiéndose en la curva del sendero, sin haber roto el ritmo ni una sola vez.
—...Voy a ajustar el sensor de proximidad.— murmuró Wile, más para sí mismo que para nadie, dejándose caer sentado sobre el césped, con los restos del dron humeando a un par de metros —El margen de error estuvo en los dos puntos tres metros, eso es corregible, es completamente corregible...
—¡Cae de nuevo, viejo!— la voz de Bugs Bunny llegó antes que él, seguida de un silbido apreciativo ante el desastre de piezas esparcidas —Otra vez mordiendo el polvo.
Wile puso los ojos en blanco tan fuerte que casi le dolió, y fingió no haber escuchado nada. Ya tenía la mirada perdida en un punto del césped, calculando ángulos, murmurando números.
Lucas llegó detrás de Bugs, masticando algo de una bolsa de papel, y se asomó al amasijo de cables.
—En serio, Wile, ríndete de una vez. Ese chico jamás te va a hacer caso.
—Jamás digas jamás.— Bugs se sentó en cuclillas junto a él, con esa sonrisa ladeada de quien está a punto de decir algo para fastidiar —Oye, ¿ya viste su club de fans? Tiene cuenta oficial . "El corredor más guapo del campus", dice la biografía. Con fotos profesionales y todo. Ríndete, genio.
—Jamás.— repitió Wile, levantándose de golpe con los restos del dron bajo el brazo, decidido y con las ojeras marcadas bajo los ojos color ámbar —Lo voy a atrapar. Y cuando lo atrape, le voy a confesar mi amor.
Daffy y Bugs intercambiaron una mirada que decía ya empezó de nuevo , pero ninguna de las dos discutió. Con Wile no valía la pena.
Los tres caminaron juntos rumbo a los edificios de aulas, Wile todavía cargando los restos calcinados del dron como quien carga un trofeo de guerra, hablando entre dientes sobre torque y velocidad angular. Bugs le robó una papa frita a Daffy, que protestó sin mucha convicción, y así, entre risas y quejas, el campus fue tragándose a cada uno en su propia dirección.
—Nos vemos a la hora del almuerzo.— dijo Bugs, agitando la mano hacia el edificio de Comunicaciones.
—Que no te vuelen otro dron.—añadió Daffy, ya caminando hacia el suyo.
Wile solo gruñó algo ininteligible y entró al edificio de Ingeniería Mecánica con los restos del invento aún humeantes bajo el brazo.
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El salón olía a café frío ya tiza. Wile E. se dejó caer en su asiento de siempre, al fondo, sacó un cuaderno lleno de bocetos tachados y empezó a dibujar sin realmente pensar en lo que dibujaba mientras el profesor hablaba de algo sobre esfuerzos cortantes que, por una vez, no lograba captar su atención.
Descartemos la idea del dron. Él nunca corre en línea recta. Necesito algo que prediga el giro, no que lo persiga.
Su lápiz se detuvo a medio trazo.
Porque pensar en cómo corría Correcaminos lo llevaba, sin remedio, al mismo lugar de siempre: la primera vez que lo había visto.
Había sido temprano, el primer mes de la universidad, cuando Wile todavía se perdía entre edificios con el mapa del campus arrugado en la mano. Cruzaba el sendero junto a la cancha de atletismo cuando lo vio, la figura recortada contra el sol de la mañana, piernas musculosas devorando el asfalto con zancadas tan largas que parecían desafiar cualquier cálculo razonable de biomecánica. La piel bronceada, tostada por horas y horas bajo el mismo sol que ahora lo hacía brillar de sudor. El cabello violeta que se escapaban en mechones sueltos del moño alto en el que intentaba, sin mucho éxito, mantenerse contenido.
Wile se había quedado plantado en medio del sendero, mapa colgando de una mano inerte, boca entreabierta, viendo aquello como quien ve un fenómeno que rompe las leyes de la física que tanto le gustaba estudiar.
