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La oscuridad se había apoderado de él.
Sus sentidos estaban nublados, atrofiados entre la estática que con estruendo entra a sus oídos y la frescura de un líquido que solo lo envuelve más hasta olvidar que su cuerpo puede sentir.
El frío lo está tragando, la respiración se ralentiza más. Es demasiado, debe dejarse ir, tal vez es el llamado de la Madre Muerte que no esperaba tan pronto, sin embargo, ese podía ser su destino pactado aun cuando no empata con las visiones del futuro que caen en su cabeza a modo de sueños premonitorios.
Sigue estremeciéndose bajo sus propios brazos que ya no pueden moverse.
Ahora está abandonado tras el horrible golpe que sufrió el galeón que los trasladaba a casa después de un largo viaje a la ciudad perdida.
Los reyes del imperio de la Federación habían convocado a su grupo de hechiceros para buscar el secreto de la inmortalidad, regresaron sin aquel misterio resuelto pero si con aprendizajes que necesitaban ser documentados aprisa según dijo su maestro Philza.
Todos estaban emocionados con los descubrimientos y ya querían volver al atelier. Todos menos él.
El proceso favorito de Cellbit como hechicero era explorar. Resolver los misterios que el Universo lanza a su mente. Él no había nacido mago, su familia tampoco lo era.
Fue de esos casos extraños donde la profesión llegó a él un día, cuando de adolescente mientras tomaba la siesta en los campos de la granja de sus abuelos. En forma de clarividencia, cada que cierra sus ojos, el brillo azul de estos le permitía ver más allá de lo evidente.
De ahí en adelante, su habilidad mágica nació y pudo aprender del oficio de los hechiceros.
Aunque ahora vagaba por el amplio océano aferrado al mástil que se partió por la mitad, arrullado por una calma extraña que aun cuando el viento no estaba a su favor podía dejarlo dormir en paz. Murmullos aparecieron clamando su nombre, una persona estaba ahí a su lado, flotando sobre el agua en la oscuridad de su sueño.
—Mãe, é você?
—¡Dioses no! Eso sería incorrecto, mano.
Una reconocida risa cantarina se manifestó. Se trataba del misterioso alguien que visitaba su sueño de vez en cuando. Un desconocido tan familiar, porque solo aparecía allí en ese espacio suyo, sin dejarse ver en el presente. Imprudente, como si fuera su hogar. Después de años de verlo borroso a excepción del color de sus ojos, se acostumbró a su existencia allí sentado sobre los montículos de su mente. La mirada café cálido se encendió al verse notado, sonrieron ambos en esa comodidad tan rara.
—¿Por qué te has quedado aquí?
—Acho que é óbvio, la marea me está llevando. —¿Puede ser que muera hoy? pensó Cellbit sintiendo por vez primera el toque de la piel del extraño que lo visitaba. Fue reconfortante, haciéndole olvidar la helada— O eso creo, es lo último que recuerdo. Você veio se despedir?
—Más bien, vine a darte la bienvenida.
Una pequeña luciérnaga entró al cuadro, delineando las facciones exóticas del hombre. Por primera vez pudo distinguir su barbilla tan marcada, la nariz amplia regordeta al final, descubrió sus cejas pobladas y la forma almendrada de las pupilas oscuras que siempre encontró en sus premoniciones donde aparecía. Era un ser hermoso, algo sobrenatural se presenta en él cuando se acerca casi a rozar su boca.
—Búscame en el sonido de las almas no perennes, el aullido ansioso de los nómadas rojos y en el aroma de un viento endulzado. —El hechicero abrió sus ojos quedándose con la voz masculina que quedó como remanente— El equinoccio te traerá a mí, humano.
Ahí estaba el título con que le nombraba antes de irse.
Con el tronar de los dedos del rostro bendito, despertó. Entre los golpes de las olas, su cuerpo fue revolcado. Y en atisbos de memoria, la tierra lo abrazó manchando sus ropajes que perdieron los bordados con la fiereza del mar.
Sacó el agua de sus pulmones que lo tenía asfixiado, respiró varias veces en alto recuperando el latido mientras se recostaba sobre la isla donde naufragó.
Se vió sorprendido por un ruido quebradizo que sonó al flexionar sus manos contra el espacio, unas hojas gigantes que parecía empezaban a cambiar su color vivo y verde por un anaranjado seco, la vida de los árboles estaba por cambiar en este lugar, a diferencia de su hogar donde los bosques regresarán por la primavera.
Al sentarse tomó entre sus dedos la hoja, reconociendo por sus libros de botánica la forma de los picos curvados en ella, un encino rojo. Árbol caducifolio, pierde las hojas cuando el frío llega.
Miró al cielo encontrando algunas hojas más flotando sobre él, como almas recorriendo el camino a la transformación mortal crispando con parsimonia.
La corazonada llegó a él. El sonido de las almas no perennes. Era hora de emprender el viaje a una respuesta que siempre estuvo esperando por él.
Más bien, al hombre que al parecer estaba destinado a conocer.