—Cierra la boca, se te va a metro una mosca.
La voz de Bugs, seguida de una mano cerrándole literalmente la mandíbula de un empujón hacia arriba, lo había sacado del trance.
—Llevas cinco minutos viéndolo correr como acosador de telenovela. La gente ya empezó a notarlo.
—No estaba... eso no es- solo miraba.— había balbuceado Wile entonces, con las orejas ardiendo.
Bugs solo se había reído, negando con la cabeza, y lo había arrastrado del brazo lejos de ahí.
Wile parpadeó, de vuelta en el presente, con el lápiz aún quieto sobre el papel.
Predecir el giro. No sigas la línea recta. Necesito sensores de trayectoria, no de proximidad.
La idea llegó completa, de golpe, como siempre llegaban sus mejores inventos: en el momento menos indicado, a mitad de una clase que no estaba escuchando. Empezó a dibujar con una velocidad casi frenética, ajeno de nuevo a todo lo que no fuera el papel frente a él.
Al otro lado del campus, Roadrunner entró a su clase de Ciencias del Deporte con el mismo paso ligero de siempre.
Varias personas lo saludaron al pasar —un par de compañeros de equipo, una chica de la clase de anatomía que siempre le guardaba el asiento de al lado— y él respondió a cada uno con una sonrisa radiante, genuina, y un saludo de mano entusiasta. No dijo nada. Nunca decía nada, no con palabras al menos, y la mayoría de quienes lo conocían ya sabían leer las señas rápidas que hacía, o entendían el código improvisado de gestos que había ido construyendo con los años, o simplemente aceptaban su silencio sin hacer preguntas.
Se sentó en su lugar habitual, cerca de la ventana, y esperaba que el profesor empezara con la lista.
—Sylvester... Devil...— el profesor continuó nombre por nombre, marcando en su hoja, hasta llegar al que le seguía en orden alfabético y saltarlo por completo —Runner.
Roadrunner levantó la mano.
El profesor hizo como si no lo viera. Siguió con la lista.
Roadrunner volvió a levantar la mano, más alto esta vez, agitándola apenas.
—¿Runner?— repitió el profesor, mirando al fondo del salón como si Roadrunner fuera invisible —¿Nadie sabe si vino Runner?
Un par de compañeros voltearon a verlo, incómodos, sin saber si intervenir. Roadrunner ya conoció esa mirada del profesor, esa fijación rara que tenía con él desde el primer día, cuando entendió que su alumno silencioso no iba a levantar la voz para hacerse notar. No era la primera vez que pasaba esto en su vida —llevaba años encontrándose con gente que simplemente no quería hacer el esfuerzo de entenderlo, gente para quien el silencio era motivo de sospecha, de burla, o directamente de desprecio— ya estas alturas ya ni siquiera le sorprendía. Solo le pesaba.
Respir hondo. Sintió el cosquilleo familiar en la garganta, la tensión que precedía al tic que tanto trabajo le costaba controlar, y esta vez lo dejó salir a propósito, porque era la única forma que tenía de que ese profesor en particular lo escuchara .
—Bip bip.
El salón entero volteó a verlo. El profesor levantó la vista de su lista, por fin, con una ceja arqueada y una sonrisita que no anunciaba nada bueno.
—Ah, ahí está. El pajarito despertó.— dijo, y unas cuantas risas nerviosas recorrieron el salón —Que alguien le compre un cascabel, así por lo menos sabemos cuándo llegó.
Las mejillas de Roadrunner se encendieron de un rojo intenso. Quiso que el suelo se abrirá bajo su silla y se lo tragará entero. Bajó la cabeza, clavó la vista en el cuaderno vacío sobre su mesa, y se quedó así, con los hombros encogidos, durante el resto del pase de lista.
Nadie más se rio después de la primera vez. Pero el silencio que siguió no fue mucho mejor.
